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sábado, 25 de julio de 2015

Tura Satana como ídolo y símbolo Pop. Anexo a la entrada principal sobre la bailarina y actriz de serie B.

No se trata de una continuación, ni de un anexo, sino de un simple divertimento, a partir de una entrada anterior.


Bueno, por razones varias, no he tenido tiempo -ni muchas ganas, la verdad- de escribir nada nuevo en el blog, así que intentaré volver con una entrada más bien corta, de las de escribir poco, e investigar sólo un poco más que eso.
Hace ya no se cuanto tiempo, quizá un par de años, hice una entrada dedicada a la actirz de serie B, y personaje realmente carismático de la cultura popular norteamericana, Tura Satana. Hice lo que pude para resumir su vida, y hablar sobre las pocas películas -porque fueron realmente pocas, menos de lo que podría pensarse para el que empieza a conocer al personaje- en las que participó. Y digo que es lógico pensar que participó en muchas más, debido a la huella que dejó, a pesar de haber sido conocida, básicamente, entre los 60 y 70. Cuando busqué fotos sobre ella o algunos de sus trabajos, me encontré también con una enorme cantidad de carteles, ilustraciones, portadas de discos -cuando todavía el vinilo estaba vivo; bueno, más bien, cuando la venta de música grabada, aunque fuera en forma de CD, estaba viva y con relativa buena salud-, y todo tipo de homenajes, aparte de la influencia, de alguno de sus personajes, y de la persona en sí misma -al menos, de su físico, porque de su carácter, realmente, tampoco se sabe tanto, ni se tiene demasiado en cuenta, como si ambas cosas, personaje y persona, se fusionaran en una sola cosa-.
Así pues, aunque sea sólo como un juego, me puse a buscar en la red, y sin querer sobrecargar la entrada con cuarenta mil foto, aquí pongo unos ejemplos de Satana como personaje pop total. En no pocos casos, sin que ella misma lo supiera, e incluso posterior a su muerte, y por gente demasiado joven como para haberla visto en pantalla en sus buenos tiempos.


*Existe una banda de metal de Los Ángeles, llamada "Tura Satana" que, evidentemente, eligió ese nombre como homenaje de la actriz. Y, al menos durante un tiempo, la vocalista tenía un look claramente influenciado por ella.


En la portada se ve bastante claro que el nombre no es lo único en que Satana les influyó.


*Tura Luna Pascual Yamaguchi, su nombre real, que abandonó por el de Tura Satana, desde que comenzó en el mundo artístico como bailarina exótica -más de una página dedicada al burlesque, en sentido amplio, la incluye también a ella, aunque fuera por su fama cinematográfica más que en los escenarios, pero por lo que aún se cuenta, se hizo un nombre como bailarina oriental de origen poco claro, igual japonesa como filipina -sus dos orígenes asiáticos- o indochina.


Y aquí, un par de fotos, en los años a finales de los 50 -si nació en 1938, es fácil imaginar que era jovencísima-. Hay una leyenda urbana -o no tan leyenda, quizá- que en aquella época tuvo un lío, o un affaire -que se decía antes, y quedaba más serio- con el mismísimo Elvis Presley. Quizá sólo una fantasía más alrededor del rey del rock, pero nadie, hoy en día podría ni afirmarlo ni negarlo con rotundidad.


*El francés Fred Beltran, artista que se ha especializado, entre otras cosas, a carteles de películas alternativos, o más bien, imaginarios, pues los realizó años, incluso décadas después de sus estrenos, no pudo olvidarse de ella, ni de su película más famosa -y que, inexplicablemente, no fue la primera de una larga lista protagonizada, o con papeles secundarios importantes, por Satana-.



*Otro autor, Mike Hoffman, llegó a hacer toda una serie, que salió en forma no sólo de póster, sino también de cartas de colección, que hoy en día se venden en internet por bastante dinero -seguro que más de uno que las compró nunca lo habría esperado-.

  
Las dos cartas más conocidas, aunque hay al menos nueve.


Era tanto el interés de Hoffmann por Satana, que acabó creando un personaje de cómic, totalmente original, "Madame Tarantula", ambientado en un salvaje Oeste futurista, basado en el físico, el supuesto carácter, y la fama de la actriz.

*Y unas cuantas imágenes más, encontradas aquí y allá:

Una revista de cultura alternativa, dedicándole un especial a sus películas.

Un cartel francés de "Faster, Pussycat. Kill! Kill!", donde, sin embargo, no es ella la protagonista.

Otro póster alternativo -y muy posterior a la película-, de Mitch O'Conell, para la exposición dedicada a la actriz "Tura, Tura, Tura!"  -inspirado en la película bélica norteamericano-japonesa "Tora-Tora-Tora"; al fin y al cabo, ella era una norteamericana en parte de origen japonés, así que el título le iba que ni pintado- de 2009, en Chicago.

Y aquí, el cartel de la exposición.


La verdad es que no he podido encontrar el nombre del autor de la ilustración, donde Dean Martin se topa, nada menos, que con Tura Satana y la legendaria Bettie Page. Pero claro, estamos hablando de uno de los miembros de la "Rattpack", junto a Frank Sinatra y compañía. Quemar la noche en compañía de damas insuperables.


Tampoco sé de quien es este dibujo, pero me gustó mucho, así que ya es suficiente.

 "Tura Satana in the violent planet", de Astromonster Zero One. O sea, la reina de las megavixen protagonizando una película de monstruos japonesa, en primer plano de un póster donde podría hacer de las suyas el mismísimo Gotzila. En la cultura popular global, imposible que faltara la versión nipona. (Y sobre quién es el Astromonster en cuestión, pues ni idea, y eso que he buscado, aunque no tengo claro que sea japonés, o un norteamericano "japonizado").

