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lunes, 21 de mayo de 2018

Gente de mi ciudad (X): Joaquim Bartrina, el casi olvidado poeta romántico anti-romántico.

Tras un repaso de conciudadanos ilustres o interesantes, me encuentro con uno que hasta dio nombre a un teatro.


Treinta años que no dieron para mucho... o sí.

Hace ya tiempo que no escribo sobre algún reusense más o menos famoso -por lo menos, en la ciudad, porque más allá, la cosa es discutible-, entre otras cosas, porque tampoco hay tantos, y porque, como tantas veces, prefiero hablar de personas que no son de actualidad, o sea, que no están vivas -un poco siniestro, aparentemente, pero nada de eso-. Repasando un poco el listado de los personajes elegidos, y dejando aparte a Gaudí -que por sí mismo podría dedicársele no un blog, sino una serie de ellos-, y al general y presidente del gobierno Joan Prim -que sería, digámoslo así, un personaje poco interesante para cualquier no español-, preferí centrarme sobretodo en pintores. Pero este es un caso aparte, pues se trata de un escritor, y de esos autores que se llaman eclécticos, o todo-terrenos. Se trata de Joaquim Bartrina, famoso en su época sobretodo como poeta -en castellano y catalán, sobretodo, aún siendo catalanoparlante, en el primer idioma-, pero también como dramaturgo, articulista, y hasta traductor. No quiero dedicar demasiado espacio a la prosa, hablando de él, de su vida y obra, sólo lo necesario para que cualquiera que lo lea se pueda hacer una idea de la persona y el personaje. Prefiero dedicarlo a algunos de sus versos, donde él, que siempre rehuyó del romanticismo -al que consideraba anticuado, de otra época-, no deja de transmitir, paradójicamente, cierto neo-romanticismo, entremezclado con su visión racionalista, materialista y un tanto satírica del acelerado mundo de la segunda mitad del siglo XIX que pudo vivir, y observar alrededor suyo.
Como ya se supone, Batrina nació en Reus, en 1850, y murió en Barcelona en 1880, días antes de cumplir los treinta años. Y de tuberculosis, enfermedad poética donde las hubiera -y no sólo por los poetas y otros artistas que sucumbían a ella, sino porque, sobretodo en Gran Bretaña, se consideraba que los artistas tuberculosos, delicados de salud, de aspecto macilento, sensibles al verse cada día cerca de la muerte eran vistos como amantes de especial y siniestro atractivo, como también, alguno de ellos, encontraba atractivas a las jóvenes que sufrían dicho mal. La expresión "belleza tuberculosa" debió usarse en más de una ocasión, sin duda-.
Pero antes de llegar a su muerte, su vida. Estudió en los Escolapios de Reus, y como hijo de la burguesía catalana de clase media, tuvo que ayudar a su padre en diversos negocios, mientras absorbía cultura general y literaria, un poco de todas partes. Fue apuntador en el teatro -oficio ya olvidado, creo-, director de escena en una compañía de teatro aficionado fundada por el mismo en Reus, y en Barcelona, intentó ser periodista, o más bien, articulista.

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El Teatro Bartrina de Reus, que lleva su nombre, acabado de construir en 1918, casi cuarenta años después de la muerte de Bartrina (en 1880). Muy probablemente, él nunca imaginó que un teatro fuera a llevar su nombre.

Desde muy joven -realmente, muriendo casi a los treinta, siempre fue joven-, fue muy crítico con un Romanticismo que consideraba antiguo y desfasado, apoyando el materialismo de la época, donde la ciencia, la investigación y la tecnología daban a descubrir, o traían al mundo, nuevos descubrimientos e inventos casi año, por año. Sólo que él, además de creer en el materialismo científico, decidió ponerlo en práctica en la literatura, escribiendo -y publicando- versos dedicados, precisamente, a la ciencia y al nuevo mundo por venir, donde Dios y la religión poco espacio deberían tener, aunque él, que se consideraba ateo, más bien demuestra cierto agnosticismo, cierta duda, al pensar en si, más allá de los átomos o los astros del universo, pudiera haber algo más. Muchos lo consideran uno de los precursores del Futurismo, aunque la obra de Marinetti y sus contemporáneos no contenía humor o ironía, sino una energía en ocasiones radical, violenta, que acabó en un apoyo al fascismo de Mussolini que Bartrina, sin duda, no habría compartido.
Si hay que nombrar el título de sus poemarios, nos encontramos que sus recopilaciones de versos se reducen a tres libros, que en ocasiones se publicaron como uno solo: "Algo" (1876), "De ommi re scibili", y "Epístola", quizá la mejor -y última- de sus obras. También, antes de todas ellas, escribió unas "Páginas de amor", pero no deja de ser una obra primeriza.

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Un retrato a lápiz de Batrina (izq.), y un busto dedicado a él en la Plaza Catalunya de Reus -quizá sería más lógico que dicho busto estuviera en la Plaza del Teatro, donde se encuentra la entrada del Teatro Bartrina, y que dicha plaza llevara a su nombre, pero eso son cosas del callejero).

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Esta fotografía de Reus del siglo XIX es de 1899, posterior a la muerte de Bartrina, y refleja un día de mercado en la Plaza del Mercadal -de ahí el nombre-, donde se encuentra el ayuntamiento. En tiempos del poeta y dramaturgo, el mercado no debió ser muy distinto a lo que se puede ver en la imagen.

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Bartrina fue gran admirador -y conocedor- de Darwin y su teoría de la evolución. Fue precisamente él, quién tradujo su obra al castellano por primera vez. La influencia del científico británico acabó notándose, incluso, en la obra y los artículos de Bartrina.

De hecho, si en España se le consideró poeta de vanguardia, fue por esa curiosa habilidad para entremezclar poesía lírica -y romántica, por mucho que le costara reconocerlo- con admiración hacia una ciencia que siempre le interesó y estudió, pues además de poeta -entre otras cosas-, fue traductor. Lo fue, sobretodo, de Charles Darwin, de su obra "El origen del hombre: la selección natural y la sexual", y el biólogo británico influyó, y mucho, en su positivismo cientifista, y su ninguneo de la visión creacionista que la iglesia católica -todas las iglesias, realmente- defendía obstinadamente. 
Aparte de poesía, articulismo cultural y artístico, y traducción, Bartrina escribió obras de teatro. Al fin y al cabo, era el teatro popular -también la ópera para minorías con un nivel económico más alto, si se tenía suficiente éxito, al menos- el que reportaba más ingresos, por encima de los versos -otra cosa sería la prosa-, y escribió un par de obras, que no dejan de ser llamativas: una, fue "El nuevo Tenorio", donde intentaba dar continuidad a la historia de Juan Tenorio, y "La dama de las camelias", en que adaptó la novela de Alexandre Dumas hijo al teatro. Podría haber escrito zarzuelas originales en argumento, pero repetitivas en personajes y situaciones, pero prefirió imaginar, sí, zarzuelas -el teatro musical que atraía a la población española a los teatros por encima de cualquier otro estilo-, pero originales, con sello propio. Aunque, por lo poco que se sabe, no debió tener gran éxito.
A pesar de todo ello, cuando el Centre de Lectura de Reus -asociación cultural privada, que todavía existe- decidió sustituir su primer y pequeño teatro por otro mayor, que abrió finalmente en 1918, los socios decidieron que llevara el nombre del joven poeta y dramaturgo, todavía bastante recordado y conocido. Pasados los años, las décadas, Bartrina es un casi desconocido en España, y en Cataluña en particular, tampoco es que sea muy conocido, más allá de su nombre, por mucho que en la galería de catalanes ilustres de Barcelona cuelgue un retrato suyo, obra de José Cuchy Arnau. Quizá ese es el destino de los vanguardistas que, además, murió demasiado pronto.
Nadie podrá saber qué habría sido de Bartrina en caso de haber vivido veinte o treinta años más. Tal vez seguiría siendo un personaje casi olvidado -en Reus, Bartrina es, básicamente, un teatro, y no poca gente, yo también hasta no hace tantos años, piensa que fue él el impulsor de que se construyera-, o tal vez no. Eso no es posible saberlo, como sí se puede imaginar en caso de otro artista reusense muerto demasiado joven: Marià Fortuny, que, en el momento de fallecer, ya era considerado como un pintor de fama europea, y que iba camino de convertirse en una figura de primer orden, de haber vivido lo suficiente.

Y ahora, unos cuantos versos. Estos demuestran que, además de republicano catalanista y anti-clerical -criticó a la iglesia, y sobretodo a los curas, en artículos y en público-, no dejaba de sentirse español, sin dejar por ello de ser crítico con sus compatriotas:

Oyendo hablar un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol.
Si alaba Inglaterra, será inglés.
Si reniega de Prusia, es un francés.
Y si habla mal de España... es español.


Aquí, describiendo la dificultad de la gente de no conformarse con lo que es, y con lo que tiene:

Casos comunes.

Juan envidia de Bruno la nobleza,
y Bruno a Juan envidia la riqueza;
ambos envidian a Luis la calma,
y éste envidia a los dos, con toda el alma,
honores y fortuna ¡qué simpleza!
Bruno con lo de Juan feliz sería,
Juan sería feliz con lo de Bruno;
lo de Luis a los dos contentaría,
y a Luis feliz lo de los dos haría;
¡y con lo propio no es feliz ninguno!
Podemos deducir de estos extremos
que, de la vida atados en el potro,
felicidad es lo que no tenemos.
Tal vez mejor diremos:
felicidad es lo que tiene el otro.

En los versos de "Un viaje fantástico", en su libro "Algo", filosofa sobre la felicidad, o lo que consideramos como tal:

(...)
"Nuestra vida pobre y triste
sólo en un punto consiste,
que fijó la suerte ciega
entre un ayer que no existe
y un mañana que no llega.
Y cansados de no ver
el goce en nuestro alrededor,
en nuestro cruel padecer
sólo llamamos placer
a la escasez de dolor".
(...)

En sus "Fabulitas", que son pequeñas historias en verso, cuenta, con más humor del acostumbrado en poesía -quizá, por su deseo de retratar el mundo material, mundano-, esta historia:

Quiso un tal Juan, que por imbécil brilla,
hacer una tortilla,
y para dar con el procedimiento
preguntolo a una criada de talento.
-Basta para ello -respondió la tal-
una sartén, aceite, un huevo y sal.
Cogió Juan la sartén, la puso al fuego,
de sal llenola y luego
partió un huevo a su modo
y puso en la sartén cáscara y todo;
la sartén roció al punto con aceite
y aguardó el resultado con deleite.
Al cabo de un buen rato
ya el todo humeaba y repugnante hedía.
Juan lo de la sartén vertió en un plato
por ver lo que saldría, 
y salió... una solemne porquería.
Ten enseñará esta fábula alegórica
que, a menos de que salgan muy perversos, 
no bastan para hacer bonitos versos
las reglas de un tratado de retórica.

También creo los Arabescos, consistentes en pequeños poemas de pocos versos, que van unidos, seguidos, y que se leen de un tirón. Hizo varias series, y en la primera de éstas, estos fueron uno de esos "encadenados", arabescos que iban unidos, unos a otros, como si fueran una auténtica cadena poética:

Dice la Biblia que al crear al hombre
hízole Dios de polvo;
más, de seguro que antes llovería,
y Dios en lugar de polvo cogió lodo.


Sobre las fuentes, en parte vienen de la Wikipedia -sobretodo en catalán, por ser más completa la información-, también de un artículo del diario "La Vanguardia", del que pongo aquí un enlace, y de la web biblioteca.org, donde pude encontrar un libro con, si no toda su obra -no pude leerlo entero, por ser muy largo-, sí una extensa antología, así que también pongo un enlace.

Y nada más. Si así consigo que la obra de Bartrina sea un poco más conocida, ya está bien el tiempo que he tardado en escribir esta entrada.


viernes, 16 de febrero de 2018

Los prerrafaelitas (anexo XVI). Los temas (y 7, después de haber acabado en el 6: El jarrón de albahaca de Isabel.

Como ciertas cosas no acaban del todo nunca, vuelvo a la temática de las obras del prerrafaelismo.


Boccaccio, Keats, y finalmente, atención de los prerrafaelitas.

