viernes, 18 de octubre de 2013

El continente y el contenido.

O como, en esta época en que vivimos, resulta más importante y llamativo un museo como edificio en sí mismo, que por lo que contiene.

Como hace ya tiempo que no escribo nada aquí, tenía ganas de escribir algo, aunque fuera una entradilla corta, con algún comentario de algo que me hubiera llamado la atención o, simplemente, alguna ocurrencia que me haya venido a la mente.

Sin saber explicar el por qué, hace días que pensé en algo que me llamó algo la atención, y que vino a raíz de una segunda visita que hice a Bilbao, y en general al Norte -la primera fue hace años, a Euskadi; hace tres años, recorrí Asturias y Cantabria; en esta ocasión, otra vez a Cantabria, y a Bilbao y San Sebastián de nuevo-.  Es simple, y tiene que ver, directamente, con el museo Guggenheim: nadie niega que, como edificio y símbolo de Bilbao, es una maravilla. Yo mismo lo he visto de cerca en dos ocasiones, y en la segunda, he comprobado que se le han ido añadiendo esculturas nuevas, lo que hace de él un lugar más atractivo y fascinante, si cabe. Y tampoco se negará la originalidad del edificio en sí mismo, en forma de barco, creado con cientos de piezas de titanio, con aleación de cinc, -alguno se preguntará como, si el titanio es un metal tan caro y raro de encontrar, por qué no se ha robado pieza alguna: es simple, hace años, al poco de acabarse, se robaron un par, que cualquiera sabe donde andan, pero se trata de un elemento que tiene pocos usos, y siempre industriales o científicos; dicho de otra manera, si robaras una pieza, no sabrías qué hacer con ella, o a quién poder venderla o intercambiarla. Resultaría algo inútil, a la par de fácil de rastrear, así que mejor concentrarse en el cobre, y metales más fáciles de vender en el mercado negro-, que se asemejan a escamas, y que resulta ideal para soportar el húmedo clima del norte. Una edificación llena de curvas y formas aparentemente anárquicas, pero que, visto en perspectiva, no deja de ser armoniosas. 
Al edificio en sí mismo, añadir la que ya es la mascota de Bilbao, el perro Puppy, el can florido, porque son flores vivas las que lo recubren, y que hay que ir cambiando cada pocos meses, según la estación, y que hace que, en ocasiones, el perro en cuestión parezca estar haciendo sus necesidades, debido al que "pierde agua", en su parte inferior, lo que no impide que resulte casi obligatorio el acercársele, el tocarlo -¿están vivas, estas flores? Pues sí, sí que lo están-. Y junto al "mega-perro" -claro, es de Bilbao-, y el museo, también conocido como "La caseta del perro" -otra "bilbainada"-, contar las esculturas que se han ido añadiendo poco a poco: la araña, "Mamá", - con sus huevos -de mármol, y que todo el mundo intenta encontrar-, obra de Louise Bourgeois; "Tulipanes", una escultura en forma de siete tulipanes de vibrantes colores, y que pocos se resisten a no fotografiar; y ese par de ejemplos de "esculturas no corpóreas", por decirlo de alguna forma: "Fuente de fuego", de Yves Klein, consistente en cinco artilugios que mandan al espacio otras tantas columnas ígneas a determinadas horas del día; y la obra del japonés Fujiko Nakaya, consistente en un banco de niebla artificial, que provoca que el edificio aparente un barco que intenta navegar por un mar cubierto por dicho elemento atmosférico.

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El Guggenheim, como un barco recién llegado a la ría bilbaína.

El primer Guggenheim, en Nueva York.

Bueno, ¿y a qué viene esto? Como ya se ha visto, no me he extendido contando la historia del museo. Hay en la red muchas páginas que lo contarían mucho mejor que yo. El tema es otro. Simplemente es: ¿alguien sabe, realmente, qué es lo que se expone en el Guggenheim? Sí, vale, se conoce la costumbre de haber gran número de exposiciones temporales, principalmente de arte vanguardista, moderno -o sea, básicamente, abstracto-. Pero pocos son los que, en un viaje organizado por agencia, lo han visitado por dentro, aún teniendo tiempo para ello. Pero no son muchos más los que, visitando Euskadi y otras zonas del norte de España, se les ha ocurrido pasarse una mañana visitándolo por dentro. Yo lo hice la primera vez, y sólo me llamó la atención -quizá, por su novedad- una exposición dedicada a autores africanos. Pero apenas recuerdo nada más. Se han intentado hacer, también, exposiciones de arte "clásico", inteligible para el gran público, poco proclive a que le expliquen, culturicen, y en no pocas ocasiones, que les tomen el pelo, con lo más granado de la vanguardia artístico-cultural. Ha habido exposiciones -para algunos, demasiado pocas, y no muy duraderas en ocasiones- de grabados de Durero, de dibujos de Miguel Ángel, o de obras llegadas del museo Ermitage de San Petersburgo, pero no mucho más. Básicamente, porque el museo atrae a la ciudad mucha gente, y los bilbaínos lo notan y agradecen, pero la institución propiamente dicha -con una autonomía bastante grande, tanto del ayuntamiento, como de cualquier otra administración, lo que significa más independencia y personalidad propia, pero también, a veces, cierta falta de coordinación- necesita de visitantes, de los que pagan entrada y compran recuerdos, para mantenerse. Porque el edificio, sí, es una maravilla, pero las placas, como las cristaleras y todo lo demás, hay que, no sólo limpiarlos, sino también mantenerlos.

Un perro de Bilbao, crecidito. Y al lado, un ejemplo arquitectónico del color "azul Bilbao", muy de la ciudad, pero que no pega ni con cola con el resto del edificio.

En resumidas cuentas, en una época entre la modernidad y la post-modernidad -o como se quiera llamar a estos oscuros días en que estamos viviendo todos; o malviviendo, y cada vez más-, parece más importante en algo como un museo, que siempre ha sido una institución que destaca por sus exposiciones y fondos en propiedad, que el edificio sea llamativo y rompedor, un símbolo de la ciudad y el país, que lo que contiene y expone. Vendría a ser lo mismo que una universidad destaque más por sus instalaciones que por la calidad de sus profesores, y la preparación con la que salen de ella sus alumnos. O que lo más importante de un libro sean las tapas, y no el texto. Aunque esto, en ocasiones, es muy real. ¿O quién no ha oído hablar de algún nuevo rico, o no tan rico, que quiere presumir de cultura comprando los libros por metros, y pidiendo por favor, que los lomos y las tapas sean lo más llamativos posibles?

Un ejemplo radical de "libros por metros". No adornes tus paredes con ellos: mejor utilízalos para levantarlas.

martes, 1 de octubre de 2013

El monte Athos, el país de los monjes.

Una república monástica en un confín de Grecia.


Desde hace unos días, he podido leer alguna noticia que hacía referencia a un lugar que se podría considerar único en el continente europeo, pues, aún formando parte de la República griega, no deja de ser un auténtico estado dentro del estado heleno: una república monástica con una soberanía casi plena, y con un gobierno y una sociedad formados enteramente por monjes varones. Una rareza histórica y social, y un anacronismo, sin duda, pero también un mundo que parecía perdido, aparentemente olvidado, pero muy interconectado con la Grecia moderna.
Sin embargo, para comprenderlo un poco, mejor empezar por una breve descripción física del lugar, de quienes viven allá, de cómo lo hacen, y cómo son los numerosos monasterios en los que moran, para seguir con un resumen de su historia, y una breve explicación de su situación actual, en que la división teológica, y los escándalos de corrupción -algo tan común, por lo demás, también en el resto de Grecia-, que en la actualidad lo sacuden.

Un mapa de la república monástica de Athos, con el monte del mismo nombre en el sur-este de ésta.

El monte Athos visto desde el mar Egeo.

El territorio, en su totalidad, sería de unos 335 kilómetros cuadrados -parece poco, pero hay estados independientes más pequeños; de no ser un estado religioso, bien podría ser una pequeña nación que viviera del turismo y, con toda seguridad, de disfrutar de su condición de paraíso financiero-, y sería, para entendernos, dentro de la pequeña península de la Calcídica, al nordeste de Grecia, y con la forma de una mano de tres dedos, la tercera de las tres pequeñas sub-penínsulas -los dedos en cuestión-. O dicho de otra forma -con una precisión más geográfica-, más a oriente. O a la derecha, que viene a ser lo mismo. En este "país", que forma parte de Grecia, pero con una soberanía casi plena -aunque, por su misma naturaleza, no puede funcionar a nivel internacional como un auténtico estado-, formaría parte, en teoría, de la Unión Europea, incluido el uso del euro como moneda propia, pero está exento de diversas leyes, entre ellas, el de libre circulación de personas. Y eso es porque aquí, en este país de hombres, la entrada de mujeres está, simplemente, prohibida. La prohibición es tan radical, tan absoluta -que sería escandalosa, si  no fuera, también, una rareza histórica que no deja indiferente a nadie, pero que no deja de ser hasta cierto punto inofensiva-, que ni tan siquiera pueden haber allá  animales de sexo femenino. Razón por la cual, los monjes que deseen comer huevos o beber leche, deben importar dichos alimentos, pues no hay -al menos, en teoría-, ni gallinas, ni vacas, cabras u ovejas que puedan proveerlos de ellos. Y teniendo en cuenta que no es que cuenten con mucho espacio para el cultivo, ni que exploten el turismo de forma seria, no deja de ser una forma más de complicarse la vida. Pero se considera que toda la región es un gran momasterio masculino, dividido, a su vez, en veinte, todos ortodoxos -la mayoría griegos, pero también rumanos; las iglesias rusa, serbia, búlgara y georgiana también cuentan, cada una, con uno propio-, con su propia autonomía y personalidad, sus líderes y sus puntos de vista -que en no pocas ocasiones han provocado peleas y discusiones, nunca mejor dicho, bizantinas, e incluso violencia, como en el último año, entre conservadores y ultraconservadores o cismáticos-. En total, viven aquí más de 2.200 monjes -todos hombres, y la mayoría griegos, pero las otros iglesias pueden contar con monjes llegados de los países que representan, u otros que cuenten con comunidades de dichas nacionalidades-. Aunque el griego sea, además de oficial, la lingua franca de todas las comunidades, el resto de idiomas de los distintos monasterios "extranjeros" también lo son porque la República Monástica -que en realidad es una monarquía electiva, pues su jefe de gobierno, y en la práctica de estado, sería el llamado Patriarca Ecuménico de Constantinopla, heredero de la perdida grandeza del extinto Imperio Bizantino- tiene sus propias leyes -fueros de la Montaña Sagrada de Athos-, y se le deja hacer en casi cualquier cosa que no se entrometa en el -mal- funcionamiento del Estado Griego propiamente dicho.

Uno de los monasterios al borde de un acantilado, y que suben todo lo que necesitan con poleas y cuerdas, desde barcas que lo traen desde el exterior.

Los orígenes de tan extraña sociedad monástica.

