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miércoles, 5 de abril de 2017

Los prerrafaelitas (anexo XIII): ... y las obras de Waterhouse se hicieron realidad. El trabajo de Bert Barelds.

Los prerrafaelitas han influido en la fotografía desde los primeros tiempos de este arte. Y en ocasiones, muchísimo.


Hace mucho que escribo más bien poco en el blog, por falta de tiempo, pero también un poco de ganas. Pero en ocasiones, se encuentran en la red cosas realmente interesantes. O al menos, que me interesan a mí.
Este es un caso. Se trata del fotógrafo y director de fotografía holandés Bert Barelds, que entre otras cosas -por lo visto, tiene una obra considerable- una larga serie de reproducciones fotográficas del pintor prerrafaelita John William Waterhouse. Ya en alguna otra ocasión he realizado entradas sobre fotógrafos e ilustradores que se han dejado influir -o directamente, hacer sus propias versiones de originales- de obras de esta corriente, pero en general, fue Dante G. Rossetti, el que más ha llamado la atención de artistas posteriores. Sin embargo, Waterhouse, que tanto gustó de representar su visión de personajes o hechos de la mitología griega, entre otras cosas, podría muy bien estar el segundo en la lista de lo que ahora se llamaría "influencers" artísticos del prerrafaelismo.
Y aquí, unos cuantos ejemplos, donde las fotografías de Barelds son comparadas con los originales de Waterhouse.


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La "sirena" de Waterhouse. Las mujeres-pez fueron unas de las criaturas que más interesaron a los artistas del XIX, en Gran Bretaña y en otros países.


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"Eco y Narciso", son una de esas parejas de amores imposibles o desgraciados de los mitos.


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"Hilas y las ninfas", que según como se vea, se cuenta como un rapto -el del joven, a manos de las ninfas de río-, o más bien una huida de éste de Heracles/Hércules, que según versiones, era un amigo, un amante, o un dueño de Hilas, tratado como un esclavo sexual. Visto con quién se encontró en el río, creo que Hilas optó por marchar de buen grado, dejando con un palmo de narices a Hércules, y al resto de los argonautas.


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La "Ofelia" de Waterhouse. Todo artista del XIX británico, prerrafaelita o no, tenía su propia Ofelia. Pocos personajes literarios han tenido tantas versiones pictóricas, a pesar de haber sido un personaje secundario. Si no fuera por estos artistas, ¿quién se acordaría, hoy en día, de ella?


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"Circe envidiosa". La hechicera de sangre divina también fue uno de los personajes que más llamó la atención en el XIX. Lo de "envidiosa", le viene por un mito menor: Escila, el monstruo del que se habla en la Odesia, realmente fue una bella ninfa de la que estaba enamorado Glauco -una especie de dios menor pescador-, al que, a la vez, amaba Circe. Pero el pescador prefirió siempre a la ninfa, y la hechicera, que no podía soportar no conseguir todo lo que deseaba, decidió convertirla en un monstruo marino. Pero ni aún así consiguió el amor de Glauco. Más bien al contrario, pues la odió para siempre y, según algunos, se suicidó.


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Y como no, también existe una versión de "La dama de Shalott", quizá el cuadro más conocido de Waterhouse, y otra de las musas literarias de los prerrafaelitas -y de otros, también-.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIV):Temas y personajes (y 6.-). La mitología griega, más alla de "La Odisea".

Los mitos y leyendas griegas, una de las bases de la ética y la cultura occidentales, influyeron sobremanera en los prerrafaelitas.


Dioses, semidioses, mortales heroicos o víctimas, deidades menores y monstruos...

Sin duda, los prerrafaelitas, tan amantes no sólo de colores o de la naturaleza, sino también de la fantasía en todas sus caras y alternativas, por pura lógica tuvieron que verse influidos por los antiguos griegos, y por extensión, también los romanos. Durante el siglo XIX, no sólo se fueron traduciendo al inglés prácticamente todo lo que unos y otros llegaron a escribir -descubrimientos posteriores aparte, evidentemente- sino que también hubo -no sólo en Gran Bretaña, sino también en Alemania, Francia, etc.- cada vez más historiadores y estudiosos del arte responsables de esclarecedores y atrayentes títulos que daban a conocer la Antigüedad a los europeos decimonónicos. Además, ya no eran solamente las clases altas las interesadas en ella, sino también, y cada vez más, la creciente y cada vez más culta clase media. Aparte decir, pero no olvidar, que la arqueología, desde tiempos del descubrimiento de Troya, Micenas, Tirinto, y la cultura minoica en Creta, comenzó a iluminar un pasado tan extraordinario como oscuro. 
Aparte, un dato más: Gran Bretaña, por encima de cualquier otro país -europeo o no- era un imperio extraordinariamente grande, poblado y poderoso. Nunca un país había dominado tanto territorio, ni había estado tan poblado, ni contenía dentro de sus fronteras una proporción tan grande de la población humana -se supone que en el Imperio Británico debían vivir, al menos, una cuarta parte de la humanidad-. Resulta lógico que los habitantes de ese imperio, de esa nueva Roma, que además, por su enorme peso en la cultura y el arte también ccreyera parecerse en algo a la antigua Grecia -o, al menos, a Atenas, que realmente fue la polis que, más y mejor que ninguna otra, representa lo que fue aquella época extraordinaria de un pueblo igualmente extraordinario-. Lógico, pues, que los británicos victorianos mirasen a ese pasado que consideraron suyo, y que pensaban, y no sin cierta razón, que eran sus antecedentes. O según como se mire, el Imperio Británico era el sucesor de griegos y romanos, a unos y otros, a la vez.
Ya se ha visto que se podrían dividir esas obras pictóricas -y de otro tipo, en tres grupos, según la temática, digamos, clásica:
-Las damas -jóvenes, adolescentes, a veces un poco mayores- que parecen posar para el pintor, que en ocasiones más bien parece retratar victorianas vestidas de romanas o griegas, y no mujeres de la época clásica propiamente dicha. Casi nunca se trata de mujeres, reales o de la mitología, con nombre y personalidad propia, sino jóvenes anónimas, que representan una Antigüedad donde todo el mundo parecía vivir en calma y sin preocupaciones, sin violencia ni -¡qué cosa tan desagradable!- esclavos o siervos. Aunque el nombre de neo-clásico -no prerrafaelita, son otra escuela- más bien sería francés, donde Jacques-Louis David sería uno de sus mejores representantes, en Gran Bretaña destacaría, por encima de cualquier otro, John William Godward. Él no era, ni se consideró, prerrafaelita, pero resulta evidente su influencia, en por ejemplo, Alma-Tadema. Sin embargo Godward, normalmente, retrata a uno o dos personajes, casi siempre femeninos, y no se interesa en grandes escenas, históricas o no, llenas de gente.
-Preferir retratar la Antigüedad de forma atractiva, incluso deslumbrante, pero dentro de lo que cabe, realista. Ya había suficiente conocimiento de cómo debía vivirse en Grecia, Roma, pero también en el Egipto faraónico, o en el cercano Oriente -Mesopotamia, Persia-, e incluso, en lo que se llamaba Tierra Santa, pues hay pinturas que, si bien tienen un trasfondo bíblico, su intento de retratar de la forma más exacta posible arquitecctura o vestuario dejan entrever que la religiosidad no tiene por qué estar en contra del respeto a la verosimilitud histórica. Tanto Lawrence Alma-Tadema, como en ocasiones, otros autores, como Frederic Leighton, fueron sus mejores representantes, si bien hubo autores fuera del prerrafaelismo -en la segunda mitad del siglo XIX, y aún algo después-, tanto en Gran Bretaña como en el continente, y en Norteamérica, también se apuntaron a ello.
-Y por último, los autores que, más que interesados en la representación histórica, optaron por dejarse influir por la mitología, tanto en temáticas de "La Odisea", como se vio en el capítulo anterior, como en cualquier otro mito, leyenda o cuento primero inventado, más tarde enriquecido por aedos, sacerdotes, o gente común de forma oral, y más adelante, puestos por escrito por poetas primero, dramaturgos y mitógrafos después. Los romanos, más bien, se redujeron a cambiar el nombre a dioses y humanos, y a recrear en nuevas obras lo que más les interesaba -y que consideraron, desde el primer momento, como literatura helena, raramente como relatos con alguna credibilidad histórica; hacía ya mucho que ni los mismos griegos la veían-. Curiosamente, o no -Roma fue la dueña del mundo antiguo, al menos, hasta Oriente Próximo; más allá de la Persia de los partos o los Sassánidas ya era otra cosa-, fueron las obras, y sobretodo los nombres que los romanos crearon los que más conocemos hoy en día -Ulises en lugar de Odiseo, o Hércules en vez de Heracles-. Esto se llamaría, por ejemplo, pintura de temática mitológica. Y entre otros, el que más destaca en ello, ya se vio con sus cuadros sobre las aventuras de Odiseo, John William Waterhouse.


