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miércoles, 28 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIV):Temas y personajes (y 6.-). La mitología griega, más alla de "La Odisea".

Los mitos y leyendas griegas, una de las bases de la ética y la cultura occidentales, influyeron sobremanera en los prerrafaelitas.


Dioses, semidioses, mortales heroicos o víctimas, deidades menores y monstruos...

Sin duda, los prerrafaelitas, tan amantes no sólo de colores o de la naturaleza, sino también de la fantasía en todas sus caras y alternativas, por pura lógica tuvieron que verse influidos por los antiguos griegos, y por extensión, también los romanos. Durante el siglo XIX, no sólo se fueron traduciendo al inglés prácticamente todo lo que unos y otros llegaron a escribir -descubrimientos posteriores aparte, evidentemente- sino que también hubo -no sólo en Gran Bretaña, sino también en Alemania, Francia, etc.- cada vez más historiadores y estudiosos del arte responsables de esclarecedores y atrayentes títulos que daban a conocer la Antigüedad a los europeos decimonónicos. Además, ya no eran solamente las clases altas las interesadas en ella, sino también, y cada vez más, la creciente y cada vez más culta clase media. Aparte decir, pero no olvidar, que la arqueología, desde tiempos del descubrimiento de Troya, Micenas, Tirinto, y la cultura minoica en Creta, comenzó a iluminar un pasado tan extraordinario como oscuro. 
Aparte, un dato más: Gran Bretaña, por encima de cualquier otro país -europeo o no- era un imperio extraordinariamente grande, poblado y poderoso. Nunca un país había dominado tanto territorio, ni había estado tan poblado, ni contenía dentro de sus fronteras una proporción tan grande de la población humana -se supone que en el Imperio Británico debían vivir, al menos, una cuarta parte de la humanidad-. Resulta lógico que los habitantes de ese imperio, de esa nueva Roma, que además, por su enorme peso en la cultura y el arte también ccreyera parecerse en algo a la antigua Grecia -o, al menos, a Atenas, que realmente fue la polis que, más y mejor que ninguna otra, representa lo que fue aquella época extraordinaria de un pueblo igualmente extraordinario-. Lógico, pues, que los británicos victorianos mirasen a ese pasado que consideraron suyo, y que pensaban, y no sin cierta razón, que eran sus antecedentes. O según como se mire, el Imperio Británico era el sucesor de griegos y romanos, a unos y otros, a la vez.
Ya se ha visto que se podrían dividir esas obras pictóricas -y de otro tipo, en tres grupos, según la temática, digamos, clásica:
-Las damas -jóvenes, adolescentes, a veces un poco mayores- que parecen posar para el pintor, que en ocasiones más bien parece retratar victorianas vestidas de romanas o griegas, y no mujeres de la época clásica propiamente dicha. Casi nunca se trata de mujeres, reales o de la mitología, con nombre y personalidad propia, sino jóvenes anónimas, que representan una Antigüedad donde todo el mundo parecía vivir en calma y sin preocupaciones, sin violencia ni -¡qué cosa tan desagradable!- esclavos o siervos. Aunque el nombre de neo-clásico -no prerrafaelita, son otra escuela- más bien sería francés, donde Jacques-Louis David sería uno de sus mejores representantes, en Gran Bretaña destacaría, por encima de cualquier otro, John William Godward. Él no era, ni se consideró, prerrafaelita, pero resulta evidente su influencia, en por ejemplo, Alma-Tadema. Sin embargo Godward, normalmente, retrata a uno o dos personajes, casi siempre femeninos, y no se interesa en grandes escenas, históricas o no, llenas de gente.
-Preferir retratar la Antigüedad de forma atractiva, incluso deslumbrante, pero dentro de lo que cabe, realista. Ya había suficiente conocimiento de cómo debía vivirse en Grecia, Roma, pero también en el Egipto faraónico, o en el cercano Oriente -Mesopotamia, Persia-, e incluso, en lo que se llamaba Tierra Santa, pues hay pinturas que, si bien tienen un trasfondo bíblico, su intento de retratar de la forma más exacta posible arquitecctura o vestuario dejan entrever que la religiosidad no tiene por qué estar en contra del respeto a la verosimilitud histórica. Tanto Lawrence Alma-Tadema, como en ocasiones, otros autores, como Frederic Leighton, fueron sus mejores representantes, si bien hubo autores fuera del prerrafaelismo -en la segunda mitad del siglo XIX, y aún algo después-, tanto en Gran Bretaña como en el continente, y en Norteamérica, también se apuntaron a ello.
-Y por último, los autores que, más que interesados en la representación histórica, optaron por dejarse influir por la mitología, tanto en temáticas de "La Odisea", como se vio en el capítulo anterior, como en cualquier otro mito, leyenda o cuento primero inventado, más tarde enriquecido por aedos, sacerdotes, o gente común de forma oral, y más adelante, puestos por escrito por poetas primero, dramaturgos y mitógrafos después. Los romanos, más bien, se redujeron a cambiar el nombre a dioses y humanos, y a recrear en nuevas obras lo que más les interesaba -y que consideraron, desde el primer momento, como literatura helena, raramente como relatos con alguna credibilidad histórica; hacía ya mucho que ni los mismos griegos la veían-. Curiosamente, o no -Roma fue la dueña del mundo antiguo, al menos, hasta Oriente Próximo; más allá de la Persia de los partos o los Sassánidas ya era otra cosa-, fueron las obras, y sobretodo los nombres que los romanos crearon los que más conocemos hoy en día -Ulises en lugar de Odiseo, o Hércules en vez de Heracles-. Esto se llamaría, por ejemplo, pintura de temática mitológica. Y entre otros, el que más destaca en ello, ya se vio con sus cuadros sobre las aventuras de Odiseo, John William Waterhouse.


