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jueves, 18 de enero de 2018

John Austen, el otro gran ilustrador del esteticismo británico, y aventajado sucesor de Aubrey Beardsley.

Se reconozca -o se sepa- o no, pocos ilustradores de principios del siglo XX han influido tanto como él.


Figura clave y principal de la ilustración en el esteticismo británico.

Hace poco escribí sobre un artista británico del que había visto -y vuelto a ver- no pocas obras suyas, pero cuyo nombre no conocía -o, tras leerlo, volvía a olvidarlo-. Se trataba de Aubrey Beardsley, que fue, a pesar de haber vivido sólo veinticinco años, un ilustrador fuera de lo común, que le dio la vuelta a lo que en aquel momento se consideraba debía ser un buen ilustrador -algo más que un simple dibujante- victoriano. Realmente, Beardsley vivió como adulto los últimos años de aquella larguísima época, aunque, finalmente, la vieja Victoria acabó sobreviviéndole. Fue un escándalo, por su estilo, su temática, su carácter, sus amistades... y resultaba difícil, y habría sido una lástima, que toda aquella renovación hubiera caído en saco roto.

John Austen Autorretrato 1930
Un autorretrato de 1930, cuando hacía años que había conseguido la fama, en un estilo moderno, que había dejado atrás el modernismo, en aquella época considerado ya pasado de moda.

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Portada y varias ilustraciones de su "Hamlet", una de sus obras más conocidas. Fue su segundo libro ilustrado -el primero fue "El pequeño simio", de Ralph Holbrook Keen, en 1921-, pero suficiente para saltar a la fama.

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Portada de "Little Ape", su primer trabajo. Ya prometía.

Pero no fue así. Beardsley fue el primero de la ilustración del llamado esteticismo, que no dejaba de ser, realmente, lo que el resto de europeos -franceses, italianos, españoles, belgas...- llamaban decadentismo, una corriente artística básicamente literaria, pero que también tuvo, por decirlo así, una rama en las artes plásticas. En el continente, esta rama no fue lo más importante de la corriente, en absoluto, pero en las Islas Británicas tuvo mucho más eco entre los usuarios de pinceles, lápices, plumas y grabados. Beardsley fue quizá el primero en destacar, pero al poco, tuvo un seguidor que, al haber podido disfrutar de una vida más larga, y en épocas donde las vanguardias tuvieron mucho más eco, ha acabado siendo más conocido, sino por su propio nombre -algo no tan raro, por lo demás-, sí por su obra. Su influencia, en pintores, ilustradores, en el cine y televisión, e incluso en autores de cómic, ha sido grande. Yo diría, mucho mayor de lo que los mismos "influidos" quieran, o incluso sean capaces, de reconocer -en el cómic en particular, me parece haber visto esa influencia sobretodo en autores franceses y belgas, y europeos en general-.
Ese seguidor fue John Archibald Austen. Nacido en la ciudad costera de Dover, en el condado de Kent -que sería la Inglaterra más inglesa- en 1886, su trabajo consistió, básicamente -aunque no hay que pensar que fue poco- en ilustrar portadas e imágenes interiores de libros. No es que en aquella época la pintura estuviera perdiendo su espacio en el arte en sentido amplio, pero la ilustración empezaba a ocupar uno bastante mayor del que tuvo antes. Austen nació unos catorce años después de Beardsley, lo que significó que, cuando llegó a la edad adulta, aún siendo aún muy joven, su antecesor -por decirlo así- ya había fallecido, aunque no su legado.
Llegado a Londres con su familia en 1906, y tras casarse en 1919 con la que sería su esposa y musa, Ruby Thomson -que sería modelo para no algunas de sus ilustraciones, aunque él nunca dejó claro en cuales de ellas-, empezó su carrera ese mismo año. Y desde un primer momento, fue ese primer esteticismo beardsleyano del que antes se ha hablado el que le influyó -una de sus primeras obras fue un "Hamlet" que le hizo un hueco entre los jóvenes artistas que empezaban a destacar de entre la media-, aunque, bastante después -años veinte-, cuando el decadentismo-esteticismo empezó a disolverse, a perder fuerza, recibió con agrado la influencia de la vanguardia artística más importante de aquella época a nivel mundial, y mucho más variada, influyente, y todavía viva, de lo que podría pensarse hoy en día: el modernismo, o art decó. Como modernista, ilustró "Daphnis y Chloe" y "As you like it" -que podría traducirse como "Como quieras", o "Como gustes". Entre su obra de los años veinte, destacaría los "Cuentos de tiempos pasados -o de antaño-", en color, y basado en os cuentos de Charles Perrault.

