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domingo, 2 de octubre de 2016

Maurice Leblanc y Arsène Lupin: cuando un ladrón -aunque sea de guante blanco- acaba siendo el protagonista.

Si Leroux creó a un periodista que hacía de detective, o a un preso que sufrió los errores de la justicia, Leblanc llegó un poco más lejos.


El "padre" de Arsène Lupin.

Hace ya tiempo escribí sobre Gaston Leroux, considerado uno de los principales escritores de folletín francés moderno, entendiendo como tal el que se publicó entre finales del siglo XIX, y los años anteriores de la II Guerra Mundial. Leroux fue el creador de un personaje mítico de la novela terrorífica-romántica -ambas cosas a la vez-, el fantasma de la ópera, pero también de otros, como el periodista metido a ddetective aficionado -o no tanto, por ser, realmente, parte de su trabajo-, Rouletabille, y de Chéri-Bibi, que en su momento dio bastante que hablar, por tratarse de las aventuras de un inoente que sufre los erores de la justicia de su país, y que decide escapar de su destino y encontrar al auténtico asesino de su mujer, crimen del que erróneamente se le culpaba.
Maurice-leblanc.jpgMaurice Leblanc (1864 en Rouen, Normandía; 1941 en Perpiñán, en la Cataluña francesa) llegó algo más lejos, a la hora de buscar un protagonista distinto a lo que se había visto: creó a Arsène Lupin, o Arsenio, en su versión en español, que no es que immpartiera justicia a su manera, sino que era un auténtico delincuente. Para ser más exacto, era lo que se llamaba, y se sigue llamando, un ladrón de guante blanco, que nunca usa la violencia contra las personas, que roba sólo a los que mucho tienen, y que se acaba tomando su "trabajo" como un juego, y en cierto modo también, un reto, que consistía, al mismo tiempo, en robar lo que aparentemente resultaba imposible de sustraer, burlarse y escapar de la policía -o en caso de haber sido detenido, de la cárcel-, y pasar completamente desapercibido en una sociedad que lo considera  una persona honrada y respetable. 
Nacido en Rouen, en el norte de Francia -la fría y húmeda Normandía-, estudió y vivió en varios países, e intentó infructuosamente estudiar derecho, carrera que abandonó, por aburrirle mortalmente. tras ello, decidió establecerse en París, Ciudad de la Luz, y una de las grandes capitales culturales y artísticas del mundo, donde empezó a escribir relatos -aún no novelas- de ficción, pasando luego a publicar -o a intentarlo, al menos- novelas más largas, que daban más dinero. Sus influencias fueron dos grandes autores compatriotas suyos, ejemplos de la literatura francesa del siglo XIX, y capaces de escribir casi de todo: Gustave Flaubert -que lo mismo escribía novelas entre románticas y costumbristas, como "La educación sentimental", como una de las mejores novelas históricas de la historia, teniendo en cuenta cuándo la escribió, y con qué medios: "Salambó, la princesa de Cartago"- y Guy de Maupassant, una auténtica máquina de escribir cuentos -"El horla", por ejemplo, que fue un pequeño clásico sobre fantasmas, o más bien, sobre entidades invisibles-. La crítica lo trató bien, pero las ventas fueron malas, así que decidió cambiar de registro.

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"Je sais tout", la revista donde escribió Leblanc, y en la que Lupin se hizo famoso.

Empezó, en 1905, a escribir en la revista "Je Sais Tout", una publicación de "ciencia popular", que llegó a vender hasta un cuarto de millón de ejemplares de algunos números, y que dio el gran salto, precisamente, a las historias de Leblanc, sobre Lupin. Realmente, se podría decir que la revista llegó a hacerse un nombre gracias a las aventuras del ladrón, y más tarde detective, más que a cualquier otro autor o temática. 
Parece ser que no fue idea original de Leblanc, el crear una serie de cuentos con un ladrón como protagonista, por muy carismático e inteligente que fuera, sino de la redacción -precisamente, por aumentar las ventas, cosa que se consiguió, por lo demás-, y también puede ser cierto, que se le aconsejara que tomara como ejemplo al Sherlock Holmes de Conan Doyle, en aquellos tiempos, un auténtico super-ventas a nivel mundial, y traducido a multitud de idiomas -y con toda clase de imitadores y plagios, aparte de uso indevido del nombre del personaje-, pero realmente, Lupin parece, más bien, el rival ideal -más que enemigo- del detective británico. A él le interesaban los robos, sí, pero no para resolverlos, sino para efectuarlos. Como era de imaginar, el personaje dio que hablar, pero en aquel joven siglo XX, a mucha gente ciertas cosas ya no les llamaba demasiado la atenció, o al menos, no se escandalizaban tan fácilmente como en el siglo anterior. Además, los franceses de aquellos tiempos, en general, eran más abiertos de mente, o menos puritanos, que por ejemplo, los británicos. Y su literatura, como su arte, en uno y otro caso, podrían, antes y ahora, revisitados, dar cuenta de ello.

Arsène Lupin

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Arsène Lupin - Poster - Espagne
Lupin es un personaje muy cinematográfico, así que resulta lógico que se hayan filmado varias películas sobre sus aventuras, o historias basadas en el personaje, aunque no en los relatos o novelas que protagonizó. Estos son carteles -dos originales para el mercado francés, y uno para Portugal- de un film de 2003, con Romain Duris haciendo de Lupin, y la condesa de Cagliostro de co-protagonista.

