sábado, 13 de septiembre de 2014

Los prerrafaelitas (V): Lawrence Alma-Tadema, retratista de la Antigüedad, y líder independiente de la corriente prerrafaelita.

Otro de los artistas que, sin pertenecer a la Hermandad, acabó siendo brillante representante del movimiento.


La obra de un hombre del que, en su momento, mal o bien, se habló mucho.

Ya se dijo que, después de hablar de los tres principales miembros de la Hermandad, y dar un ligero repaso de otros que se les añadieron, llegaba la hora de recordar a los autores que, sin ser parte de ésta, en ocasiones se sintieron cercanos a ella, o, incluso, tuvieron amistad personal con, al menos, uno de sus miembros. Otros, sin embargo, siempre mantuvieron cierta distancia -no por nada personal, sino simplemente porque la vida de cada persona tiene su propio camino, y en ocasiones, se cruza con el de otra de gustos parecidos, y en ocasiones no-, pero no por ello dejaron de representar, todos juntos, el movimiento del prerrafaelismo. Si unos empezaron a pintar de determinada forma, le dieron un nombre a su nuevo estilo y visión del arte, y decidieron hacerlo de forma más o menos conjunta, otros, simplemente, lo hicieron individualmente. Y Alma-Tadema, como John Collier, fue de estos últimos.

El pintor, todavía joven y en plenitud de facultades artísticas.

Bien, basta ya de extenderme a lo tonto. Lawrence Alma-Tadema (1836-1912) -en holandés, Lourens Alma Tadema, sin guión de por medio- no era británico de nacimiento, sino holandés. Para ser más exacto, frisón -Frisia está en el norte de Holanda; al norte de ésta se encuentra el Mar del Norte, y es una región históricamente pesquera-. La cuestión es que, siendo joven, se quedó bastante solo, pues tras la muerte de su padre -el notario PieterTadema de apellido-, cuando era niño, siguió, años después -él contaba con veintisiete- la de su madre. Aún así, aparte de con ella, contó durante su infancia con el apoyo económico y afectivo de su padrino -de quién heredó el apellido de Alma-. No siendo británico, no pudo estudiar pintura por ninguna de sus prestigiosas escuelas artísticas -él emigró a Inglaterra siendo ya adulto-, así que se formó en su país y en Bélgica, participando en la decoración del hotel de la villa de Amberes, ayudando a su maestro Hendrik Leys.
Sus primeros éxitos le vinieron de la pintura basada en la Alta Edad Media. Para ser más exactos, de la época merovingia -así se les llama a estas primeras obras, "etapa merovingia"-, donde retrata a los reyes y reinas de los tiempos del Reino Franco, antecesor del Imperio Carolingio, creado por Carlomagno, como "La educación de los niños Clovis" (1861) -este Clovis es también conocido, en español, como Clodoveo, el rey franco que derrotó a los romanos del reino galo-romano de Sigrario, y a los visigodos el Bouillé, lo que significó la reunificación de gran parte de la Galia; por lo demás, el tipo era un auténtico salvaje, a quién la iglesia "salva" simplemente porque abandonó el paganismo para convertirse al cristianismo, más para ganarse a sus súbditos de dicha religión, que por cualquier otra cosa-, o "Fredegunda en el lecho de muerte de Pretextatus". El tal Pretextatus -o Pretextato, en su versión españolizada- era un obispo que murió apuñalado, precisamente, por orden de la reina Fredegunda -conocida por cómo se deshizo de maridos y parientes varios, con tal de regir como señora de los francos, sin que se sepa bien, si murió en la prisión, asesinada, o por los males de la vejez, relativamente en paz-, que se encuentra a su lado, y a quién maldice. Aquí se habla de su época más romántica. Tal vez, todavía estaba influenciado por los artistas franceses de estilo plenamente romántico, como Delacroix, y no había dado el "salto" a una re-actualización del romanticismo histórico, o sea, lo que luego se llamaría prerrafaelismo.
Viviendo entre Bélgica y Gran Bretaña, donde conseguiría no sólo la nacionalidad, sino el título de sir, se dedicó, dejando atrás la oscura Edad Media, a retratar el antiguo Egipto, para, más adelante, dedicarse casi en exclusiva a pintar sobre Grecia y Roma. Si bien es cierto que él no era ni historiador ni arqueólogo -y unos y otros estaban, en el siglo XIX, desenterrando, año tras año, nuevos restos de las civilizaciones antiguas, incluyendo no sólo el Egipto faraónico, sino también las ciudades sumerias, mesopotámicas semitas, persas, cretenses, indias, etc.-, sí que se informó todo lo que pudo para hacer creíbles -dentro de lo que cabe, pues la imaginación y la espectacularidad tendrían su enorme importancia, y una fuerza que ha hecho que sus cuadros no hayan envejecido en absoluto, a pesar de lo mucho que fueron criticados algunos de ellos en su momento-. Muchos lo criticaron por retratar lo que consideraban vicio, molicie, depravación y decadencia, sobretodo cuando alguno de sus cuadros retrataba la Roma imperial. Y tal vez fuera así, pero no hay duda que esa supuesta decadencia fue reproducida de forma magistral. Al contrario que sus coetáneos, la Antigüedad ocupó una parte muy mayoritaria de su interés, apenas pintando la realidad, más allá de su familia, o de lujosas habitaciones vacías.

