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jueves, 4 de enero de 2018

Aubrey Beardsley: corta vida, dar mucho que hablar, y una obra que nos parece insuficiente.

Es habitual que, cuando alguien especial se marcha muy pronto, siempre se piense qué podría haber hecho de haber tenido una vida más larga.


Enfant terrible, niño prodigio, gran ilustrador de los últimos años de la Era Victoriana.


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Resultado de imagen de aubrey beardsleyCuando me dio por escribir, en mi escaso tiempo libre, una entrada para despedir el año, incluí una ilustración del británico Aubrey Beardsley. Lo conocía -o más bien, conocía su obra- porque había visto no pocas ilustraciones suyas en webs o páginas de facebook, pero, aunque pensé en indagar más sobre la vida y obra de aquel inglés para mí desconocido, y de apellido tan difícilmente pronunciable, nunca pasé de allí. Hasta que decidí, por fin, saber quién fue este hombre, que falleció tan joven, con tan sólo veinticinco años, cuando se había hecho ya un nombre como artista y polemista, con un número considerable de seguidores, pero también de acerbos críticos, que no lle perdonaban sus burlas y desprecios a la hipocresía y el conservadurismo de una época, la Victoriana, que ya estaba llegando a su fin -realmente, acabó sólo dos años después de la muerte de Beardsley-. Pero quizá, sería mejor comenzar por el principio, y hablar de forma un tanto más ordenada sobre este hombre, tan victoriano, quizá, precisamente, por la forma que tenía de reírse, de fastidiar, también de ganar la atención, de su época y sus contemporáneos.
Aubrey Vincent Bearsley nació en la ciudad de Brighton, en la costa y extremo sur de Inglaterra, en 1872, aunque se estableció en Londres, junto a su familia, en 1883. y un año después, ofreció, junto a su hermana Mabel, un año mayor que él, varios conciertos que hicieron que se le considerara "fenómeno musical infantil". Su familia podría considerarse de clase media, aunque con ciertas estrecheces, y si pudo estudiar arte, fue -como tantos otros en su época- gracias a la herencia de uno de sus abuelos. 
De todas formas, Beardsley, por consejo, o más bien deseo de sus padres, que nunca andaron sobrados de dinero, y tras estudiar en la grammar school -más o menos, unos estudios medios o bachillerato- se dedicó a buscar un trabajo administrativo, en el despacho de un abogado. Lo que se decía, "un empleo seguro y respetable", típico de la clase media -o media-baja- urbana de la época. Respecto a la falta de dinero, una de las razones fue que, por lo visto, su padre, Vincent, tuvo que vender algunas propiedades para pagar lo que llamaríamos una indemnización a una mujer que fue su prometida antes de conocer a su esposa, y a la que había prometido matrimonio. Por lo que se ve, los victorianos, por muco que escribieran y leyeran sobre amor, a la hora de la verdad, acababan en no pocas ocasiones poniendo el dinero y los contratos matrimoniales por encima de los amoríos. Tras sus trabajaos de papeleos con el arquitecto, "ascendería" laboralmente al pasar a trabajar a una compañía de seguros. Y aparentemente, allá podría haberse quedado indefinidamente. Por suerte, finalmente no fue así.

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"Cómo sir Tristan bebió el brebaje del amor", es una de las ilustraciones que realizó para "Le mort d'Arthur", de Thomas Malory, su primer trabajo de importancia.

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También en la obra de Malory, la particular visión que tenía del mago -o druida- Merlín.

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"Excalibur en el lago", con un marco de adornos florales a lo William Morris.

Beardsley comenzó muy joven su carrera -normal, teniendo en cuenta que murió también muy joven-. Aunque también fue pintor, es como ilustrador cómo ganó justa fama. En 1891, y por consejo de Edward Burne Jones, uno de los padres del prerrafaelismo -y del que recibió cierta influencia, por lo menos, en su obra más temprana- y del simbolista francés Pierre Puvis de Chavannes, decidió aparcar el trabajo administrativo por el arte, entrando en 1892 en la Escuela de Arte de Westminster, donde tuvo como maestro al artista realista Fred Brown.
Sin embargo, el grueso de su obra se alejó de un prerrafaelismo -y un realismo, un neoclasicismo- que ya no tenía mucho de revolucionario, y se había transformado en el arte pictórico británico por antonomasia. Él formó parte del movimiento simbolista -más pictórico que del ámbito de la ilustración, pero también influyó en esta-, y desde un punto de vista tanto artístico como intelectual o espiritual, del esteticismo, que era algo así como la versión británica del decadentismo, con todo lo de radical -para la época-, grotesco -según algunos de sus seguidores- y contestatario, pero también innovador y renovador, que arrastraba dicha corriente artística.