Hace lo que a primera vista me parecería mil años, acabé la larguísima serie dedicada a los prerrafaelitas. Sin embargo, me saqué de la manga la posibilidad de ir añadiendo entradas nuevas sobre personajes o temas que pudiera ir encontrando dentro o fuera de la red. Y este es un caso, tratándose de uno de los temas del prerrafaelismo que más interesó y atrajo, por lo menos, a los primeros prerrafaelitas, entiendo como tales a la ya conocida -por mí, al menos- "Santísima Trinidad" del movimiento: Holman Hunt, Millais y Rossetti.
Ya se ha visto que estos y otros artistas del movimiento tuvieron especial atracción por personajes mitológicos y, sobretodo, literarios o legendarios femeninos que, antes que ellos, no es que fueran especialmente tenidos en cuenta por los artistas plásticos. Caso de la Dame sans merci, la dama de Shalott, Ofelia, etc. A ellas podría unirse otra, como quién dice, recién descubierta por mí: Isabel, o Isabella -en italiano- y su jarrón de albahaca.
Quizá primero habría que explicar, aunque fuera sucintamente, la historia de la tal Isabel, y su importancia literaria antes de que los prerrafaelitas la adoptaran como una de sus modelos -aunque no se tratara de mujeres reales y de carne y hueso- y musas.
En primer lugar, cuál es su origen literario. La historia de Isabel y su jarrón forma parte del "Decamerón" de Giovanni Boccaccio, un compendio extraordinario de relatos de todo tipo -de amor, desamor, humor, trágicos, satíricos-, y uno de ellos fue, precisamente, el del Isabel y su jarrón de albahaca. Cuenta dicho relaato que la joven formaba parte de una familia de clase alta, y sus hermanos pretendían casarla con un hombre de su misma clase social. Pero ella estaba enamorada de un joven de origen modesto, que trabajaba para la familia. Amor, por lo demás, correspondido. Pero los hermanos supieron de aquel amor secreto y prohibido, y se las apañaron para asesinar al joven, y enterrarlo en secreto. Ella, claro está, no volvió a saber de él, y sus hermanos le iban dando largas, cuando Isabel, lógicamente, les preguntaba por su amado, porque al fin y al cabo, era el encargado de dirigir los negocios de la familia. Una noche, Lorenzo, el asesinado, se le apareció a Isabel en un sueño, y le contó la verdad. Isabel llegó a donde estaba el joven enterrado, y no se le ocurrió otra cosa que cortar su cabeza con un cuchillo, y esconderla en un gran jarrón, donde lo cubrió con tierra, y plantó albahaca, que creció de forma extraordinaria. Isabel se pasaba el día y la noche al lado del tiesto, abrazándolo como si fuera un amante, y aquello extrañó a propios y extraños, y a sus propios hermanos, que dicidieron separarla de tan extraña obsesión. Pero Isabel enfermó, y no paró de pedirlo entre sollozos. Evidentemente, los hermanos quisieron saber qué demonios escondía aquel jarrón, y encontraron la cabeza de Lorenzo. Sonrprendidos y horrorizados, la enterraron en secreto, y marcharon fuera de Florencia -la ciudad de Isabel y su familia- por cuestiones de negocio. Y ella, sin el jarrón que pedía entre sollozos, murió al poco de pena.
Para quién quiera leer el cuento completo traducido al castellano, dejo un enlace de la web "Narrativa breve", que es donde yo lo leí.

Cuentos breves recomendados, narrativa breve, cuentos cortos, minificciones narraciones, Short Story, Short Stories,
Una estatua de Bocaccio, el gran escritor florentino -aunque nació en la pequeña población toscana de Certaldo-. Fue, junto a Dante y Petrarca, uno de las grandes figuras literarias del Renacimiento, y padres de la literatura italiana. La historia de Isabel y su jarrón de albahaca es uno más del centenar de historias que se cuentan en su "Decamerón".

La figura trágica de Isabel y su jarrón fue recogida, a principios del siglo XIX, y en un país europeo bien distinto a Italia como Gran Bretaña, por una de las principales figuras de la poesía romántica no sólo inglesa, sino europea en su conjunta: el no menos trágico -por su corta vida, no por su obra, al menos, no toda- John Keats, que por sí sólo ya merecería bastante más que una modesta entrada de blog. Keats era un  hombre vitalista, sensual -no en el sentido sexual que ahora se le daría, sino en el de poner sus sentimientos por encima de todo-, pero también un joven siempre con problemas económicos, de salud -murió tuberculoso a los veinticinco años-, y con poco eco entre los críticos de la época -y no sólo críticos; Byron, aunque trabó amistad con él, siempre le consideró muy por debajo de él, llamándolo "Johnny", como si fuera un adolescente que se distrajera escribiendo poemas mediocres-. Como tantos románticos -y "post-románticos", que sin ser considerados exactamente como tales, no pudieron, y muchas veces tampoco quisieron, ocultar su influencia por los románticos de nombre y fama-, también se dejó influir por Italia, donde, incluso, acabó viajando por cuestiones de salud -inútilmente, pues murió, y fue enterrado en Roma, donde se puede encontrar aún hoy en día su tumba, como la de Fortuny-. Y he aquí los primeros versos que dedica a Isabel, Lorenzo, y su trágico amor:

¡Bella Isabel, pobre y sencilla Isabel!
¡Lorenzo, un joven romero a los ojos del amor!
No podían morar en la misma mansión
sin sobresaltos de corzón, sin languidecer;
no podían sentarse a comer sin sentir lo bien que les sentaría a los dos ser el uno del otro;
no podían, con seguridad, dormir bajo el mismo techo,
sin soñar el uno con el otro, y llorar por la noche.
(...)


Tras la muerte de Keats -y de Byron, Shelley, Tennyson...-, el relevo del romanticismo poético pasó, en cierto modo, al neo-romanticismo pictórico prerrafaelita, y los miembros de la Hermandad, y muchos otros que sin ser parte de ella, sí lo fueron del movimiento -en el sentido más amplio- acabaron adoptando diversos temas que fueron, en ocasiones, comunes a los románticos pre-victorianos que vivieron en lo que podría llamarse Era -o Época- Georgiana tardía -la Regencia de Jorge III debido a su locura, Jorge IV, Guillermo IV-, e Isabel de Florencia pasó a formar parte de su particular mitología.

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Quizá el retrato más conocido o popular de John Keats.

Y ahora, en tercer y último lugar, Isabel y su mal de amores en la pintura de los prerrafaelitas, que es, en principio, de lo que se iba a hablar aquí, aunque pensé que debía dar alguna explicación antes de ello. El cuadro más conocido con dicha temática -aunque no el primero- fue el de William Holman Hunt. Y su fama se debe, más que a la originalidad de cómo imaginó el pintor la historia, al momento de su vida en que lo pintó. 
Hunt estaba pintando el cuadro mientras vivía en Florencia junto a su esposa Fanny, que se encontraba enbarazada. Fue en esa ciudad italiana -que tantos artistas británicos visitaron a lo largo del siglo XIX- donde ésta dio a luz a Cyril, el hijo de la pareja, pero lamentablemente, falleció poco después de septicemia, antes de que Hunt pudiera acabar el cuadro, y se supone -razonablemente-, que el dolor por la pérdida de su esposa debió influir en el pintor, que no pudo sustraerse del dolor causado por su pérdida, por mucho que el arte lo absorbiera y ocupara su tiempo. Su "Isabel y el jarrón de albahaca" obtuvo gran éxito de crítica y público, y hasta llegaron a hacerse no pocos grabados del cuadro. Mientras tanto, la hermana de Fanny, Edith, se hizo cargo del niño, y finalmente, ella y Hunt se casaron, aunque tuvieron que hacerlo fuera de Gran Bretaña -lo hicieron en Suiza-, pues las leyes de aquel país prohibían el matrimonio de un hombre con su cuñada tras la muerte de su esposa y hermana de ésta.

Hunt tardó mucho en acabar su cuadro (1866-8; casi dos años) debido al dolor de haber perdido a su esposa. Quizá sin que lo esperase, ni le importada demasiado, tuvo un gran éxito entre crítica y público. Gran parte de la información sobre Hunt y su "Isabel" lo conseguí en la web "Pinturas de varias épocas".

Millais también pintó a "Isabella", pero unos veinte años antes que Hunt, entre 1848 y 1849, y también se inspiró directamente en Keats, que resultaba culturalente mucho más cercano a los británicos de su época que Boccaccio -hacía poco más de veinte años que Keats había fallecido-. Aquí la visión del artista es distinta: se puede ver a Isabel, Lorenzo -que le ofrece media naranja, como si fuera una simple muestra de confianza y educación, ocultando que lo hace como se le ofrece algo a la persona amada-, sentados ambos en la misma mesa que los tres hermanos de la joven, y algunos personajes secundarios, del montón. Parece nada más que la comida de una rica familia italiana del Renacimiento, y nada parece presagiar la tragedia que cuenta la historia de Boccaccio. Millais lo pintó siendo extraordinariamente joven, sólo diecinueve años, y fue uno de los cuadros que hizo que muchos empezaran a tenerlo en cuenta.

John Everett Millais - “Isabella” (1848-1849, óleo sobre lienzo, 103 x 143 cm, The Walker Art Gallery, Liverpool)
Este cuadro del pintor prerrafaelita John Everett Millais está inspirado en una de las historias del Decamerón de Boccaccio (jornada IV,...
La "Isabella" de Millais (acabada en 1849) fue uno de sus primeros trabajos. Fue un auténtico niño prodigio, aunque en aquel momento, nadie podía imaginar que protagonizaría, junto a Rossetti y Hunt, toda una revolución en el arte del siglo XIX. Foto y parte de la información, de la web "El cuadro del día".

John William Waterhouse, pintor de mujeres casi etéreas, como ninfas, también pintó otras más "reales", y tuvo su propia visión del sufrimiento de Isabel. 

La Isabel de Waterhouse (1907), detallista, hermosa, con una calavera en la columna en la que se apoya el jarrón... Waterhouse siempre pintaba belleza, incluso cuando deseaba retratar tristeza, tragedia, crueldad de los hados con personas inocentes.



viernes, 15 de septiembre de 2017

El viaje a Ítaca de Cavafis, o cuando lo principal es el viaje,  no el destino final.

El poema más famoso de Cavafis, el último de los grandes poetas griegos, casi contemporáneo nuestro.


Este blog está bastante muerto, así que mejor darle un poco de vida.

Resultado de imagen de cavafisHace ya lo que me parece una eternidad, como dos meses y medio o tres meses, no sé realmente, que no escribo nada, en parte por falta de tiempo, y en parte, porque no me veía con muchas ganas, o simplemente, no sabía bien de qué escribir.
En una página de facebook dedicada a Corto Maltés, el legendario marino creado por el italiano Hugo Pratt, encontré el famoso poema de Constantino Cavafis, griego de Alejandría, fallecido en 1933, pero sin embargo, tan unido a sus lejanísimos antecesores de tiempos antiguos, que podría parecer el último de una larga lista de poetas y recitadores, que comenzó con Homero, y aparentemente finaliza con él.
Creo que no es necesario explicar demasiado sobre esta pequeña obra de arte. Básicamente, nos damos cuenta sólo con leerlo al completo una primera vez -que en poca gente resulta también la última- qué es lo que nos cuenta: que en no pocas ocasiones, no es el destino, la meta, el final del camino lo principal, sino el camino mismo, el viaje, el periplo, tal como debieron sentir y pensar -lo uno y lo otro, sentimiento y pensamiento libre, tan unidos al alma helena- tantos viajeros griegos, desde los que en tiempos míticos debieron llegar a las costas de la Cólquida, en la costa de la actual Georgia, en el Mar Negro, o a las de Troya, o Ilión -de ahí el nombre de "Ilíada"-, aunque fuera para destruirla y saquearla.
Y aquí, el poema al completo. Como se ve, corto, pero intenso:

Ítaca.

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino.

Si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu distino.
Masno apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantr a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.



La isla de Ítaca. Quien la visite, encontrará, pero pensará si no habría valido más la pena alargar algo más el viaje.

Ítaca es una isla pequeña, apenas de 100 m2 -96, según la wikipedia-, y con una población de apenas 3.500 habitantes. Por lo visto, nunca fueron sus habitantes muchos más. Ulises, u Odiseo -su nombre griego original; Ulises fue usado por los romanos, y de ellos lo tomamos nosotros-, más que un rey tal como lo imaginaríamos, sería algo parecido a un jefe tribal, un señor de una pequeña comunidad insular, pobre, que viviría tanto de la agricultura, como de la pesca, y de la piratería -tan pobre y minúsculo país, ¿con qué podría comerciar?-. La Odisea parece insinuar -así lo entendí yo- que Odiseo era, si no soberano propiamente dicho del resto de islas del archipiélago de las Jónicas, sí tendría algún ascendiente sobre los demás señores que las gobernaban, como un rey de reyes, o más bien un señor aguerrido al que obedecen, mitad por miedo, mitad por conveniencia, siempre por respeto, todos los demás "héroes guerreros" que, en su momento, acompañarían a Odiseo, el de las mil tretas, a la guerra y saqueo de Ilión/Troya -otro nombre usado por los romanos, el de Troya, que les parecería tan lejana como mítica, que cogimos como si fuera el original griego-.
Al visitar tan pequeña ínsula, entendemos lo que podría sentir Ulises, al llegar a tan nimio reino, a exterminar a los pretendientes que acosaban a su fiel esposa Penélope -aunque según tradiciones anteriores a Homero, de fiel poco, pues compartió lecho con todos y cada uno de ellos-: por un lado, la alegría de llegar a la patria, a su señorío, a recuperar todo lo que le pertenecía. Y por otro, tras conseguir justa y sangrienta venganza -eran tiempos sangrientos, duros, aquellos- y volver al trono y a su casa familiar, con su esposa y su hijo Telémaco, ya un hombre, el placer de poder contar, a la vera del fuego del hogar, las mil y una aventuras -convenientemente adornadas y exageradas- que le habían acontecido durante los veinte años -diez de guerra, diez de viaje- que había estado fuera.

