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viernes, 3 de febrero de 2017

De vuelta con los circasianos: sobre esculturas, píldoras, y exiliadas en Europa en circos.

Después de años de la primera entrada sobre este pueblo, una segunda de un pueblo con más historias detrás de lo que podría pensarse.


De vuelta al Cáucaso. Un pueblo del que se ha hablado mucho, conociéndolo muy poco.

Hace ya mucho, en el año 2012 -casi cinco años, ya-, me dio por escribir sobre los circasianos, un pueblo del Cáucaso -del noroeste de esta cordillera, que parece separar Europa y Asia, y que va desde el Mar Negro, hasta el Mar Caspio-, en gran parte exterminado o expulsado en su tierra ancestral, y que hoy en día sigue manteniendo  su identidad, mejor o peor. tanto en ella, en Rusia, como en otros países de Oriente Próximo: Turquía -sobretodo-, Jordania, Siria -a pesar de la guerra, que ha provocado la huida de no pocos de ellos-, Israel, e incluso Irak, además de algunos países occidentales, como Alemania o Estados Unidos.
Hasta el siglo XIX, los circasianos eran un pueblo prácticamente desconocido fuera de su espacio nacional, de Rusia y del Imperio Otomano. Pero su guerra contra la Rusia Zarista, y los combates, matanzas, expulsiones y migraciones que aquel conflicto inacabable provocó, hizo que en los periódicos occidentales, sobretodo los británicos, empezaran a hablar de ellos. Lástima que a los europeos les diera por interesarse por un pueblo que, en gran parte, se estaba extinguiendo a ojos vista.
La visión que de ellos se tuvo fue una mezcla de interés, fascinación, y de visión un tanto distorsionada. En ocasiones, casi inventada, a falta de información seria y de primera mano. De ahí, a que el nombre de "circasianos", y sobretodo de "circasianas" -mujeres bellísimas, exóticas, pero al tiempo, con un físico totalmente occidental; o sea, de raza blanca- se usara casi para todo. Y casi siempre, o de forma errónea, o curiosa, o directamente increíble. 
Y aquí, unos cuantos ejemplos, en que los hombres, y sobretodo mujeres, de dicho pueblo, tan desconocido, pero también, geográficamente hablando, relativamente cercanos,  dieron nombre a tantas cosas que no lo tenían.


Las circasianas de Mexico, que resultaron ser de bronce, y quizá, demasiado griegas.

En los jardines de la Universidad Autonoma de Chapingo, en la ciudad de Texcoco, en México, se puede ver este conjunto escultórico, conocido como "La fuente de las circasianas", o simplemente, "Las circasianas", si bien las mujeres aquí representadas, por sus ropas, peinado y vasijas que, más que llenar parecen vaciar en la fuente, asemejan más griegas que caucásicas. En realidad, el que en ocasiones las llamen también ninfas -esas curiosas y hermosas deidades menores de la mitología griega, entre la humanidad de corta vida, y los dioses eternos- resulta lógico, pues es eso mismo lo que parecen.
El por qué, sean realmente circasianas o ninfas de la mitología helena, se encuentren en el espacio público que forma parte de una universidad, es debido, simplemente, a que dicha institución, al ir creciendo, "absorbió" lo que, en otra época, fue propiedad privada -después de pertenecer a diversos amos, compañía de los jesuitas incluida-, del -en el momento en que la compró- presidente mexicano Manuel González, que adquirió la propiedad de Chapingo en 1884, donde invirtió no poco tiempo y dinero. 
Y respecto a la escultura... aquí, la historia se mezcla un poco con la leyenda. Según se cuenta en la web elaguilillo.es, el presidente, aunque manco, no dejaba de tener un tremendo apetito sexual. Pero como parecía no tener suficiente con las mujeres mexicanas que conoció a lo largo de su vida, y a lo ancho de su país, sintió interés, no de europeas o norteamericanas -algunas debió conocer ya-, sino de mujeres con un origen mucho más exótico. Y todavía más, en un lugar como México, donde el Cáucaso, excepto para un número muy pequeño de personas, o sonaba a mitología. o directamente, no sonaba a nada. Para el antiguo general, y presidente en activo, una circasiana era el colmo de la mujer hermosa, exótica, bella hasta la locura, y no se sabe bien cómo, consiguió que una de aquellas extraordinarias mujeres viajara al país azteca, y viviera con él en la hacienda de Chapingo, donde se movía como si fuera poco menos que una reina, sin que nadie se atreviera a hablarle, y donde su único trabajo parecía satisfacer al presidente González, que según contaban todos los que lo vieron junto a aquella misteriosa mujer, parecía como hipnotizado por ella.
Y de ahí, se cuenta, que decidiera construir un conjunto escultórico con dos mujeres tan bellas y curvilíneas como, se supone, eran, y son, las hijas del Cáucaso. Eso sí, sobre el nombre de "fuente de las circasianas", como del origen o carácter de aquella mujer, parece haber dudas. Es posible que González le "regalara", digámoslo así, la escultura a su amante, pero no que representara a compatriotas suyas. Así que, quizá las circasianas que más bien parecen ninfas de la Grecia legendaria, no sólo lo parecieran, sino que lo fueran realmente. Pero el nombre de circasianas, no se lo quita nadie. Resulta demasiado atractivo y evocador, para cambiárselo por el de ninfas, porque de estas últimas, las encontramos en gran número en el arte europeo.


Vista de la Fuente de las Circasianas
La fuente de las circasianas, en la Universidad de Chapingo, en Texcoco (México), y que formó parte de la antigua hacienda del mismo nombre.


Las píldoras circasianas, para tener un busto firme e irresistible.

Entre los siglos XVIII, y hasta los años 20 o 30 del XX, se vendían en Europa y Norteamérica las llamadas "píldoras circasianas". ¿Y para qué servía, o qué es lo que curaban o aliviaban, dichas píldoras? ¿Y qué tenían que ver con Circasia? Pues básicamente, eran unas píldoras que, en teoría, y sólo en teoría, ayudaban a la mujer que las tomaba a tener un busto firme y generoso, como del que, supuestamente, disfrutaba prácticamente cualquier mujer de aquella lejana y casi desconocida región en que Europa y Asia se entrecruzaban.
Y sí, la verdad, las circasianas siempre fueron, y son conocidas por sus curvas, por ser mujeres de envidiable figura, aunque nunca se puede generalizar. De todas formas, de las circasianas, incluso en el siglo XX, sólo se podían ver en algún libro o periódico gracias a alguna fotografía tomada no a una mujer cualquiera de ese pueblo, sino a una joven con un atractivo especial, que quedaba más bonito en el medio que pagaba por ella. O eso, o antes de la existencia de la fotografía, gracias a grabados, casi siempre coloreados y con gran atractivo y misterio.
No está muy claro de qué estaban fabricadas -hace mucho ya que no se venden, al menos legalmente, y es muy difícil dar con un bote o paquete de ellas-, y por lo visto, eran varios los laboratorios farmacéuticos -no tan grandes como ahora, aunque ya movían no poco dinero-, y las farmacias de cierta importancia, incluso, que las fabricaban, pues por lo visto, se vendían por Europa y América, y lo de "píldoras circasianas" no era lo que ahora llamaríamos "marca registrada". Así que, de píldoras mágicas, había muchas, y siempre acabaron resultando un fiasco. En el mejor de los casos, porque con toda seguridad, más de alguna pobre mujer tuvo problemas de salud gracias a los inventos de algún que otro embaucador.

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Y aquí, ejemplos de anuncios de la época. ¿Desarrollo y endurecimiento? Claramente, en aquellos tiempos -y etamos hablando de los primeros años del siglo XX, no de la Edad Media- había una confianza en la medicina que se podría considerar no ya inocente, sino casi supersticiosa. Los médicos y farmacéuticos sustituyeron a los brujos y curanderos.


Circasianas en circos, como una atracción más. Cabellos afro antes de época.

Hasta el siglo XX -por ejemplo, en las Olimpiadas de San Luis de 1904, que más bien fue un auténtico despropósito-, estaban de moda lo que luego se llamaron "zoológicos humanos". Este horror, auténtico insulto a la dignidad humana, consistía en "enseñar" supuestos salvajes, que en realidad eran pobres desgraciados de pueblos aborígenes, como nativos del Amazonas, pigmeos del centro de África, polinesios, y un largo etcétera. En auténticos circos, además de fieras, payasos, equilibristas y demás, también en ocasiones se mostraban no sólo animales exóticos -aunque no participaran en ningún número circense, sino que, simplemente, estaban a la vista-, sino también personas con determinada enfermedad o deformidad, sobretodo gigantes o enanos. Pero también, durante un tiempo, se mostraban a personas que, simplemente, tenían un origen misterioso, como de cuento exótico. Y si su origen no eran tan extraordinario, con que fuera de un país lejano, bastaba. El dueño del circo ya se encargaría de crearle una biografía acorde con las espectativas que vendía a un público que no podía permitirse otros espectáculos, y que estaba dispuesto a dejarse unas monedas por ver cosas extraordinarias.
Así, en algunos circos europeos se podían ver supuestas princesas circasianas, que podían ser del Cáucaso, sí, pero que de princesas, tenían más bien poco, y que contaban su historia, o en silencio, dejaba que la contara un jefe de pista, o quien fuese. Pero siempre se podría rizar el rizo. ¿Queréis una mujer exótica? Pues le añadimos, también, un peinado exótico. El empresario del espectáculo Phineas Taylor Barum presentó una -supuesta- circasiana con un cabello que mujer europea alguna llevaba, y que hoy en día llamaríamos afro. Realmente, hasta hay dudas de que las mujeres afro-americanas con dicho peinado, y aquellas ya olvidadas circasianas, no tengan algún tipo de también olvidada conexión.
Y cuando las circasianas originales escasearon, pues se buscaron sus equivalentes en cualquier otro país o grupo étnico. Y cuando a dichas, ya falsas, circasianas, se les exigía algo más que lucir belleza exótica, se dedicaron a números circenses más de toda la vida, como tragar sables.
Parte importante de esta información, he podido encontrarla en el blog leyendoada.blogspot.com.es

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Aquí, una -supuesta- circasiana, con un cabello que no correspondía -ni corresponde, hoy en día- al que llevaban dichas mujeres, ni en su tierra, ni en el exilio o la diáspora posterior.

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Aunque tal vez sólo sea curiosidad, no deja de ser llamativa la semejanza del peinado entre aquella supuesta circasiana, y el afro posterior en Norteamérica.

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Con toda seguridad, las circasianas lucían un peinado como esta mujer, si bien, aún siendo súbdita del sultán otomano, no está claro si era circasiana, turca, armenia, o de cualquier otro origen étnico.


Una Circasia en Colombia.

Aunque parezca mentira, en Colombia, en América del Sur, existe una población llamada Circasia. Y no es un pueblecito, sino una población de casi 30.00 habitantes. E igualmente curiosos son los nombres de poblaciones cercanas: Armenia y Montenegro. 
Fundada en 1884 por colonos de la ciudad de Antioquía -como la antigua ciudad griega de Siria; no hay duda de que en Colombia tienen imaginación a la hora de poner nombres a sus poblaciones-. originalmente se llamaba La Plancha, parece que prefirieron, a principios del siglo XX, ponerle un nombre más exótico y original.

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Una vista del centro de Circasia, en la parte occidental de Colombia.