Y aquí, por último, un dibujo muy mono, y atractivo, de Satana y amigas en su peli más famosa, por la ilustradora Stephanie Buscema, y para quien le interese su blog, dejo un aquí.



martes, 30 de octubre de 2012

Tura Satana, la tipa dura de la serie Z.

Buena o mala actriz, siempre fiel a sí misma, a uno y otro lado de la cámara.


En esta segunda parte de actrices poco o nada conocida por estos lares -o sea, mi país-, y no mucho más, fuera de los Estados Unidos -pues de norteamericanas se trata, aunque tengan un origen muy poco WASP, o anglosajón-, le toca el turno a Tura Satana. Apellido, este último, que correspondería a un marido con el que nuestra protagonista apenas estuvo casada un año, pero que no sólo heredó -con esa extraña costumbre, no sólo anglo, sino casi mundial, por la cual, cuando una mujer se casa, pierde su apellido, y, cuando decide divorciarse, sigue con el apellido del ex-marido, a no ser que mueva papeles para cambiárselo-, sino que adoptó como nombre artístico, con el que ha, tras su fallecimiento en 2011, ha pasado a la leyenda del cine trash, y de la cultura pop pura y dura.


La historia de una "woman-made-herself"; oséase, a sí misma. La niña mestiza.

Aquí nuestra amiga, Satana fue todo un personaje, tanto a uno como al otro lado de las cámaras. En realidad, teniendo en cuenta que sólo fue protagonista -o co-protagonista- en tres películas, todas ellas del ámbito, digamos, alternativo -también tildado, como "serie Z", cine trash, minoritario, de bajo presupuesto y delirante guión, etc.-, no deja de ser curioso, y asombroso, que alguien con un bagaje cinematográfico tan escaso -ya no digamos si era buena o mala actriz; en este mundo, como en otros, el voluntarismo y la personalidad son casi tan importantes como el nivel interpretativo, por importante que este sea; y lo es- haya llegado a tener, al menos en sus natales Estados Unidos -aunque ella naciera en Japón- una fama, y una considerable cantidad de fans, muchos años después de que decidiera retirarse del cine de forma tan definitiva como nunca aclarada.
Tura, nació en Hokkaido, en el extremo norte de Japón, en 1938. Hija, a su vez, de un actor de teatro y vodevil, o humorista -lo que hiciera falta, con tal de mantener a la familia- medio japonés y medio filipino -es de suponer que el padre de aquel hombre, probablemente también actor itinerante, conociera a su esposa, y abuela de Tura, actuando en las Filipinas- y de una nativa norteamericana con algo de sangre escocesa-irlandesa. Después de -para un nipón-, contraer matrimonio con tan curiosa y exótica esposa, decidió instalarse con ella en Norteamérica, donde tuvo familia numerosa, entre ellos a Tura, y a la hermana pequeña de ésta, que como ella, hizo una pequeña fortuna en el mundo de los clubs de strippers.


Una mina para los ilustradores.

Como espía imposible, en "Astro-zombies".

Pero la niña Tura Luna Pascual Yamaguchi no tendría mucha suerte en la vida. Su familia vivía en un barrio obrero de clase baja de Chicago, poblado por la inmigración europea de la época: italianos, judíos y polacos. Pero al entrar Estados Unidos en la II Guerra Mundial, toda la familia fue a parar a un campo de concentración -no confundir con los de exterminio de los nazis; nada que ver en absoluto, aunque no dejaba de ser una medida racista, tampoco era comparable con el monstruoso racismo nazi-, donde se recluyó a toda la población nipona norteamericana. Después de salir de allá, se instalaron en el Manzanar, en California, el estado donde se encontraba el campo de concentración, donde empezó a estudiar en un colegio con mayoría de alumnado negro, y donde, a pesar de destacar en atletismo -la mejor del instituto-, eso no le impidió que sus compañeras negras la tomaran con ella por su condición de mestizo-asiática. Y como en su casa, más que comprensión, recibía también palos por llegar con la ropa hecha una pena cada dos por tres, acabó devolviendo golpe por golpe, y hacerse respetar -y hasta temer- por sus insoportables compañeras. Esto, sin embargo, no fue lo peor para ella. Cuando parecía que su vida escolar iba a ser algo más llevadera, sufrió la violación de una pandilla de salvajes, blancos, y al ser uno de ellos sobrino del policía encargado de investigar lo sucedido, no sólo éstos salieron libres de todo cargo, sino que, incluso, ella acabó en un internado de delincuentes menores de edad por, según la "justicia", incitarlos a cometer un delito que, de haberse ella comportado como una mujer decente, en ningún momento habrían ni pensado en cometer. Estamos hablando de una niña de diez años,  y sí, todavía hay tarados que hablan de "ella me incitó, me obligó, visten como guarras..." y un largo etc, pero es que, además, todo esto ocurrió a finales de los años 40 y, en aquella época, todo lo que vino luego, empezando por la lucha de la comunidad negra -y después de ellos, de otras muchas minorías, incluyendo muchos blancos liberales que antes poco se había hecho oír- no era más que política-ficción. En aquellos tiempos, por mucho que el cine o la literatura de la época apenas lo refleje, el racismo en Norteamérica era, realmente, algo terrible.
De aquella experiencia, Tura, que ya se sabía defender, sacó una experiencia en la vida de las que marcan. O  te sabes defender y plantar cara, o te aplastan. Y a ella, nada pudo aplastarla. Después de tres años, por lo menos, tuvo la suerte de que una jueza, apellidada Hess, creyera su historia, y decidiera no sólo ayudarla a salir de allá, sino también a pagarle clases de danza y canto. Cantar, lo que es cantar, no es que cantara mucho. Pero bailar... eso era otra historia. Y ahí va.


La reina del escenario.

