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domingo, 31 de mayo de 2015

Thomas Cole, maestro pintor de paisajes.

Entre tanto prerrafaelita, un paisajista norteamericano de origen británico, que contó con alumnos y sucesores.


Cuando el paisaje es el protagonista principal.

Después de que los prerrafelitas hayan ocupado casi todo el espacio del blog que he ido dedicando estos últimos meses a la pintura, en este caso, decidí escribir una entrada breve a un autor de temática un tanto distinta, tanto por su estilo, como por su temática, su espacio geográfico, y la época en que vivió y ejerció de pintor.
Se trata de Thomas Cole (1801 en Bolton, Inglaterra; 1848, en Nueva York). Cole nació en Bolton, en el condado de Lancashire, Inglaterra, pero emigró en 1819, con dieciocho años -por tanto, muy joven, pero siendo ya adulto, y más todavía, teniendo en cuenta los parámetros sociales de la época- con su familia. En aquellos tiempos, los británicos emigraban todavía mucho a los jovenes Estados Unidos, pues la emigración masiva a Australia, Canadá o Nueva Zelanda estaba todavía por llegar. En principio, Cole fue xilógrafo -la xilografía es una técnica de impresión que se realiza con planchas de madera-, y en Norteamérica, continuó trabajando como grabador, por lo que su vena artística existío, como quién dice, desde casi su infancia.
En 1823 empezó a estudiar, después de ser aprendiz de un pintor ambulante, en la Academia de Bellas Artes de Pennsilvania -Filadelfia-, que era una de las más importantes del país, pues en aquella época, Filadelfia era, junto a Nueva York y Boston, una de las ciudades principales de Estados Unidos, y allá aprendió, pero sobretodo se habituó, pues acabó siendo su tema favorito y casi único en su carrera, a pintar paisajes.

"El retorno" (1837), donde el rey o noble vuelve de la guerra no en muy buenas condiciones, como se aprecia. Es uno de los pocos cuadros donde las figuras humanas, aunque pequeñas, tienen cierta importancia, sobretodo para entender el título de la obra.

"Hogar en el bosque", donde el paisaje americano, el de la nación casi recién nacida -hacía apenas unas pocas décadas de la independencia, aunque la colonización sobretodo en la Costa Este, databa del siglo XVII, y sobretodo, del XVIII-, parecía un nuevo, salvaje pero bello Edén, un nuevo mundo a explorar y colonizar.

Dos años después se trasladó junto a su familia a Nueva York, y desde esa época, empezó a visitar las montañas  Catskill, sobre el río Hudson. A partir de ahí, empezó a pintar cuadros basados en la biblia, pero también otras que, representando a las tierras americanas, hacía referencia a Estados Unidos como una nueva tierra prometida. Así consiguió una creciente fama por sus paisajes, donde raramente se podían encontrar figuras humanas, excepto como algo más que secundario, casi anecdótico. Fue el paisaje, a veces retratado de forma más o menos realista, en otras, con un estilo romántico, sin llegar a fantástico -lo que hacía que la gente imaginara aquellos prados, montes o bosques como algo aparentemente mágico, pero que muy bien podrían existir, aunque resultara difícil hallarlos, en el mundo real-, que no sólo le ayudaron a ganarse la vida, y a hacerse un nombre en el mundo artístico del estado y de todo el país, sino también, tiempo después, a rodearse de admiradores que, en algunos casos, acabaron siendo hasta cierto punto, alumnos -no es que les diera exactamente clase, pero lo consideraron un maestro, un ejemplo a imitar- y seguidores suyos. En resumidas cuentas, fue el primer gran paisajista norteamericano, y si bien comenzó siendo un artista de corte académico, más adelante fue derivando hacia lo alegórico. Al morir siendo todavía joven -apenas cuarenta y siete años-, no pudo saber nada de los prerrafelitas, de los que tanto se ha hablado aquí, que quisieron dar un salto y mantener una distancia con la pintura académica de la época, sobretodo la británica, pues la francesa, que empezó a brillar a partir de los tiempos de la Revolución y el Imperio Napoleónico, siempre fue más abierta a la hora de elegir temas, situaciones y personajes, y como representarlos.
Cole consiguió ser, probablemente, el primer gran pintor norteamericano -aunque lo fuera de adopción, pues era inglés de nacimiento-, y también el primero en crear escuela, aunque él no tuviera, en principio, idea de ello. Este grupo fue luego conocido como la escuela del río Hudson, pues éstos, en mayor o menor medida, acabaron instalándose -aunque fuera de forma provisional-, o visitando y pintando en la cercanía de dicho río. Edwin F. Church sería en su principal y mejor discípulo.
En 1829, ya famoso, se embarcó rumbo a Europa, en el primero de los dos viajes que realizó al Viejo Mundo, y donde visitó Gran Bretaña -quizá, más por razones emotivas y familiares que por otra cosa, Francia -en época de Cole, el país que dictaba a todo Occidente hacia dónde debía ir el arte en todas sus ramas- y, como no, a Italia. Desde finales del siglo XVIII, y sobretodo a partir de la segunda década del siglo XIX, hasta principios del XX, era normal que cualquier artista de cultura anglosajona o germánica visitara Italia para, allá, poder conocer de primera mano la herencia tanto de la antigua Roma, como la de los artistas medievales o renacentistas. Allá pudo contemplar, además, la obra de paisajistas europeos como John Constable, y Turner.  Tras tres años en Europa, volvió a Nueva York, realizando la serie "El curso del Imperio" (1836), su primer encargo importante, donde representaba el origen, apogeo y hundimiento de cualquier nación, antigua o moderna, representadas todas por el legendario Imperio Romano. Otra de sus series sería "El camino de la vida", donde diversas obras representan la infancia, juventud o vejez.