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En "Las aventuras de Arsène Lupin", de 1956, el personaje, que se ha creado una falsa imagen de noble amante de la buena vida, es secuestrado por el kaiser alemán Guillermo II, para obligarle a robar una misteriosa joya.

Es un tanto difícil saber en quién pudo inspirarse Leblanc a la hora de crear a Lupin, pues fue el primer personaje de estas características que él creó. Tal vez hubo influencias de otro autor de la época, menos recordado -aunque no completamente olvidado-, al menos, en su país: Octave Mirbeau, escritor de novelas, artículos de prensa, y obras de teatro. Sobretodo, de su obra "Los veintiún días de un neurasténico" (1901), donde el protagonista, Arthur Lebeau, era un ladrón de guante blanco. Tal vez también fuera el anarquista y carismático ladrón francés Alexandre "Marius" Jacob, o posiblemente, una mezcla de ambos, y de algún otro personaje, real o ficticio. Pasado más de un siglo, muchos de ellos han sido completamente olvidados, así que resulta muy difícil, incluso imposible, saber qué pudieron influir dichos individuos, transformados ya en fantasmas, en obras, estas sí recordadas, que se escribieron en aquellos tiempos.
Más adelante, escribió dos novelas de ciencia-ficción, que alcanzaron fama y reconocimiento, y fueron un ejemplo más -entre muchos- de la fuerza y originalidad de la cf francesa -que, con más o menos fuerza, sigue teniéndolas, sobretodo, en las últimas décadas, en el cómic-: "Los tres ojos" (1919), sobre el contacto televisivo con habitantes de Venus, y "El gran evento", en el que un terremoto crea una nueva masa de tierra entre Inglaterra y Francia
A partir de 1907, Leblanc deja de escribir relatos de Lupin, para hacer que el ladrón protagonice novelas largas -"La isla de los treinta ataúdes", "Los dientes del tigre", o "La condesa de Cagliostro", por ejemplo-, lo que hará que pueda ganarse la vida mucho mejor de lo que, con toda seguridad, nunca debió ni imaginar. Y siguió con el entrañable sinvergüenza hasta los años 30, aunque en ocasiones reconoció, o dejó entrever, que estaba ya un tanto cansado de la fama de su criatura, que como el Sherloc Holmes de Conan Doyle, acabó casi absorbiéndolo, no dejándole tiemo para crear otros personajes, que además, nunca consiguieron la misma fama o recepción de sus personajes más famosos. Uno y otro, en no pocas ocasiones, demostraron desear escribir novelas más "profundas", de más enjundia, con personajes distintos, con temáticas también diferentes. Pero no hubo manera, y finalmente, tuvieron que reconocer que Lupin y Holmes siempre serían sus hijos más famosos, y que los nombres de Leblanc y Conan Doyle siempre estarían irremisiblemente unidos a ellos. Así pues, mejor reconocerlo y aceptarlo. Escribieron otras historias, pero más por gusto -tenían ingresos económicos suficientes para escribir por escribir- que por aumentar su fama literaria o conseguir buenas críticas.

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El enfrentamiento entre Lupin y Sherlock Holmes, aquí con nombre modificado -cuestión de derechos de autor, que ya existían en aquellos tiempos-: un duelo de inteligencias.

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Arsène Lupin también ha pasado al cómic. Para ser más exacto, al manga.

En uno de sus relatos cortos, por cierto, Lupin llega a enfrentarse a Holmes, sólo que, para evitar problemas legales, se le cambia el nombre, por el de Herlock-Sholmes, aunque resulta evidente a quién se le hace referencia. 
Fallecido en 1941 en Perpiñán, y tras recibir la Legión de Honor -en Francia no es tabú premiar a los autores de literatura "popular"-, fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, uno de esos camposantos que, por la gran cantidad de personajes famosos que allá descansan, se han transformado en un monumento más a visitar.



domingo, 15 de mayo de 2016

Gastón Leroux, y el fantasma de la ópera: el folletín se transforma en literatura perdurable.

A principios del siglo XIX, el folletín pasa a ser algo más serio, y es le permite ser recordado con el paso del tiempo.


Periodista y novelista: había tiempo para todo.

Hace ya una eternidad que hablé de Eugène Sue, uno de los padres del folletín francés de la primera mitad del siglo XIX. Fue en aquella época, cuando se publicaban larguísimas novelas, con legión de personajes, y situaciones no pocas veces inverosímiles, que resultaban tremendamente adictivas para los aficionados a la literatura sin florituras -si sabía leer, y se podían permitir comprar periódicos, claro está, o los conseguían gratis, aunque fueran de la semana pasada-. Pero pasado el tiempo, en Francia y otros países, parte de la población reclamaba algo más. No pocos de los llamados "autores serios" también publicaron, al menos parte de su obra, o en determinadas ocasiones, en forma de folletín, o sea, en cuadernillos o capítulos separados, en revistas literarias o periódicos de todo tipo. En ocasiones, se trataba de cuentos, que se publicaban de una sola vez. Pero en otras, eran novelas, a veces muy largas, pero la gente, poco a poco, reclamaba leer un libro al completo, sin tener que esperar semanas o meses, sin saber cuándo acabarán novelas-ríos que parecían eternas. Pero, tras Victor Hugo, Balzac, Zola, los Dumas y compañía, también hubo escritores de los llamados "menores", pero con obras con la suficiente calidad, o al menos, interés y originalidad, como para que contaran con legiones de lectores no sólo en su época, sino décadas después de haber fallecido. Al igual que Verne, hubo otros, como Leroux o Leblanc, que consiguieron que sus personajes se transformaran en parte de la cultura popular, francesa y europea, hasta, prácticamente, hoy en día.
Leroux fue -ya se le ha nombrado- uno de ellos. Aunque su obra fue extensa, más de lo que podría pensarse, es conocido, principalmente, por una novela, que ha sido llevada al cine y televisión multitud de ocasiones: "El fantasma de la ópera". Pero mejor comenzar por en principio.

