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viernes, 10 de marzo de 2017

Wallada, hija del califa de Córdoba, y mítica poeta de Al-Andalus.

Casi un personaje legendario, más que real, hasta que fue redescubierta en el siglo XX.


De padre mediocre, hija carismática.

Durante siglos, el conocimiento que se tenía en España sobre los distintos estados musulmanes que existieron en su territorio fue muy escaso. Se podría decir que lo que en sentido amplio se entiende como Al-Andalus -la España musulmana, desde el comienzo de la conquista en 711, hasta la toma de Granada en 1492- sólo existió como contraposición de los reinos cristianos. Como una anti-España, contra la España -y los españoles- verdaderos. Aún cuando la identidad española no existiera, más allá de un sentido básicamente geográfico, como Escandinavia, o los Balcanes.
Pero a partir del siglo XX, o más bien de la segunda mitad de este siglo, se empezó a estudiar dicho período, a recuperar su historia, su cultura, el ver no sólo a sus monarcas, sino también a la gente común, sus pueblos -musulmanes o no- como parte de la historia española, como parte -aunque fuera escasa, teniendo en cuenta la expulsión de los moriscos- de los antepasados, de los antecesores, de los españoles y portugueses actuales.
Pero además de reyes taifas, caifas o emires, o "gente común" -como nosotros, en resumidas cuentas-, ¿hubo otra gente a destacar? Evidentemente, como en casi cualquier otra civilización, país o cultura, sí. Y entre la legión de filósofos, médicos, poetas, etc. -y entre los que habría que reconocer también a cristianos y a judíos, como Maimónides, "el más sabio de los judíos", como era conocido-, también destacó, al menos, una mujer. Y se trataría de Wallada, la poeta hija del califa Omeya -uno de los últimos- Mohamed III, y de una esclava cristiana -aunque conversa al cristianismo, se entiende-.

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Vida y obra de una princesa que no fue de "Las mil y una noches", pues fue bien real.

A Wallada ben al-Mustakfi (994-1091), como a sus contemporáneos, y en general, a los musulmanes de tiempos de Al-Andalus, se les conoce como andalusíes -cuando su territorio era conquistado por cristianos, y si seguían viviendo en tierra cristiana, entonces se les llamaba mudéjares, y más adelante, moriscos-. Digo esto porque, si no se conoces ciertas palabras, a la hora de leer -ya no digamos estudiar- este período histórico, puede llegar el mmomento en que uno acaba por haerse un lío. Su padre fue califa, con el nombre de Mohamed III, y subió al poder en los últimos tiempos del Califato de Córdoba, donde las rebeliones de tal o cual miembro de la familia real, movimientos separatistas, o levantamientos populares, estaban colocando al califato casi el el abismo. Él consiguió el poder, precisamente, aprovechando unos disturbios que lo proclamaron califa (1024-1025), y tras hacer ejecutar a su antecesor, su primo Abderramán V, gobernó de forma tan autoritaria y torpe, que al año tuvo que huir para que no lo pasaran por las armas el mismo pueblo que, inocentemente, lo aupó al trono. Intentó huir a zona cristiana -Aragón, para ser más exacto- pero fue descubierto antes de llegar a su destino, y fue asesinado.
Sin embargo, las crónicas dicen que Wallada, hija de dicho califa -una nulidad de gobernante, y en la práctica, no más que un nombre en una lista de reyes-, y de la esclava cristiana -más adelante, con toda probabilidad, libre, pero también conversa al islam- Amina, nació en 994, pero falleció en 1091. Por tanto, vivió casi un siglo. Algo increíble, en una época en que cualquiera, ricos incluidos, y aún más las mujeres, podría darse por satisfecho si vivía la mitad de esos años. Teniendo en cuenta su larga vida, no sólo vio la caída del califato, y la desintegración en su territorio en multitud de reinos de Taifas, sino también, antes de ello, la subida al poder de Almanzor, en la práctica, dictador militar del califato, tras aislar al insignificante Hixem III en palacio, rodeado de lujos y mujeres. La violencia, en forma de levantamientos, rebeliones populares y guerras civiles, que acabaron primero con la dictadura de Amanzor, y más tarde, en la desintegración política, fue algo que vivió desde la adolescencia, y según se cuenta, pudo asistir al fin de su mundo cuando entraron en Córdoba los almorávides, que vendrían a ser el Estado Islámico o la al-Qaeda de la Edad Media, sólo que en aquellos tiempos, las matanzas de civiles y prisioneros, la esclavitud de los vencidos, o la obligación de éstos a convertirse a la religión de los vencedores, eran cosa bastante habitual, y ciertas cosas, no llamaban demasiado la atención, a no ser que fueran brutales incluso para la época. El hecho de que muriera, precisamente, el mismo día en que su ciudad era conquistada por los integristas, ciertamente, no parece una casualidad, y no sería raro que decidiera suicidarse, o incluso, fuera asesinada.
Ahora bien, ¿cómo se ganó la vida, tras la violenta muerte de su padre, y quizá, sin tener contacto con su madre, de origen servil, si es que aún vivía? Al no haber tenido hermanos varones -reconocidos, al menos-, heredó la fortuna de su padre, así que decidió crear lo que podría llamarse un negocio. Uno, además, que parecía ideal para alguien como ella: una mujer culta, inteligente, artista, con dinero, fama y alto origen social, pero sin marido, ni interés o posibilidad -a menos qu ella la buscara- de tener un hombre a su lado que la mantuviera. Se trataba de lo que podría llamarse "una academia para jóvenes damas". O dicho de otra manera, un lugar donde las jóvenes de origen social y económico elevado podían formarse no sólo como buenas esposas y musulmanas, sino también obtener una cultura y conocimientos -desde vestuario hasta protocolo, poesía o música- que las hicieran especialmente atractivas, y de paso, hacer que ellas también estuvieran más orgullosas y conformes consigo mismas.
Pero Wallada, como hija de califa, no se conformó con una buena casa, y a su lado, o formando parte de ella, lo que sería un local para sus pupilas. Era todo un palacio, donde ella viviría, y enseñaría sus conocimientos a las jóvenes de todo Al-Andalus. Pero no estaba sola, y contó con poetas e intelectuales y artistas de todo tipo, que lo mismo iban a visitarla a ella en particular, y disfrutar de su compañía y conversación, como para dar clase, o iluminar y fascinar a las jóvenes con su arte y conocimientos, animándolas no sólo a disfrutar de ellos, sino también a aprender y a buscar en su interior sus inclinaciones artísticas o literarias. En resumidas cuentas, debían hacer lo que ahora se llaman una -o muchas- masterclass, lo que hacía realmente interesante el acudir a clase, sabiendo que cualquier día podían recibir -con o sin aviso- la visita de un poeta, un filósofo o un historiador. Así, cualquiera se hace buena fama de formadora. Realmente, me viene a la mente otra mujer con no poco en común con Wallada, por su condición de poeta en un mundo artístico -y no artístico también- de hombres, y con una academia de jóvenes damas: Safo de Lesbos. Mi Safo, porque después de leerla, y de buscar tanta información sobre ella, incluso de haber escrito un par de entradas sobre su vida y arte -así que no sé bien si añadir algo más sobre ella-, parece como si la hubiera conocido en persona, o casi.
Wallada, además, no sólo enseñaba conocimientos ajenos. Ella quiso, y consiguió, ser poeta por sí misma. Se conserva poco de ella -nueve poemas, aunque debió escribir más; tal vez no siempre tuvo interés real en conservar lo que escribía-, pero se sabe que participó en competiciones literarias, y de completar poemas inconclusos de otros artistas -algo no tan raro, en aquella época, donde muchos poemas, incluso cortos, eran obra de dos artistas que, normalmente, ni se habían conocido en persona-. Además, era conocida su costumbre de bordar sus versos en sus vestidos. Sobre ello, escribió un poema, que es este, y que incluye -algo también habitual en la poesía andalusí de la época- una especie de introducción, para que el lector comprenda mejor lo que sigue:


Wallada llevaba escrito estos versos en su manto:

Sobre el hombro derecho:

   Estoy hecha, por Dios, para la gloria,
   y camino, orgullosa, por mi propio camino.