Una de las obras de "El camino de la vida". Esta llevaría el nombre de "Manhood", que se podría traducir por "virilidad", pero mejor por "la propia condición de hombre, de humano en general".

En sus últimos tiempos, en que tuvo una especie de "retorno a la fe", y tras el paisaje realista y el alegórico -religioso o artístico-, se dedicó a pintar obras donde la religiosidad fue más patente -aunque no nueva-. Se podría decir que pintó casi hasta el final de su vida, que fue lamentablemente corta.
Uno de los museos estadounidenses donde se puede admirar parte de su obra es el Museo de Arte de Nueva York.
Además, tuvo tiempo para la poesía, y la publicación de ensayos, como su a"Ensayo del paisaje americano" (1835), donde explica sus teorías sobre so obra y visión artística.



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Estas son las cinco obras que forman la serie "El curso del Imperio", sobre el auge y caída del Imperio Romano, pero que podría servir para cualquier gran potencia de la historia: "El estado salvaje", en que la población, muy escasa todavía, vive en estado primitivo, formando parte íntegra de la naturaleza; "La Arcadia, o estado pastoril", donde se forman pequeñas comunidades agrícolas y ganaderas, pero donde el estado no existe todavía, o está en estado embrionario; "La consumación del imperio", época de grandeza, conquistas y riquezas, a la que seguiría la decadencia; "Destrucción", o Roma cayendo bajo el poder de las armas de los bárbaros; y "Desolación", donde las grandezas del pasado no son más que un lejano y casi olvidado recuerdo.

lunes, 25 de mayo de 2015

Los prerrafaelitas (XVIII): El pintor contemporáneo Brad Kunkle, y sus particulares  mujeres prerrafaelitas.

Aunque el recuerdo de los artistas de dicha corriente fue escaso durante décadas, aún hoy en día hay artistas que recogen su legado.


Brad Kunkle es un artista bien distinto a todos los que antes se han tratado en la -ya larga- serie de pintores prerrafaelitas, pues no es británico ni de nacimiento ni de adopción, pues es estadounidense, pero, sobretodo, porque no se trata de un pintor del siglo XIX, que vivió los primeros años del XX siendo ya maduro, o directamente anciano. Él es un personaje actual, contemporáneo, pues nació en 1978, en Lehinghton -estado de Pennsylvania-, aunque actualmente vive y trabaja en Nueva York.
Kunkle tiene un BFA, que sería el equivalente a unos estudios medios, o profesionales, de bellas artes, y se ha dedicado a crear obras que tienen una clara influencia del prerrafaelismo, y también del simbolismo, que sería algo así como el hijo más maduro, vanguardista, internacional -no sólo hubo simbolistas británicos, sino también, y según la nacionalidad con identidad propia, en Austria, Alemania, Francia, Polonia...- y oscuramente fascinante del anterior movimiento.

