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lunes, 2 de abril de 2018

Los prerrafaelitas (anexo XVIII): Otro ejemplo de estudio en papel para un cuadro.

De nuevo Millais, y qué trabajo se tomaba antes de coger un pincel.


Mantener el blog con algo de vida: los maestros del prerrafaelismo al rescate.

Bueno, como no ando sobrado de tiempo, acabé por decidir que, hasta que eso cambie, ir colgando algo, aunque se trate de entradas cortas, con poco texto -y también poco trabajo, para qué nos vamos a engañar-, y he acabado tirando de clásicos, como ya se habrá visto en otras entradas. Y en mi caso, los prerrafaelitas -y los victorianos en general; creo que tendré que ir buscando influencias y hallazgos en otras épocas y lugares que la Inglaterra victoriana-, porque los clásicos, no nos engañemos, nunca falla.
Incuso más, nos sacan de apuros en no pocas ocasiones.

Aquí, el trabajo preliminar en papel de "Cimón e Ifigenia", también de Millais, realizado en 1847. El cuadro final al óleo es del año siguiente, 1848, y lo he colocado bajo el trabajo realizado, según la web de la Lady Lever Art Gallery, en tinta sobre papel.

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El dibujo en tinta, y, abajo, el cuadro original, de 1848, donde Millais, finalmente, añadió el perro a la derecha, los helechos y demás vegetación.

Sobre la temática del cuadro, habría que aclarar, en primer lugar, que la Ifigenia del título no es la desgraciada hija del rey Agamenón y la reina Clitemnestra, sacrificada por su propio padre para ganarse el favor de los dioses en su guerra contra Ilión/Troya, sino un personaje del mismo nombre de uno de los cuentos del genio italiano Boccaccio -sí, el del jarrón de albahaca; su obra fue un filón para los artistas a lo largo de los siglos-. Esta Ifigenia era una bella doncella de buena familia, que se enamoró de un atractivo pero inculto campesino, con el que decidió casarse, a pesar de que su familia no estuviera de acuerdo, y sus amigos se burlaran de ella, pensando que se había vuelto loca.
Pero el matrimonio, lejos de naufragar al poco de realizase, hizo felices a ambos. Boccaccio quería demostrar en su relato el poder civilizador del amor, o al menos, el cómo una persona puede adaptarse y cambiar de vida y hábitos por la persona amada -básicamente, Cimón, pero muy probablemente, también Ifigenia, que debió cambiar de vida al unirse a un campesino de una clase social inferior a la suya-. 
Algunas cosas más a añadir: que se trata de un trabajo muy temprano, anterior a la fundación formal de la Hermandad Prerrafaelita; que finalmente, el dibujo en papel acabó siendo una obra independiente al cuadro al óleo, y que el adolescente Millais -lo dibujó a los dieciocho años- no se basó para sus dos obras en el relato original de "El Decamerón", sino en los versos del poeta inglés del siglo XVII John Dryden, donde se describe a Cimón no como un auténtico campesino de familia rural, sino como un joven de familia noble desterrado al campo como castigo por su mala vida -probablemente, para Dryden, el hecho de que la noble y refinada Ifigenia acabara casándose con un campesino auténtico debió resultar demasiado "incómodo"; quizá él también necesitaba leer, y comprender, el relato original de Boccaccio-.
¿Algo más? Sí, Hunt -pues ya se conocían- le ayudó en el vestido de Ifigenia, pero finalmente, Millais pensó que podía hacer algo mejor, y pinto "Isabella", aunque no desechó la idea de pasar al lienzo el dibujo de Ifigenia y Cimón. Realmente, dicho dibujo fue la última obra antes de la creación de la Hermandad.

domingo, 18 de marzo de 2018

Los prerrafaelitas (anexo XVII). Como hacer arte con un simple lápiz: bocetos de John Everett Millais.

La proto-historia del prerrafaelimo: los dibujos de Millais, y las obras que se hicieron a partir de ellos.


Hace un momento, como quién dice, que he colgado una entrada, y ya estoy con otra. No tengo tiempo, ciertamente, para más, pero he encontrado este dibujo de John Everett Millais, realizado en 1848, cuando era aún muy joven, y en el mismo año de la creación de la Hermandad Prerrafaelita, junto a Rossetti y Hunt. Muy probablemente, lo debió realizar tras dicha fundación, aunque, realmente, eso es lo de menos. La unión de los tres genios existió antes y después de lo que, al fin y al cabo, no dejó de ser una simple ceremonia privada entre amigos.

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La obrita en cuestión es "My beautifun lady" -"Mi bella dama"-, y como se ha dicho, trata de 1848. Y que se sepa, lo que debió ser un estudio a lápiz, un simple bosquejo, no acabó finalmente en una pintura. 
Al menos, que se sepa.
Pero es que, después, encontré un par más, así que no he podido evitar ponerlas aquí también. Y de paso, dar un poco más de contenido a la entrada.

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Y aquí, otro bosquejo, pero en este caso, sí que dio paso a una obra de sobras conocida: "Cristo en casa de sus padres", su primera pintura importante, y que hizo que se empezara a hablar de él. Encontrado en el blog en inglés Pre-Raphaelite Reflections.

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Esta es "La muerte de Romeo y Julieta", también de 1848. Porque por lo visto, Millais fue muy activo ya en ese año, en que nació la Hermandad. Y debajo, el cuadro final.

miércoles, 28 de junio de 2017

Élisabeht Sonrel: modernismo en femenino con raíes prerrafaelitas y renacentistas.

Si Reino Unido tuvo el prerrafaelismo, Francia y Bélgica tuvieron el modernismo.


Al otro lado del Canal, los franceses y belgas también tuvieron sus propios movimientos artísticos.

Ya escribí, y mucho, sobre el prerrafaelismo y los prerrafaelitas, y como se pudo ver en la anterior entrada, no he dejado de hacerlo. Realmente, cuando comencé a hablar sobre ellos, lo desconocía casi todo, sobre ese movimiento y sus miembros, y poco a poco, no sólo los fui conociendo cada vez más, sino que me vi un poco obligado a añadir cosas que, en principio debía haber escrito, y no hice, en las primeras entradas, dedicadas, sobretodo, a los fundadores de la Hermandad.
Pero el siglo XIX fue una época en que el arte, sobretodo el pictórico -y aquí habría que incluir el dibujo, o más bien, la ilustración-, empezó a dividirse y subdividirse en ramas, corrientes o movimientos, más allá de etapas que se iban sucediendo -renacentismo, barroco, neoclasicismo del XVIII...-. Igual que, a principios del XIX, se vio la separacion entre realismo y romanticismo, y cómo de este último, se separó, o más bien tuvo su propia personalidad, el orientalismo, a partir de la segunda mitad de siglo se comprobó que, cada vez más, había movimientos con una identidad muy clara, y que, finalmente, llegaríamos a lo que llamamos "corrientes", o movimientos.
Uno de ellos, de los primeros -quizá el primero- fue el prerrafaelismo -con una primera y segura generaciones, además de los neo-prerrafaelitas, bien entrado ya el siglo XX-. Otro, en Italia, serían los macchiaioli, de los que hablé hace ya una eternidad. Pero a partir de los 60 y 70, se destacaron otros movimientos, más conocidos por todos: impresionistas, postimpresionistas, simbolistas y, sobretodo, modernistas.
El modernismo merecería toda una serie, que quizá lo tenga, pero mi falta de tiempo -y ganas, la verdad- por ahora lo impiden. El impresionismo tuvo sus etapas, sus corrientes y escuelas, y una enorme divversidad, que se extendió a través de bastantes años. Se podría también hablar que el movimiento tuvo dos ramas claras, según el tipo de arte que practicaban sus miembros: el modernismo arquitectónico -que también incluía no sólo escultura, sino también mobiliario y diseño, e incluso trabajo del hierro y jardinería-, y el pictórico -incluyendo la ilustración-. También hubo un modernismo literario, pero ese es otro tema, aparte de que no ha resistido tan bien el tiempo.
Y aquí, uno de sus miembros y practicantes, de lo que sería un -o una- artista modernista en el campo de la pintura y la ilustración. Ya escribí sobre un español, el catalán Ramón Casas, y ahora toca una francesa: Élisabeth Sonrel.