Y aquí, un ejemplo, de mujer real y actual, de por qué las circasianas eran, con toda justicia, consideradas de las mujeres más hermosas del mudo. Injusto sería quedarnos sólo con su físico. Como también, el no hablar más de dicho pueblo, sobretodo a medida que he ido buscando más información aquí  y allá.
Por ejemplo, su situación actual en cada país donde tienen cierta importancia demográfica o cultural, o quienes son la guardia circasiana de los reyes de Jordania, o algo más sobre la música circasiana.
Mucho por comentar, por tanto...

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jueves, 25 de junio de 2015

Los mosuo, el último auténtico matriarcado del mundo.

Una sociedad alternativa en el interior de la provincia china de Yunan.


Hace ya bastante que apenas le puedo dedicar tiempo al blog, así que, cuando puedo, escribo una entrada, aunque sea sobre temas que me llamaron la atención hace ya tiempo. En este caso, es sobre un pueblo, los mosuo, que han logrado conservar hasta la actualidad un tipo de sociedad claramente diferente, más que alternativa, que en otra época no sólo debió existir en amplias zonas del sur de China, sino también en otros lugares del mundo, aunque es muy probable que, a falta de documentos que lo acrediten, de referencias de historiadores -antiguos o modernos- o de que las religiones, o el poder político y cultural de los grandes imperios -y sus sucesores políticos- hayan eliminado todo rastro de él. Se trata del matriarcado, de la sociedad donde el poder social, el sexo dominante, es el femenino. Y por lo que se puede comprobar, la situación del varón, en esta "república de las mujeres"; aunque sea secundaria, es sin duda mejor que la de las mujeres en la enorme mayoría de las sociedades de poder masculino. Y más todavía, cuando se analizan todas y cada una de las grandes culturas humanas -todas de poder masculino- desde la Antigüedad, hasta, prácticamente, unos treinta o cuarenta años atrás.

La región donde se encuentra el país mosuo: en la provincia de Yunnan, en el sur de China, fronterizo con Indochina -el norte de Birmania, Laos y Vietnam también están llenos de pequeñas comunidades con su cultura y lenguas propias, que lo mismo viven en zonas montañosas como selváticas. Y dentro de ella, en el noroeste, alrededor del lago Lugu.


El "reino de las mujeres" es mucho menos terrible de lo que los hombres extranjeros pensaban.

Realmente, más que un reino, se podría hablar de una república, de una sociedad diferente, alternativa, que todavía subsiste, en estos tiempos de homogeneización -con o sin globalización de por medio-, donde las culturas mayoritarias -Occidente en su versión anglosajona, el mundo islámico visto desde un punto de vista básicamente árabe, la civilización china en sentido amplio, la India vista como un estado diverso pero mayoritariamente hindú...- van asimilando, como un rodillo, todas las pequeñas culturas que se encontraban en el interior de los países que forman o han dado forma, a dichas culturas mayoritarias, pero también a otras de naciones secundarias, que también tienden a la homogeneidad.
Pero dejando aparte el peligro de desaparición de estos pequeños islotes étnicos, lingüísticos y religiosos, el caso de los mosuo, o tal vez de las mosuo, es distinto. Se trata de una auténtica sociedad matriarcal, pero no al estilo del que muchos hombres, a lo largo de la historia -desde los antiguos griegos, por lo menos- imaginaban: un estado sexista donde unas mujeres guerreras y autoritarias reducen a los pobres hombres a esclavos o siervos, o a lo sumo, a simples objetos sexuales; o, incluso, a lo más temido: una sociedad enteramente femenina, donde el varón ha desaparecido, y cuando se le busca para lo único que se le necesita, la reproducción, las mujeres marchan fuera de su tierra, para quedar encinta y volver, al poco, a lugar seguro, sin hombres a la vista. El matriarcado mosuo consiste, básicamente, en que el poder social y económico está en las mujeres, y los hombres ocupan un lugar claramente secundario. No es que vivan peor, ni tengan menos derechos -en el sentido legal del término, al menos-, ni se les maltrate de ninguna forma, ni tan siquiera trabajan más que las mujeres. En realidad, más bien se ha considerado que es mejor que la economía, la familia, el funcionamiento de la casa, esté en manos de mujeres, y que los hombres se dediquen a las labores más pesadas o físicas, o a algún otro trabajo al que se dediquen básicamente ellos. Realmente, tal como ha dejado escrito más de un viajero occidental o chino, las mujeres trabajan más que ellos, tienen más responsabilidad, y a no pocos hombres se les ve más de medio día jugando a las cartas o durmiendo. Eso sí, cuando una matriarca necesita de algún varón de la familia -o de otra, "prestado" temporalmente para alguna faena especializada o, simplemente, dura-, este acudirá al momento, y le obedecerá en lo que haga falta.


Los miembros adultos de una familia mosuo. En ocasiones, la matriarca puede ser una mujer muy moderna, al igual que la mujer más anciana, por su edad, puede dejar el cargo a una de sus hijas, que se encargará de cuidar de ella mientras viva. Como ex- matriarca, será una especie de consejera y figura de respeto no sólo para su familia, sino para todos los habitantes más jóvenes del pueblo.

Porque así funciona esta sociedad, una región rural, que, como se supone, vive de la agricultura y la ganadería, y en menor medida de la explotación de los bosques cercanos -de ahí, que en cada poblado se vea siempre, al menos, a un guardabosques; quizá los únicos uniformados de la región-. El país mosuo se extiende alrededor de lago Lugu, o como ellos lo llaman, "la Madre Lago", pues religiosamente hablando, los mosuo, como en realidad la mayoría de la población de china, es sincrética, o sea, que mezcla varios cultos, sin renegar de ninguno. Por un lado, son budistas lamaistas, y cuentan con algunos monjes que visitan de vez en cuando los pueblos. Por otro, son animistas, practicando una antigua fe basada en deidades, como no básicamente femeninas, y donde consideran que los mosuo -y muy probablemente, también muchos otros pueblos- descienden de un único humano salvado de un diluvio -tan recurrente, tan común, el tema del diluvio, en cualquier cultura, en cualquier país- por una hija de la Diosa del Cielo. Esta diosa secundaria -por llamarla así- ayudaría a este último humano a superar todo tipo de pruebas, y acabaría éste casándose con una segunda hija de la Diosa suprema. De esa pareja, mitad humana y mitad divina, nacerían, entre otros, los mosuo, que desarrollarían una religión panteísta claramente femenina, donde el mundo está lleno de diosas de las montañas, los ríos y lagos -como la Madre Lago-, o la Diosa Gamu, o de las montañas, y que da nombre a la principal condillera del territorio. ¿Y dónde se encuentra, ese curioso país? Básicamente, en la provincia de Yunnan, aunque llegando en sus límites orientales a la provincia de Sichuan. Yunnan, en su momento, formó un reino independiente, conquistado siglos atrás, y es una región con una enorme diversidad étnica y lingüística. La República Popular China reconoce la existencis de 56 etnias o pueblos, empezando por los han -o sea, los chinos propiamente dichos- y acabando con comunidades muy pequeñas, de unos cientos o decenas de miles de miembros, solamente. Los mosuo no son considerados un pueblo diferenciado, sino parte de uno más numeroso, los naxi. Sin embargo, ellos siempre se han visto -y se siguen viendo- como una comunidad claramente diferenciada, y piensan que, el hecho de que el poder chino no los quiera ver como una pequeña nación diferente, es para fomentar su asimilación. Y ese es uno de los problemas a los que se enfrentan, pero también con el que se encuentra el estado chino: si se fomenta su aislamiento, para que conserven su cultura e identidad, se puede hablar de discriminación; si por el contrario, se intenta que se integren lo máximo posible, es fácil caer en el deseo de asimilación, como, en su caso, que abandonen la familia matriarcal, para casarse de forma fija, con un padre y una madre reconocidos, como hacen los chinos y el resto de pueblos de la República. Realmente, este es un problema -asimilación, integración, aislamiento...- al que se enfrentan, no sólo los pueblos indígenas, sino también los gobiernos y pueblos mayoritarios donde estos existen.

Dos mujeres navegando por el lago Lugu. Una forma como otra cualquiera de poder hablar en privado, que es algo muy importante en la sociedad femenina mosuo: el poder hablar de lo que sea con amigas, que pasan a ser casi como hermanas. Y evidentemente, no necesitan de ningún "caballero" que reme por ellas, pues se las apañan muy bien solas.

Respecto a lo anterior, a la "familia matriarcal", consiste, básicamente, en que la mujer es la dueña y propietaria de la casa y las tierras, y del resto de bienes, y vive allá con sus hijos, habidos con uno o varios hombres, y con los hijos o hijas de las hijas -los nietos-. ¿Y los padres? Los padres, viven con sus madres, y cuando estas fallecen, con sus hermanas. Cuando hay varias hermanas, mucha gente en una casa, una de ellas se va a vivir sola, o con sus hijos, y a veces con un hermano para que le ayude en ciertos trabajos. Pero los padres no conviven con sus hijos, ni con las madres de estos, hacen vida separada, con su propia familia materna. En ocasiones, mucha gente no sabe ni quien es su padre biológico, pues no han podido averiguarlo, pues ni madre ni padre han tenido ni tan siquiera el interés o deseo de que lo sepan. Respecto a las relaciones que cada mujer, considerada adulta por la familia y toda la comunidad a partir de los trece años -la edad de llevar falda-, puede tenerlas con todos los hombres que quiera -en algunos casos, con casi todos los de su edad del pueblo; en otros casos, sin embargo, con apenas uno o dos-. Eso no significa que no pueda tener una relación larga, incluso de por vida, con un hombre, pero es muy raro que acaben viviendo juntos -acaso, si un hombre es muy mayor, o está enfermo, y no tienen quién le cuide, puede acabar en casa de su amante, para ser atendido por toda la familia-, pero aún así, cada uno vive separado: ella, en su propia casa, y él, con su madre o hermana. El gobierno chino, hace ya mucho, intentó acabar con estas costumbres, pero fue en vano. No hacían caso a la autoridad, e incluso más de un funcionario o militar o policía que debía cuidad del cumplimiento de la ley, acababa participando de aquella costumbre, pues las mujeres también pueden, si lo desearan, mantener relaciones sexuales o sentimentales, aunque sean cortas, con extranjeros, o residentes temporales.
Una cosa curiosa. El poder económico y social, como ya se ha dicho, es totalmente femenino. Sin embargo, los líderes políticos de cada pueblo o aldea, elegidos democráticamente por todas las matriarcas -dueñas de casas y tierras, y con sus propias familias dependientes a ellas, y a ellas obedientes también-, son siempre hombres. Según las mosuo, a los hombres se les da bien cierto tipo de trabajos o responsabilidades, y uno sería el de ocupar un cargo político -por lo demás, con un poder limitado-, que incluye, lo mismo hacer el papel de intermediario o de árbitro en disputas -el de juez, o jueces, sería más femenino, excepto en cuestión de crímenes o según tipo de delitos que, evidentemente, pasan a depender de autoridades judiciales superiores-, como el tener que dar la cara, recibir instrucciones pero también hacer saber quejas, ante el poder superior -la provincia, el ejército, incluso representantes del gobierno nacional-. Cuando se insiste en por qué, el hecho de que los hombres tengan este poder político, aunque sea limitado, a lo de "ellos lo hacen mejor", se añade algo tan curioso como: "Al fin y al cabo, tampoco se trata de un trabajo importante. Ellos son capaces de hacer eso".


Una vivienda familiar mosuo. Son casas grandes, normalmente de dos pisos, donde pueden vivir miembros de tres o hasta cuatro generaciones, donde además puede haber animales, almacén, porcho, etc.