Evidentemente, un estado de facto de este tipo, tuvo que aparecer, que crearse, en tiempos del Imperio Bizantino, o Imperio Romano de Oriente, que cuando su hermano occidental cayó, sucumbiendo a los ataques continuos de los bárbaros -o de los germanos, pues no todos eran tan bárbaros como se les ha pintado-, se quedó en Imperio Romano, sin más. El nombre de "Imperio Bizantino", en realidad, se empezó a usar cuando dicho estado ya había dejado de existir, y no fueron los griegos, ni tampoco los habitantes del sur de Europa -los que tuvieron más contacto con él- los que empezaron a usarlo, sin alemanes, flamencos y futuros holandeses, que lo consideraban algo tan alejado en lo geográfico, como en lo temporal y lo ideológico.
Fue el emperador -basileus- Basilio II, el que decidió en 963 permitir la construcción, en aquella zona casi inhabitable y olvidada, del monasterio de la Gran Laura, que, desde ese momento, tendría la primacía sobre todos los otros que allá se instalaran. Basilio estaba demasiado ocupado siempre con sus luchas contra los búlgaros, que con su khan, su rey-guerrero Samuel, había logrado crear un gran estado no sólo sobre la actual Bulgaria, sino también por una parte importante del norte de Grecia y Albania. El basileus tardó años en aplastar al pequeño pero aguerrido ejército de Samuel, exterminando a combatientes y civiles, y llegando a llevar -muy orgullosamente, por cierto- el sobrenombre de bulgaroctonos, "matabúlgaros". En la práctica, a medida que crecían los monasterios, la población de monjes, y el área que estos dominaban, todo aquello pasó a ser una pequeña provincia más, que siempre disfrutó de la protección del Imperio Bizantino. Sin embargo, la decadencia de dicho estado hizo que se acogieran a la protección del papado -algo que les resultaba odioso, después de que católicos occidentales y ortodoxos orientales se separaran en iglesias distintas, pero que no les quedó más remedio, ante la amenaza de los guerreros occidentales de la IV Cruzada, que, apoyados por Venecia, estaban mucho más interesados en destruir el estado bizantino, y saquear sus territorios, que en combatir a los musulmanes-, y, más adelante, sufrir el saqueo de los almogávares catalanes y aragoneses, en el siglo XIV, cuando el Imperio era poco más que retazos inconexos, más allá de la capital y alrededores.
Finalmente, los turcos sometieron Constantinopla, los monjes se rindieron -en vista de que no podían esperar ayuda de nadie-, y tuvieron que soportar fuertes tributos -como todos los cristianos, en mayor o menor medida-, lo que hizo que el interés por vivir allá disminuyera, y toda la antigua provincia monacal cayera en decadencia. Sólo a partir de 1912, durante la I Guerra Balcánica, en que el Imperio Otomano casi desapareció de los Balcanes -no conservó más que la Tracia turca, la actual Turquía europea-, el pequeño y atrasado reino de Grecia consiguió anexionarse el norte del país, que incluía Athos. Y en ese momento, su rey y sus consejeros se debieron preguntar qué hacer, y cómo administrar, tan curioso lugar. Un territorio con ideas arcaicas -algunos viajeros, tanto franceses y británicos como rusos, lo habían visitado durante el dominio turco, y sus opiniones van desde la admiración, el encuentro con la paz espiritual, o cierto desdén por lo que consideraban un poder demasiado grande de una iglesia tan pobre, en aquella época, como la griega, y la incapacidad de aquellos monjes de vivir sin fastidiar a nadie a la hora de reclamar ayudas-, pero que también, quizá por eso mismo, por tratarse de un pedazo de Edad Media que había perdurado hasta  pleno siglo XX, una especie de símbolo, tanto religioso como cultural y nacional, de la renaciente Grecia.

Cuando uno de los monjes muere, sus huesos son lavados con vino, y depositados en un osario común. No hay cementerios propiamente dichos.

En general, los monjes viven de forma modesta, y muy centrados en el rezo y la meditación, rodeados de cirios, lámparas de aceite, e iconos de la Virgen (la Santa Madonna), Cristo y los santos ortodoxos, que no son siempre los mismos que los católicos -por ejemplo, la emperatriz consorte Teodora, esposa de Justiniano, es santa para ellos, a pesar de haber sido en su juventud artista de circo, actriz de segunda y prostituta, o al menos dama de compañía. Pero el hecho de que acabara siendo, se supone, una buena cristiana, y el impulso que intentó darle al imperio como una auténtica soberana no reconocida, debieron contar mucho para subir a los altares ortodoxos-.

Los problemas de una república monástica en los tiempos que corren.

Está bastante claro que, en primer lugar, los 20 conventos y sus monjes no dejan de ser, en cierto modo, pequeños pueblos que, al menos en principio, deberían ser parcialmente autosuficientes en cuestión de agricultura y ganadería. Pero muchos de ellos no están muy dispuestos a tomarse en serio la explotación agro-pecuaria de su tierra. Además, al no haber animales hembras, no se pueden conseguir leche -aunque sí que aprovechan la que compran para hacer queso o yogur- o huevos frescos. Respecto al turismo, en principio existe, pero sólo se puede acudir en calidad de peregrino -o, al menos, eso es lo que los turistas deben contestar cuando se les pregunta qué han ido a hacer allá; se hace necesario, incluso, conseguir una autorización legal, llamada diamonitirion-, y no hay otra forma para entrar allá que no sea por ferry, que atraca en el único puerto de la "república", el de Dafni, donde se encuentra el también único bar, y se controla cada mochila de los que salen de su territorio, no sea que se lleve algún recuerdo que no debiera. Además, está prohibida la entrada a mujeres, niños y adolescentes -en estos dos casos, de ambos sexos-, y raramente se permite que más de un 10% de los "extraños" -o "exteriores", que también es como se les podría llamar- sean extranjeros -o sea, de fuera de Grecia, o no perteneciente a uno comunidad griega del exterior, como los chipriotas, o los griegos de Líbano, o de Norteamérica o Australia-. Todo esto hace que, en un lugar, donde en ocasiones -cuevas o pequeñas ermitas más o menos dependientes pero separadas de los monasterios mayores, pero también en algunos de los más pequeños- para enviar alimentos o medicinas, o cualquier otra cosa, se tengan que usar cestas atadas con cuerdas y tiradas por poleas, y que previamente se han traído en barca o lancha, el turismo, y en general todo lo que sea movimiento de personas o mercancías con el exterior, se haga difícil y problemático.

Una de las ermitas, probablemente habitada por un ermitaño, dependiente, pero separada de cualquiera de los monasterios comunales.

Si no hay comunicación por tierra -no hay carreteras, ni caminos que merezcan dicho nombre; se podría entrar, pero más como un aventurero o caminante de zonas montañosas, que como un viajero al uso-, cuando hay incendios forestales, y en Grecia son penosamente habituales -además, Athos es zona muy boscosa-, se podría decir que, si no se combate el fuego desde el aire, tienen que ser los mismos monjes los que impidan el avance de los fuegos. O eso, o esperar que se extingan por sí mismos, porque no parece que los habitantes del monte estén muy por la labor de construir -o permitir que lo hagan otros- cortafuegos, puntos de vigilancia, o, al menos, poseer material moderno anti-incendio.
En lo que sí parecen poder ganarse la vida, es en la restauración de libros y obras de arte antiguas. Algunos monjes son gente instruida y con estudios, e incluso carrera, y eso hace que administraciones, iglesias y particulares les manden sus preciados, pero un tanto maltratados por el tiempo, tesoros religiosos.
Pero Grecia, además de problemas económicos y sociales gravísimos, lleva sufriendo desde hace ya demasiado tiempo e flagelo de la corrupción, y la iglesia ortodoxa, que formalmente está separada del estado, pero que tiene una influencia todavía muy fuerte -y que, hasta hace poco, y por presión popular, no demostraba demasiada atención por la legión de los menos desfavorecidos, cuyo número no para de crecer, en los oscuros tiempos que corren para la nación helena-, no ha escapado a semejante lacra. El abad del monasterio de Vatopedi, acabó en una cárcel ateniense por haber intercambiado bienes rústicos de su comunidad monástica, sin apenas valor real, por propiedades del estado griego -por un valor de casi 100 millones de euros, y que fue una de las causas del gobierno conservador del momento- , que en principio, pertenecía a toda la ciudadanía, pero que no supieron de todo ello hasta que lo denunció la prensa. El hecho de que el causante de semejante desaguisado, el abad Efraim, cuente con seguidores incondicionales hasta por internet -que le vitorearon en una visita a una feria de turismo de Moscú, donde la iglesia ortodoxa griega fue como una invitada más- no impidió que acabara en la penitenciaría de Korydallos.

Los incendios en el monte hicieron que fuese imposible evitar que, aunque poco, no intervinieran bomberos del exterior, pero no era lo más común.

Los más jóvenes, además, aparte de sus necesidades, digámoslo así, más íntimas -que les "forzó" a hacer visitas a mujeres que les consolaran de ciertas "debilidades", lo que también hizo, para sorpresa de todos, que el SIDA llegara a un lugar donde, supuestamente, no podía llegar de ninguna de las maneras-, en ocasiones, quizá por un exceso de testosterona, acabaran rebelándose contra la iglesia oficial, concentrándose en el semi-ruinoso monasterio de Esfigmenu, para protestar por la apertura del líder de la iglesia, y su disposición al acercamiento al Vaticano y los católicos. Allá, unos 50 -en principio, llegaron a 100- monjes de lo más recalcitrante, que excomulgaron a los que, previamente, les habían excomulgado a ellos, resisten como pueden -cócteles Molotov incluidos-  no sólo a un pequeño ejército de monjes que han intentado sacarlos de allá por la fuerza, la misma que ellos están dispuestos a usar para resistir -con palos, piedras, y lo que haga falta-, sino también a la policía grieta. A los líderes religiosos no les hizo demasiada gracia ver allá a los uniformados, pero, realmente, poco más podían hacer, aparte de llamar a los profesionales. Y la policía griega, de enfrentamientos con manifestantes, saben bastante. Que se sepa, aunque los rebeldes se han ido debilitando, todavía están allá a palos. Como quién dice, lo de "paz en la Tierra" no van con tan santos varones.

Un "Monasterio de Meteora", como llaman en Grecia a los monasterios construidos en altas simas, tanto en Athos, como en otras zonas del norte, o en islas del Egeo, y casi inaccesibles, incluso por aire.

El cómo, en los tiempos que corren, podrá seguir existiendo algo tan curioso como una república monástica, no está demasiado claro, a no ser que sus miembros decidan abrirse al mundo y a la modernidad. También existe el peligro, para ellos, de que dicha modernidad, a veces demasiado reñida con la homogeneidad, no acabe engulléndolos, pues no dejan de ser un anacronismo viviente. Pero, en ocasiones, si dichos anacronismos son inofensivos -y no salen demasiado caros- no dejan de tener su atractivo e interés. Demasiado fuertes son las fuerzas -llámense cultura dominante, tecnología, capitalismo o, viniendo de otras partes del mundo, el islam o la cultura china- que tienden a homogeneizar a la humanidad y las naciones, así que, las pequeñas pero llamativas diferencias que todavía existen entre masas enormes de gentes tan parecidas unas a otras, por suerte o por desgracia -más lo segundo que lo primero- tienden a desaparecer irremisiblemente. O no.

domingo, 4 de agosto de 2013

El hombre que desentrañó los misterios de París.

Eugene Sue, padre -aunque no único- del género del folletín, y su viaje a los bajos fondos parisinos.


Conocer al hombre, para comprender la obra.

