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miércoles, 19 de abril de 2017

Ziryab, el kurdo que triunfó en la corte cordobesa de Al-Andalus.

Fue el que llevó la cultura de Bagdad al lejano Occidente, y fue toda una institución en la cultura andalusí de su tiempo.


Ziryab, de Mosul a Córdoba, puente entre Oriente y Occidente.

Esta sería una tercera entrada dedicada a personajes de Al-Andalus, sin ser por ello una serie propiamente dicha. Al menos, por ahora. Y esto, entre otras cosas, porque la falta de tiempo me impide dedicarle más de lo que quisiera al blog.
En este caso, se trataría de Abu I-Hassan Ali ben Nafi, o simplemente, como fue -y sigue siendo- más conocido: Ziryab. Su apodo, "mirlo" en árabe, viene por lo oscuro de su piel -y más, en Al-Andalus, donde gran parte de la población, musulmana o cristiana, al tener un origen total o parcialmente hispano-romano o visigodo, su color de piel debió destacar más que en Oriente Próximo, de donde era originario-, lo que hizo que también le llamaran "pájaro oscuro", pues el mirlo, como otros muchos pájaros, también destacan por su trino, y Ziryab, además de excelente músico, también tuvo una hermosa voz, y cantaba muy bien.
A pesar de que los arabistas, y no pocos historiadores, lo han estudiado a fondo, en la vida de Ziryab hay algunas cosas no del todo claras. Se está casi seguro que nació en el actual Irak, muy probablemente en Mosul -¿en 789?-, ciudad que, ya en aquella época, era de población diversa, tanto kurda como árabe y cristiana -los antepasados de los actuales cristianos asirios, aunque en esos tiempos los cristianos eran más numerosos-, aparte de no pocos judíos. Y el hecho de que tuviera una piel algo más oscura que los árabes o los muladíes -musulmanes de origen europeo, converso- hace pensar que debió ser kurdo, un pueblo de raza irania emparentado con los persas o los beluchis. Existe una teoría que dice que, en realidad, Ziryab era de raza negra -o mulata-, y converso, pero eso, aunque posible, resulta no muy creíble, pues los libertos, si eran de origen africano, raramente dejaban de ser gente de condición social muy modesta, y que difícilmente podían progresar en el ámbito de la cultura y el arte -exceptuando, sobretodo, a los eunucos, pero estos, o eran esclavos, o libertos muy unidos a los monarcas o poderosos para los que trabajaban, libres o no-.
De su ciudad natal, marchó de muy joven a Bagdad, capital del Califato -en realidad, el Califato no fue "de Bagdad", pues, al ser único, no tenía más nombre que ese: el Califato, el País del Islam-, y fue discípulo del músico Ishaq al-Mawsili. Como aprendió a tocar y cantar rápido, fue presentado, siendo quizá aún adolescente, al califa Harún al-Rashid -del que se habla, incluso, en no pocos cuentos de "Las mil y una noches", por su fama y poder-, que por lo visto, quedó encantado con él, lo que le permitió vivir en la corte, y ganar fama, dinero, pero también aprender en uno de los grandes centros culturales del mundo entero.

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En este cuadro decimonónico, Ziryab -si es él- es representado como un músico de raza negro, y origen servil -se trataría de un liberto, un antiguo esclavo-, aunque de ser así, se habría sabido algo de su origen africano, o de qué individuo o familia fueron sus dueños antes de ser libre, y el por qué decidieron otorgarle la libertad.

Antes de morir, Harún al-Rashid había dividido el poder entre sus dos hijos: el hijo mayor, al-Amin, sería califa y gobernaría el imperio desde Bagdad; el hermano pequeño, al-Mamun, que era de madre persa, gobernaría el Jorasán, que era el nombre que recibían los territorios iranios más allá del Kurdistán -sobretodo Persia, pero también las tierras de los beluchis, pasthunes, y los que más adelante serían conocidos como tayikos, o los territorios que más adelante serían uzbekos o turkmenos-. Y si fallecía el primero, el segundo podría marchar a Bardad, y gobernar el Califato. Pero parece que al-Amin no tenía interés de que su hermano gobernara el Jorasán como si fuera un estado casi independiente, así que al-Mamun se rebeló, uno de sus generales tomó Bardad, y al-Amin perdió la cabeza. En sentido literal -todo eso, el cambio de califa en el poder, sucedió en 813, cuando el músico rondaba los veinticinco, más o menos-. Mientras, entre tantas convulsiones políticas y militares, nadie se preocupó demasiado en los músicos y cantantes de la corte, y al-Mawsili, celoso, le amargó la vida al jjoven Ziryab, que decidió abandonar Bardad -quizá, el nuevo califa al-Mamun prescindió de sus servicios, o no le hizo demasiado caso, no se sabe-, y marchar a África.
Resultado de imagen de ziryab musicoDespués de vagar por Levante -el Sham, en árabe, que no sólo incluye Siria, sino también los actuales Líbano, Israel y los territorios palestinos, y en ocasiones, también la parte más habitada de Jordania-, decidió emigrar al Emirato Aglabí, con capital en Kairuán, que, desde su centro de poder en la actual Tunez -región conocida como Ifriquiya, que se extendía más o menos por el territorio de la antigua Cartago, y la provincia del África romana posterior-, se había extendido por el este a la Tripolitana -la parte occidental de Libia-, y por el oeste, todo el norte de la actual Argelia -donde vivía, y sigue viviendo, gran parte de la población del país-, además de, por el sur, a zonas semi-desérticas, habitadas por tribus bereberes, muchas nómadas o semi-nómadas, y no siempre totalmente islamizadas, y con las que el emirato tenía malas relaciones, en parte porque algunas de estas tribus practicaban el saqueo o, dentro de su territorio, se rebelaban por la discriminación racial y social -los emires aglabíes, incluso, favorecían la inmigración constante de árabes, de Oriente Próximo y Arabia-.
Pero aquel territorio, emirato independiente de facto -reconocía el poder superior del único califa, y aunque parece que nunca se proclamaron independientes, en la práctica, eran tratados por éste como si así lo fueran-, no parecía atraerle demasiado a Ziryab, y se carteó con el emir de Córdoba -el Emirato de Córdoba, o al-Andalus, sí que era un territorio independiente, pues así lo proclamó Abderramán I, único superviviente de la dinastia Omeya, cuando fue exterminada por los Abbásidas, que los sustituyeron en el gobierno califal, y a los que pertenecían al-Rashid y sus hijos, y que acabaron por reconocer dicha independencia-. El emir, Alhakem I, aceptó sin pensárselo dos veces, pues la fama del músico y cantante se había hecho ya internacional, pero cuando Ziryab llegó finalmente a Córdoba, Alhakem había muerto ya. Sin embargo, su sucesor, Abderramán II, no sólo cumplió con la palabra dada por su padre de acogerlo, sino que le ofreció un palacio y una paga de doscientos dinares al mes -una enormidad para la época-, y todo tipo de parabienes que le significaron una posición en la corte que parecería exagerada, teniendo en cuenta que era un recién llegado al país.


El árbitro de la elegancia. El hombre que sabía de todo.

Ziryab no sólo cantaba y tocaba bien, muy bien. Era exótico, diferente, pero dentro de unos mismos parámetros culturales y religiosos. Un músico llegado de la India, o de China, o la Escandinavia vikinga, por decir algo, quizá habría gustado, pero también habría sido muy posible que resultara demasiado distinto, extraño a una cultura como Al-andalus, donde los árabes y bereberes que llegaron durante la conquista, y en años posteriores, se fueron mezclando con los conversos y sus descendientes, los muladíes, y donde cristianos y judíos -en aquella época, todavía numerosos; fue a partir de los primeros almorávides, y su fanática intolerancia, cuando unos y otros emigraron al norte, a docenas, o quizá cientos de miles, fortaleciendo a los reinos cristianos en todos los sentidos- habían ido aceptando, al menos en parte, la cultura dominante, aparte de un árabe cada vez más dialectal y particular. En pocas palabras, Ziryab trasladó melodías, canciones, estilo, instrumentos, de Oriente, del Sham -Siria y Líbano, principalmente- de Irak -la antigua Mesopotamia, como la llamaban griegos y romanos- y Persia y la antigua Media -más o menos, el actual Kurdistán-, aparte de lo que pudo aprender en África. Tras la independencia del emirato con el omeya Abderramán I, el contacto exterior con otros musulmanes fue, sobretodo, con el Magreb, y lo que sucedía más al Oriente no era muy conocido, más allá -y un poco por encima- de los acontecimientos políticos y militares.

"El jardín de Ziryab", una ilustración medieval donde, se supone, el músico regala su arte a todos los que deseaban escucharle.

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El laúd que tocó Ziryab quizá fuera como éste, aunque él le dio nueva forma, alargando el mástil, y aligerando el peso. No se sabe, realmente, qué forma definitiva tuvo su "neo-laúd".

