Mostrando entradas con la etiqueta Roma antigua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roma antigua. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de agosto de 2016

Una frase escrita hace veinticinco siglos...

... que me ha hecho pensar un poco -¿hace falta dar más explicación para reproducirla?-.


Mirando por facebook, que lo utilizo más para recibir o leer información de todo tipo que para comunicarme con la gente -para eso, tengo otros medios o canales, o como quiera llamarse-, encontré en una página dedicada a la cultura e historia de la antigua Roma, y de Bizancio, una frase que me llamó lo suficientemente la atención como para reproducirla aquí, tanto por su profundidad, como por su antigüedad, y es esta:

"La naturaleza de Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna" [Empédocles, filósofo griego del siglo V aC]

Empédocles fue un filósofo presocrático -si bien esta expresión es un tanto ambigua, pues algunos fueron contemporáneos de Sócrates-, que defendía la existencia en la naturaleza de lo que él llamaba "las cuatro raíces", que Aristóteles llamó más adelante "los cuatro elementos": tierra, agua, aire y fuego, y que también, de alguna forma, estaban presentes en la constitución del ser humano. La salud de un individuo, como de un animal o planta, dependía, entonces, del equilibrio de estos cuatro elementos primordiales -raíces, en su desarrollo teórico-.

Resultado de imagen de panteon roma

Resultado de imagen de panteon roma

Y nada mejor que acompañar el texto con un ejemplo arquitectónico extraordinario para la época, y para cualquier época, realmente: el Panteón de Roma, con su cúpula coronada por un enorme espacio redondo por donde entra suficiente luz natural como para que se haga innecesaria cualquier luz artificial.

Y la página de facebook es:  Roman and Byzantine History.

martes, 14 de julio de 2015

Paradoxografia, o cuando los griegos antiguos escribían sobre países lejanos que sólo conocían de oídas.

O dicho de otro modo: un estilo literario no tan noble y elevado como la tragedia o la poesía, pero que también tenía su público.


Hacía ya un tiempo que no escribía nada, pero la falta de eso mismo, de tiempo, y también un poco de ganas, hizo que tuviera el blog un tanto abandonado.
Pero dejando aparte este pequeño comentario, sin ningún interés por sí mismo, preferiría escribir de un vocablo, y de lo que él significa, que viene a cuento por un artículo que leí en un periódico -no recuerdo cual, la verdad-, que creo que hablaba de política y de políticos -imagino que españoles, o quizá de griegos, o europeos en general, no recuerdo bien; claramente, no estuve muy atento a lo que el artículo de marras decía-, y allá usaba la palabra "paradoxografos", creo que era, así que, milagrosamente, recordando tan curiosa palabra -y digo milagrosamente, porque mi memoria no es que sea gran cosa que digamos, y menos todavía para palabras que he escuchado por primera vez en mi vida- y me pasé un rato buscando por la red, a ver de qué se podía tratar.


Historias sobre países remotos, pueblos extraños, o fenómenos inexplicables o milagrosos, o simplemente todavía poco conocidos.