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"Flores del campo". Ilustraciones de art nouveau, pura.


Señora Sonrel, usted dibuja muy bien.

Élisabeth Sonrel nació en Tour en 1874, y era hija de un pintor no muy conocido, pero competente: Nicolas Stéphane Sonrel, que fue su primer maestro, en cuanto vio el interés de su hija por el arte. Pero llegado el momento, Sonrel padre pensó que su hija podría llegar a ser mejor artista que él, y que convenía mandarla a estudiar a una escuela de arte. Y así, la joven Élisabeth llegó a París, capital cultural y artística del mundo -París era una fiesta, la ciudad-luz, y todo eso...-, donde tuvo como profesor a Jules Lefebvre, conocido sobretodo por sus retratos de hermosas jóvenes, y por la enorme cantidad -y calidad de algunos de ellos- de alumnos que tuvo a lo largo de su larga carrera de profesor en la Escuela de Bellas Artes de la capital -École des Beaux-Arts-.
Aunque Lefebvre sería, básicamente, un retratista realista, Sonrel, con el paso del tiempo, tuvo una mayor variedad de temas: tanto místicos o míticos y literarios, como alegóricos -la naturaleza, personificada en mujeres- o simbolistas -aunque no fue parte del simbolismo propiamente dicho-, aunque también pintó retratos -como no pocos pintores de la época, que los usaban, sobretodo, para ingresos económicos rápidos- y paisajes.
En 1892 pintó su trabajo "de fin de carrera", por decirlo así, para conseguir su diploma de la École: "Paz y trabajo", que se puede ver todavía en el Museo de Bellas Artes de su ciudad, Tours. Más adelante, iría exhibiendo gran parte de su obra pictórica -al óleo o acuarelas- en el Salón de Artistas Franceses, entre 1893 y 1941, o sea, durante gran parte de su vida.
Al igual que los artistas británicos -o los que pensaban que lo eran, o que llegarían a serlo algún día-, también los franceses, y de otras nacionalidades -Fortuny, por ejemplo- viajaban a Italia por una serie de motivos: aprender de maestros de aquel país, descubrir el arte italiano en museos, pero sobretodo, en vivo -entiéndase, pudiendo ver con sus propios ojos edificios, esculturas, y, en no pocas ocasiones, ruinas, o lo que quedaba, del patrimonio cultural italiano- lo mismo arte griego -Sicilia y sur del país- como romano, medieval, renacentista, e incluso barroco y neoclásico. Italia era destino ineludible para cualquier europeo culto que se lo pudiera permitir, y la joven Sonrel pudo descubrir allá a los maestros del Renacimiento, viajando por Florencia y Roma. Fueron muchos, los pintores de aquella época que debieron cautivarla, y despertar en su mente el deseo de imitarlos, y después de ello, una vez conseguido estilo propio, aprovechar su saber y su arte, pero sobre todos, parece que uno le influyó más que los demás: Sandro Botticelli.

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"Ovejas pastando", sería un ejemplo de sus ilustraciones para postales.

Vuelta a su país, recibió una tercera influencia, tras el realismo retratista de su padre y su maestro, y el Renacimiento en estado puro de tierras italianas: los prerrafaelitas, la llamada "vanguardia antes de que existieran las vanguardias". Y era lógico, pues la Santísima Trinidad del movimiento -Rossetti, Millais y Holman Hunt, y los que les siguieron- fueron de un rupturismo que, hoy en día, en que los vemos como pintura clásica, es difícil imaginar. Y aunque fue, sobretodo, un movimiento británico, mucho o poco, tuvieron eco en casi toda Europa, y más allá. Por otro lado, el prerrafaelismo no era sólo estilo, visión distinta de los mismos temas. Realmente, algunos de estos temas ya eran clásicos de la pintura europea, pero otros eran relativamente modernos: cualquier nuevo prerrafaelita, o pintor que se acercara a ellos, aunque fuera a cierta distancia, comprobaría la repetición de ciertos personajes y paisajes. Sonrel pasó a interesarse por ellos: "La Divina Comedia" de Dante -el mismo Dante como personaje, incluso, como ya se comentó en una entrada sobre los temas de los prerrafaelitas-, el rey Arturo y las leyendas y obras que se escribieron a su alrededor, la Edad Media desde un punto de vista romántico y casi de ensueño -y poco realista, ciertamente-, y temas bíblicos, pero desde un punto de vista más moderno y realista. Y de la Biblia, al misticismo, como en sus obras "Almas errantes" (1894), o "Los espíritus del abismo" (1899).

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"Joven con hortensias", de principios del siglo XX.

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PINTURA Y- ARTE: ELIZABETH SONREL
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Dos de sus ilustraciones, en este caso, representando primavera, otoño e invierno.

Las alegrías del verano
"Las alegrías del verano".

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"La procesión de los ángeles delante del niño Jesús", sería uno de sus no muy abundantes trabajos religiosos, aunque aquí los ángeles tienen una apariencia más femenina de lo habitual.

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"El cortejo de Flora" -una deidad menor greco-romana- sería, en cambio, una obra de inspiración mitológica.

En aquella época, hasta principios del XX, también dibujó de todo y en abundancia: carteles publicitarios, postales, ilustraciones para libros, etc., en el estilo de modernismo francés conocido mundialmente como art nouveau.
Pero a partir de 1900, la cosa cambió, pues la pintura de ambiente mítico o religioso -o más bien, de influencia prerrafaelita o renacentista- fue en gran parte aparcada, para dedicarse cada vez más a un determinado tipo de temática. No dejó de pintar retratos -algo que siempre daba dinero y buena fama en futuros clientes; casi todos burgueses que se ganaban más o menos bien la vida deseaban un retrato propio, o de toda la familia, aunque también deseaban retratos de jóvenes o niños, que adornaran sus nuevas casas-,  y paisajes, principalmente de la Bretaña, donde viajaba regularmente para pintar sus bosques y pueblos, sobretodo el bosque de Brocéliande -un lugar real, casi mágico, de la Bretaña, el "país celta" de Francia, y donde podrían, muy bien, transcurrir las antiguas leyendas de base también céltica-; y ocasionalmente, flores, aunque no fue lo habitual. Más adelante, también viajaría a la costa, buscando nueva temática en el Atlántico, sola, o en compañía de estudiantes -o más bien, aprendices suyos-. Realmente, se podría decir que acabó siendo bretona por adopción, y más cuando se hizo construir una villa en el pueblo de La Baule, donde pintó varios retratos teniendo como modelos a las jóvenes del lugar.
Su última exposición fue en 1941, con sesenta y siete años, y parece que también tuvo otra en Liverpool. En sus últimos años, prácticamente abandonó la pintura, hasta que falleció en 1953, en Sceaux, cuando el modernismo ya no era más que un recuerdo de un mundo perdido tras la Gran Guerra, décadas atrás.

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"Poesía por la tarde", o un ejemplo de las ensoñaciones renacentistas de la artista.

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"Las escenas de Dante", o la visión de Sonrel sobre la vida del genio italiano, transformado en protagonista de no pocas obras del XIX.

miércoles, 21 de junio de 2017


Los prerrafaelitas (anexo XIV): Alma-Tadema, y su relación con la familia Epps.

Una muy pequeña historia sobre un grande del prerrafaelismo.


Lawrence Alma-Tadema es, todavía, uno de los pintores prerrafaelitas -y por extensión de toda la historia de la pintura británica, y de la europea del siglo XIX- más conocidos y apreciados. De eso no hay duda, como tampoco que, a la hora de representar el arte y la cultura de la Época Victoriana, Alma-Tadema, a pesar de ser un británico de adopción -pues era holandés de nacimiento y origen-, siempre estará en la lista de sus principales embajadores entre las generaciones futuras, como la nuestra misma.
Una de sus alumnas, pues los prerrafaelitas, por famosos que llegaran a ser en su tiempo, no sólo tenían ofertas para ser profesores de los hijos de la nobleza o la burguesía -o de quienes pudieran permitírselo, o se lo permitieran ellos, que esa es otra-, sino que, en ocasiones, para llevar un alto, o no tan alto, nivel de vida, no les quedaba más remedio que aceptar alumnos, tuvieran o no madera de artistas, aunque fueran artistas de nivel más o menos modesto.
Pues una de sus alumnas, pues él, como otros, también aceptaba mujeres -una prerrafaelita de segunda generación, Marie Spartali, comenzó siendo alumna de dos luminarias del movimiento como Dante G. Rossetti y Madox Brown, que sin ser prerrafaelita, siempre estuvo muy cerca de ellos- fue Laura Epps, y pasado el tiempo, poco tiempo, se dieron cuenta que lo que sentían uno por el otro fue bastante más que admiración maestro-alumna, pues Laura acabó siendo la segunda esposa del pintor.