Y sobre el izquierdo:

   Doy mi poder a mi amante sobre mi mejilla,
   y mis besos ofrezco a quién los desea.

Sólo con unos versos tan breves, resulta posible hacerse a la idea de qué tipo de persona fue Wallada. Entre otras cosas, alguien no sólo culta, hermosa y elegante, sino también noble, orgullosa, y muy segura de sí misma mujer de elevada estatura, de físico deslumbrante, de piel clara, ojos azules, y cabellos entre rubios y ligeramente rojizos -un aspecto no muy árabe precisamente, sino casi celta, o germánico; hay que tener en cuenta el origen de su madre, cristiana, quizá de sangre goda, o germana, y de que los musulmanes españoles, pasadas unas generaciones, y tras multitud de conversiones y mezcla racial, tenían un origen mucho más hispano-romano, godo, del norte de España, o de esclavos de otros orígenes, como eslavos o caucásicos, que árabe-semita o bereber-. Le gustaba llamar la atención, y no le importó nunca que la criticaran, o murmuraran a sus espaldas. Y no sólo a sus espaldas, sino delante de ella. La llamaban descarada por no llevar velo en la cara, y aunque su belleza y modales cautivaran, su independencia, como artista independiente, sus amistades masculinas, su deseo de independencia -no se casó nunca, ni parece que tuviera necesidad de hijos-, su forma de comportarse en público y e privado, sus deseos constantes, de contradecir y poner a prueba las normas sociales de la época, tuvieron, por fuerza, que hacerla, al tiempo, fascinante, deseable, pero también a veces endemoniadamente incómoda, e incluso criticada con dureza, por la parte más conservadora de la sociedad. Y sin duda, los religiosos -imanes, mulás, teólogos o ulemas- más conservadores, o abiertamente integristas, no podían ni verla. Y era mutuo. Aunque, por lo visto, Wallada optaba más por el dicho de que no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio. Simplemente, los despreciaba, y les dejaba parlotear a sus espaldas, aunque no siempre debió resultarle fácil, aún a pesar de contar con la defensa de artistas influyentes, como el también poeta ben Hazam, autor de "El collar de la paloma".  Ella era hija de califa, pero muerto su padre, no tenía autentica influencia política. Para generaciones futuras, pasó a ser considerada una artista de poca monta, pero sobretodo, como un tanto libertina y descarada. Y con el paso de los siglos, directamente, olvidada, obviada. En realidad, fue una mujer independiente, que no quiso casarse, ni encerrarse en palacio, ni desinteresarse por el arte y la cultura por el hecho de ser mujer, y que disfrutó de la vida, de sus amantes, del arte -propio y ajeno-, y además, fue capaz no sólo de no dilapidar su fortuna, sino de conseguir ingresos extra haciendo lo que mejor se le daba: ser ella misma, y que cada cual dijera o pensara lo que quisiera, que a ella tanto le daba. Sin duda, fue una mujer adelantada a su tiempo.

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Este cuadro del prerrafaelita Franc Dicksee, aunque seguramente represente a una odalisca, más que a una princesa, podría dar una idea -aunque influida por el orientalismo del siglo XIX- de cómo sería la princesa. Con algo de imaginación, eso sí. 


Amores y desamores. El fuego del que nacía el arte.

Parte de su obra, que nadie es capaz de saber cuan de extensa sería realmente, no debió ser, al menos en un principio, de dominio público, debido a que era lo que se llamaría "poesía epistolar", que se cruzaba con uno de sus amantes -el más conocido de ellos, y al que más amó, y más adelante, más criticó y vilipendió, oralmente o, como sabemos por lo poco de su obra que nos ha llegado, por escrito-, el también poeta ben Zaydun -o Abenzaidún, en su forma castellanizada, popular en y desde la Edad Media; yo prefiero usar la más moderna y fiel al original árabe-. Ya se ha dicho que Wallada era mujer libre en todos los sentidos. Cierto que, por su origen familiar -era una Omeya, la principal familia musulmana ibérica- y económico, se lo podía permitir -difícilmente lo podrían haber hecho, la enorme mayoría de las mujeres contemporáneas suyas-, pero le habría resultado mucho más sencillo cumplir con las normas sociales y religiosas de la época, buscarse un marido -a ser posible, de un origen social parecido al de ella-, y desaparecer, literalmente, en las brumas de la historia. Pero hay mujeres que no aceptan el yugo de la sociedad machista -de cualquier sociedad, pues todas, en mayor o menor medida, lo son, aunque no todas por igual, también es cierto-, y Wallada, simplemente, no estaba por la labor.
Su gran amor, como ya se ha dicho, fue el también poeta, conocido en las diversas cortes de los reinos de Taifas, ben Zaydun. Se escribían cartas en versos, que muy probablemente, debieron acabando haciéndose públicas, pues si no, resulta difícil saber cómo han podido llegar hasta la actualidad.Cierto es que Zaydun estaba unido -tal vez por amistad o servidumbre más que por parentesco directo- con la también poderosa y rica familia de los Banu Yahwar, pero su relación secreta, a la larga, tuvo que ser conocida, aunque fuera por un pequeño número de personas de confianza, más allá del servicio -no pocas veces, indiscreto-.
Pero los amores intensos no son siempre garantía de fidelidad, y un día, o quizá más de uno, ben Zaydun fue infiel a Wallada, no se sabe bien con quién -ahora entraré en ese tema-, y la princesa, herida en su orgullo -y por lo visto, era muy orgullosa-, no dudó en escribirle a él, y seguramente también en recitar en público, unas rimas que eran auténticas puyas, donde lo trata de infiel, miserable y vicioso.

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Otra visión neocentista de la exótica belleza de la mujer musulmana, más que como mujer real, como personaje de cuentos y leyendas.

Respecto a con quién debió serle infiel, la tradición -casi la leyenda- habla de una esclava negra. En realidad, habría que hablar de eso, de tradición, pero literaria, el que el amante infiel se la pegue a su esposa, novia o amante con una esclava negra, que era, al tiempo, de origen servil, y de una raza considerada inferior, aunque en aquellos tiempos no existía lo que se llamaría un racismo moderno. Pero sí, racismo lo ha habido en muchas épocas, y en muchos lugares. No es que se considerase que todo africano de raza negra fuera inferior a cualquier árabe porque sí, pero casi. Otra versión, sin embargo, es bien distinta, e insinúa que, posiblemente, ben Zaydun fuera bisexual, y en ocasiones, le gustaba probar, digamos, otro tipo de relaciones, y que Wallada, o alguien de su confianza, atrapó al poeta y a su amante -aunque fuera amante de una sola noche- con las manos -o lo que fuera- en la masa. Y aquello, es de suponer, le sentó a la princesa como un tiro.

Y de ahí, este verso que ella le dedica, dando a entender el interés de Zaydun por aventuras con otros hombres:

Si hubiera visto falo en las palmeras,
sería pájaro carpintero.

