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jueves, 11 de julio de 2019

John Reinhard Weguelin, retratista de la mitología griega.

Autor británico de la Época Victoriana, famoso por su deslumbrante Lesbia.


El hombre que pintó a Lesbia, como sólo Catulo podría imaginarla.

John Reinhard Weguelin fue pintor británico de la Época Victoriana, contemporáneo de los prerrafaelitas, aunque ni él se consideró nunca parte del movimiento, ni tampoco ningún crítico o historiador de arte lo ha emparentado con éstos, al contrario que a pintores más cercanos a Weguelin que a Millais o Rossetti, como Edward Poynter o Alma-Tadema, que más bien serían un intermedio entre neoclásicos de estilo más o menos academicista y los miembros y seguidores de la Hermandad, si bien fueron capaces de ir más allá que sus equivalentes franceses, por poner un ejemplo geográfico cercano. Lamentablemente, Weguelin acabó, como los demás -prerrafaelitas, academicistas, neoclásicos, o cualquiera que resultara mezcla de todo ello- por ser olvidado tras la I Guerra Mundial. Tras los horrores de la Gran Guerra, se produjo el doloroso nacimiento de un mundo nuevo, y las delicadezas y sensibilidad de la pintura sobre temas de la antigua Grecia o la poderosa Roma, de la mitología antigua, o de ninfas, sirenas y otros seres mitológicos ya no tenían espacio para ellas. Sólo en los últimos años -y precisamente, gracias a internet, a la nueva tecnología, además de la aparición de libros no especialmente caros- todos estos antiguos maestros -no tan antiguos, realmente- han comenzado a ser conocidos por los hombres  y mujeres de nuestro tiempo, deseosos de disfrutar de la pintura figurativa, de maestros sepultados por el olvido de forma tan injusta como, en muchos casos, completa.
Weguelin nació en 1849 en Sussex, en el sur de Inglaterra -allá donde nació el país, realmente-, y falleció en 1927, en una época en que ya nadie se acordaba de él, en Hastings, en la costa del sudeste del país, célebre por la famosa batalla que ganó Guillermo I el Conquistador, que gracias a ella consiguió el trono inglés. Weguelin tuvo como ejemplos a seguir a los ya nombrados Poynter y Alma-Tadema. Le agradaban sus temáticas -bellas damas griegas y romanas, mitología griega, seres mitológicos como ninfas y sirenas...-, su luz, el color, flores y plantas... parecido al también considerado prerrafaelita John William Waterhouse -si él se veía como uno de ellos, la verdad es que nunca lo he tenido claro; es muy posible que no-, pero con más luz -y quizá mejor retratada- y menos ropa.

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"Lesbia" (1878) fue, y es, la obra más conocida de Weguelin. Es una pintura luminosa, bella, con una Lesbia que, sin duda, de haberla imaginado así Catulo,  no resulta extraño que perdiera la cabeza por ella.

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"Obsequios de un gato egipcio" (1886), fue un raro caso en que Weguelin pintó un cuadro de temática egipcia -y eso que, para los británicos de la época, el Egipto de los faraones resultaba, si cabe, más atractivo todavía que la Grecia y Roma antiguas, por ser un mundo que estaba comenzando a descubrirse más allá de leyendas y relatos bíblicos-.

"El columpio" (1893) fue su retorno a la acuarela. Ya no volvió a la pintura al óleo, y llegó a ser uno de los grandes a la hora de pintar con ese material.

Weguelin demostró su pericia con tres técnicas distintas: la pintura al óleo, la acuarela, y la ilustración interior para libros. La acuarela fue el tipo de pintura preferida tanto en sus primeros tiempos, como en los últimos años de pintor activo, mientras la pintura al óleo fue con la que pintó gran parte de sus obras más conocidas, empezando por su "Lesbia" (1878), la musa -real, no imaginaria o fantástica- del poeta romano Catulo, que tantos y tan románticos, y también tórridos versos le dedicó, aunque, una vez que la Lesbia real pareció darle calabazas, no dudó en criticar y mostrar desprecio y resentimiento hacia la misma dama. Muchos historiadores actuales creen a fuentes de la época, o muy poco posteriores a la vida del poeta, al pensar que la tal Lesbia era Clodia, hermana de Clodio, miembro de los Claudios patricios que decidió hacerse plebeyo -legalmente- por decisión propia, para poder representarlos como tribuno de la plebe, pero que más bien fue un agitador político-social, en ocasiones un auténtico peligro púbico, y en otras, un vividor despilfarrador. De Clodia, antes Claudia, y su hermana Clodilla -ambas también se cambiaron el nombre- se habló mucho en sus tiempos, casi siempre mal, más por romper con todas las convenciones sociales que la época imponían a las mujeres nobles, que por ser tan destructivas, socialmente hablando, como su hermano -que acabó asesinado, no está muy claro por quién-. Pero Weguelin retrata aquí a una Lesbia que no parece el retrato de una dama romana real, sino como un ser mortal, pero de aspecto casi divino, mítico, donde la luz parece acariciarla tanto como su ropa casi transparente, que más que vestirla, se diría que enmarca su hermoso físico.

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"El baño" (1890) fue uno de sus últimos trabajos de importancia al óleo, y también de los que, en aquellos -muy- conservadores tiempos, más dio que hablar. Que transcurriera en la Grecia o Roma antiguas, o en otros tiempo o lugar, era lo de menos. Era la belleza femenina, desnuda y pura, lo que retrató Weguelin.

"La sirena de Zennor" (1900) es un ejemplo de su virtuosismo a la hora de pintar acuarelas. El personaje masculino, el joven que se encuentra con una sirena como si tal cosa -resulta evidente la sorpresa del muchacho- va vestido con ropa del Renacimiento, quizá por deseo del artista de cambiar un poco de época, aunque el personaje de la sirena es griego -al menos, hasta que Andersen lo resucitara y la trasladara a Escandinavia-.

"Presionando las uvas" (1880) es un óleo que fue re-descubierto en una casa de Portland -en el estado de Maine, Nueva Inglaterra, no en Oregón-, y que se ha atribuido a Weguelin.

El fantasma de la esposa de Periander de John Reinhard Weguelin

El fantasma de la esposa de Periander de John Reinhard Weguelin

El fantasma de la esposa de Periander de John Reinhard Weguelin

El fantasma de la esposa de Periander de John Reinhard Weguelin
Ejemplos de su trabajo de ilustrador para los "Cantos populares de la Antigua Roma" -más exactamente, "El fantasma de la esposa de Periandro"- de Thomas Macaulay.

Además de cuadros, y para ganarse la vida cuando los encargos de pintura escaseaban, trabajó como ilustrador. Su encargo más conocido -en su época, al menos- fue para los "Cantos populares de la Antigua Roma" de Thomas Macaulay, una versión ilustrada de los poemas -como no- de Catulo, y una traducción del griego de poemas de Anacreonte -nacido más o menos cuando falleció Safo de Lesbos, y que se hizo un nombre en la época clásica-, realizada por Thomas Stanley.
Weguelin no estudió, como tantos otros, en la Royal Academy, pero sí expuso allá. En sus años de madurez, al volver a la acuarela -que no estuvo nunca muy representado en la Royal-, ingresó en la Royal Watercolour Society, formada por artistas que preferían dicho tipo de pintura.

Respecto a las fuentes, básicamente he tirado de Wikipedia, no sólo en castellano, sino también en inglés, de donde también son las imágenes. Las ilustraciones de los "Cantos populares..." viene de la web "Meisterbrucke".

domingo, 3 de junio de 2018

El  jardín de las Hespérides, otro grupo de hermanas, parte de la multitudinaria descendencia de Atlas.

Hermanas de las Híades y las Pléyades, que no consiguieron espacio propio en los cielos.


Vigilando sagradas manzanas toda la eternidad.

Hace ya, no sé, como mil años -o sea, bastante-, escribí sobre las Pléyades, y más adelante, de las Híades. No son, ni unas ni otras, personajes de gran importancia en la mitología griega -mitos, leyendas o cuentos, o en obras literarias de época arcaica, clásica, etc.-, pero quizá por eso mismo, por resultar fácil hablar sobre ellas en un espacio relativamente pequeño sobre unos personajes femeninos de los que se habla en leyendas, poemas o teatro, o protagonicen cuadros o ilustraciones, pero poco se sepa realmente de ellas, que me dio por dedicarles un par de entradas. Hablar de los dioses principales, la verdad, me va bastante grande, y el tiempo que necesitaría para hacerlo sería demasiado para mí.
Bueno, pues casi por completar algo, he decidido escribir un poco sobre las hermanas de unas y otras: las Hespérides. Resulta curioso que el titán Atlas, y su esposa, la también titánide de segunda generación Hésperis, tuvieran no sólo tanta descendencia, sino también que fuera toda femenina, y que además fueran, por decirlo así, distintos grupos de hermanas. Se podría decir que los dos dioses, pues eso fueron, o eran padres de varias hijas al mismo tiempo -las Pléyades fueron siete, y las Híades todavía más, pero al fin y al cabo, Hésperis era una diosa, y podía tener en un solo parto las hijas que hicieran falta, como quién dice-, o las tuvieron en pocos años, y tiempo después -tiempo que, siendo inmortales los progenitores, podrían haber sido lo mismo décadas, como siglos-, volvías a tener varias hijas en poco tiempo. Y así.
Las Hespérides no fueron unos personajes demasiado populares entre los griegos antiguos. Al fin y al cabo, al igual que las Cárites -las tres Gracias romanas-, no tenían personalidad propia, y aunque se conozcan sus nombres, ninguna de ella tiene unas características personales o físicas que hagan que alguna de ellas destaque o resulte distinta a las demás. Hijas, como ya se ha dicho, de Atlas y Hésperis, a la que deben el nombre -que más bien significaría, sencillamente, "hijas de Hésperis"-, al principio fueron un número indeterminado, pero bastante grande -hasta quince-, después, siete, cuatro, y finalmente, sólo tres. En ese número las podemos ver en cuadros e ilustraciones muy posteriores, sobretodo a partir del siglo XVI, en pleno Renacimiento, en que dichas hermanas, y el jardín que habitaban, fueron retratadas en numerosas ocasiones. Realmente, en tiempos clásicos nunca recibieron tanta atención.

'El jardín de las Hespérides', Lord Leighton
"El jardín de las Hespérides", de Frederic Leighton. El genio prerrafaelita transforma el dragón en una serpiente, que parece juguetear con las eternamente jóvenes guardianas, que tocan y cantan una canción que acaba por dormirlas tanto a ellas, como al reptiliano guardián. Los pintores del XIX acostumbraban a retratar a los personajes femeninos "clásicos" -tanto diosas, como personajes mortales legendarios, o mujeres griegas y romanas anónimas- de forma lánguida, siempre dormidas o adormiladas, incluso en el caso de que pudieran ser considerados personajes fuertes y poderosos, como serían unas guardianas divinas.

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Otro prerrafaelita, Edward Burne-Jones, bebe del Renacimiento, aunque Ladón, transformado en serpiente de aspecto poco amenazador, enrollado en el árbol de las manzanas de oro, más bien se asemeja a su "hermana" bíblica del Génesis, enroscada en el árbol del bien y del mal -¿el fruto prohibido? ¿Hubo algún tipo de influencia de una serpiente, con su árbol y su fruto vetado a la Humanidad, de una mitología a otra? Hay que tener en cuenta que el Génesis no deja de ser una recopilación de mitología mesopótamica, cuya influencia recibieron los griegos, posiblemente, a través de los fenicios, vía Siria, puente entre éstos y Mesopotamia-.