Resultado de imagen de alma tademaComo Alma-Tadema deseaba tener una buena relación con su nueva familia política, y como, por lo visto -no es que haya muchos datos biográficos en internet para saber qué relación real tenían-, nunca tuvo problemas de convivencia con los Epps, quiso realizar una obra en que todos ellos estuvieran representados. Hay críticos que dicen que la coloración -tan distinta a sus luces y brillos- y la asimetría del cuadro muestran la influencia de la pintura y el dibujo japoneses, el famoso japonesismo que se estaba extendiendo por Europa -sobretodo Francia, pero también otros países- a medida que el país oriental se iba abriendo poco a poco al mundo, y viajeros, comerciantes y diplomáticos iban trayendo a Occidente obras de Japón.
Lamentablemente, la obra no está acabada -se ve un espacio casi cuadrado en blanco, en medio de la pintura-, y probablemente fue abandonada cuando la pareja se casó, en julio de 1871. Quizá, Alma-Tadema, que era tan genial como, en ocasiones, poco insistente en acabar trabajos que no le acababan de interesar, pensó que, una vez casado y compartiendo vida con Laura, no tenía necesidad de finalizar lo que era una especie de regalo de presentación a la familia de su esposa.
La inscripción que se puede leer en la parte superior de la pintura, con un estilo medieval o renacentista, hace referencia a una fábula del griego Esopo, que demuestra la necesidad de que la familia permanezca unida, comparándola con un haz de flechas: una por una, se pueden partir sin esfuerzo, pero todas juntas, son imposibles de partir. Y así, como esas flechas, debería ser una familia: unida en lo bueno y en lo malo.


'Portrait of the Epps family' by Sir Lawrence Alma-Tadema, six-part painted screen, 1870-1871, Museum no. W.20-1981
El cuadro que representa a los Epps, con un espacio en blanco enmedio, que Alma-Tadema nunca llegó a completar.

Esta información la encontre en la web del Museo de Alberto y Victoria -o A&V-, cuya web está aquí.


miércoles, 5 de abril de 2017

Los prerrafaelitas (anexo XIII): ... y las obras de Waterhouse se hicieron realidad. El trabajo de Bert Barelds.

Los prerrafaelitas han influido en la fotografía desde los primeros tiempos de este arte. Y en ocasiones, muchísimo.


Hace mucho que escribo más bien poco en el blog, por falta de tiempo, pero también un poco de ganas. Pero en ocasiones, se encuentran en la red cosas realmente interesantes. O al menos, que me interesan a mí.
Este es un caso. Se trata del fotógrafo y director de fotografía holandés Bert Barelds, que entre otras cosas -por lo visto, tiene una obra considerable- una larga serie de reproducciones fotográficas del pintor prerrafaelita John William Waterhouse. Ya en alguna otra ocasión he realizado entradas sobre fotógrafos e ilustradores que se han dejado influir -o directamente, hacer sus propias versiones de originales- de obras de esta corriente, pero en general, fue Dante G. Rossetti, el que más ha llamado la atención de artistas posteriores. Sin embargo, Waterhouse, que tanto gustó de representar su visión de personajes o hechos de la mitología griega, entre otras cosas, podría muy bien estar el segundo en la lista de lo que ahora se llamaría "influencers" artísticos del prerrafaelismo.
Y aquí, unos cuantos ejemplos, donde las fotografías de Barelds son comparadas con los originales de Waterhouse.


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La "sirena" de Waterhouse. Las mujeres-pez fueron unas de las criaturas que más interesaron a los artistas del XIX, en Gran Bretaña y en otros países.


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"Eco y Narciso", son una de esas parejas de amores imposibles o desgraciados de los mitos.


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"Hilas y las ninfas", que según como se vea, se cuenta como un rapto -el del joven, a manos de las ninfas de río-, o más bien una huida de éste de Heracles/Hércules, que según versiones, era un amigo, un amante, o un dueño de Hilas, tratado como un esclavo sexual. Visto con quién se encontró en el río, creo que Hilas optó por marchar de buen grado, dejando con un palmo de narices a Hércules, y al resto de los argonautas.


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La "Ofelia" de Waterhouse. Todo artista del XIX británico, prerrafaelita o no, tenía su propia Ofelia. Pocos personajes literarios han tenido tantas versiones pictóricas, a pesar de haber sido un personaje secundario. Si no fuera por estos artistas, ¿quién se acordaría, hoy en día, de ella?


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"Circe envidiosa". La hechicera de sangre divina también fue uno de los personajes que más llamó la atención en el XIX. Lo de "envidiosa", le viene por un mito menor: Escila, el monstruo del que se habla en la Odesia, realmente fue una bella ninfa de la que estaba enamorado Glauco -una especie de dios menor pescador-, al que, a la vez, amaba Circe. Pero el pescador prefirió siempre a la ninfa, y la hechicera, que no podía soportar no conseguir todo lo que deseaba, decidió convertirla en un monstruo marino. Pero ni aún así consiguió el amor de Glauco. Más bien al contrario, pues la odió para siempre y, según algunos, se suicidó.


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Y como no, también existe una versión de "La dama de Shalott", quizá el cuadro más conocido de Waterhouse, y otra de las musas literarias de los prerrafaelitas -y de otros, también-.


viernes, 6 de enero de 2017

Los prerrafaelitas (y LV): Conclusión y ¿fin? Por el momento, sí.

Después de un preámbulo, cincuenta y cinco entradas y unos cuantos anexos, la historia llega a su fin. Al menos, en teoría.


Bien, en algún momento se acabarían los temas sobre el prerrafaelismo y los prerrafaelitas. Con toda seguridad, me he dejado por el camino a algunos artistas, bien por ser secundarios, por ser prerrafaelitas dudosos -aunque no pocos de ellos han sido también comentados aquí-, o, simplemente, porque no los conozco ni de oídas. Realmente, han sido muchos los pintores, y no pintores, que han acabado con su entrada de turno porque, al ser tan larga la serie, he tenido tiempo de encontrarlos y conocerlos, aunque sea mínimamente.
De todas formas, hay que decirlo claro: no, no acaba aquí. Seguirá habiendo anexos, porque de algunos autores, algunas obras han quedado por sacar aquí, y siempre, siempre, resulta posible encontrar algo. La moda, la fotografía, la ilustración moderna, la música, el cine y la televisión... resulta extraordinariamente fácil, si se busca de forma más o menos concienzuda, encontrar algo. Facebook, por poner un ejemplo, está lleno de páginas de grupos, o de personas en solitario, que han querido dedicar una de ellas al movimiento en general, a la Hermandad, o a algún artista en particular. Una de las que parece tener más seguidores -también en webs en general, e incluso en vídeos en youtube- es, curiosamente, alguien que mucha gente no considera una artista propiamente dicha, ni parte íntegra del movimiento, sino una simple modelo, y protagonista desgraciada de una triste historia de amor y desamor: se trata de Elizabeth Siddal, que parece fascinar a no pocos neo-victorianos, a interesados por aquella época -que duró décadas, así que tampoco resulta tan extraño encontrar en ella a alguien, o algo, que despierte precisamente, eso, algún interes-, o simplemente, a quien se topa con su vida, y también, con su obra.


Se podría seguir hablando de ellos, y de su época, casi eternamente.

