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domingo, 11 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LII): Temas y personajes (4.-). "La Belle Dame de sans Merci", de John Keats.

Si la Dama de Shalott de Tennyson fue uno de los personajes preferidos del movimiento, esta otra dama también ocupó un lugar importante.


Ya se ha podido ver que la literatura influyó, y mucho, a la hora de elegir personajes en el mundo prerrafaelita. Y si bien se buscaron temáticas, nuevas o viejas, en la mitología griega, o en leyendas medievales, o en un Medievo o una Antigüedad idealizados, también hubo personajes que en aquella época se podrían haber considerado "modernos", casi contemporáneos, de aquellos artistas. Al menos, de los primeros, como la "Santa Trinidad" fundadora de la Hermandad, y amigos y conocidos suyos.
Un personaje femenino, con una importancia escasa, colateral, en el ciclo Artúrico, como fue la Dama de Shalott, fue retratado de forma insistente, al ser considerada una especie de musa involuntaria -entre otras cosas, la principal, por no haber sido una persona real, sino un personaje de ficción-. La razón de esa casi obsesión de los artistas británicos por ella se debía, aparte del interés que aquella desventurada joven podía despertar en ellos, venía porque fue un gran poeta, Tennyson, el que contó su historia no como lo habría hecho un juglar o un trovador de la Baja Edad Media, o un poeta del Renacimiento, intentando imitar el arte y el estilo de un Horacio o un Ovidio de tiempos romanos, sino de una forma mucho más moderna y atractiva. Tennyson, al fin y al cabo, fue contemporáneo de lord Byron, y de Percy Shelley, todos ellos representantes de lo que fue el romanticismo literario -poético, principalmente- que existió en Gran Bretaña en los primeros años del siglo XIX. Por decirlo de alguna forma, fueron los tres artistas "pre-victorianos", apenas una generación anterior de la de Millais, Rossetti, Hunt y compañía.
Pero hubo, al menos, un cuarto grande entre la poesía pre-victoriana, de una época que en ocasiones se le llama, también, Regencia: John Keats. La influencia, la huella de Keats perduraría no sólo a lo largo de la larguísima época victoriana, sino, incluso, más allá, aunque hoy en día se le considera un clásico, pero clásico de otra época. Aún así, Keats no ha sido en absoluto olvidado en la Gran Bretaña actual. Más bien al contrario, sigue siendo un grande.
Keats creó un personaje propio interesante, basado en parte en leyendas o cuentos, en parte celtas, en parte ingleses -o británicos- de toda la vida. Y eso que Keats sólo vivió, apenas, veintiséis años, de 1795 a 1821.
El título original, en frances, "La Belle Dame sans Merci", traducible como "La bella dama sin piedad", nos recuerda a una mujer tan hermosa como fría y misteriosa, no se sabe bien si hada, elfa, o algún otro tipo de ser primordial, perteneciente a una raza, u na especie parecida, pero distinta, quizá hasta contraria, a la humana. Un joven caballero, humano, mortal, se enamora perdida y enloquecidamente de ella, y como se supone desde el principio del poema, aquello no puede acabar muy bien. Parece que, en principio, Keats no le hizo mucho caso a su obra, ya acabada, pero su hermano le insistió en que no lo eliminara, que lo publicara sin dudarlo.
Keats, por sí solo, quizá más que cualquiera de los otros sufridos, un tanto irracionales, increibles románticos pre-victorianos -claramente, aquella época anterior a la entronación de Victoria era eso, otra época-, merecería una entrada sólo para él. Mientras tanto, aquí algunas de las obras que su dama inmortal terrible pero -o quizá por- sobrehumanamente hermosa sigue estando tan viva, y tan capaz de atraparnos, como hace casi doscientos años.