Ilustración moderna -desconozco el autor, por no haberlo podido encontrar- de Ladón, con múltiples cabezas, y un aspecto de dragón. Posiblemente, la visión que tuvieron algunos mitógrafos griegos o romanos fue más parecida a esta versión actual que a la serpiente de Leighton, que más bien parece haber salido de la Biblia.

Respecto a su nombre, cuando eran siete fueron conocidas como Egle, Aretusa, Etitea, Hestia, Hespera, Herperusa y Hesperia, pero más adelante, se consideró que quizá los cuatro últimos nombres eran distintas formas del de una sola de ellas. De ahí que pasaran de siete a sólo cuatro. Todavía más tarde, se pensó que, aparte de Egle -"brillo", "esplendor"- y Etitea -más adelante, Eritia o Eriteis, "la roja", quizá por el color del cielo antes del anochecer-, se supuso que Hestia y Hespera o Herperusa debían ser la misma, con el nombre de Hesperetusa. Realmente, esta forma de reducir a las Hespérides a tres -nombre habitual en diosas menores sin identidad propia- resulta un tanto socorrida, pero en determinado momento, la mitología dejó de ser algo sacro, para pasar a ser lo que se llamaría literatura popular oral, pero puesta por escrito por los mitógrafos, y cuando a éstos no les cuadraban ciertas cosas, lo arreglaban lo mejor que podían.
Tampoco tuvieron demasiado claro su origen "familiar". Realmente, el que fueran hijas de Atlas y Hésperis debió ser una idea más bien posterior -no se sabe, tampoco, si la madre dio nombre a las hijas, o viceversa-, porque anteriormente se suponía que podían ser hijas de Nix, la diosa de la noche y la oscuridad, un personaje con un origen tan oscuro como su carácter y su misión en el teatro del Universo, y que quizá sea una forma más o menos helenizada de algún tipo de diosa o espíritu mucho más antigua, quizá de tiempos neolíticos, o de la primera Edad de Bronce, anterior a la llegada de los antepasados de los griegos a lo que sería la Grecia Micénica. También hubo dudas sobre otras paternidades, entre ellas, como no, de Zeus, un auténtico obseso, con un apetito sexual desmesurado, por muy dios de dioses que fuera.
Respecto a lo principal, que sería su lugar o sentido en los mitos, las Hespérides eran las guardianas, en el jardín que llevaba su nombre, de un árbol, o más bien de sus frutos, que pertenecía a la vengativa y celosa Hera -lo segundo, con toda la razón, la verdad-, esposa de Zeus, y diosa del matrimonio. Los frutos de dicho árbol no eran cualquier cosa. Se trataban de manzanas de oro, que daban la inmortalidad a quién las comiera, lo que hace pensar que dichas manzanas -o frutos, porque tampoco está claro que lo fueran-, más que de oro, debían de ser de color y aspecto dorados, pero no de dicho metal. Realmente, sólo un dios habría sido capaz de comérselas, de ser así. Eran consideradas manzanas -o lo que fueran- que daban fortuna, al contrario de las manzanas de la discordia, como la que Paris entregó a Afrodita -en lugar de a Hera, o a Atenea, engatusadas, como la rubia diosa del amor y el sexo, por la siniestra y poco conocida Eris, diosa de la discordia- cuando le preguntaron -pobre mortal, que dijera lo que dijese, estaba condenado a la ira divina- cual de las tres era la más bella, provocando, al recibir como premio de la bella  y caprichosa diosa de rubios cabellos la posibilidad de conquistar a Helena, comenzara la terrible guerra de Troya. Lo dicho, celos y envidia divinos. Y terribles.
Pero por lo visto, Hera no confiaba demasiado en ellas, tres jóvenes amantes de cantar y bailar, porque algo tendrían que hacer, allá solas, vigilando el árbol -o arboleda- con sus frutos, que por lo visto a veces recogían para ellas mismas -se supone que por gusto, porque como hijas de titanes, y por tanto diosas, aunque fueran un poco "de segunda categoría", debían ser inmortales sin necesidad de ayuda extra-, y como única compañía -lejana, tal vez no tenían permitido hablar con él- a su sufrido padre Atlas, aguantando indefinidamente la bóveda celeste -normalmente se dice que el mundo, pero no fue así, exactamente-. Como "ayuda", y tal vez también, como vigilante de las vigilantes, puso  allá un dragón, o al menos un gran reptil, llamado Ladón -en la mitología griega, los reptiles de enorme tamaño y mal carácter, más que lagartos, o dragones, que quizá sería una criatura extraña a su cultura, eran gigantescas serpientes, como Pitón, a la que mató el dorado Apolo-. Ladón, el dragón de las Hespérides, tenía nada menos que cien cabezas, cada una de ellas con una boca llena de dientes, pero eso no impidió que Heracles/Hércules lo matara en uno de sus trabajos. Hera, que parece que era más agradecida con monstruos que con humanos, consintió que, tras su muerte en la Tierra, pudiera ascender a los cielos, donde forma la constelación del dragón.

Archivo: Detalle del mosaico con los trabajos de Hércules (Undécimo labour - Manzanas de las Hespérides), siglo III dC, encontrado en Llíria (Valencia), Museo Arqueológico Nacional de España, Madrid (15457081602) .jpg
Mosaico romano -probablemente del siglo III d.C.-, encontrado en Llíria -Valencia, España-, donde se puede ver a Hércules, al lado del árbol -o uno de ellos- de las manzanas de oro, protegido por Ladón -representado por una serpiente-, y con las Hespérides detrás, aparentemente más deseosas de marcharse de allá, que de enfrentarse al héroe saqueador.

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Otra visión clásica de las Hespérides. Y de nuevo, Ladón representado como una serpiente enroscada a un árbol -bastante canijo, por cierto; probablemente, el artista quería representar, en primer lugar, a las jóvenes guardianas, y no a un árbol con manzanas y un reptil de confusa naturaleza-.


¿Dónde encontrarlas? El jardín de las Hespérides, siempre hacia Occidente. 

Los griegos antiguos nunca tuvieron demasiado claro donde estaba el jardín en cuestión. A partir de cierta época -de la clásica en adelante-, ya daban por supuesto que aquello era una leyenda, fantasía, vamos. En principio, debieron pensar que estaba en la costa libia, teniendo en cuenta que por el nombre de "Libia", los griegos conocían toda África, excepto Egipto -que era un estado y una civilización aparte-, y más adelante, a medida que supieron de Nubia y Axum -el primer estado etíope-, Libia sería el territorio habitado por pueblos que llamarían bereberes -mauritanos, númidas, libios, y más adelante, los semitas cartagineses, de origen fenicio-. O sea, el territorio al oeste de Egipto habitado por gente no demasiado oscura de piel.
Pero con el paso del tiempo, tras la época heroica de la civilización micénica, y la llamada edad oscura -de la que poco o nada se sabe-, griegos más modernos -época arcaica- y fenicios fueron explorando y colonizando la costa de la Libia propiamente dicha, así que lo colocaron todavía más al oeste. Todo lo posible, realmente. Algunos pensaron que podría estar en la zona norte del extremo oeste del Mediterráneo, cerca de Gadir, el Gades romano, el Cádiz actual, por no decir en el mismo lugar donde nació la ciudad -donde supuestamente Hércules se enfrentó, y mató, al rey Gerión, para robarle sus rebaños; muchos monarcas de la época no dejaban de ser, realmente, una especie de saqueadores y piratas-. O bien, cerca de la legendaria Tartessos -tan legendaria, que todavía no se ha encontrado, y tal vez no se encuentre nunca-. Pero después pensaron que no, que había que mirar más al sur, al otro lado del estrecho. Por eso supusieron que podía estar en el norte del actual Marruecos, quizá al sur del futuro reino de Mauritania. Allá estaría el jardín de las Hespérides, con sus tres diosas vigilantes, y el dragón -o lo que fuera-, y también el padre de éstas, el pobre Atlas, soportando la bóveda del cielo -más adelante, se diría que el mundo, y así se le representa siempre, en titán soportando la Tierra completa sobre sus hombros-. Está bastante claro que el Atlas, la enorme cordillera del interior de Marruecos, debe su nombre al pobre y sufrido titán, que tan terrible castigo sufrió tras perder la guerra entre sus hermanos y él mismo contra los nuevos dioses olímpicos. Zeus podía ser muy duro y cruel, ciertamente.

Esta acuarela del australiano Rupert Bunny, de 1922, artista decadentista -aunque su obra va de una escuela a otra-, da una versión más realista y brutal del robo de los frutos de Hera. Aquí, Hércules no es un héroe, sino un guerrero brutal, un saqueador, un ladrón, que sólo sabe usar la fuerza bruta para conseguir sus fines. Se le ve a punto de matar a golpes al dragón -que es representado como un reptil distinto a una serpiente, pero también a un dragón "medieval"-, mientras las Hespérides -aquí, siete, con en otras versiones del mito- huyen despavoridas. El cuadro, y el nombre de su autor, lo encontré en una web de arte: "Raras Artes", del que pongo un enlace.

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Esta estatua moderna de Hércules, con una de las manzanas doradas en su mano, se encuentran en el Jardín de las Hespérides, tocando al Jardín Botánico, de la ciudad de Valencia.

Finalmente, los griegos helénicos y los romanos -y los griegos contemporáneos suyos- acabaron adoptando la leyenda para recrearlo en poemas, en mitos por escrito -los mitógrafos hicieron lo posible para que no se perdiera toda aquella literatura oral, y no pocos problemas tuvieron, para ordenar y aclarar tantas historias entremezcladas y contradictorias-, y siglos más tarde, los pintores del Renacimiento, neoclásicos y prerrafaelitas siguieron reflejando en el lienzo sus particulares visiones de aquel "paraíso alternativo", bien distinto del bíblico.
Hubo, además de un mito -o más bien una leyenda- sobre el origen del jardín propiamente dicho y sus guardianas, otro en que el aparece, al menos, en uno de sus capítulos: se trataría de los doce trabajos de Hércules, -el griego, Heracles, aunque ha acabado por perdurar el nombre romano-, que realizaba por orden de su primo, el rey Euristeo. El coloso semi-divino tenía que conseguir las manzanas áureas guardadas por las Hespérides, pero cuando llegó al fin del mundo, en lugar de encontrárselas a ellas -¿dónde andaban, las vigilantes? Quizá no era tan mala idea, lo de colocar al dragón a vigilar junto a tan aburridas y cantarinas damas- se encontró al pobre Ladón, a quién sus colmillos y supuestas cien cabezas -aunque siempre se le representa con una, aunque grande y terrible- no le sirvieron de mucho para recibir una paliza mortal de aquel gigante, que lo mismo aparece como un bárbaro que como un héroe civilizador -claramente, Hércules fue el personaje no completamente divino más famoso de la Grecia antigua, y sus numerosísimas aventuras dan visiones bien distintas del hijo de Zeus-. Liquidado Ladón, en lugar de a sus hijas, se topó, como antes se ha dicho, con Atlas, y por él -parece que no recibía muchas visitas de sus hijas, y tenía ganas locas de hablar con alguien- pudo saber que sólo las Hespérides o alguien de su sangre -como el mismo Atlas, su padre- podían cogerlas. Así que Hércules le propuso soportar sobre sus hombros el peso del mundo, para que el titán pudiera ir a buscarlas, cosa que hizo bien a gusto, después de milenios soportando aquel peso inaudito. Pero cuando Atlas se vio libre, no ocultó al héroe que no tenía intención alguna de volver a cargar con aquella carga de nuevo. Hércules, comprendió, tenía que inventar algo para enredar a aquel pobre desgraciado -porque la fin y al cabo, de eso se trataba-, así que le dijo a Atlas si podía sustituirlo un momento mientras se arreglaba la capa, pero cuando el reo de Zeus vio al hijo de éste salir corriendo con las manzanas doradas, comprendió que le habían engañado. ¡Cómo pudo ser tan inocente! Quizá por no haber tenido contacto con el mundo exterior durante siglos, quizá milenios.


viernes, 24 de febrero de 2017

Las Híades, hermanas de las Pléyades. ¿Morir de amor fraternal?

