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domingo, 3 de junio de 2018

El  jardín de las Hespérides, otro grupo de hermanas, parte de la multitudinaria descendencia de Atlas.

Hermanas de las Híades y las Pléyades, que no consiguieron espacio propio en los cielos.


Vigilando sagradas manzanas toda la eternidad.

Hace ya, no sé, como mil años -o sea, bastante-, escribí sobre las Pléyades, y más adelante, de las Híades. No son, ni unas ni otras, personajes de gran importancia en la mitología griega -mitos, leyendas o cuentos, o en obras literarias de época arcaica, clásica, etc.-, pero quizá por eso mismo, por resultar fácil hablar sobre ellas en un espacio relativamente pequeño sobre unos personajes femeninos de los que se habla en leyendas, poemas o teatro, o protagonicen cuadros o ilustraciones, pero poco se sepa realmente de ellas, que me dio por dedicarles un par de entradas. Hablar de los dioses principales, la verdad, me va bastante grande, y el tiempo que necesitaría para hacerlo sería demasiado para mí.
Bueno, pues casi por completar algo, he decidido escribir un poco sobre las hermanas de unas y otras: las Hespérides. Resulta curioso que el titán Atlas, y su esposa, la también titánide de segunda generación Hésperis, tuvieran no sólo tanta descendencia, sino también que fuera toda femenina, y que además fueran, por decirlo así, distintos grupos de hermanas. Se podría decir que los dos dioses, pues eso fueron, o eran padres de varias hijas al mismo tiempo -las Pléyades fueron siete, y las Híades todavía más, pero al fin y al cabo, Hésperis era una diosa, y podía tener en un solo parto las hijas que hicieran falta, como quién dice-, o las tuvieron en pocos años, y tiempo después -tiempo que, siendo inmortales los progenitores, podrían haber sido lo mismo décadas, como siglos-, volvías a tener varias hijas en poco tiempo. Y así.
Las Hespérides no fueron unos personajes demasiado populares entre los griegos antiguos. Al fin y al cabo, al igual que las Cárites -las tres Gracias romanas-, no tenían personalidad propia, y aunque se conozcan sus nombres, ninguna de ella tiene unas características personales o físicas que hagan que alguna de ellas destaque o resulte distinta a las demás. Hijas, como ya se ha dicho, de Atlas y Hésperis, a la que deben el nombre -que más bien significaría, sencillamente, "hijas de Hésperis"-, al principio fueron un número indeterminado, pero bastante grande -hasta quince-, después, siete, cuatro, y finalmente, sólo tres. En ese número las podemos ver en cuadros e ilustraciones muy posteriores, sobretodo a partir del siglo XVI, en pleno Renacimiento, en que dichas hermanas, y el jardín que habitaban, fueron retratadas en numerosas ocasiones. Realmente, en tiempos clásicos nunca recibieron tanta atención.

'El jardín de las Hespérides', Lord Leighton
"El jardín de las Hespérides", de Frederic Leighton. El genio prerrafaelita transforma el dragón en una serpiente, que parece juguetear con las eternamente jóvenes guardianas, que tocan y cantan una canción que acaba por dormirlas tanto a ellas, como al reptiliano guardián. Los pintores del XIX acostumbraban a retratar a los personajes femeninos "clásicos" -tanto diosas, como personajes mortales legendarios, o mujeres griegas y romanas anónimas- de forma lánguida, siempre dormidas o adormiladas, incluso en el caso de que pudieran ser considerados personajes fuertes y poderosos, como serían unas guardianas divinas.

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Otro prerrafaelita, Edward Burne-Jones, bebe del Renacimiento, aunque Ladón, transformado en serpiente de aspecto poco amenazador, enrollado en el árbol de las manzanas de oro, más bien se asemeja a su "hermana" bíblica del Génesis, enroscada en el árbol del bien y del mal -¿el fruto prohibido? ¿Hubo algún tipo de influencia de una serpiente, con su árbol y su fruto vetado a la Humanidad, de una mitología a otra? Hay que tener en cuenta que el Génesis no deja de ser una recopilación de mitología mesopótamica, cuya influencia recibieron los griegos, posiblemente, a través de los fenicios, vía Siria, puente entre éstos y Mesopotamia-.

Ilustración moderna -desconozco el autor, por no haberlo podido encontrar- de Ladón, con múltiples cabezas, y un aspecto de dragón. Posiblemente, la visión que tuvieron algunos mitógrafos griegos o romanos fue más parecida a esta versión actual que a la serpiente de Leighton, que más bien parece haber salido de la Biblia.

Respecto a su nombre, cuando eran siete fueron conocidas como Egle, Aretusa, Etitea, Hestia, Hespera, Herperusa y Hesperia, pero más adelante, se consideró que quizá los cuatro últimos nombres eran distintas formas del de una sola de ellas. De ahí que pasaran de siete a sólo cuatro. Todavía más tarde, se pensó que, aparte de Egle -"brillo", "esplendor"- y Etitea -más adelante, Eritia o Eriteis, "la roja", quizá por el color del cielo antes del anochecer-, se supuso que Hestia y Hespera o Herperusa debían ser la misma, con el nombre de Hesperetusa. Realmente, esta forma de reducir a las Hespérides a tres -nombre habitual en diosas menores sin identidad propia- resulta un tanto socorrida, pero en determinado momento, la mitología dejó de ser algo sacro, para pasar a ser lo que se llamaría literatura popular oral, pero puesta por escrito por los mitógrafos, y cuando a éstos no les cuadraban ciertas cosas, lo arreglaban lo mejor que podían.
Tampoco tuvieron demasiado claro su origen "familiar". Realmente, el que fueran hijas de Atlas y Hésperis debió ser una idea más bien posterior -no se sabe, tampoco, si la madre dio nombre a las hijas, o viceversa-, porque anteriormente se suponía que podían ser hijas de Nix, la diosa de la noche y la oscuridad, un personaje con un origen tan oscuro como su carácter y su misión en el teatro del Universo, y que quizá sea una forma más o menos helenizada de algún tipo de diosa o espíritu mucho más antigua, quizá de tiempos neolíticos, o de la primera Edad de Bronce, anterior a la llegada de los antepasados de los griegos a lo que sería la Grecia Micénica. También hubo dudas sobre otras paternidades, entre ellas, como no, de Zeus, un auténtico obseso, con un apetito sexual desmesurado, por muy dios de dioses que fuera.
Respecto a lo principal, que sería su lugar o sentido en los mitos, las Hespérides eran las guardianas, en el jardín que llevaba su nombre, de un árbol, o más bien de sus frutos, que pertenecía a la vengativa y celosa Hera -lo segundo, con toda la razón, la verdad-, esposa de Zeus, y diosa del matrimonio. Los frutos de dicho árbol no eran cualquier cosa. Se trataban de manzanas de oro, que daban la inmortalidad a quién las comiera, lo que hace pensar que dichas manzanas -o frutos, porque tampoco está claro que lo fueran-, más que de oro, debían de ser de color y aspecto dorados, pero no de dicho metal. Realmente, sólo un dios habría sido capaz de comérselas, de ser así. Eran consideradas manzanas -o lo que fueran- que daban fortuna, al contrario de las manzanas de la discordia, como la que Paris entregó a Afrodita -en lugar de a Hera, o a Atenea, engatusadas, como la rubia diosa del amor y el sexo, por la siniestra y poco conocida Eris, diosa de la discordia- cuando le preguntaron -pobre mortal, que dijera lo que dijese, estaba condenado a la ira divina- cual de las tres era la más bella, provocando, al recibir como premio de la bella  y caprichosa diosa de rubios cabellos la posibilidad de conquistar a Helena, comenzara la terrible guerra de Troya. Lo dicho, celos y envidia divinos. Y terribles.
Pero por lo visto, Hera no confiaba demasiado en ellas, tres jóvenes amantes de cantar y bailar, porque algo tendrían que hacer, allá solas, vigilando el árbol -o arboleda- con sus frutos, que por lo visto a veces recogían para ellas mismas -se supone que por gusto, porque como hijas de titanes, y por tanto diosas, aunque fueran un poco "de segunda categoría", debían ser inmortales sin necesidad de ayuda extra-, y como única compañía -lejana, tal vez no tenían permitido hablar con él- a su sufrido padre Atlas, aguantando indefinidamente la bóveda celeste -normalmente se dice que el mundo, pero no fue así, exactamente-. Como "ayuda", y tal vez también, como vigilante de las vigilantes, puso  allá un dragón, o al menos un gran reptil, llamado Ladón -en la mitología griega, los reptiles de enorme tamaño y mal carácter, más que lagartos, o dragones, que quizá sería una criatura extraña a su cultura, eran gigantescas serpientes, como Pitón, a la que mató el dorado Apolo-. Ladón, el dragón de las Hespérides, tenía nada menos que cien cabezas, cada una de ellas con una boca llena de dientes, pero eso no impidió que Heracles/Hércules lo matara en uno de sus trabajos. Hera, que parece que era más agradecida con monstruos que con humanos, consintió que, tras su muerte en la Tierra, pudiera ascender a los cielos, donde forma la constelación del dragón.

