lunes, 30 de marzo de 2015


Los prerrafaelitas (XIV): Ford Madox Brown, verso libre siempre al lado de la Hermandad.

Aunque él mismo no se consideraba un prerrafaelita propiamente dicho, siempre tuvo amistad e influencias mutuas con ellos.


Aquí hablaríamos de un autor que, si bien tuvo estrecha relación, tanto artística y personal, con los miembros de la Hermandad Prerrafaelita, ni fue considerado por éstos, ni por la crítica o el público, ni, realmente, tampoco por él mismo, como parte de este movimiento. Sin embargo, sí que se puede hablar de influencias mutuas, que la amistad con algunos de ellos, sobretodo con Dante Gabriel Rossetti, sin duda favorecieron. Quizá no debería estar aquí, entonces, pero como este es un recorrido a través de dicho movimiento, y se comenta sobre el mayor número de sus miembros, creo justo que también los que, sin ser prerrafaelitas, aprendieron y enseñaron, compartieron ideas, tiempo y confidencias, deberían de estar representados. Y Madox Brown, en su tiempo, fue un artista reconocido, sin importar si era un auténtico rupturista, o si, simplemente, quiso llevar la llamada "pintura academicista", o de estilo clásico, algo más allá.


El solitario amigo de los prerrafaelitas, viajero por media Europa.

Ford Madox Brown nació en Calais, en el Flandes francés, muy cerca de Bélgica -o sea, del Flandes belga- en 1821, y moriría en Londres en 1893. Tuvo, por tanto, una vida larga; al menos, para los estándares del siglo XIX, donde incluso la población de clase media o alta acostumbraban a morir relativamente jóvenes -o jóvenes, simplemente, y no siempre por formar parte de un ejército siempre en campaña, o por animarse a participar en exploraciones o viajes a lugares exóticos. Las epidemias eran tan comunes, que cada pocos años se cobraban miles de víctimas entre todas las clases sociales-.
Desde joven, no sólo tenía muy presente que el arte era su vida, sino también en la necesidad, y el deseo -tan habitual en la época- de viajar al continente para descubrir a los clásicos, tanto en pintura como en escultura o arquitectura, y así, al tiempo, inspirarse, practicar y aprender, y si era posible, teniendo de maestros o compañeros a compatriotas suyos -que naciera en Francia, no hacía que no se considerara tan británico como su familia, o el resto de gente con quien se relacionaba-. Viajó no sólo por Italia, como era tan habitual   -¿a cuantos pintores habré nombrado, que antes de dedicarse al arte en serio, pasaron una temporada en el sur?-, sino también a Bélgica, o más bien, a Flandes. Conoció Brujas, Gante y Amberes, donde descubriría a los artistas del siglo XVII, para más adelante, marchar también a Roma, que tanto le marcaría, y donde permaneció entre 1845 y 1846. Allá tendría contacto con los nazarenos -o "Hermandad de San Lucas", una corriente artística nacida a principios del siglo XIX en Viena, si bien muchos de sus miembros eran o se consideraban alemanes, y sus ideales artísticos, morales y emocionales eran claramente románticos.

Archivo: Romeo y Julieta brown.jpg 

 Archivo: Ford Madox Brown - Chaucer en la corte de Eduardo III - Google Art Project.jpg
Dos cuadros ambientados en la Edad Media: "Romeo y Julieta" (1870) -subtitulado "Despidiéndose en el tercer acto", haciendo referencia a los actos en que la obra de teatro se divide-; y "Chaucer en la corte de Eduardo III" (1847-51), donde el autor medieval visita al muy literario monarca inglés.

En ese año 1846, viudo de su primera esposa  -con apenas veinticinco años-, volvió a Inglaterra, después de recibir tan benéfica influencia tanto del arte clásico y renacentista -italiano-, posterior a la época -barroco, de Flandes-, o contemporáneo -los "germanistas" románticos del grupo de los nazarenos-. Claramente, no sólo se trataba de volver a su patria, o de considerarse formado. También habría, sin duda, necesidad de recuperarse del golpe recibido. Allá conocería a Rossetti, mucho más joven que él, y que le pondría en contacto con Millais y Hunt. En resumidas cuentas, la "santísima trinidad" del prerrafaelismo. Y a pesar de tener siete u otro años más que el resto, se entendieron. Muy probablemente, Madox se sentía más interesado por corrientes contemporáneas que sus nuevos amigos, también por el renacimiento y la época barroca, pero estaba un tanto cansado del academicismo de la Royal Academy -en la cual, de todos modos, todos acabarían o estudiando, o exhibiendo, o formando parte importante-, y querían llevar la pintura más allá, aunque el romanticismo, fuera francés o alemán-austriaco, aún atrayéndoles, no les parecía definitivo. Se podía ir un poco más lejos.

Archivo: última Brown, de england.jpg
"Adiós a Inglaterra" (1855). Hubo gente a la que no le parecía de buen gusto hablar sobre los millones de compatriotas obligados a emigrar, pero otros agradecían que un pintor quisiera reflejar la realidad.

Archivo: Dream.jpg de Byron

 Archivo: St Louis IX.jpg
"El sueño de Byron", dedicado al célebre poeta británico, que murió luchando por la independencia de Grecia; y la vidriera dedicada al rey francés Luis IX, llamado "el santo", por su participación en las últimas cruzadas -en ambos casos, desastrosa, todo hay que decirlo-, en la llamada Ventana del Este, de la iglesia de Todos los Santos de Cambridge.

Madox demostró interés por el mundo medieval, y por el arte de aquella época, así como por los temas bíblicos, aunque sin limitarse a copiar patronos anteriores, como la pintura italiana o española de los siglos XVI o XVII. Era clásico, y a la vez, deseaba ser moderno. Su colaboración con el diseñador William Morris y su compañía serían un ejemplo de querer dedicarse a algo más que la pintura sobre lienzo y poco más. No tuvo, sin embargo, interés por la Antigüedad, así que difícilmente pudo recibir mucha influencia de un Alma-Tadema, por ejemplo. Pero el interés por la historia pasada y la Biblia no significa que no estuviera al tanto de la actualidad. Persona de carácter más retraído, tranquilo, sin demasiado interés en destacar como un ejemplo o ídolo, viudo siendo joven, y tras perder familia y amigos de forma trágica, fue conocido por su timidez y poco interés en llamar la atención, pero también por querer llevar a la pintura problemas sociales y económicos de la época, como eran la emigración -en las Islas Británicas fue masiva, como también en otros muchos países europeos, como Italia, Alemania o España-, la industrialización; el hacinamiento de los campesinos emigrados a las ciudades en barriadas miserables; la expansión de la industria y las grandes urbes por antiguas zonas rurales; la pobreza severa e indignante que afectaba a una parte considerable de sus compatriotas... y todo eso se vería, realmente, representado en no pocas de sus obras, que se podrían considerar como "de temas de actualidad". Ejemplos de ello serían las doce pinturas que forman una visión del los cambios de la ciudad de Manchester a lo largo de la historia, y que le ocupó diez años de su vida. O la obra "Adiós a Inglaterra", donde se retrata a una pareja de inmigrantes que parten hacia un destino desconocido, quizá Australia, Canadá o Estados Unidos. Parece que se inspiró en la marcha del escultor prerrafaelita Thomas Woolner a Australia, que conoció personalmente, y a quién, por lo visto, no volvió a ver más. 

Archivo: work.jpg Marrón
"Trabajo", realizada entre 1852 y 1865, donde reúne y entremezcla trabajadores manuales ocupados en sus quehaceres, junto a burgueses ociosos, en el fondo o pasando y mirando en uno y otro lado del cuadro.

En 1865, con varios años de profesión a cuestas, realizó una muestra personal en Piccadilly, donde las críticas no fueron unánimes. Se alababa su técnica -no dejaba de ser un autor clásico, muy preparado-, el colorido, el detallismo, pero también que fuera demasiado melodramático, o la forma en que representaba a los personajes. Aún así, consiguió encargos particulares -era raro que un pintor pudiera vivir, principalmente, de las administraciones- hasta que el ayuntamiento de Manchester le requirió para los frescos de los que antes se ha hablado, donde se representaba la historia de la, en aquella época, pujante ciudad industrial.
Respecto a su familia, su hijo, Oliver Madox Brown (1855-1874) podría haber sido un gran pintor y poeta, pero murió siendo adolescente. Si nieto, Ford Madox Ford, en cambio, fue un famoso novelista que, entre otras cosas, trataría sobre el desconcierto de las clases altas británicas durante y después de la I Guerra Mundial, que literalmente barrió su mundo, así como poesía, ensayos, etc. Madox Brown tuvo otro hijo, además de Oliver, pero murió siendo todavía un bebé. Respecto a su segunda esposa, Emma Hill, también falleció antes que él, pero a una edad más avanzada. Sin embargo, Madox no consintió en contraer matrimonio con ella hasta que nació una hija en común: fue su modelo, después su amante, pero los prejuicios sociales de la época dificultaban que un artista famoso se casara con la hija de un albañil pobre y analfabeto, pero la niña, hija de ambos, y el hecho de que sus ideales políticos se fueran haciendo cada vez más liberales, le ayudó a dar el gran paso a una persona, por lo demás, un tanto dubitativa en cuestiones personales.

sábado, 21 de marzo de 2015

La voz acallada, que no completamente olvidada, de un verso libre de la poesía persa en femenino: Forugh Farrojzad.

Tanto tiempo hace, que no escribo sobre poesía, que parecía algo olvidado. Si los primeros versos fueron de una poeta desconocida, ahora llega el momento de saber quién fue la autora sin nombre.