Resultado de imagen de dame sans merci
Arthur Hughes pintó a la dama y al caballero, siguiéndola casi como un esclavo, en una de sus mejoes obras. Además, aquí se apartó de sus temáticas habituales, de retratos unipersonales de jóvenes de cuerpo entero -su Ofelia, por ejemplo- o de parejas en problemas. Es, quizá, la versión más coonocida de la Dama sin piedad.

Este cuadro también es de Hughes, pero anterior, y como se ve, aunque es una bonita obra, no llega a la espectacularidad y atractivo de la anterior.

Resultado de imagen de dame sans merci
Frank Cadogan Cowper, el último de los neo-prerrafaelitas -o sea, el último de los últimos-, pinto a la dama arreglándose el cabello, con el caballero muerto a sus pies, como si no le importara en asoluto. Como así es, realmente. Nada más que un pobre humano de corta vida, que no merecía más atención por parte de aquella misteriosa dama de edad imposible de calcular, que ve pasar generaciones de humanos como si nada.

Imagen relacionada
William Waterhouse, además de por la mitología griega, también se sintió fuertemente atraído a todo lo que fueran leyendas medievales, aunque fueran producto de mentes modernas, como la de Keats. Al fin y al cabo, el prerrafaelismo no dejó de ser una continuación pictórica de los poetas románticos. Hubo críticos, incluso, que pensaron -y predijeron- que después de Keats, el romanticismo sólo podía ser expresado por un pintor. Y a la generación siguiente, aparecieron una legión de genios. Si Cadogan Cowper retrata al caballero muerto, Waterhouse prefiere hacerlo aún vivo, pero cercano a su perdición, que probablemente él imagina, pero de la que no se ve capaz de escapar.

Aunque Henry Meynell Rheam no siempre es considerado un prerrafaelita -yo, al menos, no lo conocía como tal-, sí que fue influido por la primera generación de éstos -este cuadro es de 1901, y falleció en 1920; sería, pues, de la segunda generación, y de los más jóvenes de ella-. El estilo es un tanto distinto, y modestamente, lo considero un buen artista, pero inferior a los anteriores. Aún así, es un ejemplo de que la historia de la dama siguió inspirando artistas hasta ochenta años después de que el poema fuera escrito (1819).


Y aquí, el poema completo -no muy largo, para haber inspirado a tantos artistas, pero lo bueno, si breve, dos veces bueno- de Keats:


La Belle Dame sans Merci  (La bella dama sin piedad, de John Keats).

¡Oh! ¿Qué pena te acosa, caballero en armas,
vagabundo pálido y solitario?
Las flores del lago están marchitas;
y ningún pájaro canta.

¡Oh! ¿Por qué sufres, caballero e armas,
tan macilento y dolorido?
La ardilla ha llenado su granero
y la mies ya fue guardada.

Un lirio veo en tu frente,
bañada por la angustia y la lluvia de la fiebre,
y en tus mejillas una rosa sufriente,
también mustia antes de su tiempo.

Una dama encontré en la pradera,
de belleza consumada, bella como una hija de las hadas;
largos eran sus cabellos, su pie ligero,
sus ojos hechiceros.

Tejí una corona para su cabeza,
y brazaletes y un cinturón perfumado.
Ella me miró como si me amase,
y dejó oír un dulce plañido.

Yo la subí a mi dócil corcel,
y nada fuera de ella vieron mis ojos aquel día;
pues sentada en la silla
cantaba una melodía de hadas.

Ella me reveló raíces de delicados sabores,
y miel silvestre y rocío celestial,
y sin duda en su lengua extraña me decía:
"Te amo".

Me llevó a su gruta encantada,
y allí lloró y suspiró tristemente;
allí cerré yo sus ojos salvajes
sus ojos hechiceros, con mis labios.

Ella me hizo dormir con sus caricias
y allí soñé -¡Ah, pobre de mí-
el último sueño que he soñado
sobre la falda helada de la montaña.

Vi pálidos reyes, y tambien princesas,
y blancos guerreros, blancos como la muerte;
y todos ellos exclamaban:
¡"La belle dame sans merci te ha hecho su esclavo!".