"La educación de los niños Clovis", donde aprenden a lanzar hachas, todo un ejemplo de la cultura germánica todavía muy viva en los reyes francos anteriores a Carlomagno y su imperio europeo.


Respecto a la serie egipcia, que llamó la atención por sus detalles, y por el interés por la sociedad egipcia en general, y no sólo temas bíblicos, o retratos de faraones en todo su esplendor, incluye obras como "Egipcios de hace 3000 años" (1863) -quizá la primera de esta temática-, "Ajedrez egipcio" (1865), "La momia" (1867) -en aquella época, en Europa, y aún más en Gran Bretaña, el tema de las momias, maldiciones incluidas, estaba muy de moda-, "La muerte del primogénito" (1873), o "José, supervisor del granero del faraón" (1874). Estas serían dos obras de temática más o menos bíblica, pero tomando de base la cultura egipcia. Alma-Tadema no era lo que se dice un cristiano ejemplar, y parece que las fiestas, el vino y las mujeres le gustaban, y no poco. Cosa que, por lo demás, llamó la atención de amistades suyas, de vida más tranquila y hogareña.


"Ajedrez egipcio" (1865); fue uno de los primeros pintores que se interesó en profundidad por la cultura egipcia en sí misma, y no sólo por su relación con la Biblia.

"La muerte del primogénito" (1873), donde el pintor no se interesa por los milagros de Moisés, sino por la pérdida de los egipcios, incluido el faraón, aquí, un padre como cualquiera de sus súbditos.

"El hallazgo de Moisés", trata de 1904, una época muy posterior al resto de sus cuadros egipcios. Aquí, representa la magificencia -quizá no del todo fiel a la realidad- de la corte de los faraones.