Creo recordar que la primera vez que traté un tema del que no soy en absoluto muy conocedor de él, pues no es, precisamente, el tipo de literatura que más leo -en realidad, la leo muy, muy poco-, fue sobre unos versos que descubrí, por pura casualidad, en una web olvidada. Sin embargo, decidí apuntármelos, básicamente, para poder usarlos a la hora de escribir a una persona con la que, en aquella época, tenía cierta relación de amistad -bueno, quizá aquella relación no fuera tan cierta, porque nunca más volví a saber de ella-, pero los versos quedaron, apuntados en un pequeño papel, y decidí buscar por la red, a ver si lograba saber de su autor o autora. Encontré un nombre que los acompañaba, y así lo escribí en una de las primeras entradas del blog, cuando todavía no sabía de qué escribir, y de qué no. Y realmente, todavía tengo dudas sobre ello.
Bien, basta de preámbulos. Básicamente, quería decir que empecé a escribir sobre poesía, precisamente, con los versos de una desconocida autora persa... hasta que descubrí que, tras buscar en la red, y dar con los versos en cuestión, se atribuían estos a una persona equivocada. Quizá, incluso, completamente inventada. 
Ahora, también por casualidad, informándome sobre una autora que, desde que oí su nombre, no dejé de tener curiosidad por ella, descubrí que Forugh Farrojzad, la poeta en cuestión, fue la autora de dichos versos. Y ahora, desearía hablar un poco de una persona con nombre y apellido, cuya vida me llamó la atención -normalmente, las vidas de mujeres destacadas siempre llaman la atención: son muy pocas, comparadas con los hombres, tan aplastantemente mayoritarios, en esta historia universal tan masculina como machista-: se trata de la poeta -o poetisa, palabra que creo que es inexacta, incorrecta, pero que me suena mejor, la verdad- Forugh Farrojad.


En un país que intentaba salir de la oscuridad y el atraso, a veces se encienden luces inesperadas.

Forugh Farrozjad nació en Teherán, en 1935. Si uno lee la wikipedia, o cualquier otra web que se basa directamente en la información que ésta nos da -que no dudo que sea veraz; al fin y al cabo, también yo mismo me baso en lo que dice, al menos, en una parte importante-, nos dirá que llegó al mundo en una época en que Persia se abría al mundo, y estaba en pleno proceso de modernización. Sin embargo, esto sólo es una verdad a medias. En aquellos tiempos, gobernaba el país el sha, o emperador, Reza Sha -o Reza Khan-, fundador de la dinastía de los Pahlaví -o Pahlevi, al no saberse bien cómo debía, y más en aquella época, pronunciarse en español-, que, entre otras cosas, y precisamente en ese mismo año, cambió el nombre al país, que dejó de llamarse Persia -Fars, en farsi, la lengua propia de los persas- para denominarse Irán, el país de los arios, o también, de los puros. En resumidas cuentas, Reza Khan -prefiero llamarlo así, pues es el nombre más usado en español, decidió apuntalar su régimen en el militarismo -al fin y al cabo, él mismo fue un general- y el nacionalismo. Sí que deseaba la modernización de su país, pero, básicamente, en dos puntos: un mayor potencial militar -un ejército moderno, que no temiera a los rusos, ahora soviéticos, y a los británicos que controlaban la India por entero-, y fomentar la urbanización del país. El campo era reducto de pobres ignorantes, y la ciudad sería el escaparate de la modernidad. Al menos, los centros neurálgicos, donde se concentraran  el poder político, militar y económico de la élite gobernante, y los que a su alrededor vivían. Cierto que, para ello, el nuevo sha se dio cuenta de la importancia de una burocracia eficiente, y una educación, si no universal -¿universal? ¿para qué, para quién?- sí que preparara un número mayor de individuos que fueran capaces de dirigir y administrar el nuevo país.
En esta nación oriental, heredera de tres imperios pre-islámicos -el aqueménida, el parto y el sassánida-, nació, por tanto, Farrojzad -tercera de siete hermanos-, en el seno de una familia capitalina de clase media, religiosa sin llegar a radical -lo que ahora llamaríamos "islamista"-, pero que, como era de suponer, si bien no eran contrarios a que los hijos varones -no sólo los que ellos pudieran tener, sino, en general, los de su mismo status económico y social- pudieran estudiar o viajar, encontraban impensable que una mujer, aunque fuera su propia hija, pudiera ni tan siquiera imaginar en hacer lo mismo. 


La ciudad de Quetta, en Irán, en los años treinta.

Así, no parece extraño que se casara a los dieciséis año. Y digo "parece" porque, realmente, Forugh se casó enamorada con un primo suyo, a disgusto de su familia, que pensaba -y con razón- que era demasiado joven para ello. Esto es un ejemplo de que, a pesar de ser conservadores, los Farrozjad tampoco eran prisioneros de tradiciones tan antiguas como reaccionarias, como es el casar a las hijas siendo casi niñas. De aquel matrimonio, que no prometía un gran futuro -no lo tuvo- nació un único hijo: Kamyar. 
Y si a los diecisiete fue madre, a los diecinueve se divorció. Aquello significó perder la custodia de su hijo, allá por 1954, pues, en la ley islámica -y el "nuevo Irán", aunque no fuera un estado islámico propiamente dicho, tampoco había conseguido, y quizá nadie lo había intentado en serio tampoco, separar religión y estado- consideraba que, en caso de divorcio, en la práctica totalidad de los casos, los hijos acababan en la casa del padre, que para eso era el hombre, el que trabajaba y el que traía dinero a casa -esto, al menos en el campo, tampoco era en absoluto cierto, pues las mujeres también ejercían de granjeras o campesinas, por ejemplo, pero todo ello era considerado como detalles sin importancia-. Aparte de todo ello, los hijos llevaban el apellido del padre, era su sangre la que más contaba. Y teniendo en cuenta que, con toda seguridad, todo el mundo pensaría que la ruptura del matrimonio se debió al carácter independiente y díscolo -o sea, indecente, indefendible-, de Forugh, que incluso llegó a ser ingresada por un ataque de nervios en al menos una ocasión, estaba claro que iba a tener muy difícil el volver a ver a Kamyar.
Fue en 1955, con sólo veinte años, cuando, tras quedarse sola en el mundo, sin marido -lo que, a pesar de las malas avenencias, no dejaba de estar mal visto, el que una mujer, por joven que fuera, se divorciara y quedara sin pareja-, lejos de su hijo, y con toda probabilidad, con mala relación con su familia -que le recordarían, una y otra vez, que le aconsejaron que no se casara tan joven-, cuando dio el salto hacia la literatura. Había escrito algunos poemas en sus años de adolescencia, quizá en su misma infancia, mientras estudiaba, pero es más que probable que, en aquel momento de su vida, necesitara expresarse de alguna forma, sacar de su interior todo, o al menos parte, de lo que sentía. Aquel primer poemario se llamaría "La cautiva", que resultaría tan moderno, tan rebelde y rupturista, que ni críticos, ni académicos, ni "compañeros" literarios los aprobaron y, en no pocos casos, ni se dignaron a leerlos en profundidad -o a leerlos, simplemente; era suficiente con que "los entendidos" los difamaran o criticaran con acritud y desdén-. Lo que la joven necesitaba para, precisamente, lejos de rendirse, continuara por el mismo camino.

En una foto de su juventud, encontrada en una de las webs -normalmente en inglés, también en francés y farsi- dedicada a ella.

La quisieron callar, pero tuvieron que seguir escuchando su voz.

Al año siguiente decidió marcharse de un país que no era capaz de aceptar un auténtico cambio social, como era el reconocer que las mujeres debían tener voz y voto en la sociedad. Viaja a Europa, que recorrería durante nueve meses, e inicia una relación sentimental, sin matrimonio de por medio, con el cineasta y escritor Ebrahim Golestan, al que conoció en su estudio y que, por lo que él mismo ha explicado -y cuentan quienes les conocieron cuando vivían juntos- le animó a ser una persona más independiente, y la ayudó a conocer la sociedad y cultura europeas, sin por ello tener que perder sus raíces persas. La relación entre ambos fue liberal pero sincera, se influyeron y se quisieron, y no se rompió hasta la temprana muerte de Forugh. Golestan defendió siempre a su poético amor, incluso de críticos maliciosos, pues fue él, en la práctica, quien promovió el arte de la joven cuando esta ya había abandonado este mundo, el que conservó su recuerdo, y la singularidad de su figura. Vivo todavía -aunque ya anciano, nació en 1922-, Golestan siempre ha ayudado a mantener vivo el recuerdo de Forugh, a pesar de que su nombre ha querido ser borrado dentro de las fronteras iraníes, por razones evidentes. ¿Qué podrán pensar de ella, los guardianes de la moral de la República Islámica? Pero no adelantemos acontecimientos. En 1956, publicará "El muro", mientras llamaba la atención entre los intelectuales europeos por su vida e ideas liberales -algunos de ellos, por muy orgullosos que estuvieran de representar una cultura más abierta que la musulmana, no dejaban de ser, también, unos reaccionarios, o unos falsos e hipócritas liberales-. En 1958, saldría a la luz "Rebelión". Con ese nombre, está claro que Forugh estaba dispuesta a hacer cierta la frase "La poesía es un arma cargada de futuro". No podía saber ella, qué sería de su obra en ese futuro en que tan pocos años de vida le aguardaban, pero sí que podría, de alguna forma, imaginar que, después de ella, otros, y sobretodo otras, la utilizarían como eso mismo, un arma, contra la reacción y la oscuridad.
En 1962 filmaría una película documental, "La casa negra", un mediometraje de media hora, donde la acción, o más bien la no-acción -algo tan habitual en el cine iraní, y que hace que no sólo los occidentales, sino casi todos los no persas, tengamos, me incluyo, enormes problemas para seguir unas películas donde aparentemente no pasa nada, donde el tiempo parece ser relativo, porque parece expandirse, y que puede aburrir, si no se conocen ciertas características de la cultura y la visión de la vida de los persas-transcurre en un lugar tan siniestro, tan aparentemente poco poético, como es una leprosería, en la ciudad de Tabriz -en el Azerbaiyán iraní, si bien los azeríes de este país nunca han demostrado considerarse algo extraño a Irán, siempre han estado perfectamente integrados con sus vecinos iranios-. El crítico Mohsen Majmalbab aseguraba que era "la película más bella del cine iraní", aunque no está claro cuando lo dijo. También se ha comparado con "Las Hurdes: Tierra sin pan" de Luis Buñuel, y que tantos problemas le trajo, por ofrecer una imagen tan cruda de la situación de dicha región extremeña, sumida en la más absoluta de las miserias -sobre dicho documental, de apenas media hora, se criticó que Buñuel, en ocasiones, forzara o, directamente, montara escenas especialmente brutales; lo que sí es cierto, es que el estado de abandono y miseria que denunció Buñuel sí era cierto, por mucho que enfureciera a mucha gente en España, y eso teniendo en cuenta que la filmó en tiempos de la II República. A saber qué le abría pasado, de intentar hacerlo en años posteriores...-. La película, sin embargo, a pesar de su condición de cine de autor minoritario, tuvo éxito de crítica, reconocimiento internacional y, por último, fue galardonada en 1963 en el Festival de cine de Mannheim, Alemania. 


