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miércoles, 30 de marzo de 2016

Safo de Lesbos, la décima musa (II): La primera mujer de la literatura occidental.

La obra de la poeta, sus amores y a oscuridad de su fin.


"Si la muerte fuera un bien, los dioses no serían inmortales" (pero quién lo dijo, aún tras su muerte, sí que consiguió ser inmortal).



La fascinación de una mujer que brilló en un mundo de hombres.

La antigua Grecia, con todas sus luces -muchas- y sombras -bastantes, porque las hubo- fue, entre otras cosas, una sociedad de hombres, tremendamente patriarcal y misógina, y donde existía una auténtica separación de sexos, donde las mujeres, a lo largo de toda su vida, y sin importar su origen social, apenas podían tener relación con más hombres que los de su familia -padres, hermanos, hijos...-, sus novios y maridos, y a lo sumo, los esclavos de la casa -que, por lo demás, no eran considerados socialmente ni como seres completamente humanos, aunque eso no significa que no tuvieran, al menos en algunas ocasiones, algunos derechos-. En tiempos de Safo, al menos en algunas zonas -las islas, quizá, y las zonas de población doria, aunque en parte son conjeturas- parece que dicha separación de sexos no era tan acusada, de ahí que, tras la muerte de su padre, se transformara en la cabeza de familia. Bien es cierto que sus tres hermanos eran menores que ella -niños pequeños, si, tras morir él en la guerra, Safo tal vez tuviera no más de once o doce años, aunque parece que, tras su paso por el templo de Artemisa, salió lo suficientemente adulta, tal vez con quince o dieciséis años, para encargarse de dirigir el negocio familiar; con aquella edad, una mujer ya era considerada plenamente adulta para cualquier cosa-, pero igualmente, ella fue la líder natural cuando ellos se fueron haciendo adultos. El hecho de haber conseguido un buen matrimonio -corto con un anciano, pero con una gran herencia-, que supiera dirigir bien su negocio de vinos, y que se hiciera famosa como artista, y probablemente también, se ganara el respeto por participar en política -la oposición, y tal vez el intento de asesinato del tirano que gobernaba su isla-, debieron garantizarle un respeto que iba mucho más allá de su gente o su clase social.
Safo nació en lo que podría llamarse una época de transición. Los tiempos heroicos de la Guerra de Troya, de los reyes micénicos, que aparte de Ilión -el nombre real de Troya, por ser este un nombre romano-, también acabaron con la cultura minoica de Creta, de los guerreros de la Edad del Bronce, hacía siglos que habían quedado atrás, y la historia, la leyenda y la oscuridad se entremezclaban a la hora de recordarlos. Si Troya cayó, más o menos, en el 1300-1200 a.C., entonces Safo vivió y murió, aproximadamente, unos seis o siete siglos después; pero a muchos, más bien les debían parecer muchos más. Sin embargo, tampoco se había llegado todavía, aunque faltaba poco, a la época de las guerras contra los persas, de Maratón y Salamina, ni de Pericles y la liga Ático-délica, el imperio económico y cultural de Atenas, ni la desastrosa guerra del Peloponeso -en el fondo, una guerra civil griega, que los desangró hasta, finalmente, dejar vía libre al poderío macedonio-. Más bien, eran tiempos de monarquías que caían, bien para dejar paso a tiranos, a democracias todavía incipientes, a legisladores como Solón o Licurgo, que daban a ciudades con turbulencias políticas nuevas leyes, y a antiguas colonias en Asia, Sicilia e Italia que se estaban transformando en grandes ciudades. Ella fue, pues, parte del nacimiento de lo que luego se llamaría la Época Clásica. No formó parte real de esta, pero sí ayudó a alumbrarla, y si sabemos de ella, aunque no sea mucho, es porque en la Edad de Oro de la Hélade, todavía era recordada, pues no hacía tanto que había muerto.
Además, ella hablaba, escribía y recitaba en eolio, que no era un dialecto principal del griego, como el ático -el habla ateniense-, que sería el griego clásico del futuro, el de la filosofía, la política y la literatura, ni el dorio, el de los poderosos espartanos, o sus vecinos mesenios, de origen aqueo, transformados en esclavos del estado, y que hasta su lengua habían olvidado -aunque, probablemente, tenía más sangre doria de lo que los espartanos estaban dispuestos a reconocer-. Los eolios, que tenían un tercer dialecto, eran algo así como una tercera familia en importancia de comunidades griegas -no se les podía llamar "tribu", por su número  y dispersión, pero quizá lo fueran en un principio-, que vivían en la isla de Lesbos, en Tebas y su región -Beocia, aunque varias poblaciones de ella eran independientes, o lo intentaban-, y algunas colonias del centro de Jonia, en Asia Menor. Eso era estar sólo por encima, en importancia cultural, a los primitivos arcadios -Arcadia era una zona rural y feraz en el corazón del Peloponeso; si tenían un habla distinta, era por su aislamiento- y los etolios -una región entre Tesalia, doria, y Beocia, eolia, helénica pero un tanto primitiva, y emparentados por lengua con los epirotas, lo que hace pensar que la gente de Epiro eran menos ilirios y más griegos de lo que se pensaba en aquella época-. Y eso no era mucho decir, ciertamente. Por lo demás, los macedonios, como los epirotas, eran, en aquellos tiempos, considerados semi-bárbaros, pero no completamente griegos. A lo sumo, eran reinos, o pueblos, más o menos helenizados, pero eso no los hacía helenos. También lo estaban los lidios, y en menor medida los frigios y los carios, en Anatolia, y tampoco eran realmente griegos.

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Laurence Koe, y su "Safo". El inglés consideró a la poeta más como un personaje femenino con fuerte carga erótica, que como una artista en sí misma. Hay que tener en cuenta, también, el interés que la Antigüedad suscitaba en los victorianos, y las fantasías que despertaron en unos británicos que habían vivido un tanto de espaldas al mundo antiguo, y a unas mujeres que les parecían tan exóticas como fascinantes.


Bien, aquí, cierta explicación de dónde y cuando vivió. Volviendo a ella, Safo, aparte de aprovechar la herencia de su difunto marido Kérkilos para llevar una vida cómoda, aunque no excesiva -en aquellos tiempos, parece que la riqueza excesiva, y el presumir de ella, la molicie, estaba mal vista-, decidió crear "La casa de la servidora de las musas". Estaba claro que era ello. Dejando aparte lo poco claro que fue su paso por la "thiasos", donde no está claro si fue directora, profesora o alumna -pues para eso, habría que saber qué edad tenía, y si era ya viuda o no, y por tanto, si tenía necesidad de buscar un primer marido-, esta fue la sociedad cultural, artística y social donde se rodeó de todas aquellas jóvenes que acabaron siendo no sólo sus alumnas, sino también, en no pocos casos, sus favoritas, e incluso sus amantes. Evidentemente, aunque las tratara a todas con respeto, o tuviera cierta amistad con unas y otras, siempre hubo eso, favoritas, con las que congenió más, que demostraron mayor interés y cualidades, y que, en resumidas cuentas, no sólo buscaban un marido, o algo de compañía femenina o independencia de los hombres de la familia, sino que poseían un auténtico interés por la poesía, el canto -que vendría a ser el recitado de versos con acompañamiento musical-, y la música, sobretodo la lira -que es como se representa muchas veces a Safo-, aunque probablemente también sabía tocar otros instrumentos, como la cítara -una especie de guitarra, salvando las distancias-, o cualquier tipo de instrumento de viento.
Safo, ya viuda, libre e independiente, amó a mujeres y a hombres. El hecho de que ya en tiempos antiguos se diera por supuesto que, siendo ella joven pero ya adulta, tuviera varias amantes-alumnas de menor edad -algunas, probablemente de no más de catorce o quince años- era considerado como algo casi lógico, y no criticable en absoluto, pues muchos filósofos o poetas, algunos incluso ancianos, tenían amantes, o ex-amantes ya crecidos con los que seguían teniendo relación, mucho más jóvenes que ellos. En cierto modo, Safo, que es considerada prototipo de feminidad -o al menos, de una feminidad en particular- se comportaba, o se suponía que lo hacía, como un hombre: el sabio adulto con el adolescente que aprendía de su maestro, al que amaba profundamente igual que respetaba. Se han conservado muchos nombres de sus alumnas, que no siempre tuvieron que ser también amantes -se supone que eran sus favoritas pero, ¿tuvo tantas? ¿No sería quizás una maestra que también ocupaba el puesto de hermana mayor y consejera, que resultaba irresistible para muchas jovencitas que nunca habían tenido relación con una mujer de su edad que no fuera de la familia, y que las trataba de forma tan distinta, tan inusual? Algunos de sus nombres fueron Anágora, Eunica, Eranna, Telesipa, Andrómeda, Megara, Gongila, Gorgo... Pero se habla, sobretodo, de Atthis -o Atthi-. a quién Safo nombre en sus versos, y por la que sí debió sentir algo que no era simplemente cariño, ni un amor oculto, platónico -cuando todavía no podía llamarse así, pues Platón ni había nacido-, aunque difícil es decir hasta donde llegaría. Cuando su familia pensó que la muchacha ya tenía edad, y estaba preparada, para el matrimonio, la retiraron de su lado y enseñanzas, lo que resultó especialmente doloroso para Safo que, evidentemente, nada podía hacer para oponerse a ello. En realidad, su sociedad se dedicaba, al menos en teoría y de cara a los demás, a eso, a preparar a jóvenes para el matrimonio. De ahí, vendría una de sus más profundas y melancólicas de sus obras, o al menos, de las que se han conservado: "El adiós a Atthis".

Atthi no ha regresado.
En verdad, me gustaría estar muerta.
Al abandonarme, ella lloraba.
"¡Ah, Safo! Mi dolor es inmenso.
Me voy a pesar de ti..."
Y yo le respondí:
"Ve feliz, recuérdame.
¡Ah, tú sabes ben cuánto te quiero!"

No sería la única de la que se enamoraría. Sus amores, que entraban y salía de su vida demasiado deprisa, fueron muchos, y a muchas amó, de una forma profunda, sincera, mucho más igualitaria, también protectora, de cómo lo sentían no pocos hombres de su tiempo -aún siendo, el de estos, sincero y limpio-. Ella amaba y sentía de otra forma, y así lo expresaba.
Comenzó escribiendo poesía épica -lírica épica, se decía, pues lírica era sinónimo de poesía-, pero contar guerras o combates no iba con ella, eso está claro. Se pasó a la lírica subjetiva, entendiendo por ello que "subjetivo" significaba poesía en primera persona, íntima, casi desnudarse ante el lector, para hacer que sienta lo mismo que el autor. "Lírica", viene de" lira", pues igual que se expresa de forma escrita, también lo hace con el recitado y, sobretodo, acompañada de música, sobretodo del sonido de una lira. Sería, pues, música poética, y por ello un buen poeta, si además sabía cantar y tocar la lira o la cítara, mejor que mejor. Como era su caso. Según explicaba, no era necesario hablar solamente de batallas o luchas con armas o corazas, sino también de batallas interiores, contra el amor no correspondido, el miedo, la duda, la inseguridad... y cuando tenías cerca a alguien por quién se sentía algo especial, todos esos retos, esos combates aparentemente incruentos -o no tanto, pues el suicidio no era tan raro en aquella época, también por mal de amores- también había que enfrentarlos, vencerlos, o en caso de derrota, saber actuar en consecuencia. Este recitado musical, esta mezcla de música, canto y poesía, también podía acompañarse con danza -en realidad, en tiempos remotos, la danza y el canto y música tenían un origen básicamente religioso; era una forma más trabajada y atractiva de rezar o hacer ofrendas a los dioses y espíritus-, que también se enseñaba en aquel templo laico donde se servía y buscaba a las musas.
Todo ello hizo de Safo la primera poeta, creadora de llamado "verso Sáfico", pero también la primera compositora -de letra y música- de la historia. Al menos, la primera reconocida como artista con nombre propio y gran fama.

Safo, junto -quizá- Alceo, ya fue representada no sólo en pintura y escultura, sino también en cerámica.


Algo más de su obra. La influencia posterior, en artistas o no.

"Dicen que hay nueve musas. ¡Los desmemoriados! Han olvidado la décima: Safo de Lesbos" (Platón).


No sería Atthi la única amada. Este sería otro ejemplo: la segunda parte de "A una amada", con traducción del griego antiguo de Carlos García Gual:

(...)
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto, un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban

me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy, y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.