Isla de  Ítaca
La isla de Ítaca, desde el aire, no parece gran cosa. Quizá nunca lo fue. Ni tan siquiera se puede notar una gran población, concentrada, hoy en día, en su pequeña capital, Vathí.


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El larguísimo viaje de Ulises, vagando por un Mediterráneo que, para los griegos de la época micénica, y todavía más durante los años oscuros -donde el arte de navegar en parte debió perderse, aunque por lo visto,  nunca del todo, pues tras ellos, los griegos colonizaron toda la costa de la Jonia, y más adelante, Sicilia y el sur de Italia, entre otras tierras- era un lugar lleno de peligros y misterios todavía por desentrañar.

viernes, 10 de marzo de 2017

Muhya ben al-Tayyani, protegida y mayor crítica de la princesa Wallada.

Casi como un complemento de la entrada anterior, algo más sobre la sucesora de la dama de Córdoba.


¿Qué es lo que se sabe de al-Tayyani, realmente?

Hace bien poco -en realidad, hoy mismo-, finalicé y publiqué una entrada sobre Wallada, la legendaria -pero  no por ello, real- princesa y poeta de Córdoba, hija del penúltimo califa de todo el Al-Andalus. Y en esa entrada se comenta un hecho bastante poco claro de su larguísima vida, pues vivió casi un siglo: la adopción -pues más bien fue eso lo que ocurrió- de una joven de origen social modestísimo, a la que educó como una princesa, lo que ella misma era, le enseñó lo que sabía, le permitió vivir rodeada no sólo de lujos materiales, sino también de las amistades de Wallada -una multitud de poetas, cronistas, juristas, historiadores o músicos andalusíes, y tal vez también cristianos y judíos-, y llegar a dónde Muhya no habría ni soñado llegar en su vida, porque, simplemente, de ese mundo de ensueño, ella no sabía más que lo poco que podía intuir.
Muhya ben -o bint, según cómo se adopten los nombres árabes en el alfabeto latino- tenía, como ya se contó, un origen modestísimo, a la par de oscuro. Era la hija de un vendedor de higos, y con toda seguridad, debía ayudar a su padre en su modesto negocio, que debía ser, o bien de venta ambulante, o en algún pequeño puesto en uno de los mercados de Córdoba, que si bien en aquellos tiempos ya no era capital del extinto califato ibérico, sí lo era de un riquísimo y avanzado reino Taifa.
Cuando se dice que Wallada "compró" Muhya a su padre, quizá habría que tener en cuenta que no lo hizo como una esclava. Al menos, en caso de que la familia de la joven, y ella misma, fueran musulmanes, pues el islam prohibía comprar y tener como esclavos a individuos que fueran musulmanes antes de ser capturados o comprados. Pero en familias tan pobres, cargadas muchas veces de hijos, deudas, impuestos e hijos, el que uno de ellos, o ellas, fuera en cierto modo adoptado, apadrinado o acogido por un gran señor o señora era una bendición, pues no sólo significaba una boca menos que alimentar, sino también la posibilidad de que ese hijo prosperara, y llegado el caso, ayudar al resto de la familia. Si Muhya echó o no una mano a su padre y al resto de su familia -en caso de tenerla-, no es cosa que haya quedado por escrito en ningún sitio, pero es posible. Aunque también había casos de adoptados -por llamarlos así-, o acogidos que, al ir cultivándose y prosperar económica y socialmente, olvidaban completamente a su familia, sus oscuros orígenes, y la miseria en la que se habían criado.
Hay tres cosas que son ciertas en la vida de Muhya. La primera, como ya se ha contado, es que Wallada, por la razón que fuera, se quedó prendada de ella. No se sabe bien si de su belleza -se cuenta, eso sí, que era muy hermosa-, de su edad -no se sabe ni su fecha de nacimiento, ni de muerte, ni qué edad tenía cuando la princesa la conoció, si era una niña, o ya una adolescente-, o tal vez, en caso de haber tratado con ella y su padre en varias ocasiones, su simpatía, su gracia, o una inteligencia natural que debió llamar la atención de una mujer que, por lo demás, también era alguien fuera de lo común. Tal vez, incluso, fuera algo distinto: Muhya no debió quedarse ni fascinada ni atemorizada por aquella hija, nada menos, que de un califa, y debió hablarle como si fuera una clienta más, con un descaro y una gracia que, en lugar de enfurecer a la orgullosa noble entre nobles, debió parecerle una especie de versión de ella misma, pero más joven, y con mucha menos suerte en la vida. 

walada
"Una mujer oriental", del pintor austriaco del siglo XIX  Friedrich von Amerling. Aunque fue, básicamente, retratista, en alguna ocasión se daba el gusto de algo ás exótico, como esta mujer -viajó por Egipto y Palestina, además de por toda Europa, así que tenía cierta idea de cómo eran las mujeres árabes de su época-. Tanto Wallada como Muhya pudieron tener cierto parecido con esta joven, aunque su ropa más bien podrían corresponder a una turca -en el siglo XIX, ambos territorios formaban parte del Imperio Otomano-, y leer libros como el que tiene en la mano, pues el libro moderno es de origen árabe-musulmán, no greco-romano.

Una segunda, es que Muhya recibió, como mínimo, la misma educación que el resto de jóvenes, éstas, de origen social elevado, de la escuela de damas y salón literario -mezcla de lo uno y lo otro, realmente- pero gratuitamente La diferencia es que, si el resto de jóvenes marchaban a sus casas con sus respectivas familias, o a lo sumo, tal vez, pasaban allá alguna noche, Muhya vivía, comía y dormía allá día tras día, noche tras noche. El palacio de Wallada fue, en la práctica, su casa, su hogar. Eso también significaba poder conocer y tratar a los sabios, artistas y nobles que visitaban a su protectora mucho más profundamente que cualquier alumna, porque una cosa sí era cierta: la muchacha no estaba allá como sirvienta, ni tan siquiera como una especie de artista protegida por una mecenas generosa -aunque también era eso, Wallada, cuando la chica empezó a componer-, sino casi, o sin casi, fuera de la familia. ¿O era algo distinto, a una especie de hija o hermana adoptiva?
La tercera es que, un día, Muhya se marchó. ¿Y por qué? Ese es el gran misterio de la vida de la joven, pero también de su protectora. La teoría que se defendió, durante mucho tiempo, es que, quizá, Muhya, joven, linda, extrovertida y culta, pudo ser una tentación que el amante de Wallada, el también poeta ben Zaidun, y tal vez fuera cierto, y que la supuesta infidelidad con una esclava negra no dejaba de ser una pantalla literaria que ocultaba la auténtica identidad de la amante. Sin embargo, resulta extraño que Wallada no fuera tan dura y mordaz con Muhya, que no la nombra en poema crítico alguno -que se sepa-, como sí lo fue con ben Zaidun, pues de eso sí que hay pruebas. En realidad, parte importante de lo poco que ha llegado de la obra de Wallada. Sin embargo, también podría haber otra explicación: que Wallada sintiera algo especial por Muhya, como sería un auténtico amor lésbico. ¿Correspondido? Tal vez al principio, pero después de un tiempo, una Muhya más adulta, culta y segura de sí misma, optara por marcharse, aquello hiciera realente daño a Wallada, que no querría volver a verla, y su protegida demostrara un resentimiento hacia su maestra y protectora. O tal vez hubiera algún tipo de discusión, de ruptura de una relación que fue cambiando con el tiempo, y que era incompatible con la que Wallada también tenía con el poeta. La protegida, parece, visitaba a la princesa en su casa cuando todavía vivía el califa (murió en 1024), y sus primeros poemas, casi todos perdidos, empezaron a escucharse más o menos por aquellos tiempos, aunque los últimos tal vez sean ya de la década del 1050. Debía ser, en aquellos años 20, muy, muy joven, y tan grande era el placer que Wallada sentía en recibirla, como facilidad que tenía Muhya para visitarla al principio, quizá, para algo tan inocente e inocuo como llevarle la fruta a su casa.

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La joven de pie, apoyada en la columna, parece estar leyendo un libro el resto de personajes del cuadro. Quizá Muhya hiciera algo parecido en las cortes, o las casas de los nobles, que la acogían y le pagaban, y aumentaban su fama.

La cuestión es que Muhya se marchó del palacio de la princesa, y de la ciudad de Córdoba.  al-Tayyani, o al-Qurtubiyya -el otro nombre por el que fue conocida-. ¿De qué, cómo vivió? Probablemente debió ir de corte en corte de los reinos de Taifas, y como debió vivir bastante menos que su antigua protectora y mecenas, no debió vivir la llegada de los almorávides, y el fin de los reinos independientes musulmanes de la antigua Hispania, la España que, en aquellos tiempos, era sólo una entidad geográfica e histórica. Poco nos ha llegado de ella, muy poco, pero no son pocas las fuentes que indican que, desde muy joven, Muhya escribió, y no poco. Fueran sátiras, o versos de amor, tienen un descaro, un sano atrevimiento, una alegre sensualidad -incluso, sexualidad- que resultarían casi inimaginable en autores de la Europa cristiana de la época. Y ya no digamos, en el mundo islámico posterior. Tan posterior, como el de  hoy en día.
Esto es parte importante de lo que queda de su obra, que nadie sabe qué extensión debió de tener:

Wallada ha parido y no tiene marido;
   se ha desvelado el secreto;
   se parece a María,
   pero la palmera que ella sacude es un pene erecto.

No deja de llamar la atención, aunque sólo sea una libertad literaria, hablar de un parto, porque que se sepa, Wallada no tuvo hijos -al menos, reconocidos-. Lo que sí desea destacar Muhya es la vida sentimental y sexual de su antigua maestra, que muy probablemente no sólo incluyó a ben Zaidun, sino a otros hombres, con los que disfrutaba del sexo sin importarle las murmuraciones y prejuicios sociales de la época.

Aleja de la aguada de sus labios
   a cuantos la desean,
   igual que la frontera se defiende de cuantos la asedian.
A una, la defienden los sables y las lanzas,
   y a aquéllos los protege la magia de sus ojos

En uno de sus poemas, que llevaba bordado en las mangas de su vestido, Wallada deja escrito que ella da sus besos a quién los quiera. Sin embargo, aquí dice que aleja de sus húmedos labios a quién desea besarlos, como un ejército las fronteras del reino, y que la magia de sus ojos, el poder magnético de su mirada, de su personalidad, sabe, al tiempo, atraer a los hombres, pero también mantenerlos alejados de su boca... a no ser que a ella, y sólo a ella, le apetezca lo contrario.
Y aquí, el tercero de sus poemas, en este caso, parece dedicado a un amigo o conocido, vendedor de melocotones. Otro vendedor de frutas, como lo fue ella, y antes, su padre.

Oh, tú que das melocotones a tu amada,
  ¡bienvenida esa fruta que da la alegría!
Su redondez imita el pecho de las doncellas,
  pero humilla la cabeza de los penes.

Wallada, hija del califa de Córdoba, y mítica poeta de Al-Andalus.

Casi un personaje legendario, más que real, hasta que fue redescubierta en el siglo XX.


De padre mediocre, hija carismática.