Los prerrafaelitas, como se cuenta en libros y en webs, fueron algo así como la vanguardia antes de que hubiera vanguardias. El nombre de "prerrafaelita" ha acabado siendo mucho más que el querer inspirarse en el arte anterior al pintor italiano del Renacimiento Rafael. Sería, por lo demás, casi ridículo circunscribirse a esa idea: dejar de lado lo que se pintó o esculpió posteriormente a una fecha en particular, y tomar ejemplo de lo anterior. 
Este grupo, enorme y dispar grupo de artistas, de genios, tan diversos entre sí, fueron una auténtica ruptura del arte británico, y en menor medida occidental, que hizo que la pintura de dicho país ocupara, por fin, un lugar privilegiado en la historia del arte europeo, pues anteriormente, y excepto casos aislados, como Joshua Reynolds, o William Turner, nunca destacó por sus artistas, siempre ofuscados por los europeos del sur: italianos, españoles y franceses. Pero no sólo fue una auténtica revolución artística, sino también un fenómeno social y cultural. El prerrafaelismo pudo beber de muchas fuentes, como el romanticismo -no sólo patrio, sino también francés o alemán-, o la pintura más o menos academicista, o el neo-clasicismo, sino que mezcló todo aquello, eliminó lo que, simplemente, no agradaba a aquellos "jóvenes airados", y crearon algo que, aún hoy e día, se deja ver y sentir en el arte y la cultura de los británicos actuales.


¿Pero cuántos fueron, los creadores de la Hermandad?

En principio, siempre se habla de tres, pero realmente, fueron siete. Sin embargo, habría, quizá, que hacer dos grupos separados, con algunos miembros comunes. Precisamente, la llamada "Santísima Trinidad del prerrafaelismo".
Entre los fundadores, los que dijeron "Aquí se forma una Hermandad de artistas, que serán los prerrafaelitas", en 1848, hubo siete: John Everett Millais, William Holman Hunt y Dante Gabriel Rossetti -pintores, en ocasiones poetas, al menos Rossetti, y los tres nombres principales de este tinglado-, y tras ellos, James Collinson -pintor, novio de Christina Rossetti, y tras romper con ella, también lo hizo con la Hermandad y el movimiento, siendo, finalmente, un pintor clásico con fuerte infuencia del catolicismo, al que se convirtió antes de romper su noviazgo-, Frederic George Stephens -pintor no especialmente brillante, que abandonó los pinceles al pensar que no podría hacerlo mejor, y que se dedicó a la crítica, la historia del arte, y trabajos académicos o en museos- y Thomas Woolner -escultor y poeta; emigrado a Australia, y vuelto a su país, en ocasiones no es considerado un auténtico prerrafaelita porque no fue nunca pintor; el prefirió la escultura, donde se ganó un nombre y no poca fama-.
Hasta ahí, los siete fundadores.

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Millais, Rossetti y Hunt, la "Santísima Trinidad" de la Hermandad, y del prerrafaelismo en general.

Ahora bien, la Hermandad propiamente dicha, como un conjunto de artistas reconocidos, con su clientela y sus críticos, y que son todavía recordados como, todos y cada uno de ellos, como ejemplos claros del prerrafaelismo, con sus seguidores y admiradores -y críticos- todavía en hoy en día, ¿a cuántos se podrían contar, enumerar?
De nuevo, vuelven a aparecer Holman Hunt, Rossetti y Millais. Pero también cabrían, al menos, otros tres: Edward Burne-Jones -un pintor genial, algo más joven que los tres primeros, y que también es considerado un antecedente del simbolismo-, su amigo William Morris -diseñador, en ocasiones también pintor, poeta, espíritu inquieto y unificador del grupo- y por último, aunque algunos dudarían en añadirla al grupo, Elizabeth Siddal -modelo y musa del prerrafaelismo, esposa de Rossetti, pero también ella, artista: pintora y poeta-. 
Realmente, si hablamos del núcleo de la Hermandad Prerrafaelita, el grupo que convivía, pintaba, o se peleaban, si llegaba al caso, por ser una auténtica familia artística, aunque no siempre tuvieran entre ellos buena relación, serían ellos seis, los que merecerían estar ahí. 
Estos son el núcleo de la Hermandad.

Habría, también, personas relacionadas de forma directa con ellos. Los unos, de forma artística. Los otros de forma más personal o íntima. Aquí cabrían  hermanos, esposas, amantes o modelos, críticos, o pintores que tuvieron relación directa con ellos, pero sin llegar a formar parte de la Hermandad, o incluso, entrando en ella, pero de forma algo tardía, y sin llegar a tener demasiada relación con los demás.
Entre los primeros, y aparte de Siddal, y dejando aparte a mucha gente -ciertamente- se destacaría a Effie Grey -amante, y más tarde esposa de Millais, con quién disfrutó de años de tranquilo matrimonio-, Jane Morris -modelo de Rossetti, y muy probablemente amantes, o al menos algo debió intentar él, y esposa de William Morris-, Georgiana MacDonald -esposa de Burne-Jones, que ocultó y aguantó su infidelidad, aparte de tener que "compartirlo" con Morris, y que era una artista de la madera  y pintora, ella por sí misma-, Annie Miller -la modelo y amante de Holman Hunt, a la que nunca pudo hacer su esposa-, Fanny Cornforth -modelo, amante y segunda esposa de hecho de Rossetti-, William Michael Rossetti -hermano de Dante Gabriel; funcionario, poeta aficionado, algo así como biógrafo de la Hermandad, y director de "The Germ", la efímera revista del grupo-. Y aparte de ellos, y de las demás modelos y amantes de Rossetti, el muy afanado y respetado crítico John Ruskin -primer esposo de Effie Gray, y el que más hizo para sacar a los miembros de la Hermandad del casi anonimato-. 
A ellos, y sobretodo a ellas, se les podría considerar el círculo sentimental, familiar y crítico de la Hermandad.

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Elizabeth Siddal fue una auténtica pin-up de la época. Musa y espíritu femenino del prerrafaelismo, hasta hace pocas décadas -en que empezó a verse, en televisión o teatro, su vida y carácter- no se supo de su intimidad y personalidad propia, más allá de una modelo sin voz.

Y sobre los segundos, resulta evidente que, tras triunfar -e incluso antes, cuando apenas se les conocía, más allá de sus amistades, o antiguos compañeros de estudios artísticos-, que hubo otros pintores con los que tenían amistad, hablaban de arte, compartían intimidades o se enseñaban obras, o recibían su influencia directa, por ser no sólo admiradores suyos, sino también amigos.
Entre ellos, destacar a Walter Howell Deverell -que habría ocupado el espacio de Collinson, si no hubiera muerto tan joven-, Arthur Hughes -amigo de Millais y Hunt desde la Royal Academy; sin llegar a haber sido nunca parte de la Hermandad, siempre tuvo relación con sus miembros-, Frederick Sandis -fue miembro, pero ingresó tardíamente, y no tuvo una relación tan directa con ella como otros artistas "externos", Valentine Cameron Prinsep -amigo cercano de todos ellos-, y sobre todo, Ford Madox Brown -que nunca se consideró, ni fue considerado, ni parte de la Hermandad, ni del movimiento, pero recibió influencias, y tuvo relación estrecha con Rossetti, Siddal, etc.- y Marie Spartali Sstillman -alumna de Rossetti, Madox Brown y Burne-Jones, y una de los mejores prerrafaelitas de segunda generación-. 
Y entre los poetas, que también los hubo, y dejando aparte a los miembros que se dedicaron de forma secundaria, o al mismo nivel, que a la pintura -Rossetti, Woolner, Siddal; algo Morris-, Christina Rossetti -hermana de Dante Gabriel, y temporalmente, novia de Colinson- y Algernon Charles Swinburne.
Ellos formarían un segundo círculo artístico alrededor de la Hermandad.

Y tras ellos, una larga, muy larga lista de artistas. Y más, si se incluyeran pintores o dibujantes que, sin ser prerrafaelitas, en algún momento miraron a ellos, y no pudieron -ni quisieron- evitar recibir su benéfica y constante influencia. Para no alargarse con una lista casi interminable, destacar sólo a unos pocos, que sin haber sido nunca parte de la Hermanda, y en no pocas ocasiones, ninguna, o poca relación personal profunda con ninguno de sus miembros, no dejan de ser, o de ser considerados parte importante del movimiento: Frederic Leighton, Lawrence Alma-Tadema, Simeon Salomon, Edmun Blair Leighton, John William Waterhouse, John Brett, Evelyn de Morgan, y un largo etcétera.
Ellos serían, por último, el tercer círculo, externo, alrededor de la Hermandad. Sin relación con ella, pero parte del movimiento.