The Black Cat (c1894)
Una ilustración para el relato "El gato negro", de Edgar Allan Poe (1894)

Death of Pierrot - The Savoy (1896)
"La muerte de Pierrot", publicado en la revista " The Savoy", inspirado en la Ópera Bufa italiana, que en sus tiempos -las postrimerías del XIX- era casi arqueología teatro-musical -la última ópera bufa reconocible, "Don Pasquale", data de los años 40 del mismo siglo, y se escribió unas tres décadas después de su desaparición-.

Venus at her Toilette (1896)
"El baño de Venus" es una ilustración del relato erótico inacabado "Under the Hill" (1896), del propio Beardsley, que publicó -obra e ilustraciones- en "The Savoy".

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Una ilustración más dedicada a Venus, la Afrodita griega. Mitología y literatura, los temas preferidos de Beardsley.

Uno de sus primeros trabajos -entre los muchos que realizó, tanto para revistas, como para ilustrar libros- fue para una edición de lujo de la obra del legendario Thomas Malory -el "padre" del ciclo Artúrico ordenado y literario-, "Le Morte d'Arthur" (1893). Fue su primer encargo de importancia, el que le podía abrir -y le abrió- las puertas a una vida como artista, o en caso de no salir bien, hacerle pensar si no salía más a cuenta volver a los despachos. Aquí, se nota la influencia de Burne-Jones, que al igual que su maestro -mayor que él en edad, y que le influyó a su vez- Dante G. Rossetti, que fueron, muy probablemente, los prerrafaelitas con un estilo más particular, más rupturista y menos clásico.
Más tarde fue editor de revistas, como "The yellow book" ("El libro amarillo"), para la que produjo no pocas ilustraciones, o "The Savoy" -donde pudo publicar algunas poesías y relatos cortos, incluyendo, uno erótico, inacabado-. Al tiempo, conoció a una de las grandes figuras literarias, y sociales, de la época: Oscar Wilde, con el que trabó una profunda amistad. Por él, y para él -y para seguir ganándose la vida, evidentemente, aunque Beardsley nunca se obsesionó con el dinero- ilustró su "Salomé", obra de teatro de Wilde, escrita originalmente en francés en 1893 -aunque no se estreno en París hasta tres años después-, traducida al inglés al año siguiente para ser representada ante el público, pero también para ser publicada -todo lo de Wilde, en aquellos tiempos, se publicaba-. Sin duda, aquella Salomé, brutal, gótica -no en el sentido arquitectónico medieval, sino ateniéndose al movimiento o sub-cultura gótica actual-, sensual y terrible, fue alabada, pero sobretodo, criticada y despreciada en una sociedad tan pacata y puritana como la Victoriana -mucho más de lo que hoy en día mucha gente piensa-, donde el placer sexual estaba mal visto entre los hombres -excepto con prostitutas-, y aún más entre las mujeres -en su caso, siempre, siempre...-.Aubrey sin duda se debió dar cuenta de ello antes incluso que la obra de su amigo saliera publicada en Inglaterra -también se publicó en Francia, en su lengua original, pero allá el público parecía estar más preparado para aquella ruptura-. Luego vendría más.
Su "Isolda" aparece vestida como una dama del XVIII más que como una joven de una Edad Media imaginaria, su "Lisístrata" de Aristófanes es un ejemplo de lo que representaba en la ilustración el simbolismo decadentista, y lo que sería el modernismo más rupturista -el de la Escuela de Viena, posterior al franco-belga-, su obra "Un libro de cincuenta dibujos de Aubrey Beardsley" fue un recopilatorio de su arte, con aportaciones inéditas, y en sus últimas obras, se ven figuras más recargadas, más rococó. Pero, en líneas generales, se puede resumir en pocas palabras: casi todas sus ilustraciones, de figuras estilizadas, son realizadas con tinta negra, con grandes espacios, bien en negro, bien en blanco. La influencia de la ilustración japonesa es incuestionable, y no debería extrañar, pues poco antes, el arte del país asiático había llegado a Europa, sobretodo a Francia, donde se puso de moda -el llamado "japonismo", que no sólo fue coleccionismo o interés por Japón, sino influencia en pintores, ilustradores, escultores, y hasta en diseñadores de vestuario-. Sus escenas entremezclan lo tremebundo o brutal -decapitaciones, demonios- con sensualidad y erotismo, pero sin caer en la pornografía. En realidad, tras su muerte, o incluso antes de ello, ya circulaban supuestas obras suyas, con un erotismo más fuerte, casi pornográfico, que en realidad fueron falsificaciones, pero el nombre de Beardsley vendía mucho, y así lo entendieron otros. En Estados Unidos hubo un artista, entre admirador e imitador, que además se apellidaba igual que él -Will Beardsley-, y en ocasiones se llegaron a confundir obras de uno y otro.