¿Qués es, lo que más llama la atención en la pintura de Alma-Tadema? Cada cual, evidentemente, podrá tener una opinión determinada, pero, sin duda, es el color. El color, o más bien, la variedad de colores, la luz -aunque en algún cuadro sabe jugar con las sombras, con los colores oscuros, o más bien, los claroscuros-, la forma en que retrata las flores -algo que, en aquella época llamó mucho la atención; y más, teniendo en cuenta la importancia que tienen, la devoción que sienten los británicos por parques, jardines y campiñas bien cuidadas-, los materiales -sobretodo, el mármol, tan importante en la arquitectura monumental romana, pero también griega, menos exagerada o presuntuosa, pero más bella e íntima, a pesar de su, en ocasiones, extraordinaria magnificencia-, la facilidad con que transporta al observador, de un plumazo, a unas épocas pretéritas milenarias, misteriosas, fascinantes, a mundos exóticos, paganos, de los que, en aquella época, sólo podías admirarse restos y ruinas, que sólo años después, acabarían por sacar a la luz al completo para poder, siempre que se pudiera -o no siempre- restaurarse. La gente conocía bien las Sagradas Escrituras gracias a la pintura y la escultura, pero tenía también deseo, y necesidad, de descubrir, aunque fuera de una forma un tanto edulcorada y exageradamente bella y parcial,  a aquellos antiguos de los que tanto había heredado.
"Las rosas de Heliogábalo" (1888) era un ejemplo claro de mezcla de "arte de vivir", y de vicio y decadencia. Heliogábalo fue un personaje nefasto, un emperador adolescente que sólo pensaba en orgías, violencia y en imponer la religión de la parte de Siria de donde era originaria su madre, donde se adoraba a una enorme piedra negra -algo parecido a la Kaaba de la Meca, que en épocas anteriores al islam, quizá en una lejana antigüedad, era también adorada por sí misma, o como si contuviera algún tipo de poder telúrico, o de pasaje a otro mundo-, que trasladó a la misma Roma. De todas formas, no duraría demasiado, pues sería asesinado por los pretorianos, que colocarían en el trono romano a su hermano pequeño, Alejandro Severo -a quién Heliogábalo había adoptado como hijo, a pesar de tener, apenas tres o cuatro años más que él-. Pero dejando aparte las miserias romanas, muchas otras obras de dicha temática pintó Alma-Tadema. Tantas, que resultaría casi imposible nombrarlas todas, y aún así, se dejarían aparte retratos de su familia o por encargo, de personas contemporáneas suyas, de jardines o habitaciones, de sus viajes por Italia, de temática medieval o renacentista... en ocasiones, resulta increíble que una sola persona fuera capaz de pintar tanto y tan bien.

"Sólo pregúntame" (1906). Uno de esos títulos que cada uno puede interpretar como mejor quiera
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"Una declaración", con la temática de la dama griega sobre mármol blanco, con el azul del cielo y el mar Mediterráneo al fondo.

                            

   Titulo de la imágen Sir Lawrence Alma-Tadema - In the Roman Baths, or Roman Women In The Bath 
"Primavera" (1894); las festividades paganas del pueblo llano en la antigua Roma. Y  "Un baño. Una antigua costumbre" (1876), una de sus primeras pinturas "grecorromanas".

"Rivales inconscientes" (1893). El título quizá hace referencia al futuro que les espera a las dos amigas, que probablemente acaben luchando por un mismo hombre, o una posición social superior.


Aún así, si se tienen que nombrar algunas de sus pinturas "greco-romanas", se podrían tener en cuenta, sin tener dar gran importancia al año en que se pintaron, pues su estilo y gustos no cambiaron demasiado con el paso del tiempo: la "trilogía" de Caracalla -"Las termas de Caracalla" (1899); "Caracalla" (1902), y "Caracalla y Geta" (1907-, "El Coliseo" (1896), "En honor a Baco" (1889), "Una declaración" (no se sabe el año exacto), "Las últimas rosas" (1872), "Una lectura de Homero" (1885), "Un elegante silencio" (1890) "Safo y Alcaeo -o Alcaeus, romanizado, aunque fuera un poeta griego-" (1872), y así, se podría seguir indefinidamente. Nótese que, en el caso de los griegos, además del mármol blanco, destacan el mar azul, bello y terrible al tiempo, que llevaría a los helenos a todos los rincones del Mediterráneo -y con ellos, su lengua y su saber-, y el sol del sur, que tanto se echa de menos, tanto en Gran Bretaña, como en Holanda o Bélgica, países donde pasó su vida. En el caso griego, además, son poetas o sabios en general -entre ellos, la legendaria Safo de Lesbos- los protagonistas, leyendo o escuchando al aire libre, mientras que los romanos son un ejemplo más claro de vicio o pasividad,  y bastante menos de cultura -que más que crearla, heredaron, aunque también fortalecieron, de los griegos-, como se ve en "Escena pompeyana" (1868), o "Un traje favorito" (1909).