Con quince años, Tura empieza a sacar partido a su belleza salvaje y exótica. Después de poner fin a un breve matrimonio pactado -de donde heredaría el apellido de "Satana", de las Filipinas- se hace primero un hueco, después un nombre, y finalmente una pequeña leyenda en el mundo de los clubs de strippers de Nueva Orleans, ciudad golfa como pocas, aprovechando en no pocas ocasiones sus orígenes exóticos -conocida como "La perla oriental", "La señoríta belleza de Japón", etc .

En su papel de stripper, donde, años después, también se haría un nombre su hermana pequeña.

Pasados pocos años, y con una pequeña fortuna -para alguien que siempre vivió en la pobreza, o casi-, y una fama de ninfómana de aúpa -rollito con un joven Elvis Presley incluido-, se retira, muy probablemente de forma temporal, por aquello de probar nuevas alternativas laborales, e intenta hacerse un sitio en el mundo del cine. Su primer papel será en un clásico de la comedia, "Irma la dulce" (1963), pero será muy pequeño, casi anecdótico: una compañera prostituta de la protagonista que, más o menos, pasaba por ahí, cuando no acababa en el furgón de la policía.

En su breve papel en "Irma la dulce".

Pero a veces, en la vida uno se encuentra oportunidades, y Tura encontró la suya con un personaje que ya es leyenda del cine alternativo-serie Z-trash, o como se quiera llamar: el emperador de las salas grindhouse, el señor del porno soft -las famosas nudies, más eróticas que pornográficas, llenas de peleas, humor zafio y vixens, o sea, tetas, muchas tetas, así como suenan; este hombre no era un poeta fílmico, sino más bien un calenturiento obrero del cine modesto; cada uno lo suyo-, el descubridor de actirces, o pseudo-actrices, de enormes pechos y posturas imposibles. Con ustedes, Russ Meyer, que por sí solo, ya merece entrada aparte. Ya veremos, tiempo al tiempo.
Meyer filmaría con ella, en 1966, la legendaria y delirante "Faster, Pussycat! Kill! Kill!" -¿traducción aproximada?: "¡Rápido, zorra! ¡Mata! ¡Mata!"-, con las ahora olvidadas -o desconocidas- Haji y Lori Williams, donde forman un trío de sádicas y excitadas guerreras de la carretera, que lo mismo torturan a una romántica pareja y secuestran a la chica -el lesbianismo, en aquella época, era tabú; y los tabúes siempre resultan más morbosos- como se enfrentan a ese otro elemento tan presente en el cine de terror, acción o misterio: la extraña, primitiva y salvaje familia que vive aislada del mundo, dedicándose mejor no saber a qué, y que resultan un oscuro peligro para cualquiera que tenga la mala idea de encontrarse con ellos. La música, los coches, la presentación -sobretodo, el trailer, donde Meyer hace, no apología de la violencia, como se podría pensar, sino dar cierta explicación o prólogo a la película que, sin duda, deseamos ver; y más, después de escucharle -"La violencia es inolvidable"- y de ver a las tres protagonistas bailando en un sucio tugurio, del que apenas sabemos, por estar ellas rodeadas de oscuridad, excepto cuando oímos ladrar a algunos de sus salidos clientes-admiradores-. Varla, la luchadora vestida de negro, la karateka -Tura era cinturón negro-, la reina de la carretera, la mujer sensual y sexualmente malvada, imposible de conquistar, indomable y misteriosa, quedará aquí como uno de esos personajes del cine de bajo presupuesto pero que, décadas después, al menos en el mundo anglosajón, sigue siendo recordado por mucha más gente de lo que podamos imaginar -y no sólo hombres, como equivocadamente se cree; Meyer fue capaz de atraer a multitud de mujeres jóvenes para ver sus películas, que no eran precisamente románticas. En eso, también fue rompedor.
Y para hacerse una idea, aquí, un enlace con uno de los trailers de la época:



El trío protagonista. La influencia en el "Death proof" de Tarantino salta a la vista, aunque aquí, las malas sobre ruedas son ellas.

La tigresa en acción.

Sin embargo, Satana no quiso encasillarse, dejando a Meyer -a pesar del enorme beneficio que su unión había conseguido, y que habría sido mayor, de seguir juntos; y a pesar también, de lo "comprensivo" que fue con una actriz que le exigía poder tener sexo todas las noches, aunque él prefería que sus actrices se mantuvieran lejos de la carne mientras rodaban, para que esa falta de desahogo se notara más en las escenas de acción. Por cierto, que todos los cámaras y técnicos se ofrecieron voluntarios para saciar a la leona oriental-. El cambio será para marchar con otro director, quizá todavía menos conocido, pero igualmente obsesionado con las mujeres: Ted V. Mikels. Con él, rodaría dos películas, después de un breve papel en "Our man Flint" -el Flint en cuestión, era una parodia exagerada y sin demasiada gracia del James Bond interpretado por el genial Sean Connery-. Una, sería "The Astro-zombies", de 1968. La otra, "The doll squad", en 1973, -más o menos, "El escuadrón de las muñecas".

El cartel de la película. La rubia de la imagen, aparece y desaparece sin sentido alguno.