Una de sus imágenes, que ha acabado haciéndose clásica, entre los que la conocieron, y los que la empiezan a conocer en estos tiempos.

Ese mismo año, la UNESCO produciría un documental de media hora sobre la vida y obra de Forugh, y el director italiano Bernardo Bertolucci viajaría a Irán para entrevistarla. De esas conversaciones, nacería un pequeño cortometraje de unos quince minutos, donde se le puede conocer más a fondo, escuchando su voz y viéndola tal como era, en su mejor momento emocional y artístico.
En 1964 publicaría su penúltima obra: "Nuevo nacimiento". Los títulos de éstas, como se puede comprobar, no están puestos por casualidad. Aquí se comprueba cómo la autora prácticamente se deshace de la tradición persa en temática, espíritu y forma -ella gustaba de la rima libre, sin complicarse demasiado la vida en contar sílabas de cada verso que imaginaba-. El ser, al tiempo, una persona de origen exótico, nacida en un país musulmán que, aunque intentara modernizarse, no dejaba de estar atrapado en convencionalismos, tradiciones anacrónicas, y en un peso excesivo de la religión, y, a la vez, artista prácticamente vanguardista, la hacía tan atractiva, como también, al menos para según qué círculos, difícil de etiquetar. Aparte, como era de imaginar, de escritora minoritaria: en su país era una casi total desconocida -excepto entre jóvenes interesados en la modernidad, en nuevos aires llegados de otras tierras pero que, al tiempo, deseaban que su propia patria participara de esas vanguardias que no tenían por qué ser siempre patrimonio de Occidente-; en Europa, apenas la leían algunos entendidos, o amantes de lo diferente. Con el paso del tiempo, su fama se acrecentó, hubo más gente que escuchó su nombre, y se interesó por su obra pero, como era de imaginar, nunca fue autora de masas.
El año 1966 sería en el que publicaría su última obra "Tengamos fe en el comienzo de la estación fría". En aquella época, también se interesó en la actuación, pues hacía ya tiempo que estaba deseosa de desarrollar, si no una auténtica carrera profesional como actriz, si no de cine, sí de teatro, al menos sí estudiar y practicar el arte dramático, y participar en alguna obra, aunque fuera alternativa o simplemente de aficionados. Parece, sin embargo, que se le daba mejor de lo que ella misma pensaba, y, cuando tenía entre manos la posibilidad de participar en el teatro profesional, murió en un accidente de coche, que conducía ella misma -iba sola en el vehículo-, mientras volvía de casa de su madre, con la que hacía ya tiempo que se había reconciliado. Se dice que, debido al mal tiempo, cuando la encontraron, la nieve había cubierto el vehículo y a ella misma, lo que hace pensar que el golpe fue lo suficientemente fuerte como para que saliera despedida, a no ser que intentara salir de él, ya agonizante.
 Lo que es cierto, es que desde el mismo momento en que falleció,el accidente dio algo que pensar. No es que hubiera pruebas de que el gobierno del hijo de Reza Khan, Mohamed Reza Pahlevi, estuviera mezclado en su muerte, ni tampoco es que el soberano iraní, transformado ya en autócrata todopoderoso -que si bien no era ciego a la impopularidad hacia su persona y régimen, que crecía en las calles iraníes, un día sí y otro también, tampoco parecía darle la importancia que debiera-, tuviera razones de peso para eliminarla. Ni tan siquiera una antipatía personal. Más bien, la debía considerar una "exiliada interior" más, que molestaba y ofendía a la parte más conservadora y religiosa de la sociedad, pero teniendo en cuenta que él se veía como el gran modernizador de Irán, debió pensar, para sus adentros, que si los ayatolás, o los defensores del "que nada cambie" rugían contra ella, pues que se aguantaran y en paz. Quizá, entonces, podrían haber sido estos reaccionarios, que acabaron siendo en parte revolucionarios contra la monarquía, y que finalmente, acabaron por secuestrar la revolución anti-sha, haciéndola sólo islamista, en lugar de permitir que fuera de todos, los que tuvieran algo que ver. Pero ellos tampoco es que fuera tan poderosos, ni estaban tan obsesionados con ella, y Forugh, más que un peligro, aunque les ofendiera en lo más profundo, era considera más bien como una simple molestia. Aunque molestara mucho, sin duda.


En 2014, se quería realizar en Irán -por parte de asociaciones culturales y defensoras de los derechos humanos- una exposición que recordara a Forugh Farrojzad, pero, de un día para otro, las autoridades del país la prohibieron, sin dar más explicaciones de las que acostumbran a dar cuando cierran periódicos o revistas "rebeldes", o encarcelan intelectuales, periodistas o estudiantes: "No es bueno para Irán", "No son buenos iraníes". Como anteriormente le pasó al sha Reza Pahlevi, tampoco los dirigentes actuales parecen darse cuenta que ya hace tiempo que perdieron la calle.

Leo en la wikipedia que, hasta 1997, treinta años después de su muerte, era una casi completa desconocida, pues apenas se había traducido ni un poema suyo. A lo sumo, podían conocerla quienes la leyeron en traducciones al francés u otros idiomas europeos. La revista "Caminar" tradujo tres de sus poemas: "Regalo", "Muñeca de cuerda", y "Renacer". El primer libro sobre su obra se llamaría "Noche en Teherán", que no correspondía al título de ninguno de los suyos, lo que hace pensar que se trataba de una antología, por lo demás, prácticamente inencontrable.
Respecto a su estilo, al haber podido leer muy poco de ella, me fío de lo que otros comentan, con mayor conocimiento de la materia: eran, sin duda, versos, obras, donde se veía su condición femenina, donde su autobiografía, los distintos episodios de su vida, o se ven reflejados de una forma más o menos clara, o, al menos, influyen en cómo ve y expresa sus pensamientos. Una voz viva y fuerte que, en el Irán actual, es lógico pensar que resulta completamente imposible de leer o escuchar de forma legal, permitida y admitida. Pero si en otras ocasiones, los libros prohibidos, malditos, circulaban por mil medios y canales, en copias de copias, o en volúmenes publicados en el extranjero y pasados de contrabando, hoy en día, época de internet, resulta, si cabe, más difícil todavía, si no imposible, el eliminarlos al completo. La juventud iraní, al menos en las ciudades, es mucho más permeable, abierta de mente, e interesada en lo que sucede y se produce en el mundo exterior de lo que los mandamases de turno -con uniforme militar, o con barba y turbante de ayatolá- querrían admitir. Y si se interesan por las voces de otras tierras, más todavía, por las que, en algún momento de la historia, se expresaron en farsi, o en cualquier otra lengua de las que se hablan en lo que fue la antigua Persia.

Y aquí, un par de ejemplos de su obra, aunque la traducción realizada no es que sea una maravilla, pero, espero, se pueda comprobar cómo sentía, y cómo escribía.



Viernes.

Viernes tranquilo
Viernes desierto
Viernes triste como viejos callejones
Viernes de pensamientos enfermos y perezosos
Viernes de sinuosos tramos malsanos
Viernes de ninguna anticipación
Viernes de sumisión.

casa vacía
casa solitaria
casa bloqueada contra la embestida de la juventud
casa de la oscuridad y las fantasías del sol
casa de la soledad, augurio y la indecisión
casa de cortinas, libros, armarios, cuadros

¡Ah, cómo mi vida fluía, silenciosa y serena!
Como una corriente en su curso subterráneo
a través del corazón de tan silencioso, desierto viernes,
a través del corazón de esas casas tristes vacías,
¡ah, cómo mi vida fluía, silenciosa y serena!


El viento nos llevará.