Su poesía está dedicada principalmente a mujeres, también a sus hermanos -entre ellos Caraxo, o Caraxos, a quién se atribuye, de forma un tanto legendario, amores con una cortesana egipcia, que acabó por casarse con el faraón Psamético I, gobernante Saíta, dinastía que más adelante sería derrotada y eliminada por los persas-. En total, se supone que escribió nueve libros de odas -en aquellos tiempos "libro" más bien era un texto con identidad propia, escrito en papiros, y que, una vez impreso en hojas de un libro moderno, podían muy bien ser sólo unas docenas de páginas-, donde había odas, epitalamios -composición lírica escrita en honor de una boda, y que estaba realizada, evidentemente, para ser cantada-, elegías -composición lírica donde se lamente la muerte de una o más personas,, o alguna desgracia, y que no acostumbra a tener una métrica fija- e himnos -más bien serían poemas para ser recitados, con o sin música de acompañamiento, a mayor gloria de dioses o héroes-. Lamentablemente, se conserva muy poco. Si se compra un libro que incluya toda su obra conocida, y descontamos las páginas donde se narra su vida -o lo que se sabe de ella-, o se explica superficialmente su época y su tierra, o se realiza una crítica de sus versos, apenas nos quedan unas decenas de hojas. Con seguridad, escribió bastante más, pero es que Safo no fue una máquina a la hora de escribir. Lo hizo cuando le vino, le salió desde dentro. Incluso lo que podrían considerarse obras de encargo -como los epitalamios y algunos himnos religiosos, o no-, no dejaban de tener estilo propio, y todo hace pensar que se las tomó tan en serio como cualquier otra.
En pocas palabras: sencillez, intimismo, y culto a Afrodita -amor, sexo, cálida o ardiente, dulce o temible, como todos los dioses de su tiempo, tan humanos como eran-.
Aquí, un ejemplo de posible epitalamio -hay dudas-, donde se habla de un hombre considerado merecedor de ser amado por una mujer que sepa reconocer su valía. Precisamente, se llama "A una mujer", porque Safo le escribe a ella, una mujer en general, sin nombre propio, sobre la valía del hombre al que quiere, y el por qué la poeta piensa que merece el amor de esta joven desconocida:

Me parece igual a los dioses, ese
hombre que ahora está frente a ti sentado,
y tu dulce voz a tu lado escucha
mientras le hablas,
y tu amable risa; lo cual, te juro,
en mi pecho el alma saltar ha hecho:
pues te miro apenas, y mis palabras
ya no me salen.

Sin embargo, su obra más conocida sería su "Oda a Afrodita", donde se ve el mejor ejemplo de su visión del mundo: femenina, no contraria al varón, sino viéndolo desde un punto de vista distinto -y no sólo analizándolo, sino también juzgándolo-, con un punto de vista menos épico y más personal e íntimo. Aquí, le pide a la diosa de la belleza y e amor que le ayude a conseguir que su amor sea correspondido por sus jóvenes alumnas, que la admiraban, pero que no siempre debían sentirse tan enamoradas por su maestra, como ella por estas. El hecho de que Afrodita fuera diosa del amor, pero del amor heterosexual, quizá debió provocar en ella las dudas de que sus ruegos fueran finalmente escuchados.
Aquí, unos versos donde se dirige directamente a la diosa. No resultaba nada raro, el que un simple mortal se dirigiera a una deidad de una forma tan personal, tan directa:

Sentada en el trono del Arco Iris,
pérfida Reina de la Belleza,
te lo suplico,
no dispongas para mí las trampas
de tu decaimiento, de tu tormento.
Escucha, clemente, mi oración,
como lo hiciste aquella vez,
en la que, para atender mi súplica,
seguiste la ruta de los astros
sobre tu hermoso carro.

Su obra, o lo que se sabia de ella, sí que debió dejar huella desde un primer momento. Copiados en la Grecia independiente y en los estados helenísticos, en la época romana, y en la bizantina, se cuenta que, en 1073, el papa Gregorio VII las hizo quemar por considerarlos inmorales, aunque, evidentemente, siempre quedó algo a salvo. Por lo menos, en el Imperio Bizantino, y es de suponer, en Italia, Y de no ser así, volvería a ser recuperada, vía influencia bizantina, en tiempos del Renacimiento. Aún así, no se pudo conservar todo, y parte de lo por ella escrito, aunque vayan apareciendo versos desconocidos, se perdieron para siempre.
Para más ejemplos de su arte, lo más recomendable, teniendo en cuenta lo escaso que  nos queda de ella, todo reducido a un pequeño libro, es adquirir una edición moderna, a ser posible comentada, o con explicación de su vida, obra y tiempo, y disfrutar de su completa lectura. Que con toda seguridad, no será una sola.

"En los días de Safo", del neoclásico inglés, que influyó no poco en Alma-Tadema y otros prerrafaelitas, John William Godward. Siendo como fue, un artista que, básicamente, pintó inspirado en la Antigüedad, Safo debía ser, casi por obligación, protagonista de al menos alguna de sus obras.


El oscuro fin de la poeta. ¿Alguien como ella, se habría suicidado por amor?

Ya es fácil imaginar a la Safo poeta, maestra, admirada y querida. Tras su muerte, seguiría siendo recordada, en ocasiones vilipendiada y despreciada, en otras, su fama y la admiración que se le tenía en vida no desaparecería. Se acuñarían monedas con su rostro -no era muy común, que prestara su rostro alguien que no fuera rey, político o dios, sin importar su sexo-, y as estatuas a ella dedicadas no se limitaban a su isla de Lesbos. Las tendría en época arcaica -más o menos, al poco de su muerte-, clásica, helenística y romana. Los romanos, probablemente no resultaron muy buenos escultores, más allá de bustos o retratos de cuerpo entero de políticos, emperadores o patricios, pero no tuvieron problema en contratar a griegos para que representaran a, entre otros, a Safo, cuando no eran copias de originales más antiguos. Sin embargo, ¿cómo fue su muerte?
La leyenda, porque de leyenda habría que hablar, dice que murió suicidándose, lanzándose de un promontorio sobre la costa en la isla de Léucade, al no verse correspondida por el tan atractivo e irresistible como misterioso Faón. La verdad es que no es algo que cuadre mucho con la realidad, aunque esta no se nos aparezca muy clara. Su muerte, probablemente, se produjo alrededor del 580 a.C., donde la llamada Grecia Arcaica -la que salía de las tinieblas de la llamada "época oscura", auténtica Edad Media Griega de la que tan poco se sabe- dejaba paso a la Clásica, con sus filósofos, políticos y guerras a gran escala. Como mínimo, teniendo en cuenta la diversidad de posibles fechas de su nacimiento -630-612 aC., aprox.-, debía tener, al menos, más de treinta años, que en una mujer de la Antigüedad, incluso de clase alta -aunque ella no es que viviera entre grandes lujos- significaba haber vivido más de media vida, por lo menos. Posiblemente, podía incluso rondar los cincuenta años, que era prácticamente como decir que estaba cerca de la ancianidad. Cuesta creer que una mujer que siempre demostró autocontrol y serenidad, que era capaz de aceptar los malos tratos de los amores imposibles por sus queridas alumnas, que había pasado un poco por todo -exilio, viudedad, ser cabeza de familia...-, decidiera lanzarse desde un acantilado porque un jovenzuelo no quisiera haccer caso a la que, sin duda, era la mujer más famosa y extraordinaria de, por lo menos, Mitilene y la zona de Jonia -las colonias griegas en Asia Menor- poblada por gentes eolias.

Théodore Chassériau, era un pintor francés nacido en el Caribe, que lo mismo pintaba imágenes religiosas, de temática orientalista, histórica o mitológica. Para él, la visión mas cautivadora o representativa de Safo era lanzándose acantilado abajo, abrazada a su inseparable lira, enloquecida por un amor imposible. Una figura muy romántica, pero también, muy probablemente, lejana de la realidad.

Pintura de Safo
El también romántico y francés Antoine-Jean Gros, tratando el mismo tema.

¿Y este Faón, quién era, realmente? Como en toda otra civilización, aparte de los mitos cosmológicos -el origen del mundo y la humanidad- o teogónicos -el origen y aventuras de los dioses-, y mitos con protagonistas humanos de gran importancia social e histórica, que dieron paso a todo tipo de obras literarias o artísticas, también había mitos menores, leyendas, cuentos orales que acababan pasando al papel o el pergamino -a partir de la piel de ciertos animales-, bien en prosa o en verso, con mayor o menor calidad. Faón, o un Faón, es protagonista de una leyenda, un relato oral, en que este era un barquero que trasladó en su barca a la misma Afrodita de una orilla a otra, y que fue recompensado por esta con una gran belleza, capacidad de conquistar a casi cualquier mujer, pero también un considerable deseo sexual, que le impulsó a enamorarse locamente de la diosa. Afrodita, finalmente, acabó refugiándose en un campo de lechugas -porque los griegos consideraban que dicha hortaliza hacía disminuir el deseo sexual-, pero Faón acabó por resultar tan irresistible a las mujeres de Lesbos que, finalmente, y tal como Afrodita predijo, acabó muriendo cuando se le encontró en pleno acto con una mujer casada.
¿Y? Que no resultaba tan extraño que personajes reales, ficticios humanos y divinos se entremezclaran en historias, leyendas, o simples habladurías. Lo que sí se comentó en su momento, o al menos así lo dice en una de sus obras un tal Ateneo, es que en la isla vivía una segunda Safo, contemporánea de la primera, que era una cortesana, bella e irresistible, que se enamoró de un Faón de atractivo quizá divino, pero que nada tuvo que ver con Afrodita ni diosa alguna, y que, al no querer nada con la hermosa y orgullosa hetaira, acabó esta suicidándose, y que al tener el mismo nombre, y vivir en la misma época, la una fue confundida por la otra. Pero no hay ninguna otra fuente que defienda esta historia aunque, realmente, resulta más creíble que la defendida por todos los cronistas e historiadores posteriores.


Influencias en la literatura o el arte, y en la sociedad actual.