No se trataba, en absoluto, de grandes producciones. La primera, los astro-zombies, no deja de ser una película de terror gore -no tanto, quizá, como se podría pensar, teniendo en cuenta la época, pero gore igualmente- con un psicópata que quiere conseguir un super-hombre a base de los pedazos de las víctimas inocentes que va matando aquí y allá. Historia delirante -la película es mala con ganas- donde Satana hace más o menos lo que puede, sabiendo que aquello tal vez sea divertido de ver, pero por lo malo que es, interpretando -o lo que sea- a la líder de un grupo de espías cubanos y rusos -o no; ella a veces tiene acento ruso, a veces caribeño, o español; está claro que el guión es lo de menos-, que con unos agentes federales norteamericanos, decide detener al doctor en cuestión, y su ayudante -una especie de moderno Igor-, con imágenes ta ridículas como una chica de origen desconocido -nadie sabe quién es, ni que hace allá- que aparece atada a lo que parece una mesa de operaciones. El doctor loco llama al ayudante, este la deja allí atada, viva y preguntándose qué demonios hace allá... y ya no se vuelve a saber más de ella, ni aparece en ningún momento. Estas pelis, realmente, son aún peores que las de Meyer, que al menos tenía gracia, imaginación, disfrutaba presentándonos personajes femeninos alternativos -y con grandes pechos, eso sí; el buen hombre estaba obsesionado con ello-. Pero Mikels, básicamente, hacía pelis de terror con lo que pillaba sin intentar, siquiera, que tuvieran un mínimo de ritmo -el filme es lentísimo-, gracia o sentido. En realidad, la gracia está en reírse de la película y su director, no con él.

Una secuencia de la bizarra y chapucera "Astro-zombies".

La segunda, tiene de original, al menos, el presentar un grupo de jóvenes agentes femeninas que luchan contra el mal, y que tienen como jefe a un individuo que nunca veremos en persona, y que se comunica con ellas por radio o teléfono. El parecido con "Los ángeles de Charlie" -aunque aquí sólo es un trío, y menos dado al tiroteo- es evidente, pero, en este caso, no fue la película mala la que copió, sino la que fue copiada.
No creo que valga mucho la pena extenderse en la historia, donde Satana tiene un papel secundario en un plantel, digamos, coral, pues son muchas sus compañeras, en general bastante torpes, empezando por su líder -sería evidente que hubiera sido ella, que al menos tenía mucho más carisma que el resto, aparte de enseñar más carne, sin que viniera muy a cuento-: otro tipo loco intenta extender la peste bubónica por el mundo, y Satana -Lavelle- y compañía intentan entrar en el cuartel general del zumbado en cuestión, eliminar a sus hombres, destruir las instalaciones, y poco más. Y aquí hay de todo: unas super-agentes que parecen bastante torpes, unos malvados más torpes todavía, un vodka que hace estallar a quién lo toma, explosiones de risa -sólo una es pirotecnia real, pero tomada la imagen tan de lejos, que ni se sabe qué es lo que salta por los aires-. Ideal para ver si no tienes nada mejor que ver, pero que no espere nadie una joya olvidada.


El cartel de la película "The doll squad". Probablemente, lo mejor del film.

Después de esto, Satana decide, nunca se supo realmente el por qué, retirarse del cine. Se habla de que trabajó de enfermera, telefonista, etc., mientras compartía su vida con su segundo marido, del que se divorciaría en el 2000. Su vida de persona anónima sólo sería interrumpida por algunas apariciones públicas, en actos, homenajes, salones y festivales de cine independiente, tan comunes en Estados Unidos, donde seguramente se sorprendería que, años después, todavía tanta gente la recordara, a pesar de haber tenido una filmografía tan limitada, por cantidad y calidad. Eso, y que hubiera gente de generaciones posteriores, demasiado jóvenes para haberla visto en las salas de cine -excepto en re-estrenos o reposiciones- en sus mejores tiempos.
Satana cambió mucho físicamente en sus últimos años -engordó muchísimo, perdiendo aquella figura de aguerrida pandillera, o de mujer hermosamente terrible-, no concedió extensas entrevistas, ni aclaró puntos poco claros de su biografía -incluyendo la extraña historia de un accidente de automóvil, donde, según ella, vio la imagen de un niño indio, como su madre, que le dio fuerzas para salvar a todos sus acompañantes-, y murió muy recientemente, en el pasado 2011. Y aunque ningún noticiario, ni de su país ni de ningún otro, lo destacara, en internet, y en revistas dedicadas a la cultura pop, no fueron pocos los que se hicieron eco de ello.

Con algunos de sus fieles seguidores.

Cabe preguntarse qué habría sido de esta mujer si hubiera nacido, pongamos el caso, unos treinta años más tarde. Sin duda, habría podido ser una de las musas de -fácil es, pensar en él-, por ejemplo, un Tarantino. Recordar que este, entre otras cosas, dignificador de la cultura popular, no sólo recuperaba viejas glorias, sino que también, lo mismo trabajaba con estrellas con ganas de algo nuevo, como descubría nuevos valores, o sacaba a la luz a geniales personajes que habían pasado injustamente desapercibidos.
Y quién dice Tarantino, otros muchos. Satana nunca ganó demasiado dinero en el cine. No es sólo que hiciera pocas películas, es que tampoco eran grandes producciones, ni sus directores eran famosos, más allá del circuito independiente, o del cine de derribo. Lo único que parece que no le agradaba era, hasta cierto punto, encasillarse haciendo siempre el mismo personaje. No habría sido extraño que hubiera pensado en trabajar, incluso, en otros países. Me la imagino, con bastantes años menos -murió con 72 años, que para los tiempos que corren, tampoco es tanto-, con un Alex de la Iglesia de los buenos tiempos, con Santiago Segura y Alex Angulo, por nombrar a dos entre muchos, haciendo cine de terror, acción, fantasía, humor negro, o lo que tercie.

Tera Patrick demostrando lo que llama la atención a Quentin Tarantino...
La actriz porno Tera Patrick, con quién Tarantino -quién, si no- tiene pensado realizar un remake de "Faster, Pussicat! Kill! Kill! -o eso se cuenta; Tarantino tiene más proyectos que tiempo para llevarlos a cabo-.

Tura Satana, transformada ya en icono pop.

domingo, 14 de octubre de 2012

Acquanetta, la exótica mujer-monstruo de la serie-B de los cuarenta.

La primera -que no la última- de esas damas del cine de bajo presupuesto de las que ya, por lo visto, no se acuerda nadie. O casi nadie, como se puede ver aquí.


