Mostrando entradas con la etiqueta Frederic Leighton. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Frederic Leighton. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIV):Temas y personajes (y 6.-). La mitología griega, más alla de "La Odisea".

Los mitos y leyendas griegas, una de las bases de la ética y la cultura occidentales, influyeron sobremanera en los prerrafaelitas.


Dioses, semidioses, mortales heroicos o víctimas, deidades menores y monstruos...

Sin duda, los prerrafaelitas, tan amantes no sólo de colores o de la naturaleza, sino también de la fantasía en todas sus caras y alternativas, por pura lógica tuvieron que verse influidos por los antiguos griegos, y por extensión, también los romanos. Durante el siglo XIX, no sólo se fueron traduciendo al inglés prácticamente todo lo que unos y otros llegaron a escribir -descubrimientos posteriores aparte, evidentemente- sino que también hubo -no sólo en Gran Bretaña, sino también en Alemania, Francia, etc.- cada vez más historiadores y estudiosos del arte responsables de esclarecedores y atrayentes títulos que daban a conocer la Antigüedad a los europeos decimonónicos. Además, ya no eran solamente las clases altas las interesadas en ella, sino también, y cada vez más, la creciente y cada vez más culta clase media. Aparte decir, pero no olvidar, que la arqueología, desde tiempos del descubrimiento de Troya, Micenas, Tirinto, y la cultura minoica en Creta, comenzó a iluminar un pasado tan extraordinario como oscuro. 
Aparte, un dato más: Gran Bretaña, por encima de cualquier otro país -europeo o no- era un imperio extraordinariamente grande, poblado y poderoso. Nunca un país había dominado tanto territorio, ni había estado tan poblado, ni contenía dentro de sus fronteras una proporción tan grande de la población humana -se supone que en el Imperio Británico debían vivir, al menos, una cuarta parte de la humanidad-. Resulta lógico que los habitantes de ese imperio, de esa nueva Roma, que además, por su enorme peso en la cultura y el arte también ccreyera parecerse en algo a la antigua Grecia -o, al menos, a Atenas, que realmente fue la polis que, más y mejor que ninguna otra, representa lo que fue aquella época extraordinaria de un pueblo igualmente extraordinario-. Lógico, pues, que los británicos victorianos mirasen a ese pasado que consideraron suyo, y que pensaban, y no sin cierta razón, que eran sus antecedentes. O según como se mire, el Imperio Británico era el sucesor de griegos y romanos, a unos y otros, a la vez.
Ya se ha visto que se podrían dividir esas obras pictóricas -y de otro tipo, en tres grupos, según la temática, digamos, clásica:
-Las damas -jóvenes, adolescentes, a veces un poco mayores- que parecen posar para el pintor, que en ocasiones más bien parece retratar victorianas vestidas de romanas o griegas, y no mujeres de la época clásica propiamente dicha. Casi nunca se trata de mujeres, reales o de la mitología, con nombre y personalidad propia, sino jóvenes anónimas, que representan una Antigüedad donde todo el mundo parecía vivir en calma y sin preocupaciones, sin violencia ni -¡qué cosa tan desagradable!- esclavos o siervos. Aunque el nombre de neo-clásico -no prerrafaelita, son otra escuela- más bien sería francés, donde Jacques-Louis David sería uno de sus mejores representantes, en Gran Bretaña destacaría, por encima de cualquier otro, John William Godward. Él no era, ni se consideró, prerrafaelita, pero resulta evidente su influencia, en por ejemplo, Alma-Tadema. Sin embargo Godward, normalmente, retrata a uno o dos personajes, casi siempre femeninos, y no se interesa en grandes escenas, históricas o no, llenas de gente.
-Preferir retratar la Antigüedad de forma atractiva, incluso deslumbrante, pero dentro de lo que cabe, realista. Ya había suficiente conocimiento de cómo debía vivirse en Grecia, Roma, pero también en el Egipto faraónico, o en el cercano Oriente -Mesopotamia, Persia-, e incluso, en lo que se llamaba Tierra Santa, pues hay pinturas que, si bien tienen un trasfondo bíblico, su intento de retratar de la forma más exacta posible arquitecctura o vestuario dejan entrever que la religiosidad no tiene por qué estar en contra del respeto a la verosimilitud histórica. Tanto Lawrence Alma-Tadema, como en ocasiones, otros autores, como Frederic Leighton, fueron sus mejores representantes, si bien hubo autores fuera del prerrafaelismo -en la segunda mitad del siglo XIX, y aún algo después-, tanto en Gran Bretaña como en el continente, y en Norteamérica, también se apuntaron a ello.
-Y por último, los autores que, más que interesados en la representación histórica, optaron por dejarse influir por la mitología, tanto en temáticas de "La Odisea", como se vio en el capítulo anterior, como en cualquier otro mito, leyenda o cuento primero inventado, más tarde enriquecido por aedos, sacerdotes, o gente común de forma oral, y más adelante, puestos por escrito por poetas primero, dramaturgos y mitógrafos después. Los romanos, más bien, se redujeron a cambiar el nombre a dioses y humanos, y a recrear en nuevas obras lo que más les interesaba -y que consideraron, desde el primer momento, como literatura helena, raramente como relatos con alguna credibilidad histórica; hacía ya mucho que ni los mismos griegos la veían-. Curiosamente, o no -Roma fue la dueña del mundo antiguo, al menos, hasta Oriente Próximo; más allá de la Persia de los partos o los Sassánidas ya era otra cosa-, fueron las obras, y sobretodo los nombres que los romanos crearon los que más conocemos hoy en día -Ulises en lugar de Odiseo, o Hércules en vez de Heracles-. Esto se llamaría, por ejemplo, pintura de temática mitológica. Y entre otros, el que más destaca en ello, ya se vio con sus cuadros sobre las aventuras de Odiseo, John William Waterhouse.