Añadió al laúd árabe una quinta cuerda -la llamó "la cuerda del alma"-, mejorando su sonido, aunque la idea de que, en cierto modo, fue el inventor de la antecesora de la guitarra española, resulta un tanto discutible -aunque no por eso tiene que ser falsa- Cronistas e historiadores posteriores, y no me refiero a actuales, sino a no muy posteriores a su época -la Baja Edad Media- hablaban sobre dos guitarras españolas: la morisca -del territorio islámico; en aquellos tiempos, quizá sólo el Reino de Granada-, y la latina -la de los reinos cristianos, sobretodo en Castilla, que debía incluir ya más de media Andalucia, además de Murcia, el antiguo Reino de León, etc.-. Esto hace pensar que la "proto-guitarra de Ziryab" tuvo dos "hijas", y que de una de ellas descendería la guitarra española moderna. En caso, claro está, de que fuera cierto que, como se cuenta, redujera el peso, cambiara la forma y alargara el mástil de la especie de laúd árabe que se encontró en España, claro está. Además, cambió el plectro de madera -una pieza de forma triangular, pero con ángulos redondeados, con el que se hacían sonar las cuerdas del laúd y otros instrumentos parecidos-, por uno fabricado con uñas o cañones de plumas de águila, fundó el primer conservatorio de música del mundo islámico, e introdujo en al-Andalus el tipo de canto árabe conocido como nubas.
Pero su memoria, imaginación, inteligencia, y seguramente, posibilidad de importar productos de Oriente, hizo que también fuera popular por la renovación cultural no sólo de la corte, sino de las costumbres de toda la clase dirigente -y de clases algo inferiores que intentaban imitarla- del emirato cordobés. Fue considerado un hombre elegante, con clase, experto casi en todo, que influyó en el vestido, la cocina -¿sabía cocinar? Es de suponer que sí, aunque fuera un poco-, y hasta el mobiliario: desde peinarse con flequillo -antes de él, lo habitual era peinarse con raya, y dejarse el pelo largo a los lados-, hasta recetas de cocina de Bagdad, el uso de manteles de cuero fino -no de tela-, el comer espárragos -aunque se sabe que, entre los romanos, se consumían, por lo menos, desde tiempos de los primeros emperadores- y habas tiernas, y el cambio de las copas de oro y plata, que quizá era herencia de tiempos romanos y godos, por otras de cristal tallado, más apropiadas para degustar el vino y otros licores -porque aquellos musulmanes, al menos una parte de ellos, no tenían problema alguna de beber vino; incluso, la España musulmana fue exportadora de vinos de calidad-. Otra costumbre que introdujo fue algo que hoy en día parece tan lógico como un orden a la hora de servir los platos, empezando por los entremeses, y acabando con los postres. Fue algo así como el introductor en Occidente -o re-introductor, tras los romanos- de la carta de platos.
Si es cierto que con él trajo supersticiones persas como el miedo al número trece, o a los espejos ratos, no está del todo claro, pero sí puede resultar posible. Al fin y al cabo, su cultura era tan persa como árabe, él era kurdo, y todo aquello empezó a hacerse popular al poco de su llegada a Córdoba.
Se podría decir que nunca hubo un sólo individuo que, sin ser ni gobernante, ni filósofo, teólogo o riquísimo mercader capaz de traer al país todo tipo de productos extranjeros, llegara a influir tanto en la cultura, el arte y las tradiciones de todo un estado y una sociedad, la del Emirato de Córdoba, que, además, era en su momento uno de los más avanzados y cultos del mundo.
Ziryab falleció en 857, en Córdoba, su patria de adopción, y aunque no se sabe dónde puede estar enterrado, tiene allá un monumento que recuerda su cultura, influencia y genialidad.
En 1990, el músico Paco de Lucía publicó un disco, "Zyryab" -también se acostumbra a escribir así su nombre- dedicado al genio multidisciplinar. 

El monumento dedicado en Córdoba a Ziryab, donde un pájaro -¿un mirlo negro?- se posa sobre un laúd por el transformado en el posible antecesor de la guitarra española moderna.




miércoles, 10 de agosto de 2016

Los amantes de Hasanlu: aparentemente, tan vivos como hace veintiocho siglos.

Un descubrimiento arqueológico que no cambiará la visión de la historia, pero sí demuestra que la gente no ha cambiado tanto a lo largo de esta.


En un rincón del noroeste de Irán, parece que hubo una pareja que mucho se amó.

Esta es la pequeña historia de un descubrimiento arqueológico, acaecido en el asentamiento arqueológico de Teppe Hasanlu, cerca del pueblo del mismo nombre, Hasanlu -aunque no he encontrado la traducción de teppe, probablemente hace referencia, en turco o azerí, una lengua túrquica muy parecida a este, a una colina artificial, bajo la cual existe una población o gran edificio enterrados-, en el valle de Solduz. ¿Y dónde se encuentra eso? En el Azerbaiyán iraní, en el noroeste de Irán, al sur del Azerbaiyán independiente y ex-soviético.
Se trata de dos esqueletos humanos, un hombre y una mujer, más o menos de la misma edad, y también, se señala, de la misma altura. Pero en realidad, o que llama más la atención es el cómo se encuentran colocados en lo que sería su tumba. Están abrazados, como dos amantes que saben que les espera una muerte segura, y que les llegará a ambos más o menos a la vez, ocultos, pero también, seguramente, prisioneros del destino, de la tierra que no les deja ir, o de algún tipo de peligro que no les permitía saliri al exterior. Se diría, incluso, que ella muere sobre el hombro de él, o que lo último que hicieron vivos fue besarse para despedirse para siempre. O para reencontrarse en otro lugar, sin guerra ni violencia.De todo ello, viene el nombre que los arqueólogos, la prensa, y finalmente cualquiera que conozca su historia, le pusieron: "Los amantes de Hasanlu".
El par de esqueletos fueron encontrados en 1972, y se piensa que debieron morir en el 800 a. C. En aquellos tiempos, el llamado -por los historiadores y arqueólogos, no por los que vivieron aquella época, se entiende- Nuevo o Tercer Imperio Asirio había llegado a su máxima expansión, pero también estaba muy cerca su fin, ante la invasión de los medos, y la rebelión de los caldeos, o sea, de Babilonia. Sin embargo, aunque no se sabe bien hasta donde llegaron las fronteras asirias, y que debió ser más lejos de lo que en principio se pensó, cabe dudar de que llegaran a conquistar un territorio tan alejado como el actual Azerbaiyán iraní, demasiado al este para que las tropas asirias hubieran llegado. A menos que se tratara no de una invasión conquistadora, sino de una expedición de castigo, para debilitar un enemigo demasiado poderoso para ser sometido.
Y respecto a la razón por la que ambos jóvenes debieron morir... todo es un misterio, conjeturas. Es posible, dicen algunos, que se escondieran allá huyendo de la destrucción de la población donde vivían, y que bien un hundimiento de la tierra, o la imposibilidad de salir, hiciera que quedaran sepultados, y al darse cuenta de ello, se abrazaran y esperaran el momento final lo más unidos posible, aunque no hay nada que demuestre que pudieran -o supieran, o quisieran- darse muerte voluntariamente, para así fallecer ambos al mismo tiempo. Es de suponer, por lo demás, que debieron morir por falta de oxígeno, y la diferencia entre el fallecimiento de uno y otro sería escasa. Otros creen, sin embargo, piensan que aquello, más que un escondite improvisado -y finalmente mortal-, fue un lugar donde huyeron de algo, o de alguien, por no poder vivir junto y en paz sobre, y no bajo la superficie de la Tierra. Es ahí, donde sí se cree que pudieran haber muerto al mismo tiempo, y, seguramente, tras haber injerido algún tipo de veneno -y al no haberse encontrado recipiente alguno, tal vez dicho brebaje lo consumieran antes de llegar allá-. 
Si fueron unos antecesores de Romeo y Julieta, o de Alí y Nino, o de Mem y Zîn, de los que también escribí en su momento, o si se trató de una pareja que sí pudo amarse a la vista de todos, pero que sufrieron la devastación de la guerra -tal vez, por la región y la época, más que una expedición asiria lejos de su territorio, una de conquista por parte de los cada vez más poderosos medos, preparándose para el asalto final a Nínive y Assur-, seguramente nunca se sabrá. Pero algo sí es cierto: aquellas dos personas fallecieron juntas, y en brazos la una de la otra. No les sirvió para salvarse, o para vivir como ellos habrían querido, pero hasta la hora de partir, estuvieron al lado del ser más querido.

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"Los amantes de Hasanlu", según una fotografía del Museo Penn -Museo Arqueológico de Pennsilvania-.

Donde se encuentra Hasanlu -más al este, pero paralelo a la ciudad palaciega de Nimrud, en Asiria-. En aquellos tiempos, la región debía estar en manos de los medos, o bien estaba a punto de ser sometida por ellos.



sábado, 9 de enero de 2016

Persépolis, la capital de los Aqueménidas, dueños del mundo antiguo.

El pasado y presente de la ciudad palaciega desde donde los soberanos persas gobernaban multitudes y enormes territorios.


La capital del primer imperio que aspiraba a ser universal.


Persépolis, hoy en día, es más conocida por dar nombre al cómic -y posterior película- de Marjane Satrapi, que por haber sido, hasta hace unos  veintitrés siglos, la capital del mayor imperio que existió en su momento, hasta que fue conquistado en su casi totalidad por Alejandro Magno. Persia, como estado mundial, empezó con Ciro II, que también fue llamado el grande, como Alejandro, el hombre que realizó la hazaña de adueñarse de él en cuestión de unos pocos años. Y a saber dónde habría llegado, en caso de no haber muerto con apenas treinta y tres años. Fue él mismo, que respetó otras ciudades, mucho más antiguas, el que, precisamente, acabó con Persépolis. Pero mejor empezar por el principio.
Por usarse, en Occidente -y con toda seguridad, también en gran parte del mundo donde alguien la conozca-, ni tan siquiera se usa su nombre real: Pars. Persépolis es un nombre griego, y significa, simplemente, ciudad persa -o de los persas, según como se quiera traducir-. Sin embargo, a partir de Pars, los griegos, y después todos los occidentales, acabaron usando el nombre de Persia para referirse al país, y persa para su lengua y sus habitantes. En el idioma de éstos, su país se llamaba Fars, y su lengua farsi. Pero desde que Reza Khan, el primero de los dos únicos shas de la dinastía Pahlevi, cambió el nombre de su tierra por el de Irán -país de los arios-, Fars pasó a ser sólo el nombre de una provincia. Justamente, donde nació Persia, como pequeño reino vasallo del Imperio de los Medos -no se sabe bien si dependiente pero con cierta soberanía, o como un territorio autónomo, pero incorporado al imperio-. Ciro II, el Grande, fue el que no sólo sometió Media, sino también el Nuevo Imperio Babilonio, Lidia, a los pueblos al este y norte de Persia y Media. Si no conquistó también el Egipto Saita -lo hizo su hijo Cambises- fue, simplemente, por falta de tiempo.