Hay que reconocer que, al contrario de lo que en principio deseé, y aquí escribí, no he tenido mucho tiempo, ni, la verdad, tampoco me he tomado demasiado en serio, el hacer más entradas. Pero debido a que no deseo dejar el blog medio abandonado cuando todavía tengo tan pocas en su haber, y porque, sencillamente, le he cogido gusto a esto de escribir, he decidido añadir, siempre que pueda, y me vea con ganas y algo que decir, alguna entrada más. Eso sí, precisamente, por la falta de tiempo, y mi costumbre de, en no pocas ocasiones, hacerlas muy, muy largas, no podrán ser, evidentemente, demasiado numerosas.
Pero a lo que iba, ¿cuál es, en este caso, el tema a tratar? en no pocas ocasiones, han sido mis intereses o gustos literarios -o de otro tipo- la excusa para escribir sobre tal o cual autor, o sobre algún género determinado. Ya se ha visto bien claro que me interesa la cultura popular -y no tan popular- francesa y, de rebote, belga francófona -o sean, de Bruselas y Valonia-, y en este caso, me gustaría escribir un poco sobre un curioso personaje del cual he podido leer su obra más conocida -o más bien, una "adaptación", o más bien, tremenda reducción de la obra original-. Se trata, en este caso, de Eugene Sue, uno de los padres del folletín francés -y europeo en general-, y de su, al tiempo que genial, también excesiva -empezando por su extensión original- "Los misterios de París".
En no pocos casos, la vida y personalidad del autor de una obra literaria -o, incluso, de toda una carrera- resulta más interesante que esta misma. Además, no podemos entender las segundas, si no conocemos las primeras, aparte de la posibilidad de comprender la época en la que vivió y trabajó el escritor en cuestión; y coso suele ser habitual, incluso tratándose en no pocas ocasiones de un personaje un tanto fuera de lo común, adelantado a su tiempo -o, al contrario, un auténtico anacronismo viviente-, o un auténtico outsider, personaje maldito o llamativo por su singularidad, éste no podrá nunca ser un hijo de su tiempo. En no pocas ocasiones, se dice -y con razón- que para conocer en profundidad una época, y la gente que la vivió, no hay nada mejor que acudir a la literatura de género, o como también se le llama -de forma, en no pocas ocasiones, tan despectiva como injusta-, "popular", en contraposición a lo que sería la cultura elitista o "alta cultura".
Eugene Sue es ambas cosas a la vez: alguien que fue tan llamativo como, a sabiendas y con mucho gusto, escandaloso, pero, al tiempo, personaje que nos permite saber más sobre el París y la Francia de la primera mitad del siglo XIX, la época correspondiente, más o menos, entre el fin del gobierno de Napoleón I, el conquistador de Europa, y los primeros años del reinado de su sobrino, el también emperador Napoleón III.
Sue sería, hoy en día, un hombre de clase media-alta, nacido en París, hijo de un cirujano de renombre, y, se cuenta, apadrinado por la misma emperatriz Josefina. Él también estaba llamado a estudiar y ejercer de cirujano, y realmente así lo hizo, en lo que en Francia llaman "la campaña de España de 1823", pero que los españoles conocemos mejor como la intervención de "los cien mil hijos de San Luis". Para entendernos, cuando los liberales consiguieron, por fin -y tras demasiado tiempo de persecución y cárcel, y de enfrentamientos bélicos- que el tiránico Fernando VII aceptara una constitución liberal, que parece que espantó en la Francia donde los Borbones habían vuelto a hacer de las suyas tras la caída de Napoleón, se decidió mandar desde este último país un ejército de intervención que ayudara al autoritario monarca hispano a imponer el poder de la monarquía absoluta. Y, aunque no fueron tantos como cien mil, ni todos eran franceses -también había, amén de algunos voluntarios y mercenarios de aquí y allá, miles de absolutistas y tradicionalistas españoles, sí fueron más que suficientes para acabar con el llamado "trienio liberal", al que siguió "la década ominosa", donde Fernando VII, en otra época llamado "el deseado" -que ya tiene tela, la historia...- volvió por sus fueros, a machacar a todo lo que oliera a liberal o laico.
Siglo XIXBien, fin de la entradilla de historia ibérica. Sue también participó, como cirujano, en la batalla naval de Navarino, donde las potencias occidentales -sobretodo, Gran Bretaña y Francia, que después del bonapartismo, empezaban a hacerse cada vez más amigas, aunque más adelante tuvieran sus más y sus menos- machacaban a la flota del cada vez más decadente Imperio Otomano, y así aseguraban la independencia de Grecia. Muertos sus padres, recibió una buena herencia, pero Sue debió pensar que, teniendo como tenía tanto dinero en sus manos -bastante, sí, pero tampoco una enorme fortuna- era mejor dárselas de bon vivant, dar ejemplo de etiqueta y del arte de vivir, y disfrutar de lo que, en aquellos tiempos en que se estaba gestando lo que se empezaba a llamar romanticismo, se llamaría "la bohemia rosa" -en contraposición de "la bohemia negra", llena de estrecheces, hambre y enfermedades-. Pero claro está, el dinero se acaba, así que decidió empezar a ganarse la vida, pero no con la medicina, que siempre odió, y que pensaba abandonar en cuanto pudiera -dicha profesión la ejerció por exigencia de su padre, harto de la pereza y despilfarro de su hijo, que lo hizo marchar a España y a la marina, como ya se ha contado, sino con algo que, sin duda, pocos habrían esperado de él: la literatura.  
Sue, al contrario de lo que podría pensarse en alguien de su fortuna y origen social, no era especialmente culto. Aunque de origen provenzal, siempre se sintió como pez en el agua en París, donde frecuentaba a gentes de toda clase y condición -no era especialmente clasista, hay que reconocérselo-, y en no pocas ocasiones, también individuos poco recomendables y de mala catadura. Sin embargo, tampoco rehuía, como muchos de su clase, a gentes de orígenes sociales mucho más modestos. A la hora de escribir, no tenía como base a los clásicos -fueran estos franceses, greco-latinos, británicos, o de cualquier otro tipo-, pues sólo gustaba de leer a autores contemporáneos suyos -y así lo hizo toda la vida-. Parece que uno de sus autores preferidos fue el británico Walter Scott. Respecto al carácter y aspecto que ofrecía, era hombre aficionado a los caballos -los criaba, y fue uno de los fundadores del Jockey Club de París-, al teatro y la música, vestido siempre de forma elegante y llamativa, con una barba sin bigote que parecía un collarín, muy a la moda, y con modales un tanto engreídos y pagado de sí mismo, notándose su condición de nuevo rico, que con el paso del tiempo, ni fue tan nuevo, ni tan rico.
Sus primeras obras se basaban en sus experiencias en el mar, pues al haber sido cirujano, por fuerza tuvo, al tiempo, que convivir tanto con oficiales, como con marineros y soldados. Es el caso de "Kernock el pirata" (1830), "Atar-Gull" (1831; no confundir con un cómic francés sobre la esclavitud de 2012, de Nury y Brüno) o "La salamandra" (1832, en dos volúmenes). Más tarde trataría el tema de las rebeliones -después de sufrir  masacres y persecuciones, aunque esto no se deja tan claro en la obra- de los protestantes franceses, en la región de Cevennes, muy a principios del siglo XVIII: "Jean Cavalier, y los fanáticos de los Cevennes" (1840). Pero sería en 1842, cuando escribiría su mejor obra, y la más conocida, Los misterios de París.
Sobre la razón de por qué escribió esta obra, no está del todo claro, excepto que, simplemente, le apeteció. Sue era habitual en todos los ambientes sociales, y gustaba de juntarse con todo tipo de gente. Y por muy vividor y engreído que fuese, parece que también tenía una cierta conciencia social. Él vivió en la primera época del romanticismo, que se empezó a desarrollar al poco de acabar las guerras napoleónicas, y el retorno del llamado antiguo régimen: monarquía absoluta, burguesía con poder político limitado, escasa posibilidad de progreso social entre obreros y campesinos -que sufrían una miseria y explotación espantosa que, no muchos años antes, estalló en forma de Revolución Francesa-, etc. En dicha época, el siglo de las luces, de la razón -el siglo XVIII- dio paso a un movimiento no sólo artístico -tanto literario, como pictórico- sino también social e intelectual. O más bien, emocional, porque no era el intelecto, en lo que se apoyaba con más fuerza el romanticismo. Este movimiento, que defendía el dejarse llevar por sentimientos, impulsos y deseos -aunque esta sea una forma muy simple de describirlo-, no hacía referencia sólo a individuos o pequeños grupos, sino a las naciones. Y sobretodo, defendía dos ideales: la unificación o independencia de las que no tenían estado propio y único -Alemania, Italia, Polonia, o Grecia, que a corto plazo, sería la única que, en aquella época, conseguiría conformarse en estado independiente-, y el fin de las monarquías autoritarias, las costumbres reaccionarias, las formas encorsetadas y frías, y el poder excesivo de la iglesia. O iglesias, pues no sólo hacía referencia a la católica, sino también a la anglicana, la luterana, etc.
También en aquella época, empezó a circular la idea de una forma de sociedad más justa, donde la situación de obreros y campesinos -la enorme mayoría de la población, en cualquier país que se quisiera observar de cerca- fuer mucho más digna, tuvieran mayores derechos, y una participación real en el gobierno, el parlamento y la justicia. Aquellas ideas, que más adelante se llamarían socialismo científico -más adelante, dividido en socialismo democrático o socialdemocracia, y comunismo o "socialismo real"-, o socialismo libertario -después conocido como anarquismo-, todavía no tenían un nombre o un contenido ideológico o intelectual demasiado claro, y tiempo después, a la hora de explicar la historia de las ideologías, se le conoció como "socialismo utópico". Este primer socialismo, todavía sin principios homogéneos, y que parecía más una corriente filosófica que una ideología política propiamente dicha, y con nombres como el inglés Owen, o los franceses Fourier o Saint-Simon, soñaban con un mundo perfecto y ordenado, donde desaparecieran la explotación y la miseria. Pero como cambiar naciones enteras era demasiado difícil, optaron, en su momento, en crear "colonias laborales", como los falansterios -una especie de ciudades-estado independientes y que se abastecían a sí mismas de todo- o las granjas cooperativas; normalmente, dichos experimentos sociales y económicos no tenían mucha salida en Europa -no sólo por la falta de espacio a "colonizar", sin importar demasiado la forma, sino también por la negativa de casi cualquier gobierno a permitirlo- pero sí en el Nuevo Mundo -Estados Unidos, Argentina, Canadá...- y en las colonias, como Argelia. En "Los misterios...", los personajes que deseaban empezar una nueva vida fuera de la miseria que les había abrumado en París, optaban siempre por marchar -o así lo podrían haber hecho, en caso de querer- a la naciente colonia de Argelia, que Francia había arrebatado a un decadente Imperio Otomano en 1830, si bien en aquella época, el territorio dominado por los franceses no iba mucho más allá de las ciudades de la costa, y algunas zonas agrícolas unos kilómetros al interior -la conquista de las zonas montañosas y desérticas necesitaría muchos años de luchas contra los bereberes y los tuaregs, aunque esto ya sea otra historia-.
Teniendo en cuenta que su primitivo socialismo, mezcla de filosofía, cristianismo primitivo -al contrario de lo que se dijera, Sue no era ni ateo ni realmente anticatólico, sino anticlerical y, sobre todo, contrario a los jesuitas-, revolución pacífica y colonización de espacios abiertos, no tenía bases sólidas -y en un futuro se vería, pocos éxitos prácticos, aparte de llamar tealmente la atención de la situación de gran parte de la población europea-, y que Sue tampoco es que fuera un intelectual, su visión de redención de los pobres resulta un tanto ingenua y poco creíble. Pero de todas formas, no dejaba de ser, antes que nada, un principio. Él no sería el mejor a la hora de denunciar la explotación de los oprimidos -realmente, sus protagonistas pobres son, básicamente, delincuentes o sub-proletariado, más que trabajadores propiamente dichos-, pero sí el primero que lo haría, además, con gran éxito de público y ventas.


"Los misterios de París".