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Su particular visión de "Isolda".

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Dos de las ilustraciones para la "Salomé" de su amigo Wilde.

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Y una tercera, de Salomé con Juan el Bautista.

Su vida cerca de Wilde lo hizo famoso, fue un personaje que llamaba la atención por su elegancia, pero también por el aspecto de "nuevo dandy", a lo Wilde, que lucía, con sus trajes, sombreros, corbatas, guantes amarillos, bastón, zapatos de charol... llamaba la atención, incluso a los que no conocían su obra -lo que no impedía que la criticaran, o la ensalzaran, según el momento-. Por lo demás, de su vida privada se sabe más bien poco, por no decir casi nada. Se supuso que era homosexual, o al menos abiertamente bisexual, como Wilde, e incluso se llegó a insinuar una relación amistosa con su hermana, que habría quedado embarazada de Aubrey, para más tarde tener un aborto espontaneo, pero conjeturas aparte, es probable que fuera una persona asexuada, que no sintiera un auténtico deseo sexual, carnal, por nadie. Aunque su obra pudiera hacer pensar todo lo contrario.
Estuvo activo hasta casi su muerte, en 1898. Enfermo de tuberculosis -una enfermedad tan habitual en aquellos tiempos, y que a tanta gente mató-, marchó al sur de Francia, instalándose en la población de Menton, donde fallecería poco tiempo después, tras haberse convertido al catolicismo, en 1897. Y allá sigue enterrado.
Beardsley podía resutar molesto, pero murió joven, así que la sociedad no pudo tomarla con él, castigarlo, por decirlo así, por su atrevimiento. Wilde no tuvo tanta suerte. Su amigo fue también autor de caricaturas políticas, se reía de lo que veía a su alrededor. Sin embargo, en sus últimos días debió sentir algún tipo de remordimiento, y poco antes de partir a Francia, suplicó a su editor, y a su amigo Herbert Charles Pollitt -mecenas de artistas- que destruyeran todas las copias de "Lisístrata" y de "los malos dibujos", los "dibujos sagrados obscenos". Pero no le hicieron caso, porque de ser así, no habrían llegado tantos de ellos hasta nuestros días.

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Un par de imágenes de su "Lisístrata" -la segunda, incompleta, pero no la he encontrado entera-, obra del ateniense Aristófanes, de cuyas ilustraciones renegó poco antes de morir, en Francia.

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Una curiosa obra de Bearsley: una tarjeta de Navidad -fue editada como tarjeta mucho después de su muerte, en 1927-.



domingo, 22 de mayo de 2016

Julia Margaret Cameron, pionera del siglo XIX de la fotografía artística.

Casi por casualidad, consiguió crear arte con lo que para muchos sólo era un aparato de "nueva tecnología".


En tiempos en que el arte parecía estar, y crearse, en todas partes, y por parte de muchísima gente.

En general, a la hora de hablar de fotografía, me he dedicado más a copiar algunos fotos antiguas, fuera en color o blanco y negro, que considerase interesantes, sin importar quién fuera el autor. Sobretodo, porque  a veces no se sabía ni quién era. Pero este es un segundo caso distinto, tras el de Emma Barton, sólo que Julia Margaret Cameron es una autora más conocida e importante que la primera. Casi olvidada, por no decir desconocida para generaciones enteras -y eso incluye gente entendida en el arte fotográfico- ha sido en los últimos tiempos, mediante exposiciones, libros, y el poder darse a conocer su obra por medio de internet, que su nombre a vuelto a sonar a no pocos.
Julia Margaret Cameron (1815-1879) nació en la India, en Calcuta, pues su padre, James Peter Pattle, fue oficial de la Compañía de las Indias Orientales, que hasta la anexión de sus territorios al Imperio Británico en la India, y la disolución final de dicho organismo, fue casi un estado dentro del estado británico. Por parte de su madre, además, era de origen francés y noble. Seria, pues, tras casarse con Charles H. Cameron -de ahí su apellido de casada-, jurista y poseedor de una gran plantación de té en Xry Lanka -la isla de Ceilán, como se le conocía en aquella época-, lo que se podría llamar una aristócrata -no por título de noble, pero sí por su nivel de vida- con mucho tiempo para sí misma, porque resulta evidente que tenía una legión de sirvientes, en Asia o en Gran Bretaña, para ocuparse de la casa y de sus hijos. Pero a diferencia de otras, Cameron tenía estudios, una cultura general elevada, e interés por el arte. Además, era de un tipo de mujer no tan usual en la época Victoriana, que no se contentaba con disfrutar del arte creado por terceros, sino también el intentar -y conseguir- crearlo por sí misma. Ella no parecía tener suficiente habilidad o sentido artístico -o lo que fuera- para dedicarse a la pintura o el dibujo, como Henrietta Rae, por poner un ejemplo de mujer contemporánea suya, pero un día, por casualidad, acabaría descubriendo para lo que sí estaba tocada por alguna nueva musa, nacida en el siglo XIX, mucho después que sus hermanas mayores, por ser de un arte nuevo: la fotografía.