Los estados que sometió Persia. En amarillo, el Imperio Medo, donde Persia debía ser, o un territorio autónomo gobernado por una dinastía autóctona vasalla -los Aqueménidas-, o un pequeño reino independiente, pero con soberanía limitada. En verde, el Egipto de la dinastía Saita -la última autóctona que tuvo el país, excepto algún período de independencia muy corto, tras rebeliones contra los persas-. En rosa, el nuevo Imperio Babilónico, donde gobernó Nabucodonosor II, y sometió Israel. Y en naranja, el reino de Lidia, muy helenizado, gobernado por soberanos tan ricos como Midas y Creso -sus nombres serían sinónimo de riquezas fabulosas-, y donde, como no, se cree que se empezó a usar por primera vez monedas. Ciro y Darío, además, someterían a muchos pueblos de Oriente -indios, partos, sogdianos, bactrios- y el sur del Cáucaso -armenios, albaneses de lo que ahora es Azerbaiyán-, a Cilicia -sur de Anatolia-, a los griegos de Jonia -oeste de Anatolia, frente al Egeo-, y en Europa, a Tracia -o al menos, la zona costera- y Macedonia -por muy poco tiempo-.

El Imperio Persa en su máxima extensión -con Darío I-. Además de las satrapías, o provincias, existían estados o pueblos vasallos, como varias confederaciones tribales árabes, o, al sur de Egipto, los kushitas -o nibios- más septentrionales y "egipcianizados". En un gran frisio de la Apadana, donde se ve un larguísimo desfile de pueblos del imperio, también aparecen, tanto kushitas, como árabes, lo que demuestra que, aunque no formaran parte íntegra de él, sí tenían gran dependencia. No se sabe si los Aqueménidas llegaron a tener influencia política intensa en el sudeste de Arabia, en lo que ahora serían Oman y los E.A.U, que ellos llamaban Maka, aunque sería muy posible.

Pero Cambises murió, tal vez asesinado, tal vez por mala suerte, mientras intentaba acabar con una sublevación -tal vez, más bien, un intento de golpe de estado-, y el poder pasó a Darío I -¿un primo lejano suyo, de la misma dinastía?-, que decidió comportarse como un auténtico rey de reyes, el título de los soberanos Aqueménidas -dinastía de la que se sentía no sólo parte, sino orgulloso de ello-. 
La historia del Imperio Persa Aqueménida sería larga de contar aquí, por eso es, que tan poco he hablado de ella -se podría, sí, pero como es debido-, así que paso a centrarme en una de sus capitales. Las otras fueron Susa, al este de Mesopotamía -antiquísima; los sumerios ya la sometieron y combatieron contra ella-, Ecbatana -antigua capital de los medos-, Pasargada -fundada por Ciro el Grande, y con un carácter más ceremonial- y Persépolis, si bien Babilonia también tuvo gran peso tanto económico como político y administrativo. Esta última, lo fue por Darío I, que la creo con el deseo de que fuera una ciudad palaciega. O dicho de otra forma, el lugar donde, al menos parte del año, viviría el rey de Persia, rey de reyes, junto a su familia, su harén, sus consejeros, y una guardia escogida -con toda seguridad, parte de los famosos "inmortales", cuerpo de élite de su infantería, aunque seguramente también habría caballería, arqueros...- y, no hay duda, considerable.
Como era de imaginar, Persépolis, o Pars, tendría que ser imponente, aunque el número de sus habitantes -incluyendo todo tipo de servidores, libres o esclavos, funcionarios o soldados- fuera sensiblemente inferior a cualquier otra gran ciudad de tan vasto imperio.


Reconstrucción del palacio de Darío I, y su área circundante, formando todo ello la llamada Apadana.


Crecimiento y  fin de la capital del imperio.

Darío I decidió, en el 512 a.C, iniciar la construcción de Persépolis. Probablemente, él, orgulloso de ser un Aquémenida más que sus antecesores -tal vez, por ser parte de una rama secundaria de la dinastía-, decidió que debía dejar un legado no sólo de conquistas territoriales -no tan enormes como las de Ciro, ni tan ricas como el Egipto sometido por Cambises, pero Macedonia, la Tracia, y algunas zonas fronterizas al este tampoco es que fueran poca cosa-, sino también monumental. Si Ciro había iniciado la construcción de Pasargada, en pleno territorio étnicamente persa, él, algo más al sur, fundaría Pars, la ciudad de y para los reyes. Más adelante, sus descendientes irían ampliándolo, como un Versalles de la Antigüedad, haciendo, además, que algunos de los nuevos edificios llevaran el nombre, o sobrenombre, del monarca responsable de su construcción. Jerjés I -el que luchó y fue derrotado por los griegos en Salamina y Platea, tras la famosa batalla de las Termópilas contra los espartanos- fue el que tuvo más posibilidades de engrandecer la ciudad, debido a que Persia, en sus tiempos, todavía seguía siendo la primera potencia mundial -la China de los Zhou, en aquella época, era más bien un mosaico de pequeños reinos que tenían cada vez más autonomía, dejando a la dinastía imperial gobernar sólo un pequeño territorio en el centro del supuesto imperio unido-. Los descendientes de éste -los tres Artajerjés, del primero al tercero, con Darío II de por medio, pues el cuarto fue un gobernante casi testimonial- significaron la decadencia del imperio, a medida que los egipcios no sólo se levantaron contra los persas, sino que, incluso, consiguieron ser un estado completamente independiente durante largos períodos de tiempo. Además, hubo guerras civiles -el levantamiento de Ciro el Joven, y todo tipo de rebeliones de sátrapas, que soñaban con independizarse del poder central-, y lo mismo Persia intervenía en los asuntos griegos -siempre enfrentándose entre ellos-, como los contrataban como mercenarios, llegando a ser casi árbitros a la hora de saber quién gobernaba en el imperio o las satrapías, o si alguna de ellas -sobretodo Egipto- lograba o no la independencia definitiva.

Restos de las tumbas de varios reyes persas, que también fueron enterrados allá.

Columna en forma de caballo. La caballería no tenía entre los persas la misma importancia que tendría más adelante entre los partos, cuando dominaron y gobernaron Persia -ellos eran un "pueblo del caballo, básicamente nómada hasta el dominio persa-, pero sí era un animal estimado y admirado. Con toda seguridad, los persas también debieron tener, no mucho antes de tiempos de Ciro II, un pasado de pueblo nómada, donde el caballo era parte vital de su sociedad.

Darío, muy probablemente, mandó edificiar Pars en un lugar ya habitado, aunque a él no le interesaba verse rodeado de multitudes con residencia habitual, sino empezar casi de cero. A lo largo de su largo reinado, se edificaron la terraza -la zona allanada, urbanizada y "peatonizada"-, los palacios, y la cámara del tesoro. Claro está, también se levantaron las murallas, y con toda seguridad, en el interior de éstas habría todavía un amplio espacio por urbanizar, y edificios proyectados que levantar. De cuando empezaron las obras de cada edificio, poco se sabe, pero las fortificaciones ya iban a buen ritmo en época temprana, tal vez sólo dos o tres años después de que se empezara a limpiar y allanar el solar de los primeros trabajos de edificación.
Jerjés I, que a pesar de sus problemas y derrotas frente a los griegos, fue un soberano poderoso, hizo levantar la llamada Puerta de todas las Naciones, que como su nombre indicaba, daba paso a los palacios donde residía el rey de reyes, el soberano de gran parte del mundo conocido -al menos, conocido por ellos-, el Hadish, y que debió ser impresionante.  Su hijo, Artajerjes I, no sólo no hizo disminuir el ritmo constructivo, sino que probablemente hizo llamar a un número mayor todavía de artesanos -quizá por el 460 a.C.-, probablemente, porque si bien las murallas y otros edificios no especialmente artísticos ya estaban acabados -aunque siempre había necesidad de reparaciones, o de ampliación de lo ya realizado-, tendría un mayor interés en embellecer el recinto. Además, contaba con artistas de todo tipo de culturas, miembros de numerosos pueblos, cada uno con una personalidad propia, y que podían aportar, también, un arte distinto y único: fenicios, sirios, egipcios, lidios, carios, judíos, griegos -los de Chipre, y sobretodo, los de Jonia, las colonias griegas de la parte occidental, frente al Mar Egeo, de Anatolia-, medos, armenios... Trabajadores, y no sólo los artistas o los más especializados, sino también albañiles, peones y otros obreros no especializados, que no eran esclavos, ni tan siquiera -a no ser en algún momento muy determinado- prisioneros de guerra, sino hombres libres. Algo, en aquellos tiempos, realmente extraño, lo que hace pensar que en el Imperio Aqueménida, aunque existía la esclavitud, así como la servidumbre -trabajadores aparentemente libres, pero en una situación social no muy superior a la de los auténticos esclavos-, no era una sociedad básicamente esclavista, como tampoco debía serla la civilización china contemporánea suya.
Sobre si los problemas políticos, económicos o bélicos impidieron nuevas obras, no hay gran cosa completamente demostrada -pocos documentos hay; los datos son casi siempre a partir de fuentes griegas, o incluso romanas, que en no pocas ocasiones eran de segunda mano, copiadas u oídas de los helenos-. Sin embargo, hay algunas pruebas que demuestran que sí, que hubo obras hasta prácticamente la caída del imperio bajo los soldados y caballería de Alejandro, pues se han encontrado una puerta -tal vez de un palacio de Artajerjes III, uno de los últimos reyes persas- que no había sido finalizada
.

Un león atacando un toro. Un ejemplo de los relieves de Persépolis. Ambos animales ocupaban un espacio principal en la mitología persa.

Los leones alados -y barbados- son, claramente, de influencia babilonia-asiria, pues en Persépolis trabajaron numerosos artistas y obreros de todo el imperio,  y allá, más que en ningún otro lugar, se fusionaron las influencias culturales de todos los pueblos gobernados por los soberanos Aqueménidas, pues los persas apenas tenían arte propio. Y todavía menos, un arte realmente monumental.


Una antigua fotografía de las ruinas de Persépolis, datada en 1923.