Bien, en esta ocasión, no estoy muy por la labor en extenderme demasiado en un tema un poco sesudo, llamémoslo así. Por tanto, me monto aquí una entradita con una señora que he ido conociendo navegando por internet, y viendo en el YouTube, -supongo que ahora, con el Torrent, también me bajaré algo, pero no estoy muy por la labor; estoy un poco perezoso, con los programas nuevos-. Se trata de un curioso personaje femenino del cine de serie B de los años 40 y 50. En mente para una próxima entrada, una especie de outsider del cine alternativo -o directamente trash- de los 70. Con ustedes, Acquanetta (o Aquanetta, que también así se le conocía) la mujer de la selva, y en la próxima ocasión, Tura Satana, la salvaje de la carretera, antes de que el bueno de Mad Max tuviera que verse con una legión de ellos en su primera peli, allá en la lejana Australia.


La reina de la selva que fue la primera actriz nativa norteamericana de cierto renombre.

Acquanetta, nacida Burnu Acquanetta -o eso se supone, pues su "nombre blanco de cara a la sociedad" era Mildred Davenport- nunca dejó demasiado claro de donde venía. Realmente, es posible que, ante lo poco que quizá le explicaran de niña sobre su familia biológica, la dificultad para desenredar la madeja por sí misma, y la conveniencia -o el misterio que representaba- el que nadie supiera realmente quién o qué era, ni ella misma supiera realmente cual era su origen racial. Y eso, en los Estados Unidos de los años cuarenta y cincuenta -y sólo hablo de la época en que tuvo cierto renombre en el cine, no en su infancia o adolescencia- no dejaba de ser algo importante, y que se tenía, socialmente hablando, gran importancia. Una importancia excesiva, pero eran otros tiempos, y había lo que había. Lo que sí sabemos, es que olvidó pronto su "nombre blanco", proveniente de la segunda familia que la acogió -y que, al contrario que la primera, la adoptó y le dio su apellido-, llevando el supuestamente amerindio de Burnu Acquanetta, a pesar de que tan curioso apellido, más que indio, parezca italiano -y un tanto de opereta, o poco creíble, ciertamente-.
Nuestra heroína en cuestión, llegó a este mundo en el estado de Wyoming, que es como decir la Norteamérica más profunda, en el año 1921. Era este un territorio, en aquella época casi despoblado -lo sigue siendo, hoy en día-, sin ciudades, sin "alta cultura", como se dice a veces. Incluso, sin una vida cultural más "popular", pero suficiente para buscarse la vida. Ni tampoco donde estudiar carrera, o trabajar en otra cosa que no fuera, básicamente, la ganadería o la agricultura. Era, todavía en la actualidad, el auténtico lejano Oeste. No porque sea un territorio más violento, o más intolerante que otros, esto también habría que tenerlo en cuenta, pero sí, para el que tuviera ciertas ínfulas de artista, para quién soñara con llegar a ser famoso, fuera en cine, música, deporte, o bien en ciencia, empresa o desarrollando cualquier profesión considerada urbana, nacer allá era como hacerlo en medio de la nada más absoluta.
Acquanetta contó en alguna ocasión -o contaron los que creían conocerla- que ella era hija de una pareja de nativos arapahoes, si bien su padre, muy probablemente, tenía sangre inglesa -o más bien, angloamericana- y francesa. Esto era debido a que, realmente, la mezcla racial entre nativos y blancos -sobretodo, tramperos, aventureros, colonos que vivían casi aislados de la civilización occidental, trabajadores de ranchos donde abundaban los hombres pero donde apenas había mujeres-, eran algo más común de lo que la historiografía norteamericana nos ha llegado a contar. Si uno repasa la historia de muchos personajes del Oeste del siglo XIX -y no sólo hablo de atracadores o cuatreros, sino también de soldados, colonos, cazadores, etc-, la mezcla entre blancos -casi siempre hombres, pero no en todas las ocasiones- con mujeres indias, mexicanas o, incluso, negras o mulatas -aunque aquí raramente había matrimonio, ni relaciones demasiado largas-, eran mucho más comunes de lo que se podría pensar. Por tanto, muchos individuos, incluyendo una zona donde nativos y blancos cruzaban sus caminos muy a menudo, y no sólo en enfrentamientos armados -y menos, bien entrado ya el siglo XX-, tenían un origen étnico más mezclado de lo que se podría imaginar. La mayoría de los actuales nativos y esquimales de Estados Unidos -tal vez, unos dos tercios, o incluso más- son mestizos, tienen origen europeo, mexicano o, incluso, negro. Pero también millones de blancos -hasta seis, o más-, y negros -más de un millón- tienen algo de sangre amerindia autóctona, no latinoamericana. Pero eso es otra historia. Lo que si es cierto, es que, en aquella época, era normal que una nativa, si tenía la piel clara, hablaba inglés como lengua materna, y tenía una cultura y unos gustos occidentales, pasara por blanca o, al menos, por mestiza "blanqueada". La joven Acquanetta, que probablemente era nativa en sus 3/4 partes, fue adoptada de muy niña por una familia de artistas de origen europeo -después de otra familia de acogida, cuando ella contaba dos años de edad-, y heredó su apellido. Sobre otras historias que ella contaba, como que descendía de un hijo bastardo de un rey británico, no deja de ser, básicamente, leyenda, como resulta poco creíble -aunque no imposible- que tuviera orígenes africanos. Todo un misterio, en definitiva.

Una foto con su ¿segundo? marido, el pintor e ilustrador Henry Cline.

