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viernes, 31 de enero de 2014

Cordwainer Smith y los Señores de la Instrumentalidad.

O un breve comentario sobre uno de los autores norteamericanos más originales, y menos conocidos, de los años 50 y 60.


Hacía ya bastante tiempo que no hacía ninguna entrada -o, al menos, la empezaba y acababa-, así que me he decidido a hacerlo sobre un autor del, hasta hace unos meses, no conocía ni su propia existencia, y que llegué a leer por pura casualidad: vi tres de los cuatro libros que forman el recopilatorio de la totalidad de su obra en un centro comercial a sólo dos euros cada uno, además de otros libros, también de autores norteamericanos de CF, al mismo bajísimo precio. Así que, pensé, no era cuestión de dejarlo estar, y me apropié -previo pago, se entiende- de todo lo que me pareció interesante, y así ponerme, pensé yo, un poco al tanto de ciencia-ficción, si no totalmente actual -la mayoría de las novelas eran de los 80 o 90-, sí más allá de los años clásicos -de los 40 a los 60-. Pero Cordwainer Smith fue algo distinto. Yo imaginé que también sería un autor relativamente moderno -y vivo-, pero no era así. Sin embargo, y después de haber leído a contemporáneos suyos, no se puede negar que sus relatos han envejecido muy bien -y muy poco- precisamente, por su originalidad. Como también el mismo autor, en cierto modo, no dejaba de ser también un tanto distinto a otros como Asimov, Bradburi o Heinlein.


El hombre que creó el universo de la Instrumentalidad.

El nombre de Cordwainer Smith es, en realidad, el seudónimo de Paul Myron Anthony Linebarguer (1913-1966), que por sí solo  ya tiene una biografía de película. De una familia religiosa -su abuelo era pastor- de Milwakee, vivió durante años con sus padres tanto en China, Japón, Francia y Alemania. El hecho de que conociera tan de cerca, sobretodo, la cultura china, fue porque su padre fue uno de los asesores -y financiadores- del primer presidente de la República Nacionalista China, Sun Yat Sen, y éste fue, en cierto modo, un padrino para su hijo. El trabajo de su padre hizo que viajara por Asia y Europa, y que aprendiera, aparte del inglés, entre otras lenguas, el chino y el alemán, además de conocer la espiritualidad orientales, y aunque siempre demostró un conocimiento e interés profundo por las culturas de estos países, nunca estuvo de acuerdo ni con el desprecio por la vida humana -incluso de multitudes- por parte de sus gobiernos o ideólogos, ni el que, como el caso de los samurais japoneses -en los que admiraba su valor, honestidad y sentido artístico- la forma en que anteponían el honor a su propia existencia, aunque no hubiera, según su ideal occidental, razón real para sacrificarla en nombre de señores que nunca se interesaron por ellos ni por su bienestar. 
Con 23 años obtuvo el doctorado en Ciencias Políticas, aunque su carrera, realmente, fue básicamente como militar, pero no como un militar -llegó hasta coronel- cualquiera. Experto como era en Extremo Oriente, fue asistente tanto del ejército, como, más adelante, del mismo   gobierno  de los  Estados Unidos    -conoció y aconsejó a Kennedy, y fue de los pocos que le habló claramente sobre el enorme error de intervenir en Vietnam, aunque dicha intervención todavía era pequeña, reducida a algunos "consejeros" militares-, además de dar clases de Política Asiática en la Universidad John Hopkins, la misma donde consiguió su título. Además, fue uno de los padres de lo que se empezaba a llamar "guerra psicológica", llegando, incluso, a escribir un libro sobre el tema -con el mismo título, y traducido al castellano en Argentina en 1951-. Por su cuenta, o por cuenta ajena, viajó por Grecia, Egipto y Australia, y fue consejero de los británicos en su guerra colonial en Malaysia, y de los norteamericanos en Corea. Fue en esa guerra, la coreana, donde consiguió que se rindieran miles de soldados chinos, que Mao había mandado a la destrozada península casi como ganado -pura carne de cañón-, que por orgullo y miedo a la vergüenza que podrían sufrir, estaban dispuestos a sacrificarse ante un ataque a gran escala de surcoreanos y norteamericanos. El evitar ese baño de sangre fue, por lo visto, una de las cosas que más le llenó de orgullo.
Pero aparte de sus trabajos de profesor, experto en psicología bélica, y consejero militar, Linebarguer también tenía vena y madera de escritor. Empezó a escribir, durante los años 30, en un cuaderno secreto que sólo fue público tras su muerte, cuentos basados, principalmente, en la cultura o la historia chinas, pero de diversa temática, para pasar más adelante a escribir auténticas novelas, "Ria", y "Carola", que podrían considerarse de temática psicológica, y donde fue muy capaz de ponerse en el papel de sus personajes femeninos. Aunque utilizó -aquí también- seudónimo -Felix C. Forrest-, no pudo evitar, a la larga, presentarse al gran público con su auténtico nombre y rostro. Curiosamente, en un hombre que, aunque tuviera que enseñar y aconsejar a tantas personas -generales y jefes de estado incluidos-, se mostró muy cortado a la hora de relacionarse con sus lectores -y eso, que en general tenían buena impresión de sus obras-, así que decidió dejar de escribir, si no novelas en general, sí las que fueran realistas o políticas. 
Años después, en 1950, apareció en una de las muchas revistas pulp de la época -en una de las menos conocidas y recordadas actualmente, y que difícilmente encontraba autores o historias que quedaran en la mente de sus no muy numerosos lectores-, conocida como "Fantasy Book", un relato con el extraño título de "Los observadores viven en vano". En principio, al ser el primero -y durante un tiempo el único- cuento de un autor completamente desconocido, se suponía que habría de ser olvidad al momento. Pero no fue así. Algunos lectores, cada vez más, empezaron a interesarse por ese tal Cordwainer Smith -que a no pocos les pareció un nombre falso-, y a demandar más relatos e información sobre él. No fue su primer cuento, sino el llamado "La guerra número 81-Q", que publicó, con sólo quince años, en la revista estudiantil "The Adjutant", en 1928, también, como no, con seudónimo: Karloman Junghar.