Waterhouse, y el redescubrimiento de los mitos griegos, en ojos de un inglés.

John William Waterhouse no sólo pintó cuadros de temática clásica, o mitológica, ciertamente. A cierta edad, prefirió dedicarse a pintar cuadros basados en leyendas más modernas, u obras literarias británicas. Pero los griegos, desde luego, se le aparecieron muchas veces al pintor, que como pocos, pudo decir que se vio iluminado por las nueve musas -no por la décima, la única real, Safo, que iluminó más a Alma-Tadema y a su maestro, Godward, pero quizá por eso ellos la pintaron: por ser, precisamente, una mujer real-.

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"Hilas y las ninfas" (1896), es una de las obras más conocidas de Waterhouse, de tema mitológico o no. Hilas era el hijo del rey Tiodamante, a quién había asesinado Heracles -un personaje que lo mismo aparece como un esforzado héroe, que como un asesino o un saqueador o bárbaro, lo que hace pensar que, llegado el momento, más bien era la fusión de distintos personajes de naturaleza parecida, pero de distinto comportamiento, o bien era uno solo, pero recreado por gente bien distinta, que tenían también, de él, visiones claramente distintas-. Además, había secuestrado a Hilas, su hijo, a quién había transformado, en la práctica, en su esclavo sexual, si bien otras versiones, hablan de amigos, o incluso de amantes -resulta casi imposible encontrar una sola versión de una historia en la mitología griega-. Durante el famoso viaje de Jasón y los argonautas a la Cólquide -en la costa de la actual Georgia, y zonas cercanas-, en búsqueda del vellocino de oro, el Argo -el barco de los héroes- hizo un alto para recoger agua y buscar algún alimento, o reconocer donde estaban. Entonces, Hilas fue a un riachuelo, o una laguna, a buscar agua, y alla las ninfas -según versiones, una sola, o varias, pero llevando una la voz cantante y el resto acompañándola- le convención para que le acompañara, y de un tirón, se lo llevaron a las profundidades del hogar de aquellas ninfas acuáticas -había ninfas de todo tipo y naturaleza-. Y aquí, también hay versiones distintas: Hilas murió ahogado, o las ninfas le mantuvieron con vida, permitiéndole vivir bajo el agua; que fue engañado, o que, simplemente, prefirió abandonar a su amo Heracles, asesino de su padre, para vivir rodeado de inmortales beldades. Esta versión, que la da Robert Graves en su "Dioses y héroes de la Antigua Grecia", por lógica, debió ser, o habría sido, de ser verdad, la más lógica. Yo me habría ido con ellas, ciertamente.