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Una de las ninfas imaginadas por Frederic Leighton. La pintura europea raramente se había atrevido a retratar de semejante forma a una mujer, de origen divino, pero de aspecto completamente humana, sensual e inocente al tiempo. Y sin duda, tan irresistible en su momento, como lo es ahora.

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Las bárbaras -y carísimas- fiestas de Heliogábalo, uno de los emperadores más nefastos, pero atractivo en su degeneración y sus inacabables ideas para arruinar el Imperio Romano, su imagen y la confianza de sus súbditos en el gobierno y el estado, fueron retratadas -o más bien uno de ellas, en que hizo llover tal lluvia de pétalos de rosa sobre los invitados, que algunos murieron ahogados por ellos-, por Lawrence Alma-Tadema, holandés de nacimiento, y británico de adopción.


Rebelión, lucha y aceptación.

Realmente, el prerrafaelismo fue, tanto una revolución artística, como también social. Estamos hablando de 1848, aunque los tres miembros principales, y alguno de los secundarios, o "accesorios", -artistas que los conocían y siempre estuvieron cerca de ellos-, ya llevaban tiempo trabajando juntos, y hablaban de unirse para crear algo especial y rupturista. Aquella primera mitad del siglo XIX podría destacarse, entre otras cosas, por multitud de revoluciones políticas y sociales -1830, o 1845-, que en realidad, no dejaban de ser una continuación de la Revolución Francesa, y de las guerras de la Francia revolucionaria, y posteriormente el imperio de Napoleón, que trastocaron el orden político y social europeo y americano -la independencia de las naciones latinoamericanas- para siempre. Ellos, en realidad, no dejaban de ser hijos de su tiempo, y la búsqueda de un nuevo camino para el arte no dejaba de llevar consigo una filosofía de vida que lo mismo bebía del romanticismo, como parecía abrir camino para nuevas vanguardias, visiones del mundo, o movimientos filosóficos o vitales.
Gran Bretaña, en particular, había permanecido más tranquila -Guerras Napoleónicas aparte-, pero la industrialización, anterior a la de otros países europeos, la urbanización -debido a la emigración masiva del campo a la ciudad- y los problemas sociales, económicos y de salud pública e higiene que provocó todo aquello, hicieron que, en una generación, Gran Bretaña, más aún Londres, fuera un lugar nuevo, y nuevos hombres y mujeres nacían en él, y en él vivían, sufrían y soñaban.
Ese 1848 -el "año de las revoluciones", tanto políticas como sociales, a lo largo y ancho de casi toda Europa-, los siete fundadores crearon la Hermandad. Pero se encontraron con que, aunque deseaban ser vistos como un grupo de artistas diferenciados, no tenían demasiado interés en firmar un manifiesto público, presentarse en sociedad. Fue casi, valga la redundancia, una sociedad secreta, con un documento que cada uno de ellos firmó como si fuera un pacto de sangre, aunque, al mismo tiempo, firmaban algunas de sus obras con su nombre, evidentemente, pero también pintaban, muy pequeño, pero de forma visible para el que observara de cerca tal o cual obra, con un PRB: Prerrafaelite Brotherhood -Hermandad Prerrafaelita-.
Como ya se comentó en su momento, comprendieron que, a falta de mayor fama -eran sus principios-, necesitarían de otros medios para hacerse famosos. De ahí, la existencia de "The Germ", o "El germen" -quizá también podría traducirse, de forma un tanto libre, como "La semilla"-, intentando llegar, de una forma, en su tiempo, moderna, tanto a críticos, como a otros jóvenes artistas, en ciernes o con una carrera mínimamente encarrilada, que buscaban algo más, pero que no debían saber el qué.
Y también sabemos algo más: la revista fue un completo fracaso. Solamente cuatro números, cuyos originales, hoy en día, están buscadísimos, y que hace ya más de un siglo, fueron reeditados en forma de libro, cuando el prerrafaelismo no sólo era una de las columnas del arte victoriano, sino también empezaba a ser parte de la historia del arte. Sobretodo, porque el modernismo, en sus distintas versiones nacionales, estaba empezando a arrinconarlo, a hacerlo olvidar. Muchos artistas jóvenes lo consideraban parte del "arte antiguo", del "arte académico, o academicista". Justo de lo que quisieron escapar toda su vida.
Al menos, algunos irreductibles, como Rossetti y Burne-Jones, nunca se rindieron a la tiranía del mercado, y siguieron con su estilo, mejorándolo con el paso del tiempo, hasta el final. Ellos nunca estuvieron dispuestos a realizar obras más conservadoras, siguiendo las reglas académicas. Siempre fueron rebeldes, de forma que Rossetti acabó siendo el más prerrafaelita de todos, y Burne-Jones, si saberlo, o sin quererlo saber, fue uno de los fundadores, o al menos de los que prepararon el camino, para el simbolismo.
Una cosa sí es cierta, y en eso, series o libros de, digamos, historia novelada, no mienten: empezaron desde muy abajo. Se las veían canutas para, como se dice popularmente, llegar a fin de mes, y hasta que no fueron apadrinados por John Ruskin -al que a veces, se le ha tratado de forma un tanto demasiado dura-, tenían que compartir vivienda, estudio, y hasta modelo. Elizabeth Siddal, según se lee en alguna web, fue lo más parecido a la chica pin-up del prerrafaelismo. Fue musa del movimiento, modelo, en uno u otro modelo, tanto de Millais, como de Hunt y, sobretodo, de Rossetti. Su historia de amor y desamor, ya es de sobra conocida, así que no vale la pena volver a explicarla aquí. Sin embargo, su vida, sus rostro y su arte son el alma femenina de la Hermandad, ya que otras mujeres prerrafaelitas, con una vida más larga y menos triste, y una obra mucho más extensa, como Evelyn de Morgan o Marie Spartali, no formaron parte íntegra de ella, aunque sí es cierto que estuvieron cerca de la Hermandad -sobretodo Spartali, alumna de varios miembros de la "primera generación".

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"Hacia la tierra desconocida". Y no hay nada más desconocido que la muerte. Una de las obras más fascinantes de Edmund Blair Leighton, gran pintor de escenas de un Medievo irreal que, sin embargo, sin duda influyó en el cine de décadas posteriores.


Algunas cosas más. ¿Prerrafaelitas? ¿Por qué? Cómo se les veía en la Academia.

El nombre de prerrafaelita hace referencia al pintor italiano Rafael (1483-1520), uno de los grandes genios, de las figuras más deslumbrantes y extraordinarias del Renacimiento, y en particular, del cinquecento -la última y más extraordinaria época de dicho período artístico y cultural: el siglo XVI-. Tras él -también de Miguen Ángel y Leonardo-, se llegó al cenit de la perfección y el logro artístico. Sin embargo, los jóvenes airados del movimiento no desearon seguir el mismo camino de sus maestros de la Royal Academy, considerando la obra de Rafael -por ejemplo, y en particular, "La transfiguración"-, como un ejemplo de pomposidad, de falta de realismo y naturalidad. Ellos deseaban un arte alternativo, que pensaban que conduciría al espectador a una visión de un mundo nuevo, anunciado, también, por un nuevo arte. Aquí se denota, pues, que no sólo fue, al menos en un principio, una revolución únicamente artística.
Estas ideas, consideradas iconoclastas, casi destructivas -se diría, casi, apóstatas, como renegando de la única religión verdadera de la crítica artística- hizo que, si bien estuvieron siempre bien considerados por maestros y alumnos -compañeros suyos que, en ocasiones, no sólo tomaban nota mental de lo que de ellos escuchaban, sino que acabaron formando parte de la futura Hermandad, o sintiéndose cercanos a ella-, nuca fueran considerados del todo "tres más de los nuestros". Y eso que contaban entre ellos a Millais, un niño prodigio, que pudo ingresar en la Academia con sólamente once años, el alumno aceptado más joven de su historia, y auténtico niño prodigio.
 En una sociedad tan conservadora, que, al no tener demasiado pasado histórico, rendía pleitesía tanto al arte renacentista, como a Joshua Reynolds -uno de los fundadores de la Royal, su primer presidente, y casi padre fundador de la pintura británica-, el que aquellos jóvenes salieran con aquellos ideales revolucionarios, tan poco británicos y victorianos -aunque, en aquellos tiempos, todavía no se hablaba de "época victoriana", pues a la reina Victoria todavía le quedaba mucha vida por delante- no podía más que darles problemas para que sus obras recibieran buenas críticas, apoyos o encargos, si bien la Academia les permitía, como a cualquier otro estudiante o ex-estudiante, exponerlas, aunque no fuera en un espacio privilegiado, precisamente.
En cambio, hubo otro artista renacentista, Boticelli, quien fue, literalmente, recuperado para el gran público por los prerrafaelitas. Al ser un artista que daba gran importancia a los sentimientos de los personajes, más que a lo que estos jóvenes consideraban posiciones artificiosas con que eran pintados, fue un tanto ninguneado en su época -eso, y el encontrarse a otros artistas aún mejores que él-. Ellos, quizá no sólo por interés por su obra, sino también por llevar un tanto la contraria, pues en la Academia se le daba más bien poca importancia o atención, acabaron por colocarlo en el lugar que merece en la historia de la pintura europea.