Los cielos están llenos de antiguas deidades femeninas, en ocasiones grupos de hermanas de origen poco claro.


Las Híades, musas de la lluvia, y su hermano Hiante.

Hace ya tiempo -ahora mismo, me parece casi una eternidad-, hablé de las Pléyades, hijas del titán de segunda generación Atlas, y de la oceánide Pléyone -o Pleíone-, que en la práctica, también era una titánide -titán mujer- hija de los titanes pricipales y de primera generación -su padre fue Océano, y su madre Tetis-. Resulta claro que, incluso estos dioses "secundarios" -titanes, titánides, oceánides originales, deidades menores consideradas primeras y principales ninfas- forman una familia tan grande, que resulta difícil no confundirse sin la ayuda de un árbol genealógico.
Pues bien, parece que Atlas y Pléyone no sólo tuvieron a la siete Pléyades -que no está claro si fueron septillizas, o nacieron en un breve plazo de tiempo; breve para dioses eternos, se entiende-, sino también a otro grupo de hermanas, las ocho Híades, además de las ¿tres? Hespérides, y la solitaria y fascinante Calipso, amante de Ulises/Odiseo, y que por su poder, más que una ninfa, casi podría considerársele como una diosa menor. 
Y además de esta enorme descendencia femenina -diecinueve hijas, por lo menos-, también existió un hijo varón: Hiante, o Hyas.
Sin embargo, la importancia de Hiante en la mitología es mínimo. Se podría decir que existe solamente como una especie de compañero, responsable masculino, protector y vigilante de las Híades. Algo un tanto curioso, pues si bien la sociedad griega antigua fue muy machista y patriarcal, no fueron pocas las diosas, ninfas, deidades menores -una especie de "pequeñas diosas", como las tres Gracias-, o seres femeninos como las sirenas, y ya no digamos las amazonas, que al menos en principio, fueron mujeres mortales.
En principio, las Híades debieron nacer, de golpe o en poco tiempo, en aquellos lejanos tiempos que luego se llamaron "la Edad de Oro", en que existió una primera humanidad -o algo parecido- que se extinguió tras la terrible guerra entre los Titanes y los dioses Olímpicos -ayudados por algunos de estos mismos Titanes, aparte de algunos "neutrales", como Océano y Tetis-, y serían conocidas como las diosas, más tarde ninfas, de la lluvia. Pero mucho tiempo después, se cuenta -unos mitógrafos, poetas o aedos sí, otros no- serían también las encargadas, junto a las Pléyades -o al menos algunas de ellas-, y tal vez otras ninfas -que por lo visto, acabaron siendo legión- de cuidar de Dioniso, el Baco romano, el último de los dioses Olímpicos en nacer, pues lo hizo ya en una época, digamos, tardía, y era nieto de Cadmo -el fenicio que fundó Tebas, aunque muy probablemente con otro nombre, y sobre, o cerca, de alguna pequeña población anterior a su capital- y Harmonía, la hija humana, o transformada en mortal, de Afrodita y Ares -la "escondieron" en el mundo de los humanos para evitar la furia de Hefesto, el esposo de Afrodita-.

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Las Híades, junto a las Pléyades -y probablemente, otras ninfas- cuidaron de Dioniso, el hizo de Zeus con la humana Sémele, hija de Cadmo y Harmonía. Y esta era, al tiempo, hija de Afrodita y Hades. Por tanto, Zeus tuvo un hijo con su biznieta mortal. Pero claro, Zeus era así, y cuando se encaprichaba de una mujer, le daba lo mismo quien fuera.

Pero las Híades, además de como diosecillas, o ninfas de primera categoría, también son conocidas, hoy en día -y ya no digamos en el pasado- como una constelación de estrellas, no muy lejos de las Pléyades, donde también se encuentran Atlas y Pléyone. ¿Cómo llegaron allá arriba? Este proceso de catasterismo, que es la transformación de unos seres -mortales o divinos-, o parte de ellos -la cabellera de Berenice, de la que también escribí hace tiempo- pudo venir por dos razones:
Una, quizá la más antigua, es donde participa Hiante, que en sus tiempos libres, cuando no vigilaba y cuidaba de sus hermanas, hacedoras de lluvias bienhechoras, cazaba fieras. Y un dia tonto, cuando intentaba cazar, según unos un cachorro de león, según otros una serpiente, acabó muerto, bien por la mamá leona, bien por el reptil, que no era una culebra, no, sino una serpiente de grn tamaño y fuerza, casi como la Pitón que liquidó en su momento Apolo -que según versiones, más bien parece un primitivo dragón-. Lo suficientemente fuertes, una u otra, como para matar a un seer divino, un pequeño dios, que por lo visto, podía ser inmortal, pero sólo en caso de no encontrar algo o alguien con fuerza suficiente para acabar con él -una inmortalidad un poco discutible, por decirlo así-. Las Híades, que al fin y al cabo eran sus hermanas, y lo querían muy mucho, no soportaron la muerte de su hermano, así que lloraron y lloraron -más que lluvias, fueron tormentas e inundaciones, lo que debieron provocar-, y acabaron muriendo por amor fraternal. Zeus se apiadó de ellas -la verdad es que podría haberlo hecho antes de que murieran, pero claro, no dejaban de ser las hijas de un enemigo vencido, Atlas, e hijas y hermanas de exiliadas no siempre con un lugar donde poder vivir en paz: Pléyone y las Pléyades-, así que, aunque físicamente desaparecieran de la Tierra -o de algún tipo de mundo paralelo donde ellas vivían-, sus espíritus debían ir camino al Hades, el reino del oscuro y silencioso dios del inframundo, del mismo nombre, y decidió elevarlas a los cielos, donde formarían, como más adelante el resto de su familia, una nueva constelación, donde, es de suponer, se encontrarían a su hermano y protector -¿o controlador y vigilante?, Hiante, o Hyas.

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Las Híades participaron en una leyenda, en la que Alcmena, madre de Hércules/Heracles, es salvada de morir quemada en una pira, por orden de su marido, Anfitrión -al saber que estaba embarazada, y no de él-, gracias a la lluvia provocada por las hermanas, por orden de Zeus, padre del héroe. Que salvaran a Hércules y a su madre hace pensar que, en principio, las Híades o fueron transformadas en estrellas -un caso más, tan habitual, de metamorfosis en los mitos griegos- hasta una época bien avanzada. Hércules pertenecía a la generación anterior a los héroes -al menos, a los más jóvenes- que participaron en la guerra de Troya.

La segunda versión es menos triste, pero también no muy clara: agradecido Zeus por el cuidado que tuvieron las Híades de su hijo Dioniso, las transformó, también, en estrellas. Pero en este caso, que se sepa, no fallecieron, así que acabaron en la bóveda celeste, en apariencia, como estrellas -para los griegos de la época, las estrellas no eran astros, sino simples puntos de luz en el cielo-, pero tras aquellas pequeñas luces en la oscuridad de la noche, se encontrarían las jóvenes, eternas y vivas, muy vivas. En este caso, parece que Hiante no aparece -de ahí su insignificancia en los mitos-, y las Híadas, libres del hermano mortal, pasan a ser unas ninfas de vida, o eterna, o, en caso de no haber subido a los cielos, larguísima. Imagino que lo primero, porque por lo visto, había ninfas y ninfas.
Respecto a su número y nombre, lo más habitual es suponer que fueron ocho, aunque en época temprana, fueron tres, y tardíamente, hasta quince. Al contrario que las Pléyades, el nombre de las Híades no tiene importancia, porque, por decirlo así, no tienen ni personalidad, ni vida propias. Siempre se habla de ellas en grupo, sin que ninguna aparezca como hermana mayor, como líder, o destacando por nada en particular.
Lo que pienso, personalmente, es que la Hiades, con o sin hermano -dudo de que tuviera siempre un sitio en el mito original-, como sus hermanas las Pléyades, y la madre de todas elas, Pléyone, eran la familia de un derrotado en la guerra de la Titanomaquia, y Zeus tardó algo en encontrarles sitio en su nuevo orden. Mientras que las Pléyades tuvieron relación con dioses o humanos, y fueron más conocidas, y tuvieron lo que podría decirse "personalidad propia", las Híades eran un grupo de diosas menores, o ninfas principales, encargadas de la lluvia. En realidad, el que todas ellas estuvieran en el cielo, en forma de estrellas -como también su madre, y su padre Atlas, y Hiante, en caso de haber existido realmente- no tenía por qué impedirles el seguir vivas, y conservandon su identidad, en el mundo paralelo de los dioses, e incluso, intervenir -sobretodo los Híades, que para eso eran ninfas de la lluvia- en el devenir de los mortales.
Sus nombres fueron, según la mayoría de las fuentes: Fésile, Cleeía, Corónide -no confundir con otra Corónide, amante mortal de Apolo, y madre de Asclepio/Esculapio, dios de la medicina-, Eudora, Ambrosia, Feo, Polixo, y Dione.
El poeta romántico británico Tennyson las recuerda, en la boca de Ulises, en su inacabable vagar por los mares.

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La Híades y las Pléyades, dos grupos de hermanas en los cielos, muy cerca unas de otras. La estrella principal de las Híades es Aldebarán, que destaca sobre todas las demás.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIV):Temas y personajes (y 6.-). La mitología griega, más alla de "La Odisea".

Los mitos y leyendas griegas, una de las bases de la ética y la cultura occidentales, influyeron sobremanera en los prerrafaelitas.


Dioses, semidioses, mortales heroicos o víctimas, deidades menores y monstruos...