El autor, considerado maestro del llamado "policíaco fantástico" -"polar fantastique", en su versión original en francés-, aunque en ocasiones, más que novela policíaca propiamente dicha, sería género detectivesco.

Gaston Louis Alfred Leroux, nació en París en 1868. Por tanto, fue un escritor de lo que se llamaría la Belle Époque, que iría desde el fin de la guerra entre Francia y Prusia, en 1870, hasta el comienzo de la I Guerra Mundial, en 1914. Casi medio siglo en el que Europa se expandió colonial y económicamente, y la cultura y la tecnología crecieron, avanzaron y se diversificaron de forma extraordinaria. La llamada Época Victoriana, en Gran Bretaña y su imperio, no se extendió exactamente por esos años, pero convergieron, y aunque la reina Victoria falleció en 1901, la Época Eduardiana, que finalizó diez años después, no dejó de ser una expansión de esta.
Leroux, pues, fue uno de los muchos que dieron a su país, y a parte de Europa, un tipo de literatura de evasión, pero que también podía ser de calidad. Poixon du Terrail, con su Rocambole, y Leblanc, con su Arsène Lupin, serían otros dos, al menos, en Francia.

Una de las muchas versiones teatrales de "El fantasma de la ópera". Esta, fue un musical de Broadway, en Nueva York.

El norteamericano Lon Chaney, como fantasma, y Mary Philbin como la cantante Christine Daaé.

El trabajo principal de Leroux, realmente, fue el de periodista. Trabajó en el "Écho de Paris", donde trabajó como reportero y crítico de teatro, y más tarde en "Le Matin", sólo como reportero, y aunque estudió de niño en Normandía, pasó a hacer derecho en París, acabando sus estudios en 1889, aunque de poco le sirvió, si lo que pretendía era ganarse la vida como abogado, notario, o cualquier otra profesión que tuviera relación directa con su carrera. Pero, es que en aquellos tiempos, el trabajo de periodista, aparte de que no siempre estaba muy bien visto -entre ellos, digámoslo así, había sus héroes y sus villanos, sus estrellas, y su ejército de "carne de cañón" de mil y un periódicos de todo tipo-. En cualquier biografía se puede comprobar que Leroux fue algo parecido a un enviado especial itinerante, que lo mismo viajaba a Escandinavia -Suecia o Finlandia, donde no está muy claro qué tipo de noticias cubriría, más allá de la pacífica independencia de Noruega del reino de Suecia-, Gran Bretaña -el centro del mundo, donde no había periódico de cierta importancia que no tuviera alguien allá-, el norte de África -Marruecos, en gran parte colonizado por Francia, el resto por España, y con conflictos crónicos con la población autóctona, que no estaba muy por la labor de dejarse colonizar-, Corea -las guerras de China, Rusia y Japón por poseerla-, y la Rusia zarista. Fue allá, precisamente, donde cubrió los primeros tiempos de la revolución bolchevique. Además, también trabajó en el mismo París, llegando, incluso, por la ocasión en que se hiz pasar por antropólogo, conocer por dentro las cárceles francesas, e intentar demostrar que uno de los presos por cuya historia se interesó, y del que él defendía su inocencia.
Pero por si no fuera poco ese continuo viajar, y la enorme cantidad de artículos que le debieron exigir, porque los directores de periódico, o sus segundos en la redacción no eran muy comprensivos precisamente, le dieron tiempo para escribir novelas y relatos, y no poco precisamente. La mayoría los publicó precisamente como eso, como folletín, como folletos, o páginas separadas o diferenciadas, en los periódicos en los que trabajó, u otros de la teórica competencia, aunque el tipo de novelas o relatos que escribía permitía, más adelante, publicarlos en forma de libros de unas doscientas o trescientas páginas. Nada de enormes tomos de casi mil páginas, que en ocasiones, como en la obra de Sue, se publicaban años después en forma "recortada" o resumida. Eran fáciles y agradables de leer, y se trataba de historias que, sin ser obras de arte extraordinarias, sí tenían su calidad literaria.
En total, se calcula que publicó unas cuarenta novelas. Y se habla de cálculo, porque en ocasiones, hubo algún relato o novela corta que, tras salir a la luz en periódicos, no pasó al formato libro, y ya nunca más se supo de ello. Y no fue su caso el único. Hubo algunos autores populares con una obra tan extensa, en ocasiones, además, publicada con uno o varios seudónimos, que no es de extrañar que se dude qué y cuanto llegaron a escribir realmente.


Rouletabille, el fantasma de la ópera, y el cómo los personajes sobreviven más allá de su autor, incluso de las obras que protagonizan.