John Austen Tales of Past Times 2 1922

John Austen Cuentos de tiempos pasados ​​3 1922

John Austen Cuentos de tiempos pasados ​​4 1922

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Varias escenas de los "Cuentos de antaño, o de tiempos pasados", recopilatorio de relatos de Charles Perrault.

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"Scheherazade" -tal como llaman a Sherezade en inglés-, con todo lo que interesaba al amante del arte vanguardista de los años veinte del pasado siglo: orientalismo, violencia, sensualidad, exotismo...

Pero Austen no sólo cambió de estilo con el tiempo -y si así lo requería la obra en la que trabajaba-, sino también de técnica, aunque el practicar una nueva no significó abandonar las anteriores. Practicó el grabado en madera, y lo que los británicos llaman scraperboard -y otros, sobretodo norteamericanos, pero también los que han aceptado un anglicismo como definición- scratchboard, consistente en un tipo de grabado directo, en que el artista rasca la tinta oscura para sacar a la luz otra capa, blanca o de otro color.
Como modernista, no sólo fue ilustrador, sino cartelista, pues creó cartees, anuncios y diseños de dustwrapper, que podría traducirse como "envoltura de, o para, el polvo", pero que sería lo que llamamos sobrecubierta. En resumidas cuentas, trabajó sobre, dentro y alrededor de los libros, y más allá.
Fue amigo del también ilustrador inglés Alan Odle -todavía más rupturista que Beardsley, y desde luego, de Austen-, y de su esposa, la novelista y periodista Dorothy Richardson, que escribió una obra con Austen como protagonista: "John Austen y los inseparables" (1930).
Fallecería en 1948, en la pequeña población costera de Hythe, en su condado natal de Kent, donde vivía desde mediados de los años veinte, cansado ya de la vida en la gran capital.

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Varias imágenes de su "Daphnis y Chloe" (1931), con un estilo bien distinto a otros trabajos anteriores. Austen no dudó en adaptarse a nuevos estilos y corrientes artísticas, o a cambiarlos según cada obra con la que trabajaba. La mitología greco-latina es una mina para los ilustradores.

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"Cada hombre, y otras plegarias" (1925), es un ejemplo de que también trabajó la temática religiosa cristiana. A su estilo, o en uno de ellos.

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Y por último, la Ofelia de "Hamlet", tan tratada por tantos artistas -sobretodo sus compatriotas prerrafaelitas, aunque el personaje parece ser eterno en el arte británico-. La he dejado la última, como remate de la lista de ilustraciones del que considero un auténtico genio, con una obra tan tremendamente actual.


jueves, 4 de enero de 2018

Aubrey Beardsley: corta vida, dar mucho que hablar, y una obra que nos parece insuficiente.

Es habitual que, cuando alguien especial se marcha muy pronto, siempre se piense qué podría haber hecho de haber tenido una vida más larga.


Enfant terrible, niño prodigio, gran ilustrador de los últimos años de la Era Victoriana.


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Resultado de imagen de aubrey beardsleyCuando me dio por escribir, en mi escaso tiempo libre, una entrada para despedir el año, incluí una ilustración del británico Aubrey Beardsley. Lo conocía -o más bien, conocía su obra- porque había visto no pocas ilustraciones suyas en webs o páginas de facebook, pero, aunque pensé en indagar más sobre la vida y obra de aquel inglés para mí desconocido, y de apellido tan difícilmente pronunciable, nunca pasé de allí. Hasta que decidí, por fin, saber quién fue este hombre, que falleció tan joven, con tan sólo veinticinco años, cuando se había hecho ya un nombre como artista y polemista, con un número considerable de seguidores, pero también de acerbos críticos, que no lle perdonaban sus burlas y desprecios a la hipocresía y el conservadurismo de una época, la Victoriana, que ya estaba llegando a su fin -realmente, acabó sólo dos años después de la muerte de Beardsley-. Pero quizá, sería mejor comenzar por el principio, y hablar de forma un tanto más ordenada sobre este hombre, tan victoriano, quizá, precisamente, por la forma que tenía de reírse, de fastidiar, también de ganar la atención, de su época y sus contemporáneos.
Aubrey Vincent Bearsley nació en la ciudad de Brighton, en la costa y extremo sur de Inglaterra, en 1872, aunque se estableció en Londres, junto a su familia, en 1883. y un año después, ofreció, junto a su hermana Mabel, un año mayor que él, varios conciertos que hicieron que se le considerara "fenómeno musical infantil". Su familia podría considerarse de clase media, aunque con ciertas estrecheces, y si pudo estudiar arte, fue -como tantos otros en su época- gracias a la herencia de uno de sus abuelos. 
De todas formas, Beardsley, por consejo, o más bien deseo de sus padres, que nunca andaron sobrados de dinero, y tras estudiar en la grammar school -más o menos, unos estudios medios o bachillerato- se dedicó a buscar un trabajo administrativo, en el despacho de un abogado. Lo que se decía, "un empleo seguro y respetable", típico de la clase media -o media-baja- urbana de la época. Respecto a la falta de dinero, una de las razones fue que, por lo visto, su padre, Vincent, tuvo que vender algunas propiedades para pagar lo que llamaríamos una indemnización a una mujer que fue su prometida antes de conocer a su esposa, y a la que había prometido matrimonio. Por lo que se ve, los victorianos, por muco que escribieran y leyeran sobre amor, a la hora de la verdad, acababan en no pocas ocasiones poniendo el dinero y los contratos matrimoniales por encima de los amoríos. Tras sus trabajaos de papeleos con el arquitecto, "ascendería" laboralmente al pasar a trabajar a una compañía de seguros. Y aparentemente, allá podría haberse quedado indefinidamente. Por suerte, finalmente no fue así.