Y ahora, entrando en materia, ¿qué es lo que cuenta Sue, en su obra más paradigmática y conocida? Y sin duda, también la mejor, dentro de lo que cabe, o la que mejor ha resistido el tiempo.
En general, en aquella época, era muy normal que muchos autores publicaran sus obras, fueran novelas, relatos más o menos cortos, o poesía, bien en revistas literarias -cuya formato sería, realmente, parecido al de un periódico- o en diarios, en los que noticias, opiniones y editoriales, y relatos o capítulos de novelas se entremezclaban. Como en muchas ocasiones la calidad de los periódicos en cuestión dejaba un tanto que desear, y los periodistas cambiaban de cabecera de diario con facilidad, y en no pocas ocasiones escribían, más que lo que ocurría, lo que mejor les parecía, había que buscar, entre una miríada de diarios de la competencia -pues al lado de un pequeño número de periódicos "respetables", dedicados sobretodo a política interna y exterior y a economía, había una enorme cantidad de libelos de toda ideología o temática-, alguna forma de destacar y de atraer nuevos lectores. Aunque fueran lectores temporales. Eso sí, si la temporada que les daba por comprar el periódico eran, no semanas -lo que significaba que quisieran seguir, por ejemplo, la forma en que se investigaba y se llegaba a solucionar un crimen misterioso, o algún caso de corrupción demasiado descarado- sino meses o años, mejor. Y nada mejor, que conseguir un escritor barato, con enorme inventiva, y capaz de escribir, aunque sólo fueran unas pocas páginas diarias, que pudiera conectar con el gran público -o sea, la clase media o media-baja, que pudiera permitirse comprar diarios, aunque fueran baratos, pero que no quería complicarse la vida con artículos sobre finanzas o trifulcas políticas-, dispuesto a comprarlo -o aunque fuera, leerlo de prestado, pero que lo adquiriera, al menos, de vez en cuando- a diario.
En 1842, uno de esos diarios capitalinos, Le Courrier Française, decidió confiar en Eugene, conocido ya en la capital, más que por sus primeras obras, por su personalidad y su facilidad para dejarse ver y escuchar y, al tiempo, interesarse por la variedad de gentes que poblaban su ciudad. Aquello fue, más de lo que el editor de dicha publicación pudiera suponer, un éxito y un acierto enormes por su parte, pues las ventas crecieron en poco tiempo como nunca imaginaron, no pararon de crecer hasta el año siguiente, en que acabó de publicar la historia de tan curioso personaje.
Sue quiso describir los bajos fondos de París, a los delincuentes, los miserables, la clase obrera explotada, el cómo se ganaban la vida, se destruían, o eran aplastados por la sociedad. Pero claro está, aunque él conociera miembros de todas las clases sociales, y no tuviera demasiados miramientos clasistas a la hora de hablar, aunque fuera un poco, con algunos de ellos, no significaba que los conociera en profundidad. Escribía, por tanto, un poco de oídas, de lo que había observado superficialmente, pero sin llegar a profundizar. Su obra es un ejemplo claro, pues él fue uno de los iniciadores del género, de lo que se llama "folletín" en que los franceses -también otros, como británicos o españoles- destacaron durante décadas. Sería contemporaneo de, por ejemplo, Alexandre Dumas, el padre de "Los tres mosqueteros", aunque este último ha envejecido mucho mejor; tal vez, porque también era mucho mejor escritor, y sería ejemplo de otros nombres posteriores, como du Terrail o Féval. El nombre de folletín -en francés feuilleton, diminutivo de feuillet, "hoja", pues no dejaba de ser eso, unos hojas en una publicación más generalista, o a lo sumo, unos cuadernillos aparte- indica ya su origen, y si bien se trataba de un tipo de narrativa muy poco exigente ni en la forma ni en el contenido, sensacionalista, dramático y un tanto simplista, que mezclaba amor -o no; el folletín amoroso era muy común- con terror, acción, y más adelante, proto-ciencia-ficción, relato detectivesco o criminal, etc. en no pocas ocasiones, de una forma tan poco creíble como forzada, significó también el llevar la literatura a multitud de hogares, y que millones de personas que, en principio, raramente leían libros -no había apenas bibliotecas públicas, y los libros resultaban muy caros-, se acostumbraran a la lectura como una afición más. Y algo más: que no pocos futuros escritores descubrieran, gracias a dicho género, su auténtica vocación.

Desde las alturas, París parece albergar tantos misterios como recorriendo sus calles.

De todas formas, pensar que el folletín, en el sentido de "novela por entregas", era utilizado como forma de presentar una obra nada más que por autores "populares", o de calidad discutible, es un error. Autores como Balzac, Victor Hugo,  Flaubert o, en Gran Bretaña, Charles Dickens o Robert Louis Stevenson.
La obra, que no siempre se encuentra completa -ha sido "podada" en muchas ocasiones-, ronda casi las 600 páginas. En mi caso, leí una edición de unas 400, por lo que el encargado de eliminar lo supuestamente sobrante -porque Sue repite y se repite, dando vueltas y vueltas a las cosas, eso sí-, pues un tal Françoise Fosca (?) decidió "podar" la "hojarasca literaria" que impedía, si no disfrutar, sí apreciar mejor la obra original. Pero teniendo en cuenta lo eliminado, debió realizar su trabajo, más que con tijeras, con auténtica motosierra, razón por la cual, cuando leí en internet algunos párrafos para compararlos con mi libro, que conseguí -a precio ridículo, uno o dos euros, no recuerdo bien- en esos lugares fantásticos para los que queremos comprar sin arruinarnos como son los mercadillos de segunda mano, no me sonaban de nada. Simplemente, el  misterioso señor Fosca, los había eliminado al completo.

Aunque la fotografía sea posterior a la época de Sue -finales del siglo XIX- es posible que sus personajes vivieran y se movieran por lugares del viejo París como el que se puede ver en ella.

Sue crea el personaje de Rodolfo, noble alemán que, después de perder a su hija -que cree muerta- decide averiguar qué es lo que realmente pasó, mientras se entremezcla con la clase baja del centro de París, y va haciendo el bien allá donde puede, lo que también significa poder ir conociendo a todo tipo de personajes, algunos virtuosos a pesar de todo el vicio y pecado que les rodea -como la joven Flor de María-, otros, capaces de regenerarse con ayuda -el superviviente Puñales, que malvive de lo que puede, pero que evita robar, a pesar de haber pasado por la cárcel, tras matar por accidente a su sargento en el ejército, y que acaba siendo gran amigo del protagonista-, y los hay, como la Lechuza o el Profesor, malos de solemnidad, que pasan el tiempo pensando como dañar a los protagonistas "positivos", o en planear nuevos golpes. Y estos últimos, los malvados, como el Cojuelo o el Esqueleto, o secundarios como la Loba o la familia Marcial, más que la nobleza -que a veces es retratada como gente dominada por el egoismo, la molicie, y el despilfarro de grandes fortunas ganadas con poco o nulo esfuerzo; como el caso del mismo autor, aunque éste fura burgués y no tan rico, todo hay que decirlo-, son los que más interés tienen, y, aún no siendo siempre demasiado realistas -de todas formas, hay que tener en cuenta que son personajes que habrían vivido en los años 30 del siglo XIX, y su forma de pensar y actuar deberían diferir bastante de las nuestras-, sí que son interesantes y atractivos. Porque eso sí, de personajes, el autor iba sobrado. El problema, en no pocas ocasiones, es recordarlos todos, o encontrar el sentido de la existencia de parte de ellos. Di todas formas, si se daba el caso de que alguno de ellos empezaba a sobrar, o se le eliminaba, o se le dejaba en un apuro para, varios capítulos después, y sin venir a cuento, sacarlo de él y no acordarse de su destino hasta casi acabar la obra. Son las reglas de la falta de reglas.
Aquí, los malos son muy malos, y los buenos muy buenos. Siempre puede haber algún malvado que, después de sufrir y arrepentirse de sus crímenes, acaba, de alguna forma, redimidos, si no para la sociedad, que no recuerda sus anteriores malvadas, sí para Dios -porque, como ya se ha dicho, Sue no es ateo, sino simplemente anticlerical; o sea un hijo de la revolución, más que del bonapartismo, como fue su padre-.
La estructura de la novela es simple: no la hay, realmente. Sue creaba, imaginaba, personajes y situaciones, líos y enredos -algo típico del folletín; y más adelante, en el teatro, del vodevil o la opereta-. Y lo hacía de tal manera que, en determinado momento, no salía salir del lío en que había metido a sus personajes, no tenía idea de como acabar el capítulo, o bien, cómo seguir al día siguiente. Un amigo suyo, escritor y periodista, Ernest Legouvé, escribió en sus memorias que Sue no escribió nunca una obra de teatro -aunque la idea le agradaba- porque, simplemente, habría tenido que estructurarla con lógica y orden. Algo que en él, en su personalidad y su obra, era casi imposible. En no pocas ocasiones, Sue acudió a casa de su amigo pidiendo ayuda, y Legouvé, con paciencia, le invitaba a tomar algo, y se sentaban, en ocasiones hasta bien entrada la noche, para saber cómo sacar a Rodolfo de un sótano cerrado por fuera que se estaba llenando rápidamente de agua, y que amenazaba con ahogarlo; o cómo salvar a Flor de María de morir ahogada en medio del Sena, y sin nadie a la vista que le echara una mano. Como el folletín, incluso el más supuestamente realista, no deja también de tener su parte fantástica, su "deux es machina", sus soluciones cogidas por los pelos, y sus salvadores llegados de la nada, aquello no dejaba de ser parte del juego. Muchos lectores pensaron, evidentemente, que todo salió de la mente del autor como si nada, y no imaginaron que, realmente, los visos de inverosimilitud de parte de la historia no eran para maravillarlos, sino para salir de un apuro narrativo.
Prefiero no contar más de la historia, porque resulta realmente difícil sin escribir hojas y hojas. Y ahora dos preguntas: ¿influyó Sue, aparte de en sus lectores, en autores posteriores? Mucho o poco, sí. Porque el folletín, dividido más adelante en novela o relato más puramente románticos -sobretodo en Alemania; sí, Alemania, en su momento, resultó, al menos literariamente, el país más romántico de Europa-, y en novela realista -y más adelante, "naturalista", de realismo exacerbado- tuvo que influir por fuerza en "Los miserables" de Victor Hugo, o en la obra del naturalista Zola -"Germinal", para empezar-, del que provendría, más adelante la "novela social", o proletaria. Igualmente, también, aquellos personajes a veces poco creíbles pero poderosos, debieron influir en novelas de detectives, misterio, etc., como las que escribió a mansalva y casi en cadena, entre otros, Gustave le Rouge, del que ya se habló algo al tratar la CF en francés.

El éxito de "Los misterios..." hizo que, ya en el siglo XIX, tuviera una versión impresa ilustrada. En esta página se puede ver el encuentro entre Flor de María y el Puñales -un chulo, sí, pero con buen fondo, que la obliga a invitarle a vino. El valiente que le calienta, y del que se hace después amigo, es el protagonista, el príncipe alemán Rodolfo-.

La otra: ¿vale la pena leerlo? Bueno, aquí, la respuesta se hace difícil, y se podría decir, al tiempo, sí y no. Para quién no tenga interés en un texto escrito hace más de siglo y medio, y con un estilo que claramente ha quedado anticuado -dependiendo también de las traducciones; he podido observar que son las más antiguas, con un estilo algo pasado de moda, las que mejor le van-, puede ser casi perder el tiempo. Pero para guste de leer un poco de todo, y tenga curiosidad por saber cómo era un folletín, precisamente, con uno de sus máximos exponentes, quiera saber qué es lo que pasaba por la cabeza de un personaje tan curioso como Sue, y le agraden las letras de otras épocas -y entre los que leen autores francófonos, como los que gustan de los británicos o los rusos, hay muchos auténticos exploradores y buscadores de antigüedades-, está bastante bien. No es una obra de gran calidad, en no pocas ocasiones uno se da cuenta de las limitaciones del autor, y aunque existen versiones "reducidas" -como la que yo leí- que pueden inducir a pensar que se nos ha privado de leer, quizá, parte de lo más interesante, no deja de ser lectura agradable y llamativa, que, a pesar de no ser muy realista, habla bastante a las claras de una época ya pasada, pero no muerta. Aunque sólo sea, porque todavía hay gente interesada en redescubrirla, en este caso, por medio de su cultura popular escrita. Así pues, prefiero no recomendar ni una cosa ni la otra. Mejor, dejarlo en manos de cada cual.


Obras posteriores, y últimos días de la vida de nuestro hombre.