Waterhouse, y el redescubrimiento de los mitos griegos, en ojos de un inglés.

John William Waterhouse no sólo pintó cuadros de temática clásica, o mitológica, ciertamente. A cierta edad, prefirió dedicarse a pintar cuadros basados en leyendas más modernas, u obras literarias británicas. Pero los griegos, desde luego, se le aparecieron muchas veces al pintor, que como pocos, pudo decir que se vio iluminado por las nueve musas -no por la décima, la única real, Safo, que iluminó más a Alma-Tadema y a su maestro, Godward, pero quizá por eso ellos la pintaron: por ser, precisamente, una mujer real-.

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"Hilas y las ninfas" (1896), es una de las obras más conocidas de Waterhouse, de tema mitológico o no. Hilas era el hijo del rey Tiodamante, a quién había asesinado Heracles -un personaje que lo mismo aparece como un esforzado héroe, que como un asesino o un saqueador o bárbaro, lo que hace pensar que, llegado el momento, más bien era la fusión de distintos personajes de naturaleza parecida, pero de distinto comportamiento, o bien era uno solo, pero recreado por gente bien distinta, que tenían también, de él, visiones claramente distintas-. Además, había secuestrado a Hilas, su hijo, a quién había transformado, en la práctica, en su esclavo sexual, si bien otras versiones, hablan de amigos, o incluso de amantes -resulta casi imposible encontrar una sola versión de una historia en la mitología griega-. Durante el famoso viaje de Jasón y los argonautas a la Cólquide -en la costa de la actual Georgia, y zonas cercanas-, en búsqueda del vellocino de oro, el Argo -el barco de los héroes- hizo un alto para recoger agua y buscar algún alimento, o reconocer donde estaban. Entonces, Hilas fue a un riachuelo, o una laguna, a buscar agua, y alla las ninfas -según versiones, una sola, o varias, pero llevando una la voz cantante y el resto acompañándola- le convención para que le acompañara, y de un tirón, se lo llevaron a las profundidades del hogar de aquellas ninfas acuáticas -había ninfas de todo tipo y naturaleza-. Y aquí, también hay versiones distintas: Hilas murió ahogado, o las ninfas le mantuvieron con vida, permitiéndole vivir bajo el agua; que fue engañado, o que, simplemente, prefirió abandonar a su amo Heracles, asesino de su padre, para vivir rodeado de inmortales beldades. Esta versión, que la da Robert Graves en su "Dioses y héroes de la Antigua Grecia", por lógica, debió ser, o habría sido, de ser verdad, la más lógica. Yo me habría ido con ellas, ciertamente.

"Hilas con una ninfa" (1893), fue una versión algo anterior de Watehouse de la misma historia. Aquí, es una sola ninfa, la que intenta, y consigue, conquistar y llevarse con ella a Hilas, que no parece interesado en recoger agua, sino en descansar, sin esperar lo que le espera. Quizá lo mejor que podría pasarle, en lugar de arriesgar la vida en el viaje de los argonautas, donde fue más bien obligado, o convencido -según versiones- por Heracles, el superhéroe de la mitología griega.

"Pandora" (1896), es otro personaje de la mitología que debió llamar la atención de Waterouse. La primera mujer fue creada por los dioses para dividir a los hombres de la segunda humanidad, la de la Edad de Plata -la Edad de Oro fue la de Crono y los titanes, y los humanos, o algo parecido, escasos y débiles, o demasiado inocentes, se extinguiern al transformar titanes y dioses olímpicos la tierra donde vivían en su campo de batalla-, aunque Prometeo, un titán de segunda generación aliado de Zeus y sus hermanos, pensaba en cosa bien distinta: los humanos de aquella segunda humanidad eran todos hombres, no se sabe si inmortales -seguramente no-, pero que, al morir por accidente, hambre o por ataques de fieras, su número disminuía, y su extinción sería segura. Y por cierto, la expresión "la caja de Pandora" es inaxacta, y viene de una mala traducción del griego realizada por italianos, no se sabe bien quien o quienes, del Renacimiento. En realidad, hace referencia a una jarra o ánfora, pero la traducción por "caja", pasó del italiano al resto de lenguas, y de ahí, a ser representada en cuadros, dibujos, etc.

"Jasón y Medea" (1907). Medea es, sin duda, el personaje más interesante de los mitos griegos. No se trata de un personaje pasivo, secuestrada, violada, conquistada o rescatada por el héroe de turno. Héroes que, como Teseo con Ariadna, a la que abandonó en Naxos después de que ella le ayudara a escapar de Creta con el resto de atenienses entregados por su ciudad como sacrificio humano al Minotauro, no es que fueran, precisamente, de comportamiento ejemplar. Medea, que aquí es la que parece llevar la voz cantante, la que, probablemente, está dando a un Jasón que es un heroe pasivo, que se deja ayudar en demasiadas ocasiones -porque, aunque valiente, no puede por sí mismo cumplir con sus misiones, sus obligaciones o deseos-, y que la está escuchando entre enbelesado y nervioso. Medea sería la que, con su poder, dormiría a la serpiente que no dormía nunca, que guardaba el vellocino de oro, y que, en lugar de otras mujeres de los mitos, griegas auténticas -ella era de la Cólquide, caucásica de raza, bárbara para los micénicos, que consideran la tierra de la hechicera como el fin del mundo, al lado del Cáucaso, el techo del éste-, tomaba sus propias decisiones, y no se retiraba del mundo, o se ahorcaba, cuando pensaba que había cometido un error, o había sido engañada. Fue de las pocas que vivió como quiso, dentro de lo posible, y murió ya anciana, o al menos madura, después de haber recorrido buena parte del mundo conocido por los aqueos, que nunca la vieron como una de los suyos, de "sus mujeres".