"Hilas con una ninfa" (1893), fue una versión algo anterior de Watehouse de la misma historia. Aquí, es una sola ninfa, la que intenta, y consigue, conquistar y llevarse con ella a Hilas, que no parece interesado en recoger agua, sino en descansar, sin esperar lo que le espera. Quizá lo mejor que podría pasarle, en lugar de arriesgar la vida en el viaje de los argonautas, donde fue más bien obligado, o convencido -según versiones- por Heracles, el superhéroe de la mitología griega.

"Pandora" (1896), es otro personaje de la mitología que debió llamar la atención de Waterouse. La primera mujer fue creada por los dioses para dividir a los hombres de la segunda humanidad, la de la Edad de Plata -la Edad de Oro fue la de Crono y los titanes, y los humanos, o algo parecido, escasos y débiles, o demasiado inocentes, se extinguiern al transformar titanes y dioses olímpicos la tierra donde vivían en su campo de batalla-, aunque Prometeo, un titán de segunda generación aliado de Zeus y sus hermanos, pensaba en cosa bien distinta: los humanos de aquella segunda humanidad eran todos hombres, no se sabe si inmortales -seguramente no-, pero que, al morir por accidente, hambre o por ataques de fieras, su número disminuía, y su extinción sería segura. Y por cierto, la expresión "la caja de Pandora" es inaxacta, y viene de una mala traducción del griego realizada por italianos, no se sabe bien quien o quienes, del Renacimiento. En realidad, hace referencia a una jarra o ánfora, pero la traducción por "caja", pasó del italiano al resto de lenguas, y de ahí, a ser representada en cuadros, dibujos, etc.

"Jasón y Medea" (1907). Medea es, sin duda, el personaje más interesante de los mitos griegos. No se trata de un personaje pasivo, secuestrada, violada, conquistada o rescatada por el héroe de turno. Héroes que, como Teseo con Ariadna, a la que abandonó en Naxos después de que ella le ayudara a escapar de Creta con el resto de atenienses entregados por su ciudad como sacrificio humano al Minotauro, no es que fueran, precisamente, de comportamiento ejemplar. Medea, que aquí es la que parece llevar la voz cantante, la que, probablemente, está dando a un Jasón que es un heroe pasivo, que se deja ayudar en demasiadas ocasiones -porque, aunque valiente, no puede por sí mismo cumplir con sus misiones, sus obligaciones o deseos-, y que la está escuchando entre enbelesado y nervioso. Medea sería la que, con su poder, dormiría a la serpiente que no dormía nunca, que guardaba el vellocino de oro, y que, en lugar de otras mujeres de los mitos, griegas auténticas -ella era de la Cólquide, caucásica de raza, bárbara para los micénicos, que consideran la tierra de la hechicera como el fin del mundo, al lado del Cáucaso, el techo del éste-, tomaba sus propias decisiones, y no se retiraba del mundo, o se ahorcaba, cuando pensaba que había cometido un error, o había sido engañada. Fue de las pocas que vivió como quiso, dentro de lo posible, y murió ya anciana, o al menos madura, después de haber recorrido buena parte del mundo conocido por los aqueos, que nunca la vieron como una de los suyos, de "sus mujeres".

Esta segunda versión de "Lamia" representa, más bien, a una atractiva joven de indumentaria helena. Nadie podría ver en ella al antecedente de los actuales vampiros, pues, salvando las distancias, enormes en cuestiones culturales y temporales, no deja de ser uno de sus antecedentes. Probablemente, una lamia era una especie de ninfa -las náyades, nereas, bacantes o musas no dejarían de ser, realmente, comunidades o tipos distintos de ninfas, una especie de seres intermedios, entre dioses y humanos, deidades menores femeninas, bellas y siempre jóvenes, de orígenes muchas veces oscuros, que o bien eran inmortales, o de muy larga vida, y que lo mismo tenían hijos con los eternos del Olimpo, u otros dioses o algo así, como con simples humanos-. Las lamias, por lo visto, bebían sangre humana, o según algunos, hasta comían su carne, aunque también existían otras versiones, como que eran, simplemente, unas ninfas de las que no había que fiarse demasiado. Pero es que de este tipo, había otras, aparte de ellas.