Sin duda, los prerrafaelitas, tan amantes no sólo de colores o de la naturaleza, sino también de la fantasía en todas sus caras y alternativas, por pura lógica tuvieron que verse influidos por los antiguos griegos, y por extensión, también los romanos. Durante el siglo XIX, no sólo se fueron traduciendo al inglés prácticamente todo lo que unos y otros llegaron a escribir -descubrimientos posteriores aparte, evidentemente- sino que también hubo -no sólo en Gran Bretaña, sino también en Alemania, Francia, etc.- cada vez más historiadores y estudiosos del arte responsables de esclarecedores y atrayentes títulos que daban a conocer la Antigüedad a los europeos decimonónicos. Además, ya no eran solamente las clases altas las interesadas en ella, sino también, y cada vez más, la creciente y cada vez más culta clase media. Aparte decir, pero no olvidar, que la arqueología, desde tiempos del descubrimiento de Troya, Micenas, Tirinto, y la cultura minoica en Creta, comenzó a iluminar un pasado tan extraordinario como oscuro. 
Aparte, un dato más: Gran Bretaña, por encima de cualquier otro país -europeo o no- era un imperio extraordinariamente grande, poblado y poderoso. Nunca un país había dominado tanto territorio, ni había estado tan poblado, ni contenía dentro de sus fronteras una proporción tan grande de la población humana -se supone que en el Imperio Británico debían vivir, al menos, una cuarta parte de la humanidad-. Resulta lógico que los habitantes de ese imperio, de esa nueva Roma, que además, por su enorme peso en la cultura y el arte también ccreyera parecerse en algo a la antigua Grecia -o, al menos, a Atenas, que realmente fue la polis que, más y mejor que ninguna otra, representa lo que fue aquella época extraordinaria de un pueblo igualmente extraordinario-. Lógico, pues, que los británicos victorianos mirasen a ese pasado que consideraron suyo, y que pensaban, y no sin cierta razón, que eran sus antecedentes. O según como se mire, el Imperio Británico era el sucesor de griegos y romanos, a unos y otros, a la vez.
Ya se ha visto que se podrían dividir esas obras pictóricas -y de otro tipo, en tres grupos, según la temática, digamos, clásica:
-Las damas -jóvenes, adolescentes, a veces un poco mayores- que parecen posar para el pintor, que en ocasiones más bien parece retratar victorianas vestidas de romanas o griegas, y no mujeres de la época clásica propiamente dicha. Casi nunca se trata de mujeres, reales o de la mitología, con nombre y personalidad propia, sino jóvenes anónimas, que representan una Antigüedad donde todo el mundo parecía vivir en calma y sin preocupaciones, sin violencia ni -¡qué cosa tan desagradable!- esclavos o siervos. Aunque el nombre de neo-clásico -no prerrafaelita, son otra escuela- más bien sería francés, donde Jacques-Louis David sería uno de sus mejores representantes, en Gran Bretaña destacaría, por encima de cualquier otro, John William Godward. Él no era, ni se consideró, prerrafaelita, pero resulta evidente su influencia, en por ejemplo, Alma-Tadema. Sin embargo Godward, normalmente, retrata a uno o dos personajes, casi siempre femeninos, y no se interesa en grandes escenas, históricas o no, llenas de gente.
-Preferir retratar la Antigüedad de forma atractiva, incluso deslumbrante, pero dentro de lo que cabe, realista. Ya había suficiente conocimiento de cómo debía vivirse en Grecia, Roma, pero también en el Egipto faraónico, o en el cercano Oriente -Mesopotamia, Persia-, e incluso, en lo que se llamaba Tierra Santa, pues hay pinturas que, si bien tienen un trasfondo bíblico, su intento de retratar de la forma más exacta posible arquitecctura o vestuario dejan entrever que la religiosidad no tiene por qué estar en contra del respeto a la verosimilitud histórica. Tanto Lawrence Alma-Tadema, como en ocasiones, otros autores, como Frederic Leighton, fueron sus mejores representantes, si bien hubo autores fuera del prerrafaelismo -en la segunda mitad del siglo XIX, y aún algo después-, tanto en Gran Bretaña como en el continente, y en Norteamérica, también se apuntaron a ello.
-Y por último, los autores que, más que interesados en la representación histórica, optaron por dejarse influir por la mitología, tanto en temáticas de "La Odisea", como se vio en el capítulo anterior, como en cualquier otro mito, leyenda o cuento primero inventado, más tarde enriquecido por aedos, sacerdotes, o gente común de forma oral, y más adelante, puestos por escrito por poetas primero, dramaturgos y mitógrafos después. Los romanos, más bien, se redujeron a cambiar el nombre a dioses y humanos, y a recrear en nuevas obras lo que más les interesaba -y que consideraron, desde el primer momento, como literatura helena, raramente como relatos con alguna credibilidad histórica; hacía ya mucho que ni los mismos griegos la veían-. Curiosamente, o no -Roma fue la dueña del mundo antiguo, al menos, hasta Oriente Próximo; más allá de la Persia de los partos o los Sassánidas ya era otra cosa-, fueron las obras, y sobretodo los nombres que los romanos crearon los que más conocemos hoy en día -Ulises en lugar de Odiseo, o Hércules en vez de Heracles-. Esto se llamaría, por ejemplo, pintura de temática mitológica. Y entre otros, el que más destaca en ello, ya se vio con sus cuadros sobre las aventuras de Odiseo, John William Waterhouse.


Waterhouse, y el redescubrimiento de los mitos griegos, en ojos de un inglés.

John William Waterhouse no sólo pintó cuadros de temática clásica, o mitológica, ciertamente. A cierta edad, prefirió dedicarse a pintar cuadros basados en leyendas más modernas, u obras literarias británicas. Pero los griegos, desde luego, se le aparecieron muchas veces al pintor, que como pocos, pudo decir que se vio iluminado por las nueve musas -no por la décima, la única real, Safo, que iluminó más a Alma-Tadema y a su maestro, Godward, pero quizá por eso ellos la pintaron: por ser, precisamente, una mujer real-.

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"Hilas y las ninfas" (1896), es una de las obras más conocidas de Waterhouse, de tema mitológico o no. Hilas era el hijo del rey Tiodamante, a quién había asesinado Heracles -un personaje que lo mismo aparece como un esforzado héroe, que como un asesino o un saqueador o bárbaro, lo que hace pensar que, llegado el momento, más bien era la fusión de distintos personajes de naturaleza parecida, pero de distinto comportamiento, o bien era uno solo, pero recreado por gente bien distinta, que tenían también, de él, visiones claramente distintas-. Además, había secuestrado a Hilas, su hijo, a quién había transformado, en la práctica, en su esclavo sexual, si bien otras versiones, hablan de amigos, o incluso de amantes -resulta casi imposible encontrar una sola versión de una historia en la mitología griega-. Durante el famoso viaje de Jasón y los argonautas a la Cólquide -en la costa de la actual Georgia, y zonas cercanas-, en búsqueda del vellocino de oro, el Argo -el barco de los héroes- hizo un alto para recoger agua y buscar algún alimento, o reconocer donde estaban. Entonces, Hilas fue a un riachuelo, o una laguna, a buscar agua, y alla las ninfas -según versiones, una sola, o varias, pero llevando una la voz cantante y el resto acompañándola- le convención para que le acompañara, y de un tirón, se lo llevaron a las profundidades del hogar de aquellas ninfas acuáticas -había ninfas de todo tipo y naturaleza-. Y aquí, también hay versiones distintas: Hilas murió ahogado, o las ninfas le mantuvieron con vida, permitiéndole vivir bajo el agua; que fue engañado, o que, simplemente, prefirió abandonar a su amo Heracles, asesino de su padre, para vivir rodeado de inmortales beldades. Esta versión, que la da Robert Graves en su "Dioses y héroes de la Antigua Grecia", por lógica, debió ser, o habría sido, de ser verdad, la más lógica. Yo me habría ido con ellas, ciertamente.

"Hilas con una ninfa" (1893), fue una versión algo anterior de Watehouse de la misma historia. Aquí, es una sola ninfa, la que intenta, y consigue, conquistar y llevarse con ella a Hilas, que no parece interesado en recoger agua, sino en descansar, sin esperar lo que le espera. Quizá lo mejor que podría pasarle, en lugar de arriesgar la vida en el viaje de los argonautas, donde fue más bien obligado, o convencido -según versiones- por Heracles, el superhéroe de la mitología griega.

"Pandora" (1896), es otro personaje de la mitología que debió llamar la atención de Waterouse. La primera mujer fue creada por los dioses para dividir a los hombres de la segunda humanidad, la de la Edad de Plata -la Edad de Oro fue la de Crono y los titanes, y los humanos, o algo parecido, escasos y débiles, o demasiado inocentes, se extinguiern al transformar titanes y dioses olímpicos la tierra donde vivían en su campo de batalla-, aunque Prometeo, un titán de segunda generación aliado de Zeus y sus hermanos, pensaba en cosa bien distinta: los humanos de aquella segunda humanidad eran todos hombres, no se sabe si inmortales -seguramente no-, pero que, al morir por accidente, hambre o por ataques de fieras, su número disminuía, y su extinción sería segura. Y por cierto, la expresión "la caja de Pandora" es inaxacta, y viene de una mala traducción del griego realizada por italianos, no se sabe bien quien o quienes, del Renacimiento. En realidad, hace referencia a una jarra o ánfora, pero la traducción por "caja", pasó del italiano al resto de lenguas, y de ahí, a ser representada en cuadros, dibujos, etc.

"Jasón y Medea" (1907). Medea es, sin duda, el personaje más interesante de los mitos griegos. No se trata de un personaje pasivo, secuestrada, violada, conquistada o rescatada por el héroe de turno. Héroes que, como Teseo con Ariadna, a la que abandonó en Naxos después de que ella le ayudara a escapar de Creta con el resto de atenienses entregados por su ciudad como sacrificio humano al Minotauro, no es que fueran, precisamente, de comportamiento ejemplar. Medea, que aquí es la que parece llevar la voz cantante, la que, probablemente, está dando a un Jasón que es un heroe pasivo, que se deja ayudar en demasiadas ocasiones -porque, aunque valiente, no puede por sí mismo cumplir con sus misiones, sus obligaciones o deseos-, y que la está escuchando entre enbelesado y nervioso. Medea sería la que, con su poder, dormiría a la serpiente que no dormía nunca, que guardaba el vellocino de oro, y que, en lugar de otras mujeres de los mitos, griegas auténticas -ella era de la Cólquide, caucásica de raza, bárbara para los micénicos, que consideran la tierra de la hechicera como el fin del mundo, al lado del Cáucaso, el techo del éste-, tomaba sus propias decisiones, y no se retiraba del mundo, o se ahorcaba, cuando pensaba que había cometido un error, o había sido engañada. Fue de las pocas que vivió como quiso, dentro de lo posible, y murió ya anciana, o al menos madura, después de haber recorrido buena parte del mundo conocido por los aqueos, que nunca la vieron como una de los suyos, de "sus mujeres".

Esta segunda versión de "Lamia" representa, más bien, a una atractiva joven de indumentaria helena. Nadie podría ver en ella al antecedente de los actuales vampiros, pues, salvando las distancias, enormes en cuestiones culturales y temporales, no deja de ser uno de sus antecedentes. Probablemente, una lamia era una especie de ninfa -las náyades, nereas, bacantes o musas no dejarían de ser, realmente, comunidades o tipos distintos de ninfas, una especie de seres intermedios, entre dioses y humanos, deidades menores femeninas, bellas y siempre jóvenes, de orígenes muchas veces oscuros, que o bien eran inmortales, o de muy larga vida, y que lo mismo tenían hijos con los eternos del Olimpo, u otros dioses o algo así, como con simples humanos-. Las lamias, por lo visto, bebían sangre humana, o según algunos, hasta comían su carne, aunque también existían otras versiones, como que eran, simplemente, unas ninfas de las que no había que fiarse demasiado. Pero es que de este tipo, había otras, aparte de ellas.


Frederic Leighton, el hombre que lo pintaba todo con gracia.

"Ícaro y Dédalo" (1869), es una obra anterior a las de Waterhouse, que podría considerarse un artista casi de una generación posterior a Leighton, plenamente victoriano. Leighton pintó un poco de todo, y tambiénél se sintió interesado por la mitología. Dédalo, el diseñador del laberinto del minotauro, e Ícaro, su hijo, habian podido escapar de su propia obra, pero claro está, no de la isla de Creta. Necesitaban un barco, así que para eso creó unas alas artificiales, donde las plumas estaban pegadas con cera. Al ascender demasiado alto Ícaro, el calor derritió la cera, y es de sobra sabido qué pasó con él. Dicha historia, más una leyenda que un mito, fue contada durante siglos como ejemplo de lo que sucede cuando los hijos jóvenes no hacen caso de los sabios consejos de sus padres.

"Perseo y Andrómeda" (1891), fue otro de los cuadros de Leighton sobre uno de los mitos más conocido y largo de los helenos. Perseo, hijo mortal de Zeus -un héroe, en lenguaje de la época- salva a la princesa Andrómeda -por cierto, etíope, y por tanto de raza negra, aunque siempre se le represente blanca y de aspecto más nórdico o celta que mediterráneo-, que había sido ofrecida por sus padres, reyes de Etiopía, en sacrificio a un dragón -o un reptil monstruoso, en general- para que éste dejara de atacar a su pueblo. Con la ayuda de objetos fabulosos entregados en préstamo por otros dioses, finalmente pudo liberar a Andrómeda, con la que se casó. Perseo también es famoso por haber matado a Medusa, la única mortal de las tres gorgonas, cuya mirada petrificaba a sus enemigos.