Antes de su destrucción, la ciudad debió ser imponente, con sus palacios, la Apadana -la sala de audiencias construida por Darío, y utilizada por sus sucesores, que incluía su propio palacio, escaleras, y una sucesión de figuras grabadas en la parte externa de dichas esaleras, donde se representan a todas las naciones dominadas por los persas-, los bosques de columnas, estatuas de leones y toros, frisos con combates contra fieras, soldados, monarcas o batallas, o inscripciones en persa antiguo -normalmente, reproduciendo con exactitud las palabras de los mismos reyes persas, sobretodo de Jerjés I-... todo aquello no sólo se construyó a mayor gloria de los soberanos que allá vivían parte del año, sino también para admiración de los visitantes. Sobretodo, para los embajadores de esa "puerta de las naciones" que hizo construir Jerjes.


Alejandro, protector de las ciudades antiguas, destruye Persépolis.

En 330 a.C., Alejandro llega a Persépolis. Allá, saquea los palacios, y se instala temporalmente, donde, aparte de celebrar fiestas y victorias con sus comandantes, proyecta nuevas expediciones, y cómo iba a conquistar lo que quedaba del Imperio Persa. Entre otras cosas, deseaba capturar con vida al rey persa, Darío III, aunque finalmente no podría hacerlo, por ser asesinado por algunos sátrapas que, a cambio de, supuestamente, hacerle un favor al conquistador macedonio, esperaban que él les permitiera gobernar sus territorios como reinos independientes -algo, que por lo demás, no les sirvió de nada, pues Alejandro los exterminó, y le dio a Darío un entierro digno de lo que era, un gran rey-.
Pero tras el primer saqueo, el conquistador del mundo ordenó hacer algo que, desde el mismo día en que aconteció, ha hecho que los historiadores del futuro -empezando por los mismos griegos- se hicieran preguntas de el por qué, y el cómo. Una noche, hizo quemar el palacio de Jerjes, y muy probablemente, gran parte, si no toda, la ciudad de Persépolis. En principio, no pocos cronistas helenos quisieron "disculpar", por decirlo así, al gran Alejandro, argumentando que estaba borracho y medio enloquecido, tras una de sus fiestas salvajes, y que, por decirlo así, no sabía lo que se hacía. Sin embargo, desde el principio, también hubo otra versión, que historiadores posteriores han encontrado como mucho más probable y lógica: Alejandro no hizo destruir las ciudades antiguas, como Babilonia, Susa, Sardes, Ecbatana, etc. ¿Por qué sí Persépolis? Simplemente, porque representaba el poder no sólo de la dinastía Aqueménida, sino de los persas como pueblo. Él, el macedonio, rey de un pequeño y atrasado reino del norte de la Hélade -en realidad, muchos griegos ni tan siquiera consideraban a los macedonios, como tampoco a sus vecinos occidentales, los epirotas, como auténticos helenos, sino más bien como reinos helenizados, o semi-griegos, como mucho-, que comandaba un ejército greco-macedonio no muy superior en número al de mercenarios del mismo origen que los persas o egipcios contrataron en tantas ocasiones, había destruido el poder militar y político de los que, en otra época, quemaron Atenas, y amenazaron con apoderarse de Grecia antigua. No sólo vengaba derrotas y destrucciones del pasado, sino que demostraba que los helenos, juntos, habían acabado para siempre con el enemigo oriental, ahora transformado en parte de un imperio que crecía a ojos vista y que, si Alejandro hubiera tenido tiempo y posibilidades, habría englobado el mundo entero. Había, pues, que destruir ese símbolo de poder e independencia de los persas y, en general, de los pueblos orientales -los medos, sogdianos o bactrios, que pudieran considerarse mínimamente unidos a ellos-, porque, en ese momento, con él, empezaba un mundo nuevo, con una cultura dominante distinta. Por tanto, ni estaba bebido, ni enloquecido, ni mostró más adelante arrepentimiento alguno. Aquello fue un plan de hondo calado político muy bien planificado.

Alejandro Magno, destructor de Persépolis. Teniendo en cuenta su esfuerzo en proteger otras grandes ciudades del saqueo sistemático, como Susa o Babilonia -otra cosa fue la fenicia Tiro, que sí fue arrasada, pero porque se le resistió con enorme energía-, parece extraño que hiciera quemar la capital palaciega. Pero realmente, resulta comprensible: era el símbolo del poderío persa, que él pretendía sustituir por el greco-macedonio.

Hay algunas pruebas que demuestran que la ciudad todavía fue habitada durante bastante tiempo, porque es de suponer que, a su alrededor, había granjas y campos cultivables, y viviendas para soldados, funcionarios, etc. Por mucho que se destruyera, y aunque ya no tuviera importancia política de relevancia -a lo sumo, capital provincial-, todavía debieron quedar suficientes edificios intactos, o material para construir nuevos, como para que allá pudiera vivir bastante gente. Sin embargo, durante los siglos de dominación primero griega -el Imperio Seleúcida, gobernado por los sucesores de Seleuco, uno de los generales de Alejandro que consiguió apoderarse de parte importante de su imperio-, y luego parta, fue a menos, hasta que su nombre, en tiempos de la dinastía Sasánida -éstos, al contrario de los partos, auténticos persas, y muy nacionalistas y anti-romanos, además- se fue perdiendo, hasta acabar sumida en el olvido, como si hubiera sido sólo una leyenda.


La ciudad vuelve a la luz.

Durante mucho tiempo, el nombre de Persépolis fue casi leyenda, y el de Pars, olvidado. Los gobernadores Sasánidas le dieron una importancia más bien pequeña, a aquel montón de ruinas, ya medio ocultas por la arena. A lo sumo, era un lugar fantasmal, donde se levantaban misteriosos bosques de columnas -"la ciudad de las cien columnas", la llamaban; después, sólo "de las cuarenta", lo que hace pensar que cada vez se reducía más lo que todavía se levantaba en pie-. Aunque hubo algunos viajeros o estudiosos occidentales -portugueses, españoles, franceses, italianos...- que debieron pasar por allá, hasta la década de los cuarenta  del siglo XIX, no se empezó a estudiar con atención las ruinas -los franceses Flandin y Coste, aunque básicamente se limitaron a visitarlas y a hacer una labor descriptiva, y a hacer dibujos y anotaciones varios-, si bien fue el gobernador Mirza de Fars, quién se tomó realmente en serio el realizar unos trabajos de arqueología a gran escala. Pasaron estudiosos, historiadores y, sobretodo, arqueólogos de carrera, de Francia, más tarde de Norteamérica -aunque realizadas por alemanes-, hasta que los mismos iraníes se lo tomaron como algo propio.

Una imagen -seguramente retocada- de las ruinas de Persépolis en una noche de luna llena.

Un suplicante ante el rey Darío I.

Sin embargo, fue un sha, un nuevo emperador, el último que tuvo Persia -llamada ya Irán, hasta la fecha-, quién decidió que las ruinas de Persépolis debían de ser recuperaas en su totalidad. Pero no por auténtico conocimiento de la historia del país, sino por pura propaganda política y nacionalista, y fortalecimiento de su poder. El sha Reza Pahlevi decidió celebrar allá, en 1971 el 2500 aniversario de, se supone, comienzo de la monarquía persa -haciendo cálculos, imagino que suponía que, más que al primer monarca, quería hacer referencia al primer emperador, o rey de reyes, Ciro II el Grande, creador del imperio multinacional-. Tras la revolución, los más fanáticos del régimen teocrático desearon -realmente, intentaron hacerlo- destruir la totalidad de las murallas, a base de excavadoras y masas de radicales, pues no deseaban que existiera en el país un ejemplo de grandeza política y cultural anterior a la implantación del islam en el país, pero el gobernador de Fars, así como los habitantes de la provincia, que no soportaban la idea de que la ciudad renacida y salida otra vez a la luz dejara de existir por la locura de unos pocos, y se interpusieron entre las ruinas y los fanáticos, hasta que el gobierno iraní entró en razón, y decidió proteger un patrimonio que era de todos, y no sólo de los iraníes.

Reconstrucción de la Apadana, según el arqueólogo y dibujante francés Charles Chipiez.

El ser considerada Patrimonio de la Humanidad le da un realce, y una obligación de protección nacional e internacional de la que antes no disfrutaba, aparte de impedir obras de reconstrucción que, en manos de según quién, podrían ser, como mínimo, discutibles -el caso de Babilonia, "reconstruida" en tiempos de Sadam Hussein sería un ejemplo cercano en lo geográfico-. Pero el hecho de que la República Islámica no es, aún hoy en día, un destino turístico reconocido, hace que todavía sea poco conocida como espacio monumental a visitar, aunque nunca se sabe, qué puede guardarle el futuro.
Persépolis ha estado esperando siglos para volver a enseñar, al menos, una pequeña muestra de su grandeza. Unos cuantos años más no deben ser nada para ella.  

viernes, 10 de abril de 2015

La historia de la humanidad según Milo Manara: Poder, Sexo y violencia.

El genio italiano del cómic erótico realizó una obra en que retrata la especie humana de forma tan cruda como realista.


Milo Manara es, como ya se ha dicho, un genio del cómic erótico, tanto en Italia, como a nivel mundial. Como guionista, no se puede decir que sea de lo mejor -aunque tampoco de lo peor, comparado con otros-, pero si encuentra una idea a realizar, o cuenta con un guionista asociado de calidad -como Hugo Pratt, por ejemplo, es capaz de realizar auténticas maravillas. Y en caso de no ser así, al menos desde el punto de vista gráfico, pues también. 
En 1999 realizó un trabajo, llamado "Bolero", que, por lo que he podido encontrar en internet -y si no ando equivocado, porque no me he entretenido en buscar traducción del original en italiano-, se trata de un álbum de forma apaisada, sólo gráfico -sin texto, para entendernos- donde en una serie de láminas se observa como un homínido, todavía más bestia que humano, se va "civilizando", haciendo avanzar -o no- la especie en base a tres motores principales: el poder, el sexo, y la violencia; esta última, como herramienta para conseguir, en no pocos casos, los dos primeros. Claro está, hay mucho más, en la historia humana, pero cuando se lee un libro de historia, y dejando aparte el sexo -que, en casi todas las culturas, prácticamente desaparece a la hora de realizar estudios de "ciencias sociales"-, la violencia y el poder, la esclavitud y el exterminio, ocupan un espacio preocupantemente -y en muchos casos, tan excesivo como aburrido- grande, muy grande.
Como, por lo que creo haber visto, no se publicó en España, ni en muchos otros países fuera de Italia, y debido a que realmente ocupa poco espacio, la obra ha sido colgada en internet en varias webs, así que, al sentirme desde el primer momento atraído por el trabajo de este hombre, que reconozco conocer más bien poco -mucho menos que el de cualquier otro autor de cómic del que he escrito en el blog- decidí reproducirlo al completo.