Sin embargo, hay una tercera versión, y es que, además de tener alumnas de origen social elevado, pero que no siempre debieron mostrar interés por sus enseñanzas, o por las de sus amigos poetas, músicos y demás, contaba con otra, llamada Muhya ben al-Tayyani -imagino que hay otras versiones de su nombre-, hija de un vendedor de higos, a quién Wallada, dicen compró. En realidad, lo de compra sería un poco equivocado, porque, seguramente, ni ella ni su familia eran esclavos. Pero las diferencias sociales eran tan agudas, que no resultaba extraño que un noble pudiera, literalmente, hacerse con los servicios, o, en cierto modo, adoptar, al hijo o hija de una familia modesta pero libre, y tenerlo a su servicio, no como esclavo, pero sí como un sirviente. O en el caso de Muhya, como una especie de hija o hermana adoptiva, o sin llegar a tanto, como una protegida o ahijada. La "hermanita pequeña" de Wallada era, aparte de bonita, muy inteligente, imaginativa, y de lengua ágil. Lo malo es que, una vez que se acostumbró a la vida palaciega, no sólo demostró ser una buena poeta, sino también parecía gustarle el burlarse o pasarse de lista con la persona que la había sacado de la pobreza, y de paso, darle una educación realmente envidiable. Y gratuita.
Sin embargo, aquí también hay una explicación alternativa, mucho más moderna: no es que Muhya se marchara del lado de Wallada porque se cansara de ella, ni porque la joven tuviera relación alguna con Zaydun, sino todo lo contrario; sería la relación entre la princesa y el poeta, lo que haría que la protegida, con la que probablemente Wallada tuviera una relación amorosa, se sintiera desplazada y celosa, y furiosa, desapareciera de forma abrupta de la vida de la noble dama.

Este sería el poema en que Wallada se desahoga de la infidelidad de ben Zaydun. Es aquí, donde se habla de la esclava negra, aunque también es posible que sea, más que una mujer real, una alegoría, o un deseo de no dar demasiadas explicaciones a quién pudiera leerlo o escucharlo, sobre quién le robó el corazón, aunque fuera una sola vez, a la dolida princesa:

Si hubieses hecho justicia
   al amor que hay entre nosotros,
   no hubieses amado ni preferido a mi esclava,
   ni hubieses abandonado la belleza de la rama
   cargada de frutos
   ni te hubieses inclinado hacia la rama estéril,
   siendo así que tu sabe que yo soy
   la luna llena en el cielo.
Sin embargo, te has enamorado,
  por mi desgracia, de Júpiter.

Siendo la luna el astro que más brilla, y Júpiter, un planeta lejano -imposible, en aquellos tiempos, saber de su enorme tamaño-, pero sin brillo propio alguno.

Pero tras el dolor, la ira. Y Wallada, a pesar de ser toda una dama, también sabe castigar con epítetos no precisamente suaves, contra el hombre que la seguía amando, pero que también parecía estar entre dolido y molesto de que su amada no le perdonara:

Esta sátira lleva el nombre de "El hexágono", pues son seis insultos, como los seis lados de dicho polígono, los que le dedica.

Tu apodo es el hexágono,
  un epíteto que no se apartará de ti,
  ni siquiera después de que te abandone la vida.
  pederasta, puto, adúltero, cabrón, cornudo y ladrón.

Sorprende, dicho lenguaje, en una princesa. ¡Qué habría visto, y oído, para que le atacara de esa forma!

En determinado momento, Muhya desaparece de la vida de Wallada. Por lo visto, la joven optó por abandonar a su protectora y maestra, aunque también podría haber sido expulsada de su casa, o invitada a irse. Y una de las razones, por no decir la principal, por la que podría haberse marchado, habría sido el haber tenido una relación con ben Zaydun, o al menos, haber despertado en Wallada celos suficientes como para creerlo. Parece que también le dedicó a ella sátiras y críticas, pero no he podido encontrar nada de ello. Tal vez sólo son suposiciones, o simplemente, dichos versos se han perdido. De haber llegado a nuestro tiempo, se podría saber qué es lo que sucedió realmente entre ambas mujeres.
Pero una vez que Zaydun acabó desapareciendo de la vida, aunque no de la mente, de Wallada, esta no pareció tener suficiente. Zaydun acabó, incluso, pasando un tiempo en la cárcel, y perdiendo sus bienes, aunque es esta caída al abismo, parece que el auténtico responsable fue el gran visir ben Abdus, que deseaba hacerlo desaparecer de la vida de su amada. La gente comentaba en las calles y los zocos la caída en desgracia del conocido poeta -en las sociedades musulmanas, los poetas tienen una importancia enorme, incluso hoy en día-, al que se le veía deambular día y noche por la ciudad, pobre y solo, y que, tras escapar de la cárcel, logró rehacerse económicamente escapando a Sevilla, y pasando a ser hombre de confianza de su rey. La desintegración política del Califato de Córdoba trajo eso: en lugar de un solo monarca, con una sola corte, unos y otras se multiplicaron, y en cada una, se fomentaba el arte y la ciencia. Como en otras ocasiones, la decadencia y las divisiones políticas trajeron buenos tiempos para los artistas dispuestos a adaptarse.
Tras ben Zaydun, fue el visir ben Abdus, el que siempre la amó con locura, fielmente, aunque ella nunca quiso casarse con él, quién logró vivir a su lado, sustituyendo, aunque no de la misma forma, al poeta. Antes de depender para siempre y en todo momento de su amigo y amante no correspondido, prefirió, una vez que su fortuna fue disminuyendo, ir de corte en corte, asombrado a todos los que la conocían y escuchaban. Y cuando no, volvía con él, hasta la muerte de éste, cuando Wallada ya pasaba de los ochenta. Tras la pérdida de alguien a quién, posiblemente, ella nunca acabó de considerar su amante, pero sí su amigo, compañero y protector, la vida de Wallada todavía duraría unos años más -si son ciertas las fechas que se conservan, debió vivir noventa y siete años, que para la época, la debió hacer casi inmortal para sus contemporáneos-, y aunque algunos debieron pensar que ya estaba muerta, o no sabían de su lejana juventud, siguió dedicándose a vivir la vida hasta la entrada de su querida Córdoba de las tropas de los almorávides, que desde el norte de África, llegaron a España, se apoderaron de todos los estados Taifas musulmanes, y finalmente, vencieron a las tropas cristianas del rey de Castilla y León Alfonso VI, que años antes había conquistado Toledo y Madrid, entre otras poblaciones. Sin embargo, fue una victoria efímera, y ni ellos, ni los almohades, que también llegarían desde África para gobernar Al-Andalus, pero que, a pesar de su victoria frente a Alfonso VIII de Castilla, tampoco pudieron avanzar mucho más allá.
Pero eso, los relatos de batallas y combates, ya son otra historia.

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Monumento en Córdoba, que recuerda el amor entre Wallada y ben Zaydun.

Entre las webs donde he encontrado información, aparte, como no, de la wikipedia, destacar "De Al-Andalus a Sefarad", con un enlace aquí, y "Long Island al día", con otro enlace, aquí.

En 2000, se publicó la primera biografía del personaje: "Wallada, la última luna", de Matilde Cabello.

martes, 3 de enero de 2017

Hiperrealismo contemporáneo: la pintora española Arantzazu Martínez.

Para que se vea que hay sitio en el blog para artistas actuales. Y en este caso, de España.