Waterhouse, y el redescubrimiento de los mitos griegos, en ojos de un inglés.

John William Waterhouse no sólo pintó cuadros de temática clásica, o mitológica, ciertamente. A cierta edad, prefirió dedicarse a pintar cuadros basados en leyendas más modernas, u obras literarias británicas. Pero los griegos, desde luego, se le aparecieron muchas veces al pintor, que como pocos, pudo decir que se vio iluminado por las nueve musas -no por la décima, la única real, Safo, que iluminó más a Alma-Tadema y a su maestro, Godward, pero quizá por eso ellos la pintaron: por ser, precisamente, una mujer real-.

Resultado de imagen de waterhouse
"Hilas y las ninfas" (1896), es una de las obras más conocidas de Waterhouse, de tema mitológico o no. Hilas era el hijo del rey Tiodamante, a quién había asesinado Heracles -un personaje que lo mismo aparece como un esforzado héroe, que como un asesino o un saqueador o bárbaro, lo que hace pensar que, llegado el momento, más bien era la fusión de distintos personajes de naturaleza parecida, pero de distinto comportamiento, o bien era uno solo, pero recreado por gente bien distinta, que tenían también, de él, visiones claramente distintas-. Además, había secuestrado a Hilas, su hijo, a quién había transformado, en la práctica, en su esclavo sexual, si bien otras versiones, hablan de amigos, o incluso de amantes -resulta casi imposible encontrar una sola versión de una historia en la mitología griega-. Durante el famoso viaje de Jasón y los argonautas a la Cólquide -en la costa de la actual Georgia, y zonas cercanas-, en búsqueda del vellocino de oro, el Argo -el barco de los héroes- hizo un alto para recoger agua y buscar algún alimento, o reconocer donde estaban. Entonces, Hilas fue a un riachuelo, o una laguna, a buscar agua, y alla las ninfas -según versiones, una sola, o varias, pero llevando una la voz cantante y el resto acompañándola- le convención para que le acompañara, y de un tirón, se lo llevaron a las profundidades del hogar de aquellas ninfas acuáticas -había ninfas de todo tipo y naturaleza-. Y aquí, también hay versiones distintas: Hilas murió ahogado, o las ninfas le mantuvieron con vida, permitiéndole vivir bajo el agua; que fue engañado, o que, simplemente, prefirió abandonar a su amo Heracles, asesino de su padre, para vivir rodeado de inmortales beldades. Esta versión, que la da Robert Graves en su "Dioses y héroes de la Antigua Grecia", por lógica, debió ser, o habría sido, de ser verdad, la más lógica. Yo me habría ido con ellas, ciertamente.