Una foto del autor, en su estudio.

Su obra destacaría por varias características propias, como que sus protagonistas son prácticamente siempre femenias, jóvenes, y de una belleza lánguida, inocente pero un tanto oscura, que cuadra bien con los movimientos ya nombrados, pero también la importancia que le da a la luz y las sombras, el enorme -hercúleo, más bien- trabajo que consiste en representar una inmensidad de hojas que le dan un realismo tremendo y casi mareante -en realidad, sus figuras humanas, a pesar de tener un aspecto casi onírico, no dejan de ser también sorprendentemente realistas-, y algo más: el uso que hace de oro y plata puros, que serían parte de cada cuadro, pero también elementos extras, no pintados, que interactuan con el espectador, la persona que lo observa, que, dependiendo de la posición en que se encuentre, o la luz que reciba el cuadro -y de donde, y con qué fuerza- tendrán un determinado aspecto u otro. Eso provoca que, aunque se pueda admirar su trabajo en un libro o revista, o en una página de internet, sólo se puede reconocer la totalidad del trabajo, y sentir todo lo que éste puede inspirar a un observador, si se está realmente delante de un cuadro real.
Según el autor, el pan de oro se ha usado, en el mundo de la pintura, básicamente para adornar los marcos. Él pensó que, en un óleo, y según como fuera tratado, el oro, como también la plata, no sólo tendría propiedades simbólicas, sin otambién físicas y visuales. Eso hace que sean obras visualmente muy atractivas, aunque sean casi monocromáticas -en ocasiones, hay cuadros que son, básicamente, una galería de grises o marrones-, y dónde luces y sombras, que siempre tuvieron tanta importancia para prerrafaelitas, neo-clásicos, simbolistas o academicistas -de toda la vida, o reformadores-, aquí lleguen a tener un significado y características especiales, por no decir únicas.

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"The gilded wilderness", que se podría traducir como "La inmensidad dorada". ¿Alguien se imagina qué trabajo implica dibujar todas esas hojas, y además adornarlas con pan de oro, para darles un mayor realismo, una forma más tridimensional?

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"Islas", donde el fondo más bien parece una fotografía estropeada por el tiempo, o, según se mire, porque se puede mirar desde muchos puntos de vista, un paisaje pintado en una sábana gastada y sucia.

"Despierta", o lo que parece una resurección entre una naturaleza amenazadora, o un ser natural que nace entre un remolino no de agua, sino de vegetación seca.

"The beginning" -"El principio", o "El comienzo, pero también "La iniciación". Obra que se exhibe en el Arcadia Contemporary (NYC), museo de arte alternativo o vanguardista.


Hay un artículo donde se habla más -y mejor, desde luego; yo me he inspirado en parte en él- sobre el autor, y donde se puede "saltar" a su web propia, y a otras:


"En las sombras están las serpientes", es un ejemplo del uso del pan de oro, donde la figura femenina está casi en blanco y negro, excepto el cabello, lo que hace que el contraste entre ésta y el arbusto tras el que se esconde sea mayor. En "A mitad de camino" -o "Enmedio del camino", las hojas del fondo se ven como algo onírico, pero las que recubren a la protagonista, que llevan pan de oro, se ven como algo mucho más real, tal vez más mágico, pero también, quizá, más amenazador.

In Shadows Are Snakes

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Y un último cuadro, del 2013 -muy reciente, pues-, "Ornitología":


Y por último, un vídeo -que originalmente, se puede ver en el museo o sala de arte donde es exhibido junto a unos cascos inalámbricos-, donde se mezcla pintura y audiovisual. Se trata de la obra "La pertenencia". Se puede, simplemente, admirar viéndola como una pintura sin más, pero el darle la posibilidad de movimiento -una vida propia- hace de ella un experimento, como mínimo, llamativo, además de atractivo.