Durante siglos, el conocimiento que se tenía en España sobre los distintos estados musulmanes que existieron en su territorio fue muy escaso. Se podría decir que lo que en sentido amplio se entiende como Al-Andalus -la España musulmana, desde el comienzo de la conquista en 711, hasta la toma de Granada en 1492- sólo existió como contraposición de los reinos cristianos. Como una anti-España, contra la España -y los españoles- verdaderos. Aún cuando la identidad española no existiera, más allá de un sentido básicamente geográfico, como Escandinavia, o los Balcanes.
Pero a partir del siglo XX, o más bien de la segunda mitad de este siglo, se empezó a estudiar dicho período, a recuperar su historia, su cultura, el ver no sólo a sus monarcas, sino también a la gente común, sus pueblos -musulmanes o no- como parte de la historia española, como parte -aunque fuera escasa, teniendo en cuenta la expulsión de los moriscos- de los antepasados, de los antecesores, de los españoles y portugueses actuales.
Pero además de reyes taifas, caifas o emires, o "gente común" -como nosotros, en resumidas cuentas-, ¿hubo otra gente a destacar? Evidentemente, como en casi cualquier otra civilización, país o cultura, sí. Y entre la legión de filósofos, médicos, poetas, etc. -y entre los que habría que reconocer también a cristianos y a judíos, como Maimónides, "el más sabio de los judíos", como era conocido-, también destacó, al menos, una mujer. Y se trataría de Wallada, la poeta hija del califa Omeya -uno de los últimos- Mohamed III, y de una esclava cristiana -aunque conversa al cristianismo, se entiende-.

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Vida y obra de una princesa que no fue de "Las mil y una noches", pues fue bien real.

A Wallada ben al-Mustakfi (994-1091), como a sus contemporáneos, y en general, a los musulmanes de tiempos de Al-Andalus, se les conoce como andalusíes -cuando su territorio era conquistado por cristianos, y si seguían viviendo en tierra cristiana, entonces se les llamaba mudéjares, y más adelante, moriscos-. Digo esto porque, si no se conoces ciertas palabras, a la hora de leer -ya no digamos estudiar- este período histórico, puede llegar el mmomento en que uno acaba por haerse un lío. Su padre fue califa, con el nombre de Mohamed III, y subió al poder en los últimos tiempos del Califato de Córdoba, donde las rebeliones de tal o cual miembro de la familia real, movimientos separatistas, o levantamientos populares, estaban colocando al califato casi el el abismo. Él consiguió el poder, precisamente, aprovechando unos disturbios que lo proclamaron califa (1024-1025), y tras hacer ejecutar a su antecesor, su primo Abderramán V, gobernó de forma tan autoritaria y torpe, que al año tuvo que huir para que no lo pasaran por las armas el mismo pueblo que, inocentemente, lo aupó al trono. Intentó huir a zona cristiana -Aragón, para ser más exacto- pero fue descubierto antes de llegar a su destino, y fue asesinado.
Sin embargo, las crónicas dicen que Wallada, hija de dicho califa -una nulidad de gobernante, y en la práctica, no más que un nombre en una lista de reyes-, y de la esclava cristiana -más adelante, con toda probabilidad, libre, pero también conversa al islam- Amina, nació en 994, pero falleció en 1091. Por tanto, vivió casi un siglo. Algo increíble, en una época en que cualquiera, ricos incluidos, y aún más las mujeres, podría darse por satisfecho si vivía la mitad de esos años. Teniendo en cuenta su larga vida, no sólo vio la caída del califato, y la desintegración en su territorio en multitud de reinos de Taifas, sino también, antes de ello, la subida al poder de Almanzor, en la práctica, dictador militar del califato, tras aislar al insignificante Hixem III en palacio, rodeado de lujos y mujeres. La violencia, en forma de levantamientos, rebeliones populares y guerras civiles, que acabaron primero con la dictadura de Amanzor, y más tarde, en la desintegración política, fue algo que vivió desde la adolescencia, y según se cuenta, pudo asistir al fin de su mundo cuando entraron en Córdoba los almorávides, que vendrían a ser el Estado Islámico o la al-Qaeda de la Edad Media, sólo que en aquellos tiempos, las matanzas de civiles y prisioneros, la esclavitud de los vencidos, o la obligación de éstos a convertirse a la religión de los vencedores, eran cosa bastante habitual, y ciertas cosas, no llamaban demasiado la atención, a no ser que fueran brutales incluso para la época. El hecho de que muriera, precisamente, el mismo día en que su ciudad era conquistada por los integristas, ciertamente, no parece una casualidad, y no sería raro que decidiera suicidarse, o incluso, fuera asesinada.
Ahora bien, ¿cómo se ganó la vida, tras la violenta muerte de su padre, y quizá, sin tener contacto con su madre, de origen servil, si es que aún vivía? Al no haber tenido hermanos varones -reconocidos, al menos-, heredó la fortuna de su padre, así que decidió crear lo que podría llamarse un negocio. Uno, además, que parecía ideal para alguien como ella: una mujer culta, inteligente, artista, con dinero, fama y alto origen social, pero sin marido, ni interés o posibilidad -a menos qu ella la buscara- de tener un hombre a su lado que la mantuviera. Se trataba de lo que podría llamarse "una academia para jóvenes damas". O dicho de otra manera, un lugar donde las jóvenes de origen social y económico elevado podían formarse no sólo como buenas esposas y musulmanas, sino también obtener una cultura y conocimientos -desde vestuario hasta protocolo, poesía o música- que las hicieran especialmente atractivas, y de paso, hacer que ellas también estuvieran más orgullosas y conformes consigo mismas.
Pero Wallada, como hija de califa, no se conformó con una buena casa, y a su lado, o formando parte de ella, lo que sería un local para sus pupilas. Era todo un palacio, donde ella viviría, y enseñaría sus conocimientos a las jóvenes de todo Al-Andalus. Pero no estaba sola, y contó con poetas e intelectuales y artistas de todo tipo, que lo mismo iban a visitarla a ella en particular, y disfrutar de su compañía y conversación, como para dar clase, o iluminar y fascinar a las jóvenes con su arte y conocimientos, animándolas no sólo a disfrutar de ellos, sino también a aprender y a buscar en su interior sus inclinaciones artísticas o literarias. En resumidas cuentas, debían hacer lo que ahora se llaman una -o muchas- masterclass, lo que hacía realmente interesante el acudir a clase, sabiendo que cualquier día podían recibir -con o sin aviso- la visita de un poeta, un filósofo o un historiador. Así, cualquiera se hace buena fama de formadora. Realmente, me viene a la mente otra mujer con no poco en común con Wallada, por su condición de poeta en un mundo artístico -y no artístico también- de hombres, y con una academia de jóvenes damas: Safo de Lesbos. Mi Safo, porque después de leerla, y de buscar tanta información sobre ella, incluso de haber escrito un par de entradas sobre su vida y arte -así que no sé bien si añadir algo más sobre ella-, parece como si la hubiera conocido en persona, o casi.
Wallada, además, no sólo enseñaba conocimientos ajenos. Ella quiso, y consiguió, ser poeta por sí misma. Se conserva poco de ella -nueve poemas, aunque debió escribir más; tal vez no siempre tuvo interés real en conservar lo que escribía-, pero se sabe que participó en competiciones literarias, y de completar poemas inconclusos de otros artistas -algo no tan raro, en aquella época, donde muchos poemas, incluso cortos, eran obra de dos artistas que, normalmente, ni se habían conocido en persona-. Además, era conocida su costumbre de bordar sus versos en sus vestidos. Sobre ello, escribió un poema, que es este, y que incluye -algo también habitual en la poesía andalusí de la época- una especie de introducción, para que el lector comprenda mejor lo que sigue:


Wallada llevaba escrito estos versos en su manto:

Sobre el hombro derecho:

   Estoy hecha, por Dios, para la gloria,
   y camino, orgullosa, por mi propio camino.

Y sobre el izquierdo:

   Doy mi poder a mi amante sobre mi mejilla,
   y mis besos ofrezco a quién los desea.

Sólo con unos versos tan breves, resulta posible hacerse a la idea de qué tipo de persona fue Wallada. Entre otras cosas, alguien no sólo culta, hermosa y elegante, sino también noble, orgullosa, y muy segura de sí misma mujer de elevada estatura, de físico deslumbrante, de piel clara, ojos azules, y cabellos entre rubios y ligeramente rojizos -un aspecto no muy árabe precisamente, sino casi celta, o germánico; hay que tener en cuenta el origen de su madre, cristiana, quizá de sangre goda, o germana, y de que los musulmanes españoles, pasadas unas generaciones, y tras multitud de conversiones y mezcla racial, tenían un origen mucho más hispano-romano, godo, del norte de España, o de esclavos de otros orígenes, como eslavos o caucásicos, que árabe-semita o bereber-. Le gustaba llamar la atención, y no le importó nunca que la criticaran, o murmuraran a sus espaldas. Y no sólo a sus espaldas, sino delante de ella. La llamaban descarada por no llevar velo en la cara, y aunque su belleza y modales cautivaran, su independencia, como artista independiente, sus amistades masculinas, su deseo de independencia -no se casó nunca, ni parece que tuviera necesidad de hijos-, su forma de comportarse en público y e privado, sus deseos constantes, de contradecir y poner a prueba las normas sociales de la época, tuvieron, por fuerza, que hacerla, al tiempo, fascinante, deseable, pero también a veces endemoniadamente incómoda, e incluso criticada con dureza, por la parte más conservadora de la sociedad. Y sin duda, los religiosos -imanes, mulás, teólogos o ulemas- más conservadores, o abiertamente integristas, no podían ni verla. Y era mutuo. Aunque, por lo visto, Wallada optaba más por el dicho de que no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio. Simplemente, los despreciaba, y les dejaba parlotear a sus espaldas, aunque no siempre debió resultarle fácil, aún a pesar de contar con la defensa de artistas influyentes, como el también poeta ben Hazam, autor de "El collar de la paloma".  Ella era hija de califa, pero muerto su padre, no tenía autentica influencia política. Para generaciones futuras, pasó a ser considerada una artista de poca monta, pero sobretodo, como un tanto libertina y descarada. Y con el paso de los siglos, directamente, olvidada, obviada. En realidad, fue una mujer independiente, que no quiso casarse, ni encerrarse en palacio, ni desinteresarse por el arte y la cultura por el hecho de ser mujer, y que disfrutó de la vida, de sus amantes, del arte -propio y ajeno-, y además, fue capaz no sólo de no dilapidar su fortuna, sino de conseguir ingresos extra haciendo lo que mejor se le daba: ser ella misma, y que cada cual dijera o pensara lo que quisiera, que a ella tanto le daba. Sin duda, fue una mujer adelantada a su tiempo.

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Este cuadro del prerrafaelita Franc Dicksee, aunque seguramente represente a una odalisca, más que a una princesa, podría dar una idea -aunque influida por el orientalismo del siglo XIX- de cómo sería la princesa. Con algo de imaginación, eso sí. 


Amores y desamores. El fuego del que nacía el arte.

Parte de su obra, que nadie es capaz de saber cuan de extensa sería realmente, no debió ser, al menos en un principio, de dominio público, debido a que era lo que se llamaría "poesía epistolar", que se cruzaba con uno de sus amantes -el más conocido de ellos, y al que más amó, y más adelante, más criticó y vilipendió, oralmente o, como sabemos por lo poco de su obra que nos ha llegado, por escrito-, el también poeta ben Zaydun -o Abenzaidún, en su forma castellanizada, popular en y desde la Edad Media; yo prefiero usar la más moderna y fiel al original árabe-. Ya se ha dicho que Wallada era mujer libre en todos los sentidos. Cierto que, por su origen familiar -era una Omeya, la principal familia musulmana ibérica- y económico, se lo podía permitir -difícilmente lo podrían haber hecho, la enorme mayoría de las mujeres contemporáneas suyas-, pero le habría resultado mucho más sencillo cumplir con las normas sociales y religiosas de la época, buscarse un marido -a ser posible, de un origen social parecido al de ella-, y desaparecer, literalmente, en las brumas de la historia. Pero hay mujeres que no aceptan el yugo de la sociedad machista -de cualquier sociedad, pues todas, en mayor o menor medida, lo son, aunque no todas por igual, también es cierto-, y Wallada, simplemente, no estaba por la labor.
Su gran amor, como ya se ha dicho, fue el también poeta, conocido en las diversas cortes de los reinos de Taifas, ben Zaydun. Se escribían cartas en versos, que muy probablemente, debieron acabando haciéndose públicas, pues si no, resulta difícil saber cómo han podido llegar hasta la actualidad.Cierto es que Zaydun estaba unido -tal vez por amistad o servidumbre más que por parentesco directo- con la también poderosa y rica familia de los Banu Yahwar, pero su relación secreta, a la larga, tuvo que ser conocida, aunque fuera por un pequeño número de personas de confianza, más allá del servicio -no pocas veces, indiscreto-.
Pero los amores intensos no son siempre garantía de fidelidad, y un día, o quizá más de uno, ben Zaydun fue infiel a Wallada, no se sabe bien con quién -ahora entraré en ese tema-, y la princesa, herida en su orgullo -y por lo visto, era muy orgullosa-, no dudó en escribirle a él, y seguramente también en recitar en público, unas rimas que eran auténticas puyas, donde lo trata de infiel, miserable y vicioso.