"Hilas con una ninfa" (1893), fue una versión algo anterior de Watehouse de la misma historia. Aquí, es una sola ninfa, la que intenta, y consigue, conquistar y llevarse con ella a Hilas, que no parece interesado en recoger agua, sino en descansar, sin esperar lo que le espera. Quizá lo mejor que podría pasarle, en lugar de arriesgar la vida en el viaje de los argonautas, donde fue más bien obligado, o convencido -según versiones- por Heracles, el superhéroe de la mitología griega.

"Pandora" (1896), es otro personaje de la mitología que debió llamar la atención de Waterouse. La primera mujer fue creada por los dioses para dividir a los hombres de la segunda humanidad, la de la Edad de Plata -la Edad de Oro fue la de Crono y los titanes, y los humanos, o algo parecido, escasos y débiles, o demasiado inocentes, se extinguiern al transformar titanes y dioses olímpicos la tierra donde vivían en su campo de batalla-, aunque Prometeo, un titán de segunda generación aliado de Zeus y sus hermanos, pensaba en cosa bien distinta: los humanos de aquella segunda humanidad eran todos hombres, no se sabe si inmortales -seguramente no-, pero que, al morir por accidente, hambre o por ataques de fieras, su número disminuía, y su extinción sería segura. Y por cierto, la expresión "la caja de Pandora" es inaxacta, y viene de una mala traducción del griego realizada por italianos, no se sabe bien quien o quienes, del Renacimiento. En realidad, hace referencia a una jarra o ánfora, pero la traducción por "caja", pasó del italiano al resto de lenguas, y de ahí, a ser representada en cuadros, dibujos, etc.

"Jasón y Medea" (1907). Medea es, sin duda, el personaje más interesante de los mitos griegos. No se trata de un personaje pasivo, secuestrada, violada, conquistada o rescatada por el héroe de turno. Héroes que, como Teseo con Ariadna, a la que abandonó en Naxos después de que ella le ayudara a escapar de Creta con el resto de atenienses entregados por su ciudad como sacrificio humano al Minotauro, no es que fueran, precisamente, de comportamiento ejemplar. Medea, que aquí es la que parece llevar la voz cantante, la que, probablemente, está dando a un Jasón que es un heroe pasivo, que se deja ayudar en demasiadas ocasiones -porque, aunque valiente, no puede por sí mismo cumplir con sus misiones, sus obligaciones o deseos-, y que la está escuchando entre enbelesado y nervioso. Medea sería la que, con su poder, dormiría a la serpiente que no dormía nunca, que guardaba el vellocino de oro, y que, en lugar de otras mujeres de los mitos, griegas auténticas -ella era de la Cólquide, caucásica de raza, bárbara para los micénicos, que consideran la tierra de la hechicera como el fin del mundo, al lado del Cáucaso, el techo del éste-, tomaba sus propias decisiones, y no se retiraba del mundo, o se ahorcaba, cuando pensaba que había cometido un error, o había sido engañada. Fue de las pocas que vivió como quiso, dentro de lo posible, y murió ya anciana, o al menos madura, después de haber recorrido buena parte del mundo conocido por los aqueos, que nunca la vieron como una de los suyos, de "sus mujeres".