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"El mito de Ícaro", en este caso, en versión de Herbert James Draper. En ocasiones, las obras de Draper son cosideradas como secundarias, o complementarias, de maestros más conocidos, como Leighton o Waterhouse, pero él también tenía su propia personalidad. Aquí, Ícaro no está a punto de emprender el vuelo, sino que yace muerto tras estrellarse -aunque no lo parezca, por estar sus alas artificiales en demasiado buen estado, tras el accidente mortal-. Las jóvenes que lo miran, entre dolidas y curiosas, debían ser ninfas de la costa -según versiones, o se estrelló en las rocas de la costa cretense, o se ahogó en pleno mar-, o tal vez, incluso sirenas. Ni se sabe bien dónde pudieron vivir éstas, ni tampoco, si existía más de una colonia.



Los prerrafaelitas fueron, y son, dentro del mundo del arte a nivel mundial, y sin importar épocas, de los más utilizados para representar los mitos griegos, y a la hora de crear entradas o post sobre algún tema mitológico clásico, sin duda, alguno de ellos acaba por "prestar" alguna de sus obras. Realmente, mucha gente acabó interesándose -o hacerlo con más ganas- por las antiguas historias de los griegos, precisamente, gracias a ellos, y otros artistas del siglo XIX, más modernos, y con obras más espectaculares, que otras más clásicas -aunque igualmente, extraordinarias- de períodos anteriores, como el Renacimiento o el Barroco.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIII): Temas y personajes (5.-). "La Odisea", como relato mitológico más atractivo para los artistas.

La historia de Ulises, y los personajes que encontró en su viaje, junto a otros personajes de los mitos griegos, fueron protagonistas de no pocas obras.


Una nueva visión para unas historias eternas.

Sin duda, fueron los personajes y los hechos contados en la Odisea, y en general, contenidos en los mitos y leyendas de los griegos antiguos, uno de los filones que aprovecharon, tan fascinados por ellos como deseosos de aportar sus nuevos puntos de vista, tanto los prerrafaelitas, como pintores contemporáneos suyos -románticos, neo-clásicos, o de corrientes posteriores-, tanto en Gran Bretaña, como en toda Europa.
Aún así, hay que tener en cuenta que el término "influencia greco-romana", no significa traslación directa de los personajes de los mitos a la tela, porque los neo-clásicos, por ejemplo, más bien hacían retratos de damas -adolescentes o jóvenes algo mayores- que bien podrían haber sido de mujeres contemporáneas suyas, sólo que vestidas de griegas o, en menor medida, de romanas. Otros autores, como Alma-Tadema o Poynter, si bien gustaron, y mucho, de retratar la Antigüedad -Roma, Grecia, pero también, en ocasiones, el Egipto de los faraones, y una visión más historicista de lo normal de relatos o hechos del Antiguo Testamento-, prefirieron prescindir de mitos y personajes de ficción, humanos o divinos, y prefirieron reflejar a otros reales -emperadores romanos, por ejemplo- o simplemente, hombres y mujeres anónimos, en ocasiones en grandes obras repletas de personajes, y donde la arquitectura y la recreación histórica en general tenían gran importancia, y que hacían viajar a quienes las admiraban a unas épocas lejanas y perdidas. Perdidas, sí, pero parcialmente -y cada vez más- recuperadas por historiadores y arqueólogos, que a partir de la segunda mitad del siglo XIX, desenterraban en todas partes -Grecia, Italia, la actual Turquía, Mesopotamia, Egipto...- ciudades y hasta civilizaciones enteras que, pocas décadas antes, o eran casi leyenda, o se dudaba de su propia existencia, porque apenas había rastro de ellas en documentos o hallazgos anteriores, caso de los sumerios o de los hititas, o incluso, de las grandezas de Babilonia y Asiria.
Entonces, ¿quienes fueron los que más y mejor retrataron los llamados mitos, sin más, por considerar la mitología griega como una de las bases culturales y espirituales de Occidente? Se podría hablar, principalmente, de dos: John William Waterhouse, y Frederic Leighton, aunque hubo más. En realidad, casi todos ellos, antes o después, acabaron cayendo en los brazos de los héroes, las doncellas y los dioses y deidades menores que forman ese tapiz de mil hilos, que  no parece tener límites, y que cuenta con tantas versiones y contradicciones, por haber sido creado no por un individuo -ni tan siquiera por un Homero, o un Hesíodo, que son parte de ello, pero sólo parte, y no la mayor-, sino por generaciones y generaciones de griegos, y no sólo por aedos, el equivalente a juglares o trovadores de la época oscura -la llamada "Edad Media Griega", y posteriormente, y en menor medida, la Época Arcaica.


"La Odisea", obsesión y mina de temas para Waterhouse y otros.

Sin duda, "La Odisea", la historia de Odiseo -el Ulises de los romanos, que es como lo conocemos hoy en día-, segunda obra de ese tan oscuro como legendario personaje que fue Homero, interesó mucho más a prerrafaelitas y otros artistas de toda Europa más que "La Ilíada". En realidad, aunque una sea continuación de la otra, son obras bien distintas: en "La Ilíada", vemos una historia de guerreros, de héroes que se exterminan unos a otros, en un combate inacabable, que ellos creen estar en cierto modo controlando, y sin tener en cuenta que son los dioses eternos los que literalmente juegan con ellos, tomando partido por aqueos y troyanos más por enfrentamientos entre ellos, o por caprichos o supuestas ofensas recibidas por unos u otros, que por llevar más o menos razón en aquel destructivo conflicto, tumba de tantos héroes, con o sin sangre divina.
En cambio, "La Odisea" es bien distinta, y no sólo porque cuenta con un sólo personaje principal, Ulises/Odiseo, sino porque se nos representa un hombre en parte héroe guerrero, y en parte un ser más humano, creíble y cercano, que no duda en mentir o en contar historias para salirse con la suya, pero que, también, utiliza su mente más que su fuerza física -que no es poca- para sortear peligros y amenazas.
Además, en la historia de Ulises existen personajes femeninos con personalidad propia -y dichos personajes encantaban a los prerrafaelitas-, que apenas se pueden ver en "La Ilíada", donde la famosa Helena es más una excusa para la guerra -para la historia que transcurre, para contarla, y para declarar un conflicto que necesita de alguna razón que no deja de ser, realmente, risible: por culpa de una esposa que escapa de un marido que no quiere, al lado de su amante asiático, dos civilizaciones se destruyen, porque los aqueos, tras tanta guerra y tantas pérdidas humanas, no salieron, precisamente, bien parados-. Circe, al contrario que Helena, sí tiene personalidad propia, y a pesar de su origen divino, se transformó, junto a su sobrina Medea, en la base de lo que, siglos después, serían el prototipo de las hechiceras y las brujas -contando también la poderosa influencia celta, sobretodo, de Morgana, enemiga de su medio hermano Arturo, rey de Britania-. Y además de la bruja, también podían encontrarse allí a Calipso -esta, más que otra bruja o hechicera, es más bien una solitaria diosa desterrada en una escondida isla, pues eso es lo que Ogigia, la islata donde vive, significa en griego-, a la bella, joven pero independiente Nausícaa -sí, se llama igual que el personaje del anime de Miyazaki-, hija de Antinoo, rey de los feacios -se cree que Feacia, su tierra, sería la isla de Corfú, en la costa noroccidental de Grecia-, o la misma Penélope, esposa de Odiseo/Ulises, y puesta como ejemplo de todas las virtudes de la mujer griega, pasada o presente -para los griegos de tiempos de Homero, Penélope ya llevaba muerta siglos; para los de la época clásica, ya era un lejano mito-.
Como ya se ha dicho, hubo sobretodo dos artistas que sintieron interés por la historia de Ulises, y por los mitos en particular: Waterhouse, y Frederic Leighton, aunque hubo más.

"Ulises y las sirenas", de Herbert James Draper. Aquí, las sirenas no se conforman con intentar atraer a Ulises y sus marinos desde rocas de la costa, sino que, literalmente, invaden su nave. Además de ello, las sirenas de Draper son capaces de algo que fascinó a griegos y romanos -sobretodo a estos últimos- como son las metamorfosis, la transformación de unos seres en otros, bien de forma voluntaria, o como maldición o castigo divino. La sirena -y en ocasiones, su versión masculina, el tritón, más habitual en mitologias del norte, como la celta- capaz de transformarse en mujer humana, perdiendo su medio cuerpo de pez por unas piernas con las que moverse entre los bípedos de la superficie, ha acabado viéndose en no pocas obras de todo tipo: cine, cómic, animación, ilustración...

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"Circe ofreciendo la copa a Odiseo", de Waterhouse, que casi se obsesionó con la hechicera. Aunque tenía sangre divina -su padre era Helios, algo así como un dios menor o secundario, que trasladaba el Sol a diario-, era una mujer de carne y hueso. Eso sí, inmortal y libre de envejecimiento. Es, junto a la también hechicera Medea -sobrina suya, además-, uno de los personajes femeninos más fuertes e independientes, también más interesantes, de la mitología griega. Ella vive prácticamente sola -cuenta como sirvientas con algunas obedientes ninfas, unas deidades menores, innumerables, que parecían servir para ocupar cualquier papel secundario en un mito cualquiera-, y se divierte transformando en animales a los desgraciados que llegan a su solitaria isla, aunque no queda demasiado claro el por qué. Circe es aquí protagoista, y Odiseo sólo puede verse e el espejo que se encuentra a su espalda, mientras ella, sentada en su trono -al fin y al cabo, es un ser divino y de extraordinario y oscuro poder- le ofrece la copa con el bebedizo que, teóricamente, habría transformado a Odiseo, como a sus compañeros, en cerdo. Si el héroe pudo salvarse de tan siniestro destino, fue gracias a Hermes, el Mercurio romano, que le avisó y ayudó, y que, además, era bisabuelo suyo por parte de su madre.

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"Circe envidiosa" (1892), donde Waterhouse vuelve con la hechicera.

"Ulises y las sirenas" (1891). Aquí, Waterhouse es fiel al retrato que Homero hace de las sirenas: no tenían medio cuerpo de pez, sino que eran, básicamente, pájaros con cara y cabello de mujer, aunque en ocasiones se las pinta o dibuja con un aspecto más humano, pero con alas y patas de pájaro. Según Homero y otros, las sirenas más bien parecen parientes de las arpías. Según algunos relatos, o más bien suposiciones de los antiguos -le dedicaron poco espacio, a sirenas, arpías y otros seres femeninos-, en una apuesta con las musas, perdieron las plumas, y acabaron transformándose -¿con ayuda de algún dios, como Poseidón?- en seres medio humanos, y medio marinos.

Aunque no corresponde, realmente, al episodio o canto de "La Odisea" dedicado al encuentro de Ulises y los suyos con las sirenas, es sin duda la obra de Homero la que las hizo inmortales, pues todavía se les recuerda y representa de todas las formas posibles. Aquí, una de ellas, disfrutando llevando a la muerte a un pobre desdichado que escuchó su canto. "La sirena" es de 1900, posterior al cuadro dedicado al canto dedicado en parte a ellas.


"Penélope y los pretendientes" (1912), fue una de las últimas obras de Waterhouse. No es, seguramente, de las mejores, pero sí demuestra que el artista no olvidó nunca la Odisea hasta, prácticamente, sus últimos años como pintor en activo. El espíritu de Homero y sus criaturas lo poseyó, no hay duda.



sábado, 23 de julio de 2016

Las Pléyades: de la compañía de Artemisa, a tener su pequeño rincón en las inmensidades del espacio.

Entre los seres divinos de la mitología clásica, que no podían ser considerados auténticos dioses, había una auténtica multitud...