Frederic Leighton, el hombre que lo pintaba todo con gracia.

"Ícaro y Dédalo" (1869), es una obra anterior a las de Waterhouse, que podría considerarse un artista casi de una generación posterior a Leighton, plenamente victoriano. Leighton pintó un poco de todo, y tambiénél se sintió interesado por la mitología. Dédalo, el diseñador del laberinto del minotauro, e Ícaro, su hijo, habian podido escapar de su propia obra, pero claro está, no de la isla de Creta. Necesitaban un barco, así que para eso creó unas alas artificiales, donde las plumas estaban pegadas con cera. Al ascender demasiado alto Ícaro, el calor derritió la cera, y es de sobra sabido qué pasó con él. Dicha historia, más una leyenda que un mito, fue contada durante siglos como ejemplo de lo que sucede cuando los hijos jóvenes no hacen caso de los sabios consejos de sus padres.

"Perseo y Andrómeda" (1891), fue otro de los cuadros de Leighton sobre uno de los mitos más conocido y largo de los helenos. Perseo, hijo mortal de Zeus -un héroe, en lenguaje de la época- salva a la princesa Andrómeda -por cierto, etíope, y por tanto de raza negra, aunque siempre se le represente blanca y de aspecto más nórdico o celta que mediterráneo-, que había sido ofrecida por sus padres, reyes de Etiopía, en sacrificio a un dragón -o un reptil monstruoso, en general- para que éste dejara de atacar a su pueblo. Con la ayuda de objetos fabulosos entregados en préstamo por otros dioses, finalmente pudo liberar a Andrómeda, con la que se casó. Perseo también es famoso por haber matado a Medusa, la única mortal de las tres gorgonas, cuya mirada petrificaba a sus enemigos.

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"El mito de Ícaro", en este caso, en versión de Herbert James Draper. En ocasiones, las obras de Draper son cosideradas como secundarias, o complementarias, de maestros más conocidos, como Leighton o Waterhouse, pero él también tenía su propia personalidad. Aquí, Ícaro no está a punto de emprender el vuelo, sino que yace muerto tras estrellarse -aunque no lo parezca, por estar sus alas artificiales en demasiado buen estado, tras el accidente mortal-. Las jóvenes que lo miran, entre dolidas y curiosas, debían ser ninfas de la costa -según versiones, o se estrelló en las rocas de la costa cretense, o se ahogó en pleno mar-, o tal vez, incluso sirenas. Ni se sabe bien dónde pudieron vivir éstas, ni tampoco, si existía más de una colonia.



Los prerrafaelitas fueron, y son, dentro del mundo del arte a nivel mundial, y sin importar épocas, de los más utilizados para representar los mitos griegos, y a la hora de crear entradas o post sobre algún tema mitológico clásico, sin duda, alguno de ellos acaba por "prestar" alguna de sus obras. Realmente, mucha gente acabó interesándose -o hacerlo con más ganas- por las antiguas historias de los griegos, precisamente, gracias a ellos, y otros artistas del siglo XIX, más modernos, y con obras más espectaculares, que otras más clásicas -aunque igualmente, extraordinarias- de períodos anteriores, como el Renacimiento o el Barroco.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIII): Temas y personajes (5.-). "La Odisea", como relato mitológico más atractivo para los artistas.

La historia de Ulises, y los personajes que encontró en su viaje, junto a otros personajes de los mitos griegos, fueron protagonistas de no pocas obras.


Una nueva visión para unas historias eternas.