Tengo que decir que, hasta hace muy poco, no tenía idea de quién era Arantzazu Martínez. Pero buscando en páginas de arte, como Pinterest, se pueden ver, admirar y conocer cantidad de artistas de la pintura, el dibujo y la ilustración, o la fotografía -e imagino que de más cosas, si se busca con algo más de tiempo de lo que hago yo-. Y entre muchas ilustraciones contemporáneas, me topó con unas obras que no sabía bien si eran fotografías tratadas con algún programa informático, o cuadros hiperrealistas. Y eran, como supuse, aunque sin estar nada seguro, eso último.
Y quise saber -curioso que es uno- quién era el autor. O autora. Y se trataba de una compatriota mía, así que, como seguí buscando otras obras suyas, me gustaron no poco, y la verdad es que  no me prodigo hablando de artistas -o cualquier otra cosa- españoles, decidí dedicarle un post, aunque sea corto.
Resumiendo su biografía, que se puede encontrar en su web, Arantzazu nació en Vitoria, en Euskadi, y tras estudiar en la Universidad del País Vasco, marchó en el 2000 a Nueva York, donde asistió a la Academia de Arte Figurativo de esa ciudad. Y tras pasar por otras academias, y tras trabajar con su maestro, Jacob Collins, se dedicó a realizar pinturas que podrían considerarse academicistas, o más bien, su continuación contemporánea -pues el término "academicismo", en el siglo XXI, no tiene por qué ser, y seguramente no es, o no significa, exactamente lo mismo que en el siglo XIX, o la primera mitad del XX, que es cuando más se utilizaba la expresión-, donde se entremezclan el romanticismo -estilo con mucha fuerza en la primera mitad del XIX, pero que influyó en pintores posteriores-, y el simbolismo, que en cierto modo, fue una continuación del prerrafaelismo, pero no sólo en Gran Bretaña, sino en toda Europa y más allá, y con un espíritu rupturista, cuando la corriente prerrafaelita formaba ya parte de la pintura clásica, o academicista, a la que quería, y con no poco éxito, sustituir, o al menos, cambiar.

Respecto a la temática, como el simbolismo y otras vanguardias, la fantasía, y la temática onírica, con apariencia de sueños, son el centro de su obra. Todo eso le ha ayudado a tener encargos dispares, como el proyecto "Visiones de Star Wars" (2009), de Lucasfilm Ltd. -realmente, el mismo George Lucas dijo en una ocasión que Martínez era su pintor vivo preferido-, o "La Imagen de Rusia" (2012), representando a España.
Forma parte del grupo de artistas conocido como "Maestros vivos del arte figurativo", tan raro ya, en esta época de arte abstracto, y si bien gran parte de sus obras forman parte de colecciones privadas, parte de ella se puede admirar en el MEAM, el Museo Europeo de Arte Moderno, en Barcelona.

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"Drácula" (2011). Un homenaje al más famoso de los vampiros. En una entrevista, dijo que le gustaría pintar a Mina, el personaje femenino de la novela de Drácula. Y está claro que cumplió con su deseo.

La pintora favorita de George Lucas es española
"Rancor", el cuadro que pintó Arantzazu para el proyecto en forma de libro de G. Lucas, sobre el universo de Star Wars. Para más información, aquí. Según la autora, la protagonista del cuadro no es la princesa Leia, o su madre Amidala, sino una joven, digamos, anónima.

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"La caída de ego" (2011). Una pintura, a mi entender, simbolista, donde el ego puede significar cualquier cosa. O no, pero sí dándole el significado que cada uno quiera verle.

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"Mujer pájaro", otra pintura al óleo.

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"Rescate de una pequeña sirena -o de la sirenita". O lo que muchos sospechábamos: las sirenas no son siempre tan terribles, ni tan peligrosas para los marinos, como siempre se ha dado a entender.

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"Belleza dormida -o durmiente", es otra de sus obras más representativas, la que aparece en los carteles que anuncian exposiciones de sus cuadros.


Esta última obra es considerada de temática "Mediterránea oriental", aunque reconozco que, después de mucho buscar, no he logrado encontrar su título. Quizá, aunque es difícil que así sea, simplemente no lo tiene.

viernes, 23 de diciembre de 2016

Ramón Casas, el pintor e ilustrador más importante del modernismo catalán y español.

En España, y en particular en Barcelona y el resto de Cataluña, el modernismo fue, básicamente, arquitectónico. Pero hubo pintores con mucho que decir.


Un artista entre dos siglos: el XIX del modernismo, y el XX del neocentismo y otras vanguardias.

El modernismo, en España, estuvo en gran parte concentrado -aunque no sólo- en Cataluña, y no sólo en Barcelona, como podría pensarse -en mi propia ciudad, Reus, hay cantidad de edificios modernistas, aparte de ser lugar de nacimiento del mismísimo Gaudí, aunque en el vecino Riudoms se duda de ello-, pero, en principio, tanto el ya nombrado Gaudí -uno de los arquitectos más importantes, a nivel mundial, de la segunda mitad del siglo XIX, y los primeros años del XX, aunque a su muerte, ya existían estilos arquitectónicos bien distintos-, como otros muchos -Puig i Cadafalch, Doménech i Montaner, etc.- harían pensar que el modernismo, o art nouveau -como era conocido en el mundo francófono; en el mundo germánico tuvo nombres y sub-estilos distintos, sobretodo en Viena- fue, básicamente, un estilo arquitectónico. A lo sumo, también tuvo su influencia directa en el mundo del diseño de muebles, lámparas, enrejados...
Pero, ¿y en la pintura, o el dibujo? Pues también, sí, también hubo pintores, que en general, igualmente trabajaron de dibujantes, o mejor dicho, de ilustradores, tanto de cartelería -obras de teatro, anuncios que se podían ver en cristaleras de tiendas, establecimientos conocidos por su apoyo a la cultura, y en particular, a las vanguardias...-, como en libros -tanto portadas, como ilustraciones interiores-. Y uno de ellos en nuestro hombre: Ramón Casas.

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Un autorretrato de 1908. En esa época, principios del XX, dedicó mucho tiempo al retrato al carboncillo.

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"El garrote vil" (1894), fue un tipo de ejecución que sólo existió en España -o en sus colonias-, y que acostumbrava a usarse para ajusticiar gente de origen modesto -de ahí lo de vil, en referencia a la gente común, no noble-. Casas quiso dar más protagonismo a la multitud, que se agolpe alrededor de tan siniestro espectáculo -una ejecución real que pudo ver el pintor en 1883 con sus propios ojos-, más que en el condenado, el verdugo o los sacerdotes. No fue su primer cuadro de multitudes, pero este resulta más atractivo que otros, sobre regatas o corridas de toros. Y más útil para conocer un pasado relativamente reciente.

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"La carga", o "Barcelona 1902" -aunque, en realidad, se acabó en 1900-, ha sido, durante mucho tiempo, una clara representación de la fuerza bruta del poder contra el pueblo en rebelión o protesta. Obra de gran formato, representa hechos contemporáneos del pintor de forma realista, y hoy en día, son una ventana al siglo XIX, como la obra anterior.