Como cualquier otra sociedad, los griegos antiguos, incluyendo como tales a los macedonios, y siguiendo con los romanos -que no dejaron de ser, en cierto modo, un pueblo helenizado en muchos sentidos-, existía lo que se llamaría una alta y baja culturas. O sea, una cultura de élites, y otra popular. Al menos, en teoría, pues muchas veces se entrecruzaban, y lo que a los que vivimos estos tiempos nos parece un teatro, una poesía, o una historiografía quizá difíciles de comprender, por una razón tan simple como que se trata de parte de una sociedad que existió al menos veinticinco siglos antes de nuestra época, y que consideramos una cultura elevada, profunda, pero también un tanto abstrusa, oscura, para sus contemporáneos, era algo de lo más común y habitual, eran las obras de teatro que iban a ver siempre que pudieran permitírselo, y la literatura que leía cualquiera que no fuera analfabeto y que tuviera un mínimo interés por las letras. En no pocas ocasiones, incluso, tanto la poesía como la prosa se leía en público, se recitaba, así que hasta los que no tenían la suerte de haber aprendido a leer podían disfrutar de ellas. Pero dejando aparte el detalle de que, muy probablemente, el nivel cultural de una parte importante de la población libre de Atenas, o de otras ciudades griegas, o de Roma o Persia, era mucho mayor de lo que podríamos pensar, es cierto que también existía otro tipo de literatura, más ligera, no especialmente realista, pero tampoco estrictamente fantástica, porque trataba, simplemente, de "lo otro". De países apenas conocidos, de pueblos que podrían ser considerados salvajes no sólo -o no siempre- por su nivel cultural, sino por lo extraño de sus costumbres, o, simplemente, por hechos del pasado -lejano o presente- que no parecían tener explicación, como tampoco parecían tenerla fenómenos naturales o de otro tipo.
A todo eso, que era un totum revolutum, que dijeron sus primos romanos, donde se entremezclaba un poco de todo -desde literatura más que apreciable, a deseos de dar explicaciones más o menos plausibles a fenómenos extraños, pasando por la superchería y el puro cuento- se le dio por llamar paradoxografía. género, o sub-género, que hoy en día podría calificarse de "literatura pulp", o simplemente "de género", pues formaba uno en sí mismo. Se decía que gustaban de leerla, casi de devorarla, tanto los niños y jóvenes, como las chicas que parecían tener, curiosamente, tanto o más interés por las gentes de la legendaria India, o la lejana Iberia, que por relatos de amor y cortejo, así como gentes, en teoría, de poca cultura, así como los llamados "nuevos ricos" -bueno, la expresión no es que se haya dejado de utilizar, precisamente-, que querían demostrar que ellos también eran asiduos lectores. Eso sí, de lo que a ellos les daba la gana. En resumidas cuentas, aunque no pocos supuestos "intelectuales" negaban que leyeran aquella supuesta basura, la paradoxografía tuvo siempre un público lo suficientemente amplio, en Grecia, el mundo helénico y más allá, como para existir durante siglos. Y si, pasado el tiempo, se dejó de usar dicha palabra, más allá, quizá, del Imperio Bizantino -al fin y al cabo, un estado griego, por mucho que sus habitantes siempre le llamaran Imperio Romano-, fue porque adoptó otros nombres y formas. Al fin y al cabo, y salvando mucho las distancias, tanto los libros de caballerías, como los de viajes -escritos, en no pocas ocasiones, por autores que no habían salido de su país, y casi ni de su ciudad-, no dejan de ser deudores y sucesores suyos.
Sobre quienes eran los que escribían todo aquello, no es que hayan quedado ni muchos nombres de autores, ni de obras ni, lamentablemente, partes íntegras -o casi- de ellas. A veces eran auténticos mercenarios literarios, o más bien escritores que sobrevivían como podían, ofreciendo sus obras a editores -porque también los había, en la Antigüedad- que tenían una buena cantidad de copistas, normalmente -aunque no siempre- esclavos, que hacían copias de los textos más populares durante todo el día. Era el problema de una época en que no existía la imprenta, pues, aunque las obras literarias acostumbraban a ser cortas -no eran libros de cientos de páginas, sino, en la práctica, grandes royos de papel que se extendían y enrollaban para ir leyendo su contenido-, no se podían copiar lo que se dice en un momento. Estos textos, por lo demás, parece que eran poco extensos, o más bien debían escribirse, copiarse y "publicarse" -o sea, salir al mercado- por capítulos o partes. Según el éxito, o lo que el autor lograra reunir, averiguar o inventar, así serían de largos, si alguien se molestaba en completar la serie entera. Y parece que sí los hubo, pues en escritos posteriores, se hace referencia a la obra completa de autores más antiguos que el que la comenta, y no siempre, por lo visto, eran simple perorata. Había escritores de calidad, y algunos de ellos debieron ser viajeros o, si no filósofos o sabios, sí gente instruida y curiosa.


Unos cuantos, de estos casi desconocidos, misteriosos, personajes.