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"Cómo sir Tristan bebió el brebaje del amor", es una de las ilustraciones que realizó para "Le mort d'Arthur", de Thomas Malory, su primer trabajo de importancia.

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También en la obra de Malory, la particular visión que tenía del mago -o druida- Merlín.

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"Excalibur en el lago", con un marco de adornos florales a lo William Morris.

Beardsley comenzó muy joven su carrera -normal, teniendo en cuenta que murió también muy joven-. Aunque también fue pintor, es como ilustrador cómo ganó justa fama. En 1891, y por consejo de Edward Burne Jones, uno de los padres del prerrafaelismo -y del que recibió cierta influencia, por lo menos, en su obra más temprana- y del simbolista francés Pierre Puvis de Chavannes, decidió aparcar el trabajo administrativo por el arte, entrando en 1892 en la Escuela de Arte de Westminster, donde tuvo como maestro al artista realista Fred Brown.
Sin embargo, el grueso de su obra se alejó de un prerrafaelismo -y un realismo, un neoclasicismo- que ya no tenía mucho de revolucionario, y se había transformado en el arte pictórico británico por antonomasia. Él formó parte del movimiento simbolista -más pictórico que del ámbito de la ilustración, pero también influyó en esta-, y desde un punto de vista tanto artístico como intelectual o espiritual, del esteticismo, que era algo así como la versión británica del decadentismo, con todo lo de radical -para la época-, grotesco -según algunos de sus seguidores- y contestatario, pero también innovador y renovador, que arrastraba dicha corriente artística.

The Black Cat (c1894)
Una ilustración para el relato "El gato negro", de Edgar Allan Poe (1894)

Death of Pierrot - The Savoy (1896)
"La muerte de Pierrot", publicado en la revista " The Savoy", inspirado en la Ópera Bufa italiana, que en sus tiempos -las postrimerías del XIX- era casi arqueología teatro-musical -la última ópera bufa reconocible, "Don Pasquale", data de los años 40 del mismo siglo, y se escribió unas tres décadas después de su desaparición-.

Venus at her Toilette (1896)
"El baño de Venus" es una ilustración del relato erótico inacabado "Under the Hill" (1896), del propio Beardsley, que publicó -obra e ilustraciones- en "The Savoy".

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Una ilustración más dedicada a Venus, la Afrodita griega. Mitología y literatura, los temas preferidos de Beardsley.