Una fotografía de ella misma, realizada por Herschel, en 1870. Su éxito fue muy rápido, y le acompañó hasta su muerte, en la isla de Ceilán, en 1879.

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"Beatrice Cenci" (1866) Sus fotos fueron todas en blanco y negro, pues el color, ni en su forma más primitiva, existía. Sólo había fotos pintadas, pero de forma, en general, bastante simple y que, más bien, estropeaban la fotografía original. En los últimos años, sin embargo, han ido apareciendo programas -y especialistas- que son capaces de colorear fotografías antiguas como si originalmente hubieran sido realizadas a color.


Otra versión de su "Beatriz".


"Madre María", o el arte sacro en la fotografía. Cameron sabía adaptarse al rostro y el carácter de cada uno de sus modelos. En aquellos tiempos, se pensaba que se podía averiguar mucho del ser de una persona sólo por su cara o sus modos, así que la fotógrafa no era amiga de maquillaje u otras "trampas". Cada individuo retratado, debía ser capaz de hablar sin palabras, sólo con su rostro.

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"Una sagrada familia" (1872), o la fe y la pureza encontrada en una sencilla familia. En oasiones sus modelos eran parientes -sobrinas, su hija-, amigos, sirvientes -se llegó a decir, y quizá fuera cierto, que los contrataba según lo fotogénicos que llegaran a ser-, o amigas jóvenes o parientes de otras mayores.


"El beso de la paz", con su conocido desenfoque provocado.

Sin embargo, en aquellos tiempos -hablamos de la década de los sesenta del XIX-, la fotografía apenas era considerada un arte, e incluso, un elemento importante o a tener en cuenta a la hora de ilustrar periódicos o revistas, o retratar hechos históricos, paisajes o personajes, conocidos o anónimos. Estaba todavía en pleno desarrollo tecnológico -más bien, se estaba trabajando para que fuera viable-, y el hecho de que cualquier persona que deseara ser fotografiada tuviera que posar durante mucho tiempo -en principio, horas- sin moverse, resultaba no sólo muy pesado, sino que, al menos en el caso de la pintura o el dibujo, el artista podía parar y dejar descansar al modelo en cuestión, pero en fotografía, un movimiento brusco hacía que el tiempo, el trabajo y los productos químicos y la placa utilizados fueran desperdiciados sin remisión.
A Cameron, un día de 1863, su única hija, Julia, y su yerno, le regalaron una pesada cámara de madera, para que pudiera pasar el rato y tener un entretenimiento considerado exclusivo, de gente de alta sociedad -poca gente podía, en aquellos tiempos, permitirse comprarse una cámara para, literalmente, jugar con ella, y no usarla, como los fotógrafos profesionales, para ganarse la vida, y así, recuperar la inversión inicial-, y que además, en principio, podía tener un uso artístico. O eso pensaban algunos, porque en los inicios de este arte, no eran pocos los que consideraban que no era mucho, lo que se podía conseguir de artístico con semejantes artilugios. No fue hasta el año siguiente, con cuarenta y ocho años ya, que consiguiera su primera fotografía -por lógica, algo que le hizo más ilusión que cualquier reconocimiento o premio posterior-, y al poco, pasó a formar parte de la exclusiva Sociedad Fotográfica de Londres y Escocia -curioso nombre este, por no parecer incluir al resto de Inglaterra-.

William Michael Rossetti, el hermano del pintor y poeta Dante Gabriel, que también tuvo su época poética, además de ayudar en la revista prerrafaelita "The germ".

El poeta Tennyson, cuyos libros de poemas ilustró con sus fotografías.

El pintor William Holman Hunt, uno de los miembros de la Hermandad.


Exitosa fotógrafa, rescatada para el recuerdo muchos años después.