Durante mi noche, tan breve, por desgracia
el viento tiene una cita con las hojas.
Mi noche, tan breve, se llena de angustia devastadora
¡Escucha! ¿Oyes la explosión de la oscuridad?
En esta felicidad, me siento en el extranjero.
Estoy acostumbrado a la desesperación.
¡Escucha! ¿Oyes la explosión de la oscuridad?
Allí, en la noche, algo sucede.
La luna está roja y ansiosa,
y enganchada a la azotea
Que corre el riesgo de desplomarse en cualquier momento.
Las nubes, como una multitud de dolientes,
están a la espera del nacimiento de la lluvia.
Un momento, y luego nada.
Al otro lado de esta ventana
se encuentra la noche, que tiembla.
Y está la Tierra, que deja de girar.
Detrás de esta ventana un desconocido se preocupa por mi y por ti.
Tú, bosque frondoso,
Pon tus manos - esos recuerdos ardientes -
sobre mis manos amorosas.
Y confía tus labios, saciados del calor de la vida,
con caricias de mis labios amorosos.
¡El viento nos llevará!
¡El viento nos llevará!


Y esta es otra versión de la poesía que encontré en la red, y publiqué hará una eternidad, tras retocarlos, después de haber visto una traducción fiel al inglés:


Regalo

Yo hablo desde la profundidad de la noche,
desde la abismal oscuridad.
Si vienes a mi casa, amigo,
tráeme luz y una ventana para que pueda ver
la felicidad de aquella calle abarrotada.

Más allá de la oscuridad, de las tinieblas, se encuentra una luz... no siempre una luz visible, sino emocional, metafísica. En algunos versos de Forugh se puede intuir algo así.


AQUÍ un enlace a una web dedicada a ella. En gran parte en inglés -también algo en francés y en persa-, he sacado de allá información y los ejemplos de su obra, pues resulta difícil encontrarlas en español, aunque todo es buscar.

viernes, 13 de marzo de 2015

Los prerrafaelitas (XIII). Henry Holiday, o el arte de no ser el primero en nada, pero sí hacer bien de todo.

Un autor que ejerció de artesano del arte del vitral, al tiempo que pintaba, dibujaba o diseñaba cualquier cosa que le encargaran.


Henry Holiday, autor multidisciplinar.

El autor a tratar, Henry Holiday (1839-1927) fue, entre otras cosas, un pintor que se dedicó a la temática histórica, y que por sus gustos y estilo fue considerado -y lo es todavía-  como parte del movimiento prerrafaelita, si bien ya se ha visto que, para formar parte de éste, tampoco había que cumplir unas condiciones demasiado precisas o exigentes, aunque sí unas ciertas generalidades. También fue ilustrador, escultor y diseñador. En esto último, sobretodo, de vidrieras para catedrales, que probablemente sería la parte de su carrera artística por la que más merecería ser recordado -como es así, para cualquier estudioso o, cuanto menos, amante de la arquitectura en general, y de la religiosa y gótica, o neo-gótica, en particular-.
Holiday demostró interés por el arte desde muy joven, estudiando primero en la Academia de Arte de Leigh, y, en 1855, con apenas quince años, ingresar más tarde en la Royal Academy -qué sorpresa, ¿no?-. Allá conocería a Simeon Solomon y Albert Moore, con quienes siempre tendría una estrecha amistad. El primero, al tiempo, le presentaría a Dante G. Rosseti, a E. Burne-Jones, y a William Morris. En resumidas cuentas, acabaría siendo una especie de "componente de segunda hora" de la "Hermandad", y, si bien no se le acostumbre a nombrar, por no ser uno de sus fundadores, ni de los más conocidos de sus miembros, siempre estuvo cerca de ellos. Al menos, en sus tiempos jóvenes, pues, pasado el tiempo, y a medida que algunos fallecían, y otros tomaban caminos artísticos un tanto diferenciados, él decidió dedicarse también al diseño y otras ramas del arte. Edward Burne Jones, el gran retratista de un Medievo luminoso, también fue amigo y maestro suyo. Los prerrafaelitas, en general, acostumbraban a tener buenas relaciones entre ellos -al menos, por temporadas- y se enseñaban e influían unos a otros.
Holidays gustaba de viajar al norte de Inglaterra, a zonas rurales montañosas y llenas de lagos, para pintar y relajarse, si bien él, como cualquier prerrafelita que se precie, optaba más por darle una importancia relevante a la figura humana, tanto masculina como femenina -en su caso, vestida; esto no es un detalle de poco peso, hablando de quienes hablamos-. No fueron muchos, los cuadros que le hicieron realmente famosos, pero, al menos, habría que nombrar tres o cuatro. Y estos son:


"Dante y Beatrice" (1883). El cuadro está basado en una obra autobiográfica del mismo Dante en que habla del amor que siente por una tal Beatrice Portinari, de la cual apenas se sabe nada. Por saberse, ni tan siquiera si tenía amistad, o incluso si en algún momento de su vida llegó a hablar con Dante. Así pues, quizá sólo fue un amor platónico, y eso es lo que se ve en el cuadro. El célebre poeta "se deja ver" por su amada, que tal vez ni sabe que existe -era durante la juventud de Dante, cuando este, quizá, no era especialmente famoso, todo es un misterio, una suposición-, entre el Puente Vecchio (el que se ve al fondo), y el de la Santa Trinitá (donde él se encuentra). Aunque todo sea no más que una pequeña leyenda literaria, el cuadro de Holidays, de alguna forma, le da vida y la hace verdadera. Y se no lo fue, ¿importa tanto, acaso?

"Los burgueses de Calais" (1859). Un matrimonio francés medieval, en la intimidad de su hogar.


"Aspasia", un retrato de la cortesana -hetaira- ateniense, amantes y consejera del gran Pericles.

Sin embargo, más que en la pintura, fue en otras artes en las que Holiday destacó. O más bien, en una en particular: el diseño de vidrieras para templos religiosos, y con ellas, también mosaicos y pinturas murales. Aunque practicó también la escultura -poco-, y el dibujo -o más bien, la ilustración, para portadas e imágenes interiores de libros, por ejemplo-, fue el aceptar trabajar como diseñador de vidrieras en la empresa Glass Works, lo que le dio tanta fama como trabajo abundante y dinero. Porque, por muy artista que fuera, de algo tenía también que vivir.
Realizó aquí más de trescientos trabajos -algunos pequeños, pero otros realmente importantes-, hasta que, en 1891, decidió independizarse, y crear su propio taller en Hampstead, creando tanto vitrales, como mosaicos, esmaltes y objetos sacerdotales. Su producción fue enorme, y se puede encontrar por toda Gran Bretaña, así como en Estados Unidos y Canadá. Quizá, su trabajo en vitrales más importante sea el que realizó para la Abadía de Westminster (1868), o el de Santa María Magdalena, en Paddington (1869), pero habría mucho más donde elegir.

"Dante y Chaucer" (1879), realizada por Holiday, para la empresa Powell e hijos, ahora en una de las salas de arte de la Universidad de Harvard.

              
Modelos dibujados por Holiday, para ser posteriormente fabricados con vidrios de distintos colores, para el Museo Real de Ontario, en Canadá, dedicados al Egipto faraónico.

Como antes se ha comentado, también trabajó como ilustrador, para una historia de Lewis Carroll, el creador de "Alicia en el país de las maravillas": "La caza del Snark", lo que además hizo que ambos hombres se hicieran amigos para toda la vida.
Además, diseñó muebles, y realizó pinturas de paredes y techos por encargo del arquitecto William Burgues (parte de su trabajo se puede ver hoy en día en la Universidad de Woscester, Oxford, que realizó entre 1863-4), e, incluso, tuvo tiempo para viajar a la isla de Sry Lanka (o Ceilán), como parte de la llamada "Expedición del eclipse", de carácter científico, y para la que realizó diversos dibujos astronómicos.
Y como parece que aún tenía tiempo para la política, se dedicó a apoyar a figuras de carácter progresista -se consideraba y manifestó siempre socialista- y feminista, o, como se le llamaba en el siglo XIX y principios del XX a dicho movimiento, sufragista, por defender, entre otras cosas, el derecho al voto para las mujeres -sufragio universal-.
En resumidas cuentas, aunque no destacó en extremo en nada, como sí lo hicieron otros muchos compañeros suyos de la Hermandad, no se puede decir que se aburriera en absoluto.


Un libro -original- de "La captura del Snark", de Lewis Carroll, para el que Holiday creó varias ilustraciones.






sábado, 7 de marzo de 2015

Gente de mi ciudad (VIII). Macari Gómez Quibus, MAC: el artista que dibujó carteles de cine para Hollywood.

Después de un tiempo sin hablar de las "glorias reusenses", un artista que no se dedicó a la pintura, sino al cartelismo.


Hacía tiempo que no escribía nada acerca de alguno de mis conciudadanos que, por una u otra razón, alcanzaron en su momento -y después de su fallecimiento también; al menos, algunos- fama y popularidad. En general, se trataba de artistas -sobretodo pintores- fallecidos hace ya mucho, aunque en el caso de los escultores, fueron personajes cuya vida y obra corresponderían al siglo XX en pleno. En este caso, para variar, se trata de alguien que todavía sigue vivo, si bien es ya anciano -tiene casi ochenta años. Se trata del cartelista Macari Gómez Quibus, conocido tanto en el mundo artístico, como en el cinematográfico -y entre los admiradores de su obra, o al menos, en los no muchos que conocían el nombre del autor de tantos carteles suyos que llegaron a admirar- como Mac.


El dibujante que dio el gran salto a la Meca del Cine.