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Así retrata una ilustración, probablemente de principios del siglo XIX, anterior al prerrafaelismo y a la subida al poder de Victoria, la sala de exposiciones de la Royal Academy. No sé si llegaron a exponerse al mismo tiempo tantos cuadros, ni tan pegados unos a otros, pero sin duda, sí que era uno de los centros culturales de la época, y sus exposiciones atraían multitudes.

Bien, en principio, aquí acaba esta larga, larguísima serie sobre el prerrafaelismo. Estoy casi seguro que habrá alguna entrada más. Una entrada LVI, o cincuenta y seis, aparte de algún, o algunos anexos. La influencia del prerrafaelismo y el arte, en la cultura británica -y más allá, aunque sea de forma más imperceptible, sin que nadie sepa bien de dónde puede haber llegado- sigue presente, pues, entre otras razones, no sólo es mantenida viva por los museos -el Tate, por ejemplo-, las salas de exposiciones, o los documentales en televisión, sino también por la enormidad de webs, vídeos o páginas de facebook que gente anónima les dedican a sus miembros, y al mundo, la época, en que vivieron, trabajaron y murieron: básicamente, la Época Victoriana, pues la Eduardiana sólo la conocieron algunos de ellos, y ya ancianos, a no ser que hablemos de algunos neo-prerrafaelitas fallecidos ya en la década de los 50 del siglo XX. Pero en este caso, se podría decir que estamos hablando de un auténtico anacronismo histórico-artístico. Y también, es innegable, de algo que se resistió a morir definitivamente. 
Si es que murió, pues una y mil veces, en el cine, en la fotografía, en la ilustración, en los escasos pintores figurativos que aún quedan, vemos su influencia, todavía viva y en plena forma.



jueves, 24 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (LI): Temas y personajes (3.-). La Dama de Shalott, de Alfred Tennyson.

Un solo personaje de un solo poeta, apenas una nota a pie de página del mito Artúrico, transformado en icono prerrafaelita.

La muerte de una dama de leyenda, que acabó siendo inmortal.

Ya se ha podido ver que los prerrafaelitas, y autores contemporáneos suyos, y culturalmente cercanos a ellos, compartían muchos y variados temas, pero al tiempo, algunos parecen abundar más que otros. Pero aparte de temas en sentido amplio -mitología griega, leyendas medievales, temática religiosa-, hay personajes, en particular, que se repiten una y otra vez. Tanto, que, a la larga, para la gente que, en la actualidad, se acercan a su vida y obra, les parecen como iconos, protagonistas de no pocas de sus pinturas más famosas.
Y uno de esos personajes, femenino, como casi todos los demás, aparte de la desdichada Ofelia, es la no menos desdichada Elena, la Dama de Shalott. 
El llamado Ciclo Artúrico es muy amplio, y lo mismo bebe de forma más o menos directa de la mitología tardo-céltica, que correspondería, más o menos, a los siglos IV al VI, en que la Bretaña romana es abandonada por las legiones del imperio, y donde los bretones, los celtas parcialmente romanizados y cristianizados -pero que no han perdido su identidad original- intentan formar varios reinos más o menos viables, al tiempo que se enfrentan tanto a las invasiones de pictos -desde la actual Escocia- o celtas de Hibernia -la isla de Irlanda, que como Escocia, o Caledonia, nunca fueron sometidas por Roma- como a las germanas del continente -anglos, jutos, sajones- que, finalmente, acabarían por triunfar, consiguiendo esos pueblos asentarse en territorio bretón, mezclándose con ellos, cristianizándose después, hasta dar a luz un nuevo pueblo: Inglaterra, como de otras fuentes. Por ejemplo, las historias del Santo Grial, del novelista francés Chretien de Troyes, o en la Inglaterra plenamente medieval -reconocible como tal-, la recopilación que realizó Geoffrey de Monmouth, a mayor gloria de los reyes ingleses contemporáneos suyos -y de paso, "unirlos" a los antiguos reyes bretones, que teoricamente gobernaron la isla de Gran Bretaña al completo, e incluso, parte de Francia, defendiendo así el derecho de los primeros a "recuperar" en el continente, como en la isla, todo lo que perdieron sus supuestos antepasados-. Sin embargo, el hecho de que la obra de Geoffrey tuviera tintes en parte políticos, no implica el no reconocer que hizo mucho por salvar unas leyendas celtas que, no por ser de las menos antiguas que dichos pueblos compusieron -y raramente pusieron por escrito-, estaban en menor peligro de ser totalmente olvidadas.
Pero dejando aparte todo ello, que hay para tratarlo como un tema aparte, dicha dama no deja de ser un personaje secundario, casi una pequeña historia formando parte de una mucho mayor, épica, grandiosa, supuestamente histórica. Se trata, realmente, de la triste vida, y la no menos triste muerte, de una joven obligada a permanecer toda la vida en una torre. No podía escapar de allá -no está demasiado claro el por qué, la verdad-, y tenía prohibido mirar hacia Camelot, el castillo y capital de aquel legendario, mítico, reino celta pre-anglosajón y post-romano. Pero un día ve pasar al caballero Lancelot, y se enamora perdidamente de él -tampoco tan extraño, en alguien que no ha podido tener contacto directo con el mundo en su vida-. Elena se ha pasado su corta vida viendo, pues, el mundo, desde una ventana, y Camelot a través de un espejo, mientras trabajaba en su telar, y veía como se le escapaba la vida sin vivirla.
Así que un día, decide abandonar la torre, sin hacer caso de un susurro que le avisa del peligro, que no le importa ya nada, embarca en un pequeño bote hacia aquella ciudad amurallada, donde los caballeros de la Mesa Redonda explicaban sus planes y sus hazañas, en busca de aquel joven amado con el que no había cruzado palabra porque, probablemente, ni sabía de su existencia o, a lo sumo, había oído hablar de ella, pero quizá pensaría que no era más que una leyenda. Como tantas otras.
Elena, la dama de Shalott, sabía que la maldición, fuera lo que fuese, caería sobre ella, pero bien pensado, ¿que sentido tienen vivir sin ilusión, una vida vacía, hueca? Mejor recibir un castigo inmerecido, por duro que fuese. La muerte  no podía ser tan terrible, porque ella siempre permaneció muerta en vida.
Alfred Tennyson, poeta romántico, posterior a Keats, Byron o Shelley, fue el que eligió a esa muchacha, oculta entre tantas páginas y leyendas de reyes, héroes y princesas, y le dio protagonismo en unos versos tan bellos como breves. Y de ellos harían pintores posteriores base para parte de sus mejores y más conocidos cuadros. Elena, como Ofelia, muertas jóvenes, desesperadas y solas, acabarían, años después de que escribieran sobre ellas, alcanzando la inmortalidad.