No tardó mucho en ganar premios, y en participar en exposiciones colectivas, y finalmente, en tener algunas dedicadas sólamente a ella, incluso fuera de Gran Bretaña. En 1864, consigue su primera exposición dedicada únicamente a su obra, y seguiría en salas cada vez más importantes -la Galería Francesa de Londres-, llegando a conseguir un premio en Berlín, y que el mismísimo Charles Darwin le pidiera que realizara varios retratos suyos.
Respecto a lo que fotografiaba, o qué influencias artísticas tuvo a la hora de decidir qué y cómo plasmar lo que más le gustaba -porque estaba claro que poca influencia podía recibir de otros fotógrafos artísticos, por tan pocos que había en ese momento-, parece claro que fueron diversas, pero claras, y habituales en aquellos tiempos: la literatura -sobretodo la de su propio país, pero también la de Italia, y Europa en general-, el Renacimiento en sentido amplio, los prerrafaelitas -como no; hay que tener en cuenta que su obra se extendió por las décadas de los sesenta y setenta del XIX, que fue el tiempo en que dicha corriente tuvo más fuerza-, destacando Burne-Jones y Millais, aunque también autores algo posteriores, como el simbolista George F. Watts, y también la Biblia, pues aunque no fuera una puritana obsesionada con la religión, sí que era creyente, y la Biblia formaba parte íntegra de la educación de casi cualquier europeo de la época, aún sin ser practicante de la religión. Y sobre si hubo alguien que le enseñara a sacar mayor rendimiento de sus máquinas, pues al poco de conseguir varias exposiciones, compró una mejor de la que tenía, sí parece que recibiera la ayuda de dos fotógrafos conocidos por sus trabajos de aquellos tiempos: el también escritor Lewis Carroll -el autor de las novelas de Alicia en el País de las Maravillas; en aquellos tiempos, eran muchos, los que destacaban en más de una cosa-, y el pintor y fotógrafo sueco Oscar G. Rejlander, afincado en Inglaterra, y que fue uno de los primeros en experimentar con la cámara, a la hora de componer complejas escenas llenas de personajes. Muy probablemente, sin ellos, Cameron nunca habría llegado tan lejos, y se podría decir, que gracias a su ayuda, formó parte de los primeros artistas de la cámara.
Gustaba tanto de realizar retratos en primer o segundo plano -sobretodo de mujeres y niños de ambos sexos- como de representar escenas previamente coreografiadas y bien pensadas y planeadas. No era raro, el que se intentaran fotografías que fuesen adaptaciones con personajes de carne y hueso de cuadros conocidos. Cameron fue una iniciadora en ello, y otros que la siguieron, y mejoraron y diversificaron la "fotografía escenificada", recibieron el nombre de pictorialismo, cuyo mejor momento sería entre muy finales del siglo XIX, y principios del XX. Más o menos, la generación siguiente a Cameron, y algo más. Realmente, los miembros de dicha corriente la consideraron, junto a sus maestros Carroll y Rejlander, como sus predecesores y maestros. También realizó retratos de personajes importantes, como e ya nombrado Darwin, o el poeta Tennyson, para quién realizaría una serie de fotografías para uno de sus libros.

"Espero", o "Espera". O lo difícil que resultaba que un niño se mantuviera quieto lo que parecía una eternidad.

Julia Margaret Cameron. The echo 1868. Via getty
"El eco" (1868), detalle. La modelo, que tanto tiempo hace que ya no está en este mundo, parece que va a salir de la pantalla -o el papel- para unirse a quién la mira.

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"Maud". Subtitulada  "There has Fallen a splendid Tear From the Passion Flower at the Gate", y que cada cual traduzca como quiera -¿"Ha caído una esplendida lágrima de la flor de la pasión en la puerta del jardín?". 


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"El paso -o último viaje- de Arturo" (1875), donde se recrea la muerte del rey Arturo, realizando su travesía camino de la isla de Avalon. Las leyendas no dejan demasiado claro quienes acompañaron al rey en su último viaje: Morgana, la Dama del Lago, u otras reinas-hadas.