No es habitual que hable de mitología, y no es que no me interese -no sólo la greco-latina, sino en general-, sino que, si se estudia en profundidad, la fascinación o interés inicial puede en ocasiones llevar a equívocos, e incluso a cierta confusión, al darse uno cuenta de la enorme cantidad de personajes, hechos o lugares con los que nos encontramos. Además, también hay que tener en cuenta que la historia de dioses, humanos y seres, digamos, intermedios -divinos, pero sin llegar a divinidades, o sea, a dioses auténticos, a los que los humanos en general temían y querían al unísono- lo mismo tenían una o varias -más bien varias, o muchas- versiones orales, como escritas, tanto en la poesía o la canción -si bien en la Grecia antigua, la poesía muchas veces, más que recitarse, se cantaba, y la canción, el canto, no dejaba de ser considerada literatura oral acompañada de música-, como en el teatro. Además, esos mismos poetas, compositores, dramaturgos, así como proto-historiadores o cronistas, o escritores de primitivas novelas -en realidad, lo que en la Antigüedad llamaban "novelas griegas" no dejaban de ser pequeños relatos en prosa, en ocasiones con más narrativa descriptiva que acción propiamente dicha-, nos dan versiones distintas de cada historia o relato, añaden de su cosecha, dan puntos de vista distintos -según la época, las ideas filosófico-políticas del autor, el lugar donde éste nació, e incluso la influencia de culturas cercanas, como los lidios, frigios o tracios, muy helenizados, al menos los dos primeros pueblos-, por lo que llegar a entender lo que llamamos "mitología greco-romana", o más bien griega -los romanos no tenían mitos, sino leyendas, relatos donde les interesaba más la historia de su ciudad y su pueblo, y de las principales familias o personajes históricos, que la de dioses y héroes antiguos, que para eso estaban los escritos griegos, que no tenían problema en cambiar o "revisar" cuando les interesaba- puede llegar a ser una hazaña que podría, muy bien, ser digna del mismo Heracles, el Hércules romano.
Así pues, para el que tenga cierto interés en ella, pero sin llegar a profundizar, o a querer pasarse meses o años en comprender la auténtica nebulosa que resulta ser, finalmente, el mundo mítico helénico -eso sin contar las obras literarias propiamente dicha, donde los dioses también están presentes, caso de "La Ilíada" o "La Odisea"- lo mejor que puede hacer es acercarse a ella de dos formas distintas pero complementarias: tener una idea básica, muy básica, de quienes eran los dioses y diosas principales, y el parentesco que había entre ellos -la teogonía, que decían los antiguos-, y el interesarse por algunas historias o personajes en particular, que pueden ser conocidos sin necesidad de tener un conocimiento profundo de la mitología en particular. Casos así hay muchos: Heracles, las amazonas, las sirenas, o alguna historia con trasfondo histórico -en su momento comenté una: la cabellera de Berenice-. Aquí otro caso: las pléyades, que dieron un nombre a un grupo de estrellas que, al observarlas allá arriba, en el oscuro cielo nocturno, quizá nos hagan recordar a las jóvenes de origen divino -realmente divinas, por lo atractivas que resultaron a todos, por lo que se cuenta-, que, según los griegos de antaño, recorrieron los bosques de la Hélade en compañía de Artemisa la cazadora.


Las Pléyades, que cambiaron los senderos de Grecia por los del cosmos infinito.

Como otros muchos grupos de mujeres de la mitología -realmente, en la Grecia antigua casi todas las mujeres famosas, o eran de origen divino, y por tanto no humanas, o eran personajes ficticios literarios; tristemente, las mujeres reales, de carne y hueso, si destacan por algo, como mi querida Safo, de la que también hablé en su momento, es por su escasez-, las Pléyades son de origen divino, pero sin llegar a ser diosas, y además, ese mismo origen, como su naturaleza misma, acostumbra a ser un tanto oscuro, misterioso, casi perdido en el tiempo. Probablemente, no dejaron de ser, como las sirenas, las musas o las Hespérides, algún tipo de espíritu animista anterior a la religión organizada, que esta acabó absorbiendo y asimilando, transformándolos en figuras semi-divinas, o divinas pero sin llegar a ser auténticas diosas, sino una especie de seres intermedios, entre los dioses propiamente dichos, y los auténticos humanos, algunos de ellos, además, con sangre divina. como el ya nombrado Heracles, o Aquiles y Patroclo, personajes de "La Ilíada".
Si hemos de hacer caso a las -diversas y a veces contradictorias- fuentes antiguas, las Pléyades eran hijas de un titán -una especie de "dioses caídos", que fueron derrotados y encarcelados por los dioses griegos propiamente dichos, liderados por Zeus- llamado Atlas -o Atlante, como la isla sumergida de la que hablaba Platón-, el mismo Atlas a quién Zeus, victorioso y vengativo, condenó a sostener sobre sus hombros los pilares de la Tierra. Este Atlas parece que sí tuvo tiempo de tener una amplia familia, porque aparte de las siete Pléyades, también fue padre de las Hespérides, o de la hechicera Calipso, que se encontraría más adelante Odiseo, más conocido por Ulises -por lo visto, los romanos no hicieron mucho para ampliar la mitología de los sometidos griegos, más allá de cambiarle el nombre a los personajes que ellos inventaron, y que por cierto, son los que han llegado con más fuerza a la actualidad-. Respecto a su madre, porque era bastante habitual que los dioses tuvieran una reproducción, digamos, clásica -hombre con mujer, con sexo de por medio, por muy divinos que fueran, o quizá por eso mismo...-, fue la ninfa Pléyone -o Pleíone-, que era una oceánida. O sea, una ninfa del océano, del mar abierto -no de ríos o lagos, aunque en principio, los griegos más antiguos suponían que el océano, es de suponer que el Atlántico, no dejaba de ser un río, pero mucho más grande, o un mar no mucho mayor que el Mediterráneo, pero mucho menos conocido-, e hija de Océano, otro titán. Como se puede ver, los titanes, cuando eran todavía los dioses dominantes, o mientras luchaban contra los que acabarían por sustituirles -y antes de aquello, ¿los titanes fueron reconocidos por los humanos como sus divinidades, tan queridos y, a la vez, temidos como los posteriores dioses olímpicos? Nada claro se sabe de eso-, también tenían sus familias, que se emparentaban unas con otras. ¿Cómo si fueran un clan, un pueblo o tribu de seres inmortales, de enorme poder, pero necesitados de unión, de formar una sociedad unida y cerrada, como los humanos sobre los que, se supone, regían? Probablemente, Al fin y al cabo, los dioses no dejan nunca de parecerse a los humanos que los han creado.

"La caída de los Titanes", según el holandés Cornelis van Haarlem (1588). El pintor debió imaginar a los Titanes como una multitud de dioses primitivos y medio bárbaros, que fueron enviados de mala manera al Tártaro por Zeus y los suyos.

Bueno, pues la tras la derrota del clan -por llamarlo así- de los titanes, podría pensarse que las pléyades lo iban a tener un tanto difícil. Al fin y al cabo, tanto su padre como su abuelo paterno eran titanes -en la práctica, también su madre, o al menos, a medias-, así que, al menos en teoría, las siete jóvenes podrían sufrir lo mismo que las familias de los vencidos en las guerras de los mortales, y no sólo entre los griegos -en aquellos tiempos, aqueos micénicos, o cretenses de cultura minoica, o tal vez, incluso anteriores a los primeros-. Pero parece que no. Condenados la mayoría de los titanes a estar encerrados en el Tártaro -uno de los infiernos de la mitología griega-, ellas, que no habían participado en la lucha, acabaron siendo respetadas, como las Hespérides o Calipso, sus hermanas. 
Respecto a la naturaleza de las Pléyades, que no eran ni humanas, ni diosas, ni semi-diosas -hijas de un dios y una humana, o viceversa-, se podría pensar que eran una especie de divinidades menores, que no tenían un espacio claro en la mente y el alma de los humanos, y por tanto, tampoco un poder o influencia sobre ellos. Si los mortales no te temen o quieren, difícilmente puedes ser considerado su dios o diosa. Porque, ¿cuál sería la razón, para ser considerado como tal? Eran una especie de mujeres, pues tenían un aspecto precisamente de eso, de mujeres humanas, inmortales y que no envejecían con el paso del tiempo -al fin y al cabo, ¿qué gracia hay, en  ser inmortal, pero hacerse cada vez m´s viejo? ¿Cual acabaría siendo tu aspecto, pasados los siglos y los milenios?

Atlas cumpliendo su eterno castigo.

Una vez que su padre cayó en desgracia, y como en las guerras entre mortales, Pléyone y sus hijas acabaron sin un lugar donde vivir y manifestarse como seres divinos: ni tenían espacio en el Olimpo, ni entre los humanos, así que ejercieron -al menos, las hijas- de compañeras o sirvientas -por llamarlo así- del bando victorioso. Durante un tiempo, fueron las niñeras y maestras del dios Dioniso -el Baco romano- cuando era niño -era hijo de Hércules, y de una princesa tebana, también de origen mixto, mitad humana y mitad diosa-, porque, al tener sangre humana, este dios del vino y el desenfreno no sólo nació niño, sino que parece que no tuvo mucha prisa en hacerse adulto. Tras ello, y quedar, digámoslo así, desempleadas, acabaron siendo las compañeras de Artemisa -la Diana romana-, la irascible y solitaria diosa virgen que vagaba por los bosques griegos. Pero a un oscuro y extraño personaje, Orión el cazados -que, al no tener una obra o ciclo propio que nos cuente su historia al completo, y sin lagunas y contradicciones, no se sabe bien ni su origen, ni su naturaleza y aventuras al completo-, experto en cazar todo tipo de bestias, le dio por ir detrás de la madre y las hijas, quizá por su deseo por Artemisa -que naturalmente, no deseaba nada con él, y menos, perder su preciada virginidad; preciada no porque así, virgen, fuera más respetable, sino porque ella, sin influencia o consejo de nadie, deseaba conservarla-, y Zeus, en uno de sus días buenos -porque también, como dios de dioses, amo y señor y con un poder enorme, también tenía sus días malos, malísimos-, decidió que, para salvarlas, las transformó primero en palomas, y al proseguir Orión con su obstinada persecución -él, que había matado leones y jabalíes, ¿qué problema iba a tener en cazar palomas?- en estrellas -que es como poder habitar los cielos, y ser visto y admirado por ojos humanos para siempre; si son capaces de localizarte, claro-. La verdad es que no está demasiado claro por qué Zeus no eliminó, o castigó, o forzó a finalizar la persecución, al obseso de la caza de Orión, pero siendo como era un dios, resulta difícil para los humanos -y más, para los de esta época- el saber por qué obraba como obraba. Respecto a Pléyone, no se sabe bien qué fue de ella, porque sus hijas eran siete, y en el cielo, el cúmulo estelar de las Pléyades tiene precisamente eso, siete estrellas, y por tanto, poco claro está donde fue a parar ella. Otra cosa más: más adelante, y gracias a Artemisa -y debido a ella, pues fue también quién lo mató con una flecha-, subió a los cielos él mismo, transformado en otro cúmulo de estrellas con su mismo nombre, y que parece perseguir, eternamente -e inútilmente también, así que pueden ellas estar tranquilas- a las Pléyades.
Pero antes de hablar de la mezcla de astronomía con mitología, nombrar a cada una de ellas, pues durante el tiempo que cuidaban de Dioniso, o acompañaban a Artemisa, las Pléyades, hermosas y eternamente jóvenes -y con un atractivo considerable, por lo visto- tuvieron relaciones e hijos con dioses y no dioses. Aquí, quienes eran ellas, y qué es lo que hicieron en su tiempo libre, que por lo visto fue mucho, entre siglo y siglo:

Maya (o Maia), era la mayor de todas -por tanto, no nacieron al mismo tiempo. Zeus tuvo con ella a un hijo, que como Dioniso, nació después de la victoria de los Dioses Olímpicos contra los Titanes. Está claro que el padre de los dioses no sentía por las Pléyades, o al menos por algunas de ellas, un simple deseo de ayudar a las hijas de los vencidos. Se cree que el mes de mayo le debe su nombre, aunque no está claro. El ser madre de un dios, además de amante -temporal, como todas- de Zeus, no le sirvió de mucho, a la hora de ser protegida de forma más radical de Orión.

