lunes, 12 de diciembre de 2016

Arquitectura brutalista: cuando el nombre lo dice todo ¿o no?.

Dentro de las vanguardias o escuelas arquitectónicas que proliferaron en el siglo XX, es de las menos tenidas en cuenta, a pesar de la huella que ha dejado.


Brutalismo, o a lo bruto, pero con estilo. Alcanzando la utopía social a golpe de hormigón.

Raramente hablo de arquitectura, porque no es un tema que controlo o conozco, no ya en profundidad, sino de forma algo mayor que la más fina superficialidad -conocimiento epidérmico, podríamos decir-. Pero en ocasiones, me apetece escribir un poco sobre ello, y de paso, encontrar una excusa para leer -estudiar por libre, realmente- sobre tal o cual estilo o maestro.
En este caso, no es que esté tratando, precisamente, sobre una escuela o estilo arquitectónico que destaque por su belleza o atracción a primera vista, pero aún así, me ha llamado la atención, por su mezcla, en ocasiones, de fealdad, de aspecto duro y basto, pero al tiempo, de modernidad, de vanguardia, de intentar dar un salto hacia la utopía social, el cambio radical no sólo en la arquitectura, sino también en la planificación urbanística de la ciudad del futuro. Un futuro que estaba, por lo visto, a la vuelta de la esquina. Pero eso sí, había que atreverse a dar la vuelta a esa esquina, y el hormigón parecía una buena herramienta, aliado incondicional de un grupo de arquitectos que buscaban la utilidad, el buen precio, la simplicidad, por encima de lo que consideraban el despilfarro en adornos improductivos. Bienvenido brutalismo, y adiós art déco.

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Habitat'67, en Montreal (Canadá, en la provincia francófona de Quebec). Caso claro de edificio de viviendas. ¿Cómo debe ser vivir, guiarse, en semejante laberinto cúbico?


¿En qué consiste? ¿Quién, y con qué lo crearon e hicieron crecer?

Digamos, si hacemos caso a la wikipedia y otras webs, que a partir de principios del siglo XX, o más bien a partir de los años 30 y 40, pasado el art nouveau a los libros de historia del arte, e intentando sobrepasar el art decó y el neocentismo, apareció un tipo de "espíritu arquitectónico" conocido como Movimiento Moderno, que como todo movimiento cultural y artístico, fue mucho más variado de lo que podría pensarse. Allá se encontraban, juntos o no, los racionalistas, construccionistas, Le Corbusier, Gropius, Aalto, la escuela alemana Bauhaus, etc., y de allá, de esas bases, se desarrollaron estilos -o neo-estilos, o pseudo-estilos... me encantan los prefijos y sufijos greco-latinos; tanto, que a veces abuso de ellos- apareció el brutalismo.
Su nombre viene del francés, al menos, en principio, pues el hormigón crudo -o sea, sin nada sobre él, a la vista de todos- se llama en francés "béton brut". De ahí, el crítico Reyner Banham creó el término "brutalism", en español, brutalismo. Con toda probabilidad, Banham no buscó una traducción directa del francés al inglés, sino una forma de describir el movimiento de forma, más que bruta, cruda, y parece que acertó.

El Complejo Cultural Teresa Carreño de Caracas (Venezuela). Cuando la economía de este país latinoamericano empezó a beneficiarse de los ingresos petrolíferos, se construyeron gran número de edificios e infraestructuras públicas vanguardistas y espectaculares. Un atractivo turístico que poca gente conoce.


Roger Stevens Building, en Leeds (Reino Unido), forma parte del campus universitario de la ciudad.

Respecto a la época durante la que campó a sus anchas en las ciudades de medio mundo, fue entre los 50 y los 70, tiempos en que se intentaba olvidar la II Guerra Mundial, su barbarie y su destrucción, y se buscaba, a veces de forma inocente, y otras casi desesperada, como si nada hubiera tras las vanguardias, ni nada delante, el futuro, la utopía, el fin de la historia. Como casi siempre, no hubo un único padre, ni tan siquiera un único abuelo. Le Corbusier o Sarineen influyeron, sin duda, pero fueron los británicos Peter y Alison Smithson los que lo desarrollaron -Gran Bretaña fue su lugar de nacimiento-, trabajaron y reimaginaron, allá donde iban, y dependiendo de los encargos que recibían. Un autor considerado brutalista más moderno, sería el japonés Tadao Ando.
Porque eso era otra. Los brutalistas, aunque diseñaron no pocos edificios de viviendas u oficinas, intentaron, y normalmente lograron, que fueran otro tipo de construcciones las que lograran representar su estilo como todo lo que buscaban, lo que deseaban aportar, de lo que querían convencer, a la sociedad: museos, sedes de administraciones u organismos públicos, universidades e institutos, auditorios, o en caso de los edificios de oficinas, que fueran centrales de grandes empresas multinacionales -empresa y edificio de sede central todo en uno, representándose el uno al otro-.
El brutalismo, como indicaba su nombre original en francés, tiene como material base el hormigón, pero no solo. También esa pareja de la arquitectura moderna, tan unidos uno y otro, como son el cristal y el acero, además de la piedra basta, áspera, parecida al hormigón, o el ladrillo -los Smithson lo usaron mucho-, y no precisamente un ladrillo fino, brillante, sino también basto, como recién salido del horno. El colocar tuberías u otras instalaciones técnicas en el exterior, a la vista de todos, también fue algo que dio no poco que hablar.
La forma de estos edificios es bastante angular, con una geometría tal, que parecen haber sido creados, más que construidos, por gigantes armados de enormes reglas, escuadras y cartabones. La linea recta abunda, y el circulo, o más bien la forma redondeada, sólo se ve en raras ocasiones, pero claras. Normalmente, en escaleras exteriores, o en balcones, que a veces parecen pegados, o bien discos que, volando por los aires, se han estrellado y quedado incrustados en inmaculados y rectilíneos edificios que parecen haber salido de inmensas fábricas, y donde a veces se pueden observar las texturas de los moldes de madera empleados para conseguir esas formas tan rectas, tan derechas, tan inquebrantables.