El autor con un gato. En no pocas historias los felinos son protagonistas o elementos importantes.

Ahora bien, después de conocer al personaje y su carácter -retraído, aunque él reconoció a una revista que le encantaba escribir ciencia-ficción, y que se alegraba que él hubiera conseguido que un nuevo público se interesara por el género-, habría que comentar algo sobre su obra, intentando que sea inteligible, pero sin explicar demasiado, para no fastidiar a quién quiera introducirse en su universo, o, en caso de haberlo hecho ya, leer nuevos relatos. Pues la obra de Smith es, dejando aparte novelas de no cf, básicamente, cuentos, o relatos largos, y una sola novela -entregada a revistas de género en dos partes, como era bastante habitual en los 50 y 60-: Norstrilia.


Los Señores de la Instrumentalidad.

Como ya se ha dicho antes, Linebarguer -o Smith, si se le llama por su seudónimo- empezó a escribir por pura distracción siendo joven -"La guerra..." la publicó con quince años-, y tuvo en sus manos un par de lo que él llamaba "cuadernos secretos", donde contenía génesis de futuros cuentos, así como ideas, dudas, personajes, experimentaciones..., uno de los cuales, lamentablemente, perdió, según dijo, en un yate en el que hizo un viaje turístico. Respecto a la idea que él tenía sobre su propio universo, ni tuvo tiempo para darla a conocer al público, por morir joven y de forma bastante repentina, ni, muy probablemente, la tenía demasiado clara. Sí que, en cuadernos o en su propia mente, tendría una cierta idea de la cronología de su futuro imaginado, y de los personajes -entendiendo por ello no a individuos con nombre y apellido, sino más bien, como especies, pueblos, oficios o grupos sociales- que deberían intervenir, pero sujetos a cambios, con muchos espacios en blanco, y facilitando -y en cierto modo, también forzando- a sus lectores a que imaginaran por sí mismos muchas cosas. En eso, tal vez estuviera cerca de Lovecraft, que también tenía un universo propio muy particular, aterrador y fascinante, pero poco delimitado, y donde personajes e ideas a veces chocaban o no estaban claros. Fue Derleth, que no era mal escritor, además de ferviente seguidor del eremita de Providence, el que decidió clarificar y planificar ese mundo. Pero al aclarar, también se perdió algo de su magia, de su misterio. Linebarguer, probablemente -tal vez lo haya, no lo sé- no ha tenido alguien así, que haya delimitado, siglo por siglo, los cambios de "su" humanidad, y de sus compañeros, el sub-pueblo, los robots -tal como él los imaginaba-, etc. Ahora, sería interesante describir, en pocas palabras, y sin "destripar" el final de ninguno de sus relatos, en qué consiste el suyo. O, al menos, el intentarlo. Dos expertos en literatura de cf, John Pierce, y el argentino Pablo Canpanna -"El señor de la tarde: conjeturas sobre Cordwainer Smith"- ya lo intentaron. Y para quién le interese profundizar, con notable éxito.