Esta segunda versión de "Lamia" representa, más bien, a una atractiva joven de indumentaria helena. Nadie podría ver en ella al antecedente de los actuales vampiros, pues, salvando las distancias, enormes en cuestiones culturales y temporales, no deja de ser uno de sus antecedentes. Probablemente, una lamia era una especie de ninfa -las náyades, nereas, bacantes o musas no dejarían de ser, realmente, comunidades o tipos distintos de ninfas, una especie de seres intermedios, entre dioses y humanos, deidades menores femeninas, bellas y siempre jóvenes, de orígenes muchas veces oscuros, que o bien eran inmortales, o de muy larga vida, y que lo mismo tenían hijos con los eternos del Olimpo, u otros dioses o algo así, como con simples humanos-. Las lamias, por lo visto, bebían sangre humana, o según algunos, hasta comían su carne, aunque también existían otras versiones, como que eran, simplemente, unas ninfas de las que no había que fiarse demasiado. Pero es que de este tipo, había otras, aparte de ellas.


Frederic Leighton, el hombre que lo pintaba todo con gracia.

"Ícaro y Dédalo" (1869), es una obra anterior a las de Waterhouse, que podría considerarse un artista casi de una generación posterior a Leighton, plenamente victoriano. Leighton pintó un poco de todo, y tambiénél se sintió interesado por la mitología. Dédalo, el diseñador del laberinto del minotauro, e Ícaro, su hijo, habian podido escapar de su propia obra, pero claro está, no de la isla de Creta. Necesitaban un barco, así que para eso creó unas alas artificiales, donde las plumas estaban pegadas con cera. Al ascender demasiado alto Ícaro, el calor derritió la cera, y es de sobra sabido qué pasó con él. Dicha historia, más una leyenda que un mito, fue contada durante siglos como ejemplo de lo que sucede cuando los hijos jóvenes no hacen caso de los sabios consejos de sus padres.

"Perseo y Andrómeda" (1891), fue otro de los cuadros de Leighton sobre uno de los mitos más conocido y largo de los helenos. Perseo, hijo mortal de Zeus -un héroe, en lenguaje de la época- salva a la princesa Andrómeda -por cierto, etíope, y por tanto de raza negra, aunque siempre se le represente blanca y de aspecto más nórdico o celta que mediterráneo-, que había sido ofrecida por sus padres, reyes de Etiopía, en sacrificio a un dragón -o un reptil monstruoso, en general- para que éste dejara de atacar a su pueblo. Con la ayuda de objetos fabulosos entregados en préstamo por otros dioses, finalmente pudo liberar a Andrómeda, con la que se casó. Perseo también es famoso por haber matado a Medusa, la única mortal de las tres gorgonas, cuya mirada petrificaba a sus enemigos.

Resultado de imagen de mitologia griega prerrafaelitas
"El mito de Ícaro", en este caso, en versión de Herbert James Draper. En ocasiones, las obras de Draper son cosideradas como secundarias, o complementarias, de maestros más conocidos, como Leighton o Waterhouse, pero él también tenía su propia personalidad. Aquí, Ícaro no está a punto de emprender el vuelo, sino que yace muerto tras estrellarse -aunque no lo parezca, por estar sus alas artificiales en demasiado buen estado, tras el accidente mortal-. Las jóvenes que lo miran, entre dolidas y curiosas, debían ser ninfas de la costa -según versiones, o se estrelló en las rocas de la costa cretense, o se ahogó en pleno mar-, o tal vez, incluso sirenas. Ni se sabe bien dónde pudieron vivir éstas, ni tampoco, si existía más de una colonia.