Uno de sus primeros trabajos -entre los muchos que realizó, tanto para revistas, como para ilustrar libros- fue para una edición de lujo de la obra del legendario Thomas Malory -el "padre" del ciclo Artúrico ordenado y literario-, "Le Morte d'Arthur" (1893). Fue su primer encargo de importancia, el que le podía abrir -y le abrió- las puertas a una vida como artista, o en caso de no salir bien, hacerle pensar si no salía más a cuenta volver a los despachos. Aquí, se nota la influencia de Burne-Jones, que al igual que su maestro -mayor que él en edad, y que le influyó a su vez- Dante G. Rossetti, que fueron, muy probablemente, los prerrafaelitas con un estilo más particular, más rupturista y menos clásico.
Más tarde fue editor de revistas, como "The yellow book" ("El libro amarillo"), para la que produjo no pocas ilustraciones, o "The Savoy" -donde pudo publicar algunas poesías y relatos cortos, incluyendo, uno erótico, inacabado-. Al tiempo, conoció a una de las grandes figuras literarias, y sociales, de la época: Oscar Wilde, con el que trabó una profunda amistad. Por él, y para él -y para seguir ganándose la vida, evidentemente, aunque Beardsley nunca se obsesionó con el dinero- ilustró su "Salomé", obra de teatro de Wilde, escrita originalmente en francés en 1893 -aunque no se estreno en París hasta tres años después-, traducida al inglés al año siguiente para ser representada ante el público, pero también para ser publicada -todo lo de Wilde, en aquellos tiempos, se publicaba-. Sin duda, aquella Salomé, brutal, gótica -no en el sentido arquitectónico medieval, sino ateniéndose al movimiento o sub-cultura gótica actual-, sensual y terrible, fue alabada, pero sobretodo, criticada y despreciada en una sociedad tan pacata y puritana como la Victoriana -mucho más de lo que hoy en día mucha gente piensa-, donde el placer sexual estaba mal visto entre los hombres -excepto con prostitutas-, y aún más entre las mujeres -en su caso, siempre, siempre...-.Aubrey sin duda se debió dar cuenta de ello antes incluso que la obra de su amigo saliera publicada en Inglaterra -también se publicó en Francia, en su lengua original, pero allá el público parecía estar más preparado para aquella ruptura-. Luego vendría más.
Su "Isolda" aparece vestida como una dama del XVIII más que como una joven de una Edad Media imaginaria, su "Lisístrata" de Aristófanes es un ejemplo de lo que representaba en la ilustración el simbolismo decadentista, y lo que sería el modernismo más rupturista -el de la Escuela de Viena, posterior al franco-belga-, su obra "Un libro de cincuenta dibujos de Aubrey Beardsley" fue un recopilatorio de su arte, con aportaciones inéditas, y en sus últimas obras, se ven figuras más recargadas, más rococó. Pero, en líneas generales, se puede resumir en pocas palabras: casi todas sus ilustraciones, de figuras estilizadas, son realizadas con tinta negra, con grandes espacios, bien en negro, bien en blanco. La influencia de la ilustración japonesa es incuestionable, y no debería extrañar, pues poco antes, el arte del país asiático había llegado a Europa, sobretodo a Francia, donde se puso de moda -el llamado "japonismo", que no sólo fue coleccionismo o interés por Japón, sino influencia en pintores, ilustradores, escultores, y hasta en diseñadores de vestuario-. Sus escenas entremezclan lo tremebundo o brutal -decapitaciones, demonios- con sensualidad y erotismo, pero sin caer en la pornografía. En realidad, tras su muerte, o incluso antes de ello, ya circulaban supuestas obras suyas, con un erotismo más fuerte, casi pornográfico, que en realidad fueron falsificaciones, pero el nombre de Beardsley vendía mucho, y así lo entendieron otros. En Estados Unidos hubo un artista, entre admirador e imitador, que además se apellidaba igual que él -Will Beardsley-, y en ocasiones se llegaron a confundir obras de uno y otro.

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Su particular visión de "Isolda".

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Dos de las ilustraciones para la "Salomé" de su amigo Wilde.

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Y una tercera, de Salomé con Juan el Bautista.

Su vida cerca de Wilde lo hizo famoso, fue un personaje que llamaba la atención por su elegancia, pero también por el aspecto de "nuevo dandy", a lo Wilde, que lucía, con sus trajes, sombreros, corbatas, guantes amarillos, bastón, zapatos de charol... llamaba la atención, incluso a los que no conocían su obra -lo que no impedía que la criticaran, o la ensalzaran, según el momento-. Por lo demás, de su vida privada se sabe más bien poco, por no decir casi nada. Se supuso que era homosexual, o al menos abiertamente bisexual, como Wilde, e incluso se llegó a insinuar una relación amistosa con su hermana, que habría quedado embarazada de Aubrey, para más tarde tener un aborto espontaneo, pero conjeturas aparte, es probable que fuera una persona asexuada, que no sintiera un auténtico deseo sexual, carnal, por nadie. Aunque su obra pudiera hacer pensar todo lo contrario.
Estuvo activo hasta casi su muerte, en 1898. Enfermo de tuberculosis -una enfermedad tan habitual en aquellos tiempos, y que a tanta gente mató-, marchó al sur de Francia, instalándose en la población de Menton, donde fallecería poco tiempo después, tras haberse convertido al catolicismo, en 1897. Y allá sigue enterrado.
Beardsley podía resutar molesto, pero murió joven, así que la sociedad no pudo tomarla con él, castigarlo, por decirlo así, por su atrevimiento. Wilde no tuvo tanta suerte. Su amigo fue también autor de caricaturas políticas, se reía de lo que veía a su alrededor. Sin embargo, en sus últimos días debió sentir algún tipo de remordimiento, y poco antes de partir a Francia, suplicó a su editor, y a su amigo Herbert Charles Pollitt -mecenas de artistas- que destruyeran todas las copias de "Lisístrata" y de "los malos dibujos", los "dibujos sagrados obscenos". Pero no le hicieron caso, porque de ser así, no habrían llegado tantos de ellos hasta nuestros días.