Elektra (o Electra), también tuvo una relación con Zeus, con quién tuvo dos hijo. Uno fue Dárdano, hermano del rey de Arcadia, expulsado de su tierra tras asesinarlo y no aceptar el pueblo su crimen, y que acabó por emigrar a Asia, donde fundó la que luego sería la ciudad de Troya -tal vez por ello Zeus, en "La Ilíada", muestra simpatía por los troyanos, llamados también dardánidas, si bien esta denominación parece hacer referencia más a los hermanos de sangre de los troyanos que vivían en la región dominada por Troya, que a éstos propiamente dichos, a los que se llama teucros, como otro rey legendario de la gente dardánida, y suegro de Dárdano-. El otro fue Yasón, que acabó bastante mal, por enamorarse de la diosa Deméter.

Táigete también fue amante, o pareja, de Zeus, que parece que le cogió gusto a yacer con una pléyade tras otra, y de su relación nació Lacedemón, que fue, por decirlo así, el padre del pueblo lacedemonio, que el nombre por el que se llamaban a sí mismos los espartanos. Teniendo en cuenta que los dorios -la rama griega de la que descendían, o formaban parte los espartanos- llegaron a Grecia más tarde que los demás, es posible que este Lacedemón fuera añadido a la larga lista de hijos de Zeus en época tardía. Todo con tal de sacar de algún sitio un origen divino.

Alcíone fue una de las Pléyades que tuvo relaciones con otro de los grandes dioses. En su caso, con Poseidón, dios y rey de los mares, con el que tuvo un hijo: Hirieo, del que no se conoce nada reseñable.

Celeno también tuvo una relación con Poseidón, con el que tuvo tres hijos: Lico, Nicteo y Eufemo. Tampoco es que tengan una importancia primordial en los mitos, así que mejor no alarguemos esto sin necesidad, ¿no?

Estérope parece que tenía gusto por los tipos duros y aguerridos, pues tuvo una relación con Ares, dios de la guerra, con quién también -como no, parece que las Pléyades, entre otras cosas, eran muy fértiles- un hijo: Enómao, que fue rey de una ciudad conocida como Pisa -como su homónima en Italia, aunque mucho más antigua-, en la región de Élade, en la parte más occidental del Peloponeso. De Enómao se tienen noticias tan confusas, que hay crónicas que consideran que Estérope no era su madre, sino su esposa, pero parece poco creíble que un ser divino acabara viviendo en la tierra como la esposa de un rey, por lo demás, un tanto segundón, en poder y riqueza. 

La última sería Mérope. Sería la única que no tendría -ni querría tener- una relación con una divinidad. Pero a la hora de elegir entre tantos hombres mortales que  había, la muchacha, quizá por aquello de que ni ella ni sus hermanas conocían realmente a los humanos, eligió a Sísifo, mortal, aunque parece que tenía algo de sangre divina por aquí o por allá -por lo visto, siglos de conquistas y relaciones sexuales de Zeus y otros dioses provocó que el número de humanos con su sangre fuera enorme-, y que se hizo rico con el comercio y la navegación, pero también robando y matando. Fue, dicen, el creador de los Juegos Ístmicos, en sus tiempos casi tan importantes como los Olímpicos, y fue capaz de atrapar -y casi matar- a un dios: Tanatos, que personificaba la muerte no violenta, y que se salvó de los grilletes gracias a que, en el último momento, le salvó el mismo Ares de morir de hambre y sed. Por todo ello, fue castigado a cargar con una enorme roca, que debía empujar hasta la cima de una montaña, y que caía cuando Sísifo estaba a punto de cumplir con su misión. Y así, día tras día, para siempre, cargando la maldita roca que nunca lograba llevar hasta su destino.

Las Pléyades, retratadas por el pintor simbolista norteamericano Elihu Vedder, en 1885. En este caso, no parecen uertas de pena, sino más bien habitando en algún espacio paralelo al mundo terrenal, donde bailas y se lo pasan, por lo visto, bastante bien. Quizá, el pintor pensó que, tras el brillo de las estrellas que vemos desde el cielo, hay un mundo aparte, donde conservan su aspecto y carácter humanos.

También se cuenta que, cuando se observa detenidamente, se observa que de las siete estrellas que representan a sendas hermanas, hay una que brilla menos. Una de los teorías, que se diría ahora, es que una corresponde a Mérope, que avergonzada por haberse casado con un humano, y más todavía con un personaje como Sísifo -por lo demás, un criminal y mentiroso, pero también considerado en su tiempo como uno de los más inteligentes de los hombres-, no brilla tanto como las demás. Otros piensan que es Elektra, que al contemplar la destrucción de Troya, no puede evitar la pena, y no se ve con fuerzas para brillar más. Teniendo en cuenta que no está claro en qué época sobrevino la transformación primero en palomas, y luego en estrellas, tampoco está claro si cuando Troya-Ilión fue destruida, Elektra era ya estrella, o todavía Pléyade con aspecto humano, aunque teniendo en cuenta que su hijo Dárdano fue el fundador de la ciudad -aunque con otro nombre- y que según se pensaba en la Antigüedad, Troya fue destruida después de varios siglos de existencia, es de suponer que Elektra yacía ya tiempo que encontró su lugar en los cielos.
También hay una explicación a dónde fue a parar a Pléyone: simplemente, está con seis de sus hijas en el cielo, mientras que Mérope, por vergüenza, o expulsada ¿por quién? acabó desapareciendo, o bajando a la Tierra, o no se sabe bien qué.

"La pléyade perdida -o caída". Así imaginó el francés William Adolphe Bouguereu (1825-1905) a Mérope, con sus brillantes hermanas al fondo.

Hay, incluso, más historias, aunque no parece que en su momento tuvieran mucho seguimiento, sino que más bien debió ser algún tipo de teoría de algún poeta o escritor: que murieron de pena, al saber la suerte de su padre Atlas -lo que significa que Orión o Artemisa no tienen espacio en su existencia-, o bien por la suerte de sus hermanas, las Híades -otro grupo de hermanas de origen divino, pero no diosas; en su caso, ninfas de la lluvia-, que también murieron de pena, en este caso, por un  hermano de todas ellas: Hiante. Sin embargo, este continuo goteo de muertes por pena parece algo posterior en el tiempo, y que, aunque ha llegado hasta nuestros tiempos, nunca tuvo muchos defensores. Como tampoco, el que fueran hijas de una reina de las Amazonas -ciertamente, para no acostumbrar a tener descendencia, ni demasiado interés por el sexo con hombres, que tuviera siete hijas demostraría que esta reina en particular era un tanto diferente a otras Amazonas-. Preferían imaginar a estos grupos de jóvenes retozando con dioses, y teniendo gran descendencia. Además, en su momento, todos los reyes y caudillos quisieron inventar un origen divino de su familia, así que, cuantas más divinidades con hijos hubiera, mejor.


Con el paso del tiempo, como se puede ver, los astrónomos -no se sabe bien desde cuando, tal vez desde la misma Antigüedad-, decidieron que Atlas debía estar al lado de sus hijas, y con todos ellos, Pléyone. Ya no habría necesidad de buscarla en ningún sitio: ni en el cielo, ni en la Tierra, ni en los mitos. De todas formas, se ha colocado el nombre de cada Pléyade un poco de cualquier manera, porque aquí, tanto Mérope como Elektra tienen una brillante estrella.

O una forma más de imaginarlas: habitando el cielo sin haber perdido su condición pseudo-humana, con aspecto de mujeres de la Tierra.


Respecto a un listado de estos "seres intermedios", en los que simplemente se les enumere y diferencie unos de otros, ya llegará. O eso espero.



miércoles, 16 de diciembre de 2015

La cabellera de Berenice: la fusión griega de astronomía y mito.

La historia de la reina Berenice y su cabellera, y cómo le dio nombre a una constelación de estrellas.


La reina Berenice de Egipto, y su divina cabellera.

La entrada dedicada al pintor Falero hizo que recordara la historia de la cabellera de Berenice, que leí por primera vez, curiosamente, no en un libro sobre la mitología o cultura griegas, o una web equivalente, sino en un periódico de mi provincia, donde, al parecer, más bien servía para ocupar un pequeño hueco que les había quedado entre la Editorial y anuncios varios, y no sabrían bien cómo rellenar.

Sería este un caso, más que de mitología propiamente dicha -pues no es parte esencial de los cultos de la religión greco-romana, ni tampoco hace referencia al origen de los dioses, ni a sus amoríos o aventuras y desventuras, tanto en el Olimpo, como en la Tierra-, sino más bien a un relato o cuento en que se entemezclan la historia, la ficción y la astronomía.
La historia, entonces, sería la que sigue. Berenice II -un nombre muy probablemente, más que griego de la Hélade, macedonio, como Arsinoe y, muy probablemente, Cleopatra- era la reina de Ptolomeo III, llamado Evergetes -el Bienhechor-, que fue, como su nombre indica, el tercer monarca de la dinastía Ptolemaica, que gobernaba Egipto desde que el general de dicho nombre decidiera hacerse con el poder en el país del Nilo, tras la muerte de Alejandro Magno. Al poco de subir al trono, y siendo joven y fuerte, Ptolomeo decidió marchar a Siria, parte del Imperio Seleúcida -el nombre viene de Seleuco, otro de los generales que se hicieron con parte del imperio del gran Alejandro, y que se extendía desde Siria hasta el Asia Central, y casi la India, aunque allá, los Seleúcidas se las tuvieron que ver pronto con los emperadores indios Mauryas-, donde gobernaba Seleuco II, que había matado a la hermana y el sobrino de Ptolomeo, pues este último era el legítimo heredero del trono que Seleuco ocupaba. Fue la que se llamó Tercera Guerra Siria. Y algunas más, habría entre los sucesores del coloso macedonio.

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La división del imperio de Alejandro Magno. Los Ptolomeos -o Tolomeos, se quedaron con Egipto y la Cirenaica -azul oscuro-, mientras Seleuco I y sus sucesores se hicieron con gran parte de Asia, conocido su estado como Imperio Seleúcida -violeta-, aunque el primer Maurya, unificador del norte de la India, expulsó a los griegos de la orilla occidental del Indo. Con el paso del tiempo, Seleúcidas y Ptolomeos chocaron por Siria, Palestina y Cilicia, en la costa sureste de Anatolia. Casandro conseguiría ser reino de Macedonia -con Tesalia, e influencia o control sobre gran parte de la Hélade; en verde-, mientras Lísímaco tuvo un estado entre dos continentes: parte en Tracia, y parte en Asia Menor -naranja-, si bien su territorio acabó repartido entre macedonios y "asiáticos" seleúcidas.