La verdad es que pocos nombres han llegado hasta nuestros días. Y en algunos casos, son sólo eso: nombres, pues apenas tenemos más que la lista de sus obras, o poco más. He aquí unos pocos, con la inestimable ayuda de la wikipedia, porque, al menos en español, es difícil encontrar algo más sobre ellos:

Paléfato, sería uno de los más antiguos, pues vivió en el siglo IV a.C, y sería, posiblemente, contemporáneo de Alejandro, o de sus inmediatos sucesores. Escribió "Sobre fenómenos increibles", aunque está tan poco claro la identidad de este autor,que no se sabe bien si se trataba de un solo individuo, de más de uno con el mismo nombre, o que al Paléfato original se le reconocen obras que, muy probablemente, él no escribió. En realidad, su obra es más bien una reconstrucción, pues es posible que lo que se conserva de él sean restos de varias consecutivas y de temática parecida. Se le conoce por una obra, la "Suda", que es una especie de enciclopedia bizantina, donde se puede ver una enorme lista de autores y obras, tanto de autores griegos, helénicos o romanos, paganos o romanos. Algunos de ellos -y de las obras- se conocen solamente gracias a dicha obra, que además está incompleta, así que, a la hora de reconstruir esta parte de la literatura greco-romana -y más aún, la más antigua-, toda investigación es una serie inacabable de puzzles a completar, y donde siempre faltan piezas.

Arato, escribió "Fenómenos" (240 a.C.; debe ser casi la única obra de la que se sabe con casi total exactitud cuando fue escrita). Se trata de un poema -algo raro, en este género- donde intenta explicar fenómenos atmosféricos inusuales, que él considera señales de los dioses. En cierto modo, era algo bastante habitual de la época, ver señales divinas en fenómenos atmosféricos o naturales extraños, sin explicación lógica, o que parecían fuera de lugar o de tiempo -en el momento del año en que transcurrían-. Y además, el acudir a los dioses para explicar lo desconocido, era una fórmula tan vieja como atractiva, a la par que socorrida. Vivía -y se ganaba la vida- en la corte del rey macedonio Antígono II, uno de los sucesores de Alejandro -aunque no por sangre, sino porque su padre se quedó con el pequeño reino helénico a la muerte del conquistador del mundo-, y es considerado el mejor de los autores de paradoxografía. En realidad, siendo poeta, bueno no sólo en la rima, sino en saber usar un lenguaje claramente arcaizande -deseaba imitar a Homero, y a poetas todos anteriores a su época- y en hacer que una poesía en teoría didáctica también pudiera ser épica, le ganó el respeto de los griegos alejandrinos -Alejandría era, en aquella época de reinos helénicos, la mayor ciudad de cultura griega del mundo, como de los romanos, tan admiradores de todo lo griego, que quizá olvidaron un tanto el desarrollar una cultura propia que tuviera más espíritu plenamente romano. También escribió otras obras, entre ellas algunas de contenido médico -no era tan raro, que un poeta con interés por la astronomía, pues de eso trataba en cierto modo "Fenómenos" también se acercara al mundo de la medicina o la anatomía humana-, pero se han perdido, como gran parte de lo que se escribió a lo largo de la Antigüedad.

Antígono de Caristo. Vivió y escribió a lo largo del siglo III a. C. Como la mayoría de los paradoxógrafos, fue hijo de la llamada época helenística, posterior a la división del enorme imperio de Alejandro, que había extendido la lengua y cultura griega -y a los griegos, como pueblo- por gran parte del mundo conocido, y parte también del hasta hacía poco, desconocido. Antígono vivió un tiempo en Atenas -que ya no era lo que fue en tiempos de Pericles, ciertamente, pero aún era un centro de cultura de primer orden, o casi-, para marchar más adelante a la ciudad de Pérgamo, en Asia Menor -la parte más occidental de la Turquía asiática-, capital del reino helenístico del mismo nombre, para ser un protegido del rey Átalo I. Escribió "Vidas de los filósofos", conservándose una parte de esa obra -aunque parece que se basó mucho, tal vez demasiado, en obras de reconocidos autores anteriores, como Diógenes Laercio-, pero sobretodo, destacó por su "Colección de historias maravillosas", que se conservan completas. Aquí parece que, aún siendo hombre culto y viajado, también se basó, principalmente, de obras anteriores, en este caso, nada menos que de Aristóteles, el maestro del mismo Alejandro Magno. Sobre si el Antígono escritor y amigo del rey Atalo I, y el escultor del mismo nombre -parece que aficionado a la escritura; para ser más exacto, a escribir sobre su propia obra escultórica- eran la misma persona, es más que probable que no fuera así, sino que se tratara de personas distintas, pues en aquella época, los griegos no tenían apellidos familiares, y en no pocas ocasiones, resulta fácil encontrar a varios individuos de la misma época que se llamaban igual. Aunque tampoco resulta imposible lo contrario. Tal vez algún descubrimiento próximo de la respuesta a estas dudas.