Ramon Casas i Carbó nació en 1866 en Barcelona, y fue un artista versátil y poliédrico, tanto en estilos, como en temáticas. Se dedicó a los retratos de gentes importantes y conocidas de la época, en cuadros realistas, en otros de estilo más moderno -o sea, modernista, art nouveau-, así como a caricaturas, cartelismo, y lo que saliera. La visión del modernismo catalán que tenemos hoy en día, realmente, tienen de base, tanto  o más que los edificios que nos han llegado, en general, en buenas condiciones -no pocos de ellos se han ido restaurando en los últimos años; eso, también lo he podido comprobar en mi propia ciudad, y no sólo en Barcelona, o en Comillas, por ejemplo, en "El capricho" de Gaudí-, los cuadros, y sobretodo los carteles e ilustraciones de gente como Ramon Casas.
Hijo de una familia adinerada, en 1877 abandonó la escuela para estudiar arte en el estudio de Joan Vicens Cots, y siendo aún muy joven, fue uno de los fundadores de la revista "L'Avenç" -"El avance"-. En 1881, con la excusa de acompañar a un primo suyo a estudiar a París, decidió quedarse a vivir y estudiar durante un tiempo en la ciudad de la luz, que en aquellos tiempos, era uno de los centros culturales y artísticos más importantes del mundo, si no el que más. Allá, además, fue corresponsal de su revista en Francia, aunque lo que más tiempo le ocupó fueron sus primeras obras, digamos, en serio. Así, en 1882 realizó su primera exposición, en la Sala Parés de Barcelona, y en 1883, expuso su "Autorretrato vestido de flamenco" en la sala de los Campos Elíseos de París, lo que le abrió puertas en salones y asociaciones de críticos de arte, y de artistas propiamente dicho. Lo que cualquier pintor de la época soñaba con hacer al menos una vez en la vida: triunfar, o al menos llamar la atención, en París, ciudad llena en esa época -y lo seguiría estando durante algunas décadas más- con artistas de todo el mundo.
En la década de los 80 siguió pintando, viajando -vivía entre París y Barcelona, pero también visitó Madrid y Granada-, iniciándose en la pintura de multitudes, y conociendo a artistas como Santiago Rusiñol, o Ignacio Zuloaga, amén de sobrevivir a una tuberculosis, una de las enfermedades que diezmaban de forma crónica a la población de todos los países europeos, sin importar demasiado su origen social -aunque, evidentemente, los ingresos económicos de las familias eran vitales para que una persona pudiera, o no, sobrevivir a ella, aunque en no pocas ocasiones, ni el dinero podía curarla-.
Con su amigo Rusiñol, se volvió a instalar en París, donde el primero ejercía de corresponsal de "La Vanguardia", y Casas ilustraba sus crónicas. En esa época, es cuando consiguió ser miembro de la Sociedad de Artistas Franceses, lo que permitía participar en exhibiciones anuales, sin paso previo de descarte de jurados.

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"Joven decadente", de 1899, es una vuelta a los tiempos parisinos. También, una temática de Casas de esos años: mujeres modernas, cosmopolitas, que viven como quieren, sin hacer caso a lo que piensen sobre ellas.


Fama mundial, para un artista por redescubrir.

Fue a partir de la década de los 90 cuando expuso no sólo en España, sino también en Berlín, París, Chicago, etc., además de Sitges, que empezó a ser algo más que una pequeña población costera: un centro de turismo minoritario -porque en aquellos tiempos, poca gente podía permitirse hacer turismo-, de segundas residencias, pero también cultural. También, en esa época, empezó a notarse, no sólo en Casas, sino también en otros pintores europeos -tanto franceses, como también alemanes, de la Europa Oriental, austriacos...- la aparición de un estilo pictórico nuevo, que parecía un híbrido o intermedio entre la pintura académica realista y el impresionismo francés, pero sin querer llegar "más allá", creando la simiente para vanguardias posteriores, como sí consiguieron hacer los llamados post-impresionistas -Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Gauguin... cada uno, realmente, bien distinto de los demás-:se trataba de lo que se llamaría, poco después, modernismo, expresión que se usa más que art nouveau cuando se hace referencia a la pintura y el dibujo.
Ese modernismo estético, pictórico, encontró un centro donde poder reunirse sus miembros -Casas, Rusiñol, Utrillo...- para  hablar, participar de sus proyectos, comentar sus trabajos todavía inacabados, realizar exposiciones-, en el bar "Els Quatre Gats" -"Los cuatro gatos"-, que quería ser la versión barcelonesa de "Le Chat Noir" -"El gato negro" de París-. Se encontraba en los bajos de un edificio de Puig i Cadafalch, y contaba, aparte de exposiciones y tertulias, con una pieza fija, un autorretrato de Casas pedaleando sobre un tándem -una bicicleta para dos-, junto a su amigo, el promotor y animador cultural -entre otras cosas- Pere Romeu.
Porr tener, el bar tuvo su propia revista, que tuvo vida bien corta, pero a la que siguió "Pel i Ploma",  -"Pelo y pluma", imagino que refiriéndose al pelo del pincel, y a la pluma de dibujar y escribir-, en la que participó siempre que pudo. En esa época, es cuando se dedicó de forma seria y profesional al cartelismo -el diseño gráfico, diríamos ahora-, para empresas como "Codorniu", o "Anís del Mono".
Poco más que añadir, excepto que su fama se extendió por toda Europa, y también por Latinoamérica, sobretodo Argentina. También en ese momento, a partir de 1900, se dedicó a la caricatura de gente conocida, tanto en el mundo de la cultura como de la política, y algunas obras realistas suyas, como "El garrote vil", sobre una ejecución pública, o "La carga" -después, conocida como "Barcelona 1902", basada en una carga de la guardia civil sobre unos huelguistas, le hcieron famoso, sí, pero en ocasiones, también levantó ampollas, pues Casas, cuando se interesaba en retratar la sociedad, y quizá debido a la fama y buena posición social y amistades importantes que había conseguido, no temía enfadar a quien no debía.

"Flores deshojadas" (1894), fue una obra de su mejor época. La pintura fue un escándalo, porque la sociedad barcelonesa -y en general catalana y española- era más conservadora que en otros países europeos. Casas quería llamar la atención de una estúpida y brutal idea de la época: la mejor forma de curarse de la sífilis, era mantener sexo con una virgen. De ahí, que hubiera durante algunos años tantos casos de violaciones de adolescentes, e incluso niñas. Pero la gente bienpensante sintió más vergüenza de su cuadro, que de las barbaridades que ocurriían en sus calles y casas. Como no pudo venderla, se lo regaló a su amigo, el compositor Isaac Albéniz -abajo a la derecha, sobre la firma y la fecha, se puede ver la dedicatoria que le escribió-.

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"Plen Air" -que podría traducirse como "Al aire libre" (1890), la realizó en París, mezclando el impresionismo francés -todavía vivo- y el realismo naturalista que buscaba parte de la pintura academicista, y que más adelante, alcanzaría lo que se podría llamar hiperrealismo, que aquellos tiempos todavía no se había conseguido. Es una de sus obras más conocidas y representativas de su estilo, que al ir variando entre el academicismo, la influencia francesa, el modernismo, y más adelante, una vuelta al realismo, además de sus trabajos en cartelismo y dibujo al carbón, realmente, debería llamarse "estilo Casas".

Tras conseguir la amistad del coleccionista norteamericano Charles Deering -tener un buen patrocinador y  mecenas en mucho conseguir-, conoció a una joven, de apenas dieciocho años, cuando él rondaba los cuarenta -veintidós años de diferencia-: Julia Peraire. 
Que un hombre famoso se encaprichara de una jovencita de origen modesto -era vendedora de lotería- tampoco es que fuera algo extraordinario. No fueron pocos, los artistas que tuvieron relaciones sentimentales y/o sexuales con sus modelos -Rossetti sería un ejemplo de libro-, pero raramente deseaban casarse con ellas -aquí, se podría decir que el ya nombrado Rossetti se casó con Siddal, pero es que en aquellos tiempos, tenían una edad parecida, y si Siddal era de clase media-baja, Rossetti era un artista bohemio y poco conocido; más bien, era el pintor, el mal partido de ella, y no al revés-, así que resultaba normal que la familia y más de un amigo, y no pocos conocidos de la clase alta, o la media-alta, que conocía o trataba el pintor, decidieran oponerse a la unió, o al menos, aconsejarle de que no echara su vida por la borda. Según ellos, claro está.

Una fotografía de Casas con Julia Peraire, cuando ya estaban casados.

"La sargantain", fue uno de sus retratos de una Julia jovencísima, osada, que se sentía encantada de ser el amor -correspondido- de un gran artista, que nunca la trató ni como una niña, ni como una posesión. Tal vez eso, el respeto la falta de celos -que se sepa- también animó a la joven a mantener una relación que acabó sólo cuando falleció el pintor.

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Una obra más personal y atrevida de su amante Julia. Casas pensaba que ya iba siendo hora de que el desnudo -sobretodo el femenino, porque el masculino ya era normal en el arte desde tiempos del Renacimiento- no fuera tabú.