Sin duda, fueron los personajes y los hechos contados en la Odisea, y en general, contenidos en los mitos y leyendas de los griegos antiguos, uno de los filones que aprovecharon, tan fascinados por ellos como deseosos de aportar sus nuevos puntos de vista, tanto los prerrafaelitas, como pintores contemporáneos suyos -románticos, neo-clásicos, o de corrientes posteriores-, tanto en Gran Bretaña, como en toda Europa.
Aún así, hay que tener en cuenta que el término "influencia greco-romana", no significa traslación directa de los personajes de los mitos a la tela, porque los neo-clásicos, por ejemplo, más bien hacían retratos de damas -adolescentes o jóvenes algo mayores- que bien podrían haber sido de mujeres contemporáneas suyas, sólo que vestidas de griegas o, en menor medida, de romanas. Otros autores, como Alma-Tadema o Poynter, si bien gustaron, y mucho, de retratar la Antigüedad -Roma, Grecia, pero también, en ocasiones, el Egipto de los faraones, y una visión más historicista de lo normal de relatos o hechos del Antiguo Testamento-, prefirieron prescindir de mitos y personajes de ficción, humanos o divinos, y prefirieron reflejar a otros reales -emperadores romanos, por ejemplo- o simplemente, hombres y mujeres anónimos, en ocasiones en grandes obras repletas de personajes, y donde la arquitectura y la recreación histórica en general tenían gran importancia, y que hacían viajar a quienes las admiraban a unas épocas lejanas y perdidas. Perdidas, sí, pero parcialmente -y cada vez más- recuperadas por historiadores y arqueólogos, que a partir de la segunda mitad del siglo XIX, desenterraban en todas partes -Grecia, Italia, la actual Turquía, Mesopotamia, Egipto...- ciudades y hasta civilizaciones enteras que, pocas décadas antes, o eran casi leyenda, o se dudaba de su propia existencia, porque apenas había rastro de ellas en documentos o hallazgos anteriores, caso de los sumerios o de los hititas, o incluso, de las grandezas de Babilonia y Asiria.
Entonces, ¿quienes fueron los que más y mejor retrataron los llamados mitos, sin más, por considerar la mitología griega como una de las bases culturales y espirituales de Occidente? Se podría hablar, principalmente, de dos: John William Waterhouse, y Frederic Leighton, aunque hubo más. En realidad, casi todos ellos, antes o después, acabaron cayendo en los brazos de los héroes, las doncellas y los dioses y deidades menores que forman ese tapiz de mil hilos, que  no parece tener límites, y que cuenta con tantas versiones y contradicciones, por haber sido creado no por un individuo -ni tan siquiera por un Homero, o un Hesíodo, que son parte de ello, pero sólo parte, y no la mayor-, sino por generaciones y generaciones de griegos, y no sólo por aedos, el equivalente a juglares o trovadores de la época oscura -la llamada "Edad Media Griega", y posteriormente, y en menor medida, la Época Arcaica.


"La Odisea", obsesión y mina de temas para Waterhouse y otros.

Sin duda, "La Odisea", la historia de Odiseo -el Ulises de los romanos, que es como lo conocemos hoy en día-, segunda obra de ese tan oscuro como legendario personaje que fue Homero, interesó mucho más a prerrafaelitas y otros artistas de toda Europa más que "La Ilíada". En realidad, aunque una sea continuación de la otra, son obras bien distintas: en "La Ilíada", vemos una historia de guerreros, de héroes que se exterminan unos a otros, en un combate inacabable, que ellos creen estar en cierto modo controlando, y sin tener en cuenta que son los dioses eternos los que literalmente juegan con ellos, tomando partido por aqueos y troyanos más por enfrentamientos entre ellos, o por caprichos o supuestas ofensas recibidas por unos u otros, que por llevar más o menos razón en aquel destructivo conflicto, tumba de tantos héroes, con o sin sangre divina.
En cambio, "La Odisea" es bien distinta, y no sólo porque cuenta con un sólo personaje principal, Ulises/Odiseo, sino porque se nos representa un hombre en parte héroe guerrero, y en parte un ser más humano, creíble y cercano, que no duda en mentir o en contar historias para salirse con la suya, pero que, también, utiliza su mente más que su fuerza física -que no es poca- para sortear peligros y amenazas.
Además, en la historia de Ulises existen personajes femeninos con personalidad propia -y dichos personajes encantaban a los prerrafaelitas-, que apenas se pueden ver en "La Ilíada", donde la famosa Helena es más una excusa para la guerra -para la historia que transcurre, para contarla, y para declarar un conflicto que necesita de alguna razón que no deja de ser, realmente, risible: por culpa de una esposa que escapa de un marido que no quiere, al lado de su amante asiático, dos civilizaciones se destruyen, porque los aqueos, tras tanta guerra y tantas pérdidas humanas, no salieron, precisamente, bien parados-. Circe, al contrario que Helena, sí tiene personalidad propia, y a pesar de su origen divino, se transformó, junto a su sobrina Medea, en la base de lo que, siglos después, serían el prototipo de las hechiceras y las brujas -contando también la poderosa influencia celta, sobretodo, de Morgana, enemiga de su medio hermano Arturo, rey de Britania-. Y además de la bruja, también podían encontrarse allí a Calipso -esta, más que otra bruja o hechicera, es más bien una solitaria diosa desterrada en una escondida isla, pues eso es lo que Ogigia, la islata donde vive, significa en griego-, a la bella, joven pero independiente Nausícaa -sí, se llama igual que el personaje del anime de Miyazaki-, hija de Antinoo, rey de los feacios -se cree que Feacia, su tierra, sería la isla de Corfú, en la costa noroccidental de Grecia-, o la misma Penélope, esposa de Odiseo/Ulises, y puesta como ejemplo de todas las virtudes de la mujer griega, pasada o presente -para los griegos de tiempos de Homero, Penélope ya llevaba muerta siglos; para los de la época clásica, ya era un lejano mito-.
Como ya se ha dicho, hubo sobretodo dos artistas que sintieron interés por la historia de Ulises, y por los mitos en particular: Waterhouse, y Frederic Leighton, aunque hubo más.