Dibujo
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La historia de la humanidad según Milo Manara.
Dibujo

Por cierto, el individuo entrado en años, trajeado y calvo, con una televisión detrás suyo, y una joven tan ligera de ropa como, muy probablemente, también de intelecto, que se contornea delante suyo, sin duda no deja de ser un ejemplo del "nuevo poder", con gran apoyo audiovisual -sobretodo cuando dicho poder está en manos del poderoso en cuestión- de estos tiempos: Il cavaliere Silvio Berlusconi.

viernes, 7 de marzo de 2014

La epopeya de Gilgamesh.

El primer relato de ficción escrito de la historia.


Hacía tiempo que no escribía algo que tuviera, aparte de una base literaria, también histórica, así que me he decidido a comentar un libro, o más bien una historia, y el análisis de ésta, que hace bien poco que he podido leer: "La epopeya de Gilgamesh", que, como indica el subtítulo, es el primer relato de ficción que nos ha llegado de forma escrita, porque, es evidente, debieron existir, a lo largo y ancho del mundo, muchos otros inventados por seres humanos de otras culturas, además de la sumeria, de la que dicha historia proviene, pero, o no nos ha llegado, o lo ha hecho, pero después de tantas transformaciones, versiones, y cambios después de pasar de boca en boca, que nos resultarían totalmente irreconocibles si llegáramos a compararlos con lo que actualmente podríamos leer. De tal forma, relatos que forman parte de la Biblia, o de leyendas y obras chinas o indias, aunque puedan tener raíces antiguas en extremo -incluso, prehistóricas, neolíticas-, serían más modernas que el Gilgamesh, debido a que han ido mutando, hasta transformarse en otra cosa, o en parte de obras posteriores. 
Pero es mejor no extenderse en el preámbulo, y explicar, tanto la historia en sí misma -no creo que se pueda hablar, aquí, de spoiler, o como se quiera llamar el destripar el final de relatos, películas, o lo que se tercie, tratándose esto, más que un comentario literario, de uno histórico y, casi, de arqueología literaria-, como la época -o épocas, debido a sus diversas versiones, aunque conservando siempre la base y los personajes-, como el estilo.


Un héroe, en absoluto perfecto e ideal, cuya voz llega desde lo más profundo de la historia humana.

Sumer, o Sumeria, fue, muy posiblemente, la primera civilización auténticamente histórica de todas las que ha dado la especie humana. Y es tanta su antigüedad, que ni tan siquiera es posible, realmente, saber cuando deberíamos empezar a datarla. Y, aunque no quiera hacer de esta entrada un repaso de toda su existencia, no puedo dejar de hablar de ella, aunque sea muy por encima, pues, desde la infancia, en que empecé a leer, y a aprender por mi cuenta, historia de las distintas civilizaciones, Mesopotamia me llamó la atención, e intenté saber hasta donde llegaban las raíces culturales de los famosos babilonios y asirios, y, finalmente, encontré que todo empezó en el sur y el centro del actual Irak, hace más de cincuenta siglos -tal vez, unos 5.400 años, aunque nada es seguro-. Allá aparecieron las primeras ciudades -ciudades-estado, que raramente fueron capaces de crear una estructura de estado mayor, aunque en los últimos tiempos, como un canto de cisne, y por influencia de los semitas que formaron el Imperio de Akkad, el primero de Mesopotamia, hubo urbes, como Ur, que sí lograron la unificación casi plena de Sumeria-, con ellas, la estructura estatal, con sus funcionarios, hombres de armas, contabilidad -y con ella, la escritura, que durante mucho, no dejó de ser para ellos un invento secundario-, una religión estructurada y con enorme poder -se cree que estas ciudades, durante siglos, al menos algunas de ellas, fueron auténticas teocracias, donde el soberano era más un gran sacerdote que un auténtico monarca, o enki-, y, finalmente, auténticos reyes, o lugal que dirigieron el crecimiento de dichas urbes, levantaron murallas, palacios, e imaginaron -y llegaron a cabo- lo que ahora llamaríamos planificación urbana, amén del comercio interior y exterior, la manufactura, la navegación...

Restos de la ciudad de Uruk, la primera ciudad sumeria en lograr un gran poder militar y político.

Reconstrucción del palacio real y del centro de Uruk, en tiempos de Gilgamesh o no mucho tiempo después, cuando era la ciudad más grande del mundo.

Es evidente que una civilización como esta, que desarrolló las matemáticas, la astronomía -y la astrología, que en aquella época venían a ser lo mismo-, y que inventó la rueda -menos antigua de lo que podría pensarse-, a la larga, debía producir mentes lo suficientemente avanzadas y fértiles -y con el suficiente tiempo libre- como para, además de salmos y cánticos religiosos, o canciones y refranes, fuera capaz de imaginar algo más, desde un punto de vista literario. Y más, cuando tenían a mano una escritura, un alfabeto, aunque fuera tan complicado como el cueniforme -llamado así, por estar formado por pequeñas cuñas que se unían formando multitud de letras, que llevaron de cabeza a generaciones de arqueólogos y lingüistas-; ya que habían conseguido lo más complicado, la escritura en sí misma -en principio, básicamente números, pues su mayor servicio y uso consistía en dar a conocer, y dejar constancia, de las entradas y salidas de productos por compras, donaciones, impuestos...-, era lógico que, antes o después, ésta fuera utilizada para poner por escrito lo que las más fértiles de sus mentes eran capaces no sólo de recordar, sino también de reinventar y, finalmente, de imaginar de principio a fin. Gilgamesh, por lo demás, no es un personaje ficticio. Al menos, no del todo. Él fue uno de esos reyes legendarios, casi mitológicos, que separaron el poder político -el que ejercieron como monarcas- del religioso. En resumidas cuentas, que inventaron lo que ahora se llamaría "estado laico". Y debió ser hombre extraordinario, para bien o para mal, que en aquella época venía a importar poco -los sumerios, como otros pueblos de la época, pensaban que un monarca, antes que nada, debía ser poderoso y temible; si además era dadiboso con sus súbditos,  mejor, pero, si era un tirano, aunque no se le agradecía, evidentemente, hasta cierto punto se comprendía y aceptaba; lo del tiranicidio, invento griego, todavía tenía que hacerse esperar-, y, al pasar las generaciones, sus hazañas crecieron tanto como fuerte era su recuerdo, llegando a ser considerado por más de lo que realmente fue. Esto hizo que, cuando la escritura pasó a ser herramienta literaria, el antiguo rey de carne y hueso ya era parte de la complicada y poco conocida mitología sumeria, y más adelante, semítica -akkadia, babilónica, mari, asiria...- resultando difícil discernir y separar realidad, ficción, exageración y mitificación pura.
Bien, se podría decir, que la historia de tan curioso, enérgico, y un tanto brutal personaje, ha llegado a la actualidad por medio de tres versiones sucesivas, que, además, corresponderían a tres civilizaciones que se irían turnando en la dominación política, y el influencia cultural, en la tierra de los dos ríos: la primera, se supone que la original, sería la sumeria, en forma de -al menos, porque podría haber más, todavía por descubrir- cinco largos poemas autoconclusivos, pero que, claramente, forman parte de una obra mayor; la segunda, que algunos historiadores llaman "paleo-babilónica"; o akkadia -lo de "akkadia", es por estar escrita en un dialecto de dicha lengua, que fue la usada durante el primer imperio semita, Akkad, y que, en el 1700 a.c., que es cuando más o menos se escribió, se usaba, en su forma de dialecto meridional, en la antigua Babilonia, tal vez gobernada por aquella época por Hammurabi; personaje real, como Sargón, el creador del poderío akkadio, y casi tan mítico como él-, correspondería, ahora sí, a una versión que forma un único relato, mucho más largo, y sin problemas de contradicciones o visiones distintas de los protagonistas; la tercera, más literaria, correspondería a un autor que sí conocemos por su nombre,  Sin-lequi-unninni, un sacerdote, y, por lo visto, escritor -no en el sentido profesional, pues no existían como tales, sino artístico, casi sagrado- de la época en que Babilonia y Asiria eran dos potencias medianas, que intentaban someterse y combatirse. Fueron los asirios de la época imperial, los que consideraron su versión como definitiva, y fue también, en un palacio asirio, el de Asurbanipal, uno de los últimos grandes monarcas de este pueblo, que gobernó durante el siglo VII a.c., donde a mediados del siglo XIX, arqueólogos británicos descubrieron las tablillas que contenían la historia, y que tuvo que esperar veinte años (1872) hasta poder ser traducidos.
Sin-lequi-unninni parece que, como mínimo, aparte de modernizar un tanto el estilo, darle un aire más épico y poético, cuenta con dos aportaciones inéditas: el prólogo, donde habla de la grandeza de Uruk, y la historia del Gran Diluvio, o como se le llama en la Biblia, el Diluvio Universal, que está claro que fue adoptado por los antepasados de los judíos -el clan familiar de Moisés, que daría paso a la tribu, y después pueblo de los antiguos hebreos-, que después de vagar por las arenas del norte de Arabia o de lo que ahora es el oeste de Irak, decidieron vivir temporalmente a las puertas de la sumeria -o tal vez, ya akkadia- Ur, una de las ciudades más antiguas de la zona, y del mundo.

Una estatua moderna de Gilgamesh.


Y una ilustración basada en una antigua.

La historia de Gilgamesh. Un casi olvidado personaje histórico transformado en héroe cultural y mitológico.