Flegón de Trales, liberto del emperador Adriano, y que con toda seguridad debió acompañarlo en, al menos, algunos de sus muchos viajes por todo el imperio -aparte de ser perfectamente bilingüe, en griego y en latín-, escribió, en el siglo II de nuestra era -por tanto, ya en época imperial romana- "Libro de las maravillas", donde, él sí, se deja de geografía, zoología o meteorología con algún viso de verosimilitud científica, para entrar directamente a relatar historias de fantasmas -lemures, los llamaban los romanos; en realidad los animales de Madagascar con el mismo nombre lo llevan debido a que, a los primeros europeos que los vieron, les parecieron fantasmas, y optaron por un nombre latino antiguo, que quedaba más realista y culto-, seres como los centauros -que aún en aquellos tiempos, pasada ya la época dorada de la antigua Grecia, eran considerados seres totalmente reales por no poca gente-, hermafroditas -otro ser que llamaba la atención de los antiguos, hombre y mujer, macho y hembra al tiempo-, esqueletos gigantes -que quizá podrían haber sido de dinosaurios u hombres prehistóricos de gran altura; en realidad, durante la Edad Media, y más allá, se siguió considerando huesos de humanos de enorme tamaño los que, en realidad, correspondían a animales, normalmente extinguidos en época inmemorial-, y demás personajes y hechos ya no insólitos, sino que, hoy en día, todavía se incluirían en lo que, de forma genérica, se llamaría "el misterio". Con toda seguridad, Flegón, en nuestro tiempos, se habría ganado bien la vida, hablando de todos estos seres misteriosos, o miembros de la llamada criptozoología -animales que supuestamente existen, pero que nadie puede dar pruebas reales de ello-, y habría escrito más de un libro, si no de éxito, si lo suficientemente bien vendido como para no tener que dedicarse a otros temas. Y ya no digamos, lo que podría dar de sí en televisión o en la red de redes. Flegón era de origen griego -o helénico, que no era exactamente lo mismo-, pero ya formaba parte del nuevo mundo, el de la Roma imperial, cuyo dominio abarcaba no sólo la totalidad de las riberas norte y sur del Mediterráneo, sino mucho más allá. Aparte de su "Libro de las maravillas", que debió poder realizar gracias a lo mucho que debió escuchar y aprender tanto en Roma como en provincias, se le debe una segunda obra -al menos, conocida-: "De los casos de longevidad", donde habla sobre las personas centenarias que él había conocido, si no en persona -al menos, sí a muchos-, de oídas, y donde también se incluyen algunos extractos de oráculos sibilinos. Estos oráculos, en teoría,deberían formar parte del libro de la Sibila de Cumas, la más famosa y legendaria de las adivinas de la Antigüedad, aunque quizá también podrían ser oráculos posteriores, tal vez escritos por judíos helenizados o primeros cristianos, que usaron el personaje de la Sibila para profetizar el nacimiento de Cristo, entre otras cosas -algo no tan difícil, pues al fin y al cabo, profetizaban cosas que ya habían ocurrido-.


El centauro fue un ser mitológico -no exactamente un animal, por tratarse de un "ser pensante", en parte humano- que en su tiempo fue considerado totalmente real, más que Pegaso o el Minotauro, que muchos griegos -y más todavía, los romanos- consideraban personajes de mitos, más que seres que, con toda seguridad, existieron tal como dichas historias los describían.

El hipogrifo -mezcla de caballo y águila-, fue otro animal fantástico, que hasta bien entrada la Edad Media, fue considerado real.