"Ulises y las sirenas", de Herbert James Draper. Aquí, las sirenas no se conforman con intentar atraer a Ulises y sus marinos desde rocas de la costa, sino que, literalmente, invaden su nave. Además de ello, las sirenas de Draper son capaces de algo que fascinó a griegos y romanos -sobretodo a estos últimos- como son las metamorfosis, la transformación de unos seres en otros, bien de forma voluntaria, o como maldición o castigo divino. La sirena -y en ocasiones, su versión masculina, el tritón, más habitual en mitologias del norte, como la celta- capaz de transformarse en mujer humana, perdiendo su medio cuerpo de pez por unas piernas con las que moverse entre los bípedos de la superficie, ha acabado viéndose en no pocas obras de todo tipo: cine, cómic, animación, ilustración...

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"Circe ofreciendo la copa a Odiseo", de Waterhouse, que casi se obsesionó con la hechicera. Aunque tenía sangre divina -su padre era Helios, algo así como un dios menor o secundario, que trasladaba el Sol a diario-, era una mujer de carne y hueso. Eso sí, inmortal y libre de envejecimiento. Es, junto a la también hechicera Medea -sobrina suya, además-, uno de los personajes femeninos más fuertes e independientes, también más interesantes, de la mitología griega. Ella vive prácticamente sola -cuenta como sirvientas con algunas obedientes ninfas, unas deidades menores, innumerables, que parecían servir para ocupar cualquier papel secundario en un mito cualquiera-, y se divierte transformando en animales a los desgraciados que llegan a su solitaria isla, aunque no queda demasiado claro el por qué. Circe es aquí protagoista, y Odiseo sólo puede verse e el espejo que se encuentra a su espalda, mientras ella, sentada en su trono -al fin y al cabo, es un ser divino y de extraordinario y oscuro poder- le ofrece la copa con el bebedizo que, teóricamente, habría transformado a Odiseo, como a sus compañeros, en cerdo. Si el héroe pudo salvarse de tan siniestro destino, fue gracias a Hermes, el Mercurio romano, que le avisó y ayudó, y que, además, era bisabuelo suyo por parte de su madre.

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"Circe envidiosa" (1892), donde Waterhouse vuelve con la hechicera.

"Ulises y las sirenas" (1891). Aquí, Waterhouse es fiel al retrato que Homero hace de las sirenas: no tenían medio cuerpo de pez, sino que eran, básicamente, pájaros con cara y cabello de mujer, aunque en ocasiones se las pinta o dibuja con un aspecto más humano, pero con alas y patas de pájaro. Según Homero y otros, las sirenas más bien parecen parientes de las arpías. Según algunos relatos, o más bien suposiciones de los antiguos -le dedicaron poco espacio, a sirenas, arpías y otros seres femeninos-, en una apuesta con las musas, perdieron las plumas, y acabaron transformándose -¿con ayuda de algún dios, como Poseidón?- en seres medio humanos, y medio marinos.