El Gilgamesh histórico fue un monarca-sacerdote -un enti, todavía no un lugal, o monarca únicamente político y militar- de la ciudad de Uruk, hará casi 5.000 años, y fue el quinto rey de la considerada primera dinastía. Uruk era la mayor y más poblada de las ciudades sumerias, y ya era urbe importante -dentro de lo que cabe- antes todavía de la llegada de los sumerios al sur de Mesopotamia, pues éstos no eran un pueblo autóctono, y se instalaron cuando el neolítico ya estaba muy avanzado en la zona, y algunas aldeas se habían transformado ya en pequeñas ciudades. Poco o nada se sabe todavía de su origen, ni como llegaron allá, fuera en barco por el Golfo Pérsico, atravesando la meseta iraní, o de cualquier otra forma. Pero dejando aparte este misterio, pues mejor sería extenderse en ello en otro momento, decir que Gilgamesh, que dejó un hijo en el trono -al contrario de lo que podría pensarse tras leer su historia ficticia-, debió ser un monarca que dejó impronta, pues levantó -o reconstruyó- las murallas de la ciudad, y ejerció también de sacerdote y jurista.
En la leyenda, parece que Gilgamesh -Bilgamesh, en sus  primeras versiones,  en los poemas independientes sumerios- era un tirano que oprimía al pueblo, que se creía con derecho de poseer a todas las mujeres de la ciudad -incluyendo  a las novias recién casadas- y que, según se  cuenta "agotaba a los jóvenes", no se sabe bien si en guerras,  en combates o juegos -donde demostraba siempre su superioridad física- o con trabajos físicos. La cuestión es que su tiranía, en un ser con medio origen divino - su madre era la diosa Ninsun, de la que poco  se  sabe,  excepto  su  condición  de sabia- acabó  con  la paciencia de los dioses, que  como los griegos, parecían vivir en una especie de inalcanzable Olimpo, pero que vigilaban a los humanos, y decidían, en ocasiones tras agrias disputas, qué hacer -o no hacer- para  ayudarlos o castigarlos, según les apeteciera. Entre estas deidades,  no existían lo  que serían un padre y  una madre  de todos ellos, aunque sí había jerarquías - una especie  de "señores" divinos-: Anu, el dios  del cielo, que parecía una especie de dios principal, y Aruru, la gran diosa madre,  que son los que deciden tomar  cartas en el asunto. El primero le  pide a la segunda que, igual que en otra época creó la humanidad a partir del barro, o de la arcilla, vuelva a crear con ese material a un hombre en particular, fuera de lo común, de enorme fuerza y poder, para que  obligue a  Gilgamesh a respetar a su pueblo y gobernar con prudencia, y, de paso, para que se transforme en su amigo y compañero. La diosa creará, entonces, una especie de doble del rey, pero que, al  criarse entre  animales,  en el  monte, no  conoce  ni  la civilización ni  el habla, y  prefiere vivir entre animales, alimentándose, incluso, de hierba y frutas,  para no matar a ninguno de ellos. Este "hombre-bestia" nacido de la tierra será Enkidu.
Gilgamesh sabe por un trampero de la aparición repentina de aquel gigante desnudo y sin habla, y piensa que podría, llegado el caso, arrebatarle el poder -no es que se hubiera ganado el cariño de su gente, precisamente; además, el Gilgamesh histórico debió reinar en una época todavía primitiva, en que el poder se ganaba y perdía de forma parecida en su ciudad o en una tribu bárbara: por medio de la fuerza bruta en un combate singular-. Pero como, más que combatirlo, lo que desea es conocerlo y amansarlo, para transformarlo no en un enemigo, sino en un compañero -como había soñado en varias ocasiones, dando a entender dichos sueños que la relación entre ambos era de algo más que amistad; en realidad, en alguno de los poemas más antiguos, es incluso sexual-, mandará al trampero con una aliada muy especial: Shamhat, una harimtu, una sacerdotisa-prostituta de la diosa Ishtar -Inanna, para los sumerios-. Pronto se sabrá la razón por la que el monarca envía a esta mujer para encontrarse con aquel primitivo y terrible personaje: Shamhat tendrá la obligación de "civilizar" a Enkidu, mostrándose desnuda ante él, manteniendo relaciones puramente sexuales -y lo de "puramente" tiene sentido: es mediante el sexo, que el hombre primitivo se civiliza, cambia su mente y su visión del mundo, y los animales, al darse cuenta de ello, dejan de verlo como uno más, y huyen de su presencia-, hasta que el buen hombre tiene la necesidad -y el deseo- de acompañar a la sacerdotisa a la ciudad, donde Shamhat desea llevarlo para que su rey lo conozca y juzgue qué hacer con él. En el viaje hacia la gran urbe, la mayor de su época en el mundo, Shamhat le enseñará poco a poco a hablar -es un buen alumno, porque necesitará sólo unos días para expresarse correctamente-, y ya en la ciudad, le explica la diferencia entre civilización -con sus grandes edificios, su música, sus fiestas, sus sacerdotisas dispuestas a "acoger" a todo hombre que así lo desee  -a cambio de un donativo que varía según sus posesiones e ingresos-, sus comidas y sus ropas caras- y la barbarie -vivir con y como los animales, desnudo y sin capacidad de expresarse-. Siendo invitados en casa de unos pastores, hasta le enseñará cómo son los alimentos humanos, y cómo comportarse en la mesa. Porque Shamhat la harimtu, de entre todos los personajes de la historia, es uno de los más comprensivos y de mente más abierta y generosa. Los personajes femeninos, en general, no salen mal parados. Más bien al contrario. La única mujer retratada de forma despreciable, por cierto, no será una mujer mortal, o una diosa menor y muy humana, como la madre de Gilgamesh, sino la misma Ishtar, la princesa de los dioses, y señora del amor y, al tiempo, de la guerra.

Una visión de Enkidu con Shamhat, de Fernando Baldó.

Ya tenemos a un Enkidu civilizado, vestido y con el pelo y la barba cuidados. Ha oído hablar de Gilgamesh, y, por lo visto, su único deseo, más que conocerlo, es el de vencerlo. Pero no para erigirse rey sino, más bien, para demostrar que él es el más fuerte. Tiene suerte a la hora de hallarlo: se cruza en la calle con un joven que va a una boda, y que le explica que, una vez acabe la ceremonia, la novia esperará en su casa al rey, para yacer con él antes que con su flamante esposo. Como ya no tiene a la sacerdotisa a su lado para aconsejarlo -desaparece de la historia, pues ya ha cumplido su misión,  y vuelve al templo de Ishtar, donde está su principal razón de vida-, decide ir a buscarlo, y no tarda en encontrarlo, dirigiéndose a la casa de la novia -el joven le explicó donde estaba-. El encuentro de aquellos dos gigantes de mente un tanto simple acaba en una pelea de colosos, que hace temblar los cimientos de las casas de toda la calle, y finaliza con una difícil victoria de Gilgamesh. Es en ese momento, donde desaparece cualquier tipo de enfrentamiento entre los dos hombres, transformándose en dos grandes e inseparables amigos.
Al poco, Gilgamesh dice que el dios Shamash -dios del cielo, y por lo visto, de la sabiduría, o la inteligencia- le ha dicho que vaya a los grandes bosques de cedros del oeste -o sea, de lo que ahora son el Líbano y la Siria occidental, que para los sumerios eran regiones lejanas aunque no desconocidas, y los imperios semitas posteriores intentaron, y a veces consiguieron, dominar-, para acabar con el monstruo Humbaba -o Huwawa, en sumerio-, para, así, librar del mal -o del mal que él podría realizar- al mundo. Realmente, en ningún sitio se demuestra que Humbaba sea realmente malvado. Sólo es terrible, mortal para los que intenten entrar en los bosques de cedros, donde ejerce de guardián por orden de Enlil, el dios de la tierra y los bosques. Como se ve, los dioses de aquella temprana época también tenían sus rencillas, y utilizaban a sus criaturas -humanas, animales o monstruosas- para combatir en su nombre en el planeta Tierra.
Enkidu, como los ancianos del pueblo, le aconseja que no vaya, hasta que Gilgamesh lo convence no sólo para que le deje marchar, sino también para que le acompañe. Después de recorrer una enorme distancia en pocos días -son mortales, pero no hombres normales; son "superhombres", una especia de antiguos superhéroes étnicos-, cargados de armas, se encuentran a las puertas del gran bosque, tan esplendido y extraño para dos individuos de una tierra, Mesopotamia, donde los árboles son escasos, y la madera un producto precioso. El monstruo los amenaza,  los aterroriza -no se acaba de saber qué aspecto tiene, excepto que es horrible, o que inspira terror, y que tiene grandes colmillos; tal vez tenga un aspecto humanoide, menos animal de lo que se pensó en un principio-, pero los héroes -o más bien, los invasores- no hacen caso, y tanto o más pro gloria personal y deseo de pasar a la historia, que por librar al mundo del monstruo, lo atacan, hasta que, con ayuda de los vientos -Shamash, como dios del cielo, los controla, aunque en ocasiones, se considera a Enlil señor de éstos- consiguen atrapar entre sus manos a Humbaba. Éste les pide que le dejen vivir, y que se lleven la madera que quieran, y que entiendan que sólo hacía su trabajo, y obedecía a Enlil. Pero Enkidu, al ver a su amigo flaquear, lo mata, haciendo no sólo que Enlil enfurezca, sino también, curiosamente, Shamash. Por lo visto, éste quería que vencieran al monstruo -y así, tal vez, avergonzar a su rival divino- pero no que lo mataran. Pero los compañeros no parecen preocuparse por ello, y retornan orgullosos a Uruk, después de talar numerosos árboles, sin más razón que el demostrar que han vencido al que los guardaba.

Un bajorrelieve mesopotámico de Ishtar, diosa de armas tomar, pues lo era, al tiempo, del amor y de la guerra.

Ishtar por Nuggettygoodness
La diosa Ishtar -la Inanna sumeria; la Astarté cananea-fenicia-cartaginesa-, con quién Gilgamesh y Enkidu tuvieron sus más y sus menos.