Por saber, ni tan siquiera se sabe realmente si nació en la ciudad de Cheyenne -de ahí, posiblemente, que se supusiera que pertenecía a dicha tribu india- o en ozono, también en el mismo estado.
Lo que si es cierto, es que a los quince años decidió volar sola, y tras estudiar en una escuela de Pennsylvania, en la otra punta del país -en una escuela de población negra, pero eso se pudo deber, simplemente, a que ella fuera considerada "de color", y eso incluyera no sólo la raza negra, sino también la muy minoritaria, allá, amerindia-, marchó a Nueva York, meta de los que ambicionaban triunfar en el mundo del espectáculo, y trabajó de modelo para, en 1942, con veintiún años, pasar a formar parte de la nómina de los estudios de la Universal. De esta época de su vida, poco se sabe. Modelo, significaba trabajar lo mismo para fotógrafos, como modelo de desfiles -en aquella época, más bien, para tiendas o talleres de costura que necesitaba modelos de carne y hueso, no simples maniquís, de ahí que a veces recibieras dichas jóvenes ese apodo- o para artistas. Ella también reconoció sin ambajes, por no considerarlo algo malo, que trabajó como "chica de compañía". Lo que no significa, en absoluto, que ejerciera de prostituta. La mayoría de estas "buenas compañías", básicamente acompañaban a hombres de status alto o medio-alto a fiestas, cenas, etc. Y se pagaba muy bien. Que luego, cada una intentara sacarse un extra, era harina de otro costal. Acquanetta dijo claro que no lo hizo porque, realmente, no le hacía falta. Con ese trabajo, y de modelo, se sacaba más que muchas jóvenes oficinistas u obreras, y mucho más que lo que habría ganado, con cualquier trabajo, en el todavía exótico y duro Oeste.
Un agente de prensa de los estudios inventó para ella -o fue ella misma, quién le animó a hacerlo- la historia de que era venezolana. O sea, latina, como si existiera la raza latina propiamente dicha. Es posible que eso significara tener unos orígenes, básicamente, españoles, aunque, siendo de América del Sur, el origen mestizo se sobreentendía -como si no hubiera allá población que, más o menos claramente, fuera blanca, negra o amerindia-. Pero, claro está, eso molestó a las actrices autenticamente latinas -como Carmen Miranda-, que no acababan de entender -más que enfado, se podría decir que sintieron extrañeza- el por qué una joven nacida en Estados Unidos, protestante y que sólo hablaba inglés, se sacaba de la manga el haber nacido en un país hispano, a pesar de no ser capaz de decir ni palabra en español.
Esto último, por cierto, no fue siempre así. Cuando ya había hecho las dos películas en que hacía de mujer-simio, viajó a México, e intentó, infructuosamente, romper con los estudios de la Universal, para así poder relanzar su carrera al sur del río Grande, y si podía ser, desde allá, marchar a Europa.

Una imagen suya en "Tarzán y la mujer-leopardo".

En 1942 hizo prácticamente de extra -no salía ni en los títulos, y apenas hablaba- en "Las mil y una noches"   -donde, más por mala suerte que otra cosa, no consiguió el papel principal, que ya tenía en su mano María Montez, quedando finalmente como personaje más que secundario, en el harén del sultán-, a partir de la obra clásica de la literatura árabe -versión libre hollywoodiense-, para al año siguiente, tener un pequeño papel en "Ritmo de las islas". Pero fue en ese mismo 1943 cuando sería la auténtica protagonista de uno de sus éxitos: "Captive wild woman"; "La mujer salvaje cautiva".
La historia de la película tiene miga: el doctor Walter -John Carradine, uno de los muchos miembros de dicha saga de actores-, profesor loco peligroso y solitario -parece mentira, la de experimentos que esos tipos eran capaces de realizar en un cuartucho de su casa transformado en laboratorio- desea crear una raza de super-hombres. Para ello, decide comprar un simio hembra, y, como si tal cosa, utiliza tejidos -¿células? ¿genes?; tal vez sería adelantarse un poco a los tiempos- de una joven, Dorothy Colman, a la que su hermana ha llevado a la consulta de dicho doctor -porque también es médico, para ganarse la vida, y la pasta para sus experimentos- para inyectarlos -con jeringuilla, como si nada- a la bestia. Así, consigue que el simio se transforme en una joven exótica, muda y sin memoria; aparentemente, humana por fuera, pero bestia por dentro. Pero como el profesor piensa que esa "nueva mujer" necesita cerebro humano, no tiene problemas en asesinar a su enfermera para utilizar el suyo. Así, le pone el nombre de Paula Dupree, que es por el que será conocida. Tras varias vicisitudes -sólo he visto a medias la peli, así que tampoco es cuestión de contarla entera-, llega a un circo, donde salva de una fiera al domador, del que se enamora -al fin y al cabo, a pesar de su origen animal, no deja de ser una mujer-, pero al conocer a la novia de éste, que resulta ser la Dorothy de marras de la que heredó su parte humana -aunque, físicamente, no es que se parezcan demasiado-, intentará matarla, pues, de la rabia, cual Ms. Hyde femenina, se vuelve a transformar en simio, para matar por accidente a otra mujer que se encontraba en mal momento en el apartamento de la joven.
En pocas palabras más, y para acabar con un "happy-end", el domador y su novia siguen bien felices, el profesor loco que jugaba a ser Dios -imperdonable en tan cristiano país como en norteamericano- acaba pagando como se merece, y la mujer-simio/Paula Dupree, muriendo para defender a su inalcanzable objeto del deseo -el domador de marras, que se luce enfrentándose, él solo, a una horda de felinos con muy malas pulgas-. Pero realmente, ¿ha muerto la mujer salvaje?


El cartel de "La mujer salvaje cautiva", uno de los éxitos de Acquanetta.


La simio, transformada ya en mujer misteriosa, sin pasado ni memoria.