Aunque no corresponde, realmente, al episodio o canto de "La Odisea" dedicado al encuentro de Ulises y los suyos con las sirenas, es sin duda la obra de Homero la que las hizo inmortales, pues todavía se les recuerda y representa de todas las formas posibles. Aquí, una de ellas, disfrutando llevando a la muerte a un pobre desdichado que escuchó su canto. "La sirena" es de 1900, posterior al cuadro dedicado al canto dedicado en parte a ellas.


"Penélope y los pretendientes" (1912), fue una de las últimas obras de Waterhouse. No es, seguramente, de las mejores, pero sí demuestra que el artista no olvidó nunca la Odisea hasta, prácticamente, sus últimos años como pintor en activo. El espíritu de Homero y sus criaturas lo poseyó, no hay duda.



jueves, 2 de julio de 2015

Los prerrafaelitas (XXII): Herbert James Draper, entre el prerrafaelismo y el academicismo británico.

Otro caso de artista que, si bien tradicionalmente no se le trata como parte del movimiento, tiene mucho en común con él.


Prerrafaelita en todo, excepto en el nombre.

File:Herbert James Draper.jpgHerbert James Draper (1863/4, no se está seguro-1920) es considerado un artista academicista, o sea, que seguiría los dictados de técnica y estilo de la Art Academy y similares, o bien, un clasicista, en el sentido de que preferiría seguir el camino de la pintura "clásica", sin innovar en exceso. Pero esto sería una verdad a medias. Sí que se vio influido por los autores anteriores a su época, de distinta generación -lo que serían "los clásicos", como Turner o Reynolds-, pero también influyó, y se vio influido, por pintores más o menos de su edad, contemporáneos suyos. Hay que tener en cuenta que todo pintor o escultor que quisiera algo de fama exhibía en todas las salas de arte, o salas cedidas por academias artísticas, que fuera posible, y participar en exposiciones colectivas era de lo más habitual. Evidentemente, habría enfrentamientos y críticas, no siempre objetivas, y en no pocas ocasiones, se podía hablar de artistas enfrentados, a veces más por razones personales que puramente artísticas.
 Pero también, de una u otra forma, los pintores acababan por tener amistad -él era amigo de John William Waterhouse, y la influencia entre ambos, sobretodo en la temática mitológica, es evidente-, o al menos buena relación entre ellos, admiraban el arte de sus contemporáneos, y en ocasiones casi sin darse cuenta, se dejaban influir por uno u otro de ellos, aparte de los que pintaban o aprendían juntos, o los que ejercían de profesores o alumnos de otros, aunque en ocasiones la diferencia de edad no fuera grande. En el caso de H. J. Draper, él fue, más que contemporáneo de los prerrafaelitas, un poco posterior. De todas formas, no pocos miembros o seguidores de la Hermandad tuvieron vidas bastante largas, y pintaron hasta una edad muy avanzada. Fallecido bien entrado el siglo XX, probablemente fue uno de los últimos autores considerados en su conjunto como "clásicos", o academicistas. Grupo en el que, curiosamente, también fueron incluidos no sólo los academicistas propiamente dichos, sino también los prerrafaelitas, neo-clásicos y todo lo que no pudiera ser incluidos en las rompedoras vanguardias. Toda la pintura anterior, casi contemporánea a ellas, o anteriores en varias décadas, de autores vivos o fallecidos, de golpe, parecía quedar anticuada. Y de ahí, a un olvido -según el autor- entre grande y total, o casi, sólo hubo un paso. Quizá un paso grande, pero finalmente, la historia de la pintura volvió página para siempre. En los últimos años, sin embargo, y gracias también a internet, no pocos de ellos van siendo poco a poco recuperados y re-descubiertos Quizá Draper no sea de los demás, pero lo merecería.

"El kelpie" (1913). Una de sus últimas obras. El kelpie, en la mitología celta -y anglosajona, por adopción- era un ser, normalmente de aspecto femenino, que atraía humanos para que se ahogaran en ríos o lagos. No era, por tanto, un ser del que había que fiarse en absoluto.