Hubo otros, sin duda. Griegos o semi-griegos, y también romanos, si bien estos últimos, en no pocas ocasiones, eran también griegos, pero o con ciudadanía romana, o, los más antiguos, habitantes de las provincias, y parte de la población de la República y el Imperio Romanos. Por tanto, debían ser bilingües, o fueron publicados por romanos -de nacimiento o adopción- que sí lo fueron. No ha podido llegar hasta la actualidad gran cosa, pues eran obras que, si bien en su momento pudieron ser populares, más adelante, se fueron olvidando -algo parecido a los best-sellers actuales-. Respecto a si el tipo de literatura en cuestión, se fue perdiendo, de eso nada. Se escribieron y publicaron obras parecidas, tanto en el Imperio Bizantino, como el el mundo árabe-musulmán, como en la Europa Medieval. Y en no pocas ocasiones, para dar verosimilitud a los escritos -en ocasiones, reflexiones o estudios de tierras lejanas, o pueblos y animales casi desconocidos; en otras ocasiones, pura fantasía, o auténticas majaderías-, no se dudaba en indicar que estaban basados en tratados y trabajos anteriores, de autores clásicos, y uno de ellos, Aristóteles, era el más reivindicado. En realidad, es dudoso pensar que el sabio griego llegara a escribir no sólo todo lo que realmente se le atribuye, sino lo que se supone que escribió. Los apócrifos considerados "escritos de un pseudo-Aristóteles"- que han ido apareciendo a lo largo de los siglos son ingentes.


Los estados helenísticos, nacidos tras el hundimiento del Imperio Alejandrino. Incluye el estado griego de Bactriana, cuya escisión más sud-oriental daría paso al llamado Imperio Greco-indio -su nombre real, no se conoce; se trata de uno puesto por historiadores posteriores-.

También hubo autores plenamente romanos, que escribieron sobre temas maravillosos o inexplicables, pero total o casi totalmente, se han perdido. Se sabe que Cicerón se interesó  sobre el tema, pero es que Cicerón escribió sobre muchas cosas -aunque, lamentablemente, se ha perdido casi todo-. También Marco Terencio Varrón, amigo de Pompeyo Magno, perdonado por César, que entendió la inteligencia y sabiduría de aquel hombre, que lo nombró director de las primeras bibliotecas públicas de Roma. El más importante de todos, sin embargo, fue posterior a ellos:

Claudio Eliano (siglos II-III), que vivió y escribió en tiempos de Septimio Severo y Heliogábalo, en tiempos ya del Bajo Imperio. Son celebres dos obras suyas: una sería "Sobre la naturaleza de los animales", donde, basándose en conocimientos propios y ajenos -Aristóteles, por ejemplo, que estudió e investigó sobre todo lo imaginable, y cuyo nombre sería usado durante siglos para defender todo tipo de teorías científicas, algunas aberrantes o completamente superadas-, habla largo y tendido sobre costumbres y curiosidades del mundo animal. Aunque pudiera incluir algunos animales mitológicos, en general, sería más bien una obra sobre ciencias naturales, o zoológica. La otra, "Varia historia", o "Historias variadas o diversas" -por traducirlo de alguna forma- es un auténtico cajón de sastre, una miscelánea de todo tipo de temas que dejó perplejo a los historiadores, donde se pueden encontrar anécdotas o resúmenes de la vida de filósofos, poetas, dramaturgos o historiadores griegos -él era romano de nacimiento, origen y cultura, pero prefería todo lo griego, y en griego más o menos arcaico, o arcaizante, escribía; quizá, la Roma de su época no le atraía demasiado-, pero también sobre cualquier otro tema que él consideraba interesante: mapas y planos; ejemplos de buenos y malos gobernantes o héroes; diversidad de costumbres en cuestión de matrimonios, entierros y amoríos y sexo; y hasta consejos de cómo ser un buen pescador de caña -ya se sabía que los romanos sabían usar cañas para pescar, pero no se tenían datos tan exactos de cómo lo hacían-. "Sobre la providencia", y "Manifestaciones divinas" son obras conservadas sólo en parte, gracias a la "Suda", la ya nombrada enciclopedia bizantina, donde se nombran trabajos, pero también se pueden leer extractos bastante amplios de algunas de ellas. En realidad, no se tienen más ejemplos o restos de una y otra, si no fuera por este curioso y amplísimo -e incompleto, lamentablemente- texto bizantino, nada sabríamos de ellas. Respecto a "Cartas de un granjero", se supone que es una forma de hablar sobre las costumbres y la forma de vida del campo, aunque él, parece ser, era hombre de ciudad. En ocasiones decía haber conocido tal o cual región del Imperio, pero en otras ocasiones -ya se dijo más arriba- presumía de no haber salido nunca de Italia. Así que es difícil tener una idea exacta de su biografía. Tal vez viajara, pero poco, y el resto lo dejara a sus conocimientos, conocidos, textos leídos, o simple imaginación. En alguna ocasión, parece haber estado realmente en Grecia, pero cuando se es gobernado por individuos como Septimio Severo, Caracalla, Macrino o Heliogábalo, es lógico que se sueñe con vivir en otro lugar, y también en otros tiempos.