Nacido en Reus en 1926, y todavía vivo -sí, vivo. Es el primer reusense vivo del que hablo-, reside desde los años setenta en Olesa de Montserrat, en Barcelona. Su familia llegó de Fraga, en Aragón, y era de origen muy modesto -labradores. Fallecido en 1928 su padre, acabó en la Casa de la Caridad de Reus en 1931, que era, básicamente, una institución para acoger huérfanos o, al menos, niños en una situación social mala o muy mala -él era huérfano de padre, pero no de madre; aún así, ésta no siempre fue capaz de mantenerlo-. Allá empezaría a dibujar y, retornado a casa cuatro años después, ingresa en la Escuela de Bellas Artes de Reus. Tras la guerra, su situación económica era tan penosa que acaba yendo a vivir con su abuelo a un pueblo de Girona. En 1944 vuelve otra vez con su madre, pero a Barcelona, donde ésta trabajaba, y allá, en una gran ciudad, aunque estuviera arruinada por la guerra y oprimida por la dictadura, empezó a desarrollarse como artista de forma seria.

  
El cartel para "El verdugo" de Berlanga, uno de los más difíciles, por el tema que trata -la pena de muerte, y quién la ejecuta-, y más teniendo en cuenta que debía realizarlo en plena dictadura franquista. A la derecha, el autor trabajando en una de sus obras.

En 1946 visitará el Museo de Arte Moderno de Barcelona, donde descubrirá a su conciudadano Marià Fortuny, al que desde un primer momento admira y estudia al tiempo. esto le hace decidir que el dibujo será su forma de vida, y vuelve a estudiar en una escuela de bellas artes, en este caso, de Barcelona. De ahí, pasará a trabajar en el estudio gráfico "Estudio Domínguez", que se encarga de la decoración de las fachadas de los cines de esta familia. En aquella época no se realizaban copias de enorme tamaño de fotografías, era normal crear grandes carteles pintados a mano, que se iban cambiando a medida que se retiraban películas para sustituirlas por otras nuevas -en aquellos años, las películas de éxito podían estar meses en cartelera; aún así, siempre había trabajo, pues dichos carteles tampoco se hacían en un día, precisamente-. Mientras tanto, por las noches haría dibujos a pluma -o sea, dibujar el lápiz, para después entintar en blanco y negro- para la publicidad en la prensa, que tampoco abundaba en el uso de la fotografía. En 1947 tiene que realizar el servicio militar, pero como lo tiene que hacer en la misma Barcelona, puede compaginarlo con sus trabajos.
Tras la muerte de su madre, decide que sus trabajos, aunque le producen ganancias económicas, modestas, y le permiten aprender, no son suficientes. Se dedicará cada vez más a la publicidad, hasta que, en 1952, le contratará el estudio de diseño publicitario de Martí Clavé, Esquema. Allá realizará su primer cartel cinematográfico de una gran producción: Ivanhoe. Es tal el éxito que consigue con ese trabajo, que hasta un alto ejecutivo de la Metro Goldwyn Mayer le felicita. Y a partir de ahí, lograría catapultarse hacia Hollywood, donde sólo los mejores podían hacerse un hueco, aunque, para ello, todavía tendría que esperar un poco.

  
"Los Diez Mandamientos" es una de sus obras más conocidas. Para "Ciudadano Kane", que era una película realizada años antes de que se dedicara en serio a la cartelería, realizó un nuevo cartel, para su re-estreno.

La distribuidora Tandem Films se instala en el edificio en que él vive con su mujer, y pasa a trabajar para ella realizando todo tipo de trabajos. Allá aprenderá y desarrollará su estilo para el mundo del cine, y le servirá para presentarse al mundo. A partir de 1955 ya firmará como MAC.
Con un estilo depurado, gran creatividad, colorido, imaginación y armonía, éste ya no cambiará demasiado con el paso del tiempo. Y realmente, tampoco tendría mucho sentido, pues acabaría teniendo más encargos de los que nunca habría podido realizar.
Sería la Paramount quien le encargara un cartel gigante para su superproducción "Los Diez Mandamientos", que fue un éxito rotundo, y que le significó que la productora le hiciera todo tipo de encargos relacionados con la película. Hasta el mismo Charlton Heston quiso conocerlo, y consiguió del artista un retrato como regalo personal.
En los años 60 y 70, la época dorada de las superproducciones, que empezaron ya en los 50, se consideraba lógico que, para presentar y publicitar grandes películas, se realizaran para ello los carteles más espectaculares, y MAC los realizaba a ritmo casi industrial. A veces eran de estrenos, novedades, y en otras ocasiones, se trataba de reposiciones. Así, hubo películas antiguas -o, al menos, anteriores a la época profesional del autor- que tuvieron, gracias a él, un segundo cartel, que les permitió tener también una segunda vida comercial.
Él era un artista que ahora se llamaría "free-lance", o sea, independiente, y aceptaba encargos de todo el mundo, aunque él siempre vivió en Barcelona. Nunca quiso abandonar su país, ni obligar a su familia a marchar al extranjero, por mucho que podría haberse instalado en Estados Unidos o Europa sin problemas. Más bien al contrario, todo el mundo lo quería en exclusiva. Así, igual trabajó para la Paramount, MGM, Universal o la Fox.
Y respecto a títulos de películas que contaron con carteles hechos por sus manos, se podrían nombrar "Ivanhoe" (1952), "Moulin Rouge" (1953), "La tentación vive arriba" (1955), "Los diez mandamientos" (1956), "El Cid" (1961), "Desde Rusia con amor" (1963), "La muerte tenía un precio" (1965), o "Doctor Zhivago" (1965). Y en España, el de "El verdugo" (1963), de Berlanga.
Pero a partir de los 80, la fotografía empezó a sustituir al cartel dibujado y pintado -las técnicas fotográficas, y más adelante informáticas, permitían hacer casi cualquier cosa-. Resultaba más barato y rápido. Y ese deseo de reducir gastos fue debido a una crisis económica para las salas de cine provocada por la irrupción del vídeo en casa. Así que MAC decidió a pasarse a ese nuevo mundo, haciendo multitud de pequeñas pero magníficas carátulas, sobretodo para las distribuidoras Video Technics y Embassy.


Lo mismo realizaba trabajos para películas históricas, como bélicas -principalmente, la II Guerra Mundial", pero siempre primando la figura humana sobre el paisaje, que tiene una importancia muy secundaria, prácticamente un fondo donde los personajes se mueven.

Su último trabajo sería el cartel para la película "El placer de matar" de 1988. A partir de ahí, recibiría premios y reconocimientos, como ser nombrado miembro de honor de la Academia del Cine Catalán (2013), o la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat, en 2014, aparte de varias exposiciones de su amplísima obra, de más de 4.000 trabajos de todo tipo: carteles de cine, carátulas de vídeo, las llamadas plumas de prensa -anuncios dibujados a mano- o guías -estas guías eran, más bien, una especie de anuncio donde se podía, por un lado, admirar y reconocer el cartel de la película, y por otro, conocer la sinopsis, el director y los actores, el día de estreno, etc.-. Todos ellos, por lo visto, muy recientes aunque, al menos, le han llegado todavía en vida, lo que es de agradecer.
A pesar de su impronta en la época del Hollywood dorado, su nombre es poco conocido hoy en día. Muchos cinéfilos no parecen darle importancia que un español llegara tan alto en el mundo del cartel cinematográfico, pero con la ayuda de la wikipedia, donde lo descubrí mientras me informaba sobre Tapiró, Fortuny y compañía, espero que haya más gente que pueda conocerles, a él y a su obra.

Existe un cortometraje, "Un chico de portada", de David Muñoz, en que el propio MAC habla sobre su vida y obra, y recuerda sus trabajos más importantes y reconocidos. Fue estrenado en 2012 en el Festival Internacional de Cine de Sitges (comúnmente llamado Festival de Cine de Terror, Fantasía y Ciencia-ficción; de visita ineludible para amantes de estos géneros, o de cualquier otro).


También hay un blog dedicado enteramente a MAC, donde se pueden disfrutar más de mil trabajos, recopilados con enorme paciencia: Universo MAC.


*Y aquí, un anexo:
Después de la jubilación de MAC, y de otros muchos cartelistas españoles, todavía queda, al menos en Madrid -su propietario y principal artista, Alfonso Pérez, dice que en toda Europa; no así en Estados Unidos, o en la India- una pequeña empresa que se dedica a realizar  carteles cinematográficos. No trabaja, como es de suponer, para productoras o distribuidoras, sino para pequeños cines que quieren diferenciarse de la competencia, propietaria cada empresa de varios -o muchos- cines en toda España. Trabajar por amor al arte, en el sentido más profundo y real del término.

martes, 3 de marzo de 2015

Los prerrafaelitas (XII). Edmund Blair Leighton, ejemplo y campeón de pintores medievalistas.

El segundo Leighton de la corriente prerrafaelita sería el que mejor plasmó un Medievo de cuento y fantasía.


Aquí tenemos a un autor que, en no pocas ocasiones, si no es olvidado, sí dejado un poco de lado cuando se habla de los prerrafaelitas. Hay que tener en cuenta, de todas formas, que en no pocos libros o estudios se considera como tales a los que formaron la Hermandad propiamente dicha, sin contar a los muchos que se sintieron más o menos cercanos a ella, pero que vivieron, pintaron y se movieron por el mundo por su cuenta. Edmund Blair Leighton, que no compartía parentesco -al menos, cercano-, con el Frederic Leighton del que ya se ha hablado, y que tanto disfrutaba pintando a jóvenes en brazos de Morfeo. Sin embargo, el segundo con el mismo apellido también merece un espacio para él solo en este largo listado de artistas, que no parece tener fin -y no lo digo por decir, ¡nunca imaginé que pudiera haber tantos seguidores de esta corriente pictórica!-.