Archivo: Detalle del mosaico con los trabajos de Hércules (Undécimo labour - Manzanas de las Hespérides), siglo III dC, encontrado en Llíria (Valencia), Museo Arqueológico Nacional de España, Madrid (15457081602) .jpg
Mosaico romano -probablemente del siglo III d.C.-, encontrado en Llíria -Valencia, España-, donde se puede ver a Hércules, al lado del árbol -o uno de ellos- de las manzanas de oro, protegido por Ladón -representado por una serpiente-, y con las Hespérides detrás, aparentemente más deseosas de marcharse de allá, que de enfrentarse al héroe saqueador.

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Otra visión clásica de las Hespérides. Y de nuevo, Ladón representado como una serpiente enroscada a un árbol -bastante canijo, por cierto; probablemente, el artista quería representar, en primer lugar, a las jóvenes guardianas, y no a un árbol con manzanas y un reptil de confusa naturaleza-.


¿Dónde encontrarlas? El jardín de las Hespérides, siempre hacia Occidente. 

Los griegos antiguos nunca tuvieron demasiado claro donde estaba el jardín en cuestión. A partir de cierta época -de la clásica en adelante-, ya daban por supuesto que aquello era una leyenda, fantasía, vamos. En principio, debieron pensar que estaba en la costa libia, teniendo en cuenta que por el nombre de "Libia", los griegos conocían toda África, excepto Egipto -que era un estado y una civilización aparte-, y más adelante, a medida que supieron de Nubia y Axum -el primer estado etíope-, Libia sería el territorio habitado por pueblos que llamarían bereberes -mauritanos, númidas, libios, y más adelante, los semitas cartagineses, de origen fenicio-. O sea, el territorio al oeste de Egipto habitado por gente no demasiado oscura de piel.
Pero con el paso del tiempo, tras la época heroica de la civilización micénica, y la llamada edad oscura -de la que poco o nada se sabe-, griegos más modernos -época arcaica- y fenicios fueron explorando y colonizando la costa de la Libia propiamente dicha, así que lo colocaron todavía más al oeste. Todo lo posible, realmente. Algunos pensaron que podría estar en la zona norte del extremo oeste del Mediterráneo, cerca de Gadir, el Gades romano, el Cádiz actual, por no decir en el mismo lugar donde nació la ciudad -donde supuestamente Hércules se enfrentó, y mató, al rey Gerión, para robarle sus rebaños; muchos monarcas de la época no dejaban de ser, realmente, una especie de saqueadores y piratas-. O bien, cerca de la legendaria Tartessos -tan legendaria, que todavía no se ha encontrado, y tal vez no se encuentre nunca-. Pero después pensaron que no, que había que mirar más al sur, al otro lado del estrecho. Por eso supusieron que podía estar en el norte del actual Marruecos, quizá al sur del futuro reino de Mauritania. Allá estaría el jardín de las Hespérides, con sus tres diosas vigilantes, y el dragón -o lo que fuera-, y también el padre de éstas, el pobre Atlas, soportando la bóveda del cielo -más adelante, se diría que el mundo, y así se le representa siempre, en titán soportando la Tierra completa sobre sus hombros-. Está bastante claro que el Atlas, la enorme cordillera del interior de Marruecos, debe su nombre al pobre y sufrido titán, que tan terrible castigo sufrió tras perder la guerra entre sus hermanos y él mismo contra los nuevos dioses olímpicos. Zeus podía ser muy duro y cruel, ciertamente.

Esta acuarela del australiano Rupert Bunny, de 1922, artista decadentista -aunque su obra va de una escuela a otra-, da una versión más realista y brutal del robo de los frutos de Hera. Aquí, Hércules no es un héroe, sino un guerrero brutal, un saqueador, un ladrón, que sólo sabe usar la fuerza bruta para conseguir sus fines. Se le ve a punto de matar a golpes al dragón -que es representado como un reptil distinto a una serpiente, pero también a un dragón "medieval"-, mientras las Hespérides -aquí, siete, con en otras versiones del mito- huyen despavoridas. El cuadro, y el nombre de su autor, lo encontré en una web de arte: "Raras Artes", del que pongo un enlace.

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Esta estatua moderna de Hércules, con una de las manzanas doradas en su mano, se encuentran en el Jardín de las Hespérides, tocando al Jardín Botánico, de la ciudad de Valencia.

Finalmente, los griegos helénicos y los romanos -y los griegos contemporáneos suyos- acabaron adoptando la leyenda para recrearlo en poemas, en mitos por escrito -los mitógrafos hicieron lo posible para que no se perdiera toda aquella literatura oral, y no pocos problemas tuvieron, para ordenar y aclarar tantas historias entremezcladas y contradictorias-, y siglos más tarde, los pintores del Renacimiento, neoclásicos y prerrafaelitas siguieron reflejando en el lienzo sus particulares visiones de aquel "paraíso alternativo", bien distinto del bíblico.
Hubo, además de un mito -o más bien una leyenda- sobre el origen del jardín propiamente dicho y sus guardianas, otro en que el aparece, al menos, en uno de sus capítulos: se trataría de los doce trabajos de Hércules, -el griego, Heracles, aunque ha acabado por perdurar el nombre romano-, que realizaba por orden de su primo, el rey Euristeo. El coloso semi-divino tenía que conseguir las manzanas áureas guardadas por las Hespérides, pero cuando llegó al fin del mundo, en lugar de encontrárselas a ellas -¿dónde andaban, las vigilantes? Quizá no era tan mala idea, lo de colocar al dragón a vigilar junto a tan aburridas y cantarinas damas- se encontró al pobre Ladón, a quién sus colmillos y supuestas cien cabezas -aunque siempre se le representa con una, aunque grande y terrible- no le sirvieron de mucho para recibir una paliza mortal de aquel gigante, que lo mismo aparece como un bárbaro que como un héroe civilizador -claramente, Hércules fue el personaje no completamente divino más famoso de la Grecia antigua, y sus numerosísimas aventuras dan visiones bien distintas del hijo de Zeus-. Liquidado Ladón, en lugar de a sus hijas, se topó, como antes se ha dicho, con Atlas, y por él -parece que no recibía muchas visitas de sus hijas, y tenía ganas locas de hablar con alguien- pudo saber que sólo las Hespérides o alguien de su sangre -como el mismo Atlas, su padre- podían cogerlas. Así que Hércules le propuso soportar sobre sus hombros el peso del mundo, para que el titán pudiera ir a buscarlas, cosa que hizo bien a gusto, después de milenios soportando aquel peso inaudito. Pero cuando Atlas se vio libre, no ocultó al héroe que no tenía intención alguna de volver a cargar con aquella carga de nuevo. Hércules, comprendió, tenía que inventar algo para enredar a aquel pobre desgraciado -porque la fin y al cabo, de eso se trataba-, así que le dijo a Atlas si podía sustituirlo un momento mientras se arreglaba la capa, pero cuando el reo de Zeus vio al hijo de éste salir corriendo con las manzanas doradas, comprendió que le habían engañado. ¡Cómo pudo ser tan inocente! Quizá por no haber tenido contacto con el mundo exterior durante siglos, quizá milenios.


viernes, 16 de febrero de 2018

Los prerrafaelitas (anexo XVI). Los temas (y 7, después de haber acabado en el 6: El jarrón de albahaca de Isabel.

Como ciertas cosas no acaban del todo nunca, vuelvo a la temática de las obras del prerrafaelismo.


Boccaccio, Keats, y finalmente, atención de los prerrafaelitas.