Aunque comenzó a escribir historias -muchas veces, relatos no muy largos- desde 1897, fue diez años después, cuando publicó su primera novela por entregas de uno de sus personajes más famosos: Joseph Rouletabille, "El misterio del cuarto amarillo", que llegaría a ser no sólo uno de los primeros clásicos de la novela detectivesca -no policíaca propiamente dicha- francófona, sino también un ejemplo, el primero, de las historias de "crimen imposible", del relato de algo que, en teoría, parece imposible que pueda pasar, pero que sucede realmente. Allá, la hija de un científico en atacada y casi muere por una agresión en una habitación cerrada por dentro, y en el que resultaba imposible entrar cuando ella estaba entro, e imposible también el salir una vez que su padre y unos sirvientes consiguen entrar en él, tirando la puerta abajo, aterrorizados por sus gritos. Tras la historia del cuarto, de 1907, Rouletabille, que no era policía o detective, sino reportero -como el mismo Leroux, lo que hace pensar que debía verse hasta cierto punto reflejado en él-, protagonizaría otras seis novelas, la segunda de las cuales, y también otra de las más famosas, sería "El perfume de la dama de negro" (1909). Las demás, de la tercera a la séptima, se publicarían desde 1912 hasta 1922, y Rouletabille, como Rocambole y otros, se transformó en un personaje de ficción que nunca perdió popularidad, aún mucho después de la muerte de su creador, cinco años después de la última novela del personaje.
Un segundo personaje, no tan famoso, pero igualmente carismático, sería "Chéri-Bibi", del que se escribirían cinco novelas -lo pongo entre comillas, por ser todas ellas, en la práctica, una sola, pero en cinco partes-, entre 1913 y 1925, que aunque en principio auto-conclusivas, no dejaban de ser parte de una sola historia. Las novelas de Leroux, al contrario que historias de menor interés, aunque podían ser aventuras más o menos independientes o auto-conclusivas de un personaje, reflejaban el paso del tiempo, y formaba un todo que se comprendía y disfrutaba mejor cuando podían leerse todas las novelas, una detrás de otra, y a ser posible, en orden correcto. Chéri-Bibi es e ejemplo de historia de un personaje que es acusado por la justicia por un crimen que no ha cometido, y castigado por ello, lo que no era siempre popular para la autoridad de la época, por cierto. Es enviado en un barco a una prisión, y tras escapar, consigue hacerse pasar por otro preso -el barco transportaba gran número de ellos-, que cree muerto, intentará saber quién es el auténtico asesino de su padre -el crimen del que se le acusa-, hasta que, finalmente, acaba enamorándose de la mujer del noble por el que se hace pasar, y descubre que es este el que ha cometido el crimen, e intenta hacer pagar al hijo del muerto, por si fuera poca crueldad. En los setenta, fue llevado a la pequeña pantalla, en una mini-serie de la televisión francesa.

Las aventuras de Rouletabille han tenido, como no, su versión en cómic...


... pero antes, tuvo numerosas ediciones en libros de todos los formatos e idiomas.

Pero de los al menos veinticinco relatos -cuentos o novelas- que escribiría fuera de esas dos series, sería "El fantasma de la ópera" (1910) el que se haría más famoso, dentro y fuera de su país, y tendría innumerables adaptaciones en el cine, el teatro y la televisión, además de influencia en otras obras que no eran adaptaciones propiamente dichas. Era, realmente, una historia distinta, pues no eran las aventuras de un héroe que intenta demostrar su inocencia de un crimen, o saber, como policía, periodista o detective improvisado, quién ha cometido otros, sino una novela entre romántica y terrorífica -o al menos, lo que en aquellos tiempos consideraban terrorífico, que era algo un tanto distinto a lo que se considera tal hoy en día-, con dosis de misterio, acción y, finalmente, tragedia. Teniendo en cuenta que no dejaba de ser una novela "popular", no hay duda que consiguió, y sigue consiguiendo, un espacio en la literatura francesa, aunque sea, básicamente, en sus versiones cinematográficas o teatrales. De ahí, creo yo, el consejo de leerla, no porque no haya habido películas que hayan sabido llevar el espíritu de la obra a la pantalla, sino porque la novela, en sí misma, merece ser conocida, sin llegar a ella desde el cine o la televisión, y poder disfrutar de las aventuras y desventuras de ese misterioso fantasma, con el rostro oculto tras una máscara, de la cantante Christine Daaé, de la que está enamorado, y del joven Raoul, el amor de la chica. y tercero en discordia.

Los protagonistas de la novela, en una versión musical del 2004 dirigida por Joel Schumacher, donde Gerard Butler da vida al fantasma en cuestión, y que tuvo en su momento éxito de público y crítica.

Una portad antigua de la novela, en su versión original en francés.

La Ópera de París, el escenario real en el que transcurre "El fantasma de la ópera".

Gastón Leroux falleció en 1927 en Niza, donde fue enterrado, antes de cumplir los sesenta años, y después de haber escrito, además de gran número de artículos periodísticos -de los que poco o casi nada queda ya-, casi cuarenta relatos y novelas, de los cuales resulta fácil encontrar en castellano la novela del fantasma, y al menos, las dos primeras de Rouletabille. Lo cual no es mucho, precisamente, aunque con paciencia, y la ayuda de internet, se pueden encontrar algunas más.

La tumba de Leroux, en Niza.

Una ilustración moderna -no conozco el autor- del fantasma de Leroux.


sábado, 2 de mayo de 2015

El segundo relato más corto de Amélie Nothomb: "Simon Wolff".

Otro de los pequeños relatos aparecidos en revistas o libros colectivos que raramente se traducen.