Y vi en la sombra sus labios fríos abrirse
en terrible anticipación;
y he aquí que desperté,
y me encontré en la falda helada de la montaña.

Esa es la causa por la que vago,
errabundo, pálido y solitario;
aunque las flores del lago estén marchitas,
y ningún pájaro cante.


Y aunque no se nos presente el caballero muerto, sabemos ya que su alma ya no tiene vida, y que poco tiempo le queda ya en este mundo.



lunes, 7 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (L): Temas y personajes, en ellos y sus contemporáneos (2.-). La huella de Shakespeare.

Resulta lógico la influencia del más importante escritor británico en sus contemporáneos del XIX: Ofelia, y Romeo y Julieta.


La mirada al propio pasado:  Ofelia, reinterpretada una y mil veces. Los amantes de Verona, amor y muerte antes, ahora y siempre.

Hace tiempo escribí una entrada sobre los temas o personajes que podrían verse con más asiduidad protagonizando obras de los prerrafaelitas, fueran o no miembros de la Hermandad. Evidentemente, hay tantos personajes, temáticas tan amplias -se podrían dividir y subdividir los temas en infinidad de capítulos o partes menores- que daría para todo un libro. Sin embargo, estas tres o cuatro entradas más bien serían ejemplos de lo que más parecía interesar a los miembros del movimiento en su conjunto, al menos, de forma no muy exhaustiva. A saber:

-La cultura greco-romana: Donde lo mismo se reproducen los mitos de la antigua Grecia, que los romanos tomarían sin apenas cambios -más allá de los nombres de los dioses, y algunos personajes como Heracles/Hércules, u Odiseo/Ulises-, como se intenta reconstruir su civilización, pintando de la forma lo más fiel posible -para la época, al menos- a personajes y hechos reales -los emperadores Caracalla y Honorio, por ejemplo-, o, simplemente, una visión de Roma, o alguna otra población de aquellos tiempos. A ello, también podría añadirse el interés por otras civilizaciones, como el Egipto faraónico, o la Palestina bíblica -pero de una forma o más veraz posible-. El reducir la Antigüedad a damas griegas o romanas posando, lánguidas, pensativas o con la mente en otro mundo, como si fueran jóvenes victorianas posando para artistas contemporáneos suyos, como pintaron tanto los neo-clásicos, ya no resultaba suficiente, ni para el gran público, ni para muchos artistas, que reclamaban algo nuevo.
Hay que tener en cuenta que, e el siglo XIX, las expediciones arqueológicas, el estudio de lenguas antiguas, o la salida al mercado -y no sólo para expertos, sino para cualquier persona mínimamente culta que se pudiera permitir comprarlas, o leerlas por cualquier otro medio- de gran cantidad de obras sobre los antiguos, a lo que habría que añadir el interés de periódicos y revistas por los sucesivos descubrimientos o hipótesis, hizo que los artistas pudieran contar con mucha más información para que sus obras fueran lo más fieles posibles, dentro de unos límites, a lo que fueron aquellos tiempos. Un historiador actual, con toda seguridad, encontraría en esos cuadros o dibujos muchos anacronismos o errores, pero por lo menos, son más realistas que las pinturas del Renacimiento o el Barroco, donde se ve, claramente, que llos genios de aquellos siglos no tenían idea de cómo eran las ciudades, o cómo vestían los monarcas, soldados o gente del pueblo de la Antigüedad.