Sabido es que "lesbianismo" y "lesbiana" vienen de Lesbos, la isla donde ella nació, y la expresión "amor sáfico" viene directamente de su nombre. Realmente, son palabras modernas, porque en la antigüedad, ni en Grecia ni en Roma, no existían, ni las palabras "homosexual" -o "bisexual", o "heterosexual", y fueron creadas mucho más tarde -aunque no está demasiado claro cuando; tal vez en el siglo XIX, o en el XX. En este caso, no puedo dar datos claros, porque no hay demasiada claridad-. Que Safo mantuviera relaciones sexuales y, sobretodo, amorosas, con mujeres más jóvenes, como también con hombres -en realidad, lo que había eran relaciones homosexuales o lésbicas como algo habitual y aceptado, porque gran parte de los que las tenían eran, al menos en principio, bisexuales- fue en su tiempo visto como algo natural, aunque con el tiempo, sobretodo en el caso de las mujeres, criticado o considerado de mal gusto. En el caso de Roma, por ir más adelante en el tiempo, no estaba mal vista la homosexualidad masculina, sino el cómo y con quién se mantenían esas relaciones -tratándose de hombres romanos libres; los esclavos, extranjeros o provinciales no parecían importar en absoluto a los moralistas-. Y respecto a las mujeres, al ser consideradas mora y emocionalmente inferiores, menores de edad intelectuales, sus relaciones lésbicas, más que despreciadas o perseguidas -aunque muy mal vistas, y receptoras de todo tipo de burlas-, eran ninguneadas. "Sólo cosa de mujeres", se diría. Eso se vería también en otras épocas y países, por ejemplo, la Gran Bretaña Victoriana, donde los actos homosexuales eran castigados con cárcel y multas, pero el lesbianismo era despreciado, pero hasta cierto punto permitido.
Safo, pues, ha sido adoptada como símbolo del feminismo y de la lucha por los derechos de las lesbianas, al mismo tiempo, quizá incluso antes de ello, que completamente re-descubierta como poeta -y, aunque se olvide muchas veces, como cantante, música y en cierto modo, compositora musical-. Según como se mire, esto resulta lógico, pero se olvida quizá algo importante, no sólo en su caso, sino el de cualquier figura histórica o artística de cualquier época: que una persona, no importa edad, sexo, condición social, religión, raza u oficio, hay que analizarla dentro de su contexto histórico. Safo,en su época, pudo ser rupturista, llamar la atención, ser admirada o criticada por esto o lo otro, pero era una mujer griega, pagana, con una cultura y parte de una sociedad que existió hace veintiséis siglos. Si por un milagro, pudiera visitar nuestra época, se encontraría tremendamente fuera de lugar. En realidad, más que nosotros en la suya porque, por lo menos, tenemos cierta idea de cómo eran aquellos tiempos.
Respecto a su influencia, y resumiendo mucho, tal vez demasiado, habría que hablar, primero, de Alceo. Se trata de un poeta, también lírico, profundo e íntimo, de su misma ciudad y dialecto eólico. Fueron amigos, quizá amantes, camaradas en la política y el exilio, y se influyeron el uno al otro. Muy probablemente, la realidad fue como la pintó Alma-Tadema, donde uno se escuchaba al otro, tocando la lira y recitando sus versos. Uno y otro, se influyeron, y se disfrutaron, y resulta difícil hablar de ella sin acordarse de él, siendo ambos poetas líricos y, con toda seguridad, reconocidos intérpretes de su propia obra, a la hora de musicarla.
Tras Alceo, no resulta tan claro, por no quedar referencias escritas, de su influencia sobre otros poetas, pero debió ser importante, teniendo en cuenta que filósofos -los hombres sabios- que vivieron y murieron siglos después, dejaran constancia de su valía y reconocimiento, aunque de forma distinta. Si Platón fue el que la definió como "la décima musa" -o, probablemente, sólo dejó por escrito lo que hacía ya mucho se decía oralmente, Aristóteles, que era un misógino con una idea no ya negativa, sino casi destructiva, del intelecto de las mujeres -"las mujeres no son más que hombres incompletos", y joyas por el estilo que, por cierto, influyeron en el pensar de la Edad Media, donde Aristóteles fue el filósofo antiguo más estudiado y admirado-, tuvo que reconocer que, para ser mujer, resultó una gran artista.
Sin embargo, Safo no fue olvidada tras la conquista romana. Más bien, su recuerdo y su obra fueron tratados, como el resto del arte y saber griegos, como algo parecido a un botín espiritual por los nuevos conquistadores, que fueron cultural y espiritualmente conquistados por los sometidos helenos. Dejando aparte una más que posible influencia en Catulo, el gran poeta de la República Romana tardía -en tiempos de Mario y Sila, y de la juventud de César-, y de Horacio -uno de los protegidos de Octavio Augusto-, uno de los autores romanos que habló más y mejor de ella fue Ovidio, el autor de "El arte de amar", y padre de lo que podría llamarse la literatura erótica de aspecto más o menos moderno -teniendo en cuenta que hablamos de un romano de hace dos mil años-, y que le costó el exilio a la actual Crimea. Ovidio debió leer algunos versos de Safo, donde se insinuaba que, si una persona de cierta edad, como debía ser ella, no era capaz de soportar el desamor, quizá no le quedaba más remedio que el suicidio. En su caso, el tirarse de los acantilados de Léucade, elegido por no pocos amantes no correspondidos para acabar con su sinvivir. Pero, aunque con casi total seguridad, Safo hablara en sentido figurado, Ovidio, que tal vez no pudo encontrar más fuentes de fiar que ella misma, dio por sentado que sí que se suicidó -la tumba de la poeta, reverenciada durante mucho tiempo, tal vez ya  no existía; es posible que en su lápida o monumento funerario, de visitarla, se pudiera leer algo que aclarara un poco la verdad-, se lo tomó como algo literal, e hizo de Safo una de las protagonistas de su obra "Heroidas", o "Cartas de las heroínas", donde mujeres de la mitología y la literatura envían cartas imaginarias en verso a sus amados. Safo sería, de todas ellas, la única mujer real. Y de la obra de Ovidio, escritores, pintores y hasta historiadores posteriores tomarían la idea del suicidio de amor, que todavía se da por válido, aunque no hay gran cosa que lo atestigüe, más allá de la obra del romano.

Pintura de Safo
Este es uno de los mejores ejemplos de pintura romana -y de los pocos que han llegado a nuestros tiempos, realmente-, encontrado, como casi todos los demás, en Pompeya. En verdad, tampoco está tan claro que sea de Safo -yo tengo mis dudas, la verdad-, pero popularmente se le considera como tal, así que he preferido ponerlo aquí, entre otras cosas, por lo atractivo que me parece. Si no es de Safo, bien podría haberlo sido.

En el siglo XIX, los pintores románticos -sobretodo franceses-, así como, posteriormente, tanto los prerrafaelitas como los academicistas en Gran Bretaña, la redescubrirían al gran público. Pero claro, antes de eso, debían conocerla ellos mismos. Se puede ver en esta entrada y la anterior, la visión que tuvieron de ella, como lo representaron, pintores menores. Laurence Koe ve en ella todo sensualidad, como si, antes que artista, Safo fuera una amante experimentada que disfrutaba iniciando en los regalos de Afrodita -como a veces se llamaba al sexo- a muchachas virginales, y que resultaba irresistible en una sociedad tan conservadora y puritana como la Inglaterra Victoriana. Charles Mengin, un academicista francés menor, la retrata de una forma un tanto siniestra, y más bien parece una Sibila de Cumas, o una de las parcas. Mientras, Théodore Chasériau, un romántico francés, la pintó en 1840 lanzándose por el acantilado, loca de amor. El romanticismo era, entre otras cosas, emociones en estado puro, en ocasiones, tan descontroladas que asemejan locura, cuando no lo es. Y resultaba lógico ver a la pobre Safo, loca por el desamor, comportándose como una adolescente que apenas sabe de amor, correspondido o no. Y esta visión, que pasó de Ovidio a los románticos, ha seguido hasta, prácticamente, hoy en día.
Sin embargo, fue Lawrence Alma-Tadema, quién sería capaz de retratarla de forma más veraz y justa. Safo, la gran poeta -o poetisa, como se quiera decir-, escucha embelesada a su amigo Alceo, que sería maestro y alumno suyo al tiempo, como él de ella. Se querían, se influían, y se acompañaban. En aquella Grecia legendaria, en aquellos teatros y odeones de mármol blanco, que se volvía deslumbrante por el sol mediterráneo, dos almas gemelas, dos genios sencillos y sinceros, producen gozo no sólo uno en el otro, sino también en cualquier otra persona que quiera escucharles.
También un contemporáneo suyo -o casi-, John William Godward, trató acertadamente el tema de Safo, y de forma parecida, pero en solitario. Al fin y al cabo, el fue el pintor más o menos académico neoclásico por excelenia, y su Safo -su cuadro se puede ver más arriba-, la retrata con una belleza tranquila, serena, clásica.


"Safo y Alceo" (1881). Es, probablemente, el cuadro más bello, sincero y -dentro de lo que cabe-, realista, de la vida de Safo.

Otro prerrafaelita, Simeon Salomon, retrató a Safo. En realidad, algo normal, teniendo en cuenta que Salomon siempre tuvo preferencia y debilidad por personajes, masculinos o femeninos, homosexuales o bisexuales, o de aspecto sexual un tanto ambiguo. Aparte de pintarla, también la dibujó. Uno de sus retratos a lápiz más bellos, fue, precisamente, de Safo:

 Dibujo con el rostro de Safo
La Safo de Simeon Salomon.


"Safo y Erina en el jardín de Mitilene" (1864), donde Salomon retrata a Safo y a una de sus alumnas amantes en su particular estilo pictórico.

Pintura de Safo  en las rocas
El pintor simbolista francés Gustave Moreau -o más bien, pre-simbolista, o precursor de dicha corriente, debido a la época en que pintó-, realizó un par de obras sobrre Safo. Esta sería "Safo sobre las rocas de Léucade".

En el Museo del Prado de Madrid, también se puede encontrar una aportación española al mito, o más bien al misterio, de la muerte de Safo, obra del catalán Miquel Carbonell i Selva (1881).


En poesía, un ejemplo de autor que trató sobre ella fue el prerrafaelita Algernon Ch. Swinburne, con su "Anactoria", de la que ya se habló en la entrada dedicada a él y a Christina Rossetti. Sin embargo, tras leer a la Safo original, a nadie le entra en la cabeza que pudiera haber escrito, en verdad, unos versos bellos, sí, con fuerza y transpirando, literalmente, un salvaje desamor, pero también crueles, deseando a la amada tanto dolor y cruel fin. Para quien quera leerlo completo, y no esté interesado en visitar la entrada de Swinburne, dejo aquí un enlace.  
Realmente, aquí, el inglés se extiende en algunos de sus temas favoritos -lesbianismo, sadomasoquismo, emociones desencadenadas, atracción por el mundo antiguo, amores escabrosos- sin demostrar interés alguno en retratar a la Safo verdadera.

Y aquí, algunos de los versos de uno de sus poemas más conocidos, cuyo título no se conoce, o al menos no llo he encontrado:

De ella ver quisiera su andar amable,
y la clara luz de su rostro, antes
que a los carros lidios, o a mil guerreros llenos de armas...

La luna luminosa huyó con las Pléyades.
La noche silenciosa ya llega a la mitad.
La hora ya pasó, y en vela, sola, en mi lecho,
suelto la rienda al llanto sin esperar piedad.

Imposible nombrar aquí todos los blogs, webs o incluso entradas de wikipedia que he visitado, y eso que tampoco es que las dos entradas dedicadas a Safo contengan demasiado texto. Se puede ver que, en la influencia de su obra y su persona en el arte y la literatura posteriores a su muerte, he acabado siendo un tanto parco, más de lo que ella merecería. Pero da una idea de que, como ella misma predijo...


"Os aseguro que alguien se acordará de nosotras en el futuro" (Safo)





lunes, 21 de marzo de 2016

Safo de Lesbos, la décima musa ( I ): la primera mujer de la literatura occidental.

Entre el mito y la realidad, apenas un esbozo de lo que debió ser su obra completa todavía resuena, después de tantos siglos.




La décima musa, antes de que Atenas impusiera, también,  su misoginia.

La antigua Grecia es, desde un punto tanto cultural como artístico, político y espiritual, una de las bases, la más antigua y probablemente más importante, de la cultura occidental. Pero siendo considerada, al menos una parte de ella -Atenas, y algunas polis aliadas, dependientes, o colonias suyas, más algunas ciudades más, en determinado momento histórico- como la madre de la democracia, de repartir el poder y la responsabilidad en una parte grande y creciente de la población, o al menos, de la población autóctona y libre, son muy pocas las mujeres que destacan en ese espacio socio-cultural, político y demográfico.
Claro está, hablando en sentido amplio, aparecen bastantes figuras femeninas, pero se trata, en muchas ocasiones, de diosas o semi-diosas, o de seres mitológicos o fantásticos con aspecto, condición o, dicho más claramente, de sexo femenino -bacantes, musas, náyades, al menos en la mayoría de sus representaciones-, aunque no siempre con el físico correspondiente a una mujer humana -sirenas, arpías...-. Y cuando no son seres divinos o fantásticos, se trata de reinas, heroínas o princesas de la literatura y la leyenda. Dicho de otro modo, que no hay forma de saber si se trata de mujeres reales, y en caso de ser así, como fueron realmente -la famosa Helena de Troya, o Clitemnestra, o incluso las aguerridas amazonas, serían ejemplo de ello-, como también, algunas supuestas filósofas o mujeres especialmente sabias, no dejan de ser personajes de obras filosóficas, donde no son más que figuras, excusas -como también, normalmente, sus compañeros masculinos- para que cada filósofo, político o sabio explique sus ideas e intente hacernos pensar.
¿Entonces, tras todas ellas, qué es lo que nos queda? Hablo sólo de mujeres griegas, dejando aparte las romanas, y también las de culturas orientales, celtas, etc., así como China, la India, Japón... La verdad es que poco. Por un lado, las hetairas, las famosas cortesanas, sabias, deseadas, admiradas, y sobretodo, con una independencia personal que muy pocas otras mujeres de su época pudieron disfrutar. Incluidas reinas o nobles. Por otro, un número muy pequeño de poetas o filósofas, o mujeres consideradas como tales. Tal vez, hemos transformado en mujeres de carne y hueso algunas que en realidad son fantasía de algún cronista, pero también, con toda seguridad, ha sucedido lo contrario: que literatas y pensadoras reales hayan sido olvidadas, y sus nombres enterrados por el olvido. Un entierro en que los hombres contemporáneos suyos, pero sobretodo los que vivieron cuando ellas ya habían desaparecido, no fueron en absoluto ni ajenos, ni inocentes.
Ya sé que esta aes una introducción muy larga, pero no es sólo Safo quien me interesa, sino también sus contemporáneos, y el lugar -o lugares- donde vivió y compuso sus versos. Así que empiezo a escribir aquí, sin saber si, finalmente, necesitaré una segunda entrada para contar todo lo que me viene a la mente.

¿Es este busto un retrato fiable de Safo? Es imposible saberlo. Muy probablemente, se trata de un bronce de tiempos romanos, copiado -por griegos de la época, seguramente- de un original de un artista griego de época clásica.

Esta sí que es una copia de tiempos romanos, tallada en mármol, de un original griego del siglo V a.C. Los romanos, ya desde tiempos de la república -sobretodo, desde que las legiones sometieron Macedonia  y las polis helenas- demostraron gran atracción y admiración por todo lo griego, así que en cuestiones artísticas, no sólo los imitaron -o directamente, los copiaron-, sino que muchos de esos trabajos fueron realizados también por griegos, o al menos, por artistas, libres o esclavos, de cultura helena y origen oriental.