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Otra visión neocentista de la exótica belleza de la mujer musulmana, más que como mujer real, como personaje de cuentos y leyendas.

Respecto a con quién debió serle infiel, la tradición -casi la leyenda- habla de una esclava negra. En realidad, habría que hablar de eso, de tradición, pero literaria, el que el amante infiel se la pegue a su esposa, novia o amante con una esclava negra, que era, al tiempo, de origen servil, y de una raza considerada inferior, aunque en aquellos tiempos no existía lo que se llamaría un racismo moderno. Pero sí, racismo lo ha habido en muchas épocas, y en muchos lugares. No es que se considerase que todo africano de raza negra fuera inferior a cualquier árabe porque sí, pero casi. Otra versión, sin embargo, es bien distinta, e insinúa que, posiblemente, ben Zaydun fuera bisexual, y en ocasiones, le gustaba probar, digamos, otro tipo de relaciones, y que Wallada, o alguien de su confianza, atrapó al poeta y a su amante -aunque fuera amante de una sola noche- con las manos -o lo que fuera- en la masa. Y aquello, es de suponer, le sentó a la princesa como un tiro.

Y de ahí, este verso que ella le dedica, dando a entender el interés de Zaydun por aventuras con otros hombres:

Si hubiera visto falo en las palmeras,
sería pájaro carpintero.

Sin embargo, hay una tercera versión, y es que, además de tener alumnas de origen social elevado, pero que no siempre debieron mostrar interés por sus enseñanzas, o por las de sus amigos poetas, músicos y demás, contaba con otra, llamada Muhya ben al-Tayyani -imagino que hay otras versiones de su nombre-, hija de un vendedor de higos, a quién Wallada, dicen compró. En realidad, lo de compra sería un poco equivocado, porque, seguramente, ni ella ni su familia eran esclavos. Pero las diferencias sociales eran tan agudas, que no resultaba extraño que un noble pudiera, literalmente, hacerse con los servicios, o, en cierto modo, adoptar, al hijo o hija de una familia modesta pero libre, y tenerlo a su servicio, no como esclavo, pero sí como un sirviente. O en el caso de Muhya, como una especie de hija o hermana adoptiva, o sin llegar a tanto, como una protegida o ahijada. La "hermanita pequeña" de Wallada era, aparte de bonita, muy inteligente, imaginativa, y de lengua ágil. Lo malo es que, una vez que se acostumbró a la vida palaciega, no sólo demostró ser una buena poeta, sino también parecía gustarle el burlarse o pasarse de lista con la persona que la había sacado de la pobreza, y de paso, darle una educación realmente envidiable. Y gratuita.
Sin embargo, aquí también hay una explicación alternativa, mucho más moderna: no es que Muhya se marchara del lado de Wallada porque se cansara de ella, ni porque la joven tuviera relación alguna con Zaydun, sino todo lo contrario; sería la relación entre la princesa y el poeta, lo que haría que la protegida, con la que probablemente Wallada tuviera una relación amorosa, se sintiera desplazada y celosa, y furiosa, desapareciera de forma abrupta de la vida de la noble dama.

Este sería el poema en que Wallada se desahoga de la infidelidad de ben Zaydun. Es aquí, donde se habla de la esclava negra, aunque también es posible que sea, más que una mujer real, una alegoría, o un deseo de no dar demasiadas explicaciones a quién pudiera leerlo o escucharlo, sobre quién le robó el corazón, aunque fuera una sola vez, a la dolida princesa:

Si hubieses hecho justicia
   al amor que hay entre nosotros,
   no hubieses amado ni preferido a mi esclava,
   ni hubieses abandonado la belleza de la rama
   cargada de frutos
   ni te hubieses inclinado hacia la rama estéril,
   siendo así que tu sabe que yo soy
   la luna llena en el cielo.
Sin embargo, te has enamorado,
  por mi desgracia, de Júpiter.

Siendo la luna el astro que más brilla, y Júpiter, un planeta lejano -imposible, en aquellos tiempos, saber de su enorme tamaño-, pero sin brillo propio alguno.

Pero tras el dolor, la ira. Y Wallada, a pesar de ser toda una dama, también sabe castigar con epítetos no precisamente suaves, contra el hombre que la seguía amando, pero que también parecía estar entre dolido y molesto de que su amada no le perdonara:

Esta sátira lleva el nombre de "El hexágono", pues son seis insultos, como los seis lados de dicho polígono, los que le dedica.

Tu apodo es el hexágono,
  un epíteto que no se apartará de ti,
  ni siquiera después de que te abandone la vida.
  pederasta, puto, adúltero, cabrón, cornudo y ladrón.

Sorprende, dicho lenguaje, en una princesa. ¡Qué habría visto, y oído, para que le atacara de esa forma!

En determinado momento, Muhya desaparece de la vida de Wallada. Por lo visto, la joven optó por abandonar a su protectora y maestra, aunque también podría haber sido expulsada de su casa, o invitada a irse. Y una de las razones, por no decir la principal, por la que podría haberse marchado, habría sido el haber tenido una relación con ben Zaydun, o al menos, haber despertado en Wallada celos suficientes como para creerlo. Parece que también le dedicó a ella sátiras y críticas, pero no he podido encontrar nada de ello. Tal vez sólo son suposiciones, o simplemente, dichos versos se han perdido. De haber llegado a nuestro tiempo, se podría saber qué es lo que sucedió realmente entre ambas mujeres.
Pero una vez que Zaydun acabó desapareciendo de la vida, aunque no de la mente, de Wallada, esta no pareció tener suficiente. Zaydun acabó, incluso, pasando un tiempo en la cárcel, y perdiendo sus bienes, aunque es esta caída al abismo, parece que el auténtico responsable fue el gran visir ben Abdus, que deseaba hacerlo desaparecer de la vida de su amada. La gente comentaba en las calles y los zocos la caída en desgracia del conocido poeta -en las sociedades musulmanas, los poetas tienen una importancia enorme, incluso hoy en día-, al que se le veía deambular día y noche por la ciudad, pobre y solo, y que, tras escapar de la cárcel, logró rehacerse económicamente escapando a Sevilla, y pasando a ser hombre de confianza de su rey. La desintegración política del Califato de Córdoba trajo eso: en lugar de un solo monarca, con una sola corte, unos y otras se multiplicaron, y en cada una, se fomentaba el arte y la ciencia. Como en otras ocasiones, la decadencia y las divisiones políticas trajeron buenos tiempos para los artistas dispuestos a adaptarse.
Tras ben Zaydun, fue el visir ben Abdus, el que siempre la amó con locura, fielmente, aunque ella nunca quiso casarse con él, quién logró vivir a su lado, sustituyendo, aunque no de la misma forma, al poeta. Antes de depender para siempre y en todo momento de su amigo y amante no correspondido, prefirió, una vez que su fortuna fue disminuyendo, ir de corte en corte, asombrado a todos los que la conocían y escuchaban. Y cuando no, volvía con él, hasta la muerte de éste, cuando Wallada ya pasaba de los ochenta. Tras la pérdida de alguien a quién, posiblemente, ella nunca acabó de considerar su amante, pero sí su amigo, compañero y protector, la vida de Wallada todavía duraría unos años más -si son ciertas las fechas que se conservan, debió vivir noventa y siete años, que para la época, la debió hacer casi inmortal para sus contemporáneos-, y aunque algunos debieron pensar que ya estaba muerta, o no sabían de su lejana juventud, siguió dedicándose a vivir la vida hasta la entrada de su querida Córdoba de las tropas de los almorávides, que desde el norte de África, llegaron a España, se apoderaron de todos los estados Taifas musulmanes, y finalmente, vencieron a las tropas cristianas del rey de Castilla y León Alfonso VI, que años antes había conquistado Toledo y Madrid, entre otras poblaciones. Sin embargo, fue una victoria efímera, y ni ellos, ni los almohades, que también llegarían desde África para gobernar Al-Andalus, pero que, a pesar de su victoria frente a Alfonso VIII de Castilla, tampoco pudieron avanzar mucho más allá.
Pero eso, los relatos de batallas y combates, ya son otra historia.

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Monumento en Córdoba, que recuerda el amor entre Wallada y ben Zaydun.

Entre las webs donde he encontrado información, aparte, como no, de la wikipedia, destacar "De Al-Andalus a Sefarad", con un enlace aquí, y "Long Island al día", con otro enlace, aquí.

En 2000, se publicó la primera biografía del personaje: "Wallada, la última luna", de Matilde Cabello.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Los prerrafaelitas (LII): Temas y personajes (4.-). "La Belle Dame de sans Merci", de John Keats.

Si la Dama de Shalott de Tennyson fue uno de los personajes preferidos del movimiento, esta otra dama también ocupó un lugar importante.


Ya se ha podido ver que la literatura influyó, y mucho, a la hora de elegir personajes en el mundo prerrafaelita. Y si bien se buscaron temáticas, nuevas o viejas, en la mitología griega, o en leyendas medievales, o en un Medievo o una Antigüedad idealizados, también hubo personajes que en aquella época se podrían haber considerado "modernos", casi contemporáneos, de aquellos artistas. Al menos, de los primeros, como la "Santa Trinidad" fundadora de la Hermandad, y amigos y conocidos suyos.
Un personaje femenino, con una importancia escasa, colateral, en el ciclo Artúrico, como fue la Dama de Shalott, fue retratado de forma insistente, al ser considerada una especie de musa involuntaria -entre otras cosas, la principal, por no haber sido una persona real, sino un personaje de ficción-. La razón de esa casi obsesión de los artistas británicos por ella se debía, aparte del interés que aquella desventurada joven podía despertar en ellos, venía porque fue un gran poeta, Tennyson, el que contó su historia no como lo habría hecho un juglar o un trovador de la Baja Edad Media, o un poeta del Renacimiento, intentando imitar el arte y el estilo de un Horacio o un Ovidio de tiempos romanos, sino de una forma mucho más moderna y atractiva. Tennyson, al fin y al cabo, fue contemporáneo de lord Byron, y de Percy Shelley, todos ellos representantes de lo que fue el romanticismo literario -poético, principalmente- que existió en Gran Bretaña en los primeros años del siglo XIX. Por decirlo de alguna forma, fueron los tres artistas "pre-victorianos", apenas una generación anterior de la de Millais, Rossetti, Hunt y compañía.
Pero hubo, al menos, un cuarto grande entre la poesía pre-victoriana, de una época que en ocasiones se le llama, también, Regencia: John Keats. La influencia, la huella de Keats perduraría no sólo a lo largo de la larguísima época victoriana, sino, incluso, más allá, aunque hoy en día se le considera un clásico, pero clásico de otra época. Aún así, Keats no ha sido en absoluto olvidado en la Gran Bretaña actual. Más bien al contrario, sigue siendo un grande.
Keats creó un personaje propio interesante, basado en parte en leyendas o cuentos, en parte celtas, en parte ingleses -o británicos- de toda la vida. Y eso que Keats sólo vivió, apenas, veintiséis años, de 1795 a 1821.
El título original, en frances, "La Belle Dame sans Merci", traducible como "La bella dama sin piedad", nos recuerda a una mujer tan hermosa como fría y misteriosa, no se sabe bien si hada, elfa, o algún otro tipo de ser primordial, perteneciente a una raza, u na especie parecida, pero distinta, quizá hasta contraria, a la humana. Un joven caballero, humano, mortal, se enamora perdida y enloquecidamente de ella, y como se supone desde el principio del poema, aquello no puede acabar muy bien. Parece que, en principio, Keats no le hizo mucho caso a su obra, ya acabada, pero su hermano le insistió en que no lo eliminara, que lo publicara sin dudarlo.
Keats, por sí solo, quizá más que cualquiera de los otros sufridos, un tanto irracionales, increibles románticos pre-victorianos -claramente, aquella época anterior a la entronación de Victoria era eso, otra época-, merecería una entrada sólo para él. Mientras tanto, aquí algunas de las obras que su dama inmortal terrible pero -o quizá por- sobrehumanamente hermosa sigue estando tan viva, y tan capaz de atraparnos, como hace casi doscientos años.

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Arthur Hughes pintó a la dama y al caballero, siguiéndola casi como un esclavo, en una de sus mejoes obras. Además, aquí se apartó de sus temáticas habituales, de retratos unipersonales de jóvenes de cuerpo entero -su Ofelia, por ejemplo- o de parejas en problemas. Es, quizá, la versión más coonocida de la Dama sin piedad.

Este cuadro también es de Hughes, pero anterior, y como se ve, aunque es una bonita obra, no llega a la espectacularidad y atractivo de la anterior.