Waterhouse, más neo-clásico que muchos de los considerados como tales, por su fascinación por la mitología griega, y en particular por "La odisea" de Homero, fue también gran conocedor de las leyendas medievales, y defensor de lo que podría llamarse "Medievo fantástico", que no dejaba de ser un lejano antecesor, una especie de universo alternativo arcaico que se podría considerar la base en que otros se basaron, aunque sólo en parte -también en la mitología nórdica, por ejemplo- para crear obras que son la base de la literatura fantástica contemporánea, desde "El Señor de los Anillos", hasta los relatos de lord Dunsany.

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"La Dama de Shalott", de Waterhouse  (1888), es el cuadro que todo el mundo recuerda cuando se habla del personaje, aparte de la obra más conocida del pintor, y eso que pintó muchas dignas de ser recordadas. No sería la única que realizó sobre el personaje. Sólo hay que observar el rostro de la joven, donde se ve la mezcla de amor no correspondido, que sabe imposible, y de aceptación de la realidad, por cruda e injusta que esta sea.

"Mirando a Lancelot" (1894), fue la segunda pintura que realizó Waterhouse sobre Elena. La joven, observando a su amado por el espejo, que le servía para poder ver Camelot, pues tenía prohibido hacerlo de forma directa, con sus propios ojos.

"I am half sick of shadows, said the Lady of Shalott", que podría traducirse como "Estoy cansada de las sombras, dijo la Dama de Shalott". Sería el tercer cuadro de la serie (1915), y en ella, la joven, más que desesperada, se ve cansada de su vida, aburrida y vacía. Muy probablemente, aquí todavía no sabía de Lancelot.

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El pintor británico George Edward Robertson (1864-1926), fue posterior a los primeros prerrafaelitas. Más bien, fue contemporáneo de la segunda generación -falleció bien entrado el siglo XX-. Pero también él se interesó por el poema de Tennyson, y con toda seguridad, pudo recibir influencia de los primeros artistas de la corriente, como otros artistas de su época. Pero Robertson, considerado por algunos como prerrafaelita, y por otros como un academicista romántico influido por ellos, optó por hacer un retrato distinto: Elena ya está muerta, y su barca, sujetada por un hombre, está barada en un puerto fluvial, donde una multitud la observa y, quizá, se preguntan si es ella la que desde la torre cantaba cada día, como un hada invisible y misteriosa.

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Arthur Hughes también tuvo su "Dama de Shalott", y la pintó en 1873. Por tanto, fue anterior a la primera de las tres que realizó Waterhouse. ¿Por qué, entonces, es menos conocida, por no decir apenas, mientras Waterhouse es considerado el retratista de Elena por excelencia? Básicamente, y las pinturas de uno y otro lo demuestran, porque aunque Hughes era un gran pintor, Waterhouse fue un artista extraordinario. Además, Hughes no le dio gran protagonismo a la dama en cuestión, sino al bosque, y a los aldeanos que se toparon con su cadáver en la barca. Waterhouse, sin embargo, nos la presenta como protagonista única, poco antes de su muerte, enfrentándose a su triste suerte.

Y por último, una de las versiones más coloridas y abigarradas, obra de Holman Hunt, uno de los tres grandes de la Hermandad original. Con cierta influencia oriental -más que una dama celta, o medieval, parece una joven del antiguo Oriente Próximo, pero es que Hunt viajó a Siria y Egipto, y la influencia cultural oriental se acabó notando, en su pintura y en su carácter-, se puede ver tras ella el famoso espejo donde se veía reflejado Camelot. Quizá es el cuadro donde se le ve no sólo más harta de su suerte, sino también más deseosa de acabar con una vida sin sentido. Pura fuerza romántica, que en ocasiones sentía el mismo Hunt.


Y aquí, los versos de Tennyson, que a tantos inspiraron:

La dama de Shalott.

Y en la oscura extensión río abajo
-como un audaz vidente en trance,
contemplando su infortunio-
con turbado semblante
miró hacia Camelot.
Y al final del día
la amarra soltó, dejándose llevar;
la corriente lejos arrastró
a la Dama de Shalott.

Yaciendo, vestida con níveas telas
ondeando sueltas a los lados
-cayendo sobre ella las ligeras hojas-
a través de los susurros nocturnos
navegó río abajo hacia Camelot;
y yendo su proa a la deriva
entre campos y colinas de sauces
oyeron cantar su última canción
a la Dama de Shalott.

Escucharon una tuna lastimera, implorante,
tanto en alta voz como en voz baja,
hasta que su sangre se fue helando lentamente
y sus ojos se oscurecieron por completo,
vueltos hacia las torres de Camelot.
Y es que antes de que fuera llevada por la corriente
hacia la primera casa junto a la orilla
murió cantando su canción
la Dama de Shalott.




lunes, 7 de noviembre de 2016

Los prerrafaelitas (L): Temas y personajes, en ellos y sus contemporáneos (2.-). La huella de Shakespeare.

Resulta lógico la influencia del más importante escritor británico en sus contemporáneos del XIX: Ofelia, y Romeo y Julieta.


La mirada al propio pasado:  Ofelia, reinterpretada una y mil veces. Los amantes de Verona, amor y muerte antes, ahora y siempre.

Hace tiempo escribí una entrada sobre los temas o personajes que podrían verse con más asiduidad protagonizando obras de los prerrafaelitas, fueran o no miembros de la Hermandad. Evidentemente, hay tantos personajes, temáticas tan amplias -se podrían dividir y subdividir los temas en infinidad de capítulos o partes menores- que daría para todo un libro. Sin embargo, estas tres o cuatro entradas más bien serían ejemplos de lo que más parecía interesar a los miembros del movimiento en su conjunto, al menos, de forma no muy exhaustiva. A saber:

-La cultura greco-romana: Donde lo mismo se reproducen los mitos de la antigua Grecia, que los romanos tomarían sin apenas cambios -más allá de los nombres de los dioses, y algunos personajes como Heracles/Hércules, u Odiseo/Ulises-, como se intenta reconstruir su civilización, pintando de la forma lo más fiel posible -para la época, al menos- a personajes y hechos reales -los emperadores Caracalla y Honorio, por ejemplo-, o, simplemente, una visión de Roma, o alguna otra población de aquellos tiempos. A ello, también podría añadirse el interés por otras civilizaciones, como el Egipto faraónico, o la Palestina bíblica -pero de una forma o más veraz posible-. El reducir la Antigüedad a damas griegas o romanas posando, lánguidas, pensativas o con la mente en otro mundo, como si fueran jóvenes victorianas posando para artistas contemporáneos suyos, como pintaron tanto los neo-clásicos, ya no resultaba suficiente, ni para el gran público, ni para muchos artistas, que reclamaban algo nuevo.
Hay que tener en cuenta que, e el siglo XIX, las expediciones arqueológicas, el estudio de lenguas antiguas, o la salida al mercado -y no sólo para expertos, sino para cualquier persona mínimamente culta que se pudiera permitir comprarlas, o leerlas por cualquier otro medio- de gran cantidad de obras sobre los antiguos, a lo que habría que añadir el interés de periódicos y revistas por los sucesivos descubrimientos o hipótesis, hizo que los artistas pudieran contar con mucha más información para que sus obras fueran lo más fieles posibles, dentro de unos límites, a lo que fueron aquellos tiempos. Un historiador actual, con toda seguridad, encontraría en esos cuadros o dibujos muchos anacronismos o errores, pero por lo menos, son más realistas que las pinturas del Renacimiento o el Barroco, donde se ve, claramente, que llos genios de aquellos siglos no tenían idea de cómo eran las ciudades, o cómo vestían los monarcas, soldados o gente del pueblo de la Antigüedad.

-La Edad Media, o leyendas de origen medieval: Porque las princesas y los caballeros, sin duda, siempre resultaron fascinantes. Y como el Medievo no era, precisamente, una época muy atractiva, no había problema para dejar volar un poco la imaginación. Además, en la Edad Media es cuando, se suponía, aparecieron las naciones europeas modernas, así que no sólo había que recuperar y glorificar aquel pasado, sino también, si venía al caso, embellecerlo, o incluso, reinventarlo. Y las leyendas, sin duda, hacían que los orígenes de Inglaterra, o de Francia, Escocia, Alemania, etc., resultaran mucho más interesantes y fácil el identificarse con ellos. El romanticismo, ya a finales del XVIII, comenzó a dar forma a ese nacionalismo, aunque no tomó fuerza hasta bien entrado el siglo XIX, con sus revoluciones y levantamientos nacionales incluidos.