Nadie tiene muy claro cuando llegaron a Yunnan los antepasados de los mosuo, o de los naxi. Parece que, en determinado momento, hace quizá unos dos mil años, algunas tribus tibetanas emigraron hacia el sudeste, y no pararon hasta instalarse en una región mucho más llana y cálida, donde, con el paso del tiempo, se mezclaron racialmente con los mongoles de Gengis Khan y sus sucesores, con los chinos han, y con sus vecinos, lo que hizo que su apariencia cambiara algo -la piel más clara, la altura algo mayor que los tibetanos originales, los que todavía viven en el Techo del Mundo-. Aunque no se recuerda que sufrieran persecuciones o exterminios, parece que siempre fueron pocos, y muchos se han ido asimilando. Probablemente, las sociedades matriarcales, que fueron útiles para la supervivencia de una sociedad organizada en tiempos de guerras, matanzas y migraciones, cuando, a falta de hombres que iban a la guerra, las mujeres mantenían relaciones temporales con cualquier trabajador temporal, soldado o monje para que siguiera habiendo descendencia -e integraban a cualquier hombre solo que buscara un lugar donde empezar de nuevo- poco a poco fueron siendo absorbidas, asimiladas, con las migraciones masivas de han -chinos- fomentadas por los emperadores a lo largo de los siglos, hasta quedar reducidas casi a la nada: una comunidad de entre 30.000 y 45.000 personas -incluidos algunos individuos que forman parte del ejército o la administración, estudian en la universidad fuera de su tierra, o comerciantes o trabajadores de ciudades cercanas-, que mantienen voluntaria y obstinadamente sus costumbres, aprovechando el aislamiento geográfico -su tierra está tan mal comunicada, que cuesta mucho llegar allá; y como tampoco hay mucha gente, excepto algunos turistas occidentales, interesados en culturas exóticas y únicas, en acercarse a tan aislada región, todo eso les ayuda a que el mundo, en su conjunto, les deje vivir en paz-, y que, para algunos, son una rareza, pero para otros, un tesoro antropológico a conservar. El problema es que ese tesoro no es un monumento o un bosque, sino un conjunto de gente, y no está claro ni cómo les afectará el futuro, ni tampoco qué futuro -valga la redundancia- quieren para ellos y para sus hijos, excepto, eso lo dejan muy claro a todo visitante, conservar su identidad cueste lo que cueste.

Cuando una mujer siente interés por un hombre, y comprueba que éste es mutuo, se lo puede hacer saber por medio de terceros, o dejando una señal en la ventana de su habitación. Como resulta fácil llegar a ella -las habitaciones están en el piso superior, y tienen su balcón, con su baranda de madera, y escaleras para subir o bajar directamente desde la calle, sin pasar por el piso de abajo-, el amante temporal no tiene más que subir y entrar por la ventana del dormitorio de su pareja de una noche. Y si la cosa funciona, puede haber más noches, incluso durante años. O no.

Respecto a cómo supe de los mosuo, fue gracias al libro "El reino de las mujeres: el último matriarcado", del viajero, periodista y escritor argentino Ricardo Coler. También leí sobre el tema en el blog Enchinadas, del que pongo, para el que le interese, un enlace.

jueves, 21 de mayo de 2015

Los más exóticos y remotos descendientes de los soldados de Alejandro.

Si los griegos actuales no tienen tanto en común, como se podría pensar, con los helenos y macedonios antiguos, ¿qué podrán tener sus descendientes del Indostán?


Hablar de las hazañas de Alejandro Magno, el conquistador de gran parte del mundo conocido por los pueblos civilizados tanto del Mediterráneo oriental, como del cercano y medio Oriente -incluso más allá, pues los griegos poco sabían de la India o del actual Afganistán, por no decir apenas nada-, necesitaría no de un blog entero, sino de todo un libro, y no pequeño, precisamente.

Un retrato de Alejandro, recibiendo a la familia del vencido y muerto emperador persa Darío III, según Justus Sustermans, pintor flamenco del siglo XVII afincado en Italia, y que no tenía nada claro cóo vestían ni los griegos ni los persas de la Antigüedad.

Sin embargo, él fue capaz de hacer algo tan extraordinario como crear un imperio que, por tener, ni tan siquiera tuvo nombre porque, ¿cómo se llama el estado multiétnico, multireligioso que creó con la espada y el fuego, pero también fundando ciudades y creando comunidades de griegos y macedonios que extendieran la cultura helénica a lo largo y ancho de éste? Realmente, no tiene ninguno. Cierto que no es el único caso de estado que, en su momento, tuvo un nombre distinto al que, por medio de la influencia de historiadores, hoy en día le damos. El Imperio Bizantino, en realidad, siempre fue llamado por sus habitantes Imperio Romano -al menos, desde que cayó el Occidental; mientras tanto, eran el Imperio Romano de Oriente, por lo de diferenciarlo de su "hermano" del Oeste-. El de Carlomagno, no fue, como podría pensarse, Imperio Carolingio -que haría referencia a su nombre, Carlos el Magno, pero también a Carlos Martel, que si bien no fue nunca rey, sí gobernó el Reino Franco como si lo fuera-. En realidad, hay documentos que indican que ni él, ni los intelectuales o nobles que le ayudaban a gobernar, tenían una idea clara de cómo llamar a aquel enorme estado una vez que él fue proclamado emperador. Ya no era, simplemente, Reino Franco, pues para empezar, lo regía un emperador -desde el Bajo Imperio Romano, no había vuelto a haber dos emperadores coronados-, y, además, era un estado multiétnico y multicultural: Carlomagno era soberano de francos, longobardos, sajones, galorromanos, italianos, bávaros...-, así que lo de "Imperio Occidental, Franco, Sacro Imperio, Imperio Romano-germánico", podían ser todos tan válidos como incompletos.
Bien, ¿a dónde quiero llegar con todo esto? Pues reconozco que no lo tengo demasiado claro excepto que, en ocasiones, un solo individuo, o una serie de ellos, pero muy pocos, pueden extender las fronteras de un estado hasta límites poco antes inimaginables, y con ello, la cultura, la lengua, o la etnia del país conquistador. Eso pasó con Alejandro. Él no necesitó de más de entre 30.000 y 40.000 soldados, entre infantes, jinetes, oficiales, marinos y capitanes de barco -pocos, pero los hubo- y tropas especiales -básicamente, lo que ahora llamaríamos artillería, aunque sin pólvora, o técnicos diversos-, para someter la casi totalidad del inmenso Imperio Persa Aqueménida. Escaparon a su dominio, parece -no hay forma de saberlo realmente-, algunas zonas periféricas, pero, básicamente, el estado persa al completo fue engullido por aquella máquina de guerra que era el ejército alejandrino. Y con aquellos hombres, que raramente podían ser sustituidos a medida que morían -porque el gigante macedonio nunca tuvo grandes bajas militares en ninguna batalla, pero, por fuerza, siempre iba perdiendo soldados, aunque fuera poco a poco- creó no sólo una nueva nobleza, sino también la base de un ejército multiétnico -empezó a reclutar jefes y soldados, tanto simples auxiliares como veteranos, de todos los pueblos, empezando por los mismos persas, y siguiendo con partos, medos, armenios...-, pero también de una administración, un comercio intercontinental, un grupo de cultos individuos que expandieran la cultura helénica hasta los mismos límites del que parecía un imperio universal.

Un Buda con clara influencia griega. Y a la derecha, un indeterminado personaje muy probablemente de origen totalmente helénico.

Aquellos soldados fundaron ciudades -más bien, la fundación fue cosa de Alejandro y sus soldados, o de los soberanos que lo sustituyeron a la muerte de éste, los diadocos; pero, por fuerza, necesitaban un mínimo de griegos para que aquellas ciudades fueran helénicas-, cultivaron la tierra, formaron ejércitos que, tras la desaparición del coloso, se enfrentarían en innumerables guerras civiles, pero que, en pocas generaciones, consiguieron que el griego, con base lingüística en el dialecto ático o ateniense pero también, seguramente, con influencias de toda la Helade y más allá, se pudiera hablar desde Tracia hasta la India, y desde el Cáucaso y el Asia Central hasta Nubia y el norte de Arabia, además de toda Grecia, Sicilia, el sur de Italia, y poblaciones de la lejana Galia, y la casi legendaria Iberia. En algunos casos, además, los conquistadores se encontraron con unos compatriotas, por llamarlos de alguna forma -los griegos nunca formaron un estado único, así que, en ocasiones, se consideraban, al tiempo, hermanos y extranjeros unos de otros-, que habían llegado a lejanas regiones deportados por los emperadores persas. Caso de no pocos griegos de islas del Egeo, o de la costa de Asia Menor, que se habían rebelado siglos antes, y allá acabaron deportados.
Y está claro, que en los siglos que duró el dominio por medio mundo civilizado de los llamados estados helenísticos, donde lo griego y lo oriental -lo autóctono, en general- se entremezclaron, dicha cultura semi-griega se extendió mucho más allá que lo que nunca consiguieron las tropas de Alejandro. Cuando éste tuvo que volver grupas hacia Babilonia, la capital de su inmenso estado, quedándose con las ganas de cruzar el Indo y conquistar la India más allá de aquel río, nunca pensó que, en el Asia Central, un estado separado de uno de los reinos herederos del suyo, la Bactria, más tarde Imperio Greco-Bactriano -aquí, también veo un nombre aclaratorio inventado por historiadores posteriores-, que tras independizarse del Imperio Seleúcida crecería hasta ocupar gran parte de lo que ahora son Afganistán, Tayikistán y Kirguistán, tendría, al tiempo, otra escisión, que también crecería, formando el llamado Imperio Greco-Indio.
Pero estos estados, que expandieron el griego, y lo griego, por medio mundo, son otra historia, y merecerían una atención y una entrada propias. Lo que sí resulta interesante es saber qué es lo que queda de la helenización en aquellas tierras. Entre otras cosas, ¿existen descendientes más o menos directos de los soldados greco-macedonios en Afganistán, Pakistán o la India? Y más, si se tiene en cuenta que, tras el fin del Imperio de Skander, como se llamaba -entre otros nombres- a Alejandro de Macedonia, siguieron llegando nuevos contingentes de la Hélade y del reino de éste y Filipo, su padre, pero también de mestizos -por llamarlos de alguna forma- que eran, al menos en parte, griegos de sangre, lengua y cultura, pero también hijos de aquellas tierras, o de otras cercanas -Persia, Mesopotamia, Siria...-, adaptados no sólo al clima, sino también a su cultura, a su espíritu, a sus horizontes, cielos y espacios.
Realmente, es muy difícil contestar a dicha pregunta. La asimilación racial fue completa, y, en muchos casos, casi una gota en un mar de pueblos iranios, indostaneses y, más adelante, también túrquicos. La lengua griega se perdió, igual que su religión, o gran parte de su influencia cultural e intelectual. Al menos, de forma visible. Y respecto a si quedaron pequeñas colonias griegas sin contacto con el mundo exterior, es algo difícil de creer, pues los griegos acostumbraban a vivir en las ciudades y, por tanto, a la larga, a mezclarse con multitudes con las que llevaban generaciones viviendo, y que eran mucho más numerosas que ellos. Además, la inmigración helena era básicamente masculina, lo que favorecía la formación de parejas mixtas desde el primer momento. Lo griego, por tanto, se mantenía debido al poder político y militar de los helénicos. Una vez que sus dinastías se extinguieron, y sus reinos cayeron, la cultura externa, europea, fue asimilada por pueblos que, en su mayoría, formaban parte de civilizaciones tan antiguas, o mas, que la de la gente que en otra época llegaron del lejano Occidente. Quedaron edificios, influencias en las artes, en la filosofía y la literatura, pero al desaparecer incluso el recuerdo de los griegos, sus aportaciones fueron consideradas, a la larga, autóctonas.