Imagen relacionada
Una fotografía, un tanto desgastada por el tiempo, del autor en sus mejores tiempos.


Que "La historia" -history- no te estropee una buena historia -story-. El hombre que retrató un Medievo salido de lo más profundo de nuestras fantasías... y ya está bien así.

Edmund Blair Leighton (1853, en Londres; 1922, también en Londres), es otro ejemplo de artista que, sin formar parte de la Hermandad, y dudar si no considerarlo también como un pintor romántico, aunque fuera posterior a los miembros franceses o alemanes de dicha corriente artística, habría de ser considerado como un prerrafaelita de libro. Dicho de otro modo, que no habría que dudar ni un segundo en ponerlo entre los primeros de la lista. 
Edmund -llamémoslo así- era un londinense que tuvo la suerte de ver arte desde sus primeros días de vida: su padre, Edward Blair Leighton, era un pintor realista, experto en retratos, que exhibió en la Royal Academy entre 1843 y 1854, y de la cual, evidentemente, también era miembro. Teniendo en cuenta que era lo que llamaban un academicista, o sea, alguien que seguía el guión de lo que "La Academia" consideraba arte serio y respetable -y habría que escribirla así, en mayúsculas y con el "La" delante, porque todos los pintores de los que se ha hablado aquí, sin importar su estilo o fama, o formaron parte de ella, o intentaron triunfar en su interior, o, al contrario, tuvieron con tan legendaria institución sus altos y bajos, cuando no enfrentamientos directos. Era omnipresente para cualquier pintor británico, de eso, no había duda.

Su título original, "The accolade" (1901), más que "el espaldarazo", se podría traducir por "el nombramiento", en el sentido de que el joven es armado caballero por su reina, y con ese acto, recibe el apoyo moral -y quizá algo más, teniendo en cuenta que transcurre en la época del "amor cortés" y de los caballeros trovadores- de su soberana. Es uno de los cuadros más famosos de E. B. Leighton.

"God speed" (1900), que vendría a ser "Dios apremia -velocidad, actuar prestamente-". Leighton conocía la Edad Media, su literatura y leyendas, y aparte de pintar imágenes inolvidables, también sabía cómo titularlas, aunque su traducción a otras lenguas debiera ser más bien libre. Es curioso cómo conocía estas dos imágenes -sin tener idea de quién las había pintado-: trabajaba en una tienda que, entre otras cosas, vendía puzzles, y el que tenía más piezas, reproducía ambos cuadros, que tienen la misma temática y se pintaron prácticamente uno detrás de otro.

Su hijo no es que pretendiera ser un revolucionario, pero sus gustos iban, claramente, por otros caminos. Realmente, no era, en absoluto -como se ha visto ya- un caso único. Los prerrafaelitas, como los románticos -o neo-románticos, que prosiguieron con dicho estilo cuando en el continente ya iba un tanto de capa caída- o los neo-clásicos, fueron los que, en la larguísima época Victoriana, e incluso algo más allá, dieron nuevo impulso, y propusieron alternativas a una pintura que, precisamente debido a dicha Royal Academy, de no haber sido por ellos, se habría quedado estancada en el tiempo, perdiendo su espacio entre las artes británicas y europeas en apenas una generación.
Leighton hijo, aunque no se dedicó a una temática de forma absoluta, sí que demostró, desde joven, su interés, particularmente, por una época y un lugar: la Edad Media europea, y en particular, británica. No es que fuera el único, desde luego, pero sí el que pintó más y mejor sobre un Medievo, como se ha dejado ya constancia, tan romántico y hermoso, tan lleno de caballeros, princesas, amores galantes, y hechos heroicos, que lo mismo hacían olvidar a quienes admiraban -y admiran, también hoy en día- sus cuadros, toda la parte más oscura, miserable, violenta e intolerante de aquella época. No resulta casual que, cuando se quiere buscar a un autor que, con su obra, nos remita a cuentos y leyendas, Leighton siempre esté de los primeros, aunque él no pintara ni reinos imaginarios, ni seres mitológicos, como hadas, elfos o duendes. Sus personajes son siempre hombres y mujeres de carne y hueso. Al menos, aparentemente. Pues, en cuanto leemos algún antiguo relato o cantar de gesta, sus imágenes nos vienen a la mente al instante.

Archivo: Edmund Blair Leighton - En tiempos de peligro - Google Art Project.jpg
"En tiempos de peligros" (1897). El caballero -o noble, o rey- huyendo por el río con su familia, acaba encontrando para todos refugio en el castillo al que sólo se puede llegar por medio de una embarcación. No se sabe si el anciano es el dueño -tal vez, a pesar de su pobre aspecto. Podría ser un siervo fiel, pero empobrecido- o un sirviente, pero eso no parece preocupar a los prófugos.

Archivo: Edmund Blair Leighton - Abelardo und seine Schülerin Heloisa.jpg
"Abelardo y su alumna Eloisa" (1882). Estos dos son de los pocos -quizá los únicos- personajes reales que pintó Leighton. Pero su amor imposible -él acabó castrado y monje, tras raptarla a ella, y dejarla embarazada de un niño del que poco o nada se sabe; ella, también ingresó en un convento. Finalmente, muertos ambos, descansan juntos en la misma tumba- debió parecerle demasiado atractivo como para no dedicarle una obra. Realmente, cuando se quiere representar a los amantes, el cuadro de Leighton casi siempre es uno de los retratos elegidos.

Por decirlo de algún modo, Edmund B. Leighton fue para el Medievo -o el Medievo para él- lo que Alma-Tadema fue para la Antigüedad. En ambos casos, un intento -no se puede negar que victorioso, si el espectador de su obra decide olvidarse de lo desagradable que la historia real puede resultar ser en ocasiones- de resucitar una Edad de Oro tan fascinante y atractiva como, en una parte quizá excesiva para los que nos hemos dejado conquistar por ella, falsa. O, al menos, idealizada.
Sin embargo, Leighton también tenía otra faceta pictórica que, por llamarla de alguna forma, se le podría calificar de "retratos de damas elegantes". Estas damas, sin embargo, normalmente iban acompañadas -de novios, maridos, amigas, hermanas...-, eran retratadas de cuerpo entero, y normalmente no en posición de posar lánguidamente, esperando con infinita paciencia que el pintor las retratara, sino que se las puede ver en su vida diaria, o en acontecimientos importantes de ésta: su noviazgo, su boda, intentando conquistar al hombre deseado... pero también entrando o saliendo de su casa, enfrente de la puerta de su hogar, hablando con amigas o comentando cualquier cosa con un vecino. Si en el caso de John Collier, el ser considerado "un retratista de hombres mayores vestidos de negro" le supuso el haber sido casi olvidado -de forma injusta, pues en la entrada que se le dedicó, se puede ver la variedad de su obra- en el de Edmund B. Leighton el recuerdo de su obra también es parcial, pero más justa: básicamente se recuerdan sus obras medievalistas, que son las más evocadoras e interesantes, aunque eso signifique olvidar otras que también valen mucho la pena.
No tuvo una vida sentimental o familiar que llamar ala atención. Se casó en 1885, con treinta y dos años, que era bastante para la época, aunque a los hombres, no a las mujeres, se les pasaba en muchas ocasiones por alto, con Katherine Nash, y tuvo dos hijos. Respecto a la ya famosa Royal Academy, al no ser un rupturista radical, fue bien acogido -era veinteañero cuando ingresó-, pero teniendo en cuenta que, aparte de lo que pudiera enseñarle su padre, fue allá donde se formó, tampoco resulta tan extraño. Llegó a tener una exhibición anual desde 1878 hasta 1920, lo cual era una barbaridad, si bien es cierto que es más que probable que sus mejores obras fueran exhibidas a lo largo de los años. Claro está, el  conservar la popularidad entre público, potenciales compradores, y compañeros académicos durante más de cuarenta años significaba tener una obra abundante. O al menos, con algunos cuadros estrella cada poco tiempo. Al menos, si no uno al año, cada pocos.

Archivo: Edmund Blair Leighton - Cintas y lace.jpg    Archivo: Edmund Blair Leighton - My Next-Door Neighbour.jpg
"Cintas y cordones para caras muy bonitas" (1904; parece retratar a un viajante, o vendedor puerta a puerta, ofreciendo sus productos a las mujeres de la familia), y "Mi próximo vecino de puerta" (1894; o quizá sería vecina, pues es el joven caballero, el sorprendido y atraído por la joven que vive al lado de su nueva casa). A pesar de que se llevan diez años de diferencia, las dos obras son complementarias. Son un caso curioso de pintura: retratos de portales y sus habitantes y visitas.

Archivo: Leighton-Tristán e Isolda-1902.jpg
"Tristán e Isolda"(1892). Otro par de amantes de leyenda, en este caso de origen celta. Los británicos victorianos, buceando en su pasado, rescataron -y contaron a su manera- el relato de los amoríos de los dos jóvenes, originarios de la Irlanda y la Cornualles célticas, probablemente anteriores a las invasiones de anglos, jutos y sajones. O al menos, cuando éstos apenas poblaban el sudeste de Inglaterra, divididos en multitud de reinos bárbaros. Los celtas, en aquella época, eran una muestra mucho más clara de civilización, arte y literatura, aunque fuera oral.