Hace lo que a primera vista me parecería mil años, acabé la larguísima serie dedicada a los prerrafaelitas. Sin embargo, me saqué de la manga la posibilidad de ir añadiendo entradas nuevas sobre personajes o temas que pudiera ir encontrando dentro o fuera de la red. Y este es un caso, tratándose de uno de los temas del prerrafaelismo que más interesó y atrajo, por lo menos, a los primeros prerrafaelitas, entiendo como tales a la ya conocida -por mí, al menos- "Santísima Trinidad" del movimiento: Holman Hunt, Millais y Rossetti.
Ya se ha visto que estos y otros artistas del movimiento tuvieron especial atracción por personajes mitológicos y, sobretodo, literarios o legendarios femeninos que, antes que ellos, no es que fueran especialmente tenidos en cuenta por los artistas plásticos. Caso de la Dame sans merci, la dama de Shalott, Ofelia, etc. A ellas podría unirse otra, como quién dice, recién descubierta por mí: Isabel, o Isabella -en italiano- y su jarrón de albahaca.
Quizá primero habría que explicar, aunque fuera sucintamente, la historia de la tal Isabel, y su importancia literaria antes de que los prerrafaelitas la adoptaran como una de sus modelos -aunque no se tratara de mujeres reales y de carne y hueso- y musas.
En primer lugar, cuál es su origen literario. La historia de Isabel y su jarrón forma parte del "Decamerón" de Giovanni Boccaccio, un compendio extraordinario de relatos de todo tipo -de amor, desamor, humor, trágicos, satíricos-, y uno de ellos fue, precisamente, el del Isabel y su jarrón de albahaca. Cuenta dicho relaato que la joven formaba parte de una familia de clase alta, y sus hermanos pretendían casarla con un hombre de su misma clase social. Pero ella estaba enamorada de un joven de origen modesto, que trabajaba para la familia. Amor, por lo demás, correspondido. Pero los hermanos supieron de aquel amor secreto y prohibido, y se las apañaron para asesinar al joven, y enterrarlo en secreto. Ella, claro está, no volvió a saber de él, y sus hermanos le iban dando largas, cuando Isabel, lógicamente, les preguntaba por su amado, porque al fin y al cabo, era el encargado de dirigir los negocios de la familia. Una noche, Lorenzo, el asesinado, se le apareció a Isabel en un sueño, y le contó la verdad. Isabel llegó a donde estaba el joven enterrado, y no se le ocurrió otra cosa que cortar su cabeza con un cuchillo, y esconderla en un gran jarrón, donde lo cubrió con tierra, y plantó albahaca, que creció de forma extraordinaria. Isabel se pasaba el día y la noche al lado del tiesto, abrazándolo como si fuera un amante, y aquello extrañó a propios y extraños, y a sus propios hermanos, que dicidieron separarla de tan extraña obsesión. Pero Isabel enfermó, y no paró de pedirlo entre sollozos. Evidentemente, los hermanos quisieron saber qué demonios escondía aquel jarrón, y encontraron la cabeza de Lorenzo. Sonrprendidos y horrorizados, la enterraron en secreto, y marcharon fuera de Florencia -la ciudad de Isabel y su familia- por cuestiones de negocio. Y ella, sin el jarrón que pedía entre sollozos, murió al poco de pena.
Para quién quiera leer el cuento completo traducido al castellano, dejo un enlace de la web "Narrativa breve", que es donde yo lo leí.

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Una estatua de Bocaccio, el gran escritor florentino -aunque nació en la pequeña población toscana de Certaldo-. Fue, junto a Dante y Petrarca, uno de las grandes figuras literarias del Renacimiento, y padres de la literatura italiana. La historia de Isabel y su jarrón de albahaca es uno más del centenar de historias que se cuentan en su "Decamerón".

La figura trágica de Isabel y su jarrón fue recogida, a principios del siglo XIX, y en un país europeo bien distinto a Italia como Gran Bretaña, por una de las principales figuras de la poesía romántica no sólo inglesa, sino europea en su conjunta: el no menos trágico -por su corta vida, no por su obra, al menos, no toda- John Keats, que por sí sólo ya merecería bastante más que una modesta entrada de blog. Keats era un  hombre vitalista, sensual -no en el sentido sexual que ahora se le daría, sino en el de poner sus sentimientos por encima de todo-, pero también un joven siempre con problemas económicos, de salud -murió tuberculoso a los veinticinco años-, y con poco eco entre los críticos de la época -y no sólo críticos; Byron, aunque trabó amistad con él, siempre le consideró muy por debajo de él, llamándolo "Johnny", como si fuera un adolescente que se distrajera escribiendo poemas mediocres-. Como tantos románticos -y "post-románticos", que sin ser considerados exactamente como tales, no pudieron, y muchas veces tampoco quisieron, ocultar su influencia por los románticos de nombre y fama-, también se dejó influir por Italia, donde, incluso, acabó viajando por cuestiones de salud -inútilmente, pues murió, y fue enterrado en Roma, donde se puede encontrar aún hoy en día su tumba, como la de Fortuny-. Y he aquí los primeros versos que dedica a Isabel, Lorenzo, y su trágico amor:

¡Bella Isabel, pobre y sencilla Isabel!
¡Lorenzo, un joven romero a los ojos del amor!
No podían morar en la misma mansión
sin sobresaltos de corzón, sin languidecer;
no podían sentarse a comer sin sentir lo bien que les sentaría a los dos ser el uno del otro;
no podían, con seguridad, dormir bajo el mismo techo,
sin soñar el uno con el otro, y llorar por la noche.
(...)


Tras la muerte de Keats -y de Byron, Shelley, Tennyson...-, el relevo del romanticismo poético pasó, en cierto modo, al neo-romanticismo pictórico prerrafaelita, y los miembros de la Hermandad, y muchos otros que sin ser parte de ella, sí lo fueron del movimiento -en el sentido más amplio- acabaron adoptando diversos temas que fueron, en ocasiones, comunes a los románticos pre-victorianos que vivieron en lo que podría llamarse Era -o Época- Georgiana tardía -la Regencia de Jorge III debido a su locura, Jorge IV, Guillermo IV-, e Isabel de Florencia pasó a formar parte de su particular mitología.

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Quizá el retrato más conocido o popular de John Keats.

Y ahora, en tercer y último lugar, Isabel y su mal de amores en la pintura de los prerrafaelitas, que es, en principio, de lo que se iba a hablar aquí, aunque pensé que debía dar alguna explicación antes de ello. El cuadro más conocido con dicha temática -aunque no el primero- fue el de William Holman Hunt. Y su fama se debe, más que a la originalidad de cómo imaginó el pintor la historia, al momento de su vida en que lo pintó. 
Hunt estaba pintando el cuadro mientras vivía en Florencia junto a su esposa Fanny, que se encontraba enbarazada. Fue en esa ciudad italiana -que tantos artistas británicos visitaron a lo largo del siglo XIX- donde ésta dio a luz a Cyril, el hijo de la pareja, pero lamentablemente, falleció poco después de septicemia, antes de que Hunt pudiera acabar el cuadro, y se supone -razonablemente-, que el dolor por la pérdida de su esposa debió influir en el pintor, que no pudo sustraerse del dolor causado por su pérdida, por mucho que el arte lo absorbiera y ocupara su tiempo. Su "Isabel y el jarrón de albahaca" obtuvo gran éxito de crítica y público, y hasta llegaron a hacerse no pocos grabados del cuadro. Mientras tanto, la hermana de Fanny, Edith, se hizo cargo del niño, y finalmente, ella y Hunt se casaron, aunque tuvieron que hacerlo fuera de Gran Bretaña -lo hicieron en Suiza-, pues las leyes de aquel país prohibían el matrimonio de un hombre con su cuñada tras la muerte de su esposa y hermana de ésta.

Hunt tardó mucho en acabar su cuadro (1866-8; casi dos años) debido al dolor de haber perdido a su esposa. Quizá sin que lo esperase, ni le importada demasiado, tuvo un gran éxito entre crítica y público. Gran parte de la información sobre Hunt y su "Isabel" lo conseguí en la web "Pinturas de varias épocas".