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Un par de imágenes de su "Lisístrata" -la segunda, incompleta, pero no la he encontrado entera-, obra del ateniense Aristófanes, de cuyas ilustraciones renegó poco antes de morir, en Francia.

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Una curiosa obra de Bearsley: una tarjeta de Navidad -fue editada como tarjeta mucho después de su muerte, en 1927-.



jueves, 6 de abril de 2017

Mademoiselle de Maupin: la cantante de ópera que ganó todos sus duelos a espada.

Curioso e irresistible personaje del barroco siglo XVII, donde la realidad y la leyenda se entrecruzan.


La "madre" de D'artagnan, que también fue una reconocida artista.

En ocasiones hay personas que, según como se cuente su historia, más bien parecen personajes de ficción. En general, estamos un tanto acostumbrados a que este tipo de personas, o bien vivieron en la Antigüedad o el Medievo -o a lo sumo, el Renacimiento-, o bien en las últimas décadas, lo que permitiría conocer so vida más profundamente, con la posibilidad, también, de tener fotografías o documentos que, por pura lógica, serían imposible en gente de otros siglos.
En el siglo XVII, aparte de monarcas o políticos, hubo escritores o artistas con vidas que darían mucho de sí, pero aparte de personajes "importantes", con un hueco importante en la historia con mayúsculas, o del arte y la cultura en general, también existen otros de la "pequeña historia", cuya vida resulta fascinante conocer.
Y aquí entraría esta señora de la que, hasta hace nada, pues nada sabía. Se trata de la que fue conocida como Mademoiselle de Maupin, que fue conocida por sus numerosos amantes de uno y otro sexo, por su condición de excelente espadachina -se cuenta que nunca perdió un duelo-, y, además, fue una reconocida cantante. Y al contrario de lo que podría pensarse, no se subía cada poco a los escenarios sólo por su atractivo y la facilidad con la que se conquistaba a quien ella deseara, sino porque, realmente, era una excelente intérprete. Tanto, que hubo compositores que crearon obrar pensando en ella como protagonista femenina.
M. de Maupin nació con el nombre de Julie d'Aubigny, en 1673, no está todavía claro donde, aunque probablemente en París o alrededores -o allá se trasladó su familia siendo ella muy niña- y era hija de Gaston d'Aubigny, que ejercía de secretario de Louis de Lorraine-Guise, conde de Armagnac, caballero del mismísimo rey Luis XIV, el Rey Sol, que se pasaba la vida de guerras contra media Europa, para imponer la supremacía francesa dentro y fuera del continente, aprovechando la decadencia del Imperio Español. Como su padre era asiduo de la corte del conde -y por lo visto, también en ocasiones, del mismísimo rey-, la hija en no pocas ocasiones le acompañaba, o al menos, tuvo posibilidad de conocer a gente con la que, normalmente, no trataba lo que al fin y al cabo era su padre: un miembro de lo que ahora llamaríamos clase media rural, por lo que, ya de niña pudo aprender no sólo a leer y escribir -en aquellos tiempos, si el analfabetismo masculino era grande, el femenino era altísimo-, sino también a bailar, dibujar y, lo que la haría más famosa pasado el tiempo: esgrima. Era, por lo que se puede suponer, una joven fuera de lo común, tanto por su carácter, como, sobretodo, por la educación que recibió. Baste decir que, habitualmente, iba vestida como un niño, o al menos, con un vestuario que poco tenía que ver con la incómoda moda femenina de aquellos tiempos, sin importar el origen social, o si se vivía en el campo o la ciudad.
A los catorce años, se convirtió en la amante del conde de Armagnac, al que conocía desde que ella era muy niña -muy probablemente, el conde la vio por primera vez al poco de nacer, cuando su secretario decidió presentársela al señor de la región-, que decidió casarla con el señor de Maupin, de quién heredaría el apellido, y poco más. Gracias a ser, hablando claro, un cornudo consentido, y hacer de la nueva Madam de Maupin una mujer respetablemente casada, su señor marido consiguió un puesto administrativo en el sur de Francia, aunque decidió quedarse en París, ejerciendo su cargo desde la distancia -algo que, claramente, no podía hacer que la administración funcionara demasiado bien que digamos, pero así fue Francia, y así se llegó a la revolución, aunque eso sea otra historia-.