Como es lógico, Sue intentó aprovechar el éxito de su obra, que intentó alargar todo lo posible en el periódico -lo que, lógicamente, acabó afectando a la novela, con la dificultad de dar fin a tantas líneas argumentales, y personajes principales y secundarios que aparecían y desaparecían, y que en ocasiones, el mismo autor no sabía bien cómo alargar sus aventuras, o que convergieran en las de Rodolfo, el Puñales, el Profesor y demás protagonistas más o menos principales-. Así pues, en cuanto pudo, empezó una segunda obra que aumentaría su fama, y de la que se habló durante bastante tiempo, aunque, con el paso de las décadas, su recuerdo ha ido diluyéndose más que el de "Los Misterios...": "El judío errante".
En este caso, no es la burguesía egoísta, o la nobleza perezosa y acaparadora -aunque también en la obra se pueden observar nobles con mejores sentimientos y elevados ideales; pero tampoco son el prototipo- los que reciben del proto-socialista Sue, sino los jesuitas. Aquí, son representados como una secta dentro de la iglesia católica, con un poder económico y político tan oculto como extraordinario, lleno de auténticos genios del mal que no saben que inventar para eliminar a todos y cada uno de los protagonistas, excepto a uno, y eso, porque es misionero. Dentro de lo que cabe -no he leído la obra entera, pero sí algún capítulo, y retazos varios, que pueden ayudar a hacerse a la idea de lo que trata, y como lo trata-, estos jesuitas te acaban medio cayendo bien. Quizá, porque uno recuerda a los jesuitas actuales, que son bastante distintos a los de, digamos, cincuenta años -y ya no digamos, de hace más de siglo y medio-, o porque, esta orden siempre ha sido no sólo influyente y rica -según momentos, más o menos, pero siempre con cierto poder económico-, sino que agrupa a gran parte de los mayores cerebros de la iglesia católica. Sue los consideraba, como muchos de sus contemporáneos de cualquier país además del suyo, como una secta siniestra dentro de dicha iglesia, así que, más que al cristianismo en general, les atacó a ellos. Pero estos jesuitas, la verdad, más que miedo, hacen cierta gracia, y hasta acaban cayendo bien, como cualquier malvado de pacotilla que parezca sacado, precisamente, de un folletín.
Enfrentados a los jesuitas, los siete descendientes de una familia de hugonotes franceses, que deciden -o más bien se ven obligados- a huir de la Francia del siglo XVI, con sus persecuciones de los protestantes, incluida la terrible noche de San Bartolomé, donde se asesinó a miles de ellos por todo el país. Esta gran familia se dispersa por todo el mundo occidental -Alemania, Polonia, América en general...- y, en la actualidad -para el autor, se entiende; o sea, mediados del XIX-, se reúnen los únicos siete supervivientes en París -dos gemelas hijas de un ex-oficial bonapartista, una condesa, un príncipe hindú que da un poco el cante, un industrial, un artesano del cuero, y un misionero católico-, cada uno con una medalla de bronce -se supone que para reconocerse-, para recibir una cuantiosa herencia que, las cosas como son, no se tiene demasiado claro de donde viene y por qué ha de recibirse en ese lugar y fecha. Los jesuitas, obsesionados con las riquezas, claro está, desean hacerse con ella, y no pararán hasta conseguirlo, aunque tengan que contar con los servicios de un muy poco católico asesino de la secta hindú de los Tug, que cree que la religión y la determinación de los miembros de la orden son más terribles que su propia gente, a pesar de su venenrción por el asesinato ritual. Respecto al judío errante del título -personaje de la mitología popular en la Edad Media, pero cuyo recuerdo ha ido perviviendo hasta hace bien poco-, no sale más que, a lo sumo, en el 10% de la obra, y poco podemos saber de él -en resumidas cuentas, el personaje, el más interesante de todos, no está suficientemente explotado, y un poco más de fantasía no habría ido mal; porque, al querer ser más realista, Sue consigue lo contrario; con una criatura irreal, la lectura habría sido mejor-.

020-El paseo de los jesuitas-Le juif errant 1845- Eugene Sue-ilustraciones de Paul Gavarni
Los jesuitas de "El judío errante", según una ilustración de la obra de Sue.

001-El judio errante-Le juif errant 1845- Eugene Sue-ilustraciones de Paul Gavarni
El judío errante -más joven de como que normalmente se le retrata-.

Aparte de ello, Sue, que hace ganar enteros a la historia cuando habla, de nuevo, de la pésima situación social de sus compatriotas -en este caso, de los obreros, más que de gente que ha acabado cayendo en la delincuencia o en la cárcel-, al tener que entregar cada poco un capítulo nuevo, no es que se esmere demasiado, sino que en no pocas ocasiones, soluciona el final de uno -donde los protagonistas se enfrentan a un peligro mortal y de difícil salida-, contando en el siguiente, en breve y poco creíble resumen, cómo han conseguido salvarse, y han llegado a un país distinto a donde estaban en el anterior.
Aparte, mientras que los jesuitas son tipos, dentro de lo que cabe, imaginativos y hasta simpáticos -se les supone malvados, pero se les describe de forma un tanto ridícula-, los "buenos" de la historia pueden parecer, cosas de la época, un tanto estomagantes, ñoños y demasiado bondadosos e ingenuos.
Aún así, el bueno de Eugene siguió con su éxito, y sus ingresos económicos -que no aprendió demasiado a conservar, todo hay que decirlo-. Siguieron "Los siete pecados capitales" (1847-52; aquí se tomó su tiempo, saliendo a la luz cada capítulo cuando mejor le pareció, teniendo en cuenta que cada pecado era una historia diferente), que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo considerada una serie de "novelas de costumbres", como se les llamaba en su época, que muy probablemente llegan más hondo que historias suyas anteriores.
Su última obra de importancia -aparte de "El comendador de Malta", de 1846, y "La marquesa Cornelia Alfi", su última obra, de 1852-, sería "Los misterios del pueblo", donde se cuenta la historia de la familia Lebrehn, desde la conquista romana de la Galia por César -que ya es decir-, hasta la actualidad, pasando por el dominio de los invasores francos y, más tarde, de la iglesia católica. En este caso, sí que se comprueba, en un Sue más maduro y, tal vez, más cansado del poder eclesiástico en la patria de la Revolución con mayúsculas -él era republicano y rupturista con el viejo régimen-, lo que le provocó sufrir la censura, y que su libro acabara en la lista de libros prohibidos por la iglesia católica.  Es curioso que parte del texto de esta novela sufrió plagio tras plagio -un plagiador copiando a otro-, y donde él atacaba, de nuevo, a los jesuitas, los oscuros personajes que pergeñaron "Los protocolos de los sabios de Sión", los sustituyeron por judíos, cuando él nunca demostró antisemitismo. Y desde luego, nunca supo de ello, pues este mal uso de tercera mano, se realizó años después de que hubiera fallecido.

El pueblo saliendo a las calles en la revolución de 1848, que dio paso a la efímera II República francesa.

Comparado con Dumas, ideológicamente su contrario, pero que reconoció sentir cierta simpatía e interés por su obra -se les intentó enfrentar sin éxito; Sue también sentía agrado por la obra de su rival, que ha envejecido mucho mejor que la suya-; en 1848 consiguió, por fin, entrar en política. Este año fue el de las segundas revoluciones románticas. Si en 1830 Francia se libra, por fin, de los desastrosos borbones -de Carlos X, hermano y sucesor del igualmente mediocre y autoritario Luís XVIII-, en 1848 es Luis Felipe I de Orleans, llamado "el rey ciudadano", el que salta del trono, instaurándose la II República. En 1850 llegó, incluso, a ocupar un puesto en la nueva asamblea del pueblo, pero cuando el sobrino de Napoleón consigue llegar al poder, primero como presidente y, después de un golpe de estado -al que Sue se opone firmemente-, como emperador, cae en desgracia, y decide marchar en 1851 -o se le obliga a marcharse- al exilio interior a la población de Annecy -en aquella época, una pequeña ciudad de provincias de unos 8000 habitantes-, en Saboya -la Saboya histórica, no la actual; más bien, estaba muy cerca de Suiza, en la antigua Borgoña-, donde sólo tendría fuerzas para escribir "La marquesa Cornelia Alfi", muriendo en 1857.

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Napoleón III, creador del Segundo Imperio, y responsable de truncar la breve carrera política de Sue.

En resumidas cuentas, hasta hace poco, me sonaba el título de su obra principal, y tal vez había oído el nombre del autor, pero no sabía, realmente, de qué trataba -más bien, me parecía una obra de fantasía, o sucesos y personajes paranormales-. Después de leerlo, y aunque no es que sea una obra de arte, no puedo decir que haya sido perder el tiempo, más bien el contrario.



martes, 25 de junio de 2013

Un breve comentario sobre Nirvana. 

"Where did you sleep last night": la versión del grupo de Kobain sobre un clásico de la música tradicional americana de incierto origen.


Hacía ya mucho que no escribía en el blog, y mi falta de tiempo libre sigue siendo considerable, aunque ya no tanto. Así que decidí hacer una entrada corta, basada no en un grupo que escuché en mi adolescencia y primera juventud, y que sigo escuchando hoy en día, aunque ya no tanto como en aquella época, que me parece ya tan lejana -¡en fin..., mejor dejemos el tema de cómo pasan los años!-. Cuando a una persona le gusta especialmente un grupo, o un estilo de música, aún no sabiendo demasiado del tema, en el sentido de que no soy capaz ni de usar los términos técnicos, ni de analizar en profundidad letras, influencias, o pericia musical de cada uno de los instrumentistas, sí que es capaz de hablar -o, como en este caso, de escribir- largo y tendido sobre ese grupo o grupos, sin importarle demasiado en cometer tal o cual pequeño error -la cuestión, más bien sería, no tener una metedura de pata de las que hacen historia-. Al fin y al cabo, tampoco se trataría del artículo de un crítico experto, sino la impresión sincera de un seguidor que, pasados los años, es capaz, eso sí, de ver las cosas desde un punto de vista un tanto diferente, más serio, más crítico o, como mínimo, con cierto distanciamiento, aunque sin perder el deseo de volver a escuchar a los grupos que, en otro momento de su vida, cuando la música ocupaba un espacio bastante mayor en su mente, le hicieron pasar no pocos buenos momentos y, en no pocas ocasiones, olvidarse de un mundo que no parecía ni darse cuenta de su existencia.
Quizá, en estos momentos, a muchos nos pueda pasar algo parecido, pero, desgraciadamente, aunque la música, aparte de amansar a las fieras, hace pasar buenos momentos, ya no acostumbra a ser lo que popularmente se llama "la banda sonora de nuestras vidas". Querámoslo o no, aunque por un lado, nuestros conocimientos del mundo, las experiencias vividas, nos hacen tener una visión mucho más amplia de las cosas, otras, como la música, a base de parecernos algo más "terrenal", también acaban perdiendo parte de la energía, de la magia, que tanto bien nos hacía.

Un poco sobre la canción en cuestión.

¿Dije que esto iba a ser corto? Pues parece que me equivocaba. O no tanto, teniendo en cuenta la extensión de entradas más "serias". Bien, de Nirvana, y de Kurt Kobain, como de otros grupos de la época, como Pearl Jam o Soundgarden, podría escribirse mucho. Yo también, en mi modestia y falta de conocimientos sobre ellos, podría hacerlo. Así pues, en lugar de dedicarles, al menos por ahora, una entrada al grupo en cuestión, que tendría por fuerza que ser muy larga -o sea, que acabarían siendo, por lo menos, dos-, prefiero entrar en el tema comentando sobre una de sus canciones que, por alguna razón que no acabo de entender ni yo mismo, me llegaron muy adentro, y que sigue siendo de las que más escucho -y no hablo solamente de las canciones de Nirvana en cuestión, sino de música en general-. 
Decidí, por tanto, intentar saber algo más de ella, y más, teniendo en cuenta que no es un tema original suyo, sino una nueva versión -existen muchas, y en muchos estilos- de las que se han ido haciendo desde hace, al menos, unos ciento treinta o cuarenta años.
El tema lo tocó -imagino que no por primera vez, sino que debió hacerlo antes en uno o varios de sus conciertos-, de una forma, digamos, masiva -en el sentido de que no sólo lo podían escuchar unos cuantos miles de incondicionales en un concierto, sino muchísima más gente, en diversos formatos- en el concierto Unplugged -se podría traducir como "desenchufado", o sea, acústico, y que en los 90 fueron tan populares; pocos grupos norteamericanos, y de otros países, dejaron de hacer su unplugged particular, fuera en televisión o, directamente, para CD o DVD- de la MTV, en 1993 -¡hace veinte años ya!, quién lo diría...-, aunque no se publicaría en forma de CD hasta un año después.
Fue, junto a su también ya clásica versión de "The man who sold the world", original de David Bowie, una de las dos versiones que allá hizo, y con toda seguridad, muy pocos no norteamericanos -yo me incluyo- no supieron, en el momento de escucharla, que no era realmente suya.
El origen de la canción se pierde en el tiempo, y podría haberse compuesto, o improvisado más bien, en la década de 1870, en el sur de la cordillera de los Apalaches, que lo mismo podría ser el estado de Tennessee, uno de los más pobres, pero junto al vecino -y más septentrional-  Kentucky, también de los que conservan casi intacto el espíritu de la América más profunda, tradicional y primigenia -tanto para bien, como para mal-. Es muy probable que fuera creación de algún antiguo esclavo que, libre tras la terrorífica Guerra de Secesión, comprobó que la libertad, sin derechos ni oportunidades de progresar, se queda sólo en una bonita palabra.