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Frank Cadogan Cowper, el último de los neo-prerrafaelitas -o sea, el último de los últimos-, pinto a la dama arreglándose el cabello, con el caballero muerto a sus pies, como si no le importara en asoluto. Como así es, realmente. Nada más que un pobre humano de corta vida, que no merecía más atención por parte de aquella misteriosa dama de edad imposible de calcular, que ve pasar generaciones de humanos como si nada.

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William Waterhouse, además de por la mitología griega, también se sintió fuertemente atraído a todo lo que fueran leyendas medievales, aunque fueran producto de mentes modernas, como la de Keats. Al fin y al cabo, el prerrafaelismo no dejó de ser una continuación pictórica de los poetas románticos. Hubo críticos, incluso, que pensaron -y predijeron- que después de Keats, el romanticismo sólo podía ser expresado por un pintor. Y a la generación siguiente, aparecieron una legión de genios. Si Cadogan Cowper retrata al caballero muerto, Waterhouse prefiere hacerlo aún vivo, pero cercano a su perdición, que probablemente él imagina, pero de la que no se ve capaz de escapar.

Aunque Henry Meynell Rheam no siempre es considerado un prerrafaelita -yo, al menos, no lo conocía como tal-, sí que fue influido por la primera generación de éstos -este cuadro es de 1901, y falleció en 1920; sería, pues, de la segunda generación, y de los más jóvenes de ella-. El estilo es un tanto distinto, y modestamente, lo considero un buen artista, pero inferior a los anteriores. Aún así, es un ejemplo de que la historia de la dama siguió inspirando artistas hasta ochenta años después de que el poema fuera escrito (1819).


Y aquí, el poema completo -no muy largo, para haber inspirado a tantos artistas, pero lo bueno, si breve, dos veces bueno- de Keats:


La Belle Dame sans Merci  (La bella dama sin piedad, de John Keats).

¡Oh! ¿Qué pena te acosa, caballero en armas,
vagabundo pálido y solitario?
Las flores del lago están marchitas;
y ningún pájaro canta.

¡Oh! ¿Por qué sufres, caballero e armas,
tan macilento y dolorido?
La ardilla ha llenado su granero
y la mies ya fue guardada.

Un lirio veo en tu frente,
bañada por la angustia y la lluvia de la fiebre,
y en tus mejillas una rosa sufriente,
también mustia antes de su tiempo.

Una dama encontré en la pradera,
de belleza consumada, bella como una hija de las hadas;
largos eran sus cabellos, su pie ligero,
sus ojos hechiceros.

Tejí una corona para su cabeza,
y brazaletes y un cinturón perfumado.
Ella me miró como si me amase,
y dejó oír un dulce plañido.

Yo la subí a mi dócil corcel,
y nada fuera de ella vieron mis ojos aquel día;
pues sentada en la silla
cantaba una melodía de hadas.

Ella me reveló raíces de delicados sabores,
y miel silvestre y rocío celestial,
y sin duda en su lengua extraña me decía:
"Te amo".

Me llevó a su gruta encantada,
y allí lloró y suspiró tristemente;
allí cerré yo sus ojos salvajes
sus ojos hechiceros, con mis labios.

Ella me hizo dormir con sus caricias
y allí soñé -¡Ah, pobre de mí-
el último sueño que he soñado
sobre la falda helada de la montaña.

Vi pálidos reyes, y tambien princesas,
y blancos guerreros, blancos como la muerte;
y todos ellos exclamaban:
¡"La belle dame sans merci te ha hecho su esclavo!".

Y vi en la sombra sus labios fríos abrirse
en terrible anticipación;
y he aquí que desperté,
y me encontré en la falda helada de la montaña.

Esa es la causa por la que vago,
errabundo, pálido y solitario;
aunque las flores del lago estén marchitas,
y ningún pájaro cante.


Y aunque no se nos presente el caballero muerto, sabemos ya que su alma ya no tiene vida, y que poco tiempo le queda ya en este mundo.



miércoles, 30 de marzo de 2016

Safo de Lesbos, la décima musa (II): La primera mujer de la literatura occidental.

La obra de la poeta, sus amores y a oscuridad de su fin.


"Si la muerte fuera un bien, los dioses no serían inmortales" (pero quién lo dijo, aún tras su muerte, sí que consiguió ser inmortal).



La fascinación de una mujer que brilló en un mundo de hombres.

La antigua Grecia, con todas sus luces -muchas- y sombras -bastantes, porque las hubo- fue, entre otras cosas, una sociedad de hombres, tremendamente patriarcal y misógina, y donde existía una auténtica separación de sexos, donde las mujeres, a lo largo de toda su vida, y sin importar su origen social, apenas podían tener relación con más hombres que los de su familia -padres, hermanos, hijos...-, sus novios y maridos, y a lo sumo, los esclavos de la casa -que, por lo demás, no eran considerados socialmente ni como seres completamente humanos, aunque eso no significa que no tuvieran, al menos en algunas ocasiones, algunos derechos-. En tiempos de Safo, al menos en algunas zonas -las islas, quizá, y las zonas de población doria, aunque en parte son conjeturas- parece que dicha separación de sexos no era tan acusada, de ahí que, tras la muerte de su padre, se transformara en la cabeza de familia. Bien es cierto que sus tres hermanos eran menores que ella -niños pequeños, si, tras morir él en la guerra, Safo tal vez tuviera no más de once o doce años, aunque parece que, tras su paso por el templo de Artemisa, salió lo suficientemente adulta, tal vez con quince o dieciséis años, para encargarse de dirigir el negocio familiar; con aquella edad, una mujer ya era considerada plenamente adulta para cualquier cosa-, pero igualmente, ella fue la líder natural cuando ellos se fueron haciendo adultos. El hecho de haber conseguido un buen matrimonio -corto con un anciano, pero con una gran herencia-, que supiera dirigir bien su negocio de vinos, y que se hiciera famosa como artista, y probablemente también, se ganara el respeto por participar en política -la oposición, y tal vez el intento de asesinato del tirano que gobernaba su isla-, debieron garantizarle un respeto que iba mucho más allá de su gente o su clase social.
Safo nació en lo que podría llamarse una época de transición. Los tiempos heroicos de la Guerra de Troya, de los reyes micénicos, que aparte de Ilión -el nombre real de Troya, por ser este un nombre romano-, también acabaron con la cultura minoica de Creta, de los guerreros de la Edad del Bronce, hacía siglos que habían quedado atrás, y la historia, la leyenda y la oscuridad se entremezclaban a la hora de recordarlos. Si Troya cayó, más o menos, en el 1300-1200 a.C., entonces Safo vivió y murió, aproximadamente, unos seis o siete siglos después; pero a muchos, más bien les debían parecer muchos más. Sin embargo, tampoco se había llegado todavía, aunque faltaba poco, a la época de las guerras contra los persas, de Maratón y Salamina, ni de Pericles y la liga Ático-délica, el imperio económico y cultural de Atenas, ni la desastrosa guerra del Peloponeso -en el fondo, una guerra civil griega, que los desangró hasta, finalmente, dejar vía libre al poderío macedonio-. Más bien, eran tiempos de monarquías que caían, bien para dejar paso a tiranos, a democracias todavía incipientes, a legisladores como Solón o Licurgo, que daban a ciudades con turbulencias políticas nuevas leyes, y a antiguas colonias en Asia, Sicilia e Italia que se estaban transformando en grandes ciudades. Ella fue, pues, parte del nacimiento de lo que luego se llamaría la Época Clásica. No formó parte real de esta, pero sí ayudó a alumbrarla, y si sabemos de ella, aunque no sea mucho, es porque en la Edad de Oro de la Hélade, todavía era recordada, pues no hacía tanto que había muerto.
Además, ella hablaba, escribía y recitaba en eolio, que no era un dialecto principal del griego, como el ático -el habla ateniense-, que sería el griego clásico del futuro, el de la filosofía, la política y la literatura, ni el dorio, el de los poderosos espartanos, o sus vecinos mesenios, de origen aqueo, transformados en esclavos del estado, y que hasta su lengua habían olvidado -aunque, probablemente, tenía más sangre doria de lo que los espartanos estaban dispuestos a reconocer-. Los eolios, que tenían un tercer dialecto, eran algo así como una tercera familia en importancia de comunidades griegas -no se les podía llamar "tribu", por su número  y dispersión, pero quizá lo fueran en un principio-, que vivían en la isla de Lesbos, en Tebas y su región -Beocia, aunque varias poblaciones de ella eran independientes, o lo intentaban-, y algunas colonias del centro de Jonia, en Asia Menor. Eso era estar sólo por encima, en importancia cultural, a los primitivos arcadios -Arcadia era una zona rural y feraz en el corazón del Peloponeso; si tenían un habla distinta, era por su aislamiento- y los etolios -una región entre Tesalia, doria, y Beocia, eolia, helénica pero un tanto primitiva, y emparentados por lengua con los epirotas, lo que hace pensar que la gente de Epiro eran menos ilirios y más griegos de lo que se pensaba en aquella época-. Y eso no era mucho decir, ciertamente. Por lo demás, los macedonios, como los epirotas, eran, en aquellos tiempos, considerados semi-bárbaros, pero no completamente griegos. A lo sumo, eran reinos, o pueblos, más o menos helenizados, pero eso no los hacía helenos. También lo estaban los lidios, y en menor medida los frigios y los carios, en Anatolia, y tampoco eran realmente griegos.

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Laurence Koe, y su "Safo". El inglés consideró a la poeta más como un personaje femenino con fuerte carga erótica, que como una artista en sí misma. Hay que tener en cuenta, también, el interés que la Antigüedad suscitaba en los victorianos, y las fantasías que despertaron en unos británicos que habían vivido un tanto de espaldas al mundo antiguo, y a unas mujeres que les parecían tan exóticas como fascinantes.


Bien, aquí, cierta explicación de dónde y cuando vivió. Volviendo a ella, Safo, aparte de aprovechar la herencia de su difunto marido Kérkilos para llevar una vida cómoda, aunque no excesiva -en aquellos tiempos, parece que la riqueza excesiva, y el presumir de ella, la molicie, estaba mal vista-, decidió crear "La casa de la servidora de las musas". Estaba claro que era ello. Dejando aparte lo poco claro que fue su paso por la "thiasos", donde no está claro si fue directora, profesora o alumna -pues para eso, habría que saber qué edad tenía, y si era ya viuda o no, y por tanto, si tenía necesidad de buscar un primer marido-, esta fue la sociedad cultural, artística y social donde se rodeó de todas aquellas jóvenes que acabaron siendo no sólo sus alumnas, sino también, en no pocos casos, sus favoritas, e incluso sus amantes. Evidentemente, aunque las tratara a todas con respeto, o tuviera cierta amistad con unas y otras, siempre hubo eso, favoritas, con las que congenió más, que demostraron mayor interés y cualidades, y que, en resumidas cuentas, no sólo buscaban un marido, o algo de compañía femenina o independencia de los hombres de la familia, sino que poseían un auténtico interés por la poesía, el canto -que vendría a ser el recitado de versos con acompañamiento musical-, y la música, sobretodo la lira -que es como se representa muchas veces a Safo-, aunque probablemente también sabía tocar otros instrumentos, como la cítara -una especie de guitarra, salvando las distancias-, o cualquier tipo de instrumento de viento.
Safo, ya viuda, libre e independiente, amó a mujeres y a hombres. El hecho de que ya en tiempos antiguos se diera por supuesto que, siendo ella joven pero ya adulta, tuviera varias amantes-alumnas de menor edad -algunas, probablemente de no más de catorce o quince años- era considerado como algo casi lógico, y no criticable en absoluto, pues muchos filósofos o poetas, algunos incluso ancianos, tenían amantes, o ex-amantes ya crecidos con los que seguían teniendo relación, mucho más jóvenes que ellos. En cierto modo, Safo, que es considerada prototipo de feminidad -o al menos, de una feminidad en particular- se comportaba, o se suponía que lo hacía, como un hombre: el sabio adulto con el adolescente que aprendía de su maestro, al que amaba profundamente igual que respetaba. Se han conservado muchos nombres de sus alumnas, que no siempre tuvieron que ser también amantes -se supone que eran sus favoritas pero, ¿tuvo tantas? ¿No sería quizás una maestra que también ocupaba el puesto de hermana mayor y consejera, que resultaba irresistible para muchas jovencitas que nunca habían tenido relación con una mujer de su edad que no fuera de la familia, y que las trataba de forma tan distinta, tan inusual? Algunos de sus nombres fueron Anágora, Eunica, Eranna, Telesipa, Andrómeda, Megara, Gongila, Gorgo... Pero se habla, sobretodo, de Atthis -o Atthi-. a quién Safo nombre en sus versos, y por la que sí debió sentir algo que no era simplemente cariño, ni un amor oculto, platónico -cuando todavía no podía llamarse así, pues Platón ni había nacido-, aunque difícil es decir hasta donde llegaría. Cuando su familia pensó que la muchacha ya tenía edad, y estaba preparada, para el matrimonio, la retiraron de su lado y enseñanzas, lo que resultó especialmente doloroso para Safo que, evidentemente, nada podía hacer para oponerse a ello. En realidad, su sociedad se dedicaba, al menos en teoría y de cara a los demás, a eso, a preparar a jóvenes para el matrimonio. De ahí, vendría una de sus más profundas y melancólicas de sus obras, o al menos, de las que se han conservado: "El adiós a Atthis".