-La Edad Media, o leyendas de origen medieval: Porque las princesas y los caballeros, sin duda, siempre resultaron fascinantes. Y como el Medievo no era, precisamente, una época muy atractiva, no había problema para dejar volar un poco la imaginación. Además, en la Edad Media es cuando, se suponía, aparecieron las naciones europeas modernas, así que no sólo había que recuperar y glorificar aquel pasado, sino también, si venía al caso, embellecerlo, o incluso, reinventarlo. Y las leyendas, sin duda, hacían que los orígenes de Inglaterra, o de Francia, Escocia, Alemania, etc., resultaran mucho más interesantes y fácil el identificarse con ellos. El romanticismo, ya a finales del XVIII, comenzó a dar forma a ese nacionalismo, aunque no tomó fuerza hasta bien entrado el siglo XIX, con sus revoluciones y levantamientos nacionales incluidos.

-La literatura, popular o de autores famosos: Aquí se mezclaba el orgullo patrio -sólo a veces-, con la fascinación, a veces casi veneración u obsesión, más que por los autores propiamente dichos -pues a veces eran desconocidos, o pasaban a segundo plano- de ciertos personajes o escenas de tal o cual novela, poema u obra teatral. Y Shakespeare, evidentemente, tenía que ser recordado por cualquier inglés culto. Hay que tener en cuenta que el bardo de Stratford-upon-Avon no fue tan extraordinariamente conocido y admirado, ni en su tiempo, ni en los años posteriores a su muerte, pero a partir de principios del XIX, incluso antes, la cosa cambió. Otro personaje que fascinó, e influyó y mucho en los prerrafaelitas, y en otros pintores británicos, hasta bien entrado el siglo XIX -hasta finales, más bien- fue el poeta John Keats, auténtico héroe del romanticismo británico -junto a Byron y Shelley, el que fue esposo de la creadora de Frankenstein-, y que la mayoría de los prerrafaelitas leyeron y releyeron, aunque fuera otro algo posterior, Tennyson, el que más les inspiró. Pero eso es otra historia, que vendrá después de esta entrada. Y ahora...


Shakespeare en tela: Ofelia, una y mil veces muerta, y sin embargo, inmortal; y Romeo y Julieta, el amor imposible tantas veces contado, y tantas dramáticamente interrumpido.

Ofelia es un personaje de la tragedia "Hamlet", una de las obras más populares de Shakespeare. Resumiendo mucho, esta es un personaje trágico, que se siente enamorada por Hamlet, principe heredero de Dinamarca, que, le recuerdan su padre y su hermano, por su condición de hijo del rey, no es libre de casarse con quien quiera, aparte de que tampoco está claro de que él se sienta atraído por Ofelia. En determinado momento de la obra, Hamlet mata a Polonio, padre de Ofelia, pensando que es otra persona -Claudio, rey de Dinamarca tras la muerte del padre de Hamlet, y que es tío y padrastro de éste-, y Ofelia, en parte destrozada por la muerte del padre, y en parte por el hecho de que sea su amado quién lo matara, se suicida, o al menos, eso es lo que se desprende de las palabras de la reina Gertrude, que cuenta que se ahoga en un río mientras caminaba -o se encontraba- en una rama de sauce, y que, al romperse y caer en él, no parece tener deseo alguno de salvarse, y que parecía estar emocionalmente destrozada y sin ganas de vivir.
Este personaje, tan trágico, prototipo de la doncella enamorada que acaba con el corazón roto, una vida sin salida, y sin interés en vivirla, tan romántica, a pesar de ser personaje de una obra de teatro escrita mucho antes del período romántico -data de entre 1599 y 1601, cuando el Renacimiento ha dado paso ya al Barroco-, llamó mucho la atención, primero de Millais, y más adelante, de casi todos los prerrafaelitas, pero también a pintores, grabadores o ilustradores de otros estilos y escuelas, de no sólo los mejores tiempos de la Hermandad -entre mediados de los 50 del XIX, y los 70, más o menos-, sino bastante más allá, y no sólo en Gran Bretaña, sino también en Francia y otros países. Sin duda, Shaespeare nunca imaginó que un personaje importante, pero claramente secundario de una de sus tragedias podría llegar a ser, más de dos siglos y medio después de que la escribiera, un símbolo de todo un movimiento artístico.