Millais también pintó a "Isabella", pero unos veinte años antes que Hunt, entre 1848 y 1849, y también se inspiró directamente en Keats, que resultaba culturalente mucho más cercano a los británicos de su época que Boccaccio -hacía poco más de veinte años que Keats había fallecido-. Aquí la visión del artista es distinta: se puede ver a Isabel, Lorenzo -que le ofrece media naranja, como si fuera una simple muestra de confianza y educación, ocultando que lo hace como se le ofrece algo a la persona amada-, sentados ambos en la misma mesa que los tres hermanos de la joven, y algunos personajes secundarios, del montón. Parece nada más que la comida de una rica familia italiana del Renacimiento, y nada parece presagiar la tragedia que cuenta la historia de Boccaccio. Millais lo pintó siendo extraordinariamente joven, sólo diecinueve años, y fue uno de los cuadros que hizo que muchos empezaran a tenerlo en cuenta.

John Everett Millais - “Isabella” (1848-1849, óleo sobre lienzo, 103 x 143 cm, The Walker Art Gallery, Liverpool)
Este cuadro del pintor prerrafaelita John Everett Millais está inspirado en una de las historias del Decamerón de Boccaccio (jornada IV,...
La "Isabella" de Millais (acabada en 1849) fue uno de sus primeros trabajos. Fue un auténtico niño prodigio, aunque en aquel momento, nadie podía imaginar que protagonizaría, junto a Rossetti y Hunt, toda una revolución en el arte del siglo XIX. Foto y parte de la información, de la web "El cuadro del día".

John William Waterhouse, pintor de mujeres casi etéreas, como ninfas, también pintó otras más "reales", y tuvo su propia visión del sufrimiento de Isabel. 

La Isabel de Waterhouse (1907), detallista, hermosa, con una calavera en la columna en la que se apoya el jarrón... Waterhouse siempre pintaba belleza, incluso cuando deseaba retratar tristeza, tragedia, crueldad de los hados con personas inocentes.



miércoles, 21 de junio de 2017


Los prerrafaelitas (anexo XIV): Alma-Tadema, y su relación con la familia Epps.

Una muy pequeña historia sobre un grande del prerrafaelismo.


Lawrence Alma-Tadema es, todavía, uno de los pintores prerrafaelitas -y por extensión de toda la historia de la pintura británica, y de la europea del siglo XIX- más conocidos y apreciados. De eso no hay duda, como tampoco que, a la hora de representar el arte y la cultura de la Época Victoriana, Alma-Tadema, a pesar de ser un británico de adopción -pues era holandés de nacimiento y origen-, siempre estará en la lista de sus principales embajadores entre las generaciones futuras, como la nuestra misma.
Una de sus alumnas, pues los prerrafaelitas, por famosos que llegaran a ser en su tiempo, no sólo tenían ofertas para ser profesores de los hijos de la nobleza o la burguesía -o de quienes pudieran permitírselo, o se lo permitieran ellos, que esa es otra-, sino que, en ocasiones, para llevar un alto, o no tan alto, nivel de vida, no les quedaba más remedio que aceptar alumnos, tuvieran o no madera de artistas, aunque fueran artistas de nivel más o menos modesto.
Pues una de sus alumnas, pues él, como otros, también aceptaba mujeres -una prerrafaelita de segunda generación, Marie Spartali, comenzó siendo alumna de dos luminarias del movimiento como Dante G. Rossetti y Madox Brown, que sin ser prerrafaelita, siempre estuvo muy cerca de ellos- fue Laura Epps, y pasado el tiempo, poco tiempo, se dieron cuenta que lo que sentían uno por el otro fue bastante más que admiración maestro-alumna, pues Laura acabó siendo la segunda esposa del pintor.

Resultado de imagen de alma tademaComo Alma-Tadema deseaba tener una buena relación con su nueva familia política, y como, por lo visto -no es que haya muchos datos biográficos en internet para saber qué relación real tenían-, nunca tuvo problemas de convivencia con los Epps, quiso realizar una obra en que todos ellos estuvieran representados. Hay críticos que dicen que la coloración -tan distinta a sus luces y brillos- y la asimetría del cuadro muestran la influencia de la pintura y el dibujo japoneses, el famoso japonesismo que se estaba extendiendo por Europa -sobretodo Francia, pero también otros países- a medida que el país oriental se iba abriendo poco a poco al mundo, y viajeros, comerciantes y diplomáticos iban trayendo a Occidente obras de Japón.
Lamentablemente, la obra no está acabada -se ve un espacio casi cuadrado en blanco, en medio de la pintura-, y probablemente fue abandonada cuando la pareja se casó, en julio de 1871. Quizá, Alma-Tadema, que era tan genial como, en ocasiones, poco insistente en acabar trabajos que no le acababan de interesar, pensó que, una vez casado y compartiendo vida con Laura, no tenía necesidad de finalizar lo que era una especie de regalo de presentación a la familia de su esposa.
La inscripción que se puede leer en la parte superior de la pintura, con un estilo medieval o renacentista, hace referencia a una fábula del griego Esopo, que demuestra la necesidad de que la familia permanezca unida, comparándola con un haz de flechas: una por una, se pueden partir sin esfuerzo, pero todas juntas, son imposibles de partir. Y así, como esas flechas, debería ser una familia: unida en lo bueno y en lo malo.


'Portrait of the Epps family' by Sir Lawrence Alma-Tadema, six-part painted screen, 1870-1871, Museum no. W.20-1981
El cuadro que representa a los Epps, con un espacio en blanco enmedio, que Alma-Tadema nunca llegó a completar.

Esta información la encontre en la web del Museo de Alberto y Victoria -o A&V-, cuya web está aquí.


miércoles, 5 de abril de 2017

Los prerrafaelitas (anexo XIII): ... y las obras de Waterhouse se hicieron realidad. El trabajo de Bert Barelds.

Los prerrafaelitas han influido en la fotografía desde los primeros tiempos de este arte. Y en ocasiones, muchísimo.


Hace mucho que escribo más bien poco en el blog, por falta de tiempo, pero también un poco de ganas. Pero en ocasiones, se encuentran en la red cosas realmente interesantes. O al menos, que me interesan a mí.
Este es un caso. Se trata del fotógrafo y director de fotografía holandés Bert Barelds, que entre otras cosas -por lo visto, tiene una obra considerable- una larga serie de reproducciones fotográficas del pintor prerrafaelita John William Waterhouse. Ya en alguna otra ocasión he realizado entradas sobre fotógrafos e ilustradores que se han dejado influir -o directamente, hacer sus propias versiones de originales- de obras de esta corriente, pero en general, fue Dante G. Rossetti, el que más ha llamado la atención de artistas posteriores. Sin embargo, Waterhouse, que tanto gustó de representar su visión de personajes o hechos de la mitología griega, entre otras cosas, podría muy bien estar el segundo en la lista de lo que ahora se llamaría "influencers" artísticos del prerrafaelismo.
Y aquí, unos cuantos ejemplos, donde las fotografías de Barelds son comparadas con los originales de Waterhouse.


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La "sirena" de Waterhouse. Las mujeres-pez fueron unas de las criaturas que más interesaron a los artistas del XIX, en Gran Bretaña y en otros países.


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"Eco y Narciso", son una de esas parejas de amores imposibles o desgraciados de los mitos.


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"Hilas y las ninfas", que según como se vea, se cuenta como un rapto -el del joven, a manos de las ninfas de río-, o más bien una huida de éste de Heracles/Hércules, que según versiones, era un amigo, un amante, o un dueño de Hilas, tratado como un esclavo sexual. Visto con quién se encontró en el río, creo que Hilas optó por marchar de buen grado, dejando con un palmo de narices a Hércules, y al resto de los argonautas.


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La "Ofelia" de Waterhouse. Todo artista del XIX británico, prerrafaelita o no, tenía su propia Ofelia. Pocos personajes literarios han tenido tantas versiones pictóricas, a pesar de haber sido un personaje secundario. Si no fuera por estos artistas, ¿quién se acordaría, hoy en día, de ella?


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"Circe envidiosa". La hechicera de sangre divina también fue uno de los personajes que más llamó la atención en el XIX. Lo de "envidiosa", le viene por un mito menor: Escila, el monstruo del que se habla en la Odesia, realmente fue una bella ninfa de la que estaba enamorado Glauco -una especie de dios menor pescador-, al que, a la vez, amaba Circe. Pero el pescador prefirió siempre a la ninfa, y la hechicera, que no podía soportar no conseguir todo lo que deseaba, decidió convertirla en un monstruo marino. Pero ni aún así consiguió el amor de Glauco. Más bien al contrario, pues la odió para siempre y, según algunos, se suicidó.