El dónde y el cuándo. Quién y qué era Safo.

Safo de Lesbos, o de Mitilene, es conocida así -como lo fue en vida- porque los griegos, al contrario que los romanos, no tenían el equivalente a apellidos modernos, así que, para diferenciarse de individuos con el mismo nombre, añadían a este su lugar de nacimiento, fuera ciudad, aldea o isla. Lesbos fue la isla donde nació, muy cerca de la costa occidental de la actual Turquía, llamada también Asia Menor, frente a las colonias griegas de esa zona, conocidas como Jonia. Respecto a ser también conocida como Safo de Mitilene, es porque fue en esa ciudad, la capital y población principal de Lesbos, donde vivió gran parte de su vida, aunque, respecto a su lugar de nacimiento, los hay que afirman que nació en esa ciudad, y otros, en un pueblo cercano, Eresos. Aquello no resulta tan extraño: Safo era de origen noble, y es posible que naciera en una finca o propiedad rural de su familia, en esa aldea, y más adelante, se trasladara a vivir -tal vez, al poco de nacer- a la capital de la isla.
Respecto a cuando nació, al igual que la fecha de su fallecimiento, aquí las dudas se vuelvan mayores, y dependiendo del año, podríamos decir que Safo falleció siendo anciana -al menos, para la época, donde no eran muchas las mujeres que pasaban de los cuarenta años-, o todavía relativamente joven. Las fechas de su venida al mundo van desde el 650 a.C. -uso el "antes de Cristo", aunque yo no sea religioso, aunque a partir de ahora, dejaré de ponerlo, para que resulte más fácil la lectura; bueno, y la escritura también- al 610 a.C. ¡Cuarenta años de diferencia! Eso, en aquella época, serían dos generaciones completas, aunque hay cálculos más exactos: entre el 630 y el 612. Que no dejan de ser dieciocho años, que no es poco. 
Formaba parte de una familia noble, o aristocrática -de "bien nacidos", como se les llamaba en Atenas, y probablemente en otras partes de la Hélade-, aunque eso no significa que tuviera un nivel de vida casi principesco. Más bien, se podría decir que nunca conocieron ni la pobreza, ni los problemas económicos -a no ser que sufrieran el exilio o la persecución política-. En realidad, su nacimiento en una pequeña aldea, y el pasar gran parte de su vida en la capital tendría esta explicación: tenían tierras en zona rural, pero residían en la ciudad, donde se hacían negocios, y se concentraba el poder político. Pero tras su nacimiento, su vida se vuelve algo vaporoso, oscuro, pero también misterioso, fascinante. Hasta que no llega a la edad adulta -y por no saber cuando nació, tampoco podemos decir, aunque sí suponer, a qué parte de esa vida adulta-, no sabemos nada de ella. No existen, o más bien no ha llegado hasta nosotros, ningún texto o referencia hacia ella más o menos contemporáneo suyo, y poco hay, escrito por griegos anteriores al dominio romano, y no siempre junto o halagador. O simplemente, neutral, objetivo. Los atenienses, cerca de un siglo después de su fallecimiento, más o menos en el 580-570, en tiempos de Pericles y posteriores, la ningunearon, o criticaron sin razones de peso, pero se sabe que, antes de ello, fue respetada, conocida en toda Grecia, e incluida en la lista de los "nueve poetas líricos", que ya era mucho decir. En realidad, su apodo de "la décima musa", junto a las nueve criaturas fantásticas que parecían ser guardianas y promovedoras de todas las artes, nos da una idea de hasta donde llegó su fama y reconocimiento. Mucho después, fue "redescubierta" por el poeta romano Ovidio, cuya visión y retrato fue adoptado por escritores, artistas y políticos posteriores casi sin pensar qué parte podía ser real, y cual imaginación del escritor, pero esto ya sería una historia que se comentará más adelante.

Safo en tres dimensiones. De James Pradier (1852), ejemplo de la recuperación del mundo antiguo greco-latino por los europeos, y sobretodo los británicos, del siglo XIX.

Respecto a lo que fue su vida familiar, su forma de ganarse la vida -junto a su familia-, y su participación, aunque fuera indirecta o casual, en la política, lo que se sabe es, más lo menos, lo que ahora viene:
Sobre su familia, parece que su padre, Escamandrónimo, más que noble por origen, lo era por cuestiones económicas e influencia social. El patriarca de la familia se dedicaba a la venta de vinos de calidad -y tal vez, también a su producción, en sus propiedades rurales, donde debió nacer no sólo su hija, sino también sus hijos varones. Pero, por lo que se cuenta, Escamandrónimo murió en una guerra por la posesión de una pequeña colonia cercana, Sigui, cerca del estrecho de los Dardanelos, y la poeta, quedó huérfana siendo niña, o al menos, adolescente. Se cuenta que, a los once años, fue separada de su familia -¿también de su padre? Entonces, estaba aún vivo, y ella lo perdió cuando ya era, para la época, casi adulta- para servir como sacerdotisa de la diosa Artemisa, aunque más tarde, dejó aquella ocupación para siempre, tal vez porque ocupó en la familia el puesto de su padre, muerto en combate -¿significaba eso que su madre también había fallecido? No se sabe-. Safo tenía tres hermanos, todos menores de ella -de ahí que, imagino que, al quedar huérfana de padre, Safo no podía ser tan niña, porque tras ella había otros tres hijos aún menores que ella-, y algo sabemos de, al menos, dos de ellos, pues en unos versos descubiertos hace bien poco, es la misma poeta quien nos comenta, por un lado, el miedo que tiene por uno que estaba de vuelta de un viaje en barco -probablemente, por razones comerciales, en relación con el negocio familiar-, mientras que el otro parece que por fin ha decidido sentar la cabeza. O al menos, es lo que Safo espera.
¿Vivió siempre en Lesbos? Básicamente, sí, excepto un corto exilio en la ciudad de Siracusa, la mayor y más influyente de las ciudades griegas -y no griegas- de Sicilia, donde residió un máximo de seis años, desde el 593 a.C, cuando comenzó el exilio. La razón por la que ella, y con toda seguridad su familia -sus hermanos y ella misma,; no se sabe si su madre vivía todavía- fue porque en Lesbos hubo una lucha política entre las que podrían considerarse las familias de la aristocracia -o más bien, de la oligarquía económica local, que tampoco es que fuera extremadamente rica, sino más bien influyente- con los favorables a la tiranía, representada por Pítaco, y que en aquella época no era el equivalente a lo que hoy en día se entiende por esa palabra. Un tirano, más que lo que ahora llamaríamos un dictador, era un individuo que conseguía un gran poder político no por ser heredero de un trono, ni por ser elegido legalmente, ni por el pueblo -en aquellos tiempos, la democracia en Atenas y otros lugares apenas se estaba desarrollando- ni por los oligarcas. Por tanto, lo lógico era que el tirano consiguiera el poder, bien por un golpe de estado -normalmente, con apoyo de mercenarios, de ahí la necesidad de dinero contante y sonante, o su equivalente en oro o plata en bruto-, o por medio de una revolución social, que no tenía por qué tener, realmente, un apoyo de gran parte de la población, sino de una minoría que actuara con rapidez y obedeciendo al tirano en cuestión. Es de suponer que, faltando el padre, y siendo ella la cabeza de familia -algo que, en ese momento y lugar, no parece que fuera tan extraño- participó activamente en esas luchas políticas, que pasaron del ágora a las calles, y probablemente, los rebeldes, con o sin ella, hasta intentaran matar al tirano -el tiranicidio, entre los griegos, era considerado no sólo un derecho, sino casi una obligación política y moral de los buenos ciudadanos-. Sin embargo, Pítaco no demostró ser tan terrible como se pensaba, porque permitió a muchos exiliados, incluyendo Safo y su gente, volver a la isla y recuperar, al menos, parte de sus bienes. Safo volvió al negocio familiar de vinos, que hizo prosperar -era, pues, no sólo artista, isno mujer de negocios- y fue introduciendo en él a sus hermanos menores. Con ella también volvió uno de sus mejores amigos, el también poeta Alteo, que igualmente participaba en política lo mismo que se transformó, como ella, en un orgullo de la cultura griega de la época, y más allá.

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Un retrato del XIX, con Safo rodeada de sus admiradoras y alumnas.

El exilio en Siracusa, ya en aquella época una ciudad enorme, casi de frontera, enfrentada a los Cartagineses, y con deseo de extender su influencia por gran parte de la isla, no sólo le significó tranquilidad, pues allá, a ella y su familia, y otros exiliados, nadie les persiguió, sino también conocer a poetas, filósofos y dramaturgos, que el dinero siciliano atraía por docenas. Eso significó su desarrollo intelectual y artístico, y formarse como literata, además de como ciudadana activa y persona. Allá, además, se casó con el mercader Kerkilos, con quien tuvo una hija, Kleis -no tuvo más hijos, que se sepa; como tampoco se sabe si ella llegó a tenerlos-. Con toda probabilidad, se trataba de un matrimonio de conveniencia, en que un mercader con mucho dinero, pero sin origen aristocrático, se casaba con una mujer más joven, y perteneciente a una familia de rancio abolengo, cultura, renombre en su isla de origen, y que muy probablemente, podría, antes o después, volver a su Lesbos, donde ya era famosa. Pero Kerkilos murió pronto -debía ser muy viejo, o estar muy enfermo, así que para Safo, tampoco debió costarle demasiado aceptar el matrimonio, que en aquellos tiempos, entre gente rica, raramente era por amor-, así que, tras enviudar, heredó de él -al menos, parte de su riqueza, pues tal vez había hijos de otro matrimonio anterior, al menos-, y en cuanto pudo, volvió a Lesbos no sólo con más cultura y experiencia vital, sino también con dinero para invertir en su negocio familiar.

La "Safo" del francés Charles Mengin (1877), pintor académico que no consiguió, ni en su momento ni con posteridad, demasiada fama, excepto por esta Safo vestida de negro y con los pechos a la vista, que más bien aparenta ser una hechicera que una poeta.

Parece que perteneció a una sociedad para mujeres llamada thiasos, donde se preparaba a las jóvenes para el matrimonio, pero es de imaginar que el exilio debió impedir su matrimonio en la isla -eso, y que tal vez no tenía, todavía, un prometido en serio-, y cuando volvió con él, con seis años más y una hija, ya no parece que volviera a casarse, ni a tener demasiado interés en ello. Todo eso hace pensar, al menos a mí, que dicha organización no fue una de la que formara parte antes de marchar a Sicilia, sino que creó ella misma tras volver de allá, y donde no era Safo, quién tenía pensado -al menos, en principio- el casarse, sino que preparaba a otras jóvenes para ello. Si en un futuro, o en otras regiones de Grecia, era la edad, la belleza, el comportamiento considerado decente, y sobretodo, la dote, lo que resultaba importante para que una mujer pudiera casarse, en Lesbos también contaban otras cosas. Y Safo se encargó de destacarlo, pues creó el equivalente a una Academia -como Platón en Atenas- o Liceo -como Aristóteles, tras él, en la misma ciudad, y haciéndole la competencia-, donde enseñaría a las jóvenes que confiaban en recibir de ella una esmerada educación consistente en canto y danza, literatura -imagino que no sólo a conocer poesía o teatro y filosofía, sino también a recitar o declamar- y arte -arquitectura, y sobretodo escultura y pintura, aunque no haya llegado a nuestros tiempos ningún ejemplo de pintura griega de la época; otra cosa es la Creta minoica, pero es que aquello era, ya en aquellos tiempos, otro mundo, y otra cultura-. Todo aquello debía facilitarles encontrar buen marido, pero también, evidentemente, significaba formarse como personas, descubrir que el arte y la literatura no sólo eran cosa de hombres, y si alguna de ellas demostraba tener aptitudes, al menos para la literatura, Safo les ayudaba en lo posible para que consiguieran sacar lo mejor de sí mismas.
Había que entender qué significaba para aquellas jóvenes, recién salidas de la infancia, tener como maestra y compañera a una mujer aún joven, de belleza tranquila y fascinante, culta, comprensiva, dispuesta a enseñarles y a sacar de ellas sentimientos e ideales que debían imaginar masculinos, o inexistentes en ellas, y que lo mismo componía con y para ellas nuevos versos, sino que también los recitaba y cantaba. Pues hay que tener en cuenta que en la Grecia antigua, la poesía no sólo se leía para uno mismo, o para otros que escuchaban -el recitar poesía era considerado un arte en sí mismo, como el declamar un discurso, o ser capaz de interpretar, aún de forma improvisada, el papel de un personaje de una tragedia o comedia-. También se cantaba, así que, un poeta, también era un compositor musical, y en no pocas ocasiones, también un músico. Y parece que Safo sabía tocar la lira, y tal vez algún otro instrumento, para así acompañar el recitado, o más bien el cantar, de sus versos, o de otros poetas por ella admirados y conocidos, como su compatriota Alceo.