Sin embargo, Casas y Peraire, después de que ella fuera modelo y amante suyo durante años, llegaron a casarse, y además, el matrimonio, a pesar de la diferencia de edad, funcionó. La joven Julia fue su modelo desde poco después de conocerse, aunque no pudieron casarse en ese momento, sino cuando ella ya contaba con treinta y cuatro años, y él, unos cincuenta y seis. Vivieron juntos hasta la muerte de su artista, y la retrató de diversas formas y estilos: como jovencita, como señora casada, o como musa, para nada inalcanzable. Muchos cuadros de sus últimos años tienen como protagonista, precisamente, a ella.
En la primera década del siglo XX, se dedicó mucho al dibujo al carboncillo, sin abandonar nunca la pintura, y viajó por Cuba y Norteamérica, y también Europa, aunque la I Guerra Mundial hizo que ya no viajara apenas, acabando por establecerse definitivamente en Barcelona. También fue el responsable de la restauración de un pequeño pueblo abandonado, Tamarit, muy cerca de la ciudad de Tarragona -actualmente, forma parte de su municipio-, que había comprado su mecenas y amigo Deering, pero, cuando falleció en 1932, hacía tiempo que su época había pasado. En aquellos difíciles años, el modernismo había pasado ya a la historia, y otras escuelas y vanguardias habían cogido el testigo.

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Ejemplos de trabajos publicitarios de Casas, para Anis del Mono, y Codorniu.

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Una ilustración de 1899, de la revista "Pel i ploma".


lunes, 7 de diciembre de 2015

Luis Ricardo Falero: ¿Un pintor español con una obra tan atractiva como poco representativa del arte de su país? Él es el mejor ejemplo.

Considerado un artista indecente en su época, con mucha dificultad ha ido saliendo de nuevo a la luz.


A falta de tiempo para dedicarle a entradas más elaboradas, realizo una sobre un pintor español realmente poco conocido, sobretodo en su propio país -la mayoría de las pocas webs que hablan de él están originalmente escritas en inglés y francés-, pues debido a que se dedicó, básicamente, a retratar mujeres. Pero mujeres desnudas, sensuales, muy reales y deseables y en situaciones en ocasiones un tanto "incómodas" para la época -lo que ahora llamaríamos "políticamente incorrectas"-. Y teniendo en cuenta, además, que le tocó nacer en un país especialmente conservador, con enorme influencia de la iglesia católica, y donde una parte importante de la población -incluida las clases medias y altas, y lo que podría considerarse su intelectualidad y artistas en general- no es que mirasen tanto como debieran al exterior, para saber qué se estaba haciendo en otras naciones europeas o americanas, hizo que, en su momento, aunque llamara la atención, y se hiciera cierto nombre, no lograra ser famoso para el gran público, ni tuviera mucho éxito con los críticos. Pasados los años, y tras su temprana muerte, sus pinturas fueron prácticamente olvidadas, y sólo en los últimos tiempos, y gracias a internet, va siendo redescubierto poco a poco. Y eso incluye a no pocos españoles, que nunca habrían imaginado -como en mi caso- que hubiera habido en pleno siglo XIX un artista con semejantes gustos, y gusto también para retratar lo que más le gustaba: las mujeres, cuanto más atractivas y carnales, mejor.
Nacido en 1851 en Granada, fallecido en 1896 en Londres, duque de Labranzano -de no haber sido noble, seguramente le habrían caído todavía más palos de unos y otros-, Luis Ricardo Falero (a la derecha, un autorretrato suyo), pues ese es el nombre de nuestro hombre -hasta el segundo párrafo, ni lo había nombrado-, se especializó en desnudos femeninos, muchos de ellos de temática mitológica, fantástica -hadas y demás- y oriental. Pero oriental de verdad, mujeres con aspecto de ser originarias de Oriente Próximo -da igual si eran árabes, persas, armenias, etc.; con toda seguridad, él tampoco sabría bien cómo diferenciar unas de otras, algo habitual en un Occidente que sintió repentino interés por un mundo nuevo que los viajes y el imperialismo estaban abriendo de par en par-, o del Norte de África. Es el tipo de mujeres orientales que pintaban los artistas españoles, franceses e italianos, que en muchos casos, al menos se molestaban, o en viajar personalmente a otros países -sobretodo Marruecos y Argelia- o en enterarse qué aspecto tendrían dichas mujeres. Los británicos, por ejemplo -los prerrafaelitas, de los que tanto he hablado, son un claro ejemplo-, preferían vestir de gasas y joyas exóticas a alguna anglosajona o irlandesa o escocesa pelirroja y pálida -prototipo de celta-, y hacerlas pasar por exóticas concubinas de algún sultán turco. De estos últimos, los prerrafaelitas, así como de la pintura académica, tanto francesa como británica, y de los románticos, galos o alemanes, pudo aprender de primera mano, pues estudió en Richmond (Inglaterra) y en Francia, donde desarrolló un estilo, y se interesó por unas temáticas que, a buen seguro, no habría podido en caso de haber estudiado pintura en España.
Pero a lo que íbamos. Raro era el cuadro en que no apareciera, por lo menos, una mujer desnuda. En ocasiones, multitud de ellas. Prefirió siempre pintar en óleo sobre lienzo, y no en acuarela, por ejemplo, que tuvo éxito en su época y un poco antes -y eso que, en principio, fue el tipo de pintura que él aprendió y practicó-, o dibujar a carboncillo y semejantes. Y un par de cosas más -es difícil encontrar información sobre su persona, de ahí que tan poco hable de ello-: normalmente, no acostumbraba a poner títulos a sus obras, de ahí que los que se pueden ver en libros, webs, revistas, o incluso museos o exposiciones, se los fueron colocando marchantes, críticos, clientes, etc., con el paso del tiempo; y sus cuadros tienen mucho éxito cuando salen a subasta, pero en no pocas ocasiones, son adquiridos por coleccionistas privados por cantidades mucho menores de lo que podría pensarse, lo que hace pensar que por qué el Estado -cualquier administración- no ha intentado adquirir algunas de sus obras, cuando ha pujado por otras por cantidades de millones de euros.
A falta de explicaciones sobre los cuadros, o sus títulos -si los hubiere, y todos son apócrifos, no puestos por él mismo-, lo mejor es hacer aquí un listado de todas las obras que he podido encontrar de él, si bien en algún caso he tenido dudas de que realmente le pertenecieran.


"Brujas yendo al Sabbath", o "La salida de las brujas"  son dos de los títulos más usados para la más famosa de sus obras, vendida en subasta por unos miles de euros. Con toda seguridad, llamaría la atención -y tendría no pocos seguidores- en cualquier museo que la exhibiera. Aquí, las brujas no son ni ancianas ni feas, más bien todo lo contrario. Su poder de atracción hacia los débiles mortales está bastante a la vista.

Estudió en el extranjero siendo todavía un niño -sus padres eran de clase alta, y pudieron permitirse el enviarlo allá-, pero además de inglés o francés, Falero demostró, desde la infancia, que era un pintor de lo más talentosa. Al volver a España, ingresó en la armada, pero abandonó el ejército al poco, dedicándose -lo que significó una decepción para sus padres, que deseaban para él un futuro de uniforme, que era la mejor forma de adquirir poder político, títulos nobiliarios y dinero en la llamada "España de los espadones", o de los militares metidos a políticos- tanto al arte, como a la química y la ingeniería industrial. Pero después de más de un experimento que le costó un buen susto, optó por el arte y nada más. Consiguió fama, sobretodo, en Gran Bretaña, y como tenía un alto nivel de inglés, y le agradaba -y tuvo, además, gran facilidad para integrarse-  la sociedad británica victoriana de la época-, se instaló en Londres, donde exponía y contaba con buena clientela. En España, sin embargo, ni buenas críticas, ni apenas exposiciones ni nada. Pero teniendo en cuenta que tenía el mercado británico abierto, y que además contaba con una posición económica envidiable por cuestiones familiares, todo aquello no importo. 
Lo único que le impidió tener una obra más extensa -y dentro de lo que cabe, lo fue bastante-, fue una muerte prematura, a los cuarenta y cinco años de edad.