Esta segunda versión de "Lamia" representa, más bien, a una atractiva joven de indumentaria helena. Nadie podría ver en ella al antecedente de los actuales vampiros, pues, salvando las distancias, enormes en cuestiones culturales y temporales, no deja de ser uno de sus antecedentes. Probablemente, una lamia era una especie de ninfa -las náyades, nereas, bacantes o musas no dejarían de ser, realmente, comunidades o tipos distintos de ninfas, una especie de seres intermedios, entre dioses y humanos, deidades menores femeninas, bellas y siempre jóvenes, de orígenes muchas veces oscuros, que o bien eran inmortales, o de muy larga vida, y que lo mismo tenían hijos con los eternos del Olimpo, u otros dioses o algo así, como con simples humanos-. Las lamias, por lo visto, bebían sangre humana, o según algunos, hasta comían su carne, aunque también existían otras versiones, como que eran, simplemente, unas ninfas de las que no había que fiarse demasiado. Pero es que de este tipo, había otras, aparte de ellas.


Frederic Leighton, el hombre que lo pintaba todo con gracia.

"Ícaro y Dédalo" (1869), es una obra anterior a las de Waterhouse, que podría considerarse un artista casi de una generación posterior a Leighton, plenamente victoriano. Leighton pintó un poco de todo, y tambiénél se sintió interesado por la mitología. Dédalo, el diseñador del laberinto del minotauro, e Ícaro, su hijo, habian podido escapar de su propia obra, pero claro está, no de la isla de Creta. Necesitaban un barco, así que para eso creó unas alas artificiales, donde las plumas estaban pegadas con cera. Al ascender demasiado alto Ícaro, el calor derritió la cera, y es de sobra sabido qué pasó con él. Dicha historia, más una leyenda que un mito, fue contada durante siglos como ejemplo de lo que sucede cuando los hijos jóvenes no hacen caso de los sabios consejos de sus padres.

"Perseo y Andrómeda" (1891), fue otro de los cuadros de Leighton sobre uno de los mitos más conocido y largo de los helenos. Perseo, hijo mortal de Zeus -un héroe, en lenguaje de la época- salva a la princesa Andrómeda -por cierto, etíope, y por tanto de raza negra, aunque siempre se le represente blanca y de aspecto más nórdico o celta que mediterráneo-, que había sido ofrecida por sus padres, reyes de Etiopía, en sacrificio a un dragón -o un reptil monstruoso, en general- para que éste dejara de atacar a su pueblo. Con la ayuda de objetos fabulosos entregados en préstamo por otros dioses, finalmente pudo liberar a Andrómeda, con la que se casó. Perseo también es famoso por haber matado a Medusa, la única mortal de las tres gorgonas, cuya mirada petrificaba a sus enemigos.

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"El mito de Ícaro", en este caso, en versión de Herbert James Draper. En ocasiones, las obras de Draper son cosideradas como secundarias, o complementarias, de maestros más conocidos, como Leighton o Waterhouse, pero él también tenía su propia personalidad. Aquí, Ícaro no está a punto de emprender el vuelo, sino que yace muerto tras estrellarse -aunque no lo parezca, por estar sus alas artificiales en demasiado buen estado, tras el accidente mortal-. Las jóvenes que lo miran, entre dolidas y curiosas, debían ser ninfas de la costa -según versiones, o se estrelló en las rocas de la costa cretense, o se ahogó en pleno mar-, o tal vez, incluso sirenas. Ni se sabe bien dónde pudieron vivir éstas, ni tampoco, si existía más de una colonia.



Los prerrafaelitas fueron, y son, dentro del mundo del arte a nivel mundial, y sin importar épocas, de los más utilizados para representar los mitos griegos, y a la hora de crear entradas o post sobre algún tema mitológico clásico, sin duda, alguno de ellos acaba por "prestar" alguna de sus obras. Realmente, mucha gente acabó interesándose -o hacerlo con más ganas- por las antiguas historias de los griegos, precisamente, gracias a ellos, y otros artistas del siglo XIX, más modernos, y con obras más espectaculares, que otras más clásicas -aunque igualmente, extraordinarias- de períodos anteriores, como el Renacimiento o el Barroco.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LIII): Temas y personajes (5.-). "La Odisea", como relato mitológico más atractivo para los artistas.

La historia de Ulises, y los personajes que encontró en su viaje, junto a otros personajes de los mitos griegos, fueron protagonistas de no pocas obras.


Una nueva visión para unas historias eternas.

Sin duda, fueron los personajes y los hechos contados en la Odisea, y en general, contenidos en los mitos y leyendas de los griegos antiguos, uno de los filones que aprovecharon, tan fascinados por ellos como deseosos de aportar sus nuevos puntos de vista, tanto los prerrafaelitas, como pintores contemporáneos suyos -románticos, neo-clásicos, o de corrientes posteriores-, tanto en Gran Bretaña, como en toda Europa.
Aún así, hay que tener en cuenta que el término "influencia greco-romana", no significa traslación directa de los personajes de los mitos a la tela, porque los neo-clásicos, por ejemplo, más bien hacían retratos de damas -adolescentes o jóvenes algo mayores- que bien podrían haber sido de mujeres contemporáneas suyas, sólo que vestidas de griegas o, en menor medida, de romanas. Otros autores, como Alma-Tadema o Poynter, si bien gustaron, y mucho, de retratar la Antigüedad -Roma, Grecia, pero también, en ocasiones, el Egipto de los faraones, y una visión más historicista de lo normal de relatos o hechos del Antiguo Testamento-, prefirieron prescindir de mitos y personajes de ficción, humanos o divinos, y prefirieron reflejar a otros reales -emperadores romanos, por ejemplo- o simplemente, hombres y mujeres anónimos, en ocasiones en grandes obras repletas de personajes, y donde la arquitectura y la recreación histórica en general tenían gran importancia, y que hacían viajar a quienes las admiraban a unas épocas lejanas y perdidas. Perdidas, sí, pero parcialmente -y cada vez más- recuperadas por historiadores y arqueólogos, que a partir de la segunda mitad del siglo XIX, desenterraban en todas partes -Grecia, Italia, la actual Turquía, Mesopotamia, Egipto...- ciudades y hasta civilizaciones enteras que, pocas décadas antes, o eran casi leyenda, o se dudaba de su propia existencia, porque apenas había rastro de ellas en documentos o hallazgos anteriores, caso de los sumerios o de los hititas, o incluso, de las grandezas de Babilonia y Asiria.
Entonces, ¿quienes fueron los que más y mejor retrataron los llamados mitos, sin más, por considerar la mitología griega como una de las bases culturales y espirituales de Occidente? Se podría hablar, principalmente, de dos: John William Waterhouse, y Frederic Leighton, aunque hubo más. En realidad, casi todos ellos, antes o después, acabaron cayendo en los brazos de los héroes, las doncellas y los dioses y deidades menores que forman ese tapiz de mil hilos, que  no parece tener límites, y que cuenta con tantas versiones y contradicciones, por haber sido creado no por un individuo -ni tan siquiera por un Homero, o un Hesíodo, que son parte de ello, pero sólo parte, y no la mayor-, sino por generaciones y generaciones de griegos, y no sólo por aedos, el equivalente a juglares o trovadores de la época oscura -la llamada "Edad Media Griega", y posteriormente, y en menor medida, la Época Arcaica.


"La Odisea", obsesión y mina de temas para Waterhouse y otros.