Después de "La mujer...", en 1944, Acquanetta realizó una segunda parte -las secuelas, en aquella época, no eran tan comunes, pero tampoco una auténtica rareza; realmente, la intención de la productora era hacer una trilogía con un nuevo "personaje-monstruo", que haría compañía a Drácula, la Momia y compañía-: "Jungle woman" -"La mujer de la jungla"-, y como no podía ser menos, volvía a interpretar su papel de mujer-simio/Paula Dupree. Aunque de selva, más bien poca, pues la historia transcurre en la Norteamérica de la época. Aquí aparece otro profesor, aunque éste, ni está tan loco como el de la película anterior, ni es realmente malvado -tal vez, tampoco el creador de Paula, según se mire-. Como era de suponer, la mujer-simio no muere en "La mujer...", sino que el protagonista real de la película, el doctor Fletcher -al principio de la película, podemos verlo acusado de un supuesto homicidio, el de Paula-, se la lleva a un sanatorio, donde descubrirá el increíble hecho de que el extraño simio se ha transformado en una mujer. Ésta revivirá, podrá hablar y razonar de una forma mucho más "humana" que en la película anterior -donde ni tan siquiera habla, lo que hizo que muchos críticos la atacaran, argumentando que no era ni tan siquiera una auténtica actriz, porque ni de hablar era capaz-, y que, en principio, no parece dar problemas, hasta que se enamora de Bob, el novio de la hija del doctor. Y como pasó con el domador, a Paula se le despierta la líbido de una forma bien salvaje -el simio, en el cine o la literatura pulp de la época, era la representación de la parte más primitiva y animal del ser humano; en el caso de la mujer, de sus instintos sexuales-, no piensa más que en hacerse con él, y de quitarse de enmedio a la novia, el futuro suegro, y quien haga falta, transformada temporalmente, de nuevo, en simio. Resumiendo, nuestra pobre amiga, obsesionada y fuera de control, acaba muerta. Pero el doctor Fletcher es acusado de haberla asesinado, a saber por qué oscuras razones     -celos y demás; o simplemente, por ser un psicópata-, hasta que, en una visita a la morgue, descubrirán a Paula en semi-transformación: con parte del cuerpo de mujer, y parte de mono, demostrando que la increíble historia del doctor no era invención, lo que significa que se le declare inocente del supuesto crimen.
Ese mismo año, participaría, aunque en un papel  secundario -pero importante, pues es la ayudante que deja ciego al protagonista- en el thriller "Los ojos del hombre muerto", protagonizada por Lon Chaney -un artista que se había quedado ciego por culpa de los celos de un ayudante, y que había conseguido la promesa de futuro suegro de que éste le pagaría una cara operación para recuperar la vista... cuando muriera; y al poco, el rico, pero un tanto puñetero millonario, es asesinado en extrañas circunstancias, lo que hace que el protagonista sea sospechoso de haber perpetrado el crimen-.


El cartel promocional de "La mujer de la jungla".


Es en este momento que empieza, a pesar de que le esperaba participar en una de las más interesantes, y menos conocidas, películas de la saga de Tarzán, cuando llega al principio del fin de su, lamentablemente, corta carrera artística. La Universal quería realizar, como ya se ha dicho, una trilogía de su nuevo monstruo, la mujer-simio, pero a falta de guiones, decidieron que fuera protagonista de una película de terror con temática y personaje principal distinto: Acquanetta sería algo así como la versión femenina y americana de la Momia. Sólo que aquí, no habría vendas que valgan. Nuestra carismática amiga sería Ananka, la princesa maya que, después de tres milenios de sueño, resucitaría para encontrarse -casualidades de la vida- a un arqueólogo -norteamericano, evidentemente- de quién se enamoraría. Pero a principios del rodaje, tendría un extraño accidente que nunca quedaría claro, y que hizo que fuera sustituida por Ramsay Ames. Ella dijo que fue un error -o un acto de mala fe- de trabajadores no sindicados -y por tanto, explotados, y con ganas de protestar o de realizar cualquier acto que fastidiara a la todopoderosa productora- que cambiaron las rocas de cartón-piedra por otras de verdad, y que, al tropezar, se dio de cabeza con una de ellas, lo que significó ser trasladada a un hospital, sufrir una conmoción breve que duró más de lo debido -o eso le dijeron- y, finalmente, su sustitución y casi olvido por la Universal. El director, en cambio, simplemente dijo que la culpa fue suya, porque era demasiado torpe, o no tenía la cabeza en lo que estaba haciendo. En resumidas cuentas: falta de profesionalidad. Es la crítica que siempre le hicieron: mala actriz, que en su primera película de monstruo no hablaba porque era incapaz de hacerse entender, que no tenía estudios o conocimientos teóricos de interpretación... y eso, a la larga, hicieron que se le olvidara, pero que, al tiempo, su productora se lo pusiera extremadamente difícil para trabajar para otras, fuera en Estados Unidos o, como ella intentó después, en México o Europa.

Acquanetta mientras rodaba "El fantasma de la momia", en 1944.