Ptolomeo, que fue quizá el último rey de la dinastía que valía algo la pena -por lo visto, el vigor de los Ptolomeos acabó bastante pronto-, logró varias victorias contra su enemigo, y hasta pudo ganar para Egipto varias ciudades de Palestina, Fenicia y Siria, pero era lógico que su mujer, alejada de él, residente en la esplendorosa Alejandría, temiera por su vida. Al fin y al cabo, un rey de aquella época, y más todavía en cualquiera de los estados helenísticos que habían nacido tras la muerte de Alejandro, tenía tantas posibilidades -que eran muchas- de morir asesinado por un puñal o un veneno que en el campo de batalla. El miedo de Berenice, quizá, más que el hecho de que su marido se viera inmerso en batallas, ea el que se encontraba demasiado alejado de territorio amigo. Así pues, decidió hacer un sacrificio a la diosa Afrodita -la Venus de los romanos-, diosa del amor, el matrimonio, pero también del sexo, de los helenos. Y nada mejor, pensó ella, que su propia cabellera, que por lo que se cuenta, era una larga melena, negra y brillante, admirada por todo el que la veía -con toda seguridad, no sólo la llevaba bien peinada y cuidada, sino también adornada con todo tipo de joyas o cintas-. Fue al templo de la Diosa, dio en sacrificio aquella deslumbrante mata de pelo, y dijo que semejante sacrificio lo hacía encantada si así conseguía que su marido y rey volviera sano y salvo de las guerras del norte.

... y la reina decidió ofrecer en sacrificio su hermosa y envidiada cabellera.

El italiano Michele Desubleo, pintor del siglo XVII, que pintó en una época -primera mitad de ese siglo- en que la pintura renacentista parecía apagarse para, en su lugar, empezar a surgir la del Barroco, también se sintió interesado por la historia, que le debió parecer, más bien, un cuento de la Antigüedad.

Nadie podía echarle en cara el no cumplir su promesa, pues lo hizo de forma sincera, y posiblemente delante de testigos, en cuanto el rey volvió por su propio pie, y sin haber sufrido herida alguna. Pero una noche, la cabellera, que estaba a la vista de cualquiera que visitara el templo -que por lo visto, no debía estar vigilado, pensando que nadie entraría allá a robar o realizar acto de impiedad alguno-, desapareció misteriosamente. Se dijo que tal vez fuera un sacerdote de alguna de las deidades egipcias autóctonas, para ser más exacto, de Serapis, aunque no dejaba todo aquello de ser una suposición, pues no había pruebas en su contra. Como es de imaginar, a los egipcios no les hacía mucha gracia el verse gobernados por una dinastía macedonia, que además, había traído una enormidad de colonos, funcionarios y soldados greco-macedonios y, más tarde, de otros pueblos -sobretodo judíos; también sirios, fenicios, mesopotámicos, persas...-, pero también es cierto que los Ptolomeos y sus servidores entendieron pronto que, si se dejaba a los egipcios autóctonos el seguir con su religión, su lengua y su cultura, en general, aceptaban el domino de aquella gente clara de dioses extraños antes que la guerra o la anarquía. Además, cuando iban a combatir, los reyes macedonios acostumbraban a llevarse con ellos a soldados de su raza, y raramente obligaban a los egipcios a participar en sus guerras.
El rey, que estaba ya en Egipto, orgulloso de que su esposa hiciera su sacrificio en cuanto lo vio delante suyo, montó en cólera, mientras que la reina estaba desesperada, pues temía que la Diosa la tomara con ella, con su marido y con su pueblo, pensando que no había cumplido con su promesa. Este sería un ejemplo de que los griegos no tenían demasiada confianza en sus dioses, porque resulta evidente que Afrodita, como diosa que era, tendría algún poder para saber si Berenice estaba mintiendo o no.

La Cabellera de Berenice -Coma Berenices, en su nombre latino, por el que se le conoce en cualquier idioma-, bajo la Osa Mayor, y Leo, o el León. No es casualidad esto último, pero para entenderlo, hay que conocer la otra versión de la historia, la de Píramo y Tisbe.

Por suerte para ellos, en Alejandría los sabios no eran escasos, precisamente. El astrónomo y matemático Conón de Samos, pues de esa pequeña isla del Egeo era originario, llegó para calmarlos, y para dar una explicación lógica -dentro de lo que cabe, siendo aquella una época en que ciencia, religión, misterio y prodigio se entremezclaban de forma tan intensa-, argumentando que había sido la misma diosa Afrodita, la que la había transportado, aprovechando que no había nadie para verlo, la bella cabellera hasta los mismos cielos. ¿Cómo no hacer caso a un hombre que había escrito siete libros sobre astronomía, y que era amigo de Arquímedes, el sabio de Siracusa, matemático, físico e inventor, al que había conocido en la misma Alejandría? ¿Y qué prueba había de ello? Pues, según explicó, tras la desaparición de la cabellera de la reina, había aparecido repentinamente en los cielos una agrupación de siete estrellas, que tenían la misma forma que una melena. Algo, por lo demás, no demasiado complicado, pues una cabellera o melena, larga y más o menos ancha, puede tomar muchas formas, y no era demasiado difícil de encontrar si previamente se la deseaba ver. Conón la llamó así, La Cabellera de Berenice, conocida también como Coma Berenice -en latín-, o Berenikos Plákamos, en griego -que, evidentemente, fue su nombre original, aunque el latino ha acabado por sustituirlo y hacerlo olvidar-.  Y para dejarlo más claro, el sabio dibujó la larga melena llena de estrellas, en el globo celeste del Museo de Alejandría.
Más adelante, en el 244 a.C., el poeta, bibliotecario y gramático griego Calímaco de Cirene -de la Cirenaica, una región costera de la Libia Oriental colonizada por griegos, y que había acabado formando parte del Egipto Ptolemaico-, escribió una elegía sobre la reina Berenice y su legendaria cabellera, pero apenas han llegado hasta nuestros días una veintena de versos, escritos en un papiro egipcio -el clima egipcio ha propiciado que, entre otras cosas, hayan podido resistir el paso del tiempo algo tan delicado como el papel- de una obra, por lo que se supone al leerlos, bastante más larga. Esta pérdida ha fomentado que su autor no haya conseguido la repercusión que, sin duda, merecía. 
Otra fuente de la historia, aparte de la oral, y de comentarios literarios e históricos posteriores de todo tipo, proviene del poeta romano Catulo, de la República Romana tardía, que lo imitó, y conocido por una obra rupturista, donde lo mismo escribía sobre el amor de una forma mucho más intensa, realista y física -sexual, diríamos ahora- de lo que resultaba habitual en la época -siglo II antes de nuestra Era-, como de la mala baba que se gastó cuando Clodia, la mujer a la que tanto amaba y alabó en sus versos, y por la que tanto escribió pensando en ella, le dio calabazas.
He aquí un fragmento que todavía se conserva:

"Estaba yo recién cortada y mis hermanas me lloraban cuando, de pronto, con un rápido batir de alas, el dulce soplo del céfiro -un viento- me lleva a través de las nubes del éter -como los griegos llamaban al falso vacío, lo que se llamaría aire, atmósfera- y me deposita en el venerable seno de la divina noche Cypris -otro nombre de Afrodita, que hace referencia a la isla de Chipre, que llevaba ese nombre, en griego, en honor a la Diosa; algunos mitos defendían que Afrodita nació de las aguas, frente a las costas de Chipre-. Y a fin de que yo, la hermosa melena de Berenice, apareciese fija en el cielo brillando para los humanos, en medio de innumerables astros, Cypris -Afrodita- me colocó, como nueva estrella, en el antiguo coro de los astros.


Pero no todos estaban de acuerdo con la historia de la reina.

Pero en otros textos, a esta agrupación de siete estrellas se le llama La Cabellera de Ariadna, en recuerdo, quizá, a la hija del rey Minos de Creta, que ayudó al ateniense Teseo a escapar del Laberinto del Minotauro. Hay, además, un tercer nombre, que tiene detrás otra historia, más fantástica, que no hace referencia a una época determinada, más allá de la Antigüedad griega, y que no tiene como protagonistas a poderosos reyes, sino a un par de anónimos amantes. Y que, además, tiene un final mucho más dramático, pero también más ejemplar. Se trata de la historia de Píramo y Tisbe, que por tradición se supone que aconteció en la Grecia Arcaica, pero también hay una versión que la imagina en la antigua Mesopotamia, y es así:

Parece ser que ambos jóvenes vivían con sus familias en casas contiguas, y que a base de verse desde niños, acabaron por enamorarse. Pero los padres de ambos, a saber por qué estúpida razón que nos es desconocida -de ahí lo de estúpido, pues el mismo tiempo debió dar por sentado que no era suficiente para separar a los amantes-, no deseaban que se casaran, así que hablándose en secreto por una grieta de la pared que separaba ambas moradas -las casas de los griegos "de a pie" eran muy modestas-, decidieron encontrarse en secreto, a las afueras de la ciudad, al lado de un campo de moras blancas. ¿Las moras del bosque son blancas? Dejando aparte que, en aquella época, la separación entre ciudad y bosque no era muy clara, hay que esperar hasta el final de la historia para entender el extraño color de las moras. 
Tisbe, la chica, llegó antes que su amado, pero la asustó un león manchado con sangre, muy probablemente la de algún animal que había acabado de devorar -el que hubiera leones en Grecia, al menos en el norte, como también en Turquía o Bulgaria, no era nada raro en aquella época-. Por pura lógica y prudencia, la muchacha salió corriendo en silencio, pero perdió un velo que llevaba en la cabeza, o como chal sobre los hombros, que, volando, acabó cayendo sobre la melena o la cara del león. El animal, molesto, lo agarró y desgarró, y cuando Píramo llegó al sitio acordado, sólo pudo ver algo que le dejó horrorizado: un león cubierto de sangre, y con el velo de su amada entre las garras, y también, evidentemente, ensangrentado. Es fácil imaginar lo que debió sentir Píramo: había llegado demasiado tarde, y mientras él se dirigía al campo de las moreras, Tisbe había sido devorada por la fiera. No pudiendo aguantar el dolor, se suicidó con su propia espada, y cuando ella, finalmente, decidió volver al lugar de la cita, para saber si el león se había marchado ya, vio a Píramo, ya muerto, y no pudiendo aguantar el dolor por su pérdida, ella también se suicidó, atravesándose con la espada del joven. La sangre de los amantes, manando de forma violenta de sus heridas, acabó cayendo sobre las moras, a las que tiñó de rojo. Color que acabarían conservando hasta hoy en día.
Como es de imaginar, las familias de uno y otra, al enterarse de la muerte de ambos, no sólo se hundieron por el dolor de la pérdida, sino también porque, tardíamente, se dieron cuenta de que por su culpa, al impedir que dos personas tan queridas por ellos se amaran libremente, habían acabado muriendo.

Tisbe y Píramo, representados en un mosaico, en una villa tardo-romana (siglos III-IV d.C), llamada de Dionisos, en la isla de Chipre.



Tisbe, escuchando a Píramo, en un cuadro de Waterhouse -visión prerrafaelita, que no podía faltar, y menos siendo un mito, más bien una leyenda griega tan romántica y atractiva-.

Entonces, Zeus -que en ocasiones se entrometía en asuntos de reyes y guerras, pero que en general no se metía mucho en los de la gente común, quizá porque eran mucho más numerosos que los poderosos- decidió realizar un prodigio para enseñar a futuros padres a no interferir en los amoríos de los hijos, cuando estos son puros y no dañan a nadie, y recogió el velo de Tisbe, lo elevó a los cielos, y lo transformó en una nueva constelación. Sin embargo, no se recuerda que dicho conjunto de siete estrellas haya sido nunca llamado El Velo de Tisbe, o de Tisbe y Píramo, sino que, según cuentan, se llamó igualmente La Cabellera de Berenice. Probablemente, la historia de la reina, simplemente, sustituyó, mediante la poesía de Calímaco, y la leyenda sobre Conón de Samos -un personaje real, y muy conocido y respetado en su época- y los reyes Ptolomeo III y Berenice II -que también fueron reales- acabó por borrar el nombre antiguo de la constelación. 
Pero no la triste e ilustrativa historia de Píramo y Tisbe.


 "Príamo y Tisbe", del pintor francés del siglo XVIII, en estilo pre-romántico Pierre Claude Gautherot.