Un mapa con las fronteras aproximadas -nunca se llegó a saber dónde llegaban, realmente- del imperio de Alejandro, así llamado porque, realmente, no llegó a tener ni un nombre propio, excepto el de su creador.

¿Qué comunidades, que pueblos -pequeños en demografía, apenas unos miles, pero únicos por su cultura y singularidad- podrían ser candidatos a ser descendientes, aunque sea sólo en parte, de aquellos griegos y macedonios extraordinarios? Difícil decirlo. Quizá, entre persas, kurdos, árabes, pashtunes o punyabíes podríamos encontrar a muchos, pero el origen europeo, aún así, sería mínimo. En otros, sin embargo, por su color de piel, sus ojos azules o verdes o su cabello rubio o castaño, sí que se les considera probables descendientes con un origen étnico donde lo griego destacaría mucho más, aunque, de todas formas, ¿ese físico, que parece sugerir algo de origen celta o germánico, más que mediterráneo, realmente correspondería a gente originaria de Atenas, Macedonia, Beocia o la costa egea de la actual Turquía, la antigua Jonia? Nada claro. Más bien, serían descendientes más o menos "puros" -lo pongo entre comillas; no me gusta nada en absoluto, el hablar de "pureza" cuando me refiero a pueblos y naciones- de las antiguas tribus arias que llegaron, hace tiempo inmemorial, a Irán o la India, en sucesivas oleadas que duraron siglos, barriendo, mezclándose o expulsando a sus antiguos habitantes, cuando los había. Y lo de ario, eso hace tiempo que quedó claro, poco tiene que ver con lo germano en particular. Al menos, no más que con el resto de europeos. Pero mejor pasar a enumerar a estas escasas gentes, y donde viven, o sobreviven:


Los kalash (o kalasha): 

Los kalash son un pueblo cuyo número ronda entre los 3.000 y los 6.000, lo que parece una diferencia pequeña, pero no deja de ser la cifra más alta el doble que la más baja. Además, cuando una comunidad étnica y cultural se reduce a un número especialmente pequeño, apenas unos pocos millares, esta diferencia permite, o al menos facilita, o al contrario dificulta mucho, que desde un punto demográfico y genético ésta pueda perpetuarse y perdurar, o desaparecer, asimilada entre las etnias mayoritarias.
Los kalash no han tenido mucha suerte, teniendo como patria Pakistán, y como vecinos a los pasthunes, un pueblo en general -tampoco se puede generalizar, pero sí hablar de una gran mayoría- dividido y subdividido en tribus, sub-tribus y clanes, muy dado a la xenofobia y a replegarse sobre sí mismo, a la venganza, a no estar dispuestos a repartir el poder y el territorio con otras comunidades y, como habrá visto cualquiera que conozca mínimamente tanto Pakistán, como su vecino Afganistán, en gran parte simpatizante, o de los talibanes, o al menos de una forma de islam extremadamente intolerante, autoritario, machista y más dado a usar las armas que la palabra para decidir o solucionar cualquier problema que pueda surgir.
Como es de suponer, eso ha favorecido la paulatina extinción -pues de extinción podría hablarse- de los khalash. Aunque si cifra rondara los 6.000 -quizá, si se incluyera no sólo a los que viven mezclados entre musulmanes, sino también algunos que, por conveniencia, miedo, o amenaza de muerte, han aceptado la conversión al islam, y sus hijos nacidos ya en hogares musulmanes-, no dejan de ser una muestra muy pequeña de lo que fueron hace sólo un siglo y poco. A principios del siglo XX, probablemente rondaban los 100.000, si bien la mayoría vivían en Afganistán, en un territorio conocido en aquella época como Kafiristán -el país de los kafires, o sea, de los infieles, de los paganos o animistas, politeístas-. Sometidos por los monarcas afganos, obligados a convertirse al islam, muchos se asimilaron a los pasthunes o tayikos -el otro gran grupo étnico de Afganistán, mucho más cercanos, por lengua e historia, a los persas; el dari, la lengua tayika, no deja de ser, en realidad, un dialecto muy diferenciado de la raíz original del farsi, la lengua persa-, cuando no, simplemente, murieron en combate, matanzas o hambrunas. Poco a poco, el animismo desapareció completamente del extremo noreste de Afganistán, y su territorio pasó a llamarse Nuristán, el país de la luz, porque, se supone, la luz de la civilización -islámica, en este caso, como en otras era la supuesta luz de Occidente, o de China, o de cualquier otra cultura poderosa, la que absorbía o barría culturas más pequeñas y débiles- la que había hecho retroceder para siempre las -en teoría- tinieblas del paganismo primitivo.
La religión de los kalash, en teoría, y según cuentan en ocasiones ellos mismos, podría ser una degeneración de la de los antiguos griegos. Pero, realmente, más bien sería una mezcla del animismo panteísta típico de muchas pequeñas sociedades tribales, con una forma primitiva de hinduismo, del brahmanismo que practicaban las tribus arias que invadieron el actual Pakistán, y el norte de la India, hace cerca de tres mil años, acabando con la cultura de Indo -Mohenjo Daro y Harappa, como ciudades principales-, y otras menores que, con toda seguridad, allá existieron anteriormente a su llegada.


Jóvenes kalash en un festival cultural de Pakistán, donde en los últimos años, la parte más abierta de mente de la población ha tomado conciencia de su discriminación y persecución, haciendo que las autoridades hayan decidido a ayudarles -aunque no sea con mucho interés, las cosas como son-.

Exterminados, expulsados, esclavizados, o en tiempos recientes, obligados a convertirse al islam sunnita más rigorista -talibanes o todo tipo de salafistas o fanáticos de todo pelaje-, aunque en ocasiones hayan recibido atención y ayuda del estado -gracias a ello, se les protegió en ocasiones, y se les ayudó a reducir su mortalidad infantil, y aumentar su esperanza de vida, lo que hizo que su número aumentara poco a poco-, quizá sólo tengan, a la larga, dos alternativas: o la asimilación a los pasthunes o los punjabíes -son demasiado escasos para formar un nuevo pueblo, en su caso converso al islam, como pasó con sus hermanos afganos, transformados en nuristaníes-, o acaban emigrando en bloque a otro país. Lo cual es, desde luego, mucho más difícil. Y no deja de ser curioso, por no decir inexplicable. Aún siendo 6.000 -incluyendo algunos conversos "reconvertidos" a su religión original-, no dejarían de ser una comunidad muy pequeña, que, incluso, en caso de integrarse en un país que los acogiera bien, acabarían por asimilarse completamente. Cualquier país occidental -o la India; es difícil imaginar otros estados dispuestos a acogerlos- recibe anualmente un número muy superior de inmigrantes. Pero el hecho de ser un pueblo completo parece que hace dicha emigración como algo mucho mayor de lo que realmente debería ser.
Respecto a si es verdad o no su origen griego, quedo claro una cosa, una vez que se hicieron numerosas pruebas genéticas: no hay rastro de sangre greco-macedónica. Sólo parentesco tanto con los pueblos indostaneses, como iranios -persas, kurdos, tayikos-. Tal vez, junto a los pasthunes, sean una especie de "pueblo-puente", étnicamente emparentado tanto con unos, como con otros, aunque un poco más con los habitantes de India y Pakistán.


Los más fanáticos no soportan la existencia de un pueblo pequeño, donde la música, la danza, el color y las ganas de vivir no dejan apenas espacio a la amargura del fanatismo.


Los drokpa (o brokpas):

Los drokpas viven en la India en la zona más fértil del valle de Ladak, en una zona montañosa del extremo norte, muy cerca de Pakistán, y racialmente, se les incluye en la etnia dard. Están rodeados de pueblos de raza y lengua tibeto-birmana -resulta un tanto curioso averiguar que tibetanos y bhutaneses están emparentados directamente con parte de la población de Myanmar, la antigua Birmania, sobretodo con los birmanos propiamente dichos, pero es así. La razón de su separación, y sus diferencias físicas y culturales, serían antiquísimas migraciones, además de mezclas raciales y absoluta integración en las nuevas tierras donde los antiguos emigrantes llegaron.
Son cerca de 2.500 personas, aunque algunos piensan que podrían ser el doble. Más o menos bien tratados por los indios, viven en gran parte por la venta de productos agrícolas, que cultivan en sus numerosos y bien cuidados huertos, aparte de, en los últimos tiempos, por la atracción turística de los festivales étnicos en los que participan. En general, siempre han sido más abiertos de mente, y más deshinibidos en cuestiones sexuales y de pareja -no tienen problema en besarse en público, o hacer bien visible su amor, o la atracción física o sexual que sienten por otra persona de su pueblo, y los intercambios de pareja, al menos hasta hace pocas décadas, eran de lo más común-, lo que no les ha ayudado a estar demasiado bien vistos por sus vecinos, más conservadores en estas -y otras- cuestiones. Aún así, y a pesar de su debilidad por su escaso número, no han demostrado interés en abandonar completamente su cultura, ni tampoco su religión, que es claramente animista -más que dioses antropomorfos, creen en la existencia de todo tipo de espíritus y fuerzas naturales-, y no parece tener gran influencia por el hinduismo, ni tan siquiera de su forma más antigua.
Sus tocados formados por flores naturales, sus capas de piel, sus múltiples adornos de huesos, garrar y demás adornos de origen animal, que parecen sepultarlos por su cantidad, diversidad y llamativo encanto, hacen de ellos una auténtica obra de arte en forma de pequeña comunidad humana. Lamentablemente, y al igual que los kalash -aunque, en principio, menos e peligro de ser barridos por el fanatismo religioso de sus vecinos-, al ser tan escasos, hace que, si no mezclan alta natalidad, baja mortalidad infantil, y cierta mezcla racial, su desaparición por asimilación o disolución en comunidades mayores podría ser cosa de un par de generaciones. O menos.
Y respecto a serían o no descendientes de algún puñado de soldados greco-macedonios enviados a algún olvidado rincón del imperio de Alejandro, o de sus sucesores en Asia Oriental, la dinastía de los Seleúcidas -descendientes del general Seleuco, uno de los sucesores del gran conquistador a la hora de repartirse sus territorios-, no hay lo que se dice pruebas concluyentes, pero sí que existen estudios no sólo etnológicos, sino también genéticos -sobre su seriedad, eso es otra cosa- que si bien los consideran un pueblo indo-iranio -también, más indio que iranio, como sus hermanos kalash-, sí que parecen tener algo de sangre indoeuropea mediterráneo. Aunque poca, pues, sí que tendrían algunos genes de aquellos aventureros y conquistadores helenos. Lo que, por lo demás, incluso para ellos, no deja de ser una simple anécdota histórica.


Exteriormente, y de lejos, más que un pueblo emparentado más o menos cercanamente con las etnias de Pakistán o Afganistán, los drokpas podrían pasar por nativos norteamericanos. Su unión con la naturaleza es completa, considerándose ellos parte íntegra de ésta.

Una mujer drokpa en un festival étnico.