Sin duda, "La Odisea", la historia de Odiseo -el Ulises de los romanos, que es como lo conocemos hoy en día-, segunda obra de ese tan oscuro como legendario personaje que fue Homero, interesó mucho más a prerrafaelitas y otros artistas de toda Europa más que "La Ilíada". En realidad, aunque una sea continuación de la otra, son obras bien distintas: en "La Ilíada", vemos una historia de guerreros, de héroes que se exterminan unos a otros, en un combate inacabable, que ellos creen estar en cierto modo controlando, y sin tener en cuenta que son los dioses eternos los que literalmente juegan con ellos, tomando partido por aqueos y troyanos más por enfrentamientos entre ellos, o por caprichos o supuestas ofensas recibidas por unos u otros, que por llevar más o menos razón en aquel destructivo conflicto, tumba de tantos héroes, con o sin sangre divina.
En cambio, "La Odisea" es bien distinta, y no sólo porque cuenta con un sólo personaje principal, Ulises/Odiseo, sino porque se nos representa un hombre en parte héroe guerrero, y en parte un ser más humano, creíble y cercano, que no duda en mentir o en contar historias para salirse con la suya, pero que, también, utiliza su mente más que su fuerza física -que no es poca- para sortear peligros y amenazas.
Además, en la historia de Ulises existen personajes femeninos con personalidad propia -y dichos personajes encantaban a los prerrafaelitas-, que apenas se pueden ver en "La Ilíada", donde la famosa Helena es más una excusa para la guerra -para la historia que transcurre, para contarla, y para declarar un conflicto que necesita de alguna razón que no deja de ser, realmente, risible: por culpa de una esposa que escapa de un marido que no quiere, al lado de su amante asiático, dos civilizaciones se destruyen, porque los aqueos, tras tanta guerra y tantas pérdidas humanas, no salieron, precisamente, bien parados-. Circe, al contrario que Helena, sí tiene personalidad propia, y a pesar de su origen divino, se transformó, junto a su sobrina Medea, en la base de lo que, siglos después, serían el prototipo de las hechiceras y las brujas -contando también la poderosa influencia celta, sobretodo, de Morgana, enemiga de su medio hermano Arturo, rey de Britania-. Y además de la bruja, también podían encontrarse allí a Calipso -esta, más que otra bruja o hechicera, es más bien una solitaria diosa desterrada en una escondida isla, pues eso es lo que Ogigia, la islata donde vive, significa en griego-, a la bella, joven pero independiente Nausícaa -sí, se llama igual que el personaje del anime de Miyazaki-, hija de Antinoo, rey de los feacios -se cree que Feacia, su tierra, sería la isla de Corfú, en la costa noroccidental de Grecia-, o la misma Penélope, esposa de Odiseo/Ulises, y puesta como ejemplo de todas las virtudes de la mujer griega, pasada o presente -para los griegos de tiempos de Homero, Penélope ya llevaba muerta siglos; para los de la época clásica, ya era un lejano mito-.
Como ya se ha dicho, hubo sobretodo dos artistas que sintieron interés por la historia de Ulises, y por los mitos en particular: Waterhouse, y Frederic Leighton, aunque hubo más.

"Ulises y las sirenas", de Herbert James Draper. Aquí, las sirenas no se conforman con intentar atraer a Ulises y sus marinos desde rocas de la costa, sino que, literalmente, invaden su nave. Además de ello, las sirenas de Draper son capaces de algo que fascinó a griegos y romanos -sobretodo a estos últimos- como son las metamorfosis, la transformación de unos seres en otros, bien de forma voluntaria, o como maldición o castigo divino. La sirena -y en ocasiones, su versión masculina, el tritón, más habitual en mitologias del norte, como la celta- capaz de transformarse en mujer humana, perdiendo su medio cuerpo de pez por unas piernas con las que moverse entre los bípedos de la superficie, ha acabado viéndose en no pocas obras de todo tipo: cine, cómic, animación, ilustración...

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"Circe ofreciendo la copa a Odiseo", de Waterhouse, que casi se obsesionó con la hechicera. Aunque tenía sangre divina -su padre era Helios, algo así como un dios menor o secundario, que trasladaba el Sol a diario-, era una mujer de carne y hueso. Eso sí, inmortal y libre de envejecimiento. Es, junto a la también hechicera Medea -sobrina suya, además-, uno de los personajes femeninos más fuertes e independientes, también más interesantes, de la mitología griega. Ella vive prácticamente sola -cuenta como sirvientas con algunas obedientes ninfas, unas deidades menores, innumerables, que parecían servir para ocupar cualquier papel secundario en un mito cualquiera-, y se divierte transformando en animales a los desgraciados que llegan a su solitaria isla, aunque no queda demasiado claro el por qué. Circe es aquí protagoista, y Odiseo sólo puede verse e el espejo que se encuentra a su espalda, mientras ella, sentada en su trono -al fin y al cabo, es un ser divino y de extraordinario y oscuro poder- le ofrece la copa con el bebedizo que, teóricamente, habría transformado a Odiseo, como a sus compañeros, en cerdo. Si el héroe pudo salvarse de tan siniestro destino, fue gracias a Hermes, el Mercurio romano, que le avisó y ayudó, y que, además, era bisabuelo suyo por parte de su madre.

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"Circe envidiosa" (1892), donde Waterhouse vuelve con la hechicera.

"Ulises y las sirenas" (1891). Aquí, Waterhouse es fiel al retrato que Homero hace de las sirenas: no tenían medio cuerpo de pez, sino que eran, básicamente, pájaros con cara y cabello de mujer, aunque en ocasiones se las pinta o dibuja con un aspecto más humano, pero con alas y patas de pájaro. Según Homero y otros, las sirenas más bien parecen parientes de las arpías. Según algunos relatos, o más bien suposiciones de los antiguos -le dedicaron poco espacio, a sirenas, arpías y otros seres femeninos-, en una apuesta con las musas, perdieron las plumas, y acabaron transformándose -¿con ayuda de algún dios, como Poseidón?- en seres medio humanos, y medio marinos.

Aunque no corresponde, realmente, al episodio o canto de "La Odisea" dedicado al encuentro de Ulises y los suyos con las sirenas, es sin duda la obra de Homero la que las hizo inmortales, pues todavía se les recuerda y representa de todas las formas posibles. Aquí, una de ellas, disfrutando llevando a la muerte a un pobre desdichado que escuchó su canto. "La sirena" es de 1900, posterior al cuadro dedicado al canto dedicado en parte a ellas.


"Penélope y los pretendientes" (1912), fue una de las últimas obras de Waterhouse. No es, seguramente, de las mejores, pero sí demuestra que el artista no olvidó nunca la Odisea hasta, prácticamente, sus últimos años como pintor en activo. El espíritu de Homero y sus criaturas lo poseyó, no hay duda.



jueves, 24 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (LI): Temas y personajes (3.-). La Dama de Shalott, de Alfred Tennyson.

Un solo personaje de un solo poeta, apenas una nota a pie de página del mito Artúrico, transformado en icono prerrafaelita.

La muerte de una dama de leyenda, que acabó siendo inmortal.