Algo que destacaba en su obra, es un desenfoque de las imágenes, que nunca ha quedado demasiado claro si fue porque Cameron no sabía realizar mejor su trabajo, o si era intencionado, aunque todo parece indicar lo segundo, porque es difícil de creer que, tras años de pruebas y experimentación, nunca llegara a eliminar ciertos errores de iniciación. Este supuesto desenfoque realizado voluntariamente, o flou, se hizo famoso, y más tarde también sería imitado, pues le daba a su trabajo un aspecto romántico, fantástico, onírico, así que se podría pensar que, lo que al principio fue casualidad, finalmente fue buscado expresamente. También tenía una base y sustento, al menos en parte, religiosos, pues Cameron, como muchos contemporáneos victorianos, aún pensando que el arte, en sí mismo, era técnica -y se podía enseñar, si el alumno tenía vocación y habilidad suficientes-, el más elevado era el arte sacro, el que tenía al la Biblia, y a la fe cristiana en sentido amplio, como principal protagonista. Es difícil encuadrarla en una corriente artística, por no tratarse de pintura, dibujo, escultura o arquitectura, pero si bien a Emma Barton se le considera prerrafaeita -muy tardía, eso sí, pues se dedicó a fotografiar, básicamente, en la primera década y media del siglo XX-, a Cameron, más bien, se le podría encuadrar en la corriente mayoritaria academicista, aunque esta etiqueta, en su arte, fuera un tanto discutible, por no haber academias donde aprenderlo, sino más bien depender de la habilidad o sentido artístico de cada fotógrafo, y de lo que pudiera aprender de un maestro, o estudiando la obra de los demás.
En 1873 perdería en un parto a su única hija, pero el arte, que para ella era casi una obsesión, le hizo seguir adelante. Al año siguiente, publicaría su autobiografía, que también era un comentario sobre su propia obra, y el cómo la realizaba. En 1875, volvería a ilustrar otro libro de poemas de Tennyson, y ee mismo año, marcharía con su marido a Ceilán, donde enfermaría de un enfriamiento del que nunca se recuperaría, falleciendo en 1879. Por la época en la que vivió y realizó su obra Julia Margaret Cameron fue una británica victoriana al cien por cien, y sus fotografías, parte de la cultura de aquellos tiempos, ahora recordados como una edad de oro -en todos los sentidos- de Gran Bretaña que, a pesar de los brillos imperiales, tenía más claroscuros de lo que se acostumbra a hablar hoy en día. 


Y una fotografía moderna, inspirada en su obra, vuelta a la actualidad gracias a libros y exposiciones:

La actriz Jessica Chastain, en 2013, para Vogue.

jueves, 18 de febrero de 2016

Los prerrafaelitas (XXXIII): Edward Burne-Jones, ejemplo claro de lo que fue el prerrafaelismo.

Aunque tarde, un pequeño repaso de uno de los miembros más conocidos del movimiento.


Magnifico pintor, y eslabón entre los prerrafaelitas, y la corriente artística principal.

La verdad es que Burne-Jones fue uno de los prerrafaelitas principales, junto a la "Santísima Trinidad", Salomon, de Moran y Siddal. Cierto que hubo muchos otros, como Alma-Tadema, los dos Leighton, Poynter, Waterhouse, etc., pero todos ellos tuvieron, demostraron, haber recibido una influencia más clara de la corriente principal, de la llamada pintura academicista, incluyendo también ramificaciones más modernas de ella, como el romanticismo, el neoclasicismo, el orientalismo...
Y si he decidido hablar de él tan tarde -nada menos que tras treinta y dos entradas, un preámbulo y tres anexos- ha sido por simple despiste. Ahora, y antes de escribir sobre alguna otra cosa, él también tendrá su pequeña entrada, aunque sea tarde.
Edward Coley Burne-Jones nació en Birmingham en 1833, y murió en Londres en 1898. Le faltó poco, para conocer el siglo XX. 
Burne-Jones era hijo de un tallista y dorador, que perdió a su madre a los pocos días de nacer. Su padre tuvo que encargarse de criarlo con la sola ayuda de una ama de llaves, un miembro habitual del servicio doméstico de la época -en ocasiones, el único que tenían muchos miembros de la clase media-, que no destacaba, habitualmente, por su amabilidad, sino por una fría aunque, normalmente, innegable profesionalidad.
Después de acabar la escuela, pasó a estudiar teología en el Exeter College de la Universidad de Oxford, donde conoció y se hizo amigo del poeta y -hoy lo diríamos así- animador cultural William Morris, que también fue arquitecto, maestro textil, filósofo artístico, algunas cosas más. También conoció al crítico John Ruskin -sí, el que compraba cuadros a Lizzy Siddal, y parece que, o "animó" a su esposa a largarse con Millais, porque quería el divorcio, o no pareció importarle demasiado que lo dejara; quizá habría que hablar un poco más, de estos dos hombres-. También empezó a leer a Thomas Malory, el auténtico creador de la leyenda del rey Arturo, en una época tan lejana a los tiempos del misterioso monarca céltico -o romano-celta- como fue el siglo XV. Con esas amistades, y esos intereses, sin dejar de ser hombre creyente, estaba claro que Burne-Jones no estaba predestinado a ser sacerdote.


"Amor entre ruinas". El sentimiento puro de los amantes, entre las ruinas de ¿un antiguo imperio? ¿grandezas olvidadas?

"La boda de Psique": un desfile de mujeres, con una protagonista centra, en un paisaje desolado. La historia de Venus-Afrodita que, envidiosa de la belleza de Psique -mujer mortal, hija de un rey de Anatolia, quizá lidio, frigio o cario-, desea que se enamore del hombre más horrible e inmoral del mundo, y para eso envía a la tierra a su hijo Cupido-Eros. Pero ese acto rastrero no sale como Venus había pensado. Cupido acaba enamorándose de Psique, y acaban viviendo juntos.