Naoyafujii
Gimnasio de la prefectura de Kagawa (Japón). Salvando las distancias de cultura y tiempo, el brutalismo tiene cierto aire a versión vanguardista y con hormigón de la arquitectura tradicional japonesa, amante de la simplicidad y las líneas rectas.

Lasdun
Real Colegio de Médicos de Londres. Belleza en la simplicidad, rodeada de árboles.

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El Teatro Argentino, en la ciuda de La Plata.

Lo que sí representan, a falta de atractivo antiguo, de belleza clásica, es fuerza, energía, deseo de cambio, futuro próximo, que casi podría tocarse con los dedos de una mano. Pero los Smithson y otros, a la hora de hacer del brutalismo el estilo de la utopía, y que en Occidente no tuviera muchos seguidores, o que no pocos barrios o grandes edificios obreros o de oficinas acabaran sufriendo la decadencia económica y social que sufrieron Europa, Norteamérica y el mundo a partir de las crisis del petroleo de los 70, hizo que acabara siendo olvidado, dado de lado, aunque bastantes obras públicas individuales y con personalidad propia -museos, universidades-, han corrido mejor suerte, y ya no llaman la atención como algo en exceso moderno, rupturista. A veces, hasta consigue ser una atracción turística, aunque la verdad, en pocas ocasiones. Quizá por eso no sólo proliferó en el norte de Europa -sobretodo Gran Bretaña-, sino también en países que luchaban por su desarrollo económico y su progreso social, pero también por su modernización, y que deseaban participar en las vanguardias artísticas y culturales, como Venezuela, Argentina, Perú o Brasil -Latinoamérica, al menos en los 70, fue tierra abonada para el brutalismo-, pero también en el sur de Europa, como España -algún ejemplo he visto, con mis propios ojos-, o Italia o Francia. ¿Ejemplos? La Biblioteca Nacional de Argentina, en Buenos Aires, o el Teatro Argentino de la ciudad de La Plata -una ciudad fundada como ejemplo de urbe moderna, cuyas obras comenzaron e los 80 del siglo XIX-. En Perú, el Museo Nacional también es de estilo brutalista. Su época quizá no duró ni veinte años -aunque, sin tanta fuerza, siguió más o menos vivo hasta los 80-, pero sí fue, al menos, un deseo de modernización, de buscar alguna alternativa funcional, pero también enérgica, en una arquitectura a nivel mundial que, tras la modernidad y belleza del art déco, no parecía ser capaz de ir mucho más allá. Mucha escuela y mucha teoría, pero poca práctica, pocos edificios que la mayoría de la población, no sólo algunos millonarios que podían permitirse que construyeran para ellos hermosas casas vanguardistas y vistosas, pudieran ver y tocar con sus ojos y sus manos. Poco es, un estilo arquitectónico, si no lo vemos en ciudades y pueblos. Van Der Rohe y Le Corbusier lo imaginaron, crearon los primeros edificios -el "primer brutalismo"-, pero fueron los británicos Smithson los que hicieron de él su bandera -el llamado "nuevo brutalismo", aunque en realidad, más bien le dieron un lugar en el mundo, y no sólo en libros o clases de arquitectura-.
Pero hubo una utopía -o más bien, un intento, y fallido- que sí intentó usar el brutalismo lo máximo posible, hasta transformarlo en una especie de arquitectura política: la Unión Soviética, y los países del bloque comunista. En todos esos países se pueden encontrar, además de enormes armatostes de cientos de viviendas -tan horrorosos, como mal construidos y peor conservados; no siempre, pero sí mucho-, edificios extraordinariamente originales, futuristas, como salidos de una película de ciencia-ficción. Pero lamentablemente, a pesar del dinero, esfuerzo y tiempo invertidos en ellos, y de lo atractivos que podrían resultar, en caso de conservarse en buen estado, y resultara sencillo el llegar a ellos, en su enorme mayoría yacen en el mayor y más penoso de los olvidos, literalmente, cayéndose a pedazos. 
Brutal, sin duda. 



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