"La fiesta de las brujas" (1880), volando por los cielos nocturnos, hacia el akelarre con sus hermanas.




Los dos cuadros podrían formar una serie. El último, ha sido llamado "Ninfa de la Luna", y en los tres casos, no está claro la naturaleza de estas mujeres que no parecen quizá divinas, pero tampoco completamente humanas. En un país como España, donde la mayoría de los cuadros famosos eran de vírgenes, santos, reyes y reinas, estaba claro que Falero no iba a encontrar su mercado.


"Caída en la red". Uno de los pocos cuadros en que la protagonista femenina está vestida -con ropa de su época, además, no de tiempos greco-romanos-. El niño más bien parece una versión modernizada de cupido, que más que desear que la muchacha caiga enamorada de algún hombre, es él mismo el que está encandilado con sus encantos femeninos.



"Una belleza oriental", demostraba la atracción por el Oriente por parte de la Europa de la época.


"La favorita", parece parte de una serie, con el cuadro anterior. El mundo del harén oriental siempre llamó la atención de los pintores europeos.


"Fausto y Mefisto", donde el primero parece soñar con lo que no parecen ángeles sin sexo definido, precisamente.


"Alegoría de la pureza y la lujuria", con influencia del simbolismo, y que cada uno busque una y otra cosa en el multitudinario cuadro.

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"Ninfa", así titulada -no por él, por no haberse entretenido nunca a dar títulos concretos a ninguna de sus obras-, por considerarse que la rubia joven que se encuentra tan a gusto en el agua debería ser una criatura primordial habitante de dicho elemento.


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"La mariposa", y "El hada Lily", como han sido tituladas estas dos obras consideradas menores.


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"Berenice". Nombre habitual entre las mujeres de la dinastía Tolomeo de Egipto. Ella era la esposa de Tolomeo III, y era conocida por su larga cabellera, que donó a Afrodita si su esposo volvía sano y salvo de la guerra. Una historia lo suficientemente larga e interesante como para ser contada aparte.

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"El vino de Tokay", y las visiones que provocaría.


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"Alegoría de la pintura" (1892), porque las mujeres no sólo son capaces de admirar el arte, sino también de crearlo. Algo que, en tiempos no tan lejanos -finales del siglo XIX- no era considerado algo tan lógico y normal.

domingo, 25 de octubre de 2015

La recta final de las obras de la Sagrada Familia: un vídeo donde se le ve "crecer", y su aspecto final.

En minuto y medio, el avance de las obras de la obra de Gaudí, hasta 2026.


Una pequeñoa entrada de una gran obra, que merece algo más.

Por falta de tiempo, no he podido escribir ninguna entrada larga, pero la prensa e internet siempre puede dar ideas sobre otras nuevas, incluyendo algunas cortas. En este caso, parece que ya están planificadas las obras de la Sagrada Familia de Barcelona, la obra cumbre de mi conciudadano Antoni Gaudí, que, en principio, deberían acabar en el año 2026, coincidiendo con el centenario de la muerte de su creador, atropellado por un tranvía, yendo como iba siempre despistado, y con la mente en sus cosas, o sea, en las obras de su proyecto más extraordinario, donde no sólo se pasaba el día trabajando, sino donde acabó viviendo.
Entre otras cosas, se ha hecho este vídeo en 3D, de apenas minuto y medio, pero donde se puede comprobar como avanzarán dichas obras, hasta su finalización en dicho año, aunque también se ha dejado claro que, si estas se retrasaran uno o dos años, después de cerca de siglo y medio -las obras comenzaron en 1882, así que hasta el 2026, serían unos 144 años, más o menos-, tampoco tendría que pasar nada. No es cuestión de ir con prisas, y dejar algo a medio hacer.

El vídeo donde, en minuto y medio, se puede ver la transformación del edificio, la gran obra de Gaudí, hasta 2026 -si se cumplen los plazos previstos-.

Una visión de cómo podría ser la Sagrada Familia, una vez finalizada.

Iniciada en dicho año de 1882 por el arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar, a la muerte de éste en 1883, se encargó a Gaudí, que contaba apenas con 31 años de edad, y con cierto renombre, pero todavía con muchos trabajos por hacer, el proseguir las obras, y siguió con ellas hasta su muerte, en 1926. Y a partir de ahí, no pocos arquitectos prosiguieron con tal difícil pero apasionante reto: el proseguir con uno de los edificios todavía por finalizar más extraordinarios, hermosos, complejos y conocidos del mundo.
Siendo en principio de estilo neogótico, de moda en la Barcelona de la época, Gaudí, artista único e inclasificable -siendo como es el mejor ejemplo de arquitecto modernista, su estilo es tan inconfundible como rompedor e inimitable-, decidió replantear el aspecto de éste al completo: más que modernismo, sería un edificio que iría improvisando a medida que fuera creciendo, como si fuera poco menos que una criatura viva, un ser en continuo crecimiento, que nadie, ni él mismo, podría explicar, y explicarse, cual sería su concepción final.
Respecto a la expresión "expiatorio", vendría a significar que no se ha construido nunca a base de ayudas o inversiones públicas, de ninguna administración, sino con donativos y, en los últimos años, con las entradas de los numerosísimos visitantes de todo el mundo que lo visitan casi a diario. Gracias a esos ingresos, entre otras cosas, las obras han podido avanzar tanto en las dos últimas décadas.


La Sagrada Familia por dentro. Su interior ha sido en gran parte acabado en los últimos años, y es, sin duda, extraordinario de ver. Y puedo asegurar -por haber estado allá- que ninguna fotografía es comparable al verlo en persona.

La basílica, en una fotografía reciente.

O cómo dijo el mismo Gaudí: "El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia lo hace el pueblo y se refleja en él. Es una obra que está en las manos de Dios y en la voluntad del pueblo".




lunes, 10 de marzo de 2014

Eulogio Varela, el genio olvidado del modernismo español.

Una reciente exposición en Madrid recuerda a uno de los pintores e ilustradores españoles más originales  del primer tercio del siglo XX.





El Museo ABC rescata a Eulogio Varela, maestro del modernismo madrileño No es la primera vez que descubro a un artista por la prensa, pero como suele pasar, aunque dicho personaje te llame la atención, si no decides indagar un poco a fondo sobre su vida y obra, acabas por olvidarlo de nuevo. Y la verdad es que tener un blog, aunque no sea especialmente visitado, ayuda mucho a dejar por escrito lo que, de otra manera, acabaría olvidado por mi lamentable memoria. Uno de esos artistas es el español Eulogio Varela, pintor y, sobretodo, ilustrador, aunque también ejerció de diseñador y decorador -y, probablemente, de haberse dedicado casi exclusivamente a estas dos últimas ocupaciones, se habría ganado bien la vida sin complicarsela demsiado; aunque, bien mirado, para un artista, lo más complicado es no ejercer su arte-. Actualmente hay en Madrid una exposición de una parte importante de su obra -importante por representativa; no es mayoritaria porque fue inmensa: cuenta con más de 1400 trabajos-, en el Museo del diario ABC, para el cual trabajó durante años -la verdad es que no soy lector de prensa conservadora, pero si hay en ella algún artículo interesante, no tengo prejuicio ideológico alguno-, aportando gran cantidad de dibujos para su revista "Blanco y Negro". Como es más que posible que no tarde demasiado en dejar de estar, si no de moda, sí en boca de los amantes del arte en general, una vez acabe la exposición, creo que no está demás dejar por escrito algo sobre él, tal como hice con mi conciudadano Tapiró -Fortuny, al contrario que él, no lo necesita, pero no me estuve de escribir también sobre él-. Pues ahí va:



La vida y obra de Eulogio Varela, modernista donde el modernismo dejó huella endeble.