A partir de ahí, poco más hizo Acquanetta, excepto un papel importante, como antagonista de Tarzán -el clásico, Weissmuller, aunque ésta no es una de sus películas más conocidas, y raramente se le ha visto en televisión-: "Tarzán y la mujer leopardo", de 1946. Aquí, la actriz es la mujer-leopardo -otra vez, una mujer fiera como una bestia salvaje, tan salvaje como su atractivo, y más, para la época-, una especie de hechicera, y líder de los hombres-leopardo, que eliminan a los occidentales que tienen la mala costumbre de meterse donde no les llaman, en la zona alrededor del río Zambeze -más o menos entre Mozambique, Zambia y Malawi, aunque sin precisar nunca; el nombre era lo de menos, mientras sonara africano-. El bueno de Tarzán, para salvar a Jane, también acaba por allá, y no tarda en caer en las garras -nunca mejor dicho- de tan felina mujer, que, para ser supuestamente africana, no lo parece tanto, aunque nunca queda muy claro ni de donde viene ella, ni su gente.
Poco más a añadir -al contrario que las otras dos, de esta película no he podido ver todavía nada-, excepto que a Tarzán, por esta vez, su enemiga le acaba robando no poco protagonismo.
Y después, casi nada. Hasta 1951, ya no realizó ningún film, y, en ningún caso, como protagonista o co-protagonista. En ese año participó en tres películas: "El continente perdido", con César Romero -un film sobre dinosaurios, adaptación no reconocida del "Mundo Perdido" de Conan Doyle, pero en pobre, y rodado en 11 días, donde hace, como no, de nativa (aparentando menos edad de la que tenía en ese momento; ya contaba con 30 años); una nueva versión del "Conde de Montecristo" -también secundaria, aunque con un papel con más empaque-; y la comedia, ya olvidada, Callaway went to Thataway, donde también hacía de chica nativa -en este caso, amerindia; la única vez en que ella, que se le presentaba como venezolana y latina, hacía de sí misma, de norteamericana nativa-. Este último papel fue tan insignificante, que ni tan siquiera salía en los títulos de crédito. Lo mismo le sucedió en un papel todavía más corto en una película del 53, sobre la guerra de Corea.
Hasta 1990, donde participaría en una película sobre el legendario personaje real de Grizzly Adams, uno de esos auténticos "hombres salvajes" que vivían en las grandes llanuras y en las Montañas Rocosas del siglo XIX, como cazadores y tramperos, a veces enfrentados a los indios, en no pocas ocasiones amigos suyos, casi siempre respetándose unos a otros, y en no pocas ocasiones emparejándose y teniendo hijos con mujeres nativas, no se le volvió a ver en la gran pantalla. En este caso, sí que pudo tener un papel de india mucho más realista, del que se pudiera sentir realmente orgullosa. Pero ya no vino nada más.


El cartel de "Tarzán y la mujer-leopardo".

Sin embargo, eso no significa que Acquanetta se quedara quieta. Se casó tres veces, o eso contaba ella. La primera, supuestamente, en los años 40 -nunca se supo exactamente cuando, si así fue-, con el millonario mexicano Luciano Baschuc, que siempre argumentó que tal boda nunca tuvo lugar -Acquanetta hasta lo llevó a juicio, pero lo perdió-. De este matrimonio, o relación, nació un hijo, Sergio, que murió en 1952 a los cinco años de edad. El segundo, fue con el pintor e ilustrador Henry Cline. Fue su sexta esposa, contando él 71 años y ella 26. Ella había sido su modelo en varias ocasiones, y después de trasladarse a México, se casaron en 1951, y divorciándose al año siguiente. A pesar de lo corto de la duración, Cline siempre dijo que ninguna mujer le había marcado como ella.
El tercero, con el que convivió durante casi 30 años -del 53 al 1980, cuando finalmente se divorciaron, con esa facilidad con la que se divorcian, igual que se casan, tantos norteamericanos, fue Jack Ross. Éste no era millonario, ni conocido. Se conocieron cuando Acquanetta era locutora de radio, en la emisora KPOL de Los Ángeles -un programa musical, pero también deportivo y noticiario-, y, al poco, se casaron y se mudaron a la pequeña ciudad de Mesa, en la vecina Arizona. Allá regentarían durante años un negocio de venta de coches, y la pareja empezó a hacer anuncios publicitarios en la emisora de televisión local. Pero Acquanetta era demasiado buena -o inconformista- para hacer simples anuncios, así que empezó a hacer entrevistas, hablar de cine, televisión, noticias de la ciudad y el estado... y así, durante diez años, cinco días a la semana. La publicidad, finalmente, no fue más que unos pocos minutos en un programa que duraba, normalmente, una hora y media. No poca gente empezó a conocerla, realmente, gracias a la televisión, y los que la conocieron en persona, siempre dijeron que era muy sencilla y amable, y que nunca se avergonzó de su nuevo trabajo, más bien al contrario. "Algo tendré que hacer, para mantener a nuestros hijos", les decía, pues Ross y ella tuvieron cuatro.

Acquanetta en sus tiempos más gloriosos, como sex-simbol exótica -y venezolana "de pega".

Además, escribió un libro de poesía, "El silencio audible", además de la participación, como se ha dicho antes, en el telefilme sobre la leyenda de Grizzly Adams, más por gusto que por dinero.
Finalmente, murió en el 2004, a los 83 años, y después de haber sufrido durante años el mal de Alzheimer, aunque su muerte pasó casi desapercibida, pues hacía ya mucho que había sido olvidada por muchos, o bien, nunca llegó a ser bien conocida, al ser su fama bastante efímera, y en una época tan lejana como los años cuarenta. Mucha gente, hoy en día, casi no recuerda cuando el cine era en blanco y negro, y los efectos especiales no se podían realizar con ayuda de la informática, porque ni ordenadores -experimentales e inmensos- había todavía. Pero al menos, hoy en día contamos con internet. Y allá, se puede encontrar casi de todo.

En este caso, no he puesto ningún enlace. No se tratan, las suyas, de cortometrajes, pero tampoco de películas extremadamente largas. Las dos donde encarna a la mujer-simio, apenas son de una hora, y el resto de hora y media. Que yo sepa, nunca se tradujeron las dos primeras al español, ni tampoco logré encontrarlas subtituladas al castellano, sólo al inglés. Así, si uno no es capaz de comprender el inglés hablado, como es mi caso -lo aprendí por mi cuenta-, sí podría, al menos, leer los subtitulos.

Y ahora la pregunta: ¿Y PARA CUÁNDO TURA SATANA? Bien, cuando uno se alarga -porque, en principio, iban las dos en pack-, pasa lo que pasa. Tura Satana, en el próximo capítulo de "olvidadas del cine comercial" . En la próxima entrada, la segunda parte del cine francés de CF.