El concierto de la MTV de Nirvana.

En un primer momento, la canción era muy corta, casi un estribillo, y consistía, básicamente, en las cuatro primeras líneas de la conocida por todos -más abajo, escribiré tanto el original en inglés, como una traducción, creo que buena, que encontré-, pero en lugar de "My girl", por "Black girl". De ahí, que, junto a "In the pines" -"En los pinos"- , y el título más largo y conocido, la canción, en principio, también fuera conocida como "Black girl". Pero, con el paso del tiempo, la letra se cambió, para hacerla más asimilable al público blanco, que en aquella época -y posterirmente, durante décadas-, no estaba muy dispuesto a escuchar, y menos todavía a cantar, sobre las desventuras de una joven de raza negra a la que un ¿desconocido?, ¿o tal vez alguien que la conociera de vista, y se preocupara por ella?, le preguntara, en resumidas cuentas, qué era de su vida, como se las apañaba para sobrevivir en un mundo donde, aparentemente, se hizo hasta una guerra de miles de muertos para liberarla, pero que, en la práctica, no parece querer darle un lugar en él.
Parece que un musicólogo -un historiador de la música popular, más bien; un antropólogo-, Cecil Sharp, decidió recorrer Estados Unidos en busca de temas populares, tanto de blancos como de negros, pero al no poder grabarlos -por falta de dinero o, simplemente, de tecnología, pues "Black girl" fue compilada nada menos que en 1917- se limitó a recogerlas por escrito, y publicarlas. Por lo visto, con bastante éxito.
Está claro que, si algún músico estaba interesado por pasar aquellas canciones impresas a versión sonora, o sea, a darles auténtica vida, y aunque pudera haber oído alguna versión cantada por aquí o por allá, tuvo que poner bastante de su imaginación para darles forma. Nueva forma. Uno de aquellos hombres, personaje que ahora sonaría casi a mito moderno como prohombre de la música afro-americana, Huddie William Ledbetter, conocido como Leadbelly, la aprendió tanto en esa versión escrita de 1917, como de una primitiva grabación en cilindro de gramófono -hoy en día, casi parecería prehistoria tecnológica- de 1925, obra de un coleccionista de folck. A partir de esa primera melodía, algunos grupos la tocaron, en una versión extendida y siempre cambiada -no tenía autor conocido, nadie podía reclamar respeto al original, porque no había quién pudiera, realmente, acertar a decir cómo era, ese original- por diversos grupos de la década de los 40 del siglo XX.
Leadbelly siempre fue un hombre, al tiempo, genial en el sentido artístico, pero desastroso en su vida personal. Cierto que su época -los últimos años del siglo XIX, y la primera mitad del XX-, en los Estados Unidos, no fue la mejor para alguien de su raza, pero también es verdad que, amoríos, problemas con la justicia, y hasta prisión por asesinato, y por el intento -presunto, poco claro- de otro, le hicieron pasar media vida en prisión. Allá, sería el musicólogo Alan Lomax quién lo descubriría, y conseguiría que grabara, en la cárcel y, más tarde, también fuera de ella, cerca de 200 canciones -o versiones de una misma canción-, entre ellas, "Black girl", o "Black gal", en dialecto afro-americano -ebony, se le llamó más adelante-. Su primera versión en directo fue en 1944, en Nueva York, y fue la más popular de las que hizo.


La canción en la versión de Nirvana, sin preámbulos, y con la letra en inglés -la considerada "definitiva" escrita de forma clara, sobre un fondo de Kobain a la guitarra.

El estilo de Lead belly seria, a grandes rasgos, blues con algo de folk blanco, con la habitual mezcla que se puede conseguir en una cárcel donde se ven obligados a convivir -o coexistir- gente bien diversa. Más adelante, habría versiones en bluegrass -música tradicional de la población blanca del sur-, como la del artista de este estilo Bill Monroe, que la popularizó en las décadas de los 40 y 50; y también en rythm & blues, el "hijo eléctrico" del blues, creado por los emigrantes negros del sur llegados a las grandes ciudades del norte, sobretodo Chicago.   
Otros grupos o artistas famosos que la versioneraron fueron Bob Dylan en 1961, y mucho más adelante, en 2001, en sendos conciertos en directo -en versión folk-rock-; o el grupo de rock Grateful Dead, aunque basándose en una versión distinta, "The longest train", donde se habla de un accidente ferroviario mortal, pues se inspiraron en la de Monroe, que pensó en que esa era la mejor forma de "matar" al marido de la protagonista de la canción. No sólo fue Norteamérica donde fue conocida, sino también en Gran Bretaña, donde un grupo de pop, The four pennies, consiguió en 1964, hacer de ella un pequeño éxito.
Finalmente, y para no irme más por las ramas, creo que mejor sería poder leer la letra de una canción donde, al menos yo, denoto el dolor interno de una persona que sabe que ha tenido mala suerte en la vida, que, con toda seguridad, no merece lo que le ha venido encima, pero que, finalmente, lo acepta con más mansedumbre que rabia, desinteresándose por el deseo de un semejante -no sabemos bien si conocido o no, o qué intenciones reales tiene hacia la joven protagonista- de querer, si no ayudarla, sí al menos, de interesarse por su suerte. "Esa suerte -diría ella- es la que me es esquiva, y lo sé. Al menos, no me hagáis perder el tiempo con vuestras buenas intenciones. Yo ya acepté mi infortunio; dejad que cargue con él tranquila y en soledad, sin que nadie se entrometa". Pues eso es lo que hay, o lo que yo veo.

Las versiones:

*La primera -según la Wikipedia-, recogida en 1917:

"Black girl, black girl, don't lie to me
Where did you stay last night?
I stayed in the pines, where the sun never shines,
and shivered when the cold wind blows."

*La de Leadbelly, en la que se basó Nirvana -está en el video, pero la pongo aquí para poder leerla con más facilidad-:

"My girl, my girl, don't lie to me.
Tell me, where did you sleep last night?
In the pines, in the pines, where the sun don't ever shine.
I would shiver the whole night through.

Her husband was a hard-working man.
Just about a mile from here
his head was found in the driver's wheel,
but his body never was found.

My girl, my girl, where will you go?
I'm going where the cold wind blows.
In the pines, in the pines, where the sun don't ever shine.
I would shiver the whole night through.

*Y una versión en español, que encontré en musica.com, donde se pueden leer traducciones de multitud de temas:

Mi chica, mi chica, no me engañes. 

Dime, ¿dónde dormiste anoche? 


Bajo los pinos, bajo los pinos, 
Donde el sol no brilla nunca. 
Temblaba de frío toda la noche. 

Mi chica, mi chica, ¿dónde irás? 
Voy donde sopla el viento frío. 
Mi marido era muy trabajador, 
Murió alrededor de una milla de aquí. 
Encontraron su cabeza en el volante del coche, 
Pero su cuerpo nunca fue encontrado. 

Mi chica, mi chica, donde irás? 
Voy donde sopla el viento frío.
Mi chica, mi chica, no me engañes. 
Dime, ¿dónde dormiste anoche?

domingo, 23 de junio de 2013

Sobre genios, vigilantes nocturnos, y otros recuerdos borrosos.

Algunos elementos pre-islámicos dentro de la mitología árabe.


Una rápida explicación.

Hace poco, hablé sobre un relato de Jaime Hernández, donde el protagonista era un guhl, o goul. O mejor dicho, un "hombre-guhl". ¿Y por qué destacar lo de "hombre"? Porque, realmente, al menos en la mayoría de las historias o versiones en que se habla de ellos, los guhles no tenían aspecto humano, sino de chacales o hienas. ¿A qué viene esto? Sencillamente, como no acostumbro a escribir muy a menudo en el blog, en parte por falta de tiempo, y en parte también, por no ser una especie de diario, en el que pueda hablar de mi vida o actividades -exceptuando algún caso aislado-, o de mis pensamientos, sino un lugar donde me puedo explayar sobre temas que me interesan, o que, después de haber leído algo en webs, blogs, revistas o periódicos, o haber oído algo por ahí o por allá, haya sentido la necesidad o deseo de conocer más, y de ponerlo por escrito -en algunos casos, se puede decir que ciertos personajes o lugares los he conocido más o menos a fondo, precisamente, después de haber buscado información para la entrada correspondiente-. En resumidas cuentas, parece que, en cierto modo, el blog es una forma de espolearme a interesarme por cosas que, en principio, me habrían llamado la atención, pero sin pasar de ahí. Por esa razón, las temáticas pueden ser tan diferentes -excepto si se trata de una serie, o novedades sobre algo ya tratado-. En ocasiones, el haber escrito sobre una cosa, me da a conocer otras en principio bien distintas.

El reino de Saba, en el actual Yemen, y el de Axum, núcleo de la civilización etíope.

Y la historia de Jaime, hizo que me preguntara -sin ninguna razón lógica, quizá, pero es que mi mente funciona así-, cuanto sabemos de la mitología árabe -no de Oriente Próximo, sino de los habitantes de la antigua Arabia o de los territorios que están inmediatamente al norte de ésta; Siria, Irak o Líbano sólo son considerados países árabes desde la conquista islámica, y desde el punto de vista identitario pleno, y lingüístico, probablemente desde algunas generaciones después-. Realmente, poco queda ya. Podremos encontrar restos arqueológicos, historias, alguna obra literaria, de los pobladores del llamado "Creciente Fértil", que es cómo llaman historiadores y arqueólogos -entro otros- a la zona de Oriente Próximo poblada por civilizaciones urbanas desde hace milenios, pero el dominio griego primero, el romano después, seguido de Bizancio y el cristianismo, y finalmente el islam -que tanto a homogeneizado la región, dentro de unos límites, pues hay más variedad étnica y religiosa de lo que se podría pensar-, ha hecho que, si bien en estos territorios todavía queden piedras y huesos, no se sepa mucho de cómo eran sus antiguos pobladores. Pero allá, al menos, existieron civilizaciones que duraron milenios. ¿Qué queda, en la península arábiga? No me voy a extender mucho en el tema, pero al menos hablaré de tres elementos, aunque bastante sucintamente: los djings -los genios de los cuentos orientales-, los gouls o guhls, e Irem -o Iram- de las Columnas, además de la mayor de las civilizaciones que existieron en la Antigüedad en aquellas tierras: el reino de Saba. Sin embargo, el interés de esta casi olvidada y desconocida civilización es, al menos para mí, suficiente como para dedicarle una entrada propia -y espero que próxima en el tiempo, que es de lo que, desgraciadamente, ando un poco falto-. Empieza, pues, la historia:


Los djinn -o jinn-, genios del bien... o del mal.