Los hunza (o hounzas, o hunzakuts):

Los hunza viven en el valle del mismo nombre, en la hermosa pero torturada región de Cachemira, repartida entre Pakistán -casi la mitad oeste-, la India -el centro y gran parte del este- y China -una faja de terreno del extremo oriental del territorio-. Son entre 40.000 y 50.000 personas, que si bien no es mucho, al menos les permite tener cierto peso demográfico en el territorio donde viven. En su caso, no son animistas, sino ismailíes, una rama heterodoxa del islam chiíta extendido básicamente por Pakistán y la India -además de unos 100.000 en Siria, y un puñado en Occidente y otros países musulmanes. Aunque el ismailismo es una corriente bastante filosófica y un tanto complicada de comprender en profundidad -considera el Corán no como un libro a seguir a rajatabla, sino que defiende que se le interprete de una forma alegórica- en general, los hunzas no se complican la vida con disquisiciones teológicas, si bien es cierto que son una comunidad mucho más liberal y abierta que gran parte de los musulmanes de su país -en realidad, ismailiíes y ahmadíes, una rama muy heterodoxa y marginada del sunnismo, originaria de Pakistán, son las dos comunidades musulmanes, desde un punto teológico, no étnico, más modernas y abiertas de mente del país-. El analfabetismo es inferior a la media nacional, y la casi totalidad de los niños y niñas -también ellas- están escolarizados, mientras que es prácticamente imposible ver una mujer con nikab -el velo en el rostro, y algunas ni tan siquiera lo llevan el la cabeza. Su lengua es el burushaski, un idioma aislado, hablado por ellos y algunos pueblos vecinos también musulmanes -no hay ni 100.000 hablantes de dicha lengua-, aunque también conocen el urdu, el hindi -en realidad, dos dialectos de la misma lengua, que recibe distinto nombre, sea hablada por musulmanes o hindúes, oficial en Pakistán o India-, o el punjabí. Teniendo en cuenta que es una pequeña comunidad rural, con poca relación con el resto del mundo -y por tanto, no han tenido la oportunidad de conocer gran cosa de lo que sucede más allá de su valle, excepto los emigrados a las ciudades, que son pocos-, no es poco decir.

El valle del Hunza -su nombre viene del río que por él circula, y que también nombra a sus habitantes-. En un lugar así, la vida puede ser dura, pero también tan agradable, que morirse hasta dé pereza, y se quiere permanecer en él todo el tiempo biológicamente posible.

Una de las leyendas que más se cuenta de ellos es que tienen una esperanza de vida altísima. Probablemente, serían uno de los pueblos más longevos del mundo, junto a los japoneses, y algunas comunidades del Cáucaso -como los georgianos y los abjasios-. Incluso, que con cincuenta años, muchos de ellos parecen apenas treintañeros, y no pocas mujeres son capaces de ser madres, de forma natural y sin ayuda alguna de la ciencia, rondando los sesenta. Sobre todo ello, no deja de haber una parte de verdad. Debido a múltiples razones o causas -dieta, clima, inexistencia de alcohol o droga, y apenas tabaco, o que la población trabaja o realiza ocupaciones físicas durante toda la vida, pero sin caer casi nunca en la explotación o exceso de trabajo-, sí es cierto que son un pueblo longevo, y que se conservan físicamente bien. Pero decir que casi toda la población llega a centenarios, y que no pocos han llegado a cumplir ciento veinte -cabe preguntarse cómo lo habrán demostrado, si casi ninguno ha tenido nunca carnet de identidad, o lo obtuvieron décadas después de haber nacido, y sin que hubiera documento alguno que certificara fecha de nacimiento- es, como mínimo, una exageración. Eso sí, no pocos médicos -o pseudomédicos-, defensores de la vida sana, adeptos a la new wave, y alternativos varios los consideran como un pueblo extraordinario, como diferentes y superiores al resto de la humanidad, y su forma de vida y su dieta, ejemplos a seguir, aunque en ocasiones no sepan exactamente el por qué, y sin tener en cuenta también el clima, la genética, etc. Pero una cosa sí es cierta: viven mucho, y llegan a viejos en unas condiciones físicas y mentales extraordinarias. Aparte de la dieta, tal vez también habría que tener en cuenta, además del trabajo y el ejercicio físico en sí mismos, el hecho de que cumplen anualmente varios periodos de ayuno voluntario, sus baños en aguas frías, o que gustan de practicar deportes -incluso niños y ancianos- a temperaturas que a casi cualquier otra persona -dejando aparte inuit, rusos y otros "pueblos del frío"- metida en su casa, a no ser que resulte extraordinariamente necesario el tener que salir de ella.
Respecto a si son o no descendientes de griegos o macedonios, sí que tienen un físico bastante europeo. Tienen la piel clara, y algunos son rubios o castaños. Pero esto también se puede ver entre los kalash -no tanto entre los drokpa, que en cambio, sí que parecen tener un poco de sangre helénica- y en su caso, 


Aunque el paisaje sea espectacular, la vida de los hunza es difícil, y materialmente modesta. Pero la mayoría no se moverían nunca de allá, a no ser que no les quedara más remedio.


En realidad, no deja de ser curioso que se busque a descendientes de griegos y macedonios, bien sean llegados con Alejandro, o con sus sucesores políticos -los diadocos-, o anteriores -durante el dominio persa de un espacio geográfico muy parecido, o posterior -reinos helenísticos, dominio romano, Imperio Bizantino, mercenarios, esclavos, viajeros y comerciantes de todo tipo- entre pequeñas tribus de valles escondidos. Quizá, sería más lógico hacerlo en grandes ciudades de pasado antiguo, o, al menos, en zonas que han contado con gran densidad de población desde tiempos muy remotos. Los griegos de aquella época eran gente urbana -excepto en la misma Grecia, claro está, donde eran la enorme mayoría de la población, y vivían en todas partes, en el campo y en la ciudad-, así que, cuando colonizaron el Oriente, incluso en estados que se crearon mucho después de la muerte de Alejandro, y que crecieron y expandieron la cultura griega mucho más allá de su imperio -como el Imperio Greco-bactriano, o el Greco-indio, como se les conoce hoy en día-, optaban, o bien en residir en grandes ciudades de la época, o en crearlas ellos mismos -las famosas Alejandrías, por ejemplo- o en elegir una población de tamaño mediano o pequeño, pero que se encontrara en una situación estratégica -en la costa, en medio de una ruta comercial importante, en una zona estratégica para defender una región de una posible invasión exterior- y acababan haciendo de ella una capital importante. Es muy probable, entonces, el poder encontrar descendientes de helenos entre persas, turcos, kurdos, árabes de Irak, Siria o Líbano, o tayikos o punjabíes. O no, porque, realmente, las comunidades griegas, grandes o pequeñas, en ocasiones desaparecieron casi sin dejar rastro, sin saber bien qué fue de ellas, caso de muchas en el Asia Central o el norte de la India.

miércoles, 3 de abril de 2013

El imperio fantasma de los jázaros.

El primer estado organizado de Rusia, oculto tras la bruma del misterio.


Bien, después de tan largo paréntesis, creo que ya iba siendo hora de volver. En este caso, no trataré de un tema, digamos, actual, sino histórico; y en cierto modo, también antropológico, étnico, o como lo queramos considerar. Se trata del pueblo o nación de los jázaros, y, más que de lo que se sabe, de lo que no se sabe realmente de ellos.
¿Qué es lo que tienen de particular los jázaros, un pueblo de raza y lengua túrquicas, y aparentemente no demasiado distinto a otros emparentados con ellos, que invadieron y se asentaron en territorios tanto asiáticos como europeos a lo largo de los siglos? Básicamente, dos razones que los hacen realmente únicos: el primero, que se convirtieron al judaismo, siendo judíos no de raza, sino de religión; de cultura, pero no está nada claro si de nacionalidad. La segunda, que fueron el primer pueblo capaz de crear un estado más o menos organizado en territorio ruso. Y no se trata de una pequeña ciudad independiente, parecida, salvando las distancias, a una polis griega o urbe fenicia. Se trató de un gran estado, que se extendía, desde el Cáucaso hasta mucho más al norte de la desembocadura del Volga; y de este a oeste, de lo que ahora sería Kazajstán, hasta la Ucrania oriental.
Así pues, paso ha hacer un corto repaso -la falta de tiempo libre me mata, así que mejor no me extiendo demasiado en ninguna entrada; por ahora- sobre este curioso y casi olvidado pueblo. Olvido extendido, no de forma casual, en la misma Rusia que vio nacer tan curioso estado.

Una visión del mundo según el tengrismo, la religión animista-chamanista de los pueblos túrquicos y mongoles anterior al budismo y el islam, y que también practicaron los jázaros.


Un pueblo salido de la nada: el origen del pueblo y el estado jázaros.