Morris le quitó de la cabeza el ser sacerdote -porque no olvidó la idea de un día para otro-, y hay que agradecérseo. Con Ruskin, viajó a Italia, como tantos otros británicos que deseaban ser artistas, o al menos, conocer un país que concentraba arte griego, romano, medieval y renacentista. Un inmenso museo al aire libre. Después de dejar Oxford, sin título alguno, pasó en 1855 por el taller de Dante G. Rossetti, cuya influencia se ve en su pintura -aunque fueron Morris y Ruskin, los responsables de su cambio de vida, del despegue de su carrera artística-, y al poco, se interesó por el arte de crear vidrieras, que estaba renaciendo en Gran Bretaña, como una recuperación de un arte medieval, pero con técnicas y estilo más modernos.
En 1860, y tras cuatro años de noviazgo, se casó con Georgiana McDonald, que estudiaba como pintora, y que acabó dedicándose al grabado en madera -el ser una mujer con ideales artísticos elevados, y bastante dotada para el arte, quizá "ayudó" a que el gran amigo de su marido, William Morris, acabara por enamorarse de ella, olvidándose de su propia mujer, la bella Jane Bourden-Morris-. Las otras tres hermanas McDonald también se casaron, o tuvieron hijos famosos: una, con el pintor Edward Poynter; otra, fue madre del futuro primer ministro Stanley Baldwin; y una tercera, fue la madre del escritor -y retratista del Imperio Británico- Rdyard Kipling. Así que Burne-Jones fue tío tanto de Kipling como de Baldwin. Una familia que contaba, al tiempo, con dos grandes pintores, un político de primer orden, y un extraordinario escritor debió de ser digna de ver y conocer.
Fue en 1859, poco antes de su boda, cuando viajó por Italia junto a Ruskin, visitando Milán y Venecia. En 1867, el matrimonio se estableció en Fulham, en Londres. El gran amigo de Burne-Jones, William Morris, parece que se enamoró de Georgiana, pero ella lo rechazó. Y por lo visto, la amistad entre los dos hombres era tan fuerte, que semejante amor platónico de su mejor amigo por su esposa -si no fue algo distinto para Morris, que tampoco está demasiado claro- no fue suficiente para romperla.

"La roca de la condena", es parte de su serie sobre Perseo -a partir de "La muerte del rey Acrisio", un poema de su amigo William Morris-.

"El destino cumplido", otra pintura -siguiente a la anterior en la serie- sobre Perseo.

"El molino", donde recrea tiempos antiguos -en ocasiones, basándose más en las Biblia que en Grecia o Roma, pero sin destacar personajes bíblicos, sino anónimos contemporáneos suyos; se trata de tres mujeres bailando durante una noche de verano-.

En 1877 expuso ocho obras en la Galería Grosvenor, rival de la Royal Academy, que incluía su clásico "El hechizo de Merlín", y allí consiguió ser considerado uno de los representantes del movimiento prerrafaelita, y de la nueva pintura británica en general. Sin embargo, en la década de los ochenta del XIX, Burne-Jones no celebró exposiciones, pues hacía tiempo que recibía duras críticas y ataques de la prensa, y no deseaba ni entrevistas, ni ser "hombre público", aunque eso no significa que no pintase nada. Además, en esa época había tenido una relación amorosa con una modelo griega, María Zambaco, que hasta intentó suicidarse en público, escándalo del cual la prensa lo hizo único responsable.
Burne-Jones representó en sus cuadros tanto temas mitológicos greco-romanos -aquí se ve la influencia del arte italiano, que conoció en su viaje al país mediterráneo, y seguramente, en visitas a museos y colecciones-, como leyendas más o menos históricas -normalmente de origen medieval-. Un ejemplo de lo primero, sería su serie de obras basados en la historia del héroe griego Perseo, o "El espejo de Venus". En cambio,  "El rey Cophetua y la hija del mendigo" (1884) está basado en un texto del poeta Alfred Tennyson, con el que triunfó en la Exposición Universal de París en 1889.


Influencia, e incursiones en otras ramas artísticas.