Pero la vida de casada no le iba mucho que digamos. Y menos todavía, con un marido aburrido, burócrata, que tampoco es que tuviera unos ingresos fabulosos, y sobretodo, cuando la esposa en cuestión es una mujer que, en una época machista y misógina, que la condenaba a la casa y la familia, estaba acostumbrada a un grado de independencia casi inaudito, y que además, gustaba tanto del arte del canto, como de la esgrima, que no abandonó tras su matrimonio. Así que, en 1687 -si es real su fecha de nacimiento, tendría unos catorce años; la edad con la que comenzó a ser amante del conde, y con la que se casó con el señor de Maupin-, decidió alegrarse la vida comenzando una relación con el ayudante de su maestro de esgrima, en tal Sérannes. La cosa no pasó de ahí -total, a su marido le daba igual que su joven señora tuviera un amante o dos-, pero Séranne, que era buen esgrimista, pero también hombre de carácter orgulloso y de poco pensar, participaba en algo tan habitual en la época como eran los duelos, y en uno considerado ilegal -pues no todos lo eran-, mató a un tipo que, con toda seguridad, era peor esgrimista, pero de más alta categoría social, y tuvo que huir de París, donde vivía, al igual que su amante y el marido de ésta. Madam de Maupin decidió poner tierra de por medio junto a Sérannes, y no pararon hasta Marsella, que es como decir ir de una punta a otra de Francia.
Pero hasta llegar a la ciudad mediterránea, de algo tenían que vivir, claro está, así que decidieron ganarse un buen dinero en el mundo del espectáculo. En ocasiones, cantaban en tabernas o en ferias locales de pueblos y aldeas, y en otras, hacían exhibiciones de esgrima, donde ella vestía de hombre -ciertamente, más cómodo que luchar con falda hasta los pies, y el corpiño apretado hasta casi no poder respirar-, pero sin ocultar nunca su condición de mujer, lo que hacía de aquellos combates algo realmente atractivo. Ver una mujer luchar como un hombre, y mover el florete como una maestra, a pesar de su juventud, debía ser algo digno de ver.
Tras llegar a Marsella, tras semanas -o meses, todo aquí es muy oscuro- de ir de pueblo en pueblo, Maupin, ahora Mademoiselle, pero usando su apellido de soltera, decidió unirse a una compañía de ópera, dirigida por Pierre Gaultier. Antes de ello, no está claro que apellido utilizaría. Tal vez, ninguno, sino que era, simplemente, la compañera de Mesier Sérannes.
Pero Mademoiselle era mujer que se aburría de una vida monótona, y al igual que aparcó temporalmente la espada y el cante popular para ferias y pueblos por la ópera -en aquellos tiempos, la ópera francesa era la más conocida de Europa, con grandes aparatos de vestidos, efectos, músicos de orquesta, etc.; pasado el tiempo, y a partir de finales del siglo XIX, serían los italianos y los alemanes, con su propio estilo y temáticas, los que acabarían acaparando el mundo operístico, pero eso fue más adelante-, también se aburrió del esgrimista Sérannes, del que poco se sabe ya -¿se dedicaba a ejercer de maestro de esgrima en serio, seguía de ayudante, vivía de su pareja? No se sabe, su historia acaba aquí-. Aunque se cree, o se sabe, o se cree saber, que mientras ejercía de cantante de ópera tuvo más de uno y de dos amantes circunstanciales o temporales, fue con una muchacha, con quién tuvo una relación más seria, pues la ahora Mademoiselle Maupin -es de suponer que su marido haría lo posible para invalidar el matrimonio- era bisexual. Pero los padres de la chica, muy joven e inocente, fascinada por una mujer tan atractiva como magnética para cualquiera en quien ella ponía el ojo -y entre quienes no, pues también-, decidieron evitar el escándalo, y la quitaron de enmedio de la forma más habitual de la época, o al menos una de las dos: obligándola a ingresar en un convento. La otra era el matrimonio, pero parece que la chica no tenía pretendientes que agradaran a su familia. O, tras saberse de su relación con la cantante, quizá ni tenía.
Pero M. Maupin no se quedó con los brazos cruzados. Nunca lo hacía, cuando algo no le convenía o le contrariaba. Decidió rescatar a su amada, introduciéndose, vestida de hombre, en el convento de Visitandines de Aviñón, con un plan en mente realmente atrevido y que, además, funcionó: robó el cuerpo de una monja muerta, lo colocó en la cama de la joven, y para cubrir la huida, le pegó fuego a la habitación, y de paso a medio convento, lo que hizo que, apagado el incendio, sólo encontraran el cuerpo carbonizado de una mujer físicamente parecida -en altura o peso, más o menos- a la desaparecida joven. En aquellos tiempos no había pruebas de ADN, ni policía científica, ni nada de eso, así que ciertas cosas funcionaban. Y a Maupin le funcionaron, ciertamente.