Ya se ha podido ver que los prerrafaelitas, y autores contemporáneos suyos, y culturalmente cercanos a ellos, compartían muchos y variados temas, pero al tiempo, algunos parecen abundar más que otros. Pero aparte de temas en sentido amplio -mitología griega, leyendas medievales, temática religiosa-, hay personajes, en particular, que se repiten una y otra vez. Tanto, que, a la larga, para la gente que, en la actualidad, se acercan a su vida y obra, les parecen como iconos, protagonistas de no pocas de sus pinturas más famosas.
Y uno de esos personajes, femenino, como casi todos los demás, aparte de la desdichada Ofelia, es la no menos desdichada Elena, la Dama de Shalott. 
El llamado Ciclo Artúrico es muy amplio, y lo mismo bebe de forma más o menos directa de la mitología tardo-céltica, que correspondería, más o menos, a los siglos IV al VI, en que la Bretaña romana es abandonada por las legiones del imperio, y donde los bretones, los celtas parcialmente romanizados y cristianizados -pero que no han perdido su identidad original- intentan formar varios reinos más o menos viables, al tiempo que se enfrentan tanto a las invasiones de pictos -desde la actual Escocia- o celtas de Hibernia -la isla de Irlanda, que como Escocia, o Caledonia, nunca fueron sometidas por Roma- como a las germanas del continente -anglos, jutos, sajones- que, finalmente, acabarían por triunfar, consiguiendo esos pueblos asentarse en territorio bretón, mezclándose con ellos, cristianizándose después, hasta dar a luz un nuevo pueblo: Inglaterra, como de otras fuentes. Por ejemplo, las historias del Santo Grial, del novelista francés Chretien de Troyes, o en la Inglaterra plenamente medieval -reconocible como tal-, la recopilación que realizó Geoffrey de Monmouth, a mayor gloria de los reyes ingleses contemporáneos suyos -y de paso, "unirlos" a los antiguos reyes bretones, que teoricamente gobernaron la isla de Gran Bretaña al completo, e incluso, parte de Francia, defendiendo así el derecho de los primeros a "recuperar" en el continente, como en la isla, todo lo que perdieron sus supuestos antepasados-. Sin embargo, el hecho de que la obra de Geoffrey tuviera tintes en parte políticos, no implica el no reconocer que hizo mucho por salvar unas leyendas celtas que, no por ser de las menos antiguas que dichos pueblos compusieron -y raramente pusieron por escrito-, estaban en menor peligro de ser totalmente olvidadas.
Pero dejando aparte todo ello, que hay para tratarlo como un tema aparte, dicha dama no deja de ser un personaje secundario, casi una pequeña historia formando parte de una mucho mayor, épica, grandiosa, supuestamente histórica. Se trata, realmente, de la triste vida, y la no menos triste muerte, de una joven obligada a permanecer toda la vida en una torre. No podía escapar de allá -no está demasiado claro el por qué, la verdad-, y tenía prohibido mirar hacia Camelot, el castillo y capital de aquel legendario, mítico, reino celta pre-anglosajón y post-romano. Pero un día ve pasar al caballero Lancelot, y se enamora perdidamente de él -tampoco tan extraño, en alguien que no ha podido tener contacto directo con el mundo en su vida-. Elena se ha pasado su corta vida viendo, pues, el mundo, desde una ventana, y Camelot a través de un espejo, mientras trabajaba en su telar, y veía como se le escapaba la vida sin vivirla.
Así que un día, decide abandonar la torre, sin hacer caso de un susurro que le avisa del peligro, que no le importa ya nada, embarca en un pequeño bote hacia aquella ciudad amurallada, donde los caballeros de la Mesa Redonda explicaban sus planes y sus hazañas, en busca de aquel joven amado con el que no había cruzado palabra porque, probablemente, ni sabía de su existencia o, a lo sumo, había oído hablar de ella, pero quizá pensaría que no era más que una leyenda. Como tantas otras.
Elena, la dama de Shalott, sabía que la maldición, fuera lo que fuese, caería sobre ella, pero bien pensado, ¿que sentido tienen vivir sin ilusión, una vida vacía, hueca? Mejor recibir un castigo inmerecido, por duro que fuese. La muerte  no podía ser tan terrible, porque ella siempre permaneció muerta en vida.
Alfred Tennyson, poeta romántico, posterior a Keats, Byron o Shelley, fue el que eligió a esa muchacha, oculta entre tantas páginas y leyendas de reyes, héroes y princesas, y le dio protagonismo en unos versos tan bellos como breves. Y de ellos harían pintores posteriores base para parte de sus mejores y más conocidos cuadros. Elena, como Ofelia, muertas jóvenes, desesperadas y solas, acabarían, años después de que escribieran sobre ellas, alcanzando la inmortalidad.

Waterhouse, más neo-clásico que muchos de los considerados como tales, por su fascinación por la mitología griega, y en particular por "La odisea" de Homero, fue también gran conocedor de las leyendas medievales, y defensor de lo que podría llamarse "Medievo fantástico", que no dejaba de ser un lejano antecesor, una especie de universo alternativo arcaico que se podría considerar la base en que otros se basaron, aunque sólo en parte -también en la mitología nórdica, por ejemplo- para crear obras que son la base de la literatura fantástica contemporánea, desde "El Señor de los Anillos", hasta los relatos de lord Dunsany.

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"La Dama de Shalott", de Waterhouse  (1888), es el cuadro que todo el mundo recuerda cuando se habla del personaje, aparte de la obra más conocida del pintor, y eso que pintó muchas dignas de ser recordadas. No sería la única que realizó sobre el personaje. Sólo hay que observar el rostro de la joven, donde se ve la mezcla de amor no correspondido, que sabe imposible, y de aceptación de la realidad, por cruda e injusta que esta sea.

"Mirando a Lancelot" (1894), fue la segunda pintura que realizó Waterhouse sobre Elena. La joven, observando a su amado por el espejo, que le servía para poder ver Camelot, pues tenía prohibido hacerlo de forma directa, con sus propios ojos.

"I am half sick of shadows, said the Lady of Shalott", que podría traducirse como "Estoy cansada de las sombras, dijo la Dama de Shalott". Sería el tercer cuadro de la serie (1915), y en ella, la joven, más que desesperada, se ve cansada de su vida, aburrida y vacía. Muy probablemente, aquí todavía no sabía de Lancelot.

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El pintor británico George Edward Robertson (1864-1926), fue posterior a los primeros prerrafaelitas. Más bien, fue contemporáneo de la segunda generación -falleció bien entrado el siglo XX-. Pero también él se interesó por el poema de Tennyson, y con toda seguridad, pudo recibir influencia de los primeros artistas de la corriente, como otros artistas de su época. Pero Robertson, considerado por algunos como prerrafaelita, y por otros como un academicista romántico influido por ellos, optó por hacer un retrato distinto: Elena ya está muerta, y su barca, sujetada por un hombre, está barada en un puerto fluvial, donde una multitud la observa y, quizá, se preguntan si es ella la que desde la torre cantaba cada día, como un hada invisible y misteriosa.

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Arthur Hughes también tuvo su "Dama de Shalott", y la pintó en 1873. Por tanto, fue anterior a la primera de las tres que realizó Waterhouse. ¿Por qué, entonces, es menos conocida, por no decir apenas, mientras Waterhouse es considerado el retratista de Elena por excelencia? Básicamente, y las pinturas de uno y otro lo demuestran, porque aunque Hughes era un gran pintor, Waterhouse fue un artista extraordinario. Además, Hughes no le dio gran protagonismo a la dama en cuestión, sino al bosque, y a los aldeanos que se toparon con su cadáver en la barca. Waterhouse, sin embargo, nos la presenta como protagonista única, poco antes de su muerte, enfrentándose a su triste suerte.

Y por último, una de las versiones más coloridas y abigarradas, obra de Holman Hunt, uno de los tres grandes de la Hermandad original. Con cierta influencia oriental -más que una dama celta, o medieval, parece una joven del antiguo Oriente Próximo, pero es que Hunt viajó a Siria y Egipto, y la influencia cultural oriental se acabó notando, en su pintura y en su carácter-, se puede ver tras ella el famoso espejo donde se veía reflejado Camelot. Quizá es el cuadro donde se le ve no sólo más harta de su suerte, sino también más deseosa de acabar con una vida sin sentido. Pura fuerza romántica, que en ocasiones sentía el mismo Hunt.