Como después los modernistas, o los artistas del art nouveau, Burne-Jones no se dedico solamente a la pintura. Se interesó por la artesanía artística, diseñando azulejos de cerámica, joyería, tapices, alfombras... además, ilustró libros -sobretodo, editados por su amigo Morris-, y diseñó vestimentas teatrales
Pero fue el arte de la vidriera, que estaba disfrutando en el siglo XIX un auténtico renacimiento, y que significó gran número de nuevos vitrales en catedrales e iglesias -además de casas particulares, centros educacionales, ayuntamientos...-, no sólo lo que más le llamó la atención, sino también donde más destacó. En realidad, a la hora de hablar del arte vitral británico del XIX, Burne-Jones debería estar entre sus más destacados maestros. En muchas de ellas, le ayudó, como no, su amigo William Morris.
En 1890 fue elegido miembro de la Royal Academy, y cuatro años después fue nombrado caballero. La muerte de su amigo Morris, en 1896, resultó tan duro para su salud, que falleció apenas dos años después. Tras su muerte, y por primera vez tras lamuerte de un artista, se celebró un servicio en su memoria en la Abadía de Westminster.
Aunque su arte acabó siendo olvidado tras las vanguardias, y sobretodo, después de que el llamado arte moderno acabara por barrer el recuerdo del llamado arte clásico o academicista -curioso, que hasta los que intentaron cambiar el arte pictórico, rompiendo en parte con el academicismo, al final acabaran siendo incluidos en el mismo saco que éste-. Solo bien entrado el siglo XX, empezó a ser redescubierto y revalorizado, y en los últimos años, las redes sociales, y la popularización de libros de arte, y el aumento de exposiciones artísticas a nivel internacional, han dado a conocer tanto a él, como a sus compañeros, a un número cada vez mayor de interesados por el arte en general, que empiezan a estar cansados y aburridos de la actual corriente mayoritaria: el arte abstracto o moderno, más un negocio que cualquier otra cosa.

"La seducción de Merlín". El mago, conquistado por la bella Nimue -o Vivien-, una hechicera a quien el mago enseñó parte de lo que sabía, y que aprovechó sus conocimientos para atraparlo con la ayuda de arbustos de espino, y trasladarlo prisionero a una torre. Se basó en un poema de Tennyson, que descubrió en su juventud -quizá gracias a Morris-, pues Burne-Jones era un enamorado de la mitología artúrica.

"Las escaleras doradas" (1880), una de sus obras clásicas, donde el protagonismo se lo llevan las escaleras tanto como las jóvenes que bajan por ellas.

Pero antes del olvido, fue toda una figura Influyó tanto en los simbolistas, que en ocasiones, más que como miembro de la segunda generación prerrafaelita, se le ve como auténtico simbolista. Muy probablemente, teniendo en cuenta que el segundo movimiento debía mucho al primero, más bien se le podría considerar tanto una cosa, como la otra. También la literatura, recibió influjo de su arte: primero, el poeta Algernon Charles Swinburne, amigo de Dante. G. Rossetti, y prototipo de poeta prerrafaelita; después, entre otros, del mismo Tolkien, el creador de la Tierra Media.
También hubo un grupo de artistas, conocidos como "El grupo de Birmingham", que recibió su influjo, y que consiguieron cierto nombre en la década de los noventa del XIX, cuando la vida de Burne-Jones ya estaba llegando a su fin. También su ayudante de estudio, Charles Fairfax Murray, tuvo su propia carrera de pintor, además de dedicarse al coleccionismo y venta de arte. Entre 1903 y 1907 vendió muchas obras de su maestro, y otros prerrafaelitas, al Museo y Galeria de Arte de Birmingham, la ciudad natal del pintor, a bajo precio. Y aquello, con el tiempo, resultó un regalo para el museo, pues tiene la mayor colección de obras de Burne-Jones del mundo, además de otras obras de sus contemporáneos.

"El rey Cophetua y la muchacha mendiga", conocida como Penélope -según una traducción al español-. Cophetua era un legendario rey africano que sentía especial atracción por las mujeres, que sería personaje literario y en el arte.


"El último sueño de Arturo en Avalon", es una de sus mejores obras, y probablemente, la más espectacular, por su tamaño y número de personajes. Burne-Jones siempe sintió fascinación por la figura, más mítica que histórica, de Arturo, y deseaba realizar una gran obra con él de protagonista, aunque fuera en el momento de su muerte, rodeado de Morgana, y de otras mujeres, no se sabe bien si mortales comunes, magas o hadas, en la misteriosa y legendaria isla de Avalon, donde reposaban los nobles y valientes, mezcla de mitología céltica, simbología cristiana y espíritu caballeresco, aunque Arturo, caso de existir, fue históricamente muy anterior, de tiempos de las invasiones germánicas -anglos, sajones- que siguieron a la marcha de las legiones romanas. Tardó diecisiete años en reaizarla -la pintura le obsesionó tanto como le fascinó-, y lo que en principio sólo fue el encargo del conde de Carlisle, acabó siendo una de sus obras más personales y espectaculares.

"Santa Cecilia" (1900), en el Museo de Arte de la Universidad de Princeton. También fue un auténtico maestro en el arte vidriero.