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Y como no, también existe una versión de "La dama de Shalott", quizá el cuadro más conocido de Waterhouse, y otra de las musas literarias de los prerrafaelitas -y de otros, también-.


jueves, 12 de enero de 2017

Los prerrafaelitas (anexo XII): Más influencia del movimiento en fotografía de moda o artítica.

Aunque ya no haya entradas largas, resulta muy fácil encontrar material extra sobre un fenómeno artístico y cultural eterno.


Bien, como ya dije hace poco, decidí acabar la larga serie sobre el prerrafaelismo, aunque es posible que, en caso de descubrir a algún nuevo artista que considere interesante, o algún tema largo, podrá haber alguna más. Pero otra cosa es cuando se encuentran fotografías o ilustraciones de todo tipo, o temas que no requieren más que unas pocas líneas, o algunas fotografías.
Y en eso mismo, en la fotografía, que ya en el siglo XIX, en plena época victoriana, y con el prerrafaelismo bien vivo, y dejando su impronta en el arte y la cultura de su tiempo, demostró ser muy permeable a la influencia de la pintura, y de la corriente en particular, es donde todavía se puede ver la fascinación de aquellos lejanos maestros, que todavía siguen vivos, mucho más de lo que a primera vista podría pensarse.
Pues nada, unas cuantas fotos, y la próxima vez, algo más trabajado y largo:


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La modelo es la portuguesa Diana Rosa, al igual que la fotógrafa artística Mara D'Eleán, bajo el nombre artístico de Eleán'Art.

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Una fotografía de moda para Vogue, de Jeff Bark, que dijo haberse inspirado en la obra de Dante G. Rossetti.

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Y una fotografía -no sé de quién, ni por quién realizada- de la década de los 20, también claramente influida por unos autores que, en aquellos tiempos de vanguardias, eran considerados ya arte académico anticuado.

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Y de la serie "Jardines encantados", de Paolo Roversi, con la modelo Sasha Pivovarova, y que deci haberse inspirado en el arte de Waterhouse.


Podrían encontrarse fácilmente en la red multitud de otras fotografías, de moda o artísticas, o ambas cosas al tiempo, donde la influencia prerrafaelita se puede ver, en ocasiones, de forma clara, y en otras, algo más rebuscada. O simplemente, eso es lo que cuentan fotógrafos o modelos.
Otro día, algo más largo, y no sólo tanta foto.



jueves, 24 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (LI): Temas y personajes (3.-). La Dama de Shalott, de Alfred Tennyson.

Un solo personaje de un solo poeta, apenas una nota a pie de página del mito Artúrico, transformado en icono prerrafaelita.

La muerte de una dama de leyenda, que acabó siendo inmortal.

Ya se ha podido ver que los prerrafaelitas, y autores contemporáneos suyos, y culturalmente cercanos a ellos, compartían muchos y variados temas, pero al tiempo, algunos parecen abundar más que otros. Pero aparte de temas en sentido amplio -mitología griega, leyendas medievales, temática religiosa-, hay personajes, en particular, que se repiten una y otra vez. Tanto, que, a la larga, para la gente que, en la actualidad, se acercan a su vida y obra, les parecen como iconos, protagonistas de no pocas de sus pinturas más famosas.
Y uno de esos personajes, femenino, como casi todos los demás, aparte de la desdichada Ofelia, es la no menos desdichada Elena, la Dama de Shalott. 
El llamado Ciclo Artúrico es muy amplio, y lo mismo bebe de forma más o menos directa de la mitología tardo-céltica, que correspondería, más o menos, a los siglos IV al VI, en que la Bretaña romana es abandonada por las legiones del imperio, y donde los bretones, los celtas parcialmente romanizados y cristianizados -pero que no han perdido su identidad original- intentan formar varios reinos más o menos viables, al tiempo que se enfrentan tanto a las invasiones de pictos -desde la actual Escocia- o celtas de Hibernia -la isla de Irlanda, que como Escocia, o Caledonia, nunca fueron sometidas por Roma- como a las germanas del continente -anglos, jutos, sajones- que, finalmente, acabarían por triunfar, consiguiendo esos pueblos asentarse en territorio bretón, mezclándose con ellos, cristianizándose después, hasta dar a luz un nuevo pueblo: Inglaterra, como de otras fuentes. Por ejemplo, las historias del Santo Grial, del novelista francés Chretien de Troyes, o en la Inglaterra plenamente medieval -reconocible como tal-, la recopilación que realizó Geoffrey de Monmouth, a mayor gloria de los reyes ingleses contemporáneos suyos -y de paso, "unirlos" a los antiguos reyes bretones, que teoricamente gobernaron la isla de Gran Bretaña al completo, e incluso, parte de Francia, defendiendo así el derecho de los primeros a "recuperar" en el continente, como en la isla, todo lo que perdieron sus supuestos antepasados-. Sin embargo, el hecho de que la obra de Geoffrey tuviera tintes en parte políticos, no implica el no reconocer que hizo mucho por salvar unas leyendas celtas que, no por ser de las menos antiguas que dichos pueblos compusieron -y raramente pusieron por escrito-, estaban en menor peligro de ser totalmente olvidadas.
Pero dejando aparte todo ello, que hay para tratarlo como un tema aparte, dicha dama no deja de ser un personaje secundario, casi una pequeña historia formando parte de una mucho mayor, épica, grandiosa, supuestamente histórica. Se trata, realmente, de la triste vida, y la no menos triste muerte, de una joven obligada a permanecer toda la vida en una torre. No podía escapar de allá -no está demasiado claro el por qué, la verdad-, y tenía prohibido mirar hacia Camelot, el castillo y capital de aquel legendario, mítico, reino celta pre-anglosajón y post-romano. Pero un día ve pasar al caballero Lancelot, y se enamora perdidamente de él -tampoco tan extraño, en alguien que no ha podido tener contacto directo con el mundo en su vida-. Elena se ha pasado su corta vida viendo, pues, el mundo, desde una ventana, y Camelot a través de un espejo, mientras trabajaba en su telar, y veía como se le escapaba la vida sin vivirla.
Así que un día, decide abandonar la torre, sin hacer caso de un susurro que le avisa del peligro, que no le importa ya nada, embarca en un pequeño bote hacia aquella ciudad amurallada, donde los caballeros de la Mesa Redonda explicaban sus planes y sus hazañas, en busca de aquel joven amado con el que no había cruzado palabra porque, probablemente, ni sabía de su existencia o, a lo sumo, había oído hablar de ella, pero quizá pensaría que no era más que una leyenda. Como tantas otras.
Elena, la dama de Shalott, sabía que la maldición, fuera lo que fuese, caería sobre ella, pero bien pensado, ¿que sentido tienen vivir sin ilusión, una vida vacía, hueca? Mejor recibir un castigo inmerecido, por duro que fuese. La muerte  no podía ser tan terrible, porque ella siempre permaneció muerta en vida.
Alfred Tennyson, poeta romántico, posterior a Keats, Byron o Shelley, fue el que eligió a esa muchacha, oculta entre tantas páginas y leyendas de reyes, héroes y princesas, y le dio protagonismo en unos versos tan bellos como breves. Y de ellos harían pintores posteriores base para parte de sus mejores y más conocidos cuadros. Elena, como Ofelia, muertas jóvenes, desesperadas y solas, acabarían, años después de que escribieran sobre ellas, alcanzando la inmortalidad.

Waterhouse, más neo-clásico que muchos de los considerados como tales, por su fascinación por la mitología griega, y en particular por "La odisea" de Homero, fue también gran conocedor de las leyendas medievales, y defensor de lo que podría llamarse "Medievo fantástico", que no dejaba de ser un lejano antecesor, una especie de universo alternativo arcaico que se podría considerar la base en que otros se basaron, aunque sólo en parte -también en la mitología nórdica, por ejemplo- para crear obras que son la base de la literatura fantástica contemporánea, desde "El Señor de los Anillos", hasta los relatos de lord Dunsany.

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"La Dama de Shalott", de Waterhouse  (1888), es el cuadro que todo el mundo recuerda cuando se habla del personaje, aparte de la obra más conocida del pintor, y eso que pintó muchas dignas de ser recordadas. No sería la única que realizó sobre el personaje. Sólo hay que observar el rostro de la joven, donde se ve la mezcla de amor no correspondido, que sabe imposible, y de aceptación de la realidad, por cruda e injusta que esta sea.