La Ofelia de Millais (1852) es la más famosa. Fue la primera, y también el cuadro más famoso para el que posó Siddal -que le costó una neumonía en una bañera de agua fría, que nunca llegó a curar del todo-. También fue, sin duda, una de las primeras obras, sino la primera, del movimiento prerrafaelita, en hacerse popular, hasta ser, en cualquier antología sobre dicha corriente artística, una de las principales y más representativas.

Esta Ofelia de Arthur Hughes, de 1851 -en realidad, anterior a la de Millais-, fue una de sus primeras obras, y con ella empezó a abrirse camino en el mundo artístico.

Hughes volvería al personaje de Ofelia años después, en 1863. Se puede ver cierto cambio de estilo, y su mejora en la técnica, si bien aquí Ofelia no parece tener, preccisamente, deseos de suicidarse. Aunque, realmente, en la obra tampoco queda completamente claro que pensara en quitarse la vida.

Años después, en 1889, Waterhouse piintó una Ofelia disfrutando de la naturaleza, dando por supuesto, con lógica, que la joven no estuvo siempre ni dolida por no tener a su lado a Hamlet, ni destrozada por saber que, precisamente él, había matado a su padre, aunque fuera confundiéndolo con otra persona -Claudio, rey de Dinamarca, sucesor del padre de Hamlet, en lugar de éste-.

"El primer brote de locura de Ofelia", es una acuarela -no un óleo- de Rossetti, que no podía faltar. Es una obra de sus primeros tiempos -no se sabe exactamente de cuando-, y uno de sus no muy comunes trabajos en que no lo protagoniza un único personaje femenino. 

Y como ejemplo de cómo Ofelia llegó a ser un personaje clásico de la pintura europea del XIX, también fuera de Gran Bretaña, este cuadro del pintor academicista francés Alexandre Cabanel,  que a pesar de no haber tenido -al menos, aparentemente-, influencias del prerrafaelismo, no pudo dejar de retratar, a su manera, a la pobre muchacha, aunque a primera vista, no parece que ésta esté desesperada. Más bien, es alguien que se deja morir, no haciendo nada para evitar ahogarse, pero con una especie de calma envuelta en locura, como si su mente ya no estuviera en este mundo.


Imagino que no es necesario explicar quienes son Romeo y Julieta, los amantes de Verona, y figuras universales del amor imposible con final trágico -¡de cuántos de estos amores habré escrito ya!-. En parte por ser "hijos" de Shakespeare, en aquellos tiempos, ya considerado gloria nacional de las letras británicas, y en parte por su misma naturaleza de amor y violencia entremezclados, no pocos prerrafaelitas, y autores de todas las épocas y nacionalidades -hasta hoy mismo, como quien dice, aunque ya no sea en la pintura, sino en el cine, la televisión, la ilustración, el cómic- decidieron inmortalizarlos, aunque, y al contrario que Ofelia, en general prefirieron hacerlo no retratándolos en el momento tráfico final, o muertos, o uno ya cadáver y el otro desesperado por morir, sino enamorados, pensando, ilusos, que a la larga, el amor acabará triunfando. Cruel, que es el destino.

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La obra de Frank Dicksee, un autor menos conocido a reivindicar, es muy literaria, y de haber vivido en otra época, tal vez  habría demostrado gran influencia cinematográfica. Realmente, la influencia habría sido por ambos lados, pues más de una película o serie, aunque sea de forma indirecta e involuntaria, debe haberse inspirado en alguno de sus cuadros. Como otros, él prefirió retratar el amor, y no la muerte.

Resultado de imagen de romeo y julieta
Ford Madox Brown no era prerrafaelita, pero tenía gran amistad con algunos de ellos, como Rossetti y Siddal, y también Millais, y nunca negó que sentía admiración y atracción por las obras de no pocos de ellos. Y aunque es considerado un autor academicista, mucho o poco, algo recibió de los prerrafaelitas. Al fin y al cabo, fue uno de los maestros de Marie Spartali Stillman, miembro principal de la llamada "segunda generación prerrafaelita".