Y aquí, los versos de Tennyson, que a tantos inspiraron:

La dama de Shalott.

Y en la oscura extensión río abajo
-como un audaz vidente en trance,
contemplando su infortunio-
con turbado semblante
miró hacia Camelot.
Y al final del día
la amarra soltó, dejándose llevar;
la corriente lejos arrastró
a la Dama de Shalott.

Yaciendo, vestida con níveas telas
ondeando sueltas a los lados
-cayendo sobre ella las ligeras hojas-
a través de los susurros nocturnos
navegó río abajo hacia Camelot;
y yendo su proa a la deriva
entre campos y colinas de sauces
oyeron cantar su última canción
a la Dama de Shalott.

Escucharon una tuna lastimera, implorante,
tanto en alta voz como en voz baja,
hasta que su sangre se fue helando lentamente
y sus ojos se oscurecieron por completo,
vueltos hacia las torres de Camelot.
Y es que antes de que fuera llevada por la corriente
hacia la primera casa junto a la orilla
murió cantando su canción
la Dama de Shalott.




lunes, 7 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (L): Temas y personajes, en ellos y sus contemporáneos (2.-). La huella de Shakespeare.

Resulta lógico la influencia del más importante escritor británico en sus contemporáneos del XIX: Ofelia, y Romeo y Julieta.


La mirada al propio pasado:  Ofelia, reinterpretada una y mil veces. Los amantes de Verona, amor y muerte antes, ahora y siempre.

Hace tiempo escribí una entrada sobre los temas o personajes que podrían verse con más asiduidad protagonizando obras de los prerrafaelitas, fueran o no miembros de la Hermandad. Evidentemente, hay tantos personajes, temáticas tan amplias -se podrían dividir y subdividir los temas en infinidad de capítulos o partes menores- que daría para todo un libro. Sin embargo, estas tres o cuatro entradas más bien serían ejemplos de lo que más parecía interesar a los miembros del movimiento en su conjunto, al menos, de forma no muy exhaustiva. A saber:

-La cultura greco-romana: Donde lo mismo se reproducen los mitos de la antigua Grecia, que los romanos tomarían sin apenas cambios -más allá de los nombres de los dioses, y algunos personajes como Heracles/Hércules, u Odiseo/Ulises-, como se intenta reconstruir su civilización, pintando de la forma lo más fiel posible -para la época, al menos- a personajes y hechos reales -los emperadores Caracalla y Honorio, por ejemplo-, o, simplemente, una visión de Roma, o alguna otra población de aquellos tiempos. A ello, también podría añadirse el interés por otras civilizaciones, como el Egipto faraónico, o la Palestina bíblica -pero de una forma o más veraz posible-. El reducir la Antigüedad a damas griegas o romanas posando, lánguidas, pensativas o con la mente en otro mundo, como si fueran jóvenes victorianas posando para artistas contemporáneos suyos, como pintaron tanto los neo-clásicos, ya no resultaba suficiente, ni para el gran público, ni para muchos artistas, que reclamaban algo nuevo.
Hay que tener en cuenta que, e el siglo XIX, las expediciones arqueológicas, el estudio de lenguas antiguas, o la salida al mercado -y no sólo para expertos, sino para cualquier persona mínimamente culta que se pudiera permitir comprarlas, o leerlas por cualquier otro medio- de gran cantidad de obras sobre los antiguos, a lo que habría que añadir el interés de periódicos y revistas por los sucesivos descubrimientos o hipótesis, hizo que los artistas pudieran contar con mucha más información para que sus obras fueran lo más fieles posibles, dentro de unos límites, a lo que fueron aquellos tiempos. Un historiador actual, con toda seguridad, encontraría en esos cuadros o dibujos muchos anacronismos o errores, pero por lo menos, son más realistas que las pinturas del Renacimiento o el Barroco, donde se ve, claramente, que llos genios de aquellos siglos no tenían idea de cómo eran las ciudades, o cómo vestían los monarcas, soldados o gente del pueblo de la Antigüedad.

-La Edad Media, o leyendas de origen medieval: Porque las princesas y los caballeros, sin duda, siempre resultaron fascinantes. Y como el Medievo no era, precisamente, una época muy atractiva, no había problema para dejar volar un poco la imaginación. Además, en la Edad Media es cuando, se suponía, aparecieron las naciones europeas modernas, así que no sólo había que recuperar y glorificar aquel pasado, sino también, si venía al caso, embellecerlo, o incluso, reinventarlo. Y las leyendas, sin duda, hacían que los orígenes de Inglaterra, o de Francia, Escocia, Alemania, etc., resultaran mucho más interesantes y fácil el identificarse con ellos. El romanticismo, ya a finales del XVIII, comenzó a dar forma a ese nacionalismo, aunque no tomó fuerza hasta bien entrado el siglo XIX, con sus revoluciones y levantamientos nacionales incluidos.

-La literatura, popular o de autores famosos: Aquí se mezclaba el orgullo patrio -sólo a veces-, con la fascinación, a veces casi veneración u obsesión, más que por los autores propiamente dichos -pues a veces eran desconocidos, o pasaban a segundo plano- de ciertos personajes o escenas de tal o cual novela, poema u obra teatral. Y Shakespeare, evidentemente, tenía que ser recordado por cualquier inglés culto. Hay que tener en cuenta que el bardo de Stratford-upon-Avon no fue tan extraordinariamente conocido y admirado, ni en su tiempo, ni en los años posteriores a su muerte, pero a partir de principios del XIX, incluso antes, la cosa cambió. Otro personaje que fascinó, e influyó y mucho en los prerrafaelitas, y en otros pintores británicos, hasta bien entrado el siglo XIX -hasta finales, más bien- fue el poeta John Keats, auténtico héroe del romanticismo británico -junto a Byron y Shelley, el que fue esposo de la creadora de Frankenstein-, y que la mayoría de los prerrafaelitas leyeron y releyeron, aunque fuera otro algo posterior, Tennyson, el que más les inspiró. Pero eso es otra historia, que vendrá después de esta entrada. Y ahora...


Shakespeare en tela: Ofelia, una y mil veces muerta, y sin embargo, inmortal; y Romeo y Julieta, el amor imposible tantas veces contado, y tantas dramáticamente interrumpido.

Ofelia es un personaje de la tragedia "Hamlet", una de las obras más populares de Shakespeare. Resumiendo mucho, esta es un personaje trágico, que se siente enamorada por Hamlet, principe heredero de Dinamarca, que, le recuerdan su padre y su hermano, por su condición de hijo del rey, no es libre de casarse con quien quiera, aparte de que tampoco está claro de que él se sienta atraído por Ofelia. En determinado momento de la obra, Hamlet mata a Polonio, padre de Ofelia, pensando que es otra persona -Claudio, rey de Dinamarca tras la muerte del padre de Hamlet, y que es tío y padrastro de éste-, y Ofelia, en parte destrozada por la muerte del padre, y en parte por el hecho de que sea su amado quién lo matara, se suicida, o al menos, eso es lo que se desprende de las palabras de la reina Gertrude, que cuenta que se ahoga en un río mientras caminaba -o se encontraba- en una rama de sauce, y que, al romperse y caer en él, no parece tener deseo alguno de salvarse, y que parecía estar emocionalmente destrozada y sin ganas de vivir.
Este personaje, tan trágico, prototipo de la doncella enamorada que acaba con el corazón roto, una vida sin salida, y sin interés en vivirla, tan romántica, a pesar de ser personaje de una obra de teatro escrita mucho antes del período romántico -data de entre 1599 y 1601, cuando el Renacimiento ha dado paso ya al Barroco-, llamó mucho la atención, primero de Millais, y más adelante, de casi todos los prerrafaelitas, pero también a pintores, grabadores o ilustradores de otros estilos y escuelas, de no sólo los mejores tiempos de la Hermandad -entre mediados de los 50 del XIX, y los 70, más o menos-, sino bastante más allá, y no sólo en Gran Bretaña, sino también en Francia y otros países. Sin duda, Shaespeare nunca imaginó que un personaje importante, pero claramente secundario de una de sus tragedias podría llegar a ser, más de dos siglos y medio después de que la escribiera, un símbolo de todo un movimiento artístico.