Los prerrafaelitas fueron, y son, dentro del mundo del arte a nivel mundial, y sin importar épocas, de los más utilizados para representar los mitos griegos, y a la hora de crear entradas o post sobre algún tema mitológico clásico, sin duda, alguno de ellos acaba por "prestar" alguna de sus obras. Realmente, mucha gente acabó interesándose -o hacerlo con más ganas- por las antiguas historias de los griegos, precisamente, gracias a ellos, y otros artistas del siglo XIX, más modernos, y con obras más espectaculares, que otras más clásicas -aunque igualmente, extraordinarias- de períodos anteriores, como el Renacimiento o el Barroco.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Los prerrafaelitas (anexo IV): Un vídeo sobre una exposición del prerrafaelismo y el dibujo. Y ejemplos de ello: Rossetti retratando a Jane Morris y a Siddal.

La casa-estudio de Frederic Leighton transformada en museo: cómo dibujaban en papel los prerrafaelitas.


Pongo aquí, en un anexo, que básicamente son entradas cortas para algún cuadro de un autor ya tratado que no conocía, o un segundo repaso por no haber tratado como debía a algún otro -el caso de Simeon Salomon-, o alguna otra cosa que ocupa poco espacio, pero que tiene relación con la Hermandad, en su sentido más amplio.
En este caso, es un vídeo de una exposición en la casa y estudio del pintor Frederic Leighton, transformada en museo, y que aparte de ser por sí misma una maravilla para cualquier visitante con conocimientos de arte e historia -o sea, que más o menos sabe lo que va a ver, y quien era Leighton-, en ocasiones realiza exposiciones. Y en este caso, es una sobre dibujos realizados por diversos autores pertenecientes al movimiento, entre ellos Dante G. Rossetti, no sólo uno de los principales,sino que acaba saliendo un poco en todas partes.Algunas son obras, digamos, acabadas, que tienen sentido por sí mismas, y otras, son trabajos preparatorios, bosquejos o pruebas de futuros cuadros que más adelante serían representados como pinturas al óleo.
Aunque, evidentemente, no resulta posible asistir a la exposición si no se vive o se visita Gran Bretaña, al menos da una idea de cómo es. Se pueden ver un centenar de obras de la coleccíón Lanigan, realizadas por Edward Burne-Jones, John Everett Millais, William Holman Hunt, Dante G. Rossetti, Edward Poynter y, evidentemente, Frederic Leighton.

Aquí, un ejemplo de dibujo -magnífico, por lo demás- que sería modelo para un cuadro, es este "Estudio de cabeza y hombros de una mujer", que  tendría su versión final al óleo en "Agua de sauce", de Dante G. Rossetti (1871), con Jane Morris -esposa de William Morris, amigo inseparable de Burne-Jones- como modelo, por la cual -como casi siempre- Rossetti, ya viudo, sentía algo más que simple amistad, o interés profesional.


1871.jpg Dante Gabriel Rossetti Agua Willow


Y otro dibujo, de "Retrato de E. Siddal descansando, sujetando un parasol", también de Rossetti, y que debió ser pintado entre 1852 y 1855.

Y aquí, el vídeo. Está en inglés -normal, por tratarse de un vídeo británico realizado por británicos-, pero los subtítulos, en el mismo idioma, siendo pocos, se entienden bien si se tiene cierto nivel de inglés.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Los prerrafaelitas (VI): Frederic Leighton, mucho más que un señor que pintaba señoras, y esculpía héroes antiguos.

Uno de los pintores más conocidos de la corriente, aunque siempre mantuviera su independencia.


Como ser rupturista, y formar parte del establishment artístico al tiempo.

Frederic Leighton (1830-1896), fue no sólo pintor, sino también, en su momento, un gran escultor inglés. Nacido en Scargorough, en lo que se llamaría una familia burguesa de clase media-alta dedicada al comercio de importación-exportación, estudió en la London University, para pasar, más adelante, a proseguir sus estudios, en la rama artística, en el continente europeo. Para ser más exacto, tuvo la suerte de poder hacerlo en lo que los británicos victorianos de clases media o alta consideraban el paraíso de cualquier amante del arte -sobretodo, antiguo, medieval y renacentista-, y todavía más, si deseaba dedicarse a él. Sobretodo, teniendo en cuenta que no pocos de ellos, al ser rentistas desde jóvenes, se podían permitir el dedicarse a pintar o esculpir aunque sus habilidades fueran limitadas, o su arte demasiado "diferente", o adelantado a su tiempo, y su forma de vida les diera más gastos que otra cosa. 