Muerto en 1922 -exhibió, por tanto, hasta apenas un par de años antes de su muerte-, sus obras se pueden encontrar, sobretodo, en los museos no londinenses: el de la ciudad de Bristol, y en la galería de arte de Leeds. Probablemente, lo más interesante que un viajero podría visitar de paso por ambas ciudades.
Una forma de distinguir si una obra es o no de este Leighton es el buscar su firma. No siempre es distinguible -ni todas, seguramente, están firmadas de igual forma-, pero en muchas se puede ver "E.B.L.", en mayúsculas. Así, sus re-descubridores en estos tiempos, tan malos para el arte figurativo, podrán descubrir alguna nueva-vieja obra de Eduward Leighton que anteriormente no habían podido admirar ni en vivo, ni en ningún libro o web.

Archivo: Leighton in1816.jpg
"1816" (no encontré la fecha en que fue pintado), recordando a los soldados británicos que volvían de luchar contra las tropas napoleónicas en Waterloo, tumba del breve segundo periodo imperial del temible corso.

Y algo más, recordando a John Collier:

Su particular visión de "Lady Godiva".

"Lady Godiva" (1892). No es, desde luego, ni la mejor ni la más interesante o conocida de sus obras, pero hay -creo- un detalle a tener en cuenta. Cuando se busca en internet, en ocasiones aparece el retrato que realizó de la joven y generosa noble medieval John Collier -desnuda y a caballo-, pero se le adjudica a Leighton. Como vi que sí que había pintado una obra con ella -y en este caso, también su marido- de protagonista, pero aquí vestida y en su castillo, pensé que no estaba de más ponerlo aquí, para que se sepa que sí, que ambos pintores la retrataron, pero cada uno a su manera -Leighton no gustaba de desnudos femeninos-, y así se sabe quién es el autor de uno y otro cuadro.

domingo, 1 de marzo de 2015

Vittorio Giardino, el ingeniero que empezó a dibujar... cómics de fuerte personalidad.

Después de norteamericanos alternativos y franceses, ya iba siendo hora de tratar a algún autor del fumetto, el cómic italiano.


Hace unos días leí unos cómics de un autor italiano que ya conocía, por haber comprado de segunda mano un par de albums de una de las aventuras de un personaje que apenas me sonaba de oídas: el personaje en cuestión se llamaba Max Fridman, espía francés, y la historia, "Rapsodia húngara". Así que, en una de mis visitas a la biblioteca, decidí llevarme prestadas varias historias suyas: otra historia de Fridman, un par de recopilatorios sobre otro personaje, Sam Pezzo, detective privado, y un álbum auto-conclusivo erótico festivo: "Little Ego".
Después de haber conocido la obra de este buen hombre, conocido como Vittorio Giardino, y sin haber leído todo lo que ha creado -que sin ser mucho, tampoco es una obra mínima-, me decidí a escribir un poco sobre él, entre tanto norteamericano y francés de los que he hablado anteriormente, pues el cómic italiano, como el español, tal vez hayan sido minusvalorados a la hora de hablar sobre la historia universal -en sentido tanto cronológico como geográfico- del llamado noveno arte. Si de Italia, en particular, es fácil recordar -al menos, para los que tienen cierto conocimiento de cómic clásico, de los 80, básicamente- a Hugo Pratt y a Milo Manara -que sin duda, merecerían un reconocimiento por sí solos, y mucho mejor del que yo podría escribirles nunca, la verdad-, quedan en el tintero muchos otros. Y este sería uno de ellos, así que ahí vamos, a comentar la obra de este ingeniero que, en determinado momento, decidió que dibujar está bien, muy bien, pero que las viñetas y portadas resultan mucho más agradables de imaginar y plasmar en el papel que circuitos electrónicos, pues es esa rama profesional la que estudió, y con la que comenzó a ganarse la vida.

Una ilustración donde se representa a Bolonia, por medio de una modelo femenina.

Una foto de Giardino, en una librería, con álbumes de sus obras tras él.

Vittorio Giardino: dibujante autodidacta, guionista genial, y creador de personajes carismáticos.

Giardino es natural de Bolonia, una ciudad italiana de tamaño medio, que a pesar de su historia y atractivo, no ocupa el mismo espacio en el imaginario colectivo -nacional y, sobretodo, internacional- de "ciudad del arte", como Florencia, Roma o Venecia, que tantos millones de turistas atraen año tras año. De familia de clase media, en 1969 se graduó en ingeniería electrónica -de la época, que no viene a ser lo mismo que la electrónica actual-, aunque muy joven, a los treinta y un años, dejó su profesión para dedicarse a la historieta. O, como se le llama en Italia, al fumetto. En la tierra de Hugo Pratt, de Crepax o de Manara, entre otros muchos, tenía, por lo menos, la posibilidad de, si no de triunfar allende sus fronteras, sí de ganarse la vida , mejor o peor, trabajando para alguna editorial de su país. Empezó en 1978, en la revista La Città Futura -semanario editado nada menos que por la Federación Juvenil Comunista Italiana; en Italia, el arte es lo suficientemente importante como para que cualquier organización se sirva de él para promocionarse a sí mismo o sus ideas-, con la historia corta "Pax Romana", para pasar al año siguiente a trabajar para Il Mago. ¿Qué tipo de publicación era esta? Un tipo de revista muy habitual, y popular, tanto en Italia como en España o Francia, donde se publicaba el llamado "cómic adulto" -que en muchos casos, más bien era juvenil, pero que se diferenciaba claramente del dedicado, hasta ese momento casi en exclusiva, a niños o adolescentes- donde había una mezcla de clásicos norteamericanos -"The Spirit" de Eisner, por ejemplo; lo sé porque en España se empezó a hacer popular precisamente en los 80, cuando leí algunas de esas publicaciones-, con autores franco-belgas, o nacionales, de otros países europeos, o argentinos. En el caso español, aparte de los autores francófonos, se podían encontrar en gran cantidad tanto los italianos como los argentinos -en realidad, Giardino acabó siendo un clásico en, por ejemplo, Cairo-, en Francia se podía encontrar bastantes españoles -aunque, en no pocas ocasiones, como si fueran franceses de adopción; la cuestión, sin embargo, es que las editoriales franco-belgas permitieron ganarse la vida, y ser ellos mismos, a legión de expatriados españoles-. En el caso italiano, los españoles y latinoamericanos no fueron tan populares. En esta revista aparecería por primera vez una aventura del primero de sus personajes-tótem, de los que le harían famoso entre los seguidores del cómic italiano y europeo en general.




Sam Pezzo, la versión italiana de los detectives del  "hard-boiled" norteamericano, trasplantado a la Bolonia de los 80.

Pero Il Mago no consiguió tener una vida muy larga. Al año siguiente, 1980, echaba el cierre, y Giardino se fue con Pezzo a otra revista, parecida a la ya extinta, pero con más ventas y capital: Orient Express, para la que crearía un personaje distinto, que ya no protagonizaría historias cortas -o no tan cortas, pues en ocasiones éstas se iban encadenando-, sino aventuras con longitud equivalente a un álbum, pues el interés de la revista era poder publicar las creaciones de sus autores en ese formato, si tenían suficiente buena aceptación entre sus lectores. Este personaje sería el espía Max Fridman. Pero antes de hablar de él, quizá habría que comentar algo del detective Pezzo, que para haber sido su primera obra de importancia, no dejada de ser un personaje carismático y complejo. Tanto, que, a pesar del tiempo pasado desde que apareció por primera vez, todavía sigue teniendo ventas y nuevos seguidores, como el que suscribe.
Sam Pezzo es un detective privado, con todos los tópicos de los detectives privados de ficción, como los imaginaron Hammett o Chandler: oficina cochambrosa; ingresos económicos que no dan para más que la pura supervivencia; problemas con el alcohol; otros tipo de problemas, de los que, al contrario que el alcohol, pueden traer una muerte súbita, sea con mujeres atractivas -muchas rubias, además- o con tipos con los que no había que meterse; malas relaciones con la policía y, en general, con el poder establecido... pero, además, las aventuras de Pezzo, aunque nunca se nos diga cómo se llama la ciudad en que transcurren, suceden en la Bolonia del autor. Allá se encontrará con todo: orientales que no se sabe bien si son mafia, víctimas o liantes; enfrentamientos entre agentes del gobierno etíope con rebeldes eritreos -unos y otros han emigrado a Italia desde hace mucho; en la actualidad, son los eritreos, los que emigran a la antigua metrópolis, y a Occidente en general, de forma masiva. Quizá, pensarán algunos, la independencia por la que lucharon tantos años no les ha ido tan bien como cabía suponer...-, asesinatos oscuros, y, sobretodo, vemos a un hombre con sus debilidades, sus miedos y defectos, pero que, no por eso, deja de ser un tipo honrado, con una ética y unos principios que no siempre puede mantener en pie -es realista, se debe acostumbrar a lo que le rodea, para poder sobrevivir, en el sentido más literal del término. En resumidas cuentas, en las historias de Pezzo, se puede ver a un personaje que se mueve lo mejor que puede -en ocasiones, recibiendo más golpes de los que da- en una sociedad donde no es oro todo lo que reluce -inclusive, como no, en las grandes familias-, y que no está muy lejos de la realidad italiana, tanto pasada como presente. Las historias de Pezzo, donde el estilo fue mejorando de forma rápida -hay que tener en cuenta que Giardino es un artista completamente autodidacta, y que tuvo que aprender a medida que dibujaba más y más-, hasta llegar a ser tan oscuro como atractivo, se siguen publicando, también en España, en forma de álbumes de varios relatos, donde se puede ver la evolución, no sólo gráfica, también argumental y narrativa, del personaje. Por eso no vale la pena nombrar el título de tal o cual relato, pues es en forma de recopilación, como se pueden leer.
Respecto a su segundo personaje, Max Fridman, está, digámoslo así, más formado, se ve claramente la influencia franco-belga de la línea clara, el enorme trabajo de documentación -en aquella época no había internet, y este era un trabajo que podía ser realmente largo y pesado, por no decir extremadamente complicado-, y la forma en que las historias son más largas y complejas, pero perfectamente comprensibles. Lo que, en ocasiones, se agradece, pues hay autores que, queriendo buscar la originalidad, o la profundidad de la historia contada, sólo consigue que sea de lo más ininteligible y abstrusa.