La Ofelia de Millais (1852) es la más famosa. Fue la primera, y también el cuadro más famoso para el que posó Siddal -que le costó una neumonía en una bañera de agua fría, que nunca llegó a curar del todo-. También fue, sin duda, una de las primeras obras, sino la primera, del movimiento prerrafaelita, en hacerse popular, hasta ser, en cualquier antología sobre dicha corriente artística, una de las principales y más representativas.

Esta Ofelia de Arthur Hughes, de 1851 -en realidad, anterior a la de Millais-, fue una de sus primeras obras, y con ella empezó a abrirse camino en el mundo artístico.

Hughes volvería al personaje de Ofelia años después, en 1863. Se puede ver cierto cambio de estilo, y su mejora en la técnica, si bien aquí Ofelia no parece tener, preccisamente, deseos de suicidarse. Aunque, realmente, en la obra tampoco queda completamente claro que pensara en quitarse la vida.

Años después, en 1889, Waterhouse piintó una Ofelia disfrutando de la naturaleza, dando por supuesto, con lógica, que la joven no estuvo siempre ni dolida por no tener a su lado a Hamlet, ni destrozada por saber que, precisamente él, había matado a su padre, aunque fuera confundiéndolo con otra persona -Claudio, rey de Dinamarca, sucesor del padre de Hamlet, en lugar de éste-.

"El primer brote de locura de Ofelia", es una acuarela -no un óleo- de Rossetti, que no podía faltar. Es una obra de sus primeros tiempos -no se sabe exactamente de cuando-, y uno de sus no muy comunes trabajos en que no lo protagoniza un único personaje femenino. 

Y como ejemplo de cómo Ofelia llegó a ser un personaje clásico de la pintura europea del XIX, también fuera de Gran Bretaña, este cuadro del pintor academicista francés Alexandre Cabanel,  que a pesar de no haber tenido -al menos, aparentemente-, influencias del prerrafaelismo, no pudo dejar de retratar, a su manera, a la pobre muchacha, aunque a primera vista, no parece que ésta esté desesperada. Más bien, es alguien que se deja morir, no haciendo nada para evitar ahogarse, pero con una especie de calma envuelta en locura, como si su mente ya no estuviera en este mundo.


Imagino que no es necesario explicar quienes son Romeo y Julieta, los amantes de Verona, y figuras universales del amor imposible con final trágico -¡de cuántos de estos amores habré escrito ya!-. En parte por ser "hijos" de Shakespeare, en aquellos tiempos, ya considerado gloria nacional de las letras británicas, y en parte por su misma naturaleza de amor y violencia entremezclados, no pocos prerrafaelitas, y autores de todas las épocas y nacionalidades -hasta hoy mismo, como quien dice, aunque ya no sea en la pintura, sino en el cine, la televisión, la ilustración, el cómic- decidieron inmortalizarlos, aunque, y al contrario que Ofelia, en general prefirieron hacerlo no retratándolos en el momento tráfico final, o muertos, o uno ya cadáver y el otro desesperado por morir, sino enamorados, pensando, ilusos, que a la larga, el amor acabará triunfando. Cruel, que es el destino.

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La obra de Frank Dicksee, un autor menos conocido a reivindicar, es muy literaria, y de haber vivido en otra época, tal vez  habría demostrado gran influencia cinematográfica. Realmente, la influencia habría sido por ambos lados, pues más de una película o serie, aunque sea de forma indirecta e involuntaria, debe haberse inspirado en alguno de sus cuadros. Como otros, él prefirió retratar el amor, y no la muerte.

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Ford Madox Brown no era prerrafaelita, pero tenía gran amistad con algunos de ellos, como Rossetti y Siddal, y también Millais, y nunca negó que sentía admiración y atracción por las obras de no pocos de ellos. Y aunque es considerado un autor academicista, mucho o poco, algo recibió de los prerrafaelitas. Al fin y al cabo, fue uno de los maestros de Marie Spartali Stillman, miembro principal de la llamada "segunda generación prerrafaelita".

5. La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta, Frederic Leighton, 1855
"La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta" (1855), de Frederic Leighton. Él sí que prefirió retratar a los amantes sin vida, y tras ellos, sus dos familias, separadas por razones políticas -y más adelante, por las muertes provocadas por unos y otros en la familia contraria-, que deciden firmar la paz tras darse cuenta del daño, aunque fuera indirecto, que su estupidez había provocado.


La próxima vez, más. En particular, la influencia no de un personaje de ficción en particular, sino de un autor sólo una generación anterior al prerrafaelismo: John Keats, figura clave de la poesía y del romanticismo británicos.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Los prerrafaelitas (XLIX): Temas y personajes, en ellos y sus contemporáneos (1.-). Dante y Beatrice.

Toda época, y todo movimiento, tiene unos temas preferidos, y algunos se repiten en las obras prerrafaelitas o en los que recibieron su influencia, incluso en el extranjero.