"Mirando a Lancelot" (1894), fue la segunda pintura que realizó Waterhouse sobre Elena. La joven, observando a su amado por el espejo, que le servía para poder ver Camelot, pues tenía prohibido hacerlo de forma directa, con sus propios ojos.

"I am half sick of shadows, said the Lady of Shalott", que podría traducirse como "Estoy cansada de las sombras, dijo la Dama de Shalott". Sería el tercer cuadro de la serie (1915), y en ella, la joven, más que desesperada, se ve cansada de su vida, aburrida y vacía. Muy probablemente, aquí todavía no sabía de Lancelot.

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El pintor británico George Edward Robertson (1864-1926), fue posterior a los primeros prerrafaelitas. Más bien, fue contemporáneo de la segunda generación -falleció bien entrado el siglo XX-. Pero también él se interesó por el poema de Tennyson, y con toda seguridad, pudo recibir influencia de los primeros artistas de la corriente, como otros artistas de su época. Pero Robertson, considerado por algunos como prerrafaelita, y por otros como un academicista romántico influido por ellos, optó por hacer un retrato distinto: Elena ya está muerta, y su barca, sujetada por un hombre, está barada en un puerto fluvial, donde una multitud la observa y, quizá, se preguntan si es ella la que desde la torre cantaba cada día, como un hada invisible y misteriosa.

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Arthur Hughes también tuvo su "Dama de Shalott", y la pintó en 1873. Por tanto, fue anterior a la primera de las tres que realizó Waterhouse. ¿Por qué, entonces, es menos conocida, por no decir apenas, mientras Waterhouse es considerado el retratista de Elena por excelencia? Básicamente, y las pinturas de uno y otro lo demuestran, porque aunque Hughes era un gran pintor, Waterhouse fue un artista extraordinario. Además, Hughes no le dio gran protagonismo a la dama en cuestión, sino al bosque, y a los aldeanos que se toparon con su cadáver en la barca. Waterhouse, sin embargo, nos la presenta como protagonista única, poco antes de su muerte, enfrentándose a su triste suerte.

Y por último, una de las versiones más coloridas y abigarradas, obra de Holman Hunt, uno de los tres grandes de la Hermandad original. Con cierta influencia oriental -más que una dama celta, o medieval, parece una joven del antiguo Oriente Próximo, pero es que Hunt viajó a Siria y Egipto, y la influencia cultural oriental se acabó notando, en su pintura y en su carácter-, se puede ver tras ella el famoso espejo donde se veía reflejado Camelot. Quizá es el cuadro donde se le ve no sólo más harta de su suerte, sino también más deseosa de acabar con una vida sin sentido. Pura fuerza romántica, que en ocasiones sentía el mismo Hunt.


Y aquí, los versos de Tennyson, que a tantos inspiraron:

La dama de Shalott.

Y en la oscura extensión río abajo
-como un audaz vidente en trance,
contemplando su infortunio-
con turbado semblante
miró hacia Camelot.
Y al final del día
la amarra soltó, dejándose llevar;
la corriente lejos arrastró
a la Dama de Shalott.

Yaciendo, vestida con níveas telas
ondeando sueltas a los lados
-cayendo sobre ella las ligeras hojas-
a través de los susurros nocturnos
navegó río abajo hacia Camelot;
y yendo su proa a la deriva
entre campos y colinas de sauces
oyeron cantar su última canción
a la Dama de Shalott.

Escucharon una tuna lastimera, implorante,
tanto en alta voz como en voz baja,
hasta que su sangre se fue helando lentamente
y sus ojos se oscurecieron por completo,
vueltos hacia las torres de Camelot.
Y es que antes de que fuera llevada por la corriente
hacia la primera casa junto a la orilla
murió cantando su canción
la Dama de Shalott.




lunes, 7 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (L): Temas y personajes, en ellos y sus contemporáneos (2.-). La huella de Shakespeare.

Resulta lógico la influencia del más importante escritor británico en sus contemporáneos del XIX: Ofelia, y Romeo y Julieta.


La mirada al propio pasado:  Ofelia, reinterpretada una y mil veces. Los amantes de Verona, amor y muerte antes, ahora y siempre.

Hace tiempo escribí una entrada sobre los temas o personajes que podrían verse con más asiduidad protagonizando obras de los prerrafaelitas, fueran o no miembros de la Hermandad. Evidentemente, hay tantos personajes, temáticas tan amplias -se podrían dividir y subdividir los temas en infinidad de capítulos o partes menores- que daría para todo un libro. Sin embargo, estas tres o cuatro entradas más bien serían ejemplos de lo que más parecía interesar a los miembros del movimiento en su conjunto, al menos, de forma no muy exhaustiva. A saber:

-La cultura greco-romana: Donde lo mismo se reproducen los mitos de la antigua Grecia, que los romanos tomarían sin apenas cambios -más allá de los nombres de los dioses, y algunos personajes como Heracles/Hércules, u Odiseo/Ulises-, como se intenta reconstruir su civilización, pintando de la forma lo más fiel posible -para la época, al menos- a personajes y hechos reales -los emperadores Caracalla y Honorio, por ejemplo-, o, simplemente, una visión de Roma, o alguna otra población de aquellos tiempos. A ello, también podría añadirse el interés por otras civilizaciones, como el Egipto faraónico, o la Palestina bíblica -pero de una forma o más veraz posible-. El reducir la Antigüedad a damas griegas o romanas posando, lánguidas, pensativas o con la mente en otro mundo, como si fueran jóvenes victorianas posando para artistas contemporáneos suyos, como pintaron tanto los neo-clásicos, ya no resultaba suficiente, ni para el gran público, ni para muchos artistas, que reclamaban algo nuevo.
Hay que tener en cuenta que, e el siglo XIX, las expediciones arqueológicas, el estudio de lenguas antiguas, o la salida al mercado -y no sólo para expertos, sino para cualquier persona mínimamente culta que se pudiera permitir comprarlas, o leerlas por cualquier otro medio- de gran cantidad de obras sobre los antiguos, a lo que habría que añadir el interés de periódicos y revistas por los sucesivos descubrimientos o hipótesis, hizo que los artistas pudieran contar con mucha más información para que sus obras fueran lo más fieles posibles, dentro de unos límites, a lo que fueron aquellos tiempos. Un historiador actual, con toda seguridad, encontraría en esos cuadros o dibujos muchos anacronismos o errores, pero por lo menos, son más realistas que las pinturas del Renacimiento o el Barroco, donde se ve, claramente, que llos genios de aquellos siglos no tenían idea de cómo eran las ciudades, o cómo vestían los monarcas, soldados o gente del pueblo de la Antigüedad.

-La Edad Media, o leyendas de origen medieval: Porque las princesas y los caballeros, sin duda, siempre resultaron fascinantes. Y como el Medievo no era, precisamente, una época muy atractiva, no había problema para dejar volar un poco la imaginación. Además, en la Edad Media es cuando, se suponía, aparecieron las naciones europeas modernas, así que no sólo había que recuperar y glorificar aquel pasado, sino también, si venía al caso, embellecerlo, o incluso, reinventarlo. Y las leyendas, sin duda, hacían que los orígenes de Inglaterra, o de Francia, Escocia, Alemania, etc., resultaran mucho más interesantes y fácil el identificarse con ellos. El romanticismo, ya a finales del XVIII, comenzó a dar forma a ese nacionalismo, aunque no tomó fuerza hasta bien entrado el siglo XIX, con sus revoluciones y levantamientos nacionales incluidos.

-La literatura, popular o de autores famosos: Aquí se mezclaba el orgullo patrio -sólo a veces-, con la fascinación, a veces casi veneración u obsesión, más que por los autores propiamente dichos -pues a veces eran desconocidos, o pasaban a segundo plano- de ciertos personajes o escenas de tal o cual novela, poema u obra teatral. Y Shakespeare, evidentemente, tenía que ser recordado por cualquier inglés culto. Hay que tener en cuenta que el bardo de Stratford-upon-Avon no fue tan extraordinariamente conocido y admirado, ni en su tiempo, ni en los años posteriores a su muerte, pero a partir de principios del XIX, incluso antes, la cosa cambió. Otro personaje que fascinó, e influyó y mucho en los prerrafaelitas, y en otros pintores británicos, hasta bien entrado el siglo XIX -hasta finales, más bien- fue el poeta John Keats, auténtico héroe del romanticismo británico -junto a Byron y Shelley, el que fue esposo de la creadora de Frankenstein-, y que la mayoría de los prerrafaelitas leyeron y releyeron, aunque fuera otro algo posterior, Tennyson, el que más les inspiró. Pero eso es otra historia, que vendrá después de esta entrada. Y ahora...