El autor en su estudio, según un retrato de Paul Renouard (1888),

Leighton no era exactamente eso. Más que renta, sabía que podía esperar, en un futuro, heredar parte de un negocio que funcionaba bien, pero es que, además, resultó, desde muy joven, ser un gran artista, se notaba que podía, con suerte y trabajo, ser algo grande. Estudió con artistas como el italiano Giovanni Costa, y, en Florencia -ciudad fetiche de cualquier amante del arte italiano y europeo en general-, logró entrar en su Academia de Bellas Artes, trasladándose más adelante a vivir a París (1855-9), donde había florecido el estilo romántico, y donde conoció, entre otros, al genial Delacroix.
"Junio -o Sol- ardiente" (1895 o 1896, no está claro el año exacto). Resulta curioso, hoy en día, que un retrato de una joven durmiendo -por mucho que se la "disfrazara" de personaje mitológico de la antigua Grecia, su aspecto era de una mujer de carne y hueso- diera tanto que hablar en su momento. Probablemente, lo fue tanto por la habilidad para retratarla, como porque el vestido naranja transparentaba lo justo para, sin enseñar un desnudo explícito, dar mucho trabajo a la imaginación. Hay que recordar que la Época Victoriana era muy conservadora en cuestiones sexuales.

"La luna de miel del pingor" (1864), o la conjunción de amor y arte.

"Dédalo e Ícaro" (1869). Aquí, el sexo masculino parece tabú, aunque, tal vez, fuera el autor, el que no tuviera interés en representarlo. Como en otros muchos cuadros que representan temas mitológicos de raíz griega -y no sólo de Leighton-, los personajes aparecen o desnudos, o muy ligeros de ropa. Los europeos del norte pensaban, tal vez, que los sureños antiguos iban por la vida poco menos que con taparrabos, o ni eso, haciendo de paganismo, antigüedad y nudismo todo en uno.

Pero llegado el momento, tuvo que volver a Londres -en 1860, así que ya rondaba la treintena, y llegó el momento en que debía demostrar si era capaz de ganarse la vida con el arte, y sobretodo, de qué era capaz-. Al contrario que otros prerrafaelitas, Leighton no sólo fue pintor, sino también escultor. Realmente, fue en este segundo campo, donde rompió moldes de forma más clara, pues, si como pintor era un gran artista, no dejaba de estar, de todas formas, dentro de una corriente artística, la prerrafaelita, que contaba con otros y variados -y excelentes- ejemplos, contemporáneos suyos, y de edad parecida. El primer trabajo escultórico que tuvo no es que levantara mucho la moral, en el sentido de que no resultaba demasiado alegre, pero sí que era un gran honor para cualquier joven artista: la tumba de la poeta Elizabeth Barrett Browning -enterrada, eso sí, no en Londres, sino en Florencia, que tan bien conocía Leighton-, que a mediados del siglo XIX había alcanzado gran fama entre sus compatriotas. Tras este encargo, siguió con una de sus mejores obras: "Atleta que lucha con una pitón" (1877), donde deja un tanto al margen un clasicismo conocido como "neoclásico" -en referencia a que bebía, directamente, de la escuela greco-romana antigua-, dándole al personaje más energía, más vida. Para Leighton, el representar a un hombre, dentro de lo que cabe "común" -aunque fuera un atleta antiguo, un héroe-, como si fuera un personaje de un baile, aparentemente tranquilo y calmado, como queriendo mostrar su belleza física, cuando estaba luchando por su vida con un animal terrible, no resultaba en absoluto natural, así que este atleta sin nombre demuestra, al tiempo, miedo, pero también deseo de luchar, de matar al monstruo que desea acabar con él. Influido por los franceses, Leighton fue, probablemente, el primer escultor moderno que tuvo Gran Bretaña, en el sentido de realista y renovador, y siendo considerado el precursor de la llamada "Nueva Escultura" británica.