         Lesbos    
La isla de Lesbos, vista desde el espacio, y el monte Olimpo -no confundir con el de la Grecia continental, mucho más alto, pues el lésbico sólo se acerca a los mil metros de altura-, la cima más alta de la isla.

Y sobre su obra, su relación con Alceo y las jóvenes que la consideraron -y con razón- como maestra, amiga y ejemplo, y su influencia en artistas e ideólogos de todo tipo de tiempos posteriores, en la segunda entrada dedicada a ella.




martes, 14 de julio de 2015

Paradoxografia, o cuando los griegos antiguos escribían sobre países lejanos que sólo conocían de oídas.

O dicho de otro modo: un estilo literario no tan noble y elevado como la tragedia o la poesía, pero que también tenía su público.


Hacía ya un tiempo que no escribía nada, pero la falta de eso mismo, de tiempo, y también un poco de ganas, hizo que tuviera el blog un tanto abandonado.
Pero dejando aparte este pequeño comentario, sin ningún interés por sí mismo, preferiría escribir de un vocablo, y de lo que él significa, que viene a cuento por un artículo que leí en un periódico -no recuerdo cual, la verdad-, que creo que hablaba de política y de políticos -imagino que españoles, o quizá de griegos, o europeos en general, no recuerdo bien; claramente, no estuve muy atento a lo que el artículo de marras decía-, y allá usaba la palabra "paradoxografos", creo que era, así que, milagrosamente, recordando tan curiosa palabra -y digo milagrosamente, porque mi memoria no es que sea gran cosa que digamos, y menos todavía para palabras que he escuchado por primera vez en mi vida- y me pasé un rato buscando por la red, a ver de qué se podía tratar.


Historias sobre países remotos, pueblos extraños, o fenómenos inexplicables o milagrosos, o simplemente todavía poco conocidos.

Como cualquier otra sociedad, los griegos antiguos, incluyendo como tales a los macedonios, y siguiendo con los romanos -que no dejaron de ser, en cierto modo, un pueblo helenizado en muchos sentidos-, existía lo que se llamaría una alta y baja culturas. O sea, una cultura de élites, y otra popular. Al menos, en teoría, pues muchas veces se entrecruzaban, y lo que a los que vivimos estos tiempos nos parece un teatro, una poesía, o una historiografía quizá difíciles de comprender, por una razón tan simple como que se trata de parte de una sociedad que existió al menos veinticinco siglos antes de nuestra época, y que consideramos una cultura elevada, profunda, pero también un tanto abstrusa, oscura, para sus contemporáneos, era algo de lo más común y habitual, eran las obras de teatro que iban a ver siempre que pudieran permitírselo, y la literatura que leía cualquiera que no fuera analfabeto y que tuviera un mínimo interés por las letras. En no pocas ocasiones, incluso, tanto la poesía como la prosa se leía en público, se recitaba, así que hasta los que no tenían la suerte de haber aprendido a leer podían disfrutar de ellas. Pero dejando aparte el detalle de que, muy probablemente, el nivel cultural de una parte importante de la población libre de Atenas, o de otras ciudades griegas, o de Roma o Persia, era mucho mayor de lo que podríamos pensar, es cierto que también existía otro tipo de literatura, más ligera, no especialmente realista, pero tampoco estrictamente fantástica, porque trataba, simplemente, de "lo otro". De países apenas conocidos, de pueblos que podrían ser considerados salvajes no sólo -o no siempre- por su nivel cultural, sino por lo extraño de sus costumbres, o, simplemente, por hechos del pasado -lejano o presente- que no parecían tener explicación, como tampoco parecían tenerla fenómenos naturales o de otro tipo.
A todo eso, que era un totum revolutum, que dijeron sus primos romanos, donde se entremezclaba un poco de todo -desde literatura más que apreciable, a deseos de dar explicaciones más o menos plausibles a fenómenos extraños, pasando por la superchería y el puro cuento- se le dio por llamar paradoxografía. género, o sub-género, que hoy en día podría calificarse de "literatura pulp", o simplemente "de género", pues formaba uno en sí mismo. Se decía que gustaban de leerla, casi de devorarla, tanto los niños y jóvenes, como las chicas que parecían tener, curiosamente, tanto o más interés por las gentes de la legendaria India, o la lejana Iberia, que por relatos de amor y cortejo, así como gentes, en teoría, de poca cultura, así como los llamados "nuevos ricos" -bueno, la expresión no es que se haya dejado de utilizar, precisamente-, que querían demostrar que ellos también eran asiduos lectores. Eso sí, de lo que a ellos les daba la gana. En resumidas cuentas, aunque no pocos supuestos "intelectuales" negaban que leyeran aquella supuesta basura, la paradoxografía tuvo siempre un público lo suficientemente amplio, en Grecia, el mundo helénico y más allá, como para existir durante siglos. Y si, pasado el tiempo, se dejó de usar dicha palabra, más allá, quizá, del Imperio Bizantino -al fin y al cabo, un estado griego, por mucho que sus habitantes siempre le llamaran Imperio Romano-, fue porque adoptó otros nombres y formas. Al fin y al cabo, y salvando mucho las distancias, tanto los libros de caballerías, como los de viajes -escritos, en no pocas ocasiones, por autores que no habían salido de su país, y casi ni de su ciudad-, no dejan de ser deudores y sucesores suyos.
Sobre quienes eran los que escribían todo aquello, no es que hayan quedado ni muchos nombres de autores, ni de obras ni, lamentablemente, partes íntegras -o casi- de ellas. A veces eran auténticos mercenarios literarios, o más bien escritores que sobrevivían como podían, ofreciendo sus obras a editores -porque también los había, en la Antigüedad- que tenían una buena cantidad de copistas, normalmente -aunque no siempre- esclavos, que hacían copias de los textos más populares durante todo el día. Era el problema de una época en que no existía la imprenta, pues, aunque las obras literarias acostumbraban a ser cortas -no eran libros de cientos de páginas, sino, en la práctica, grandes royos de papel que se extendían y enrollaban para ir leyendo su contenido-, no se podían copiar lo que se dice en un momento. Estos textos, por lo demás, parece que eran poco extensos, o más bien debían escribirse, copiarse y "publicarse" -o sea, salir al mercado- por capítulos o partes. Según el éxito, o lo que el autor lograra reunir, averiguar o inventar, así serían de largos, si alguien se molestaba en completar la serie entera. Y parece que sí los hubo, pues en escritos posteriores, se hace referencia a la obra completa de autores más antiguos que el que la comenta, y no siempre, por lo visto, eran simple perorata. Había escritores de calidad, y algunos de ellos debieron ser viajeros o, si no filósofos o sabios, sí gente instruida y curiosa.


Unos cuantos, de estos casi desconocidos, misteriosos, personajes.

La verdad es que pocos nombres han llegado hasta nuestros días. Y en algunos casos, son sólo eso: nombres, pues apenas tenemos más que la lista de sus obras, o poco más. He aquí unos pocos, con la inestimable ayuda de la wikipedia, porque, al menos en español, es difícil encontrar algo más sobre ellos:

Paléfato, sería uno de los más antiguos, pues vivió en el siglo IV a.C, y sería, posiblemente, contemporáneo de Alejandro, o de sus inmediatos sucesores. Escribió "Sobre fenómenos increibles", aunque está tan poco claro la identidad de este autor,que no se sabe bien si se trataba de un solo individuo, de más de uno con el mismo nombre, o que al Paléfato original se le reconocen obras que, muy probablemente, él no escribió. En realidad, su obra es más bien una reconstrucción, pues es posible que lo que se conserva de él sean restos de varias consecutivas y de temática parecida. Se le conoce por una obra, la "Suda", que es una especie de enciclopedia bizantina, donde se puede ver una enorme lista de autores y obras, tanto de autores griegos, helénicos o romanos, paganos o romanos. Algunos de ellos -y de las obras- se conocen solamente gracias a dicha obra, que además está incompleta, así que, a la hora de reconstruir esta parte de la literatura greco-romana -y más aún, la más antigua-, toda investigación es una serie inacabable de puzzles a completar, y donde siempre faltan piezas.

Arato, escribió "Fenómenos" (240 a.C.; debe ser casi la única obra de la que se sabe con casi total exactitud cuando fue escrita). Se trata de un poema -algo raro, en este género- donde intenta explicar fenómenos atmosféricos inusuales, que él considera señales de los dioses. En cierto modo, era algo bastante habitual de la época, ver señales divinas en fenómenos atmosféricos o naturales extraños, sin explicación lógica, o que parecían fuera de lugar o de tiempo -en el momento del año en que transcurrían-. Y además, el acudir a los dioses para explicar lo desconocido, era una fórmula tan vieja como atractiva, a la par que socorrida. Vivía -y se ganaba la vida- en la corte del rey macedonio Antígono II, uno de los sucesores de Alejandro -aunque no por sangre, sino porque su padre se quedó con el pequeño reino helénico a la muerte del conquistador del mundo-, y es considerado el mejor de los autores de paradoxografía. En realidad, siendo poeta, bueno no sólo en la rima, sino en saber usar un lenguaje claramente arcaizande -deseaba imitar a Homero, y a poetas todos anteriores a su época- y en hacer que una poesía en teoría didáctica también pudiera ser épica, le ganó el respeto de los griegos alejandrinos -Alejandría era, en aquella época de reinos helénicos, la mayor ciudad de cultura griega del mundo, como de los romanos, tan admiradores de todo lo griego, que quizá olvidaron un tanto el desarrollar una cultura propia que tuviera más espíritu plenamente romano. También escribió otras obras, entre ellas algunas de contenido médico -no era tan raro, que un poeta con interés por la astronomía, pues de eso trataba en cierto modo "Fenómenos" también se acercara al mundo de la medicina o la anatomía humana-, pero se han perdido, como gran parte de lo que se escribió a lo largo de la Antigüedad.

Antígono de Caristo. Vivió y escribió a lo largo del siglo III a. C. Como la mayoría de los paradoxógrafos, fue hijo de la llamada época helenística, posterior a la división del enorme imperio de Alejandro, que había extendido la lengua y cultura griega -y a los griegos, como pueblo- por gran parte del mundo conocido, y parte también del hasta hacía poco, desconocido. Antígono vivió un tiempo en Atenas -que ya no era lo que fue en tiempos de Pericles, ciertamente, pero aún era un centro de cultura de primer orden, o casi-, para marchar más adelante a la ciudad de Pérgamo, en Asia Menor -la parte más occidental de la Turquía asiática-, capital del reino helenístico del mismo nombre, para ser un protegido del rey Átalo I. Escribió "Vidas de los filósofos", conservándose una parte de esa obra -aunque parece que se basó mucho, tal vez demasiado, en obras de reconocidos autores anteriores, como Diógenes Laercio-, pero sobretodo, destacó por su "Colección de historias maravillosas", que se conservan completas. Aquí parece que, aún siendo hombre culto y viajado, también se basó, principalmente, de obras anteriores, en este caso, nada menos que de Aristóteles, el maestro del mismo Alejandro Magno. Sobre si el Antígono escritor y amigo del rey Atalo I, y el escultor del mismo nombre -parece que aficionado a la escritura; para ser más exacto, a escribir sobre su propia obra escultórica- eran la misma persona, es más que probable que no fuera así, sino que se tratara de personas distintas, pues en aquella época, los griegos no tenían apellidos familiares, y en no pocas ocasiones, resulta fácil encontrar a varios individuos de la misma época que se llamaban igual. Aunque tampoco resulta imposible lo contrario. Tal vez algún descubrimiento próximo de la respuesta a estas dudas.