Una página de la trilogía de "No pasarán". Fridman en las trincheras de la guerra de España.

Otra viñeta -que sirvió de portada en España- de "No pasarán".


Una ilustración apaisada basada en el álbum "La puerta de Oriente", segunda aventura de Fridman.

La primera historia del espía francés, viudo con una hija, y aparentemente retirado -sólo aparentemente, de ahí lo de "espía", y no "ex-espía"-, sería "Rapsodia húngara", publicada por capítulos, como ya se ha dicho, por Orient Express, para salir, en 1982 al mercado en forma de álbum, y transformándose en éxito de ventas en poco tiempo. No sería un número uno, pero sí la obra de un autor que, cabía suponer -y con razón- que seguiría vendiendo de cada parte de ella años después de haberlas publicado. Se trata éste de una historia donde no sólo se presenta al personaje, sino que se nos cuenta, de forma nada sucinta -tenía más páginas que un álbum típico francés o belga, por ejemplo- el cómo Fridman debe averiguar por qué ha caído una red de espías del servicio secreto francés en Budapest, cómo intenta salvar a su única superviviente y, de paso, presentarnos un viaje por la Europa de los años treinta, inmediatamente anterior al estallido de la II Guerra Mundial. En realidad, las otras dos aventuras de Fridman, "La puerta de Oriente" (1986, ambientada, sobretodo, en Estambul; también en Grecia, y en pleno Mediterráneo-, y "No pasarán" (en tres volúmenes, aparecidos en el 2000, 2002 y 2007), ambientada esta última en la Guerra Civil Española, no dejan de ser, a pesar de considerarse historias independientes, tres capítulos de un mismo serial, donde Fridman es más excusa que agente para que podamos conocer, de una forma tan bella como detallista, cómo fue un mundo que ya no existe, que se evaporó para siempre entre las llamas que consumirían Europa y el mundo muy poco después. Y teniendo en cuenta que el último álbum del este espía tranquilo y educado, nada amigo de la violencia -aunque no duda en recurrir a ello si no queda más remedio; que sea buena persona, no significa que sea tonto- apareció en 2007, es de suponer que, en un futuro próximo, podríamos leer una nueva historia de Fridman, ya en plena Guerra Mundial.
Fridman, además, permitió a Giardino ser traducido -y por tanto, conocido- en multitud de países, y conseguir fama y premios, como el St. Michel de Bruselas, o el Yellow Kid del Salón Internacional del Cómic de Lucca -cerca de su Bolonia natal-.

 
Una portada de "Vacaciones fatales", y una página en su edición en inglés.

En 1984 pasó a trabajar, sin abandonar Orient Express, para la revista Comic Art -que, por el nombre, ya da que pensar que era un medio para realizar trabajos más personales o alternativos-: "Little Ego". Ego es una joven cuyas historias cortas -más adelante, recogidas en un solo álbum recopilatorio del mismo nombre- están claramente inspiradas en las de Little Nemo, de Winsor McCay, uno de los primeros clásicos de la historia del cómic, y que, aún hoy en día, causan sensación por su originalidad, y la enorme variedad de recursos gráficos en una época tan temprana -principios del siglo XX-. Dicho de forma clara, siempre empiezan y acaban en el mismo sitio: la cama de Ego. Aventuras tan oníricas como eróticas. Pero no se trata de un erotismo de mal gusto, sino de un estilo muy italiano, donde sensualidad, originalidad y maestría en el dibujo ayudan a crear grandes obras que, en muchos casos, apenas cuentan con un guión elaborado, pero que no parece importar demasiado a sus muchos seguidores. Como ya se ha dicho antes, como Manara y Crepax. Además, fue una excusa para dibujar mujeres atractivas, y demostrar lo mucho que había mejorado en este campo Giardino. Tanto, que a la hora de hablar de dibujantes europeos capaces de retratar al sexo femenino de forma sensual y realista, pero sin abandonar fantasía o imaginación, acabó siendo un referente, a pesar de que tampoco es que le haya dedicado una gran parte de su obra, no como los autores arriba nombrados. Se fue publicando de forma un tanto esporádica, entre 1985 y 1989 en dicha revista.

  

 
Dos portadas diferentes de "Little Ego". La primera para Italia. La segunda para varios países, entre ellos España.

Mientras, realizó varias historias breves de tono satírico, generalmente ambientadas en la actualidad, y en un entorno social de clase media-alta o alga, y que se recopilarían en -al menos en España- tres álbumes: "Vacaciones fatales" -sin subtítulo-, "VF2: la tercera edad", y "VF 3: viajes de ensueño".
En 1991, llega el cuarto de sus personajes representativos, tras Pezzo, Fridman y Ego: Jonas Fink. En este caso, Giardino no crea un héroe -porque los dos primeros, cada uno a su manera son, si no héroes propiamente dichos, anti-héroes carismáticos-, ni tampoco un personaje paródico para divertirse y divertir a los demás, como Ego. Jonas Fink es más realista, no tiene la posibilidad de enfrentarse al mundo como los demás, porque, en realidad, no es muy distinto a cualquiera de nosotros. Se trata de un joven judío, huérfano de padre, nacido en Praga, y que, en su infancia y adolescencia, sufrirá junto a su madre tanto la discriminación antisemita -a pesar de la monstruosidad del Holocausto, tan reciente todavía en la década de los 50, donde transcurre gran parte de la historia, y que significó el exterminio de gran parte de los judíos checoslovacos-, como de la persecución y opresión del régimen comunista, que en aquella época, no era más que un gobierno colaboracionista con el poder omnímodo de Stalin, el zar rojo, el tirano que se había hecho con el poder en casi media Europa. En 1995 saldría a la venta el primer álbum "La infancia", y en 1998 el segundo, "La adolescencia". En España, donde se acostumbra a publicar álbumes europeos -y españoles, de un número determinado de páginas, se consideró que los de Giardino eran muy largos, así que las desventuras de Jonas Fink se publicaron en tres partes, y no dos, añadiendo una que no existe en otros países: "La juventud". La historia de este joven también es un recorrido por la bella, mítica y misteriosa ciudad de Praga. Pero la Praga que vemos aquí no corresponde a la que nos hemos encontrado los turistas occidentales en los últimos veinte años, que ha ido modernizándose, abriéndose al mundo, iluminándose -por decirlo de alguna forma- tras la caída del régimen comunista. No, no es así. Esta Praga se nos representa como una ciudad triste, oscura, deseosa de que vuelvan mejores tiempos como, cualquiera puede comprobarlo si viajase en nuestros días, así ha sido. No todas las ciudades o países, hoy en día, pueden decir lo mismo. En muchos, demasiados casos, la expresión "los buenos viejos tiempos", aunque de buenos tuvieran poco, no deja de llevar bastante razón. La obra se transformó en un clásico, que triunfó en el Festival de cómic de Angulema (1995) -un clásico para el séptimo arte europeo-, y en el San Diego Comic Con (1998), donde obtuvo el Premio Harvey.

La ciudad de Praga, transformada en protagonista. Lluvia y gris no pueden evitar la magia de la joya del Moldava.
La Praga real. Es fácil ver el esfuerzo de representar la ciudad eterna, que no ha variado demasiado desde los 50 hasta ahora.

Jonas Fink, paseando por una ciudad ingrata y dura: la Praga del estalinismo.

Por último, en 2005 aparece "Eva Miranda", el primer álbum -existe la posibilidad de que aparezcan más, pero no se sabe mucho del tema. El autor ha estado muy ocupado con la trilogía de "No pasarán"- de una posible serie, donde Giardino opta, en este caso, por el humor, pero no humor sin más, sino en su versión paródica. En este caso, del mundo de las telenovelas -o de películas o libros equivalentes- donde la bella y astuta Eva Miranda del título intenta casarse con el heredero de la riquísima  familia Stone, a pesar de que él está enamorado de una pastelera tan dulce como inocente. Es, además, el único caso en que Giardino ejerce solamente de dibujante, pues el guión corre a cargo de Giovanni Barbieri. No es lo que se dice una de sus principales obras, pero incluso en las llamadas "obras ligeras", su dibujo brilla por su enorme facilidad para retratar personajes, situaciones y ambientaciones de todo tipo.

 

Dos portadas -una para el mercado francófono, la otra para España- de "Eva Miranda".

La única pega que se le puede poner a Giardino es, precisamente, el que su obra no sea demasiado abundante. Apenas dos recopilatorios de Pezzo, uno de Ego, dos o tres -depende del país- de historias cortas, entre cuatro y seis de Fridman -aquí también varía, según país y ediciones-, dos o tres de Jonas Fink, y el de Eva Miranda. Y poco más. Apenas algunas historias cortas de sus primeros tiempos -y prácticamente inencontrables- y alguna más para tal o cual revista, además de algunas bellas -y lamentablemente no muy numerosas- ilustraciones, portadas o carteles.
Todo es cuestión de esperar.