Shakespeare en tela: Ofelia, una y mil veces muerta, y sin embargo, inmortal; y Romeo y Julieta, el amor imposible tantas veces contado, y tantas dramáticamente interrumpido.

Ofelia es un personaje de la tragedia "Hamlet", una de las obras más populares de Shakespeare. Resumiendo mucho, esta es un personaje trágico, que se siente enamorada por Hamlet, principe heredero de Dinamarca, que, le recuerdan su padre y su hermano, por su condición de hijo del rey, no es libre de casarse con quien quiera, aparte de que tampoco está claro de que él se sienta atraído por Ofelia. En determinado momento de la obra, Hamlet mata a Polonio, padre de Ofelia, pensando que es otra persona -Claudio, rey de Dinamarca tras la muerte del padre de Hamlet, y que es tío y padrastro de éste-, y Ofelia, en parte destrozada por la muerte del padre, y en parte por el hecho de que sea su amado quién lo matara, se suicida, o al menos, eso es lo que se desprende de las palabras de la reina Gertrude, que cuenta que se ahoga en un río mientras caminaba -o se encontraba- en una rama de sauce, y que, al romperse y caer en él, no parece tener deseo alguno de salvarse, y que parecía estar emocionalmente destrozada y sin ganas de vivir.
Este personaje, tan trágico, prototipo de la doncella enamorada que acaba con el corazón roto, una vida sin salida, y sin interés en vivirla, tan romántica, a pesar de ser personaje de una obra de teatro escrita mucho antes del período romántico -data de entre 1599 y 1601, cuando el Renacimiento ha dado paso ya al Barroco-, llamó mucho la atención, primero de Millais, y más adelante, de casi todos los prerrafaelitas, pero también a pintores, grabadores o ilustradores de otros estilos y escuelas, de no sólo los mejores tiempos de la Hermandad -entre mediados de los 50 del XIX, y los 70, más o menos-, sino bastante más allá, y no sólo en Gran Bretaña, sino también en Francia y otros países. Sin duda, Shaespeare nunca imaginó que un personaje importante, pero claramente secundario de una de sus tragedias podría llegar a ser, más de dos siglos y medio después de que la escribiera, un símbolo de todo un movimiento artístico.


La Ofelia de Millais (1852) es la más famosa. Fue la primera, y también el cuadro más famoso para el que posó Siddal -que le costó una neumonía en una bañera de agua fría, que nunca llegó a curar del todo-. También fue, sin duda, una de las primeras obras, sino la primera, del movimiento prerrafaelita, en hacerse popular, hasta ser, en cualquier antología sobre dicha corriente artística, una de las principales y más representativas.

Esta Ofelia de Arthur Hughes, de 1851 -en realidad, anterior a la de Millais-, fue una de sus primeras obras, y con ella empezó a abrirse camino en el mundo artístico.

Hughes volvería al personaje de Ofelia años después, en 1863. Se puede ver cierto cambio de estilo, y su mejora en la técnica, si bien aquí Ofelia no parece tener, preccisamente, deseos de suicidarse. Aunque, realmente, en la obra tampoco queda completamente claro que pensara en quitarse la vida.

Años después, en 1889, Waterhouse piintó una Ofelia disfrutando de la naturaleza, dando por supuesto, con lógica, que la joven no estuvo siempre ni dolida por no tener a su lado a Hamlet, ni destrozada por saber que, precisamente él, había matado a su padre, aunque fuera confundiéndolo con otra persona -Claudio, rey de Dinamarca, sucesor del padre de Hamlet, en lugar de éste-.

"El primer brote de locura de Ofelia", es una acuarela -no un óleo- de Rossetti, que no podía faltar. Es una obra de sus primeros tiempos -no se sabe exactamente de cuando-, y uno de sus no muy comunes trabajos en que no lo protagoniza un único personaje femenino. 

Y como ejemplo de cómo Ofelia llegó a ser un personaje clásico de la pintura europea del XIX, también fuera de Gran Bretaña, este cuadro del pintor academicista francés Alexandre Cabanel,  que a pesar de no haber tenido -al menos, aparentemente-, influencias del prerrafaelismo, no pudo dejar de retratar, a su manera, a la pobre muchacha, aunque a primera vista, no parece que ésta esté desesperada. Más bien, es alguien que se deja morir, no haciendo nada para evitar ahogarse, pero con una especie de calma envuelta en locura, como si su mente ya no estuviera en este mundo.


Imagino que no es necesario explicar quienes son Romeo y Julieta, los amantes de Verona, y figuras universales del amor imposible con final trágico -¡de cuántos de estos amores habré escrito ya!-. En parte por ser "hijos" de Shakespeare, en aquellos tiempos, ya considerado gloria nacional de las letras británicas, y en parte por su misma naturaleza de amor y violencia entremezclados, no pocos prerrafaelitas, y autores de todas las épocas y nacionalidades -hasta hoy mismo, como quien dice, aunque ya no sea en la pintura, sino en el cine, la televisión, la ilustración, el cómic- decidieron inmortalizarlos, aunque, y al contrario que Ofelia, en general prefirieron hacerlo no retratándolos en el momento tráfico final, o muertos, o uno ya cadáver y el otro desesperado por morir, sino enamorados, pensando, ilusos, que a la larga, el amor acabará triunfando. Cruel, que es el destino.

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La obra de Frank Dicksee, un autor menos conocido a reivindicar, es muy literaria, y de haber vivido en otra época, tal vez  habría demostrado gran influencia cinematográfica. Realmente, la influencia habría sido por ambos lados, pues más de una película o serie, aunque sea de forma indirecta e involuntaria, debe haberse inspirado en alguno de sus cuadros. Como otros, él prefirió retratar el amor, y no la muerte.

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Ford Madox Brown no era prerrafaelita, pero tenía gran amistad con algunos de ellos, como Rossetti y Siddal, y también Millais, y nunca negó que sentía admiración y atracción por las obras de no pocos de ellos. Y aunque es considerado un autor academicista, mucho o poco, algo recibió de los prerrafaelitas. Al fin y al cabo, fue uno de los maestros de Marie Spartali Stillman, miembro principal de la llamada "segunda generación prerrafaelita".

5. La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta, Frederic Leighton, 1855
"La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta" (1855), de Frederic Leighton. Él sí que prefirió retratar a los amantes sin vida, y tras ellos, sus dos familias, separadas por razones políticas -y más adelante, por las muertes provocadas por unos y otros en la familia contraria-, que deciden firmar la paz tras darse cuenta del daño, aunque fuera indirecto, que su estupidez había provocado.


La próxima vez, más. En particular, la influencia no de un personaje de ficción en particular, sino de un autor sólo una generación anterior al prerrafaelismo: John Keats, figura clave de la poesía y del romanticismo británicos.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Los prerrafaelitas (XLIX): Temas y personajes, en ellos y sus contemporáneos (1.-). Dante y Beatrice.

Toda época, y todo movimiento, tiene unos temas preferidos, y algunos se repiten en las obras prerrafaelitas o en los que recibieron su influencia, incluso en el extranjero.