Amélie Nothomb, como ya escribí en las entradas que sirvieron para contar su vida y, al tiempo, hablar sobre su obra -en realidad, vida y obra se entrecruzan y mezclan sin saber exactamente donde empieza una y acaba otra, o viceversa-, aparte de sus novelas, que en ocasiones son más bien relatos largos, existen también algunos relatos o cuentos muy cortos, que acostumbran a aparecer en revistas o en libros colectivos, de una sola edición y tirada no demasiado larga -en Francia y Bélgica, al menos; en España, serían, seguramente, tiradas más que aceptables, por no decir grandes-, que se crean a partir de diversos relatos escritos para la ocasión por autores, en general, conocidos y respetados -o no-, y que acostumbran a tener en común el tema del que todos ellos tratan, o intentan tratar.
Hace tiempo publiqué el más corto de ellos, "Aspirina", que se dice que tiene la extensión de dos simples páginas, pero que a mí me pareció todavía más corto. Tal vez fueran dos páginas de un libro de formato pequeño y letra grande. En este caso, en teoría, ocupa seis, aunque con gran abundancia de espacios en blanco después de cada punto y aparte. Y son unos cuantos. Pensé, quizá, en eliminar dichos espacios, aunque como lo encontré así, en un foro -no blog- dedicado a la autora y su obra, que como ya se dijo también, tiene una especial alergia a las nuevas tecnologías, y no tiene web oficial, ni página en facebook, ni cuenta de twiter, ni cualquier otra cosa en la red. O sea, que el foro, como en realidad es habitual cuando tratan de literatura o cine, no tiene relación directa con ella, sino que ha sido creado por sus fans. Y de ahí que algunos cuelguen allá sus relatos más cortos en su versión original en francés, pues francófonos son los que lo crearon.
Pues aquí cuelgo una traducción, imagino que no del todo fiel, pero al no ser profesional, se hizo lo que se pudo, aunque creo que no está demasiado lejos -espero- de lo que la autora escribió en francés.


Simon Wolff.

Hay dos tipos de investigadores: los que tienen la suerte de llamarse Simon Wolff, y los otros. 


Mi nombre es Simon Wolff: la banalidad del nombre me permite respaldar la autoría de innumerables artículos. Ciertamente, no sé su contenido; en ocasiones, ni su misma existencia. Para nutrir un currículum, sólo cuenta la longitud de la lista de obras. 



Así que busqué  las referencias del "Índice de Orígenes de Citas Científicas" de todos los artículos firmados por S. Wolff. Y las he anexado a lo que los americanos llaman su "Resumen". Con tal ampliación, en lo sucesivo, su densidad y variedad propiciaron que se me abrieran las puertas más elitistas. 


Ya habrán comprendido: mi verdadero nombre no es Simon Wolff. He leído con pasión revistas científicas inexplicables. Pero en 1992, con pocos meses de intervalo, vi dos artículos (uno en el "New Scientist", el otro en "Para la Ciencia") que habían sido realizados por varios sabios bienhechores que tenían el nombre de Simon Wolff. Pensé que si había ya tantos homónimos, no habría objeción para alargar la lista. 


No hay justicia en el nacimiento. Mi nombre es Venantius Xatamer. Hay pocas probabilidades de que me encuentre un homónimo, y mucho menos en el mundo de la investigación. Esta singularidad no me habría disgustado si tuviera una sombra de espíritu de invención: pero no hay rastro de ella en mí. Mi cerebro no es idiota, sobre todo cuando procede a estimar al prójimo: sólo es incapaz de crear algo nuevo. Este es también el caso de la mayoría de las inteligencias. El sistema universitario es absurdo, forzando a cerebros ingeniosos pero estériles a disfrazar lo viejo como si fuera nuevo, es decir, escribir una tesis. 


Bajo el nombre de Venantius Xatamer, escribí una sola tesis, debido a la cual sufrí un dolor de perros. Todavía puedo oír el juicio del profesor: "Señor Xatamer, en su estudio, hay mucho de bueno y mucho de nuevo. Desgraciadamente, lo que es bueno no es nuevo, y lo que es nuevo, no es bueno". No obtuve la beca que esperaba.


Ese fue el día en que decidí cambiar de nombre. En menos de un segundo, Venantius Xatamer, filósofo mediocre a quien la CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) nunca hubiera querido, se convirtió Simon Wolff, poseedor de prestigiosos diplomas de las más célebres universidades estadounidenses, británicas y alemanas. 

En este momento, me encuentro en el interior de un tren. A través de la ventana, el paisaje no resulta interesante: es el de la típica provincia francesa que no creo que le interese a nadie. El revisor pasa y pica los billetes de cada compartimento  sin mirar siquiera a su dueño. Que sea Simon Wolff o Venantius Xatamer, nada significa para él. Por otra parte, fuera del mundo de la investigación, no significa nada para nadie.

Cuando uno lleva un nombre falso, solo hay una regla básica a seguir: huir de la capital y las principales ciudades. El robo de identidad es más propenso a ser descubierto  allí. 


Otra regla es la de no instalarse en ningún sitio. Eso no me cayó muy bien, nunca lo había envidiado. Si uno posee dinero -y yo lo tenía, gracias al CNRS- nada semejante a viajar.

Una sola persona está al tanto de todo: se trata de un profesor de matemáticas de la universidad de... Se entenderá que calle su ciudad y su nombre. Lo voy a llamar por sus iniciales: DN. Le telefoneo regularmente para saber como está cambiando mi situación. Resulta explícito: no evoluciona en absoluto. "Las personas no se preocupan por su identidad, Venantius. Tanto peor para tu orgullo,  tanto mejor para tus finanzas." 