"Las flores de Heliogábalo" (1888), o una de las refinadas y -las cosas como son- bellas formas que tenía el emperador demente de matar a sus enemigos -o a quién le apeteciera-: ahogándolos en un mar de pétalos de flores.

"Un traje favorito" (1909); la sensualidad de la roma antigua, entre mármol y juegos acuáticos.

"Caracalla" (1092), sobre el tirano romano, hijo del autoritario pero aguerrido Septimio Severo, a quién tan poco se parecía.

Alma-Tadema se casó dos veces. Su primera esposa fue la escritora francesa Marie Pauline Gressin de Boisgirard -un nombre muy de noblemente francés, este-, que fue su modelo, y con quién tuvo sus dos hijas, Laurence y Anna -ninguna de ellas se casó, aunque fueron conocidas por su cultura y escritos la primera, y vida social la segunda- y, al enviudar en 1869, se volvió a casar en 1871, con la inglesa Laura Epps -gracias a eso consiguió la nacionalidad británica-, que también aparece en sus cuadros.
Tras su muerte por problemas estomacales, y tras dejar en herencia a sus hijas su estudio -también, como no, de mármol y estilo antiguo-, fue cayendo en el olvido, aunque fue recuperado en el siglo XX por dos razones: los coleccionistas -muchas veces, de los llamados "nuevos ricos", y que, a la hora de comprar arte, no hacían demasiado caso a los gustos clásicos, y estaban más dispuestos a arriesgarse, o a adquirir lo que, simplemente, más les gustaba-; y la industria del cine, pues cuando Hollywood quiso reproducir la antigua Roma, los directores -y más, los directores artísticos- no sabían bien por donde empezar, y decidieron inspirarse en cuadros del siglo XIX -que consideraban, y con razón, más de fiar que otros más antiguos-, y sobretodo, de los prerrafaelitas. Con toda seguridad, en no pocas películas -y no sólo mudas, de principios del siglo XX, y hasta poco despues de la Gran Guerra, sino bien entrado la centuria, hasta las grandes superproducciones de los 50 y 60- la influencia de Alma-Tadema es patente.

 "El triunfo de Tito" (1885), hace referencia a la victoria de dicho emperador, hijo de Vespasiano, sobre los rebeldes judíos, cuando su padre todavía gobernaba, y él era su mano derecha.

"En el Coliseo" (1896), o cómo, en tiempos antiguos, los espectáculos de masas movían multitudes, también femeninas.

"Recibidor -o sala de recepción- en Towshend House" (1885), un ejemplo -bastante raro- de cuadro sin protagonistas humanos. Sólo la representación de una lujosa habitación, el recibidor -o algo parecido en una gran casa de campo británica- con una decoración de inspiración oriental.

Aún así, aunque fue criticado y vilipendiado de joven, recibió, más adelante, todo tipo de reconocimientos, llegando a ser, como ya se ha dicho, sir, o Caballero del Imperio, y miembro de la Orden del rey Leopoldo, además de miembro de la Royal Academy of Art -si, esa por la que pasaron todos sus coetaneos prerrafaelitas-, y de numerosas academias de arte en Berlín, Viena, Madrid, etc.
Hoy en día, aunque su nombre no sea conocido por mucha gente, es, sin duda, de los pintores que más reproducciones de sus cuadros vende, en tienda o en la red, lo que indica que su arte, lejos de envejecer mal, está más vivo que nunca. Y con él, una Antigüedad que, lamentablemente, nunca existió realmente como él la pintó. O sí, porque, realmente ¿tendría alguna importancia?

"Una lectura de Homero" (1885), o el disfrute por escuchar a viva voz las obras maestras de los escritores de antaño.

"Safo y Alcaeo" (1881), donde la misteriosa y mítica poeta griega escucha al también poeta, compatriota -de Lesbos- y contemporáneo suyo, Alceo, del que fue amiga y admiradora.

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