Acabando ya la larga, larguísima serie sobre el prerrafaelismo -bueno, no del todo; esta no será todavía la última entrada- no está de más hablar de algo que, una vez que se miran, y admiran, una buena cantidad de obras de los miembros del movimiento, tanto parte de la Hermandad, como externos, o de prerrafaelitas "poco claros", o que sin serlo, fueron sus contemporáneos -y algo de ellos se ve en lo que pintaron-, siempre hay algunos personajes que se repiten. 
Y cuando se habla de temas, entiéndase, no se puede ser demasiado vago. No se puede decir que los prerrafalitas pintaron sobre "la Antigüedad", sin más, sino más bien si optaron por retratar "damas romanas", que más bien parecen victorianas vestidas de romanas -a veces-, o da la impresión de que los autores pudieron viajar en el tiempo, y poner de moda entre las mujeres de los aristócratas -patricios o plebeyos- el retrato en lienzo y con pinturas al óleo, u otras cosas. Por ejemplo, una visión lo más historicista, realista -dentro de lo que cabe- de las épocas retratadas. En otros tiempos, en el Renacimiento o el Barroco, resulta claro que, cuando se retrataba a santos, a Alejandro Magno o a Julio César, los artistas no tenían ni idea de cómo vestían aquellas gentes, o cómo eran los ejércitos o las ciudades -que más que griegas, o romanas, parecen medievales; en alguna, incluso dándose a suponer que eran Babilonia, o la Jerusalén de tiempos de David o Salomón, hasta parece verse una catedral cristiana, lo cual es, desde luego, un anacronismo tremendo-. Pero en el siglo XIX, con tantos descubrimientos arqueológicos, exploraciones, y obras históricas de calidad -desde el británico Edward Gibbon, aún en el XVIII, con su "Decadencia y caída del Imperio Romano", o los estudios de la antigua Roma del alemán Mommsen-, a los artistas se les exigía, aunque fuera de forma implícita, algo más de realismo, de atenerse a la realidad. O al menos, a la realidad sobre la Antigüedad que en esos tiempos se tenía, o se suponía.
A ello habría que añadir, aparte del re-descubrimiento de esa Antigüedad greco-romana, el repaso y estudio profundo de los mitos griegos, así como de leyendas e historias -con mayor o menor base histórica- del Medievo. Además, el siglo XIX fue el siglo de los estados-nación, pero también de la aparición de los nacionalismos de los pueblos sin estado propio. Uno y otro -más bien habría que escribirlo en plural, pues nacionalismo y nacionalistas aparecieron en todas partes- también necesitaron el re-descubrimiento, y la re-escritura del pasado. Un pasado que debía ser siempre no sólo glorioso, sino también atractivo, hermoso, literario. Las leyendas, los cuentos, los personajes considerados más fantásticos que reales, de golpe, pasan a ser "padres de la patria", aunque fueran patrias que ellos nunca conocieron. El rey Arturo, por poner un ejemplo, pasó a tener una importancia que, durante mucho tiempo, su espíritu -¿fantástico?,  ¿literario?- no debió ni soñar en tener.
Pero ahora, mejor pasar a listar algunos de esos temas, y en ellos, personajes de lo más vistos en los cuadros de los maestros del prerrafaelismo, y de algunos que, sin serlo, fueron sus contemporáneos, y vivieron el mismo ambiente -más bien explosión- cultural y artística. Y digo algunos, porque con una entrada, no  habrá suficiente, sino que, en caso de querer una lista más o menos completa, harían falta varias:


Personajes de origen literario, o directamente, escritores e intelectuales ( I ).

Sin duda, en una época como la Victoriana, donde la cultura británica -sus artes plásticas, su arquitectura, pero también, su literatura-, fue una de las principales del mundo -junto a la francesa, quizá; la alemana, mucho más dirigida a la ciencia y la investigación, o a la filosofía, tuvo una influencia distinta- resultaba lógico que los personajes de muchas obras literarias acabaran siendo no sólo extraordinariamente populares dentro del Imperio, sino, a la corta o a la larga, también fuera. Ejemplos, aunque fueran de años un tanto posteriores a los 50 del XIX -cuando se creó y creció la Hermandad- serían Drácula o Sherlock Holmes, pero en aquellos tiempos, fueron otros, a los que habría que añadir personajes muy anteriores -creados por Shakespeare, por ejemplo-, o no británicos, sino, por ejemplo, italianos de tiempos del Renacimiento. Pero no sólo los personajes ficticios eran populares para ser retratados, sino los mismos autores, y más, cuando su vida estaba entre el mito y la realidad. Lo mismo que, en el XIX, Oscar Wilde era tan o más conocido por sí mismo que por su obra, lo mismo podría decirse, salvando las distancias, de Dante, por ejemplo. Y es de Dante, de quién se hablará en primer lugar.

*Dante Alighieri, uno de los iniciadores del Renacimiento, y su amor por Beatrice: Realmente, más que Dante, y su obra, que cualquier británico culto conocía -aunque fuera de oídas; había mucha gente, que había leído ciertos libros sólo "en teoría"; el haberlas leído significaba contar con un importante acerbo cultural, algo que, hoy en día, y de forma tal vez menos clasista, pero también un tanto lamentable, ha dejado de ser importante-, lo que llamaba la atención fue un hecho de su vida privada. O más bien, un supuesto hecho: se cree que el personaje de Beatrice -Beatriz- de "La Divina Comedia" no se lo sacó de la manga, así por las buenas, sino que está basado en una joven, seguramente también llamada Beatrice, de la que se enamoró perdidamente desde niño. Esta mujer real podría haber sido una tal Beatrice Portinari, casada con un rico banquero viudo, y por tanto, el amor que Dante -que también estaba casado- debía sentir por ella era puramente platónico, trovadoresco -o más bien, una versión renacentista del amor cortés, que era medieval; hay que tener en cuenta, sin embargo, que el Renacimiento italiano apareció en el siglo XIII, cuando el Medievo estaba todavía lejos de acabar-, y muchos imaginaban la escena en que Dante se la encontraba en tal o cual lugar de la legendaria Florencia de aquellos tiempos. Hay, al menos, un par de autores prerrafelitas que lo reflejaron en alguna de sus obras:

"Dante y Beatrice", de Marie Spartali Stillman. A pesar de su origen griego, y del acerbo cultural helénico que llevara consigo, Spartali siempre se sintió más atraída por la Italia del Renacimiento. Quizá, lo griego era para ella tan familiar, que no le podía fascinar tanto como a sus contemporáneos anglosajones.

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El artista Henry Holiday no fue tan popular como Marie Spartali, tampoco tan prolífico como ella, pero pintó un cuadro que se hizo muy popular: "Dante y Beatrice" -también-, donde el escritor se encuentra -dudosamente de forma casual- con su amor imposible en el puente de Santa Trinidad, 

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Como no, no podía faltar alguien tan pasional, y atraído por la época, como fue Dante G. Rosseti, con el que hasta compartía nombre. Aquí, en "El sueño de Dante a la hora de la muerte de Beatriz" (1856), va más allá, imaginado al pobre Dante viendo en sueños -aunque de forma vívida- como su amada abandona este mundo. No la pudo tener en vida, tampoco en sueños. Aunque en teoría no querían estar vinculados a los románticos, una corriente más francesa y algo anterior -sobretodo, de la primera mitad del XIX, aunque no se extinguió así como así-, sin duda, aquí sí se nota su influencia: amor, dolor, sentimientos a flor de piel, aunque fuera en sueños. Algo, la mezcla o confusión entre lo que era sueño y realidad, también muy romántico. El Romanticismo echó buenas raíces, sin duda.

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"Beata Beatriz", con "su" Elizabeth Siddal como modelo. La pintó viva, y tras su muerte. Otro amor imposible, aunque no por razones sociales que impidieran el matrimonio, sino por la personalidad de uno y otro. Este cuadro fue una de las representaciones canónicas de Beatriz, amor de Dante. Rossetti fue, ante todo, un gran retratista de mujeres en segundo plano, aunque también era capaz de pintar, y muy bien, escenas con varios personajes.

Y aquí, por fin, también Rossetti pinta a la Beatriz de "La Divina Comedia", en la parte dedicada al paraíso. De ahí el nombre de la obra: "El saludo a Beatriz en el Paraíso".

Y claro, también existe la teoría -nada descabellada- de que Beatrice Portinari existió, sí -pues hay pruebas documentales de ella-, pero, o Dante no la conoció, o sí, pero sólo cuando eran niños, y ya adulto, la olvidó. O bien, se conocieran o no, sólo fue de vista -la Florencia de la época no tenía más que unas decenas de miles de habitantes, y la "gente importante", apenas serían unos cientos; todos conocían de vista a todos, o casi-, y el supuesto amor platónico o fue más que una metáfora. O una suposición de lectores y críticos posteriores.
Eso sí, en caso de ser no más que un fantasma literario, con toda seguridad podría decirse que ese amor ha acabado por ser algo real, aunque sólo sea en el mundo de la fantasía, por la enorme cantidad de gente que ha creído en él.