Al principio, pensé que tendría menos suerte con las mujeres: Simon seduciría menos que Venantius. ¡Qué error! Las jóvenes tienen un oído  poco sensible. Sin embargo, detalles como el total de la cuenta del restaurante, o la categoría del hotel, son para ellas de suma importancia. 

Me quedé demasiado tiempo en M. No es que me llamara mi atención, más bien estaba empezando a fastidiarme. No resultaba extraño que me estuviera aburriendo: no estaba trabajando en nada. Cuando llego a un nuevo lugar, ya veo lo que hay que ver, observo a las mujeres que valen la pena, llamo por teléfono DN, y le doy una dirección temporal a la que puede enviarme las revistas científicas. Las leo en profundidad, acostado en la cama de la habitación del hotel. Me cuesta gastar mi dinero, porque no siento deseo de nada. 

Para ser más preciso, no siento deseo por nada que pueda comprarse. De lo que siento envidia, es de tantas cosas que no tienen precio. Mi mayor sueño sería encontrar una idea: por desgracia, como ya he dicho, mi cerebro no tiene los medios. Al menos eso prueba que no he usurpado mi título como investigador: yo investigo. Apenas tengo posibilidad alguna de encontrar lo que sea, a pesar de que investigue. Parece estar en mi naturaleza el buscar para no encontrar. 

¿Y qué es lo que busco? No tengo ni idea, desde luego. Cuando a Newton se le preguntó cómo había descubierto las leyes de la atracción universal (la gravedad), respondió: "Pensando cada día" ¿Qué sentido debe atribuirse a dicha frase? ¿Qué sentido tiene el hecho de pensar algo que no ves? Canguilhem dijo: "No hay invención sin la conciencia de un vacío lógico." De vacíos lógicos, yo los siento en todas partes, pero son demasiado vagos para que su tensión me revele la mínima luz.

Cuando no se encuentra nada, se roba. He robado el nombre de un puñado de gente más inteligente que yo. ¿Qué es un nombre? Nada. Llamarme Simon Wolff no permite ser el marido de las mujeres casadas con los otros Simon Wolff, ni vivir en sus casas, ni poseer su dinero (después de todo). Simplemente, es como si estuviera usando un código informático que me da acceso a un estatus  ventajoso.

Pero eso no me sirve para gran cosa, pues el mundo no es un ordenador. Pero hay que reconocer que existen similitudes. Llegamos a algún lugar donde rostros y puertas están cerrados. Entonces, pronuncias las pocas sílabas clave: "Mi nombre es Simon Wolff",  y la informática de las relaciones humanas se ejecuta al momento: los rostros y las puertas se abren ante ti. 

Llamarse Simon Wolff es como llamarse Sésamo.
En el mercado de valores, hay dos que son  muy populares: la verdad y la  justicia. No  es que sean muy respetadas, ni mucho menos, sino porque nadie pone su nobleza en cuestión. Un hombre que se bate por ellas está desde el principio en el lado adecuado.

Una cosa me sorprende: la profunda incompatibilidad entre estos dos ideales. Tomemos la verdad más banal: la identidad que recibimos al nacer. El nombre y "aquello que va con": estatus social, nacionalidad, o incluso los defectos psíquicos. No podemos imaginar algo más injusto. Pero contra esta iniquidad original, ¿Existe otra forma de proceder que no sea la mentira? 

Puedo escuchar una cortejo de gente respetable protestando: "No, uno puede elevarse por medio de sus obras, su virtud, etc." Suponiendo que esto sea cierto, cosa que dudo, ¿cual sería la cura para esas mismas personas, cuando se descubre en ellas la insipidez de sus propios rostros, la falta de encanto de un nombre, la ausencia de genio de un espíritu? 

Sí, ya sé: se puede vivir con esos obstáculos tan benignos. No merecen ni que se hable de ellos. No se trata de auténticos problemas -siempre y cuando, claro está,  de no tener ambición alguna en ningún campo-. Que es el caso de la mayoría de seres humanos. 

Pero ese no es mi caso. Durante años, he vivido en la obsesión de que la verdad se comportó de forma inapropiada conmigo, así que tuve que tomar venganza contra ella.

El día que cambié de identidad, no experimenté la menor vergüenza. Sentí una viva impresión de justicia. No me volví más hermoso, ni  más inteligente, pero me concedí un don privado que me permite consolarme para siempre de mi falta de belleza e inteligencia. 


Entre la verdad y la justicia, he optado por centrarme en la segunda. Lo que resulta extraño es que, a partir de mi mentira, me sentí más cerca de mí otra verdad  -una verdad mucho más real-. El brillante investigador lleno de diplomas se parecía mucho más a mi yo interior que el estudiante de un estéril doctorado. ¿Vanidad? Puede Ser. 



Pero cuando la vanidad es merecida, se le puede llamar orgullo. Después de todo, usurpar la identidad de otro no está al alcance de cualquiera. La prueba es que el procedimiento no es algo corriente. Decenas de Simon Wolff nacieron con este nombre providencial sin haber hecho nada para ello. Sin embargo, yo había  luchado para llegar allí. Si viviéramos en la meritocracia, yo sería el único en poder llamarme Simon Wolff.





sábado, 9 de agosto de 2014

"Habeas Corpus". La primera participación de Amèlie Nothomb en la revista "Charlie Hebdo".