Flegón de Trales, liberto del emperador Adriano, y que con toda seguridad debió acompañarlo en, al menos, algunos de sus muchos viajes por todo el imperio -aparte de ser perfectamente bilingüe, en griego y en latín-, escribió, en el siglo II de nuestra era -por tanto, ya en época imperial romana- "Libro de las maravillas", donde, él sí, se deja de geografía, zoología o meteorología con algún viso de verosimilitud científica, para entrar directamente a relatar historias de fantasmas -lemures, los llamaban los romanos; en realidad los animales de Madagascar con el mismo nombre lo llevan debido a que, a los primeros europeos que los vieron, les parecieron fantasmas, y optaron por un nombre latino antiguo, que quedaba más realista y culto-, seres como los centauros -que aún en aquellos tiempos, pasada ya la época dorada de la antigua Grecia, eran considerados seres totalmente reales por no poca gente-, hermafroditas -otro ser que llamaba la atención de los antiguos, hombre y mujer, macho y hembra al tiempo-, esqueletos gigantes -que quizá podrían haber sido de dinosaurios u hombres prehistóricos de gran altura; en realidad, durante la Edad Media, y más allá, se siguió considerando huesos de humanos de enorme tamaño los que, en realidad, correspondían a animales, normalmente extinguidos en época inmemorial-, y demás personajes y hechos ya no insólitos, sino que, hoy en día, todavía se incluirían en lo que, de forma genérica, se llamaría "el misterio". Con toda seguridad, Flegón, en nuestro tiempos, se habría ganado bien la vida, hablando de todos estos seres misteriosos, o miembros de la llamada criptozoología -animales que supuestamente existen, pero que nadie puede dar pruebas reales de ello-, y habría escrito más de un libro, si no de éxito, si lo suficientemente bien vendido como para no tener que dedicarse a otros temas. Y ya no digamos, lo que podría dar de sí en televisión o en la red de redes. Flegón era de origen griego -o helénico, que no era exactamente lo mismo-, pero ya formaba parte del nuevo mundo, el de la Roma imperial, cuyo dominio abarcaba no sólo la totalidad de las riberas norte y sur del Mediterráneo, sino mucho más allá. Aparte de su "Libro de las maravillas", que debió poder realizar gracias a lo mucho que debió escuchar y aprender tanto en Roma como en provincias, se le debe una segunda obra -al menos, conocida-: "De los casos de longevidad", donde habla sobre las personas centenarias que él había conocido, si no en persona -al menos, sí a muchos-, de oídas, y donde también se incluyen algunos extractos de oráculos sibilinos. Estos oráculos, en teoría,deberían formar parte del libro de la Sibila de Cumas, la más famosa y legendaria de las adivinas de la Antigüedad, aunque quizá también podrían ser oráculos posteriores, tal vez escritos por judíos helenizados o primeros cristianos, que usaron el personaje de la Sibila para profetizar el nacimiento de Cristo, entre otras cosas -algo no tan difícil, pues al fin y al cabo, profetizaban cosas que ya habían ocurrido-.


El centauro fue un ser mitológico -no exactamente un animal, por tratarse de un "ser pensante", en parte humano- que en su tiempo fue considerado totalmente real, más que Pegaso o el Minotauro, que muchos griegos -y más todavía, los romanos- consideraban personajes de mitos, más que seres que, con toda seguridad, existieron tal como dichas historias los describían.

El hipogrifo -mezcla de caballo y águila-, fue otro animal fantástico, que hasta bien entrada la Edad Media, fue considerado real.

Hubo otros, sin duda. Griegos o semi-griegos, y también romanos, si bien estos últimos, en no pocas ocasiones, eran también griegos, pero o con ciudadanía romana, o, los más antiguos, habitantes de las provincias, y parte de la población de la República y el Imperio Romanos. Por tanto, debían ser bilingües, o fueron publicados por romanos -de nacimiento o adopción- que sí lo fueron. No ha podido llegar hasta la actualidad gran cosa, pues eran obras que, si bien en su momento pudieron ser populares, más adelante, se fueron olvidando -algo parecido a los best-sellers actuales-. Respecto a si el tipo de literatura en cuestión, se fue perdiendo, de eso nada. Se escribieron y publicaron obras parecidas, tanto en el Imperio Bizantino, como el el mundo árabe-musulmán, como en la Europa Medieval. Y en no pocas ocasiones, para dar verosimilitud a los escritos -en ocasiones, reflexiones o estudios de tierras lejanas, o pueblos y animales casi desconocidos; en otras ocasiones, pura fantasía, o auténticas majaderías-, no se dudaba en indicar que estaban basados en tratados y trabajos anteriores, de autores clásicos, y uno de ellos, Aristóteles, era el más reivindicado. En realidad, es dudoso pensar que el sabio griego llegara a escribir no sólo todo lo que realmente se le atribuye, sino lo que se supone que escribió. Los apócrifos considerados "escritos de un pseudo-Aristóteles"- que han ido apareciendo a lo largo de los siglos son ingentes.


Los estados helenísticos, nacidos tras el hundimiento del Imperio Alejandrino. Incluye el estado griego de Bactriana, cuya escisión más sud-oriental daría paso al llamado Imperio Greco-indio -su nombre real, no se conoce; se trata de uno puesto por historiadores posteriores-.

También hubo autores plenamente romanos, que escribieron sobre temas maravillosos o inexplicables, pero total o casi totalmente, se han perdido. Se sabe que Cicerón se interesó  sobre el tema, pero es que Cicerón escribió sobre muchas cosas -aunque, lamentablemente, se ha perdido casi todo-. También Marco Terencio Varrón, amigo de Pompeyo Magno, perdonado por César, que entendió la inteligencia y sabiduría de aquel hombre, que lo nombró director de las primeras bibliotecas públicas de Roma. El más importante de todos, sin embargo, fue posterior a ellos:

Claudio Eliano (siglos II-III), que vivió y escribió en tiempos de Septimio Severo y Heliogábalo, en tiempos ya del Bajo Imperio. Son celebres dos obras suyas: una sería "Sobre la naturaleza de los animales", donde, basándose en conocimientos propios y ajenos -Aristóteles, por ejemplo, que estudió e investigó sobre todo lo imaginable, y cuyo nombre sería usado durante siglos para defender todo tipo de teorías científicas, algunas aberrantes o completamente superadas-, habla largo y tendido sobre costumbres y curiosidades del mundo animal. Aunque pudiera incluir algunos animales mitológicos, en general, sería más bien una obra sobre ciencias naturales, o zoológica. La otra, "Varia historia", o "Historias variadas o diversas" -por traducirlo de alguna forma- es un auténtico cajón de sastre, una miscelánea de todo tipo de temas que dejó perplejo a los historiadores, donde se pueden encontrar anécdotas o resúmenes de la vida de filósofos, poetas, dramaturgos o historiadores griegos -él era romano de nacimiento, origen y cultura, pero prefería todo lo griego, y en griego más o menos arcaico, o arcaizante, escribía; quizá, la Roma de su época no le atraía demasiado-, pero también sobre cualquier otro tema que él consideraba interesante: mapas y planos; ejemplos de buenos y malos gobernantes o héroes; diversidad de costumbres en cuestión de matrimonios, entierros y amoríos y sexo; y hasta consejos de cómo ser un buen pescador de caña -ya se sabía que los romanos sabían usar cañas para pescar, pero no se tenían datos tan exactos de cómo lo hacían-. "Sobre la providencia", y "Manifestaciones divinas" son obras conservadas sólo en parte, gracias a la "Suda", la ya nombrada enciclopedia bizantina, donde se nombran trabajos, pero también se pueden leer extractos bastante amplios de algunas de ellas. En realidad, no se tienen más ejemplos o restos de una y otra, si no fuera por este curioso y amplísimo -e incompleto, lamentablemente- texto bizantino, nada sabríamos de ellas. Respecto a "Cartas de un granjero", se supone que es una forma de hablar sobre las costumbres y la forma de vida del campo, aunque él, parece ser, era hombre de ciudad. En ocasiones decía haber conocido tal o cual región del Imperio, pero en otras ocasiones -ya se dijo más arriba- presumía de no haber salido nunca de Italia. Así que es difícil tener una idea exacta de su biografía. Tal vez viajara, pero poco, y el resto lo dejara a sus conocimientos, conocidos, textos leídos, o simple imaginación. En alguna ocasión, parece haber estado realmente en Grecia, pero cuando se es gobernado por individuos como Septimio Severo, Caracalla, Macrino o Heliogábalo, es lógico que se sueñe con vivir en otro lugar, y también en otros tiempos.


Al contrario que los griegos -que se sepa-, los romanos sí que creían en espíritus de los muertos que deambulaban por viviendas, ruinas u otros edificios, o en bosques o zonas rurales. Los llamaron lemures, y ese nombre acabó bautizando, mucho después, a los proto-simios que habitan la isla de Madagascar, que, de noche, sólo se sabe de ellos por inquietantes ruidos y brillantes ojos.

No habría sido raro que otros autores, como Pitágoras o Arquímedes, pudieran haber escrito algo sobre el tema, pero por el momento, no ha aparecido nada. Y es difícil que aparezcan obras desconocidas de autores de la Antigüedad, pero no hace poco -hace ya tiempo hice una entrada sobre ello- se descubrieron unos versos de la legendaria Safo de Lesbos, la mejor poeta de la Grecia antigua.
Así que nunca se sabe.


viernes, 7 de marzo de 2014

La epopeya de Gilgamesh.

El primer relato de ficción escrito de la historia.


Hacía tiempo que no escribía algo que tuviera, aparte de una base literaria, también histórica, así que me he decidido a comentar un libro, o más bien una historia, y el análisis de ésta, que hace bien poco que he podido leer: "La epopeya de Gilgamesh", que, como indica el subtítulo, es el primer relato de ficción que nos ha llegado de forma escrita, porque, es evidente, debieron existir, a lo largo y ancho del mundo, muchos otros inventados por seres humanos de otras culturas, además de la sumeria, de la que dicha historia proviene, pero, o no nos ha llegado, o lo ha hecho, pero después de tantas transformaciones, versiones, y cambios después de pasar de boca en boca, que nos resultarían totalmente irreconocibles si llegáramos a compararlos con lo que actualmente podríamos leer. De tal forma, relatos que forman parte de la Biblia, o de leyendas y obras chinas o indias, aunque puedan tener raíces antiguas en extremo -incluso, prehistóricas, neolíticas-, serían más modernas que el Gilgamesh, debido a que han ido mutando, hasta transformarse en otra cosa, o en parte de obras posteriores. 
Pero es mejor no extenderse en el preámbulo, y explicar, tanto la historia en sí misma -no creo que se pueda hablar, aquí, de spoiler, o como se quiera llamar el destripar el final de relatos, películas, o lo que se tercie, tratándose esto, más que un comentario literario, de uno histórico y, casi, de arqueología literaria-, como la época -o épocas, debido a sus diversas versiones, aunque conservando siempre la base y los personajes-, como el estilo.


Un héroe, en absoluto perfecto e ideal, cuya voz llega desde lo más profundo de la historia humana.

Sumer, o Sumeria, fue, muy posiblemente, la primera civilización auténticamente histórica de todas las que ha dado la especie humana. Y es tanta su antigüedad, que ni tan siquiera es posible, realmente, saber cuando deberíamos empezar a datarla. Y, aunque no quiera hacer de esta entrada un repaso de toda su existencia, no puedo dejar de hablar de ella, aunque sea muy por encima, pues, desde la infancia, en que empecé a leer, y a aprender por mi cuenta, historia de las distintas civilizaciones, Mesopotamia me llamó la atención, e intenté saber hasta donde llegaban las raíces culturales de los famosos babilonios y asirios, y, finalmente, encontré que todo empezó en el sur y el centro del actual Irak, hace más de cincuenta siglos -tal vez, unos 5.400 años, aunque nada es seguro-. Allá aparecieron las primeras ciudades -ciudades-estado, que raramente fueron capaces de crear una estructura de estado mayor, aunque en los últimos tiempos, como un canto de cisne, y por influencia de los semitas que formaron el Imperio de Akkad, el primero de Mesopotamia, hubo urbes, como Ur, que sí lograron la unificación casi plena de Sumeria-, con ellas, la estructura estatal, con sus funcionarios, hombres de armas, contabilidad -y con ella, la escritura, que durante mucho, no dejó de ser para ellos un invento secundario-, una religión estructurada y con enorme poder -se cree que estas ciudades, durante siglos, al menos algunas de ellas, fueron auténticas teocracias, donde el soberano era más un gran sacerdote que un auténtico monarca, o enki-, y, finalmente, auténticos reyes, o lugal que dirigieron el crecimiento de dichas urbes, levantaron murallas, palacios, e imaginaron -y llegaron a cabo- lo que ahora llamaríamos planificación urbana, amén del comercio interior y exterior, la manufactura, la navegación...

Restos de la ciudad de Uruk, la primera ciudad sumeria en lograr un gran poder militar y político.

Reconstrucción del palacio real y del centro de Uruk, en tiempos de Gilgamesh o no mucho tiempo después, cuando era la ciudad más grande del mundo.