"Atleta luchando con una pitón" (1877), en mármol blanco, donde el héroe lucha con sus propias manos contra la bestia. Fue clara influencia para escultores británicos -y de otros países- posteriores.

"Procesión por las calles de Florencia" (1853-5). Una de sus primeras obras, pintada en sus años italianos, cuando estudió y vivió en dicha ciudad italiana. No sería ni el primero ni uno de los últimos artistas británicos enamoradas, o influenciados, por las "ciudades del arte" de Italia.

Respecto a su pintura, su temática es parecida a la de otros autores de la corriente prerrafaelita, y se divide en tres grandes grupos: el de temas bíblicos -aunque retratando a los personajes, igual que en su escultura, de forma más viva y con más fuerza que en cuadros de épocas anteriores-; el clásico, entendiendo como tal no sólo a personajes más o menos reales de la Grecia y la Roma antigua, sino, sobretodo, a elementos mitológicos o imaginarios; y por último, el histórico, aunque este último en menor medida. Cuando era ya hombre maduro, su arte fue reconocido de tal forma, que pudo representar a Gran Bretaña en la gran exposición de París de 1900, lo que no era poco honor, pues, en aquella época, todo país estaba en extremo orgulloso de sus mejores artistas, y cualquier gobierno, y con él, gran parte de la población, estaban encantados de que su patria fuera representada por sus mejores pintores, escultores, dibujantes o arquitectos. Leighton fue capaz de pintar algo hermoso, atractivo, que pareciera clásico y, al tiempo -para su época-, nuevo. Y hoy en día, más de un siglo después de su muerte, su pintura, por mucho que nos retrotraiga a otra época, sigue siendo igual de atractiva. Respecto a qué cuadros serían más representativos, sería difícil hacer una lista, resulta mejor reproducir aquí algunos de ellos, pero "Junio ardiente" se ha transformado en un clásico, mil y una veces reproducido, y aunque no tanto, el retrato de "Creania, la ninfa del río Dangle", también sigue siendo, actualmente, fascinante.
Además, sin salir de la pintura, Leighton realizó dos enormes frescos para el Museo de Albert y Victoria -la reina y su marido- de South Court, conocidos como "Las artes de la industria aplicado a la guerra", y "... a la paz", que realizó entre 1870 y 1872, y que venían a ser un cántico a los avances científicos y tecnológicos de su época, aunque él ambientara sus dos obras, llenas de personajes y detalles, en la antigüedad greco-romana.

Archivo: Artes de Industria como Aplicado a Peace.jpg
"Las artes de la industria aplicadas a la paz", en la sala 109 del Museo de Albert y Victoria de South Court, en Londres.