"Alcíone" (1915), otro personaje de la mitología griega. Según una leyenda, era la esposa de Ceix, un rey de una ciudad de Tesalia, en el norte de Grecia, fronteriza con Macedonia. Al saber que su marido se había ahogado, ella quiso suicidarse lanzándose al mar, pero, finalmente, los dioses se apiadaron, y los transformaron en pájaros: los alcíones, o martines pescadores. Según otro mito, ambos fueron transformados en dichas aves como castigo, al compararse con Zeus y Hera, reyes de los dioses del Olimpo.

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"Tristán e Isolda", fue una de las pocas obras que no bebe de la mitología griega, sino de la céltica. Exactamente, de los pueblos celtas de las Islas Británicas: ella de Irlanda, y él de Cornualles.

Su vida personal, o su camino artístico no fue muy distinto a otros contemporáneos suyos. Hijo de un joyero, londinense de familia de clase media, estudió, como muchos otros, en la Royal Academy, para, después, viajar él también a París -el viaje a Italia- y a París -al ser un poco más joven que otros autores, conoció un movimiento artístico parisino, y en general francés, más emocionante y radical-. Tras sus viajes por el continente (1888-1892, si bien parte de este tiempo lo pasó en Gran Bretaña), ganó la medalla de oro de la Royal Academy -que ya se había abierto a nuevos temas; de todas formas, él no dejaba de tener una técnica más clásica, más aceptada por sus miembros. Curiosamente, él tenía buena relación con la academia, pero no fue nunca socio de pleno derecho-. A partir de 1890 trabajó también como ilustrador, algo que hicieron cada vez más pintores, debido a su demanda tanto de periódicos y revistas, como de editoriales -los libros ilustrados eran habituales, y no sólo los infantiles, también novelas o poemarios-. Tras casarse y tener una hija, Yvonne, murió de arteriosclerosis, con cincuenta y seis años, en su casa de Abbey Road, una edad relativamente elevada para la época, pero tampoco tanto. Cabe imaginar, que de haber vivido más, todavía habría sido capaz de haber dado a la posteridad más obras tan bellas como las que fue capaz de pintar.
Respecto a las similitudes a los prerrafaelitas, Draper siempre optó por los temas mitológicos de la Grecia antigua -porque Roma, al fin y al cabo, no dejó de nutrirse de ellos, más que crear de nuevos, más allá de su literatura escrita, como la "Eneida" de Virgilio-. Su mejor época fue la última década del siglo XIX, ganando en 1900 la medalla de oro en la Exposición Universal de París. Pasado el tiempo, cuando los temas mitológicos fueron pasando un poco de moda, así que se dedicó al retrato de encargo, quizá menos atractivo -para los admiradores del arte en su conjunto, al menos-, pero le daba mayor beneficio económico. En realidad, en su época fue un artista famoso y reconocido por público y crítica, si bien, pasado el tiempo -quizá, a partir de 1905-1910, si bien quizá fue, paradójicamente, cuando más pintó-, su fama fue disminuyendo, hasta estar casi olvidado cuando le sobrevino la muerte, todavía relativamente joven.

"La ninfa acuática -o del agua" (1908). Por lo visto, Draper era muy aficionado a los personajes mitológicos acuáticos. Al menos, si tenían forma de mujer. Y desnuda, a ser posible. Sin embargo, a principios del siglo XX, una mujer sin ropa alguna ya no impresionaba ni escandalizaba como décadas atrás.

File:Herbert Draper - The Lament for Icarus - Google Art Project.jpg
"El lamento por Ícaro" (1898) fue, muy probablemente, su obra más conocida. Gracias a ella, ganaría, en 1900, la medalla de oro en la Exposición Universal de París.

File:Herbert James Draper, Oil study for Clyties of the Mist.jpg
"Clitie -o Clitia- de la niebla", hace referencia a una ninfa enamorada, y no correspondida, por Helios, personificación divina del Sol.


"Mares de verano", otra "fantasía acuática" de Draper, que se especializó en colocar a sus personajes a la orilla de mares y ríos, cuando no, directamente, nadando dentro de ellos. Sería, pues, el prerrafaelita que más y mejor trabajó lo que se llamaría "género acuático".