Es evidente que una civilización como esta, que desarrolló las matemáticas, la astronomía -y la astrología, que en aquella época venían a ser lo mismo-, y que inventó la rueda -menos antigua de lo que podría pensarse-, a la larga, debía producir mentes lo suficientemente avanzadas y fértiles -y con el suficiente tiempo libre- como para, además de salmos y cánticos religiosos, o canciones y refranes, fuera capaz de imaginar algo más, desde un punto de vista literario. Y más, cuando tenían a mano una escritura, un alfabeto, aunque fuera tan complicado como el cueniforme -llamado así, por estar formado por pequeñas cuñas que se unían formando multitud de letras, que llevaron de cabeza a generaciones de arqueólogos y lingüistas-; ya que habían conseguido lo más complicado, la escritura en sí misma -en principio, básicamente números, pues su mayor servicio y uso consistía en dar a conocer, y dejar constancia, de las entradas y salidas de productos por compras, donaciones, impuestos...-, era lógico que, antes o después, ésta fuera utilizada para poner por escrito lo que las más fértiles de sus mentes eran capaces no sólo de recordar, sino también de reinventar y, finalmente, de imaginar de principio a fin. Gilgamesh, por lo demás, no es un personaje ficticio. Al menos, no del todo. Él fue uno de esos reyes legendarios, casi mitológicos, que separaron el poder político -el que ejercieron como monarcas- del religioso. En resumidas cuentas, que inventaron lo que ahora se llamaría "estado laico". Y debió ser hombre extraordinario, para bien o para mal, que en aquella época venía a importar poco -los sumerios, como otros pueblos de la época, pensaban que un monarca, antes que nada, debía ser poderoso y temible; si además era dadiboso con sus súbditos,  mejor, pero, si era un tirano, aunque no se le agradecía, evidentemente, hasta cierto punto se comprendía y aceptaba; lo del tiranicidio, invento griego, todavía tenía que hacerse esperar-, y, al pasar las generaciones, sus hazañas crecieron tanto como fuerte era su recuerdo, llegando a ser considerado por más de lo que realmente fue. Esto hizo que, cuando la escritura pasó a ser herramienta literaria, el antiguo rey de carne y hueso ya era parte de la complicada y poco conocida mitología sumeria, y más adelante, semítica -akkadia, babilónica, mari, asiria...- resultando difícil discernir y separar realidad, ficción, exageración y mitificación pura.
Bien, se podría decir, que la historia de tan curioso, enérgico, y un tanto brutal personaje, ha llegado a la actualidad por medio de tres versiones sucesivas, que, además, corresponderían a tres civilizaciones que se irían turnando en la dominación política, y el influencia cultural, en la tierra de los dos ríos: la primera, se supone que la original, sería la sumeria, en forma de -al menos, porque podría haber más, todavía por descubrir- cinco largos poemas autoconclusivos, pero que, claramente, forman parte de una obra mayor; la segunda, que algunos historiadores llaman "paleo-babilónica"; o akkadia -lo de "akkadia", es por estar escrita en un dialecto de dicha lengua, que fue la usada durante el primer imperio semita, Akkad, y que, en el 1700 a.c., que es cuando más o menos se escribió, se usaba, en su forma de dialecto meridional, en la antigua Babilonia, tal vez gobernada por aquella época por Hammurabi; personaje real, como Sargón, el creador del poderío akkadio, y casi tan mítico como él-, correspondería, ahora sí, a una versión que forma un único relato, mucho más largo, y sin problemas de contradicciones o visiones distintas de los protagonistas; la tercera, más literaria, correspondería a un autor que sí conocemos por su nombre,  Sin-lequi-unninni, un sacerdote, y, por lo visto, escritor -no en el sentido profesional, pues no existían como tales, sino artístico, casi sagrado- de la época en que Babilonia y Asiria eran dos potencias medianas, que intentaban someterse y combatirse. Fueron los asirios de la época imperial, los que consideraron su versión como definitiva, y fue también, en un palacio asirio, el de Asurbanipal, uno de los últimos grandes monarcas de este pueblo, que gobernó durante el siglo VII a.c., donde a mediados del siglo XIX, arqueólogos británicos descubrieron las tablillas que contenían la historia, y que tuvo que esperar veinte años (1872) hasta poder ser traducidos.
Sin-lequi-unninni parece que, como mínimo, aparte de modernizar un tanto el estilo, darle un aire más épico y poético, cuenta con dos aportaciones inéditas: el prólogo, donde habla de la grandeza de Uruk, y la historia del Gran Diluvio, o como se le llama en la Biblia, el Diluvio Universal, que está claro que fue adoptado por los antepasados de los judíos -el clan familiar de Moisés, que daría paso a la tribu, y después pueblo de los antiguos hebreos-, que después de vagar por las arenas del norte de Arabia o de lo que ahora es el oeste de Irak, decidieron vivir temporalmente a las puertas de la sumeria -o tal vez, ya akkadia- Ur, una de las ciudades más antiguas de la zona, y del mundo.

Una estatua moderna de Gilgamesh.


Y una ilustración basada en una antigua.

La historia de Gilgamesh. Un casi olvidado personaje histórico transformado en héroe cultural y mitológico.

El Gilgamesh histórico fue un monarca-sacerdote -un enti, todavía no un lugal, o monarca únicamente político y militar- de la ciudad de Uruk, hará casi 5.000 años, y fue el quinto rey de la considerada primera dinastía. Uruk era la mayor y más poblada de las ciudades sumerias, y ya era urbe importante -dentro de lo que cabe- antes todavía de la llegada de los sumerios al sur de Mesopotamia, pues éstos no eran un pueblo autóctono, y se instalaron cuando el neolítico ya estaba muy avanzado en la zona, y algunas aldeas se habían transformado ya en pequeñas ciudades. Poco o nada se sabe todavía de su origen, ni como llegaron allá, fuera en barco por el Golfo Pérsico, atravesando la meseta iraní, o de cualquier otra forma. Pero dejando aparte este misterio, pues mejor sería extenderse en ello en otro momento, decir que Gilgamesh, que dejó un hijo en el trono -al contrario de lo que podría pensarse tras leer su historia ficticia-, debió ser un monarca que dejó impronta, pues levantó -o reconstruyó- las murallas de la ciudad, y ejerció también de sacerdote y jurista.
En la leyenda, parece que Gilgamesh -Bilgamesh, en sus  primeras versiones,  en los poemas independientes sumerios- era un tirano que oprimía al pueblo, que se creía con derecho de poseer a todas las mujeres de la ciudad -incluyendo  a las novias recién casadas- y que, según se  cuenta "agotaba a los jóvenes", no se sabe bien si en guerras,  en combates o juegos -donde demostraba siempre su superioridad física- o con trabajos físicos. La cuestión es que su tiranía, en un ser con medio origen divino - su madre era la diosa Ninsun, de la que poco  se  sabe,  excepto  su  condición  de sabia- acabó  con  la paciencia de los dioses, que  como los griegos, parecían vivir en una especie de inalcanzable Olimpo, pero que vigilaban a los humanos, y decidían, en ocasiones tras agrias disputas, qué hacer -o no hacer- para  ayudarlos o castigarlos, según les apeteciera. Entre estas deidades,  no existían lo  que serían un padre y  una madre  de todos ellos, aunque sí había jerarquías - una especie  de "señores" divinos-: Anu, el dios  del cielo, que parecía una especie de dios principal, y Aruru, la gran diosa madre,  que son los que deciden tomar  cartas en el asunto. El primero le  pide a la segunda que, igual que en otra época creó la humanidad a partir del barro, o de la arcilla, vuelva a crear con ese material a un hombre en particular, fuera de lo común, de enorme fuerza y poder, para que  obligue a  Gilgamesh a respetar a su pueblo y gobernar con prudencia, y, de paso, para que se transforme en su amigo y compañero. La diosa creará, entonces, una especie de doble del rey, pero que, al  criarse entre  animales,  en el  monte, no  conoce  ni  la civilización ni  el habla, y  prefiere vivir entre animales, alimentándose, incluso, de hierba y frutas,  para no matar a ninguno de ellos. Este "hombre-bestia" nacido de la tierra será Enkidu.
Gilgamesh sabe por un trampero de la aparición repentina de aquel gigante desnudo y sin habla, y piensa que podría, llegado el caso, arrebatarle el poder -no es que se hubiera ganado el cariño de su gente, precisamente; además, el Gilgamesh histórico debió reinar en una época todavía primitiva, en que el poder se ganaba y perdía de forma parecida en su ciudad o en una tribu bárbara: por medio de la fuerza bruta en un combate singular-. Pero como, más que combatirlo, lo que desea es conocerlo y amansarlo, para transformarlo no en un enemigo, sino en un compañero -como había soñado en varias ocasiones, dando a entender dichos sueños que la relación entre ambos era de algo más que amistad; en realidad, en alguno de los poemas más antiguos, es incluso sexual-, mandará al trampero con una aliada muy especial: Shamhat, una harimtu, una sacerdotisa-prostituta de la diosa Ishtar -Inanna, para los sumerios-. Pronto se sabrá la razón por la que el monarca envía a esta mujer para encontrarse con aquel primitivo y terrible personaje: Shamhat tendrá la obligación de "civilizar" a Enkidu, mostrándose desnuda ante él, manteniendo relaciones puramente sexuales -y lo de "puramente" tiene sentido: es mediante el sexo, que el hombre primitivo se civiliza, cambia su mente y su visión del mundo, y los animales, al darse cuenta de ello, dejan de verlo como uno más, y huyen de su presencia-, hasta que el buen hombre tiene la necesidad -y el deseo- de acompañar a la sacerdotisa a la ciudad, donde Shamhat desea llevarlo para que su rey lo conozca y juzgue qué hacer con él. En el viaje hacia la gran urbe, la mayor de su época en el mundo, Shamhat le enseñará poco a poco a hablar -es un buen alumno, porque necesitará sólo unos días para expresarse correctamente-, y ya en la ciudad, le explica la diferencia entre civilización -con sus grandes edificios, su música, sus fiestas, sus sacerdotisas dispuestas a "acoger" a todo hombre que así lo desee  -a cambio de un donativo que varía según sus posesiones e ingresos-, sus comidas y sus ropas caras- y la barbarie -vivir con y como los animales, desnudo y sin capacidad de expresarse-. Siendo invitados en casa de unos pastores, hasta le enseñará cómo son los alimentos humanos, y cómo comportarse en la mesa. Porque Shamhat la harimtu, de entre todos los personajes de la historia, es uno de los más comprensivos y de mente más abierta y generosa. Los personajes femeninos, en general, no salen mal parados. Más bien al contrario. La única mujer retratada de forma despreciable, por cierto, no será una mujer mortal, o una diosa menor y muy humana, como la madre de Gilgamesh, sino la misma Ishtar, la princesa de los dioses, y señora del amor y, al tiempo, de la guerra.

Una visión de Enkidu con Shamhat, de Fernando Baldó.

Ya tenemos a un Enkidu civilizado, vestido y con el pelo y la barba cuidados. Ha oído hablar de Gilgamesh, y, por lo visto, su único deseo, más que conocerlo, es el de vencerlo. Pero no para erigirse rey sino, más bien, para demostrar que él es el más fuerte. Tiene suerte a la hora de hallarlo: se cruza en la calle con un joven que va a una boda, y que le explica que, una vez acabe la ceremonia, la novia esperará en su casa al rey, para yacer con él antes que con su flamante esposo. Como ya no tiene a la sacerdotisa a su lado para aconsejarlo -desaparece de la historia, pues ya ha cumplido su misión,  y vuelve al templo de Ishtar, donde está su principal razón de vida-, decide ir a buscarlo, y no tarda en encontrarlo, dirigiéndose a la casa de la novia -el joven le explicó donde estaba-. El encuentro de aquellos dos gigantes de mente un tanto simple acaba en una pelea de colosos, que hace temblar los cimientos de las casas de toda la calle, y finaliza con una difícil victoria de Gilgamesh. Es en ese momento, donde desaparece cualquier tipo de enfrentamiento entre los dos hombres, transformándose en dos grandes e inseparables amigos.
Al poco, Gilgamesh dice que el dios Shamash -dios del cielo, y por lo visto, de la sabiduría, o la inteligencia- le ha dicho que vaya a los grandes bosques de cedros del oeste -o sea, de lo que ahora son el Líbano y la Siria occidental, que para los sumerios eran regiones lejanas aunque no desconocidas, y los imperios semitas posteriores intentaron, y a veces consiguieron, dominar-, para acabar con el monstruo Humbaba -o Huwawa, en sumerio-, para, así, librar del mal -o del mal que él podría realizar- al mundo. Realmente, en ningún sitio se demuestra que Humbaba sea realmente malvado. Sólo es terrible, mortal para los que intenten entrar en los bosques de cedros, donde ejerce de guardián por orden de Enlil, el dios de la tierra y los bosques. Como se ve, los dioses de aquella temprana época también tenían sus rencillas, y utilizaban a sus criaturas -humanas, animales o monstruosas- para combatir en su nombre en el planeta Tierra.
Enkidu, como los ancianos del pueblo, le aconseja que no vaya, hasta que Gilgamesh lo convence no sólo para que le deje marchar, sino también para que le acompañe. Después de recorrer una enorme distancia en pocos días -son mortales, pero no hombres normales; son "superhombres", una especia de antiguos superhéroes étnicos-, cargados de armas, se encuentran a las puertas del gran bosque, tan esplendido y extraño para dos individuos de una tierra, Mesopotamia, donde los árboles son escasos, y la madera un producto precioso. El monstruo los amenaza,  los aterroriza -no se acaba de saber qué aspecto tiene, excepto que es horrible, o que inspira terror, y que tiene grandes colmillos; tal vez tenga un aspecto humanoide, menos animal de lo que se pensó en un principio-, pero los héroes -o más bien, los invasores- no hacen caso, y tanto o más pro gloria personal y deseo de pasar a la historia, que por librar al mundo del monstruo, lo atacan, hasta que, con ayuda de los vientos -Shamash, como dios del cielo, los controla, aunque en ocasiones, se considera a Enlil señor de éstos- consiguen atrapar entre sus manos a Humbaba. Éste les pide que le dejen vivir, y que se lleven la madera que quieran, y que entiendan que sólo hacía su trabajo, y obedecía a Enlil. Pero Enkidu, al ver a su amigo flaquear, lo mata, haciendo no sólo que Enlil enfurezca, sino también, curiosamente, Shamash. Por lo visto, éste quería que vencieran al monstruo -y así, tal vez, avergonzar a su rival divino- pero no que lo mataran. Pero los compañeros no parecen preocuparse por ello, y retornan orgullosos a Uruk, después de talar numerosos árboles, sin más razón que el demostrar que han vencido al que los guardaba.