La muerte de Enkidu, y la búsqueda de la inmortalidad.

Después de semejante demostración de fuerza bruta, era normal que hasta una diosa quisiera tener algo más que una simple amistad con Gilgamesh, que tenía -al fin y al cabo- media sangre divina -en las tablillas encontradas se habla de 2/3, aunque no está demasiado claro como puede ser esto posible, pero tampoco vamos a pedir a los más antiguos sumerios que se aclaren en cuestiones de herencia genética-, y que, supuestamente, había vencido por sí solo al monstruo Humbaba. El hecho de que Enkidu, que en principio no deseaba participar en aquella aventura, finalmente no sólo lo animase a seguir, sino que acabara matándolo con su propia mano no parecía tener la mayor importancia, como tampoco la ayuda de Shamash, señor del sol, y también de los vientos. Así, Ishtar -Unanna, en lengua sumeria- se le aparece, y se le ofrece no como un ser divino, sino como una mujer mortal normal y corriente. No es que quiera realizar con él ningún tipo de viaje astral, o hazaña de raíz sobrenatural, ni historias así: simplemente, lo quiere como amante, disfrutar y hacer disfrutar mediante el sexo. Al fin y al cabo, esto es lógico, pues Ishtar es, al tiempo, diosa del amor sexual, pero al tiempo, también de la guerra. Lo de serlo también de la paz o el matrimonio, parece que todavía no había llegado, y más bien correspondería a otras divinidades. O a ninguna, si se analiza con detenimiento lo que cada una de ellas representaba.

El dios Shamash (sentado, a la derecha), señor del cielo y el sol, al lado de Hammurabi de Babilonia.

Aspecto que pudo tener Ur, cercana a Uruk, otra gran potencia sumeria.

Pero Gilgamesh no parecía tener ningún interés en caer en las garras de la "señora sangrienta", como a veces se le representaba después de la batalla. Le recuerda como acabaron varios de sus amantes, humanos o animales -lo cual resulta cuanto menos curioso; creo yo, desviándome un poco de la opinión de los expertos, que cuando se habla del amor de Ishtar por un caballo o un pájaro, más que atracción sexual, sería el capricho por un animal que tendría una niña o joven malcriada, que una vez que se ha cansado de la pobre bestia, o la abandona, o, teniendo el poder que tiene, lo mata o tortura-. Como Ishtar es tan orgullosa como correspondería a una diosa tan poderosa como bella, le pide prestado a su padre Anu el llamado Toro Divino -prestado, como cuando hoy en día la hija o hijo le pide el coche a sus padres; está claro que, por muy dioses que fueran, no dejaban también de ser una familia, y ya se sabe la debilidad de los padres por sus hijas-, que era, como Humbaba, una creación menor semi-divina, un ser quizá inmortal, de enorme fuerza, pero inteligencia limitada, y siempre obediente a los dioses verdaderos. Este toro llega a la tierra, y por donde anda, hay terremotos y desgracias. Se le enfrentan los soldados de Uruk, la ciudad de Gilgamesh, pero son exterminados -unos trescientos, que en aquella época era una barbaridad-, hasta que se topa con el rey y su amigo, que, como si fuera un juego sangriento, profano y sagrado al tiempo -¿los misteriosos juegos de tauromaquia de la isla de Creta, muy posterior en el tiempo, tendrán algo en común con este combate del hombre contra la bestia cornuda?-, lo matan en breve y dura lucha. Y como si esto fuera poco, Gilgamesh arranca una pata de la bestia, y la lanza al templo de la diosa en la ciudad. Curioso aquel, que Ishtar tuviera un templo con sus sacerdotisas, reverenciado y visitado por todos, pero el rey, que antes habría acudido allá a rezar o pensar, le lanzara una pata de toro como si se la tirase a ella misma.
Claro está, aunque la diosa poca o nula razón tuviera para desear el castigo de Gilgamesh y Enkidu, forzó a su padre a hacerlo recordándole que habían matado a su querido toro -callando, claro, que lo había mandado a la tierra porque su niña se lo había pedido-, así que Anu, y tal vez otros dioses, deciden que, después de días de sufrimiento, muera Enkidu. En lugar de matar al rey, acaban con su mejor amigo, consejero y compañero, y tal vez también, lo más parecido a un amante. Gilgamesh enloquece de dolor, espera días pensando -pobre iluso- que como pago a su sufrimiento, su amigo resucitaría, pero en lugar de eso, verá un gusano saliendo por su nariz: no sólo está muerto para siempre, sino que acabará también reducido, a la larga, a podredumbre, a "volver a la arcilla".
Decide, pues, pensar que, si la muerte es tan terrible, debería saciar su dolor, al menos en parte, buscando en alguna parte la inmortalidad, y recuerda la leyenda del primer rey de Uruk, antepasado suyo, Utnapishtim, el antecesor sumerio de Noé, que sobrevivió al gran diluvio junto a su familia, amigos y servidores -más gente, desde luego, que en el diluvio bíblico, y que aquí no parece haber sido mundial, sino más bien regional, aunque terriblemente destructivo-.  
Caminará durante días, a una velocidad superior a cualquier humano, y apenas sin descanso. Llegará a un túnel guardado por un hombre y una mujer escorpiones -una especie de monstruos antropomorfos- que, al oír su historia -la pérdida del amigo, su dolor, la búsqueda de la inmortalidad y de su antepasado- parecen más comprensivos de lo que podría pensar -sobretodo la mujer; los personajes femeninos, menos Ishtar, son más positivos que los masculinos-, pasa por el túnel lo suficientemente rápido para que la luz que a determinada hora lo atraviesa no lo ciegue y mate, y llega, en lo que podría considerarse casi el confín de la civilización, el fin del mundo, una posada -que ya es imaginar- atendida por una mujer -tal vez una diosa menor, o una mujer semi-divina, no se conoce bien su naturaleza-, Shiduri, que le cierra la puerta al verlo tan agotado y, a la vez, tan enfurecido y nervioso. Gilgamesh se presenta, le pregunta por Utnapishtim, y la posadera -la considerada diosa de la cerveza, lo que demuestra la importancia que esta bebida tendría en ya en aquellos tiempos-, le da, básicamente, unos buenos consejos, y le indica que, para llegar al rey inmortal, debería pasar por un lago de aguas mortales con solo tocarlas, pero que, con la ayuda del barquero de los dioses, Urshanabi, y sus ayudantes, los hombres de piedra -o las piedras en forma de hombre, no se sabe bien-. Pero como Gilgamesh es un bruto, destruye a estas "piedras vivas", y el barquero, sorprendido por semejante demostración gratuita de fuerza, le dice que, si quiere que le pase, tendrá que usar gran número de pértigas -largas cañas- como remos, para llegar a donde aguarda el rey.

Diluvio
El arca de Utnapishtim, antecesor mitológico de Noé, que parecía más una caja de madera que un barco.

Pero Utnapishtim no está por la labor de aguantar a semejante pelmazo, y después de hacer mala cara por destruir a los hombres de piedra, y de molestarle con su dolor, le hace saber que la muerte llega a todos, y que no fastidie más. Pero antes, le cuenta la historia del diluvio - el Atrahasis, donde se cuenta la misma historia con más detalle, y que no deja en mu buen lugar a los dioses, a los que se les retrata no sólo con defectos muy humanos, sino también, en cierto modo, dependientes de ellos y de sus dádivas-, de cómo fue elegido por el dios Ea, el sabio, para que salvara una pequeña parte de la humanidad, y parejas de todos los animales, y que antes construyera un gran arca -en forma de cubo, no de barco con quilla, por lo que cuenta-, porque el resto de dioses parecen estar hartos, no se sabe bien si de la maldad humana, o de su enorme número y el ruido que los humanos organizan. Por haber salvado al género humano y a los animales, se le otorgará a él, y también a su mujer, la inmortalidad. Pero después de siglos de vida, más que otra cosa, el no morir resulta tan pesado como aburrido. Y no da ganas de nuevas experiencias; por ejemplo, aguantar visitantes no esperados.
Gilgamesh vuelve triste a su casa, porque los consejos de Shiduri y Utnapishtim -disfrutar de la vida, esperar en paz la muerte- no le convencen. Pero la mujer del rey, también inmortal, y cuyo nombre no se conoce, le habla de una planta, un alga que crece en la profundidad de un lago, que da, si no la inmortalidad, sí el rejuvenecimiento. Gilgamesh piensa en conseguirla -cosa que, con esfuerzo, pues casi se ahoga, consigue-, y probarla en su ciudad con un anciano -si muere, ya era muy viejo; si rejuvenece, la guardará para usarla cuando él también lo sea, y podrá usar otras hojas de la planta de forma indefinida-, pero cuando sale del agua, una serpiente la huele y se la lleva, la devora, y rejuvenece, sin dejar nada al obstinado monarca.
Gilgamesh podría desear morir, desesperarse, maldecir, pero parece haber aprendido una lección. Vuelve a su ciudad cambiado, con deseos de gobernar como un rey humano, justo y honrado. Al final del poema, pues toda la historia es un gran poema de multitud de versos, se vuelve a hablar de Uruk, volvemos a leer su descripción, pero ahora es Gilgamesh el que nos habla, a través de los milenios, las generaciones, después de que en Mesopotamia y el mundo hayan aparecido y desaparecido multitud de culturas y estados, y nos indica que Uruk es, para él, la mejor ciudad del mundo, que no hay nada mejor que recorrerla una y mil veces. Y, con sus palabras, después de milenios, sigue viva para seres humanos que, para los contemporáneos del Gilgamesh histórico, habrían resultado poco menos que personajes de lo que llamamos ciencia-ficción.

Hay posibilidad de leer la historia, nunca completa -no ha llegado hasta la actualidad de ninguna forma o copia-, en libros o webs, pero quizá la más interesante sea la de Stephen Mitchell, que se basa en la última y más literaria, la de Sin-lequi-unninni, pero ayudándose de la paleo-babilónica -la que posiblemente existió en tiempos de Hammurabi- y de los poemas netamente sumerios, y rellenando huecos con palabras o frases que pensó convenientes, imitando lo mejor posible el estilo de la época.