Los djinn, o jinn -que quizá sería la forma más fiel a su raíz original en árabe- son los que los occidentales conocemos como "genios". Probablemente cabe preguntarse el por qué se llama así, genio, a un ser fantástico, cuando en teoría sólo debería corresponder a personas con una inteligencia o imaginación fuera de lo normal. Realmente, más bien habría que considerar la explicación contraria: un genio de los cuentos, un jinn -es así como prefiero llamarlos, aunque todo es cuestión de gustos- es, antes que nada, un ser capaz de conseguirlo casi todo -sólo hay que recordar al que otorga a Aladino todo lo que le pide-; por la misma razón a un apersona real, humana -por decirlo así- que mediante su inteligencia, astucia, adaptación, improvisación o conocimientos, es capaz de sacarse de la manga -como un genio mitológico- explicación o solución para, prácticamente, cualquier cosa, bien merece que se le compare con tan extraordinarios y legendarios personajes. Sin embargo, este parecido semántico no deja de ser sólo una casualidad, que se debió dar, tal vez en España o Italia, donde la cultura greco-latina y la árabe-musulmana se entremezclaron durante gran parte de la Edad Media, pues el "genio" como adjetivo, como algo genial, vendría del latín "genius" que, curiosamente, también fue un espíritu, en este caso tutelar, que -según algunos historiadores, pues no está demasiado claro- le correspondía a toda persona -romana o no- al nacer. Como si fuera una especie de ángel de la guarda. Los romanos, a pesar de su apego por lo material e intelectual, no dejaron de ser muy supersticiosos, y estos genius, como los manes, lares, penates o lemures -espíritus de los muertos, como nuestros fantasmas y aparecidos- inundaban no sólo su imaginación, sino que impregnaba toda su vida, incluyendo la pública y política.
La palabra "jinn", en árabe, originalmente significa "oculto, lo oculto", porque no se trata de personajes que deambulen por las calles de pueblos y ciudades, a la vista de casi todo el mundo. El jinn sólo es visto por quién él desee, y en el momento y lugar que más le convenga. O le plazca, pues no deja de ser, antes que nada, un espíritu libre, que puede ser benévolo, malvado o neutral -de los que ve la vida de los humanos pasar-, que no sigue más reglas que las que él mismo se impone -o se deja imponer por decisión propia, o por causa de fuerzas mágicas, muchas veces oscuras, todavía más poderosas que la suya propia-. Puede, por tanto, ser de una gran ayuda para quién tenga la suerte de toparse con uno; pero como se trate de un genio malvado -un "genio del mal"; algo muy literario, por lo demás-, difícilmente el desgraciado que con él se encuentre se pueda librar de sus argucias. A no ser, claro está, que cuente con poderes mágicos benéficos -o sea, del bien en estado puro-, o, directamente -y tal vez de ahí viene el que se hable de ellos en el Corán, que es un libro religioso- de Dios. Y, en su momento, antes del islam, y también anterior al cristianismo y al judaísmo -en otra época, existieron grandes colonias de judíos en la Península Arábiga-, de los dioses, en una época, no tan extremadamente lejana, pero sí olvidada, en que los árabes eran, en su mayoría, politeístas, y sólo había monoteístas entre los descendientes de los nabateos -en el Sinaí, el Negeb israelí, y gran parte de la actual Jordania, que habían perdido parte de su cultura en tiempos de los bizantinos- y los gassánidas -el noroeste de Arabia- que eran cristianos, como los bizantinos; y los lajmidas, que vivían en el nordeste, y que eran zoroastrianos, como la mayoría de la población del Imperio Persa Sassánida.

Una visión antigua, primigenia, de un genio en tiempos asirios.

Sin embargo, el equivalente al jinn áraba ya existíe entre los descendientes de las migraciones semíticas que les antecedieron, y que salieron de aquel caldero de pueblos que fue la Arabia de la más lejana antigüedad y, es de suponer, incluso del final del neolítico. Se sabe que en el sur de Mesopotamia vivían, antes de los sumerios, otro pueblo que tampoco era semita, pero está bastante claro que gran parte del creciente fértil debió recibir a aquellas gentes -aunque se trataran de pequeñas tribus, incluso de simples clanes familiares ampliados-, y que aquella gente llevó el germen de lo que más adelante fueron parte de la fe -otra parte provendría de los mismos sumerios, o de otra gente, como gente de más allá de los montes Zagros, del actual Irán- con los que se irían encontrando a lo largo de su tortuosa y aún poco conocida historia. Los genios -llamémoslos así, aunque ya se ha dicho que no tienen parentesco real con los genius de los romanos- eran seres típicos de cualquier religión animista: podían ser guardianes de lugares sagrados; portadores de mensajes de los dioses; personificación del poder -destructor o benéfico- de ríos o cascadas; guardianes de cementerios, ruinas o supuestas moradas de poderes incomprensibles para las mentes humanas. A veces invisibles, en ocasiones corpóreos -por lo visto, no sólo eran capaces de encarnar cuerpos humanos, creados ex profeso para relacionarse con tal o cual individuo, sino también de animales y plantas; un ejemplo serían los kirubis, o genios con forma de toros alados, de la mitología asirio-babilónica, y de cuyo nombre podría derivar la palabra cristiana querubín-, parecían ser seres del más allá, pero no dioses o semi-dioses, ni tampoco héroes. Más bien eran entidades telúricas, "hijas de la tierra", que guardaban, aconsejaba, castigaban, y que lo mismo podían actuar con una lógica aplastante, con benéfica justicia, o provocar algún crimen, o castigar de forma en extremo dura, o curiosamente burlesca, a cualquier desgraciado -o agraciado, según se mire- que se topara con él.
El hijo de la oscuridad, del desconocimiento de un mundo que los humanos hacía todavía bien poco que empezaba a mirar, a re-descubrir, con ojos distintos a como lo hacía en tiempos todavía prehistóricos; el ente que podía ser el espíritu de tribus desaparecidas en guerras de la prehistoria, con piedras del paleolítico, con armas más avanzadas del neolítico, cuyo recuerdo se nos ha negado al no existir crónica alguna de aquella infancia de la humanidad, podía resultar tan fascinante como siniestro. En los habitantes del norte, entre los antepasados de los que, siglos después, serían conocidos como celtas, germanos, escitas, tracios, itálicos, también había seres parecidos. Pero el genio no fue transformado ni en dios, ni en demonio. Era una fuerza en bruto que, con el paso del tiempo, de la aparición de la escritura -y de que ésta pasara a ser no más que una herramienta de enorme importancia, pero herramienta al cabo, de los contables de los templos-, de la poesía, de que la narración oral pasase también a ser narración escrita, y que los cuentos populares pasaran a ser re-escritos por artistas, dejó de ser sólo energía y poder con la capacidad, tan repentina como inexplicable, y siempre escasa, de comunicarse con el ser humano, para transformarse en un ser con personalidad propia, con extraordinarios poderes, y con una inteligencia viva y aguda, a veces cruel, en no pocas ocasiones irónica y generosa, y dejar de habitar la oscuridad de los miedos atávicos, para iluminar las páginas de las obras literarias.
Sin embargo, en Arabia todavía se conservaba el personaje en bruto, más auténtico. Después de que los árabes iniciaran la última gran emigración de la península, tanto para extender el islam, como para fundar un imperio o, simplemente, para conquistar y saquear -está demostrado que algunos de aquellos "guerreros del islam" tenían una idea muy poco clara, y bastante simple, de la fe por la que estaban combatiendo-, se unieron los relatos orales originarios con los literarios de Oriente Próximo, y así, el genio, el jinn, entró en esa maravilla que fueron "Las mil y una noches", y en los relatos de Simbad el Marino, que en principio, no formaban parte de la antología original, sino incluido por autores posteriores -franceses y, en general, europeos, no árabes-, por tratarse de relatos menos antiguos, y donde se fusionaban literatura pre-islámica, árabe, persa, con influencias -sobretodo, en relatos más modernos, como los de Simbad, o los de Aladino, donde el protagonista real, antes que él, también es un genio, capaz este, de dar deseos como se fuera poseedor de una magia extraordinaria- de otros pueblos mediterráneos, como los griegos -antiguos y bizantinos- y romanos.
Es, precisamente, en esa "parte añadida" de las "Mil y una noches", las historias de Aladino y Simbad, donde se aprecia cómo la literatura árabe y persa -que tuvieron enorme importancia cultural en los estados musulmanes que, con el paso de los siglos, se sucederían en el solar que ocupó, primigeniamente, el Estado Islámico creado por los primeros califas, los Omeyas y los Abássidas-, se fue haciendo cada vez más fantasiosa pero, al tiempo, fue ganando en originalidad y calidad, introduciendo aventuras en grandes ciudades, navegación por inmensos océanos, y países imaginarios extraordinarios que, sin embargo, no lo parecían tanto a los navegantes de la época. Y también a otros posteriores, y no sólo islámicos, sino también europeos, indios o chinos. Es posible, por no decir probable, que esos viajes -fueran exploratorios, comerciales, políticos, de saqueo y piratería, migraciones y huidas, o por expandir el islam- los que hicieron que la cultura de todos esos pueblos, aunque fuera de forma mínima y alterada por las distancias, los escasos testigos, y la poca facilidad para relatar la realidad de éstos, llegara a los escritores y fabulistas de Damasco, de Bagdad o de Teherán e Isfasán.
Y esta es la visión que nos ha llegado del genio. De ser místico, guardián de lugares sagrados o siniestros, de tumbas y ciudades muertas, de energía pura de origen divino transformada en invisibles figuras vivas que habitan entre nosotros, a personaje entre burlesco y divertido, o en enemigo temible -pero también, a su manera, genial; ¡que sería de un héroe, de no tener a un antagonista a su altura!- de relatos que no envejecen con los siglos, y que, con el paso de las generaciones, han llegado a todo el mundo, y a todos los medios. Incluyendo, como no, al cine.

El poder de un genio, como fuerza viva de la naturaleza, podía ser terrible.

Curiosamente, quizá sean algunos países árabes donde el personaje tenga, hoy en día -y no desde hace tiempo- una imagen más siniestra. Y eso es debido a que el Corán, en principio, los consideró una mezcla de demonios y de restos de paganismo -según como quiera interpretarlo cada uno-, y aunque los jinn ocuparon su puesto en la sociedad y la literatura musulmanas -y entre las comunidades de cristianos, judíos y zoroastrianos- durante cientos de años, es en las últimas décadas, con la llegada de una nueva ola de re-islamización, de integrismo, fanatismo e intolerancia -o de no querer tener problemas con los que la practican, o hacer pensar a los demás que, sin ser como los más fanáticos, también se puede ser buen musulmán, a costa de resultar, también, un intolerante ultraconservador-, como muchas de estas sociedades han ido perdiendo, no sólo el contacto estrecho con otras culturas, sino también parte importante de su propio patrimonio cultural, que vendría a ser, de su propia alma, de su propio ser. Muy probablemente, es más fácil que un niño o un joven occidental, chino o japonés conozca la literatura árabe de otros tiempos, que muchos otros de su misma edad que viven en sociedades totalmente musulmanas. Lo cual no deja de ser tan cruel, como ridículamente paradójico.
Pero aquí, ya nos metemos en temas puramente religiosos. O eso es lo que algunos nos quieren hacer creer.


El ghoul -o ghul-, el guardián del descanso eterno.

Ahora pasamos a un personaje más siniestro que el genio o djinn, porque este, por lo menos, puede ser malvado, pero también benévolo o, cuanto menos, neutral. Lo mismo puede complicarle o amargarle la vida al desgraciado que se lo encuentre -o que cometa el error de invocarlo sin saber lo que se hace- como ayudarle o, según relatos árabes más modernos -en caso de que sean cuentos de este origen, y no persa o chino-, colmarle de regalos y bendiciones, como el bueno de Aladino -que a pesar de dar nombre al cuento de "Aladino y la lámpara maravillosa", no puede evitar pasar a un segundo plano cuando el genio aparece en el relato-.
El ghoul, o ghul -en su forma árabe original-, es un demonio en la Tierra. Es, en resumidas cuentas, el guardián del descanso de los difuntos, de los cementerios urbanos y religiosos, pero también de los improvisados, que se han tenido que crear para acoger a miles de muertos por batallas, matanzas o epidemias. Eso sí, para ser el supuesto guardián de la paz de los que ya no están en este mundo, no se puede negar que el ghul se ofrece a sí mismo un buen pago, pues no duda en alimentarse de esos mismos cadáveres. Esa es la razón por la cual, en no pocas ocasiones, se le representa en forma de hiena o de chacal, o de un híbrido entre estos animales carroñeros y humanos -¿influencia, quizá, del Set de los egipcios, el dios de los muertos?-. A veces, esa es su forma original, mientras que en otras, más bien parece un espíritu inteligente -aunque se mueva en muchas ocasiones por puro instinto, como una fiera irracional-, pero no corpóreo, que cuando deja de serlo, opta por la forma animal o semi-animal, antes que por la completamente humana. De todas formas, no deja de ser un ente terrorífico, y con el horror que infunde, es capaz de dejar paralizado hasta el más valiente, lo que le resulta muy útil lo mismo para cazar víctimas, como para alejar o eliminar intrusos.