Al contrario que los griegos -que se sepa-, los romanos sí que creían en espíritus de los muertos que deambulaban por viviendas, ruinas u otros edificios, o en bosques o zonas rurales. Los llamaron lemures, y ese nombre acabó bautizando, mucho después, a los proto-simios que habitan la isla de Madagascar, que, de noche, sólo se sabe de ellos por inquietantes ruidos y brillantes ojos.

No habría sido raro que otros autores, como Pitágoras o Arquímedes, pudieran haber escrito algo sobre el tema, pero por el momento, no ha aparecido nada. Y es difícil que aparezcan obras desconocidas de autores de la Antigüedad, pero no hace poco -hace ya tiempo hice una entrada sobre ello- se descubrieron unos versos de la legendaria Safo de Lesbos, la mejor poeta de la Grecia antigua.
Así que nunca se sabe.


domingo, 31 de mayo de 2015

Thomas Cole, maestro pintor de paisajes.

Entre tanto prerrafaelita, un paisajista norteamericano de origen británico, que contó con alumnos y sucesores.


Cuando el paisaje es el protagonista principal.

Después de que los prerrafelitas hayan ocupado casi todo el espacio del blog que he ido dedicando estos últimos meses a la pintura, en este caso, decidí escribir una entrada breve a un autor de temática un tanto distinta, tanto por su estilo, como por su temática, su espacio geográfico, y la época en que vivió y ejerció de pintor.
Se trata de Thomas Cole (1801 en Bolton, Inglaterra; 1848, en Nueva York). Cole nació en Bolton, en el condado de Lancashire, Inglaterra, pero emigró en 1819, con dieciocho años -por tanto, muy joven, pero siendo ya adulto, y más todavía, teniendo en cuenta los parámetros sociales de la época- con su familia. En aquellos tiempos, los británicos emigraban todavía mucho a los jovenes Estados Unidos, pues la emigración masiva a Australia, Canadá o Nueva Zelanda estaba todavía por llegar. En principio, Cole fue xilógrafo -la xilografía es una técnica de impresión que se realiza con planchas de madera-, y en Norteamérica, continuó trabajando como grabador, por lo que su vena artística existío, como quién dice, desde casi su infancia.
En 1823 empezó a estudiar, después de ser aprendiz de un pintor ambulante, en la Academia de Bellas Artes de Pennsilvania -Filadelfia-, que era una de las más importantes del país, pues en aquella época, Filadelfia era, junto a Nueva York y Boston, una de las ciudades principales de Estados Unidos, y allá aprendió, pero sobretodo se habituó, pues acabó siendo su tema favorito y casi único en su carrera, a pintar paisajes.

"El retorno" (1837), donde el rey o noble vuelve de la guerra no en muy buenas condiciones, como se aprecia. Es uno de los pocos cuadros donde las figuras humanas, aunque pequeñas, tienen cierta importancia, sobretodo para entender el título de la obra.

"Hogar en el bosque", donde el paisaje americano, el de la nación casi recién nacida -hacía apenas unas pocas décadas de la independencia, aunque la colonización sobretodo en la Costa Este, databa del siglo XVII, y sobretodo, del XVIII-, parecía un nuevo, salvaje pero bello Edén, un nuevo mundo a explorar y colonizar.