5. La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta, Frederic Leighton, 1855
"La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta" (1855), de Frederic Leighton. Él sí que prefirió retratar a los amantes sin vida, y tras ellos, sus dos familias, separadas por razones políticas -y más adelante, por las muertes provocadas por unos y otros en la familia contraria-, que deciden firmar la paz tras darse cuenta del daño, aunque fuera indirecto, que su estupidez había provocado.


La próxima vez, más. En particular, la influencia no de un personaje de ficción en particular, sino de un autor sólo una generación anterior al prerrafaelismo: John Keats, figura clave de la poesía y del romanticismo británicos.

jueves, 18 de junio de 2015

Los prerrafaelitas (XX): Arthur Hughes, pintor de brillantes colores y vívidas imágenes.

Tal vez menos conocido que otros, sus imágenes parecen casi tridimensionales y con una luz propia.


Bellas imágenes de parejas con problemas.

Arthur Hughes (Londres 1832; también Londres, en 1915), probablemente, no sea hoy en día un autor muy conocido, pero en su época, gracias a su amistad con algunos de los principales y primerizos prerrafaelitas, a los que se unió en estilo y espíritu, además de socialmente hablando, se hizo un hueco en su época, no sólo como pintor, sino también como ilustrador de revistas. No fue el único pintor, ni mucho menos, que acometió el trabajo de ilustración y dibujo para revistas -literarias, religiosas, dominicales de temática variada...-, pero sí, tal vez, de los que se dio cuenta de esa nueva forma de ganarse la vida, al tiempo de hacerse un nombre, tal vez no entre los críticos artísticos, pero sí entre los numerosos lectores de dichas publicaciones, que en no pocas ocasiones las compraban más por los artistas que en ellas participaban, que por los textos propiamente dichos.

Un autorretrato, fechado -por él mismo- en 1851.

"Amor de abril" (1856), una de sus obras más famosas.

En 1846 entra en la escuela de arte de Somerset House de Londres, teniendo como maestro principal al pintor belga Alfred Stevens -especializado en las mujeres de clase media de su país y de Gran Bretaña, pero también admirador, o al menos muy interesado, en la cultura japonesa, que empezaba a conocerse en Europa occidental en aquella época-. Al año siguiente, gracias a una beca, entraría en, como no, la Royal Academy of Arts, donde conocería, en su caso, no a Rossetti, sino a Everett Millais y a Holman Hunt -que eran amigos entre ellos, quizá más que los dos de Rossetti-, así que, sin llegar a ser uno de los "padres" de la Hermandad, empezó a formar parte de ella bien pronto.
Desde 1849, y con sólo diecisiete años, logró colgar un primer cuadro en la Royal Academy, que era academia, pero también sala de exposiciones -gracias a la cual sus alumnos, y luego miembros, si llegaban a serlo, conseguían fama y encargos-: "Musidora", un desnudo femenino, una temática que ya estaba empezando a dejar de ser tabú, y casi anualmente contribuiría con un nuevo cuadro no solo a dicha academia, sino también a exposiciones en otras galerías. En realidad, Hughes fue uno de los pintores prerrafaelitas -o pintores, sin más- con una obra más dilatada y amplia. Se cree que llegó a pintar hasta 700 cuadros y dibujos -algunos de ellos tal vez perdidos, y otros en manos de coleccionistas privados, lo que hace que el número real de obras, así como su "inventario" de éstas-. A ello habría que añadir cientos de ilustraciones para libros y revistas.

"La habitación propia", tal vez sea uno de los ejemplos más claros de un cuadro que parece tener luz propia, y que da la impresión de que se puede entrar en él.