Siguiendo la habitual costumbre del "completismo", para quién ya haya leído la obra de la autora en español, añadir trabajos mínimos no traducidos todavía.


La revista "Charlie Hebdo", en ocasiones, es considerada algo parecido a "El jueves" en España. Pero, probablemente, la comparación, sin ser completamente errónea, tampoco sería exacta. Más bien, tendría más que ver con la ya extinta -hace muchos años, ya- "El papus", que era una publicación de humor y sátira básicamente política, con más chistes que historietas, pero con una carga crítica política muy fuerte. Junto a otras revistas, como "Sal y pimienta", sacaron punta en los 70 y 80 a la época que, hoy en día, se llama, y desde hace mucho, la Transición, pero que desaparecieron a medida que la democracia se fortalecía, pero, al mismo tiempo, se iba estancando y anquilosando, debido a que no se pudo desarrollar al completo, llegando aquel error, el no llegar hasta el final, como así quería y esperaba el pueblo, a la situación actual, donde la crisis económica y social se ha entremezclado con otras, política y territorial. En Francia, han seguido existiendo revistas parecidas aunque, internet aparte, se podría decir que el "Charlie" -como a veces se le llama- ha acabado quedando como la única de cierta entidad. Se critica a la publicación, donde también hay apartados para opiniones, artículos de personajes famosos y relatos completos o a capítulos, que se ha quedado un poco antigua, pero cuando, tras publicar las caricaturas de Mahoma, fue incendiada por integristas islámicos -más o menos lo mismo que le pasó a "El papús", que sufrió un ataque de bomba por parte de ultraderechistas; en el fondo, la misma purria-, se pudo comprobar que, guste o no, se les haga más o menos caso, también es necesario que incluso en sociedades aparentemente tranquilas -cuando la gente no sale a la calle, eso sí-, conviene que haya alguien que, hablando claro, toque un poco las pelotas.
Bien, pues en dicha revista, Amélie decidió publicar un relato a capítulos, "Los champiñones de París", del cual, por mucho que haya buscado, no he podido encontrar apenas información -por el momento, al menos- pero antes de ello, hizo una primera y modesta incursión con un pequeño artículo en la sección "Tribuna", donde daba a entender el por qué no le gustaba internet, y sobretodo -no lo dice claro, pero se comprende bien-, el por qué no tiene su propia web, o cuenta de twitter o facebook. Simplemente, cree que la red de redes da demasiadas posibilidades de hablar -y de insultar, de amenazar, etc.- con completo anonimato. Si tiene razón o no, eso es cosa de cada uno, pero ella lo expresó así. Y es de suponer, que mandaría a la redacción de la revista su pequeño artículo, como no, escrito a mano. Como todo lo demás.


El estado en que quedó el local donde se realizaba la revista, tras ser quemado por islamistas radicales.

Habeas Corpus.
por Amélie Nothomb.

Si la ley de 1679 fue una revolución en la historia del Derecho Inglés, sospecho que ayudó su llamativo título: "Habeas Corpus". Esto es tanto más intrigante al pensar que esta ley que limitaba la arbitrariedad real había sido llamada de manera tan extraña.
Pero, no hay duda de que no habría atraído la atención de los filósofos de no haber sido el nombre menos sublime.
Las libertades individuales tienen muchas formas de ser amenazadas. Internet puede ser una de las más peligrosas restricciones de nuestras modernas libertades. La ilusión habría consistido en creer que este campo infinito de la no-ley sería un vehículo para la emancipación. Sólo la ley garantiza la libertad.
El principal problema de los inmensos territorios aún sin regular de Internet es que resulta casi imposible de aplicar allí, si no la propia ley, sí al menos el título de dicha ley. Sería necesario que un abogado genial creara un interfaz entre el habeas corpus y la web.
El cuerpo puede existir por escrito: se trata de la firma. Firmar un documento, un mensaje de texto con su nombre, es la producción de un cuerpo como una garantía de lo que se escribe. Si no tenemos derecho a escribir cualquier cosa, es por la razón de que tenemos un nombre,  y ese nombre es nuestro cuerpo.
En Internet, el cuerpo es el mayor de los ausentes. No hay potencial de impunidad más vertiginosa que la ausencia del cuerpo. El anonimato no es otra cosa que la representación verbal de la ausencia del cuerpo. Todo texto valiente y justo lo es sólo si incluye una firma. Recientemente he visto un contra-ejemplo de lo más extraordinario en el blog de una de las revistas de información más serias de Francia. Tener el menor motivo para aborrecer tal proceso no nos obliga a sentir empatía por su víctima.
No se trata aquí de todo Internet, pero sí en el mundo de los blogs y similares. Hasta que el abogado o el ingeniero informático encuentren una solución, no podemos hacer nada más que incitar a los exploradores de Internet a una mayor vigilancia vis-à-vis que permita dicho habeas corpus a escala léxica: la firma. Un mensaje que no tiene firma digna de ese nombre, debe considerarse que no existe.

París, 21/02/2008.


Una foto -de una sesión- en que Amélie fue entrevistada por la periodista de "Vogue" Mylène Farmer, en 1995 -hace casi veinte años ya; en aquella época, era todavía una casi desconocida veinteañera-.