El norte de Asia, el territorio que se extiende por toda la actual Mongolia -la región supuestamente autónoma china de Mongolia Interior, la casi totalidad de Manchuria, el sureste de Siberia, y gran parte del Asia Central, incluido el Sinkiang- estuvo poblado por una amalgama de nómadas o semi-nomadas; gente de cultura del caballo, que formaban imperios efímeros, cuyos nombres apenas han quedado para la historia, pero que en no pocas ocasiones dieron enormes dolores de cabeza a los chinos o indios. En realidad, en algunos casos, hasta llegaron a conquistarlos, y a crear sus propias dinastías, que con el tiempo se fueron integrando en la sociedad china, pero nunca disolviéndose del todo; caso de los Yuan, que eran mongoles y descendientes del famoso Gengis Khan, o los Tsing, la última, que era manchú. El primer gran estado que se creó al norte del Imperio Chino fue el de los Xiong-nu, que en chino de la época significaba, básicamente, bárbaros. Más o menos, lo mismo que pensaban de sus vecinos septentrionales los romanos, contemporáneos suyos. Después de ellos, pasarían los Tien -¿antepasados de los mongoles?-, los Rouan      -¿antecesores de los ávaros, que más adelante acabarían formando un efímero imperio de Hungría, destruido por Carlomagno?- y el Khanato de los Gokturks. Estos últimos, antecedentes directos de los pueblos túrquicos -como los mismos turcos- se acabarían hundiendo en guerras civiles entre occidentales y orientales -después de haber mandado a los ávaros a Europa-, y tras sufrir los ataques del Imperio Chino de los Tang. Y de sus escombros, salió el pueblo jázaro -o kházaro, como se le nombra en el mundo anglosajón- una posible fusión entre proto-turcos con hunos -hermanos de los que, pocos siglos antes, precediendo a los ávaros, habían llegado a Europa, dando la puntilla a un agónico Imperio Romano de Occidente, y capitaneados por el legendario Atila; y a otros que, no mucho después, atacarían la India-. El origen y la cultura turca, sin embargo, eran los que dominaban, pero su origen mayoritario, antes de la mezcla con los pueblos que dominaron o con los que se relacionaron posteriormente, era huno.Evidentemente, esto no es todo cierto. Ningún pueblo sale de la nada, todos tienen algún antecesor, incluso los más antiguos, hasta llegar, finalmente, a los primeros auténticos humanos, llamémoslos homo sapiens de la raza cromañón, o de cualquier otra -porque las hubo, pero esto es otra larga historia- ya extinta. Pues bien, los jázaros, como pueblo túrquico, tienen un origen bastante claro, que se podría considerar el territorio primigenio y ancestral de los llamados pueblos altaicos: los túrquicos, los mongoles, manchúes, no poca gente de la Siberia Oriental -rusos eslavos aparte, se entiende- y con un lejano, muy lejano parentesco, aunque no por ello existente, con los japoneses y los coreanos. Este territorio es el Asia Central, o si lo preferimos, el Turkestán. O sea, cuatro de las antiguas repúblicas soviéticas: Kazajstán, Kirguistán, Uzbekistán y Turkmenistán, además del territorio chino del Sinkiang Uigur -o Uiguristán, como llaman a su tierra los uigures, la población autóctona; "Sinkiang", en chino mandarín, significa, más o menos "Frontera lejana", o algo parecido-. Probablemente se podrían incluir algunas regiones fronterizas tanto de Rusia, al norte, como de Afganistán, al sur, además de parte, o la totalidad, del Tayikistán -por lo demás, una nación que, por lengua, historia y raza, sería considerada irania, cercana a los persas-, pero esto es algo más discutible.
Estos jázaros primitivos no eran muy distintos a sus hermanos y primos más orientales. Eran nómadas, aunque conocían las ciudades -aunque fuera más por haberlas atacado que otra cosa-; estaban divididos en dos grandes grupos sociales, los blancos (ak-khazars), que corresponderían a los reyes, nobles, guerreros, y en general a la parte de la población con más poder o derechos -que no significaba, a la fuerza, la más rica-, y los negros (kara-khazars), que serían los burgueses y comerciantes -la "gente del caballo" consideraban a los urbanitas, y más aún a los que se dedicaban al comercio, como gente de poco fiar, o débil y un tanto decadente; eso no significaba que no se dieran cuenta de su importancia social, y a su manera los protegieran-, o campesinos, obreros y siervos sin demasiados derechos. Es dudoso que en este grupo se incluyera a los esclavos -porque sin duda, como en cualquier otra sociedad antigua o medieval, y más moderna también, existían-, que no parecían ser demasiado numerosos -más bien, prisioneros de guerra, rebeldes, deudores...-, porque, sencillamente, los esclavos no eran habitantes o parte del pueblo -a no ser que consiguieran la manumisión-, sino simple mercancía. Estas expresiones de "blanco" y "negro"; no eran raciales, aunque algunos historiadores -o más bien simples cronistas-, tanto rusos como persas y árabes, en ambos casos -cristianos o musulmanes orientales- enemigos suyos, dieron a entender lo contrario, imaginando a los blancos casi como nórdicos -claros de piel y pelirrojos o rubios-, y a los negros como morenos, como los indios. Pero queda claro que esto no tiene base. Eso sí, con el paso de los años, sí que había diferencias físicas entre los jázaros, pero por una razón evidente: formaron un imperio multiracial, donde había turcos, eslavos, judíos semitas, persas, gentes del Cáucaso de raza caucásica -circasianos o abjasios-, irania -osetios, en aquella época conocidos como alanos-, armenios... Y la mezcla era algo lógico: los reyes, nobles y guerreros tenían esposas o concubinas de todos los pueblos dominados o vasallos, o de estados extranjeros; mercenarios añadidos a las tropas victoriosas; mujeres de pueblos vencidos que buscaban un marido del bando vencedor para progresar socialmente; la mezcla habitual en los centros urbanos; funcionarios, médicos o artistas no jázaros que pasaron a trabajar para ellos, a asimilarse a su cultura y a, finalmente, mezclarse con ellos; e, incluso, la existencia de esclavos liberados, o siervos ascendidos socialmente, que consideraban el matrimonio con un hombre o mujer libre -sobretodo mujer- una forma de acabar de "limpiar" su pasado, aunque tuviera un origen social muy modesto.
Los jázaros, hundido el estado gokturk, y ocupados sus primos más orientales en machacarse unos a otros, o seguir resistiendo los ataques chinos que tanto habían ayudado al fin de dicho imperio, decidieron crear el suyo propio más al oeste, donde unos y otros -túrquicos y chinos- no molestaran demasiado. En principio, se instalaron en un territorio no demasiado poblado, entre el Cáucaso y  la desembocadura del Volga, con el mar Negro al oeste, y el Caspio al este -no parece que fueran gente aficionada a la navegación, así que dichos mares eran, básicamente, límites territoriales-. Pero en un territorio poblado, mayoritariamente, por pueblos semi-nómadas, compuestos por masas humanas realmente grandes -cientos de miles de personas en movimiento casi continuo-, ciudades creadas alrededor del comercio, con gente de todas las razas, y apoyadas por grandes grupos armados de mercenarios de todos los orígenes, y pueblos más o menos sedentarios, vigilantes en sus altas montañas, o dispuestos a defender sus angostos y preciados valles, crear un imperio resultaba, como mínimo, un tanto difícil. Los jázaros se las vieron, primero, con los pechenegos, a los que derrotaron y enviaron más al oeste, a la actual Ucrania, donde se las vieron con los bizantinos, que tras combatirlos, no dejaron de ellos prácticamente ni el recuerdo. Pero antes de esa guerra destructora, los pechenegos expulsaron todavía más hacia el oeste a los magiares, que en Europa conocemos comúnmente como húngaros -en realidad, el nombre de "húngaros" lo adoptaron después de haberse instalado en la actual Hungría, sobre los restos del Imperio Ávaro, destruido por Carlomagno, y la expresión "Hungría", viene de "Hungaria", que es el nombre que los antiguos romanos pusieron al territorio donde se instaló el grueso del pueblo huno, en la antigüedad tardía, y dirigidos en su momento por el terrible Atila-. No perece que se llevaran demasiado bien, pero tampoco se enfrentaron bélicamente. Tal vez los magiares supusieron que, en lugar de luchar contra los jázaros y sus hermanos, los búlgaros, era mejor marchar al oeste, ocupando, pasados siglo y medio, el espacio de los ávaros, y aprovechando también -se supone que esto lo averiguarían más tarde- que tras el coloso Carlomagno, su enorme imperio fue gobernado por su hijo Luis, llamado "el piadoso" -Ludovico Pío-, pero, más bien, le habría correspondido el sobrenombre de "el débil", porque de piedad, con amigos y enemigos, no es que tuviera demasiado que digamos.


La creación de un imperio en los márgenes de la historia.

Pues bien, libres de los magiares, los jázaros y sus vecinos-hermanos los búlgaros empezaros a luchar. Y estos últimos fueron completamente vencidos, con su gran cantidad de muertos y siervos incluidos. Los búlgaros, entonces, quedaron reducidos a dos grupos: unos se quedaron recluidos en un territorio al norte y al este del jázaro, que correspondería a varias repúblicas autónomas de Rusia, en zona de los Urales, y que sería conocida como Bulgaria del Volga -estos búlgaros del Volga darían, más adelante, bastante dolor de cabeza a sus vecinos- y otro gran grupo que emigraría también al oeste. Pero como la futura Hungría ya estaba empezando a estar muy poblada, allá se quedaron sólo unos pocos. Otros se unirían a un pueblo germánico, los longobardos -o a algunas bandas armadas de ellos- y les ayudarían a conquistar el extremo sur de Italia. Los más numerosos, sin embargo, se instalarían en la antigua Tracia romana, se pasarían la vida luchando contra los bizantinos, que los cristianizarían -más por la fuerza que otra cosa- y masacrarían, pero que no pudieron impedir que se crearan, a lo largo de la historia, un par de Imperios Búlgaros bastante temibles. Pero eso es ya otra historia.
Más o menos por el 640-650, el imperio como tal ya estaba constituido. Aparte de jázaros, y restos de pueblos vencidos, como los búlgaros, es posible que en este territorio vivieran pueblos del Cáucaso -como los osetios, circasianos, chechenos, etc. aunque en aquella época, no eran musulmanes, y muchos tampoco cristianos, y normalmente eran conocidos por otros nombres-, y por colonias de judíos, persas, e incluso griegos -estaban cada vez más cerca del Imperio Bizantino-. Es en ese siglo, a mediados del VII, cuando, no se sabe bien el por qué, que acontece la conversión al judaismo. ¿Y por qué un pueblo hasta hacía poco nómada, llegado de lo más profundo del Asia Central, decide convertirse a una religión tan particular y minoritaria, tan distinta a su cultura, como el judaísmo? Realmente, nadie es capaz de dar una respuesta a ello. Según leyendas, que el emperador jázaro José -que reinó, más o menos, a mediados del siglo X- cuenta al rabino de Córdoba, Hasday ben Shaprut, en su imperio había embajadores y comerciantes tanto del Imperio Bizantino -y, probablemente, de otros estados cristianos- como del Califato Abássida. Como el emperador Bulan -el más importante hasta la época- deseaba que su pueblo practicara una religión monoteísta -que, probablemente, pensaba que es lo que correspondía a un país moderno y civilizado- decidió que los representantes del cristianismo y el islam -tal vez embajadores, o comerciantes importantes, o incluso religiosos con deseos de proselitismo- explicaran en qué consistían sus distintos credos, y se pusieran de acuerdo en cual era el mejor -algo, por lo demás, un tanto ridículo, porque era evidente que cada uno de ellos consideraba que su religión era la mejor-. Se dice que también que -aunque esto último varía de una versión a otra de la historia- que también preguntó a un rabino, y este adujo, para no complicarse la vida, que, aunque él también consideraba que su religión era la mejor, que preguntara al cristiano qué credo era más aceptable, la judaica o la musulmana. Y el cristiano respondió que la judía. Después, pidió al emperador que hiciera la misma pregunta al musulmán -¿cuál era la mejor, la judaica o la cristiana?-, y dijo lo mismo: la judía. Así pues, Bulan pensó que la mejor sería precisamente esa, la judía.
Aún así, no se sabe bien qué tipo de judaísmo profesaron Bulan y sus contemporáneos, la caraíta -que no dejaba de ser una especie de "secta", o escisión del judaísmo, sin ser considerado como tal-, o bien el ortodoxo, el judaísmo de toda la vida, vamos. Más bien parece ser lo primero, razón por la cual estos "judíos" no tenían sinagogas propiamente dichas, y su judaismo era tan distinto al de la mayoría. Parece que estos primeros "judíos-túrquicos" tenían relación con caraítas de todo el mundo. Y eso incluye España, tanto la cristiana como la musulmana, pues allá fueron algunos a estudiar judaísmo -las comunidades hebreas sefarditas eran, en aquella época, muchas y prósperas-. Que los caraítas también existían en la antigua Hispania, es bien sabido, pues un documento -por desgracia incompleto- relata los enfrentamientos entre estos y los judíos propiamente dichos en la Castilla de Alfonso VI -el que conquistó Toledo, y tuvo sus más y sus menos con el Cid-, ya en el siglo XI, pues unos y otros consideraban al monarca cristiano como una especie de "rey de reyes" que gobernaba y decidía sobre gentes de todas las religiones. Pero lamentablemente, no se puede saber qué decidió el rey al ver a "sus judíos" pelear por cuestiones religiosas que no parecían serle excesivamente ajenas.

Ubicación de
El Imperio Jázaro en su máxima expansión: en rojo, el estado en 650 -la Jazaria original, donde vivía gran parte del pueblo jázaro-; en naranja, los territorios conquistados hasta 750; en naranja más claro, la expansión hacia 850; en amarillo, los territorios vasallos -magiares al oeste; georgianos, armenios y caucásicos al sur; búlgaros del Volga al nordeste-.