"Los observadores viven en vano", donde unos hombres que se sacrifican para llevar una "no-vida" dudan de que nadie reconozca su trabajo.

Según la cronología supuesta por estos dos estudiosos y admiradores de Smith, y de otros -como el español Miquel Barceló, que dirigió la publicación de la totalidad de su obra, incluyendo cuentos que no eran del Universo de la Instrumentalidad, y de algunos que sí lo eran, pero que no se habían traducido todavía al castellano, y alguno, ni publicado en inglés, todo ello todavía posible de conseguir comprando alguno, o todos, los cuatro volúmenes de la obra completa, de Ediciones B, Colección Byblos CF, de donde he sacado mucha información de la que estoy escribiendo. Para quién quiera intentar encontrarlos, pues ya están agotados hace años en las librerías-, hay una "Primera Era del Espacio", totalmente olvidada, y que incluiría una sola historia, "¡No, no, Rogov, no"!, sobre un intento de científicos soviéticos de controlar a los individuos, y que acaba con un viaje mental al futuro -Smith, por lo visto, en su adolescencia tuvo interés por la Unión soviética. Su padre solucionó aquello enviándolo de viaje a aquel país. Abandonó el comunismo, pero no una idea de que a la humanidad le esperaba un futuro brillante y, a la vez, duro y confuso-, y que acabaría como en el siglo XXI o XXII.
A partir de ahí, y supuestamente por una serie de guerras -atómicas o no, y donde la II Guerra Mundial sólo sería la primera de varias, cada vez más destructivas- el mundo acabaría casi en ruinas, con un pequeño número de seres humanos residentes en ciudades amuralladas, mientras gran parte del mundo es habitado por las llamadas Bestias -en realidad, animales descendientes de otros cuya inteligencia y carácter han sido elevados al de los seres humanos, pero con aspecto completamente animal, o casi-, No Perdonados -quizá, hace referencia a salvajes, o a los "idiotas", personajes que parecen humanos, de escasa inteligencia, muy pagados de sí mismos, orgullosos de unas obligaciones burocráticas que parecían fantasía propia, o una forma de darles trabajo-, y unos curiosos personajes, conocidos como "manshonyaggers", unos tanques-robots que sólo entienden el alemán. A ese mundo debastado, donde sólo resiste una nación unida, China, que es capaz de colonizar un mundo entero, Venus, a fuerza de "bombardearla" con millones de sus habitantes en paracaídas -"Cuando llovió gente"-, llegan las hermanas Von Acht, las tres hijas -aunque en las historias sólo participen activamente dos, y de la tercera sólo se hable, aunque se intuye su futuro- de un científico alemán que, al final de la II Guerra Mundial, y para que no caigan en manos de los soviéticos, las envía al espacio en naves espaciales donde permanecen en animación suspendida, que acaban cayendo una detrás de otra, enfrentándose a los Jwindz -los chinos- y uniendo la humanidad, dándole el vigor perdido, pues no eran más que unos soñadores anonadados y sin personalidad que deambulaban por el mundo, y creando así el germen de lo que sería la Instrumentalidad. De estas tres Von Acht, descendería la familia Vomact, cuyos miembros, para bien o para mal, participarían en los avances y las transformaciones de la humanidad, ejerciendo cargos tanto políticos como médicos o científicos.
Más adelante, se detalla cómo la humanidad va progresando, creando una civilización mundial, y más tarde, explorando y conquistando el espacio, más o menos vigilados, dirigidos y aleccionados por esos señores y señoras de la Instrumentalidad, que no son ni dictadores ni emperadores, ni tampoco, exactamente, ni filósofos ni religiosos. Son, hasta cierto modo, políticos, que deciden qué es mejor para los humanos, y que reconocen sus errores -aunque les cueste, por considerarse la élite intelectual y espiritual de la especie, y no muy dados a la autocrítica-, mientras fomentan -cuando se supone que conviene- el desarrollo tecnológico primero, y social después.
Los observadores del relato de "Fantasy Book" son unos humanos escogidos, muertos en vida, que se encargan de dirigir las naves espaciales cuando los humanos "comunes" duermen o no son capaces de enfrentarse a ciertos problemas físicos, hasta que Adam Smith los hace inútiles. Más adelante vendrían las naves lumínicas, hermosas pero enormes, con gigantescas velas solares, que llevarán a los humanos cada vez más lejos, aunque eso signifique que sus pilotos se pasen la vida -que se les escapa literalmente de las manos- dirigiéndolas; "La dama que llevó El Alma" relata dicha época, donde una joven piloto, la primera mujer en ocupar dicho cargo, llega a fusionarse mentalmente con su propia nave para realizar un extraordinario viaje. En aquella época, es cuando unos descendientes de australianos forman la colonia, luego mundo independiente de Norstrilia, que se hará riquísima vendiendo a otros mundos -incluida la Tierra- un producto que alarga la vida humana en siglos -ellos, evidentemente, son los más longevos, que para esos son los proveedores de tan milagroso invento-, y que tiene su origen en la leche de unas ovejas mutantes, gigantescas y deformes. Su mundo será el más rico y envidiado del universo y, evidentemente, también el que cuenta con mayor vigilancia -continua- para evitar a espías y ladrones.