Acabando ya la larga, larguísima serie sobre el prerrafaelismo -bueno, no del todo; esta no será todavía la última entrada- no está de más hablar de algo que, una vez que se miran, y admiran, una buena cantidad de obras de los miembros del movimiento, tanto parte de la Hermandad, como externos, o de prerrafaelitas "poco claros", o que sin serlo, fueron sus contemporáneos -y algo de ellos se ve en lo que pintaron-, siempre hay algunos personajes que se repiten. 
Y cuando se habla de temas, entiéndase, no se puede ser demasiado vago. No se puede decir que los prerrafalitas pintaron sobre "la Antigüedad", sin más, sino más bien si optaron por retratar "damas romanas", que más bien parecen victorianas vestidas de romanas -a veces-, o da la impresión de que los autores pudieron viajar en el tiempo, y poner de moda entre las mujeres de los aristócratas -patricios o plebeyos- el retrato en lienzo y con pinturas al óleo, u otras cosas. Por ejemplo, una visión lo más historicista, realista -dentro de lo que cabe- de las épocas retratadas. En otros tiempos, en el Renacimiento o el Barroco, resulta claro que, cuando se retrataba a santos, a Alejandro Magno o a Julio César, los artistas no tenían ni idea de cómo vestían aquellas gentes, o cómo eran los ejércitos o las ciudades -que más que griegas, o romanas, parecen medievales; en alguna, incluso dándose a suponer que eran Babilonia, o la Jerusalén de tiempos de David o Salomón, hasta parece verse una catedral cristiana, lo cual es, desde luego, un anacronismo tremendo-. Pero en el siglo XIX, con tantos descubrimientos arqueológicos, exploraciones, y obras históricas de calidad -desde el británico Edward Gibbon, aún en el XVIII, con su "Decadencia y caída del Imperio Romano", o los estudios de la antigua Roma del alemán Mommsen-, a los artistas se les exigía, aunque fuera de forma implícita, algo más de realismo, de atenerse a la realidad. O al menos, a la realidad sobre la Antigüedad que en esos tiempos se tenía, o se suponía.
A ello habría que añadir, aparte del re-descubrimiento de esa Antigüedad greco-romana, el repaso y estudio profundo de los mitos griegos, así como de leyendas e historias -con mayor o menor base histórica- del Medievo. Además, el siglo XIX fue el siglo de los estados-nación, pero también de la aparición de los nacionalismos de los pueblos sin estado propio. Uno y otro -más bien habría que escribirlo en plural, pues nacionalismo y nacionalistas aparecieron en todas partes- también necesitaron el re-descubrimiento, y la re-escritura del pasado. Un pasado que debía ser siempre no sólo glorioso, sino también atractivo, hermoso, literario. Las leyendas, los cuentos, los personajes considerados más fantásticos que reales, de golpe, pasan a ser "padres de la patria", aunque fueran patrias que ellos nunca conocieron. El rey Arturo, por poner un ejemplo, pasó a tener una importancia que, durante mucho tiempo, su espíritu -¿fantástico?,  ¿literario?- no debió ni soñar en tener.
Pero ahora, mejor pasar a listar algunos de esos temas, y en ellos, personajes de lo más vistos en los cuadros de los maestros del prerrafaelismo, y de algunos que, sin serlo, fueron sus contemporáneos, y vivieron el mismo ambiente -más bien explosión- cultural y artística. Y digo algunos, porque con una entrada, no  habrá suficiente, sino que, en caso de querer una lista más o menos completa, harían falta varias:


Personajes de origen literario, o directamente, escritores e intelectuales ( I ).

Sin duda, en una época como la Victoriana, donde la cultura británica -sus artes plásticas, su arquitectura, pero también, su literatura-, fue una de las principales del mundo -junto a la francesa, quizá; la alemana, mucho más dirigida a la ciencia y la investigación, o a la filosofía, tuvo una influencia distinta- resultaba lógico que los personajes de muchas obras literarias acabaran siendo no sólo extraordinariamente populares dentro del Imperio, sino, a la corta o a la larga, también fuera. Ejemplos, aunque fueran de años un tanto posteriores a los 50 del XIX -cuando se creó y creció la Hermandad- serían Drácula o Sherlock Holmes, pero en aquellos tiempos, fueron otros, a los que habría que añadir personajes muy anteriores -creados por Shakespeare, por ejemplo-, o no británicos, sino, por ejemplo, italianos de tiempos del Renacimiento. Pero no sólo los personajes ficticios eran populares para ser retratados, sino los mismos autores, y más, cuando su vida estaba entre el mito y la realidad. Lo mismo que, en el XIX, Oscar Wilde era tan o más conocido por sí mismo que por su obra, lo mismo podría decirse, salvando las distancias, de Dante, por ejemplo. Y es de Dante, de quién se hablará en primer lugar.

*Dante Alighieri, uno de los iniciadores del Renacimiento, y su amor por Beatrice: Realmente, más que Dante, y su obra, que cualquier británico culto conocía -aunque fuera de oídas; había mucha gente, que había leído ciertos libros sólo "en teoría"; el haberlas leído significaba contar con un importante acerbo cultural, algo que, hoy en día, y de forma tal vez menos clasista, pero también un tanto lamentable, ha dejado de ser importante-, lo que llamaba la atención fue un hecho de su vida privada. O más bien, un supuesto hecho: se cree que el personaje de Beatrice -Beatriz- de "La Divina Comedia" no se lo sacó de la manga, así por las buenas, sino que está basado en una joven, seguramente también llamada Beatrice, de la que se enamoró perdidamente desde niño. Esta mujer real podría haber sido una tal Beatrice Portinari, casada con un rico banquero viudo, y por tanto, el amor que Dante -que también estaba casado- debía sentir por ella era puramente platónico, trovadoresco -o más bien, una versión renacentista del amor cortés, que era medieval; hay que tener en cuenta, sin embargo, que el Renacimiento italiano apareció en el siglo XIII, cuando el Medievo estaba todavía lejos de acabar-, y muchos imaginaban la escena en que Dante se la encontraba en tal o cual lugar de la legendaria Florencia de aquellos tiempos. Hay, al menos, un par de autores prerrafelitas que lo reflejaron en alguna de sus obras:

"Dante y Beatrice", de Marie Spartali Stillman. A pesar de su origen griego, y del acerbo cultural helénico que llevara consigo, Spartali siempre se sintió más atraída por la Italia del Renacimiento. Quizá, lo griego era para ella tan familiar, que no le podía fascinar tanto como a sus contemporáneos anglosajones.

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El artista Henry Holiday no fue tan popular como Marie Spartali, tampoco tan prolífico como ella, pero pintó un cuadro que se hizo muy popular: "Dante y Beatrice" -también-, donde el escritor se encuentra -dudosamente de forma casual- con su amor imposible en el puente de Santa Trinidad, 

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Como no, no podía faltar alguien tan pasional, y atraído por la época, como fue Dante G. Rosseti, con el que hasta compartía nombre. Aquí, en "El sueño de Dante a la hora de la muerte de Beatriz" (1856), va más allá, imaginado al pobre Dante viendo en sueños -aunque de forma vívida- como su amada abandona este mundo. No la pudo tener en vida, tampoco en sueños. Aunque en teoría no querían estar vinculados a los románticos, una corriente más francesa y algo anterior -sobretodo, de la primera mitad del XIX, aunque no se extinguió así como así-, sin duda, aquí sí se nota su influencia: amor, dolor, sentimientos a flor de piel, aunque fuera en sueños. Algo, la mezcla o confusión entre lo que era sueño y realidad, también muy romántico. El Romanticismo echó buenas raíces, sin duda.

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"Beata Beatriz", con "su" Elizabeth Siddal como modelo. La pintó viva, y tras su muerte. Otro amor imposible, aunque no por razones sociales que impidieran el matrimonio, sino por la personalidad de uno y otro. Este cuadro fue una de las representaciones canónicas de Beatriz, amor de Dante. Rossetti fue, ante todo, un gran retratista de mujeres en segundo plano, aunque también era capaz de pintar, y muy bien, escenas con varios personajes.

Y aquí, por fin, también Rossetti pinta a la Beatriz de "La Divina Comedia", en la parte dedicada al paraíso. De ahí el nombre de la obra: "El saludo a Beatriz en el Paraíso".

Y claro, también existe la teoría -nada descabellada- de que Beatrice Portinari existió, sí -pues hay pruebas documentales de ella-, pero, o Dante no la conoció, o sí, pero sólo cuando eran niños, y ya adulto, la olvidó. O bien, se conocieran o no, sólo fue de vista -la Florencia de la época no tenía más que unas decenas de miles de habitantes, y la "gente importante", apenas serían unos cientos; todos conocían de vista a todos, o casi-, y el supuesto amor platónico o fue más que una metáfora. O una suposición de lectores y críticos posteriores.
Eso sí, en caso de ser no más que un fantasma literario, con toda seguridad podría decirse que ese amor ha acabado por ser algo real, aunque sólo sea en el mundo de la fantasía, por la enorme cantidad de gente que ha creído en él.