Sin embargo, el nieto de Bulan, y Obadiah -¿su nieto?-, este, con un nombre claramente hebreo, y no turco, como el de su antecesor, se encargó de atraer judíos de Europa y Oriente, y sustituyó el caraísmo por el judaísmo ortodoxo, aunque los caraítas, posiblemente, siguieron existiendo. Algunos continuaron con su religión -porque de eso se trata- en Crimea, en Ucrania, hasta la actualidad, y no se consideran judíos. Lo cual es cierto, porque ni su origen étnico -turco- ni su religión son realmente judías, lo que no les salvó de las persecuciones y matanzas, tanto de los zares, como de los nazis, ni, más tarde, de Stalin -que también era antisemita, aunque no fuera ruso, sino georgiano-. Obadiah -o Abdías- empezó a gobernar, posiblemente, unos treinta o cuarenta años -¿790-830?; imposible saberlo- después de la subida al poder de su supuesto abuelo. Él favoreció la inmigración judía, y, como ya se ha dicho, aceptó el judaismo clásico, con su torah, rabinos, sinagogas, etc. Respecto a, realmente, cuanta gente llegó a convertirse -más que en número, en qué tipo de ella-, es difícil de creer. La familia real al completo, casi seguro. Los nobles, en gran parte, también. Una parte considerable de los auténticos jázaros, al menos los libres, es probable. Algunos libertos o gente baja, por compartir fe con sus gobernantes, es posible. Pero, sin duda, en el imperio vivían muchos miles de musulmanes, cristianos y paganos. La ciudad de Samadan, la primera capital jázara, tenía población de las cuatro religiones en tiempos de Bulan, así que desde el primer momento, allá existió no sólo la diversidad religiosa, sino también una tolerancia que raramente se podía ver en otros estados de la época. Si el número de judíos fue aumentando con el tiempo, debió ser, más que por la natalidad jázara -que debió ser alta, pero habría que tener en cuenta la mortalidad por las continuas guerras-, por la inmigración de judíos semitas, que allá encontraron un auténtico hogar que, sin embargo, la mayoría de los que vivían en Europa y el mundo islámico, o no conocían, o no pensaron -o no supieron- en marchar allá. De haberlo hecho, y así contener Jazaría una población judía de cientos de miles, o incluso de uno o dos millones de judíos, tal vez la historia de Rusia, y del mundo -y, sin duda, de los judíos- habría sido bien distinta. Pero dejando aparte fantasías o suposiciones históricas, se sabe que, en el estado jázaro había diversidad religiosa, y los judíos, con toda seguridad, eran minoría. Lo único distinto a otros países donde había comunidades de dicha religión era que, en este caso, los judíos eran la clase dirigente, y, seguramente, una parte importante de la clase intermedia, como son comerciantes o soldados profesionales.

Los pechenegos, según una representación eslava, antes de enfrentarse tanto a bizantinos como a cumanos; luchas que acabaron con la muerte de muchos y la asimilación a otros pueblos del resto.

Se ha hablado ya de dos dirigentes, Bulan y Obadiah/Abdías -este último, en no pocas listas de gobernantes, como en la wikipedia, aparece como antrio de Bulan; pero esto no puede ser real, pues siempre se deja claro que Obadiah fue nieto o descendiente de Bulan-. Quizá habría que ver cómo crece dicho estado, desde un territorio anclado al norte del Caúcaso, y que llega a la zona rusa del Kuban -que luego sería patria de parte considerable de los cosacos- y más al sur del Volga.
Según comenta el historiador judío Leonel Badin, los jázaros se las vieron, después de crear su estado, todavía más o menos por organizar, y todavía en proceso de urbanización -aunque con algunas ciudades de importancia, como Samadan, o las que en adelante serían temibles fortalezas de Sarkel y Tamatakha, con la invasión árabe. Los árabes tenían un ejército que se basaba, principalmente, en la caballería ligera, y en una infantería igualmente ligera, que se movían fácilmente en las llanuras, y que aprovechaba la lentitud de los acorazados y más numerosos ejércitos de los imperios enemigos: el Bizantino, y el Persa Sassánida. Pero los jázaros también eran una cultura del caballo, un pueblo de jinetes, además de grandes arqueros, y contaban con una infantería tal vez no tan ligera, pero probablemente también mejor dirigida y más organizada, y se movían entre montañas y estrechos valles mejor que sus enemigos. Además, a partir de cierta época, los dos ejércitos contaron con catapultas, y quizá otras máquinas de asedio -es de suponer que por influencia bizantina y, más lejanamente, romana-, lo que hace pensar que igual que sus enemigos musulmanes, los jázaros llegaron a tener un ejército no sólo numeroso, sino además bien armado, entrenado, y tecnológicamente avanzado. Únicamente carecían, casi completamente, de marina de guerra. Pero el mar, para estas gentes -y a pesar de tener como fronteras a este y oeste el Caspio y el Mar Negro- les daba un respeto rayano en el terror pagano, y dejaron el agua para los peces. O para los griegos, a los que admiraron casi tanto como desconfiaban de ellos.
La primera guerra entre árabes y jázaros debió ser por el 642 -una época muy temprana, todavía anterior al emirato de los Omeyas, en tiempos del califa Omar-, y acabó 21 años después. Los invasores se estrellaron en las montañas caucásicas, en zona fría y agreste, contra unos jázaros que se endurecieron y se dieron prisa en fortalecer su estado. A partir de allá, los árabes, que aún debían esperar hasta el siguiente siglo para vérselas con los francos de Carlos Martel, empezaron a tomarse en serio a aquella gente. En aquella, la capital pasa a Itil, la gran ciudad tocante al Caspio. Tal vez la actual Astracán, en territorio tártaro.
A finales del siglo VII, empieza realmente la alianza política y económica con Bizancio, al acoger los jázaros al desterrado emperador Justiniano II, que se acordó de ellos cuando volvió al poder en 705. Dicha alianza se fortaleció cuando éste se casó con la hermana del jagán -o khan, usando una expresión más mongol que turca-, que se convirtió al cristianismo, y adoptó el muy griego nombre de Teodora. Lo mismo hizo el emperador León III, con otra hermana del siguiente jagán, que cambió su nombre por Irene -otro nombre muy de la época-, y llegó a ser madre del emperador León IV. La sangre jázara correría, por tanto, por las venas de los herederos orientales de la legendaria Roma.

Un jinete jázaro -eran, básicamente, al menos en un principio, un pueblo subido a un caballo- con un prisionero de guerra, que por su físico, tal vez también será turco-mongol.

La alianza contra los infieles cristianos no hizo gracia a los musulmanes, así que volvieron a la carga en el 722, en otra larga guerra que acabó, en principio, en un triunfo musulmán en 737 -parece mentira lo que llegaban a lugar las guerras abiertas en aquella época-. Sin embargo, los árabes no supieron -o no pudieron- aprovechar aquella victoria: los conflictos en la numerosa familia Omeya hizo que el general vencedor, el futuro califa Marwan II, tuviera que partir hacia Bagdad, abandonando a sus enemigos tocados, pero no totalmente vencidos. Y como dichos conflictos duraron varios años, fue suficiente para que los jázaros resurgieran. Como en otras ocasiones, los árabes serían capaces de realizar ataques esporádicos, o razzias de saqueo, pero cuando se alejaban de sus bases y atravesaban amplias zonas montañosas, se demostraron incapaces de conquistas duraderas. Más aún, los jázaros aprovecharon para expandirse por el norte, libre de montañas y muy poco poblado: la frontera, que la llegaba al Volga, incluyó su desembocadura, por el norte alcanzaron las grandes llanuras de lo que luego sería Rusia, y al oeste, alcanzaron el sur de Ucrania y parte de Crimea -el resto era bizantina y goda-. Es en aquella época, en 730, cuando Bulan, y gran parte de su pueblo -el mismo que, como caballería e infantería, formaban la base del ejército- se convierten al judaísmo, y aprovechan una invasión -más bien un saqueo- a Armenia, recordado durante mucho tiempo en aquel país, para construir un templo supuestamente judío -o caraíta, que tanto da-, y olvidando su antigua religión, el tengrismo, o animismo-chamanismo de los pueblos túrquicos y mongoles (dios del cielo Tengri- diosa de la tierra Eje, etc.). Parece que, casi siglo y medio después, los monjes Cirilo y Metodio, que cristianizaron a tantos pueblos eslavos, y creadores del alfabeto cirílico, intentaron lo mismo con los jázaros, pero éstos ya estaban muy unidos a su religión, y fracasaron en el intento. Hay también historiadores musulmanes que indican que la conversión también fue más tardía, pero eso son conjeturas.
Sobre su cultura. Aparte de que, poco a poco, se fueron urbanizando, fueron capaces de acuñar una moneda, la yarmaqs, imitación de los dirhams árabes. Respecto al comercio, al contrario de lo que en principio se pensó, llegó, a través de la Ruta de la Seda, desde China hasta la Europa Occidental -incluso Escandinavia y las Islas Británicas, gracias a los varegos, o escandinavos y sus descendientes que vivían en el interior de Rusia-.Parece que cobraban un impuesto del 10% de cualquier producto que atravesaba su territorio -se encontraban en medio de Asia, y enfrente de Europa, un lugar estratégico- aunque también contaban con industria propia, de vidrio y cerámica. Y por lo que se supone, debieron contar para administrar y controlar estas rutas y cobros con la ayuda de los judíos rhadanitas, una comunidad que se dedicaba al comercio a través de toda Asia, desde la frontera China hasta Europa, pasando por Persia, India, Rusia, Jazaria, etc. Y no sería de extrañar que esta comunidad influyera en la posterior conversión al judaísmo de gran parte de los jázaros, y de que judíos semitas acudieran a dicho estado -por lo que su origen étnico sería, entonces, mixto-.
En el siglo IX, la alianza con los bizantinos se acentúa, pero los enfrentamientos con los musulmanes se van limitando. Los Omeyas, y más adelante los Abássidas, se empecinan menos en nuevas conquistas, y más en administrar y pacificar el enorme Imperio Islámico. Así que conviene tener las fronteras en paz, y se olvidan de esas frías y montañosas tierras al norte de su imperio. Los jázaros, mientras tantos, llegarían a la cumbre de su poder: se internarían por la planicie rusa hasta llegar a sólo unos pocos cientos de kilómetros del actual emplazamiento de Moscú -que en aquella época todavía no existía, a no ser como una mísera y anónima aldea-, por el oeste se expandirían hasta la actual Rumanía -donde rondaban los magiares, preparándose para su futura expansión al oeste, una vez que sus hermanos ávaros cayeran bajo las armas carolingias-, y por el este, hasta ocupar parte del país conocido como Bulgaria del Volga. Y los armenios, georgianos, y las gentes del Cáucaso, incluido el misterioso territorio conocido como Albania del Cáucaso, y que hoy en día recibe el nombre de Azerbaiyán. En aquella época, es posible que el estado jázaro también llegara no sólo al máximo de su extensión territorial y poder económico y político, sino también demográfico: cerca de millón y medio de habitantes, donde la mayoría eran cristianos, musulmanes y paganos; eslavos, caucásicos, búlgaros del Volga, pechenegos, griegos, persas, ugrías... sin contar con la población de los estados vasallos, aunque estos no se sentían parte del imperio, aunque su fuerza les convenía, para protegerse del poder islámico. Caso de los armenios, y sobretodo la naciente nación georgiana.
Pero está claro que, cuando un país pequeño crece y amenaza con hacer sombra a estados más consolidados, acaba arrastrando la envidia de éstos. Y lo mismo sucede con potencias nacientes, que desean seguir por el mismo camino, creciendo a costa de los ya asentados.
En el siglo X, el imperio recibe algunos refugiados de Constantinopla. El emperador Romano Lekapeno -o "el armenio", que es lo que significa su apodo; y los armenios, a pesar de usar Jazaria como escudo contra los musulmanes, no dejaban de sentirse a disgusto bajo su vasallaje; se encontraban mejor formando parte de Bizancio-, después de batallar contra el rey búlgaro -de la actual Bulgaria, aunque en este caso, dicho país se había expandido por los Balcanes-, de forma bastante improductiva, acabó aliándose con su antiguo enemigo -que no pudo conquistar Constantinopla, pero debilitó mucho a su enemigo-, y con el naciente estado de la Rus de Kiev -la Kieva Rus, el antecesor político de la Rusia de los zares, destruido por la invasión mongol-, para así poder luchar contra los infieles, o sea, contra los musulmanes del califato Abassida, conquistando gran parte de Armenia, el país de sus antepasados. Después de ello, su celo cristiano hizo que persiguiera, obligara a la conversión, o hiciera encarcelar, matar y expulsar a miles de judíos. Muchos de estos refugiados acabaron, como no, en Jazaria -el país de las cuzari, como les llamaban sus hermanos semitas-, y esto llevó al emperador jázaro -tal vez José, o su sucesor, Manassé, es casi imposible saber cuando acababan o empezaban los distintos gobiernos de los janes- decidió vengarse sobre los cristianos de su territorio. Sin embargo, tal vez por miedo a una guerra abierta, o porque no deseaba castigar sin razón a sus súbditos -es posible que los cristianos "castigados" fueran armenios fieles a Bizancio- aquello no pasó de allí. Lo mismo sucedía cuando, en algún momento, se destruía alguna sinagoga en territorio musulmán: también se tiraba abajo una mezquita, pero se dejaba en paz a la mayoría de población musulmana, que seguramente ni sabría a qué venía aquello.