Un grabado de un ghul de "Las mil y una noches".

El ghul, en ocasiones, no se conforma con la carne putrefacta de los muertos -a no ser que sean recientes, como en un combate, o difunto recién enterrado-. Cierto que, en la cultura musulmana, los muertos son enterrados en la tierra, y muchas veces -sobre todo, hace siglos-, sin ataúd. En resumidas cuentas, un ser con aspecto de chacal o hiena, aunque sea parcial, no tenía mucho problema para desenterrarlos y alimentarse de ellos. Pero en ocasiones, prefería "cazar" a algún ladrón de tumbas, un desaprensivo que visitaba cementerios a horas intempestivas, sino que salía a cazar, sobretodo niños -al fin y al cabo, una presa inofensiva, incapaz de escapar-. En otras ocasiones, bebía sangre -tal vez algún tipo de antecedente del vampiro europeo, aunque con seguridad, independiente a la idea de lo que sería un vampiro que pudieran tener los pueblos germánicos, eslavos, magiares...- o robaba monedas, más que por amasar riqueza, pues difícilmente se les puede imaginar yéndose de compras, por su valor en sí mismo. También se creía que podía adoptar la forma de la última persona que había devorado. Pero teniendo en cuenta que normalmente comía muertos, es de suponer que, si se paseaba entre humanos que hubieran conocido al difunto en vida, les haría pensar en el retorno de éste a nuestro mundo en forma de fantasma. Y en caso de comprobar que era corpóreo, en algo peor.
Probablemente, fuera una forma popular o degenerada -debido al paso no sólo de las generaciones, sino de una civilización urbana a otra nómada o semi-nomada geográficamente alejada- de los Gallu, los demonios de la mitología mesopotámica -asirio-babilónica-, que se llevaban las almas -y en ocasiones, a individuos todavía no muertos- al infierno. Desaparecida dicha religión, entre los pueblos semitas que irían llegando a Oriente Próximo en sucesivas oleadas -como los amorreos, o más adelante, los arameos, que tanta importancia tendrían en Siria-, y por último, los árabes -a quienes la idea en sí les llegaría de segunda mano- tenderían a hacerlos suyos, pero dándoles una forma bien distinta.

Una idea bastante exacta de un ghul. Sin aspecto animal, sino monstruosamente humanoide, que no humano.

En "Las mil y una noches", los ghul tienen un importante protagonismo en una historia poco conocida, "La historia de Gherib, y su hermano Agib", donde el principe Gherib lucha contra un clan de necrófagos que, si bien a veces no parecen auténticos ghuls -sino más bien una especie derivada de unos humanos degenerados-, sí que denota claramente que se inspira en ellos para crear a los enemigos del héroe, que los vence, esclaviza, y hasta los convierte al islam -algo curioso, que, en caso de ser una historia europea medieval, habría acabado con el exterminio de los monstruos, por considerarlos demoníacos, y en paz-.
Mas adelante, el personaje del ghul fue tomado por todo tipo de autores románticos, y más tarde, también góticos -me refiero a los escritores, sobretodo británicos y alemanes, del siglo XIX y principios del XX, más bien-, pero más adelante, sería una de las grandes figuras que iniciaron el terror moderno, H.P. Lovecraft, quién los haría intervenir en más de una historia. Sin embargo, no habría que confundir a los auténticos ghuls, que son seres enormes de extrañas fauces, con seres humanos degenerados -pero que, en otro tiempo, tenían su vida entre nosotros, como unos ciudadanos más- que, probablemente "asesorados" y "educados" por los auténticos ghuls -o tomándolos a estos como ejemplo- pasan a ser una especie de seres humanoides que devoran cadáveres pero que, al tiempo, conservan -al menos, durante una primera fase- no sólo parte de su antigua identidad, sino la capacidad de hablar, razonar y hasta de practicar cierto tipo de humor negro, muy negro. En "El modelo Pickman", el protagonista tendrá contacto con el Pickman del título, un pintor bohemio y alejado del mundo que, sin duda, dedicó su tiempo libre en inmiscuirse en saberes demasiado oscuros para un ser humano, aunque él, como vampiro -aunque aquí, la palabra "vampiro" es claramente inapropiada, porque no beben sangre, ni humana ni animal- se encuentra la mar de a gusto, y no duda en hablar de su nueva dieta a su aterrado amigo, que por un lado desea con todas sus fuerzas largarse del nido de vampiros donde su amigo lo ha conducido -¿para que forme parte del menú?; bueno, un amigo es un amigo, a pesar de todo-, pero que, por otra parte, no puede negar, él también, un mórbido interés por ese mundo paralelo.
Y por último, incluso el cómic de humor a aprovechado al ghul como uno más de los personajes de una visión bastante particular de la juventud del ya nombrado Lovecraft. Sólo hay que pasarse por la web de "El joven Lovecraft".
El ghul, como el djinn, no dejan de estar, aunque sea de forma modesta, tan vivos como hace siglos. Al fin y al cabo, no dejan de ser tan inmortales como, cuando lo desean, invisibles a los ojos humanos.


El ghul amigo del jovel Lovecraft, de birras con los perros de Tántalos, la creación de Belknap Long para el mundo Lovecraftiano.


Irem -o Iram- de las Columnas. La ciudad perdida en el desierto.

En este caso, no es posible extenderse demasiado, porque Irem, o Iram, es una ciudad perdida, o más bien, dentro de la cultura árabe -musulmana o no-, la ciudad perdida por antonomasia. En el Corán se le cita en una ocasión, junto con los aditas o los tamudeos -que se dice excavaron la roca, como los nabateos en Petra, es de suponer-, pueblos de origen tan oscuro como la misma Iram. En dicho libro, la ciudad parece el equivalente a Sodoma y Gomorra en el Antiguo Testamento: la ciudad grande, rica y avanzada culturalmente, pero también moralmente degenerada, oscuro agujero de vicio y perversión. Por todo ello, Dios -el musulmán, el judío, el cristiano... en fin, Dios, sin adjetivos- decide -no muy misericordiosamente que digamos- destruirla, haciendo que el desierto que sus habitantes habían logrado vencer, se la tragara en un abrir y cerrar de ojos, sin que quedara de ella más que unos escasos y fantasmales recuerdos.

Una idea de las fantasmales ruinas de lo que podría ser Iram, la de las Altas Columnas.

Además de en el Corán, la ciudad es también nombrada en "Las mil y una noches", y Lovecraft-otra vez él; este hombre está en todas partes, ¡y eso que nunca se tomó demasiado en serio, lo de escribir!- la incluye entre los misteriosos lugares visitados por Abdul Alhazred -aunque en ocasiones la llama, simplemente "La ciudad sin nombre", el árabe loco que, después de ver lo que ojos humanos nunca habrían de haber visto, decide escribir el Necronomicón, el libro inexistente -el libro no-libro- más famoso -y buscado, y según algunos, ¡hasta encontrado y leído!- de todos los imaginados.
¿Dónde se encontraba dicha ciudad? Si se supone que es un lugar imaginario, o con base histórica, pero sin conocimiento de dónde se encontraba realmente, no se puede, evidentemente, decir dónde se podrían encontrar sus ruinas, en caso de que quedaran. Parece que, tradicionalmente, siempre se la colocaba en el actual Yemen, y tal vez, no dejaba de ser un vago recuerdo del legendario -pero muy real- reino de Saba, o algún otro estado que se extendió, hace más veinticinco siglos, por el sur de la Península Arábiga. En 1980 se encontraron los restos de la ciudad de Ubar -con ayuda de rutas reveladas por satélites de la NASA, que en un futuro podrían ayudar a encontrar otras civilizaciones perdidas-, en medio del desierto. Tantas veces nombrada y buscada, al fin encontrada, pero no en el Yemen, sino en Oman, mucho más al este, en el interior del país, pero no demasiado lejos del Golfo Pérsico -o Arábigo, según quién lo nombre-. ¿Dudosamente, por tanto, puede ser la ciudad que luego sería conocida como Iram? Quizá, pero sí un ejemplo de que la civilización urbana se extendió por el sur de Arabia -la "Arabia Felix", o "Feliz", de los romanos- en tiempos muy remotos. Tanto, que para los mismos griegos y romanos resultaban civilizaciones tan antiguas y legendarias como los faraones, o los emperadores de Babilonia o Asiria.

¿Cuantas ciudades y civilizaciones perdidas reposan bajo las arenas?

O tal vez sí. Oman es país fronterizo con el Yemen, y se sabe que, hace dos o tres milenios, el territorio habitable -y cultivable, era amplio, desde el Mar Rojo hasta el Índico, y muy al interior se podían encontrar ciudades y pueblos, habitados por muchos miles de personas. El poder de Ubar podía, por tanto, llegar a extenderse por un espacio muy grande que, tras un cambio en el clima que desertizó las zonas verdes del interior -aparte de que la ciudad pudo crecer en exceso, y la población agotaría, por tanto, las vitales reservas de agua- acabó transformándose en lo que luego se llamaría "Rub al-Jali", "El espacio vacío", que ahora se extiende por una parte importante de Arabia. 
No es que quede mucho de este legendario lugar, que debió recibir -según se contaba- comerciantes de Mesopotamia, Siria, el reino de Israel y el Imperio Hitita -y tal vez, del Egipto faraónico-, pero su poder de fascinación era tan grande, que hasta el mismísimo Laurence de Arabia tenía pensado buscarla una vez acabada la I Guerra Mundial, y de no haber muerto en un accidente de motocicleta, es posible que aquel hombre extraordinario hubiera dado con ella. Con toda seguridad, quién escribió "Los siete pilares de la sabiduría" habría sido capaz de narrar aquella búsqueda como una auténtica epopeya de la Antigüedad.
Y como ejemplo de lo viva que está Irem, un enlace sobre un blog que lleva su nombre y que trata, como no, sobre temas fantásticos, con el bueno de Lovecraft -creo que ya va siendo hora de pensar alguna entrada dedicada a él- como uno de sus protagonistas principales.


La reina, y el reino de Saba.

Por último, la reina de Saba, Belkis o Bilkis -y otros nombres por las que fue conocida, como Makeda- y su legendario reino, que no por ello, es menos real. Supongo que esta debería ser, con diferencia, la parte más extensa de la entrada, pero no será así. Por el contrario, será extremadamente corta. ¿Por qué? Porque, precisamente, una y otro dan para una entrada nueva, dedicada a tan, lamentablemente, poco conocida civilización -no es que quede demasiado de ella, ni tan siquiera por escrito-. 
En realidad, más bien será no sólo la excusa que me doy a mí mismo para informarme -o más bien, para estudiar, aunque sea por el simple placer de aprender, o de ordenar lo que ya sé, o creo saber- sobre dicho reino perdido, pero también, para que sea el inicio de otras entradas sobre un país que siempre me interesó, con una historia de tres milenios, y que, desgraciadamente, su nombre sólo se oye en los medios a causa de hambrunas, guerras y conflictos políticos: Etiopía, antes conocida como Abisinia, y, en la Antigüedad, Axum.

              
¿Reina blanca -semítica de Arabia-, o reina negra -soberana del primer gran estado, al menos en parte, africano? Uno de los muchos misterios de Makeda, o Belkis, la reina de Saba.