Atthi no ha regresado.
En verdad, me gustaría estar muerta.
Al abandonarme, ella lloraba.
"¡Ah, Safo! Mi dolor es inmenso.
Me voy a pesar de ti..."
Y yo le respondí:
"Ve feliz, recuérdame.
¡Ah, tú sabes ben cuánto te quiero!"

No sería la única de la que se enamoraría. Sus amores, que entraban y salía de su vida demasiado deprisa, fueron muchos, y a muchas amó, de una forma profunda, sincera, mucho más igualitaria, también protectora, de cómo lo sentían no pocos hombres de su tiempo -aún siendo, el de estos, sincero y limpio-. Ella amaba y sentía de otra forma, y así lo expresaba.
Comenzó escribiendo poesía épica -lírica épica, se decía, pues lírica era sinónimo de poesía-, pero contar guerras o combates no iba con ella, eso está claro. Se pasó a la lírica subjetiva, entendiendo por ello que "subjetivo" significaba poesía en primera persona, íntima, casi desnudarse ante el lector, para hacer que sienta lo mismo que el autor. "Lírica", viene de" lira", pues igual que se expresa de forma escrita, también lo hace con el recitado y, sobretodo, acompañada de música, sobretodo del sonido de una lira. Sería, pues, música poética, y por ello un buen poeta, si además sabía cantar y tocar la lira o la cítara, mejor que mejor. Como era su caso. Según explicaba, no era necesario hablar solamente de batallas o luchas con armas o corazas, sino también de batallas interiores, contra el amor no correspondido, el miedo, la duda, la inseguridad... y cuando tenías cerca a alguien por quién se sentía algo especial, todos esos retos, esos combates aparentemente incruentos -o no tanto, pues el suicidio no era tan raro en aquella época, también por mal de amores- también había que enfrentarlos, vencerlos, o en caso de derrota, saber actuar en consecuencia. Este recitado musical, esta mezcla de música, canto y poesía, también podía acompañarse con danza -en realidad, en tiempos remotos, la danza y el canto y música tenían un origen básicamente religioso; era una forma más trabajada y atractiva de rezar o hacer ofrendas a los dioses y espíritus-, que también se enseñaba en aquel templo laico donde se servía y buscaba a las musas.
Todo ello hizo de Safo la primera poeta, creadora de llamado "verso Sáfico", pero también la primera compositora -de letra y música- de la historia. Al menos, la primera reconocida como artista con nombre propio y gran fama.

Safo, junto -quizá- Alceo, ya fue representada no sólo en pintura y escultura, sino también en cerámica.


Algo más de su obra. La influencia posterior, en artistas o no.

"Dicen que hay nueve musas. ¡Los desmemoriados! Han olvidado la décima: Safo de Lesbos" (Platón).


No sería Atthi la única amada. Este sería otro ejemplo: la segunda parte de "A una amada", con traducción del griego antiguo de Carlos García Gual:

(...)
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto, un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban

me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy, y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.

Su poesía está dedicada principalmente a mujeres, también a sus hermanos -entre ellos Caraxo, o Caraxos, a quién se atribuye, de forma un tanto legendario, amores con una cortesana egipcia, que acabó por casarse con el faraón Psamético I, gobernante Saíta, dinastía que más adelante sería derrotada y eliminada por los persas-. En total, se supone que escribió nueve libros de odas -en aquellos tiempos "libro" más bien era un texto con identidad propia, escrito en papiros, y que, una vez impreso en hojas de un libro moderno, podían muy bien ser sólo unas docenas de páginas-, donde había odas, epitalamios -composición lírica escrita en honor de una boda, y que estaba realizada, evidentemente, para ser cantada-, elegías -composición lírica donde se lamente la muerte de una o más personas,, o alguna desgracia, y que no acostumbra a tener una métrica fija- e himnos -más bien serían poemas para ser recitados, con o sin música de acompañamiento, a mayor gloria de dioses o héroes-. Lamentablemente, se conserva muy poco. Si se compra un libro que incluya toda su obra conocida, y descontamos las páginas donde se narra su vida -o lo que se sabe de ella-, o se explica superficialmente su época y su tierra, o se realiza una crítica de sus versos, apenas nos quedan unas decenas de hojas. Con seguridad, escribió bastante más, pero es que Safo no fue una máquina a la hora de escribir. Lo hizo cuando le vino, le salió desde dentro. Incluso lo que podrían considerarse obras de encargo -como los epitalamios y algunos himnos religiosos, o no-, no dejaban de tener estilo propio, y todo hace pensar que se las tomó tan en serio como cualquier otra.
En pocas palabras: sencillez, intimismo, y culto a Afrodita -amor, sexo, cálida o ardiente, dulce o temible, como todos los dioses de su tiempo, tan humanos como eran-.
Aquí, un ejemplo de posible epitalamio -hay dudas-, donde se habla de un hombre considerado merecedor de ser amado por una mujer que sepa reconocer su valía. Precisamente, se llama "A una mujer", porque Safo le escribe a ella, una mujer en general, sin nombre propio, sobre la valía del hombre al que quiere, y el por qué la poeta piensa que merece el amor de esta joven desconocida:

Me parece igual a los dioses, ese
hombre que ahora está frente a ti sentado,
y tu dulce voz a tu lado escucha
mientras le hablas,
y tu amable risa; lo cual, te juro,
en mi pecho el alma saltar ha hecho:
pues te miro apenas, y mis palabras
ya no me salen.

Sin embargo, su obra más conocida sería su "Oda a Afrodita", donde se ve el mejor ejemplo de su visión del mundo: femenina, no contraria al varón, sino viéndolo desde un punto de vista distinto -y no sólo analizándolo, sino también juzgándolo-, con un punto de vista menos épico y más personal e íntimo. Aquí, le pide a la diosa de la belleza y e amor que le ayude a conseguir que su amor sea correspondido por sus jóvenes alumnas, que la admiraban, pero que no siempre debían sentirse tan enamoradas por su maestra, como ella por estas. El hecho de que Afrodita fuera diosa del amor, pero del amor heterosexual, quizá debió provocar en ella las dudas de que sus ruegos fueran finalmente escuchados.
Aquí, unos versos donde se dirige directamente a la diosa. No resultaba nada raro, el que un simple mortal se dirigiera a una deidad de una forma tan personal, tan directa:

Sentada en el trono del Arco Iris,
pérfida Reina de la Belleza,
te lo suplico,
no dispongas para mí las trampas
de tu decaimiento, de tu tormento.
Escucha, clemente, mi oración,
como lo hiciste aquella vez,
en la que, para atender mi súplica,
seguiste la ruta de los astros
sobre tu hermoso carro.

Su obra, o lo que se sabia de ella, sí que debió dejar huella desde un primer momento. Copiados en la Grecia independiente y en los estados helenísticos, en la época romana, y en la bizantina, se cuenta que, en 1073, el papa Gregorio VII las hizo quemar por considerarlos inmorales, aunque, evidentemente, siempre quedó algo a salvo. Por lo menos, en el Imperio Bizantino, y es de suponer, en Italia, Y de no ser así, volvería a ser recuperada, vía influencia bizantina, en tiempos del Renacimiento. Aún así, no se pudo conservar todo, y parte de lo por ella escrito, aunque vayan apareciendo versos desconocidos, se perdieron para siempre.
Para más ejemplos de su arte, lo más recomendable, teniendo en cuenta lo escaso que  nos queda de ella, todo reducido a un pequeño libro, es adquirir una edición moderna, a ser posible comentada, o con explicación de su vida, obra y tiempo, y disfrutar de su completa lectura. Que con toda seguridad, no será una sola.

"En los días de Safo", del neoclásico inglés, que influyó no poco en Alma-Tadema y otros prerrafaelitas, John William Godward. Siendo como fue, un artista que, básicamente, pintó inspirado en la Antigüedad, Safo debía ser, casi por obligación, protagonista de al menos alguna de sus obras.


El oscuro fin de la poeta. ¿Alguien como ella, se habría suicidado por amor?

Ya es fácil imaginar a la Safo poeta, maestra, admirada y querida. Tras su muerte, seguiría siendo recordada, en ocasiones vilipendiada y despreciada, en otras, su fama y la admiración que se le tenía en vida no desaparecería. Se acuñarían monedas con su rostro -no era muy común, que prestara su rostro alguien que no fuera rey, político o dios, sin importar su sexo-, y as estatuas a ella dedicadas no se limitaban a su isla de Lesbos. Las tendría en época arcaica -más o menos, al poco de su muerte-, clásica, helenística y romana. Los romanos, probablemente no resultaron muy buenos escultores, más allá de bustos o retratos de cuerpo entero de políticos, emperadores o patricios, pero no tuvieron problema en contratar a griegos para que representaran a, entre otros, a Safo, cuando no eran copias de originales más antiguos. Sin embargo, ¿cómo fue su muerte?
La leyenda, porque de leyenda habría que hablar, dice que murió suicidándose, lanzándose de un promontorio sobre la costa en la isla de Léucade, al no verse correspondida por el tan atractivo e irresistible como misterioso Faón. La verdad es que no es algo que cuadre mucho con la realidad, aunque esta no se nos aparezca muy clara. Su muerte, probablemente, se produjo alrededor del 580 a.C., donde la llamada Grecia Arcaica -la que salía de las tinieblas de la llamada "época oscura", auténtica Edad Media Griega de la que tan poco se sabe- dejaba paso a la Clásica, con sus filósofos, políticos y guerras a gran escala. Como mínimo, teniendo en cuenta la diversidad de posibles fechas de su nacimiento -630-612 aC., aprox.-, debía tener, al menos, más de treinta años, que en una mujer de la Antigüedad, incluso de clase alta -aunque ella no es que viviera entre grandes lujos- significaba haber vivido más de media vida, por lo menos. Posiblemente, podía incluso rondar los cincuenta años, que era prácticamente como decir que estaba cerca de la ancianidad. Cuesta creer que una mujer que siempre demostró autocontrol y serenidad, que era capaz de aceptar los malos tratos de los amores imposibles por sus queridas alumnas, que había pasado un poco por todo -exilio, viudedad, ser cabeza de familia...-, decidiera lanzarse desde un acantilado porque un jovenzuelo no quisiera haccer caso a la que, sin duda, era la mujer más famosa y extraordinaria de, por lo menos, Mitilene y la zona de Jonia -las colonias griegas en Asia Menor- poblada por gentes eolias.

Théodore Chassériau, era un pintor francés nacido en el Caribe, que lo mismo pintaba imágenes religiosas, de temática orientalista, histórica o mitológica. Para él, la visión mas cautivadora o representativa de Safo era lanzándose acantilado abajo, abrazada a su inseparable lira, enloquecida por un amor imposible. Una figura muy romántica, pero también, muy probablemente, lejana de la realidad.

Pintura de Safo
El también romántico y francés Antoine-Jean Gros, tratando el mismo tema.

¿Y este Faón, quién era, realmente? Como en toda otra civilización, aparte de los mitos cosmológicos -el origen del mundo y la humanidad- o teogónicos -el origen y aventuras de los dioses-, y mitos con protagonistas humanos de gran importancia social e histórica, que dieron paso a todo tipo de obras literarias o artísticas, también había mitos menores, leyendas, cuentos orales que acababan pasando al papel o el pergamino -a partir de la piel de ciertos animales-, bien en prosa o en verso, con mayor o menor calidad. Faón, o un Faón, es protagonista de una leyenda, un relato oral, en que este era un barquero que trasladó en su barca a la misma Afrodita de una orilla a otra, y que fue recompensado por esta con una gran belleza, capacidad de conquistar a casi cualquier mujer, pero también un considerable deseo sexual, que le impulsó a enamorarse locamente de la diosa. Afrodita, finalmente, acabó refugiándose en un campo de lechugas -porque los griegos consideraban que dicha hortaliza hacía disminuir el deseo sexual-, pero Faón acabó por resultar tan irresistible a las mujeres de Lesbos que, finalmente, y tal como Afrodita predijo, acabó muriendo cuando se le encontró en pleno acto con una mujer casada.
¿Y? Que no resultaba tan extraño que personajes reales, ficticios humanos y divinos se entremezclaran en historias, leyendas, o simples habladurías. Lo que sí se comentó en su momento, o al menos así lo dice en una de sus obras un tal Ateneo, es que en la isla vivía una segunda Safo, contemporánea de la primera, que era una cortesana, bella e irresistible, que se enamoró de un Faón de atractivo quizá divino, pero que nada tuvo que ver con Afrodita ni diosa alguna, y que, al no querer nada con la hermosa y orgullosa hetaira, acabó esta suicidándose, y que al tener el mismo nombre, y vivir en la misma época, la una fue confundida por la otra. Pero no hay ninguna otra fuente que defienda esta historia aunque, realmente, resulta más creíble que la defendida por todos los cronistas e historiadores posteriores.