Un grabado de M. de Maupin, de autor desconocido -hacia 1700, tal vez con ella todavía viva-.

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Teatro de la Ópera de París, hoy en día. Aquí actuó, entre otros, M. la Maupin.

La relación, sin embargo, sólo duró tres meses. Tras ello, la chica decidió volver, arrepentida, con su familia. El tiempo de la aventura había acabado. Como era de suponer, a Maupin le cayeron acusaciones de todo tipo: secuestro, incendio premeditado, robo de cadáver, y claro está, también el no comparecer ante un tribunal, pues fue juzgada in absentia. Así que tuvo que huír, de nuevo, pero en este caso, de Marsella a, otra vez, París. Hizo el camino inverso a cuando era una adolescente que huía de un matrimonio de conveniencia con un don nadie, sólo que, ahora, no sólo era famosa por ser una belleza indómita con no pocos amantes a sus espaldas, y con escándalos que daban para una obra de teatro, sino que también disfrutaba de una merecida fama de cantante de ópera.
El París, aparte de librarse de una sentencia que la condenaba a muerte, consiguió ser contratada por la ópera de la capital, después de haberla rechazado inicialmente. Un par de cantantes, amigos suyos, sobre todo un tal Bouvard, convencieron a un alto funcionario cercano al rey para que la aceptara en la compañía, y debutó al poco, como la diosa Atenea en "Cadmo y Hermione" -un título un tanto curioso, teniendo en cuenta que Cadmo, legendario fundador de Tebas, fue anterior en varias generaciones a Hermione, hija de la también legendaria Helena, y de su marido, el rey Menelao de Esparta, o lo que existiera en su lugar, antes de que se fundara la ciudad-, de Jean-Baptiste Lully. Aquello fue en 1690, el año en que llegó de París, huyendo de la justicia marsellesa.

Maupin disfrazada de hombre -o más bien, con una ropa andrógina, en parte femenina, pero inspirada en la moda masculina-, según la visión del ilustrador inglés Aubrey Beardsley (1898).

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Las mujeres espadachinas -y más con los floretes o espadas de la época- resultaron, desde el siglo XVII, realmente fascinantes, y no pocos grabados o ilustraciones hablan de duelos con una o dos mujeres de protagonistas, reales o imaginarias.

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Ilustración moderna de Maupin. Nadie podrá saber nunca cuantos duelos protagonizó, pero cuando consiguió ser una gran estrella de la ópera parisina, parece que fueron muchos. Ella debió ser una de los responsables de que la casa del rey decidiera prohibir los duelos en París, que llegaron a ser una auténtica plaga.

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Un grabado del XIX que, este con toda seguridad, representa a de Maupin.