Dos años después se trasladó junto a su familia a Nueva York, y desde esa época, empezó a visitar las montañas  Catskill, sobre el río Hudson. A partir de ahí, empezó a pintar cuadros basados en la biblia, pero también otras que, representando a las tierras americanas, hacía referencia a Estados Unidos como una nueva tierra prometida. Así consiguió una creciente fama por sus paisajes, donde raramente se podían encontrar figuras humanas, excepto como algo más que secundario, casi anecdótico. Fue el paisaje, a veces retratado de forma más o menos realista, en otras, con un estilo romántico, sin llegar a fantástico -lo que hacía que la gente imaginara aquellos prados, montes o bosques como algo aparentemente mágico, pero que muy bien podrían existir, aunque resultara difícil hallarlos, en el mundo real-, que no sólo le ayudaron a ganarse la vida, y a hacerse un nombre en el mundo artístico del estado y de todo el país, sino también, tiempo después, a rodearse de admiradores que, en algunos casos, acabaron siendo hasta cierto punto, alumnos -no es que les diera exactamente clase, pero lo consideraron un maestro, un ejemplo a imitar- y seguidores suyos. En resumidas cuentas, fue el primer gran paisajista norteamericano, y si bien comenzó siendo un artista de corte académico, más adelante fue derivando hacia lo alegórico. Al morir siendo todavía joven -apenas cuarenta y siete años-, no pudo saber nada de los prerrafelitas, de los que tanto se ha hablado aquí, que quisieron dar un salto y mantener una distancia con la pintura académica de la época, sobretodo la británica, pues la francesa, que empezó a brillar a partir de los tiempos de la Revolución y el Imperio Napoleónico, siempre fue más abierta a la hora de elegir temas, situaciones y personajes, y como representarlos.
Cole consiguió ser, probablemente, el primer gran pintor norteamericano -aunque lo fuera de adopción, pues era inglés de nacimiento-, y también el primero en crear escuela, aunque él no tuviera, en principio, idea de ello. Este grupo fue luego conocido como la escuela del río Hudson, pues éstos, en mayor o menor medida, acabaron instalándose -aunque fuera de forma provisional-, o visitando y pintando en la cercanía de dicho río. Edwin F. Church sería en su principal y mejor discípulo.
En 1829, ya famoso, se embarcó rumbo a Europa, en el primero de los dos viajes que realizó al Viejo Mundo, y donde visitó Gran Bretaña -quizá, más por razones emotivas y familiares que por otra cosa, Francia -en época de Cole, el país que dictaba a todo Occidente hacia dónde debía ir el arte en todas sus ramas- y, como no, a Italia. Desde finales del siglo XVIII, y sobretodo a partir de la segunda década del siglo XIX, hasta principios del XX, era normal que cualquier artista de cultura anglosajona o germánica visitara Italia para, allá, poder conocer de primera mano la herencia tanto de la antigua Roma, como la de los artistas medievales o renacentistas. Allá pudo contemplar, además, la obra de paisajistas europeos como John Constable, y Turner.  Tras tres años en Europa, volvió a Nueva York, realizando la serie "El curso del Imperio" (1836), su primer encargo importante, donde representaba el origen, apogeo y hundimiento de cualquier nación, antigua o moderna, representadas todas por el legendario Imperio Romano. Otra de sus series sería "El camino de la vida", donde diversas obras representan la infancia, juventud o vejez.

Una de las obras de "El camino de la vida". Esta llevaría el nombre de "Manhood", que se podría traducir por "virilidad", pero mejor por "la propia condición de hombre, de humano en general".

En sus últimos tiempos, en que tuvo una especie de "retorno a la fe", y tras el paisaje realista y el alegórico -religioso o artístico-, se dedicó a pintar obras donde la religiosidad fue más patente -aunque no nueva-. Se podría decir que pintó casi hasta el final de su vida, que fue lamentablemente corta.
Uno de los museos estadounidenses donde se puede admirar parte de su obra es el Museo de Arte de Nueva York.
Además, tuvo tiempo para la poesía, y la publicación de ensayos, como su a"Ensayo del paisaje americano" (1835), donde explica sus teorías sobre so obra y visión artística.



Resultado de imagen de thomas cole el curso del imperio





Estas son las cinco obras que forman la serie "El curso del Imperio", sobre el auge y caída del Imperio Romano, pero que podría servir para cualquier gran potencia de la historia: "El estado salvaje", en que la población, muy escasa todavía, vive en estado primitivo, formando parte íntegra de la naturaleza; "La Arcadia, o estado pastoril", donde se forman pequeñas comunidades agrícolas y ganaderas, pero donde el estado no existe todavía, o está en estado embrionario; "La consumación del imperio", época de grandeza, conquistas y riquezas, a la que seguiría la decadencia; "Destrucción", o Roma cayendo bajo el poder de las armas de los bárbaros; y "Desolación", donde las grandezas del pasado no son más que un lejano y casi olvidado recuerdo.