Influencias en la literatura o el arte, y en la sociedad actual.

Sabido es que "lesbianismo" y "lesbiana" vienen de Lesbos, la isla donde ella nació, y la expresión "amor sáfico" viene directamente de su nombre. Realmente, son palabras modernas, porque en la antigüedad, ni en Grecia ni en Roma, no existían, ni las palabras "homosexual" -o "bisexual", o "heterosexual", y fueron creadas mucho más tarde -aunque no está demasiado claro cuando; tal vez en el siglo XIX, o en el XX. En este caso, no puedo dar datos claros, porque no hay demasiada claridad-. Que Safo mantuviera relaciones sexuales y, sobretodo, amorosas, con mujeres más jóvenes, como también con hombres -en realidad, lo que había eran relaciones homosexuales o lésbicas como algo habitual y aceptado, porque gran parte de los que las tenían eran, al menos en principio, bisexuales- fue en su tiempo visto como algo natural, aunque con el tiempo, sobretodo en el caso de las mujeres, criticado o considerado de mal gusto. En el caso de Roma, por ir más adelante en el tiempo, no estaba mal vista la homosexualidad masculina, sino el cómo y con quién se mantenían esas relaciones -tratándose de hombres romanos libres; los esclavos, extranjeros o provinciales no parecían importar en absoluto a los moralistas-. Y respecto a las mujeres, al ser consideradas mora y emocionalmente inferiores, menores de edad intelectuales, sus relaciones lésbicas, más que despreciadas o perseguidas -aunque muy mal vistas, y receptoras de todo tipo de burlas-, eran ninguneadas. "Sólo cosa de mujeres", se diría. Eso se vería también en otras épocas y países, por ejemplo, la Gran Bretaña Victoriana, donde los actos homosexuales eran castigados con cárcel y multas, pero el lesbianismo era despreciado, pero hasta cierto punto permitido.
Safo, pues, ha sido adoptada como símbolo del feminismo y de la lucha por los derechos de las lesbianas, al mismo tiempo, quizá incluso antes de ello, que completamente re-descubierta como poeta -y, aunque se olvide muchas veces, como cantante, música y en cierto modo, compositora musical-. Según como se mire, esto resulta lógico, pero se olvida quizá algo importante, no sólo en su caso, sino el de cualquier figura histórica o artística de cualquier época: que una persona, no importa edad, sexo, condición social, religión, raza u oficio, hay que analizarla dentro de su contexto histórico. Safo,en su época, pudo ser rupturista, llamar la atención, ser admirada o criticada por esto o lo otro, pero era una mujer griega, pagana, con una cultura y parte de una sociedad que existió hace veintiséis siglos. Si por un milagro, pudiera visitar nuestra época, se encontraría tremendamente fuera de lugar. En realidad, más que nosotros en la suya porque, por lo menos, tenemos cierta idea de cómo eran aquellos tiempos.
Respecto a su influencia, y resumiendo mucho, tal vez demasiado, habría que hablar, primero, de Alceo. Se trata de un poeta, también lírico, profundo e íntimo, de su misma ciudad y dialecto eólico. Fueron amigos, quizá amantes, camaradas en la política y el exilio, y se influyeron el uno al otro. Muy probablemente, la realidad fue como la pintó Alma-Tadema, donde uno se escuchaba al otro, tocando la lira y recitando sus versos. Uno y otro, se influyeron, y se disfrutaron, y resulta difícil hablar de ella sin acordarse de él, siendo ambos poetas líricos y, con toda seguridad, reconocidos intérpretes de su propia obra, a la hora de musicarla.
Tras Alceo, no resulta tan claro, por no quedar referencias escritas, de su influencia sobre otros poetas, pero debió ser importante, teniendo en cuenta que filósofos -los hombres sabios- que vivieron y murieron siglos después, dejaran constancia de su valía y reconocimiento, aunque de forma distinta. Si Platón fue el que la definió como "la décima musa" -o, probablemente, sólo dejó por escrito lo que hacía ya mucho se decía oralmente, Aristóteles, que era un misógino con una idea no ya negativa, sino casi destructiva, del intelecto de las mujeres -"las mujeres no son más que hombres incompletos", y joyas por el estilo que, por cierto, influyeron en el pensar de la Edad Media, donde Aristóteles fue el filósofo antiguo más estudiado y admirado-, tuvo que reconocer que, para ser mujer, resultó una gran artista.
Sin embargo, Safo no fue olvidada tras la conquista romana. Más bien, su recuerdo y su obra fueron tratados, como el resto del arte y saber griegos, como algo parecido a un botín espiritual por los nuevos conquistadores, que fueron cultural y espiritualmente conquistados por los sometidos helenos. Dejando aparte una más que posible influencia en Catulo, el gran poeta de la República Romana tardía -en tiempos de Mario y Sila, y de la juventud de César-, y de Horacio -uno de los protegidos de Octavio Augusto-, uno de los autores romanos que habló más y mejor de ella fue Ovidio, el autor de "El arte de amar", y padre de lo que podría llamarse la literatura erótica de aspecto más o menos moderno -teniendo en cuenta que hablamos de un romano de hace dos mil años-, y que le costó el exilio a la actual Crimea. Ovidio debió leer algunos versos de Safo, donde se insinuaba que, si una persona de cierta edad, como debía ser ella, no era capaz de soportar el desamor, quizá no le quedaba más remedio que el suicidio. En su caso, el tirarse de los acantilados de Léucade, elegido por no pocos amantes no correspondidos para acabar con su sinvivir. Pero, aunque con casi total seguridad, Safo hablara en sentido figurado, Ovidio, que tal vez no pudo encontrar más fuentes de fiar que ella misma, dio por sentado que sí que se suicidó -la tumba de la poeta, reverenciada durante mucho tiempo, tal vez ya  no existía; es posible que en su lápida o monumento funerario, de visitarla, se pudiera leer algo que aclarara un poco la verdad-, se lo tomó como algo literal, e hizo de Safo una de las protagonistas de su obra "Heroidas", o "Cartas de las heroínas", donde mujeres de la mitología y la literatura envían cartas imaginarias en verso a sus amados. Safo sería, de todas ellas, la única mujer real. Y de la obra de Ovidio, escritores, pintores y hasta historiadores posteriores tomarían la idea del suicidio de amor, que todavía se da por válido, aunque no hay gran cosa que lo atestigüe, más allá de la obra del romano.

Pintura de Safo
Este es uno de los mejores ejemplos de pintura romana -y de los pocos que han llegado a nuestros tiempos, realmente-, encontrado, como casi todos los demás, en Pompeya. En verdad, tampoco está tan claro que sea de Safo -yo tengo mis dudas, la verdad-, pero popularmente se le considera como tal, así que he preferido ponerlo aquí, entre otras cosas, por lo atractivo que me parece. Si no es de Safo, bien podría haberlo sido.

En el siglo XIX, los pintores románticos -sobretodo franceses-, así como, posteriormente, tanto los prerrafaelitas como los academicistas en Gran Bretaña, la redescubrirían al gran público. Pero claro, antes de eso, debían conocerla ellos mismos. Se puede ver en esta entrada y la anterior, la visión que tuvieron de ella, como lo representaron, pintores menores. Laurence Koe ve en ella todo sensualidad, como si, antes que artista, Safo fuera una amante experimentada que disfrutaba iniciando en los regalos de Afrodita -como a veces se llamaba al sexo- a muchachas virginales, y que resultaba irresistible en una sociedad tan conservadora y puritana como la Inglaterra Victoriana. Charles Mengin, un academicista francés menor, la retrata de una forma un tanto siniestra, y más bien parece una Sibila de Cumas, o una de las parcas. Mientras, Théodore Chasériau, un romántico francés, la pintó en 1840 lanzándose por el acantilado, loca de amor. El romanticismo era, entre otras cosas, emociones en estado puro, en ocasiones, tan descontroladas que asemejan locura, cuando no lo es. Y resultaba lógico ver a la pobre Safo, loca por el desamor, comportándose como una adolescente que apenas sabe de amor, correspondido o no. Y esta visión, que pasó de Ovidio a los románticos, ha seguido hasta, prácticamente, hoy en día.
Sin embargo, fue Lawrence Alma-Tadema, quién sería capaz de retratarla de forma más veraz y justa. Safo, la gran poeta -o poetisa, como se quiera decir-, escucha embelesada a su amigo Alceo, que sería maestro y alumno suyo al tiempo, como él de ella. Se querían, se influían, y se acompañaban. En aquella Grecia legendaria, en aquellos teatros y odeones de mármol blanco, que se volvía deslumbrante por el sol mediterráneo, dos almas gemelas, dos genios sencillos y sinceros, producen gozo no sólo uno en el otro, sino también en cualquier otra persona que quiera escucharles.
También un contemporáneo suyo -o casi-, John William Godward, trató acertadamente el tema de Safo, y de forma parecida, pero en solitario. Al fin y al cabo, el fue el pintor más o menos académico neoclásico por excelenia, y su Safo -su cuadro se puede ver más arriba-, la retrata con una belleza tranquila, serena, clásica.


"Safo y Alceo" (1881). Es, probablemente, el cuadro más bello, sincero y -dentro de lo que cabe-, realista, de la vida de Safo.

Otro prerrafaelita, Simeon Salomon, retrató a Safo. En realidad, algo normal, teniendo en cuenta que Salomon siempre tuvo preferencia y debilidad por personajes, masculinos o femeninos, homosexuales o bisexuales, o de aspecto sexual un tanto ambiguo. Aparte de pintarla, también la dibujó. Uno de sus retratos a lápiz más bellos, fue, precisamente, de Safo:

 Dibujo con el rostro de Safo
La Safo de Simeon Salomon.


"Safo y Erina en el jardín de Mitilene" (1864), donde Salomon retrata a Safo y a una de sus alumnas amantes en su particular estilo pictórico.

Pintura de Safo  en las rocas
El pintor simbolista francés Gustave Moreau -o más bien, pre-simbolista, o precursor de dicha corriente, debido a la época en que pintó-, realizó un par de obras sobrre Safo. Esta sería "Safo sobre las rocas de Léucade".

En el Museo del Prado de Madrid, también se puede encontrar una aportación española al mito, o más bien al misterio, de la muerte de Safo, obra del catalán Miquel Carbonell i Selva (1881).


En poesía, un ejemplo de autor que trató sobre ella fue el prerrafaelita Algernon Ch. Swinburne, con su "Anactoria", de la que ya se habló en la entrada dedicada a él y a Christina Rossetti. Sin embargo, tras leer a la Safo original, a nadie le entra en la cabeza que pudiera haber escrito, en verdad, unos versos bellos, sí, con fuerza y transpirando, literalmente, un salvaje desamor, pero también crueles, deseando a la amada tanto dolor y cruel fin. Para quien quera leerlo completo, y no esté interesado en visitar la entrada de Swinburne, dejo aquí un enlace.  
Realmente, aquí, el inglés se extiende en algunos de sus temas favoritos -lesbianismo, sadomasoquismo, emociones desencadenadas, atracción por el mundo antiguo, amores escabrosos- sin demostrar interés alguno en retratar a la Safo verdadera.

Y aquí, algunos de los versos de uno de sus poemas más conocidos, cuyo título no se conoce, o al menos no llo he encontrado:

De ella ver quisiera su andar amable,
y la clara luz de su rostro, antes
que a los carros lidios, o a mil guerreros llenos de armas...

La luna luminosa huyó con las Pléyades.
La noche silenciosa ya llega a la mitad.
La hora ya pasó, y en vela, sola, en mi lecho,
suelto la rienda al llanto sin esperar piedad.

Imposible nombrar aquí todos los blogs, webs o incluso entradas de wikipedia que he visitado, y eso que tampoco es que las dos entradas dedicadas a Safo contengan demasiado texto. Se puede ver que, en la influencia de su obra y su persona en el arte y la literatura posteriores a su muerte, he acabado siendo un tanto parco, más de lo que ella merecería. Pero da una idea de que, como ella misma predijo...


"Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro" (Safo)