Respecto a lo que opinaban sus contemporáneos sobre su obra, parece que, el hecho de que en ocasiones gustara de representar a mujeres jóvenes en aptitudes que muchos contemporáneos consideraban "poco decentes", no le dio problemas a largo plazo. Quizá, no sólo fuera porque los conquistara con su arte, sino, también, porque, pasado el tiempo -sobretodo, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se pasó de la Época Victoriana a la Eduardiana, con cierta relajación de costumbres y apertura de mentes-, la visión que tenía la población del arte empezó a cambiar hacia una mayor comprensión de "lo diferente", de lo que intentaba reflejar cosas distintas. Leighton fue, en 1864, asociado a la Royal Academy, y cuatro años después, socio de pleno derecho. Aún así, tuvo que tener, por fuerza, simpatizantes y admiradores en dicha veterana -y conservadora por naturaleza- institución artística, pues en 1878 llegó a ser presidente de la misma, lo que no se conseguía, simplemente, siendo un gran pintor, pues él no era el único en su época, precisamente.
Además, fue el primer artista en lograr alcanzar la nobleza por su trabajo. En 1878 fue nombrado caballero -sir, en 1886 logra el título de baronet, que sería algo así como miembro de la baja nobleza -como un hidalgo en España, o un castellano en Francia, aunque con un reconocimiento social mayor, quizá porque eran menos numerosos-, y, en 1896, logra el título de barón, aunque no es que lo disfrutara mucho, pues murió por una angina de pecho, nada menos, que al día siguiente de ser considerado par -alta nobleza- del reino, y con él, el título de Barón de Leighton también desapareció. Nunca, en la historia del Reino Unido, un título de nobleza duró tan poco, y más, teniendo en cuenta que el portador había hecho honores de sobra para merecerlo.

Frederick Leighton - A Bather 2
"Creania, la ninfa del río Dargle" (1880). A pesar de "disfrazarla" de ninfa -o sea, de personaje mitológico, imaginario, fantástico-, Creania es, sobretodo, una muchaca en la que se mezclan la belleza, la sensualidad y cierta inocencia que, para muchos hombres victorianos poco acostumbrados a ver una mujer en semejante índole, debió ser extremadamente atractiva. Y escandalosa.

"El pescador y la sirena" (1856-8). Otro cuadro de temática "clásica", o mitológica, donde la sirena, bella e irresistible, pero terrible, hace suyo al pobre pescador, que muere enamorado, conquistado, pero muere, de todas formas.

"El baño de Psique" (década de los 90, aunque no está demasiado claro). Parece que a finales del siglo XIX, el representar a una mujer desnuda -en caso de ser un hombre, no llamaba tanto la atención, pues resultaba más común, al contrario de lo que podría pensarse- no resultaba tan escandaloso.

Respecto a su vida privada, siempre permaneció soltero, y no se le conocieron demasiadas aventuras amorosas -en realidad, resulta casi imposible, hoy en día, separar la realidad de las suposiciones, fantasías o maledicencias de sus contemporáneos, que cuando no le descubrían relación seria, con toda seguridad siempre había alguien que las inventaba-, aunque se hablaba de algún hijo ilegítimo con alguna de sus modelos -lo que da a entender alguna relación, por lo menos sexual, con una de ellas- mientras que, al tiempo, se insinuó -y todavía se cree en la posibilidad- de su homosexualidad, o más bien -si resulta cierto que tenía relaciones con, al menos, una de sus modelos femeninas- su bisexualidad. Sin embargo, esto no parece demasiado probable, pues se basa en la atracción que sentía por él el poeta William Greville -que sí se sabe que era homosexual-, y a quién conoció en su juventud en Florencia. Atracción y quizá amor -platónico o no- que, por lo visto, Leighton nunca parece haber correspondido, aunque eso no impidió, por lo visto, que el en aquella época joven pintor sintiera simpatía o admiración por el poeta, en aquella época, famoso y ya maduro. Además, en una época donde el género epistolar era tan habitual que mucha gente escribía diarios y disfrutaba escribiendo gran cantidad de larguísimas cartas, donde explicaban su vida, opiniones y sentimientos de todo tipo, Leighton no dejó diario alguno, y en sus misivas, apenas hablaba de su parte más íntima. Lo que ahora se diría un hombre celoso de su intimidad.
En Londres existe un museo dedicado sólamente a él, el Leighton House Museum, con obras propias, de cuadros de otros autores propiedad suya, y objetos de su propiedad, que en ocasiones le sirvieron de inspiración.

El exterior de la casa-museo de Leighton, en Londres

"La lección de música", o la representación de la maternidad sin necesidad de recurrir a la Virgen, sino representándola de una forma más "mundana", pero también más terrenal.