-La literatura, popular o de autores famosos: Aquí se mezclaba el orgullo patrio -sólo a veces-, con la fascinación, a veces casi veneración u obsesión, más que por los autores propiamente dichos -pues a veces eran desconocidos, o pasaban a segundo plano- de ciertos personajes o escenas de tal o cual novela, poema u obra teatral. Y Shakespeare, evidentemente, tenía que ser recordado por cualquier inglés culto. Hay que tener en cuenta que el bardo de Stratford-upon-Avon no fue tan extraordinariamente conocido y admirado, ni en su tiempo, ni en los años posteriores a su muerte, pero a partir de principios del XIX, incluso antes, la cosa cambió. Otro personaje que fascinó, e influyó y mucho en los prerrafaelitas, y en otros pintores británicos, hasta bien entrado el siglo XIX -hasta finales, más bien- fue el poeta John Keats, auténtico héroe del romanticismo británico -junto a Byron y Shelley, el que fue esposo de la creadora de Frankenstein-, y que la mayoría de los prerrafaelitas leyeron y releyeron, aunque fuera otro algo posterior, Tennyson, el que más les inspiró. Pero eso es otra historia, que vendrá después de esta entrada. Y ahora...


Shakespeare en tela: Ofelia, una y mil veces muerta, y sin embargo, inmortal; y Romeo y Julieta, el amor imposible tantas veces contado, y tantas dramáticamente interrumpido.

Ofelia es un personaje de la tragedia "Hamlet", una de las obras más populares de Shakespeare. Resumiendo mucho, esta es un personaje trágico, que se siente enamorada por Hamlet, principe heredero de Dinamarca, que, le recuerdan su padre y su hermano, por su condición de hijo del rey, no es libre de casarse con quien quiera, aparte de que tampoco está claro de que él se sienta atraído por Ofelia. En determinado momento de la obra, Hamlet mata a Polonio, padre de Ofelia, pensando que es otra persona -Claudio, rey de Dinamarca tras la muerte del padre de Hamlet, y que es tío y padrastro de éste-, y Ofelia, en parte destrozada por la muerte del padre, y en parte por el hecho de que sea su amado quién lo matara, se suicida, o al menos, eso es lo que se desprende de las palabras de la reina Gertrude, que cuenta que se ahoga en un río mientras caminaba -o se encontraba- en una rama de sauce, y que, al romperse y caer en él, no parece tener deseo alguno de salvarse, y que parecía estar emocionalmente destrozada y sin ganas de vivir.
Este personaje, tan trágico, prototipo de la doncella enamorada que acaba con el corazón roto, una vida sin salida, y sin interés en vivirla, tan romántica, a pesar de ser personaje de una obra de teatro escrita mucho antes del período romántico -data de entre 1599 y 1601, cuando el Renacimiento ha dado paso ya al Barroco-, llamó mucho la atención, primero de Millais, y más adelante, de casi todos los prerrafaelitas, pero también a pintores, grabadores o ilustradores de otros estilos y escuelas, de no sólo los mejores tiempos de la Hermandad -entre mediados de los 50 del XIX, y los 70, más o menos-, sino bastante más allá, y no sólo en Gran Bretaña, sino también en Francia y otros países. Sin duda, Shaespeare nunca imaginó que un personaje importante, pero claramente secundario de una de sus tragedias podría llegar a ser, más de dos siglos y medio después de que la escribiera, un símbolo de todo un movimiento artístico.


La Ofelia de Millais (1852) es la más famosa. Fue la primera, y también el cuadro más famoso para el que posó Siddal -que le costó una neumonía en una bañera de agua fría, que nunca llegó a curar del todo-. También fue, sin duda, una de las primeras obras, sino la primera, del movimiento prerrafaelita, en hacerse popular, hasta ser, en cualquier antología sobre dicha corriente artística, una de las principales y más representativas.

Esta Ofelia de Arthur Hughes, de 1851 -en realidad, anterior a la de Millais-, fue una de sus primeras obras, y con ella empezó a abrirse camino en el mundo artístico.

Hughes volvería al personaje de Ofelia años después, en 1863. Se puede ver cierto cambio de estilo, y su mejora en la técnica, si bien aquí Ofelia no parece tener, preccisamente, deseos de suicidarse. Aunque, realmente, en la obra tampoco queda completamente claro que pensara en quitarse la vida.

Años después, en 1889, Waterhouse piintó una Ofelia disfrutando de la naturaleza, dando por supuesto, con lógica, que la joven no estuvo siempre ni dolida por no tener a su lado a Hamlet, ni destrozada por saber que, precisamente él, había matado a su padre, aunque fuera confundiéndolo con otra persona -Claudio, rey de Dinamarca, sucesor del padre de Hamlet, en lugar de éste-.

"El primer brote de locura de Ofelia", es una acuarela -no un óleo- de Rossetti, que no podía faltar. Es una obra de sus primeros tiempos -no se sabe exactamente de cuando-, y uno de sus no muy comunes trabajos en que no lo protagoniza un único personaje femenino. 

Y como ejemplo de cómo Ofelia llegó a ser un personaje clásico de la pintura europea del XIX, también fuera de Gran Bretaña, este cuadro del pintor academicista francés Alexandre Cabanel,  que a pesar de no haber tenido -al menos, aparentemente-, influencias del prerrafaelismo, no pudo dejar de retratar, a su manera, a la pobre muchacha, aunque a primera vista, no parece que ésta esté desesperada. Más bien, es alguien que se deja morir, no haciendo nada para evitar ahogarse, pero con una especie de calma envuelta en locura, como si su mente ya no estuviera en este mundo.


Imagino que no es necesario explicar quienes son Romeo y Julieta, los amantes de Verona, y figuras universales del amor imposible con final trágico -¡de cuántos de estos amores habré escrito ya!-. En parte por ser "hijos" de Shakespeare, en aquellos tiempos, ya considerado gloria nacional de las letras británicas, y en parte por su misma naturaleza de amor y violencia entremezclados, no pocos prerrafaelitas, y autores de todas las épocas y nacionalidades -hasta hoy mismo, como quien dice, aunque ya no sea en la pintura, sino en el cine, la televisión, la ilustración, el cómic- decidieron inmortalizarlos, aunque, y al contrario que Ofelia, en general prefirieron hacerlo no retratándolos en el momento tráfico final, o muertos, o uno ya cadáver y el otro desesperado por morir, sino enamorados, pensando, ilusos, que a la larga, el amor acabará triunfando. Cruel, que es el destino.

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La obra de Frank Dicksee, un autor menos conocido a reivindicar, es muy literaria, y de haber vivido en otra época, tal vez  habría demostrado gran influencia cinematográfica. Realmente, la influencia habría sido por ambos lados, pues más de una película o serie, aunque sea de forma indirecta e involuntaria, debe haberse inspirado en alguno de sus cuadros. Como otros, él prefirió retratar el amor, y no la muerte.

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Ford Madox Brown no era prerrafaelita, pero tenía gran amistad con algunos de ellos, como Rossetti y Siddal, y también Millais, y nunca negó que sentía admiración y atracción por las obras de no pocos de ellos. Y aunque es considerado un autor academicista, mucho o poco, algo recibió de los prerrafaelitas. Al fin y al cabo, fue uno de los maestros de Marie Spartali Stillman, miembro principal de la llamada "segunda generación prerrafaelita".

5. La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta, Frederic Leighton, 1855
"La reconciliación entre los Montesco y los Capuleto tras la muerte de Romeo y Julieta" (1855), de Frederic Leighton. Él sí que prefirió retratar a los amantes sin vida, y tras ellos, sus dos familias, separadas por razones políticas -y más adelante, por las muertes provocadas por unos y otros en la familia contraria-, que deciden firmar la paz tras darse cuenta del daño, aunque fuera indirecto, que su estupidez había provocado.


La próxima vez, más. En particular, la influencia no de un personaje de ficción en particular, sino de un autor sólo una generación anterior al prerrafaelismo: John Keats, figura clave de la poesía y del romanticismo británicos.