Quizá sean exageradas las palabras del marqués de Dangeau, que consideraba que la voz de la Maupin era la más hermosa del mundo -o al menos, la más extraordinaria que había oído nunca-, pero sin duda, sí es cierto que sería injusto considerar a de Maupin solamente como una gran espadachina, que se enfrentó a no pocos hombres en duelo, ganando siempre -o eso dice la leyenda-, o una belleza que tenía amantes y admiradores por legión. También fue una gran cantante, probablemente una de las mejores de Francia en su época -las dos últimas décadas del siglo XVII-, bien como soprano, o como contralto -tenía, eso sí, una voz femenina, pero muy grave, y no sólo cuando cantaba-. El nombre de "Mademoiselle de Maupin" viene porque, tanto en París como en Bruselas, se le llamaba así, por la costumbre de llamar mademoiselle a todas las cantantes de ópera, estuvieran o no casadas.
Como actriz y cantante -porque una buena cantante de ópera, y más en Francia, también debía contar con habilidades interpretativas, y no sólo de cante- fue una estrella querida y respetada, y sobretodo, admirada y deseada, con una voz envidiable, y un aspecto que podía ser femenino o andrógino, según hiciera falta, o a ella le apeteciera, pero cuando hablamos de su relación con los compañeros, la cosa cambiaba. Lo mismo cabía decir cuando consideraba que algún espectador, sobretodo nobles engreídos que se creían con derecho a todo, le faltaban el respeto, a ella o a compañeros suyos.
Con Thévenard, cantante que en su momento le ayudó a prosperar en la Ópera de París, tuvo un duelo de ingenio que asombró, y para el que pocos estaban preparados, pero con el famoso cantante Louis Gaulard Dumesny llegó a las manos, cuando molestó y faltó al respeto a las mujeres de la compañía. En cuestión de amores, de Maupin nunca quiso, o tal vez no pudo, tener una relación duradera. En cierta ocasión, se enamoró de la cantante Fanchon Moreau, una belleza deslumbrante, amante del Gran Delfín -título que recibía el príncipe heredero del trono francés-, pero en aquella ocasión, quizá por primera vez en su vida, se vio rechazada de forma clara, no una, sino varias veces. Y aquello debió herirle en lo más hondo, porque hasta trató de suicidarse, o al menos, pensó seriamente en ello. Pero finalmente, la sangre no llegó al río, y en otra ocasión, ya en 1695 -o en 1692, según otras fuentes-, después de una carrera de un lustro que debió parecer mucho más larga, por lo exitosa que había sido, besó a una joven en un baile de sociedad, y aquello, para aquella sociedad hipócrita, que defendía el orgullo, el respeto y la decencia, aunque detrás de aquel teatro social, cada uno tenía sus devaneos, debilidades y vicios, debió ser demasiado. Al menos, no para uno, sino para tres nobles allí presentes, a quien la Maupin golpeó con ganas, dejándoles claro que ella, con su vida, hacía lo que quería. Pero poco antes, una ley había prohibido los duelos en París, y como ella les había retado -como en su momento d'Artagnan, a los tres mosqueteros- , la incumplió, muy probablemente sin darse ni cuenta, y tuvo que huir de nuevo. En este caso, a Bruselas, donde continuó con su carrera, esperando que se enfriara un poco la cosa en la capital francesa. Y de paso, aprovechó para ser la amante de Maximiliano II, elector de Baviera -en aquellos tiempos, Baviera no era todavía un reino independiente, sino un territorio del Sacro Imperio con gran autonomía, en realidad, independencia de facto, y participaba en la elección del emperador, de ahí e nombre de su cargo-. Volvió a Bruselas, donde cantó entre 1697 y 1698, porque allá no sólo consiguió refugio, sino también fama.
De sus últimos años (1698-1705), poco se sabe, aparte de que acabó siendo una de las cantantes más respetadas de Francia, en sustitución de Marthe de Rochois, que se jubiló en ese momento, siendo intérprete de casi cualquier nueva ópera compuesta por los autores más famosos del momento. Continuó, pues, cantando, tuvo una relación con una dama, la marquesa de Florensac, y a la muerte de ésta, cayó en tal estado de tristeza -seguramente, una fuerte depresión de la que no fue capaz de salir-, que se retiró en 1705 de la ópera, y se refugió en un convento, tal vez en Provenza, en el sureste del país, donde murió dos años después, con sólo treinta y tres años. Debió ser enterrada en el cementerio del convento, o tal vez de algún pueblo cercano, pero no se sabe donde, pues nunca se ha encontrado sepultura a su nombre, ni con el apellido de casada, ni de soltera.

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Mademoiselle Marthe le Rochois, en 1890, algunos años antes de su retirada. De Maupin la sustituiría como la gran dama de la ópera francesa.

Respecto a su influencia en la cultura posterior, más allá de la música -al resultar imposible saber cómo cantaba, por no existir forma de conservar la voz de forma alguna-, ciertamente, sí que la ha habido, más allá de que, al menos en Francia y Bélgica, todavía hay gente que conoce bastante bien su vida, aunque en distintas versiones -si ni los historiadores se han puesto de acuerdo en ciertas partes de su vida, menos todavía la gente de a pie-, pero, aparte de eso, habría que hablar de la novela epistolar "Mademoiselle de Maupin", de Théophile Gautier -que escribió de todo, y sobre todo, por lo visto-, en la que explora la personalidad más profunda de la dama, a veces inventando, o reconstruyendo a partir de lo que de ella se sabía, amoríos con hombres y mujeres. Fue la primera gran obra de Gautier, y a pesar de que la utilizó también para defender sus puntos de vista sobre el arte y la literatura, no deja de tener su interés, aunque la forma epistolar -habitual en Francia en los siglos XVIII y XIX- hoy en día parezca algo pasada de moda.
También existe, al menos, una película, co-producción italo-franco-española, pero donde de Maupin es retratada como una aventurera que, vestida de hombre, ingresa en el ejército francés para luchar contra los austriacos, algo que no tenía nada que ver con la vida real de la cantante. Se podría decir que se apropiaron de su nombre para recrearla como protagonista de una película de acción.


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Un grabado realizado por François-Xavier le Sueur, para la novela de Gautier sobre la Maupin.

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Otro grabado -no sé si del mismo autor- de la obra de Gautier.

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Catherine O'Hara, en la película donde se relata, muy libremente, la vida de la Maupin -1966, dirigida por el italiano Mauro Bolognini-