Si la traducción deja un poco de desear, es porque mi nivel de francés tampoco es nada del otro mundo, aunque, con el paso del tiempo -repasar diccionarios, gramáticas básicas, y demás-, creo, o espero, que haya mejorado un poco. La próxima vez, un poco más, y más largo.




domingo, 6 de julio de 2014

El relato más corto de Amèlie Nothomb:

 "Aspirina".

Una traducción del francés, como siempre aproximada -o eso espero- del pequeño relato.


Esta traducción la he conseguido hacer a partir de la web literaria francesa Par Ahcene81, que, si bien no permite la copia -pues es de pago, y hay que estar registrado para bajarse el material literario allá contenido-sí permite el leerlo. En general, son relatos bastante más largos, pero en este caso, me limité -bueno, tiene su trabajo-, a escribirlo a mano en un papel en francés, reescribirlo en la misma lengua en un traductor de mi ordenador, y con un diccionario, un libro de gramática, y lo que sé de dicha lengua -que parece que es más de lo que yo habría pensado nunca, la verdad-, he hecho lo que he podido. Al fin y al cabo, se trata de dos páginas de libro -de un libro de la Nothomb, que sería de página pequeña, letra grande, y márgenes generosos-, lo que sería una entrada un poco larga en internet. No había para tanto, y lo pasé bien haciéndolo. Otra cosa es que estas cosas se puedan hacer o no, pero teniendo en cuenta -creo- que no existe el material en castellano a la venta, y siendo para la autora más una diversión que un trabajo propiamente dicho, no creo que fastidie  a nadie.



Aspirina, de Amélie Nothomb.

Cuando era pequeña, pronunciar la palabra "aspirina" equivalía a una blasfemia. En materia de medicina, mi madre tenía una teoría, o más bien una religión: todos fuimos criados en el culto a la homeopatía, o con mayor precisión, a un homeópata del que no puedo dar el nombre. Una fuerza esotérica me lo impide. Le llamaremos Señor X. Él vivía en Bruselas, y nosotros en Beijing, lo que hizo que sus enseñanzas resultaran, por remotas, más sagradas. Y también mucho menos prácticas: en los años sesenta no existía el fax, y cuando teníamos un resfriado, mamá tenía que escribir una carta al Sr. X, y nos prohibía tomar cualquier remedio antes de recibir por correo la respuesta del gurú, acompañada de unas píldoras salvadoras. La mayor parte de las veces, el mensaje llegaba con tanto tiempo de retraso, que  la naturaleza nos había sanado en el ínterin. 

Mi hermano, mi hermana y yo nos dimos cuenta de que los más terribles sufrimientos no tenían relevancia. El único delito sería tomar un remedio alopático, o sea, ajeno a la homeopatía. La aspirina era alopática, y por lo tanto, satánica. Yo estaba en una edad en la que  creía todo lo que mi madre me decía, y cuando tenía fiebre, antes habría muerto que tomar una demoníaca pastilla. ¿Que tenía un dolor de cabeza terrible? Nada dramático. El dolor se iría más pronto que tarde. Pero si aceptaba la religión de tomar ácido acetilsalicílico, el horror del pecado nunca sería borrado de mi conciencia. 

Y así llegué a la edad adulta, sin haber experimentado siquiera una aspirina, o  cualquier otra sustancia alopática. Es entonces cuando dejé a mis padres y me instalé en Bruselas. 

Una de las primeras recomendaciones de mi madre fue tener una cita con el Señor X en persona, lo cual cumplí piadosamente, como un musulmán que va a la Meca. El gurú belga se dignó a recibir a aquella muchacha de diecisiete años, a quién había atendido en la distancia desde su nacimiento. Y descubrí, no sin terror, que el Señor X tenía la apariencia de un zombi sádico. Me preguntó acerca de mis hábitos y descubrió que bebía mucho té: se mostró preocupado y me lo prohibió. No dije nada, pero pensé que entre el té chino y el Señor X, la elección era rápida. No he vuelto a ver al Señor X, pero tampoco caí en la herejía, que consistiría en elegir a otro médico. Acabé por decidir vivir sin ningún tipo de medicina, algo a lo que la lentitud del correo internacional ya me había acostumbrado. 

Mucho más tarde, mientras me encontraba en casa de un amigo, me cogió una de mis muchas dolencias. Mi querido amigo me trajo una aspirina. La miré como se mira al Anticristo, y grité que nunca habría de ingerir la sustancia de Belcebú. Consideró mis abjuraciones consecuencia de la fiebre, e hizo disolver la pastilla en un vaso de agua, que me obligó a beber. Tuve la impresión fascinante de haber absorbido el mal en persona por primera vez, y descubrí sus seducciones, y su sabor ácido y amargo me llenó de alegría. Un sabor que acabó por conquistarme. Poco después, un leve entumecimiento se apoderó de mí, y me hundí en un sueño beneficioso. Cuando me desperté diez horas más tarde, me sentía mejor que nunca. 

Desde entonces, se puede decir que soy una neófita de la aspirina. La amo apasionadamente y de forma revanchista por el tiempo perdido, e incluso actualmente, no puedo conseguir tomarme una sin tener la sensación de estar enferma para poder administrármela. Y tras haber descubierto la etimología de "salicílico", no puedo pensar en un sauce sin ver en él a un aliado del mal, al árbol de la transgresión, y me pregunto si el manzano del jardín del Edén no sería en realidad un sauce llorón,  y colgando de todas sus ramas, el remedio secreto para el dolor impuesto por el eterno.

Lo más simple, como tomarse una aspirina, visto desde otro punto de vista, y con una luz nueva.