"El largo compromiso" (1859), fue otra de sus obras clásicas, de las llamadas "pinturas de parejas", que aquí parecen demostrar cierta duda en su relación, tras, como indica el título, un compromiso demasiado largo, que no parece materializarse en matrimonio y vida en común.

Pero "Musidora" no era una obra prerrafaelita, sino típicamente academicista. Su primer cuadro de dicho estilo lo realizaría en 1852, y sería "Ofelia", al igual que la obra de Millais, que, además, la presentó en la misma exposición. Dos Ofelias, por tanto, en el mismo lugar y el mismo año, aunque cada uno con su estilo y su propia visión del personaje de "Hamlet", la obra de Shakespeare.
Respecto a su estilo, quizá destacaría el brillo, la luz propia de las imágenes y paisajes, como si el cuadro tuviera algún tipo de iluminación especial, que a veces parece, según como se mire, casi tridimensional, dando no sólo un aspecto realista, sino también, aunque parezca contradictorio, onírico. Aunque, quizá, esto parezca así -al menos, a mí- por tratarse de imágenes de un tiempo pasado, que nadie ya puede hablar de él como algo vivido, por tratarse del siglo XIX, y donde realidad, conocimiento histórico, suposiciones, literatura y fantasía se entremezclan en quien observa, de lejos y en sentido amplio, cada uno de sus cuadros.

La "Ofelia" de Hughes, de 1852, bien distinta a la de Millais. No se le ve agonizando, sino pensando en el suicidio, y aunque se retrata perfectamente el fondo natural, no está en absoluto sobrecargado, mientras que la joven, más que bella, parece inocente y aniñada.

La segunda versión de "Ofelia", de 1863, representa a una mujer más adulta, y en un plano principal, donde el medio natural es algo mucho más secundario. En aquella época, ya había desarrollado al completo su técnica.

Endymion - Arthur Hughes
"Endimion", u otro ejemplo de retratar a una protagonista femenina con una naturaleza al fondo donde el color y el brillo parecen estar por encima de las formas.

Obras conocidoas, serían "Amor de abril", o "El largo compromiso", donde practicaba lo que en su tiempo se llamaba "pinturas de parejas", algo que probablemente aprendió de Millais, pero que, en lugar de representar el amor incondicional y platónico, sin fisuras, él prefería destacar las dificultades de las parejas -humanos, al fin y al cabo- de mantener incólume y puro ese mismo amor, a medida que pasa el tiempo. Lo único que no parece alterarse con el paso de los años, es la naturaleza, tan querida y bien retratada por los prerrafaelitas en general.
También fue, como ya se ha dicho, ilustrador. Lo fue de libros, como en el caso del poema "La víspera de Santa Inés" de Keats, o en ediciones de obras de Shakespeare. también trabajaría en la revista "Good Words" -"Buenas palabras"-, del editor escocés George MacDonald, donde se mezclaban los textos cristianos con relatos de ficción, e incluso ciencia. O, como él decía, una revista para que la gente leyera cosas decentes y convenientes durante el domingo -y eso que él escribió, básicamente, historias de hadas y en general, de fantasía; libros que, en ocasiones, también ilustró Hughes-.
No fue el único artista de la familia. Su sobrino, Edward Robert Hughes también llegaría a hacerse un hueco en la escena artística de la siguiente generación. Éste empezó, como su tío, en el prerrafaelismo, para pasar más adelante al simbolismo, que no dejó de ser, en cierto modo, un "hijo estético" del movimiento anterior.


"Los caballeros del Sol". El título quizá lleva a engaño: el amanecer parece despedir al viejo caballero agonizante, que sus fieles soldados llevan a no se sabe qué destino.


"Sir Galahad", uno de los caballeros de la Mesa Redonda que logró, finalmente, hallar el Santo Grial.

Su visión de "La dama de Shalott", de 1873. No es la mejor, pero es encomiable, aparte de distinta. Aquí, la dama cuenta con multitud de sorprendidas espectadoras.