Por decirlo de una forma clara, Varela, aunque fue reconocido como gran artista estando todavía vivo, no acabó de ser profeta en su tierra. Ni tampoco, la verdad, fuera de ella. Al no ser catalán, ni haber vivido o trabajado nunca en Cataluña, no pudo formar parte del modernismo que representaba tanto la modernidad, valga la redundancia, y la identidad del catalanismo que había nacido en el siglo XIX, y que necesitaba símbolos, antiguos y modernos, para afianzarse; aparte, que Barcelona -donde se concentraron tantos genios de la época de entre-siglos- siempre estuvo más abierta a las influencias culturales y artísticas europeas, mientras que Madrid, un tanto aislado al estar en el centro de una Castilla muy poco poblada y desarrollada, y que dormía todavía un mal sueño posterior al desastre del 98, no tenía la misma posibilidad, y en ocasiones -al menos, parte importante de su entramado político y económico, y por su influencia, también parte de su población-, el interés, de abrirse al mundo, en la doble vertiente de influir y recibir influencias.

                  
Diseño de mobiliario y caligrafía artística, con los que Varela experimentó con éxito.


El Teatro Español de Madrid, donde trabajó Eulogio Varela.

Nacido en Andalucia, en El Puerto de Santa María (Cádiz), emigró, como tantos otros andaluces, a algún lugar donde pudiera ganarse mejor la vida, y  más, teniendo en cuenta que era un artista que, desde joven, tuvo interés por las vanguardias y por un estilo que, sin tener cierta raíz española, era muy cosmopolita, y por tanto, sólo tendría gran aceptación en Madrid o Barcelona. Pero el Madrid al que llegó era una ciudad un tanto provinciana, capital de un país que consideraba natural cierto aislacionismo -en ocasiones, mezclado con victimismo o patriotismo hueco, según a quién se preguntara, pero en no pocas ocasiones, simplemente con un fatalismo demasiado presente en todas partes). La guerra de Cuba no sólo significó la pérdida de las últimas colonias -si bien Cuba y Puerto Rico no eran colonias clásicas, pues gran parte de la población, blanca o mulata, tenía algún origen español, y hablaban la misma lengua que la antigua metrópoli-, sino también la ruina económica, el descrédito internacional -se dejó de ser potencia mediana para ser, simplemente potencia pequeña y casi olvidada por todos-, la destrucción de un ejército orgulloso que drenaba las arcas públicas -el enfrentamiento con Estados Unidos, sobretodo en el mar, fue desastroso-, aparte, claro está, de la enorme crisis económica social, y el haber perdido en años de guerra -en Cuba, en Filipinas, también en Marruecos, cosa que seguiría hasta los años 20- a docenas de miles de soldados, sin contar muertos y heridos. En resumidas cuentas, el hombre que llegó a lo que, en el siglo XIX se llamó "el rompeolas de las Españas" -el XIX fue considerado "el siglo loco"; como si el XX no fuera a traer más todavía-, se encontró a una metrópolis que se amargaba y dolía por sus heridas, su ruina y su aislacionismo, pero en no pocas ocasiones, para caer en la autocompasión, y sin querer -o poder, o saber- alzar la vista y observar cómo y por qué el resto de países europeos y americanos crecían y se modernizaban a mucha mayor velocidad -aunque, a la larga, dicha modernización trajera una mayor destrucción y mortalidad cuando dichos estados decidieron destruirse en la próxima I Guerra Mundial-. Si él quería dedicarse a una pintura, ilustración o diseño que demostraba -y en cierto modo, pedía al interesado, al espectador- alegría y fantasía, se encontró con una sociedad que, si bien contaba con intelectuales y críticos, no estaba para fiestas.

Ilustración de lo más detallista, como portada de la revista en la que más trabajó.

Aquí, una influencia clara del checo Mucha.


Influencia de los pre-rafaelitas, y su querencia por los temas medievales.

Nacido en 1868, treinta años después empezó a colaborar con el diario ABC, con su revista "Blanco y Negro" -una de las primeras revistas ilustradas de España-, y en otras publicaciones, como "La ilustración española", o "Helios", donde llegó a publicar más de mil ilustraciones, lo que es una auténtica barbaridad, y que hizo que fuera premiado en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes en seis ocasiones, entre 1892 y 1908. Tal vez por eso, por tener al medio escrito como vehículo de su trabajo, mucha gente lo consideró, más que un pintor, un ilustrador, un hombre "que hacía dibujos y anuncios para revistas"; en resumidas cuentas, un "moderno", que no tenía sentido comparar con auténticos artistas, o sea, pintores de murales o lienzos. Pero también se dedicó al diseño a la decoración -junto a Emilio Sala, del Teatro Español, y el Casino de Madrid-, profesor de arte -en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid-, escritor -libros sobre arte y estilo- y al diseño de muebles, joyas, vidrieras y tipografías. Algo, por lo demás, bastante habitual entre los modernistas -un ejemplo sería Gaudí, que no sólo era arquitecto, sino que diseñaba muebles, cerámica o enrejados de las casas de cuyos planos y formas era autor-.


Un par de portadas comunes en la época: una mujer atractiva y -para aquellos tiempos- moderna.


Una de sus muchas portadas modernistas para la revista "Blanco y negro".

Una temática de "historia romántica", o sea, con más imaginación que rigor histórico. En este caso, sobre el Egipto faraónico.

Moriría en la población de Cercedilla, cerca de Madrid, en 1955, y sus herederos donaron gran parte de su obra a su ciudad de nacimiento, donde se le hizo un primer homenaje en 1980. Otro parte de dicha obra está en manos del periódico para el que trabajó, y con la que -además de donaciones temporales del ayuntamiento del Puerto- se le ha realizado esta segunda exposición conmemorativa y de redescubrimiento.
Se puede observar, desde luego, una influencia del checo, parisino de adopción, Alphonse Mucha, y en general, tanto del modernismo -o art-deco, como se le llamaba en el mundo francófono-, como del simbolismo -una deriva más espiritual, profunda y en ocasiones surrealista del arte, aunque con cierto parentesco con los modernistas; en alguna ocasión, había artistas que practicaban ambos estilos-, y los todavía famosos -aunque fueran más bien victorianos- pre-rafaelitas británicos. Él, por su parte, aunque fuera conocido por el gran público, pero no siempre tomado demasiado en serio, sí que ejerció influencia sobre autores españoles más jóvenes. Por lo visto, tanto Juan Gris -trabajaron juntos en "Blanco y Negro", y se influyeron recíprocamente, pues Gris, más joven, no sólo aprendió del maestro, sino que le dio a conocer la rama modernista alemana y austriaca, más rupturista y radical que la franco-belga-, como el mismísimo Picasso, la reconocieron cuando empezaron a interesarse por la pintura de forma seria.
Eulogio Varela, Sinfonía de almas 2, Blanco y Negro, núm. 873, 25 de enero de 1908. Tinta, gouache y aguada cartulina, 498 x 162 mm. Museo ABC. Señala encima de la imagen para verla más grande.También tuvo tiempo para escribir un tratado sobre artes decorativas (1934), y obro sobre caligrafía, pues él, como otros seguidores de su estilo, utilizaba las letras no sólo como una forma de nombrar personajes, objetos o lugares retratados, sino como una forma más de arte.


Hojas de un tratado de Varela sobre caligrafía.