Ejemplo de escritura cueniforme. En este caso, de Babilonia -akkadio meridional, o tal vez una forma posterior, más "nacional".

El personaje de Gilgamesh, el protagonista del primer relato de ficción -poético, aunque en ocasiones traducido en forma de prosa, por resultar más sencillo y agradable de leer- plasmado de forma escrita por los seres humanos, no deja de ser algo parecido a un ser tan primigenio, tan aparecido de la nada, en los inicios de la historia humana, como su amigo Enkidu. Por decirlo de alguna forma, sería el más antiguo de los antepasados de todas las historias que, durante milenios y en todo el mundo, se contarían de forma escrita por miles y miles de hombres y mujeres. Y hasta ahora. No será, desde luego, la mejor historia imaginable, pero sí la primera de la que tenemos constancia. Y eso la hace tan especial y fascinante, y por eso, tal vez también, dio tanta energía y deseo a sus primeros descubridores, en el siglo XIX, de seguir buscando fragmentos hasta completarlo casi totalmente.


miércoles, 19 de febrero de 2014

Un par de descubrimientos históricos recientes.

Un par de poemas de Safo, y una ciudad mesopotámica que pasa de la leyenda a la realidad.


A falta de más tiepo para entradas más largas, me gustaría escribir sobre un par de cosas que he leído en la prensa, y cuya historia completa he intentado ampliar. Una, es el descubrimiento, en Gran bretaña, de dos poemas -uno aparentemente casi completo- atribuidos, con una casi total seguridad, a la misteriosa y extraordinaria poeta -o poetisa, que parece ser una palabra errónea, pero que a mí me suena mejor- Safo de Lesbos. No se trata de explicar aquí lo poco que se sabe de su biografía, ni de comentar a fondo lo poco, poquísimo, que ha llegado a nuestra época: apenas un poema casi completo, y detalles, casi retales literarios, del resto de su obra, unos nueve libros; teniendo en cuenta, claro está, que el término libro", para griegos y romanos, más bien se podría traducir como "obra o trabajo literario completo", que podría no ser el equivalente a un libro actual, de cientos de páginas, sino uno o varios papiros o manuscritos que, a la hora de pasarlo a páginas, serían o mismo un centenar, como unas docenas, o incluso menos.
La otra, sería el descubrimiento en Irak -para ser más exato, en el Kurdistán iraquí- de una ciudad que sólo se conocía por escritos, en listas de poblciones que formaban arte del Tercer Imperio Asirio, suúltima y mejor época, la de máxima expansión-, bien como capital provincial, o como ciudad-estado vasalla, pero que, en épocas anteriores, lo mismo estaba en manos de babilonios o asirios, como formaba un pequeño estado independiente. Esta oscura ciudad, ahora parte de la historia y no sólo de suposiciones o leyendas, se llamaba Idu.


Safo, espíritu de otra época ya pretérita, y cuya historia se nos escapa.
El descubrimiento de los dos poemas de Safo es, cuanto menos, curioso, pues no ha sido hallado durante trabajo arqueológico alguno, sino que fue entregado por un particular -se supone que su legítimo dueño, no se sabe bien ni cómo, ni desde cuándo-, coleccionista londinense anónimo, al doctor Dirck Obbink, uno de los mejores papirologistas de la Universidad de Oxford, que informó del hallazgo al diario británico "The Guardian", que fue el primer medio en hablar de todo ello. Dick considera que sí pertenecen a Safo, debido a la métrica y al dialecto -de la isla de Lesbos, distinto al más extendido, llamado ático, por la Ática, la antigua región griega donde se encontraba Atenas-, más que porque tengan relación directa con el material de la autora ya conocido y publicado. Por lo visto, aunque lo que queda del pergamino pudiera muy bien ser escrito en Grecia, no es de época clásica, sino romana, más o menos del siglo III de nuestra era.

Safo T
Una estatua de Safo en Mitilene, en la isla de Lesbos, su patria.

Uno de ellos parece hacer referencia a un amor no correspondido, o a los celos que el autor -o autora, pues evidentemente es Safo quién lo escribe, aunque no sabemos si pretende hacer creer a la audiencia, al lector, si el autor es hombre o mujer- hacia una persona querida que paree tener una buena -en exceso- buena relación con un tercero. El segundo esta dedicado a su hermano Charaxos, que no pocos historiadores pensaban que no era un personaje real -no se habla de él en ningún poema de Safo; es conocido por un apunte literario de Herodoto, que comenta una obra perdida de la poeta, en que habla de los amores de su hermano con un esclavo egipcio-. Sin embargo, aquí no comenta dicha relación, sino el viaje de vuelta que debe realizar el hermano en cuestión, y que Saf considera que podría ser difícil y peligroso -no confía demasiado en la benevolencia de los dioses, en una época donde los naufragios eran demasiado habituales-, y que afortunados son los marinos que pueden realizar un periplo marítimo de ida y vuelta sin peligro, y sin enfrentarse a tormentas y oleajes que podrían hacer naufragar su nave, y que la audiencia -más bien parece referirse a la gente que no sabe de cosas de la mar, y que habla sin pensar demasiado sobre el tema- no debería dar por sentado que Charaxos regresará sin peligro alguno que le aceche. Su hermana cree, por el contrario, que hasta que no lo vea en persona después de pisar tierra, no estará tranquila. Acaba el poema hablando de su otro hermano, Larichos, el más joven de los tres, que espera que llegue a ser un hombre y así, "liberarlos de una gran ansiedad", aunque no está demasiado claro a qué se refiere. Quizá, simplemente sea una hermana mayor que desea que el menor de sus hermanos siente la cabeza de una vez, y deje de comportarse como un crío. Los problemas familiares no parecen haber cambiado tanto, por lo visto.
Aquí, a partir de la primera traducción al inglés, la que he podido hacer al español -teniendo en cuenta que traducir poesía no es lo mismo que prosa-:

(...) (Por lo visto, este podría ser el fin de un poema bastante más largo).

Tanto que parloteáis siempre, que Charaxos viene,
su barco abrumado por la carga. Doy por supuesto que sólo Zeus lo
sabe, al igual que todos los otros dioses; pero vosotros, vosotros no deberíais
albergar esos pensamientos.

Sólo debe pedírmelo desde la distancia, y me dispondré
a ofrecer innumerables oraciones a la reina Hera
para que Charaxos pueda llegar aquí, con
su barco intacto.

Para nuestra tranquilidad, permitidnos confiar en los poderes superiores;
pues los períodos de calma llegan inmediatamente después de
las grandes borrascas.

Ellos, cuya fortuna el rey del Olimpo desea,
en este momento intentan sortear los peligros
para (...) son bendecidos
y afortunados más allá de cualquier comparación.

En cuanto a nosotros, si Larichos debe (...) la cabeza
y en algún momento, llegar a ser un hombre;
pues nos llena de una gran desesperación,
y así nos sentiríamos rápidamente liberados.

"Safo y Alceo", de Lawrence Alma-Tadema (1881).


La ciudad perdida de Iru, en el Kurdistán.

Esta otra historia es un poco más antigua. Apareció en la revista de Historia de National Geographic, a finales del 2013, y antes, en una revista de cultura e historia turca. La ciudad se conocía tras traducir tablillas en escritura cueniforme en Holanda, en 2008, pero se pensaba que dicha ciudad, posiblemente, no existía, o era un nombre diferente -o mal escrito- de otra ciudad ya conocida. No fue hasta el año pasado, que fueron descubiertos sus restos -o una parte, porque las excavaciones continúan, a pesar de la difícil y peligrosa situación de Irak- en el poblado de Satu Qala, en la orilla norte del río Zab. Como en otras ocasiones, fue un descubrimiento casi casual, cuando un campesino entregó un ladrillo antiquísimo, con una escritura de época asiria, a los mmiembros de una expedición arqueológica alemana. Allá hablaba de una ciudad no descubierta, y tras excavar en la zona, descubrieron otras inscripciones, que les permitieron descubrir no el nombre de un solo rey, sino de toda una dinastía completamente desconocida. Más que una ciudad, se han ido descubriendo -queda mucho por descubrir todavía- restos de poblaciones superpuestas, desde épocas neolíticas -un poblado prehistórico- hasta época del Nuevo Imperio Asirio. Las inscripciones, en alfabeto acadio -la primera gran lengua semítica conocida,que fue la habitual en el Imperio Akkadio creado por Sargón, pero que, en tiempos de Hammurabi se había dividido en, al menos, dos dialectos claramente diferenciados: el babilónico al sur, y el asirio al norte; en tiempos del Nuevo Imperio Asirio, se podía decir que ambos dialectos se habían transformado en lenguas hermanas, pero distintas, y difícilmente inteligibles para los hablantes del idioma hermano, aunque seguían usando el alfabeto acadio, que era cueniforme-.

Un rodillo-sello de piedra con dibujos en relieve, que permite grabar en la arcilla blanda un continuo de figuras.

Por lo visto, Iru fue un pequeño reino semítico, aunque pudo tener influencias étnicas y culturales de los indoarios -los antepasados de persas y kurdos-, que fue algo parecido a una ciudad-estado de pequeño tamaño que fue dominada por el Segundo Imperio Asirio, y cuando éste cayó, o se debilitó, formó durante bastante tiempo -tal vez un par de siglos, o más- un reino más grande, que de nuevo fue conquistado por los asirios en su época de máxima expansión es posible que la caída de sus dominadores les arrastrara también, o que sobrevivieran, con cierta personalidad propia, en tiempos del Nuevo Imperio Babilónico, el de Nabucodonosor, que más adelante sería conquistado por el coloso persa. No es que quede mucho de la ciudad en su mayor esplendor, aparte del palacio, pero para seguir excavando, primero habría que derribar algunas viviendas de los actuales habitantes kurdos. Y, evidentemente, ahí tienen que llegar a un acuerdo con con el gobierno kurdo, el del municipio, y los vecinos. Ya se verá, entonces, qué más saldrá a la luz en los próximos años.