Sviatoslav I de Kiev (en el barco), iniciador de la caída de Khazaria.

Sin embargo, después de la ruptura con Bizancio -ya nunca volvió a haber la alianza anterior- a Jazaria le apareció al noroeste un enemigo con el que nunca se había contado: los eslavos. Cuando los vikingos, o normandos, llegados de Suecia se hicieron con el poder de un enorme espacio, anárquico, primitivo y casi vacío, en el corazón de Rusia, se casaron con mujeres eslavas, trajeron nuevos normandos, y crearon pequeñas ciudades estado a lo largo del territorio, cerca de los grandes ríos, extendiendo la agricultura, el comercio de pieles y, en ocasiones, los ataques a territorios musulmanes más al sur. Los jázaros, en no pocas ocasiones, eran sus aliados o, por lo menos, intentaban no tener malas relaciones con algunos de ellos. Pero los bizantinos, poco a poco -con Cirilo y Metodio, los llamados "apóstoles del mundo eslavo"- extendieron el cristianismo en su versión oriental o constantinopolitana -lo que luego serían las iglesias ortodoxas, en contraposición con los latinos o católicos occidentales-, el alfabeto cirílico -sus lenguas no eran escritas- y una mayor civilización de esos pueblos. Poco a poco, los eslavos formarían un proto-estado, el Rus, luego Rus de Kiev, y uno de sus señores -es difícil considerarlo todavía rey, pues su poder sobre el enorme territorio que dominó era relativo- Sviatoslav I de Kiev, se hizo dueño de todo el centro de la actual Rusia europea, conquistó el norte de Ucrania, y saqueó, o transformó en vasallos, parte del norte del Imperio Jázaro, llevando su poder hasta Bulgaria, debilitada tras la muerte de Simeón. Los jázaros no estaban acostumbrados a los ataques de los eslavos, que se quejaron que no les permitieran saquear territorio musulmán -porque, evidentemente, estos reaccionarían, y la tomarían con los jázaros, aliados circunstanciales de los atacantes, y que estaban más cerca; aparte, claro está, de viejas rencillas-. Sin el apoyo bizantino, que ahora era para los eslavos de Rus, los jázaros empezaron su decadencia. José y Manasseh, con seguridad, hicieron lo que pudieron, pero su cercanía a los judíos de Occidente no significó que tuviera una fuerte relación con los estados cristianos -o musulmanes, caso del Califato de Córdoba, o Al-Andalus- fuera lo suficientemente sólida como para recibir ayuda de ellos -¿aquellos reyes sabían, acaso, hasta de la misma existencia, de aquel lejano reino?-, y y allá por el 965, las fortalezas de Sarkel y Tamatarkha serían arrasadas, lo que significó el principio del fin del poderío militar jázaro. En 972, Sviatoslav moriría en una emboscada en un bosque, a manos de los pechenegos -los antiguos enemigos de los jázaros, que los habían sustituido como aliados orientales de los bizantinos, y que, en un futuro cercano, acabarían enfrentándose y destruidos por ellos-, y eso, hasta cierto punto, dio cierto respiro al estado judío, pero Itil, la capital, había sido atacada y saqueada, y la decadencia era ya un hecho. La influencia al sur del Cáucaso era ya casi nula, y Jazaria se replegó sobre sí misma.


Un fin tan oscuro como el principio.

El fin de Khazaria-Jazaria es un misterio, al menos a medias. A principios del siglo XI, se podría decir que casi dejó de existir, al unirse los eslavos de Rus, cada vez más unidos en un estado medio pagano que iba cristianizándose y "orientalizándose" -intentó parecerse cada vez más a Bizancio-, con los búlgaros del Volga y los ostrogodos de Crimea -en aquella época, aliados-protegidos de los bizantinos, que lo mismo los usaban como mercenarios o guardias del emperador de turno, como los armaban para proteger sus fronteras septentrionales-, y en pocos años, el ejército jázaro, en otra época con fama de temible, fue deshecho, y su pueblo, cuando no muerto o esclavizado, asimilado por los distintos pueblos que lo rodeaban o poblaban el imperio. Algunos, se fueron convirtiendo al cristianismo, y se fusionaron con los eslavos, que poco a poco avanzaban hacia el este. Otros, volvieron al paganismo, o se islamizaron, y se fueron mezclando con pueblo de raza o lengua túrquica, con los que tenían más afinidad. Algunos, islamizados o paganizados, quedaron como pequeñas comunidades aquí y allá, pero nadie es capaz de decir si algunas pequeñas naciones del Cáucaso, como los valkarios o los karachais, vecinos de los circasianos, o algunas gentes del Daguestán, descienden de ellos, de pueblos con un gran poder posterior, como los cumanos, o son una mezcla de todos ellos. En Crimea todavía existe una pequeña comunidad túrquica caraíta, que tal vez descienda de los que no aceptaron el judaísmo ortodoxo, y que casi se extinguió por culpa de nazis y comunistas, los karaim. Otra comunidad, de la misma región, los krymchak, también históricamente diezmados, sí se consideran descendientes, al menos en parte de los jázaros.

Las ruinas de Mangup (Doros): Capital de los godos de Crimea
Ruinas de Mangup (Doros), antigua capital de los godos de Crimea.

Sin embargo, existe una pregunta ¿y los que siguieron siendo judíos? Parece que muchos prefirieron emigrar al territorio del Rus, poco urbanizado y casi despoblado, donde, al ser un pueblo urbano y bastante culto, después de tanta guerra, tal vez no fueran tan mal recibidos. Algunos, tal vez bastantes, con seguridad se fusionaron con los rusos. Otros, hasta pudieron alcanzar territorio húngaro o serbio. ¿Y el resto? ¿Son la base de los judíos de Ucrania, Rusia, Bielorrusia, Polonia, etc.? ¿Se mezclaron con judíos semitas, de habla yiddish -y el hecho de que, en esta, la lengua de los judíos askenazíes, prácticamente no haya rastro de influencia túrquica, demuestra su escaso origen jázaro, pues éstos sólo hablaban un idioma turco- y cultura más occidental, siendo su origen en ellos minoritario y casi olvidado? Esto es un misterio. Estudios genéticos han demostrado que los judíos de ese origen, que vivieron en su casi totalidad en el futuro reino de Polonia, y que son, en realidad, los antepasados de gran parte de la población hebrea mundial -la mayoría de los de Estados Unidos, al menos la mitad de los israelíes, y gran parte de los de Argentina, Australia, Sudáfrica, Gran Bretaña, Alemania...- tenían una base semítica, aunque, como era de esperar, con ciertas y variadas aportaciones étnicas. Paradojicamente, este hecho ha servido a muchos antisemitas -nazis incluidos- para poner en duda el derecho de los judíos a vivir en Israel: si este territorio les corresponde ría porque allá vivió el antiguo pueblo hebreo, del que se supone que descienden, pero en realidad sus antepasados son turcos, ¿no dejan de ser, en cierto modo, invasores sin ninguna relación con Palestina? Si los judíos tienen más o menos derecho a vivir en Israel, es opinión de cada uno, pero usar la base racial no tiene, realmente, sentido. La ciencia ha demostrado el origen semita de los judíos, pero también, es cosa sabida, su origen mezclado. Pero esto no resulta tan extraño. En cualquier documento, laico o religioso, judío o cristiano, se habla de conversiones y mezclas, y lo mismo que hay algo de sangre turca, también la hay eslava, germana, mediterránea, bereber, árabe, persa, y hasta india asiática... En la Alta Edad Media, eso se sabe, igual que tanto el islam como el cristianismo se expandieron, y se convirtieron a dichas religiones numerosos pueblos, es posible que el judaísmo, en un plano más modesto, hiciera lo mismo. De allá deben descender, de aquellas misteriosas conversiones, los judíos etíopes, y algunos de la India, del Yemen, de Persia... tal vez, paradojicamente, el actual pueblo palestino, en gran parte musulmán -aunque también cristiano, aunque eso no se tenga en cuenta-, fue antes cristiano en su totalidad. Y antes de eso, tal vez sus antepasados no fueran solamente árabes -u otros pueblos semitas cercanos- sino también hebreos. Hablar de sangre, de raza, es siempre un tema peliagudo. De pureza racial, tan peligroso como, a la larga, ridículo. Si se considera, como defienden algunos filo-nazis, que a Hitler y compañía no se les puede acusar de antisemitas porque los judíos, en su mayoría, no eran semitas -¿no lo eran, acaso, los sefarditas?-, estaríamos cayendo en su trampa. Además, entre las víctimas del holocausto, había judíos ateos y agnósticos, gentes de origen mixto, y conversos al cristianismo. Pero, acaso ¿su vida valdría menos por ello? Murieron por ser judíos, o ser considerados como tales. Y por esa razón, según sus verdugos, su vida no valía nada. ¿Ahora, precisamente, por ser, sólo teóricamente no semitas, su muerte está más justificada? Cerremos la cuestión.
Poco o nada queda ya de los jázaros. Lo poco que se sabe de ellos, es a través de textos, tanto de musulmanes -árabes- como de judíos europeos, o cristianos bizantinos. Existir, existieron. Pero hay voces que opinan, y tal vez con cierta base -que podría estar equivocada, pero no por ella habría que tomarla a la ligera- ni tan siquiera pudieron llegar a ser realmente judíos, sino paganos, musulmanes, o lo que fuera. Parece que casi todas las crónicas tienen, en la práctica, apenas, uno o dos orígenes, y la expresión "judío", tal vez quería significar, en sentido peyorativo, simplemente "no musulmán". Así que, después de todo, lo arriba contado no deje de ser más que un cúmulo de suposiciones bien interconectadas con apariencia de realidad..

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La portada original de "Caballeros del camino", sobre dos mercenarios judíos de camino a Jazaria, de Michael Chabon. Una de las pocas novelas que trata sobre ese extraño país.

Por mucho que se agradezca nueva luz en el estudio de la historia, no hay duda de que la penumbra de las leyendas y los antiguos mitos nos hace, tal vez no saber tanto, pero sí soñar con más intensidad.

Hasta otra, y espero que no hacerme esperar tanto.