Un bajorrelieve mesopotámico de Ishtar, diosa de armas tomar, pues lo era, al tiempo, del amor y de la guerra.

Ishtar por Nuggettygoodness
La diosa Ishtar -la Inanna sumeria; la Astarté cananea-fenicia-cartaginesa-, con quién Gilgamesh y Enkidu tuvieron sus más y sus menos.

La muerte de Enkidu, y la búsqueda de la inmortalidad.

Después de semejante demostración de fuerza bruta, era normal que hasta una diosa quisiera tener algo más que una simple amistad con Gilgamesh, que tenía -al fin y al cabo- media sangre divina -en las tablillas encontradas se habla de 2/3, aunque no está demasiado claro como puede ser esto posible, pero tampoco vamos a pedir a los más antiguos sumerios que se aclaren en cuestiones de herencia genética-, y que, supuestamente, había vencido por sí solo al monstruo Humbaba. El hecho de que Enkidu, que en principio no deseaba participar en aquella aventura, finalmente no sólo lo animase a seguir, sino que acabara matándolo con su propia mano no parecía tener la mayor importancia, como tampoco la ayuda de Shamash, señor del sol, y también de los vientos. Así, Ishtar -Unanna, en lengua sumeria- se le aparece, y se le ofrece no como un ser divino, sino como una mujer mortal normal y corriente. No es que quiera realizar con él ningún tipo de viaje astral, o hazaña de raíz sobrenatural, ni historias así: simplemente, lo quiere como amante, disfrutar y hacer disfrutar mediante el sexo. Al fin y al cabo, esto es lógico, pues Ishtar es, al tiempo, diosa del amor sexual, pero al tiempo, también de la guerra. Lo de serlo también de la paz o el matrimonio, parece que todavía no había llegado, y más bien correspondería a otras divinidades. O a ninguna, si se analiza con detenimiento lo que cada una de ellas representaba.

El dios Shamash (sentado, a la derecha), señor del cielo y el sol, al lado de Hammurabi de Babilonia.

Aspecto que pudo tener Ur, cercana a Uruk, otra gran potencia sumeria.

Pero Gilgamesh no parecía tener ningún interés en caer en las garras de la "señora sangrienta", como a veces se le representaba después de la batalla. Le recuerda como acabaron varios de sus amantes, humanos o animales -lo cual resulta cuanto menos curioso; creo yo, desviándome un poco de la opinión de los expertos, que cuando se habla del amor de Ishtar por un caballo o un pájaro, más que atracción sexual, sería el capricho por un animal que tendría una niña o joven malcriada, que una vez que se ha cansado de la pobre bestia, o la abandona, o, teniendo el poder que tiene, lo mata o tortura-. Como Ishtar es tan orgullosa como correspondería a una diosa tan poderosa como bella, le pide prestado a su padre Anu el llamado Toro Divino -prestado, como cuando hoy en día la hija o hijo le pide el coche a sus padres; está claro que, por muy dioses que fueran, no dejaban también de ser una familia, y ya se sabe la debilidad de los padres por sus hijas-, que era, como Humbaba, una creación menor semi-divina, un ser quizá inmortal, de enorme fuerza, pero inteligencia limitada, y siempre obediente a los dioses verdaderos. Este toro llega a la tierra, y por donde anda, hay terremotos y desgracias. Se le enfrentan los soldados de Uruk, la ciudad de Gilgamesh, pero son exterminados -unos trescientos, que en aquella época era una barbaridad-, hasta que se topa con el rey y su amigo, que, como si fuera un juego sangriento, profano y sagrado al tiempo -¿los misteriosos juegos de tauromaquia de la isla de Creta, muy posterior en el tiempo, tendrán algo en común con este combate del hombre contra la bestia cornuda?-, lo matan en breve y dura lucha. Y como si esto fuera poco, Gilgamesh arranca una pata de la bestia, y la lanza al templo de la diosa en la ciudad. Curioso aquel, que Ishtar tuviera un templo con sus sacerdotisas, reverenciado y visitado por todos, pero el rey, que antes habría acudido allá a rezar o pensar, le lanzara una pata de toro como si se la tirase a ella misma.
Claro está, aunque la diosa poca o nula razón tuviera para desear el castigo de Gilgamesh y Enkidu, forzó a su padre a hacerlo recordándole que habían matado a su querido toro -callando, claro, que lo había mandado a la tierra porque su niña se lo había pedido-, así que Anu, y tal vez otros dioses, deciden que, después de días de sufrimiento, muera Enkidu. En lugar de matar al rey, acaban con su mejor amigo, consejero y compañero, y tal vez también, lo más parecido a un amante. Gilgamesh enloquece de dolor, espera días pensando -pobre iluso- que como pago a su sufrimiento, su amigo resucitaría, pero en lugar de eso, verá un gusano saliendo por su nariz: no sólo está muerto para siempre, sino que acabará también reducido, a la larga, a podredumbre, a "volver a la arcilla".
Decide, pues, pensar que, si la muerte es tan terrible, debería saciar su dolor, al menos en parte, buscando en alguna parte la inmortalidad, y recuerda la leyenda del primer rey de Uruk, antepasado suyo, Utnapishtim, el antecesor sumerio de Noé, que sobrevivió al gran diluvio junto a su familia, amigos y servidores -más gente, desde luego, que en el diluvio bíblico, y que aquí no parece haber sido mundial, sino más bien regional, aunque terriblemente destructivo-.  
Caminará durante días, a una velocidad superior a cualquier humano, y apenas sin descanso. Llegará a un túnel guardado por un hombre y una mujer escorpiones -una especie de monstruos antropomorfos- que, al oír su historia -la pérdida del amigo, su dolor, la búsqueda de la inmortalidad y de su antepasado- parecen más comprensivos de lo que podría pensar -sobretodo la mujer; los personajes femeninos, menos Ishtar, son más positivos que los masculinos-, pasa por el túnel lo suficientemente rápido para que la luz que a determinada hora lo atraviesa no lo ciegue y mate, y llega, en lo que podría considerarse casi el confín de la civilización, el fin del mundo, una posada -que ya es imaginar- atendida por una mujer -tal vez una diosa menor, o una mujer semi-divina, no se conoce bien su naturaleza-, Shiduri, que le cierra la puerta al verlo tan agotado y, a la vez, tan enfurecido y nervioso. Gilgamesh se presenta, le pregunta por Utnapishtim, y la posadera -la considerada diosa de la cerveza, lo que demuestra la importancia que esta bebida tendría en ya en aquellos tiempos-, le da, básicamente, unos buenos consejos, y le indica que, para llegar al rey inmortal, debería pasar por un lago de aguas mortales con solo tocarlas, pero que, con la ayuda del barquero de los dioses, Urshanabi, y sus ayudantes, los hombres de piedra -o las piedras en forma de hombre, no se sabe bien-. Pero como Gilgamesh es un bruto, destruye a estas "piedras vivas", y el barquero, sorprendido por semejante demostración gratuita de fuerza, le dice que, si quiere que le pase, tendrá que usar gran número de pértigas -largas cañas- como remos, para llegar a donde aguarda el rey.

Diluvio
El arca de Utnapishtim, antecesor mitológico de Noé, que parecía más una caja de madera que un barco.

Pero Utnapishtim no está por la labor de aguantar a semejante pelmazo, y después de hacer mala cara por destruir a los hombres de piedra, y de molestarle con su dolor, le hace saber que la muerte llega a todos, y que no fastidie más. Pero antes, le cuenta la historia del diluvio - el Atrahasis, donde se cuenta la misma historia con más detalle, y que no deja en mu buen lugar a los dioses, a los que se les retrata no sólo con defectos muy humanos, sino también, en cierto modo, dependientes de ellos y de sus dádivas-, de cómo fue elegido por el dios Ea, el sabio, para que salvara una pequeña parte de la humanidad, y parejas de todos los animales, y que antes construyera un gran arca -en forma de cubo, no de barco con quilla, por lo que cuenta-, porque el resto de dioses parecen estar hartos, no se sabe bien si de la maldad humana, o de su enorme número y el ruido que los humanos organizan. Por haber salvado al género humano y a los animales, se le otorgará a él, y también a su mujer, la inmortalidad. Pero después de siglos de vida, más que otra cosa, el no morir resulta tan pesado como aburrido. Y no da ganas de nuevas experiencias; por ejemplo, aguantar visitantes no esperados.
Gilgamesh vuelve triste a su casa, porque los consejos de Shiduri y Utnapishtim -disfrutar de la vida, esperar en paz la muerte- no le convencen. Pero la mujer del rey, también inmortal, y cuyo nombre no se conoce, le habla de una planta, un alga que crece en la profundidad de un lago, que da, si no la inmortalidad, sí el rejuvenecimiento. Gilgamesh piensa en conseguirla -cosa que, con esfuerzo, pues casi se ahoga, consigue-, y probarla en su ciudad con un anciano -si muere, ya era muy viejo; si rejuvenece, la guardará para usarla cuando él también lo sea, y podrá usar otras hojas de la planta de forma indefinida-, pero cuando sale del agua, una serpiente la huele y se la lleva, la devora, y rejuvenece, sin dejar nada al obstinado monarca.
Gilgamesh podría desear morir, desesperarse, maldecir, pero parece haber aprendido una lección. Vuelve a su ciudad cambiado, con deseos de gobernar como un rey humano, justo y honrado. Al final del poema, pues toda la historia es un gran poema de multitud de versos, se vuelve a hablar de Uruk, volvemos a leer su descripción, pero ahora es Gilgamesh el que nos habla, a través de los milenios, las generaciones, después de que en Mesopotamia y el mundo hayan aparecido y desaparecido multitud de culturas y estados, y nos indica que Uruk es, para él, la mejor ciudad del mundo, que no hay nada mejor que recorrerla una y mil veces. Y, con sus palabras, después de milenios, sigue viva para seres humanos que, para los contemporáneos del Gilgamesh histórico, habrían resultado poco menos que personajes de lo que llamamos ciencia-ficción.

Hay posibilidad de leer la historia, nunca completa -no ha llegado hasta la actualidad de ninguna forma o copia-, en libros o webs, pero quizá la más interesante sea la de Stephen Mitchell, que se basa en la última y más literaria, la de Sin-lequi-unninni, pero ayudándose de la paleo-babilónica -la que posiblemente existió en tiempos de Hammurabi- y de los poemas netamente sumerios, y rellenando huecos con palabras o frases que pensó convenientes, imitando lo mejor posible el estilo de la época.

Ejemplo de escritura cueniforme. En este caso, de Babilonia -akkadio meridional, o tal vez una forma posterior, más "nacional".

El personaje de Gilgamesh, el protagonista del primer relato de ficción -poético, aunque en ocasiones traducido en forma de prosa, por resultar más sencillo y agradable de leer- plasmado de forma escrita por los seres humanos, no deja de ser algo parecido a un ser tan primigenio, tan aparecido de la nada, en los inicios de la historia humana, como su amigo Enkidu. Por decirlo de alguna forma, sería el más antiguo de los antepasados de todas las historias que, durante milenios y en todo el mundo, se contarían de forma escrita por miles y miles de hombres y mujeres. Y hasta ahora. No será, desde luego, la mejor historia imaginable, pero sí la primera de la que tenemos constancia. Y eso la hace tan especial y fascinante, y por eso, tal vez también, dio tanta energía y deseo a sus primeros descubridores, en el siglo XIX, de seguir buscando fragmentos hasta completarlo casi totalmente.