"La dama que llevó el alma", sobre la fusión entre mente humana y computadora de una nave, obra de Craig Moore.

Más tarde, se inventa el método de la "planoforma" -así se tradujo al español; muchas palabras técnicas eran, en realidad, inventadas por el autor, lo que no dejaba de ser un dolor de cabeza para los traductores a otras lenguas-, y los viajes ya no duraban años, ni necesitaban de naves tan enormes -"Piensa azul, cuenta hasta dos", sobre una joven que no tiene más importancia entre la tripulación de una nave, que caer bien a la gente, o "El coronel volvió de la nada", donde uno de los pioneros de este tipo de vuelos, después de partir al espacio, reaparece desnudo y en estado vegetal en medio del parque de una gran ciudad-.
A partir de ahí, los seres inteligentes se diversifican: existen robots con una inteligencia artificial e independencia considerable, aunque atados a los humanos, y aparecen las llamadas sub-personas. Éstas son animales que, como en "La isla del doctor Moreau", de Wells, han sido "transformados" en seres con inteligencia, habilidades y sentimientos humanos, aunque conservando algunos que, en teoría, corresponderían a los animales que eran antes de su modificación: las sub-personas que vienen de perros son fieles; las felinas son independientes y astutos; los que vienen de tortugas, son pacientes, lentas, con gran memoria y largas vidas. También existen los llamados "homúnculos", de los que apenas se hablan, y parecen ser humanos auténticos, pero que han sufrido algún tipo de mutación -natural o, lo más seguro, artificial- para adaptarse a nuevos mundos que, en caso de ser completamente humanos, habrían sido demasiado duros para colonizar y habitar. Son las sub-personas, las que van ocupando cada vez más espacio y atención por parte del autor. P'Juana -la P es de perro; en el original era D'Joan, de dog- es una especie de mártir que está dispuesta a llegar a donde haga falta por que los humanos reconozcan a su gente -sea cual sea su origen animal, pues también hay sub-personas hijas y nietas de otras sub-personas; toda una diversidad de vida en parte animal, en parte humana-, que son tratados por los humanos, que se creen tan civilizados, como esclavos, o incluso objetos, y no dudan en matarlos en cuanto se hieren de gravedad o enferman. Su historia, se relata en "La dama muerta de Clown Town", una de las mejores y conmovedoras de sus historias, y donde la humanidad no sale, precisamente, muy bien parada. Otra sub-persona importante sería G-Mell -G de gato-, que aparecería en varias historias -"Norstrilia", "La balada de G'Mell"...-, que sería la más inteligente y astuta de su clase, llegando a tener algo más que amistad con un importante humano. Respecto al aspecto de las sub-personas, lo curioso es que, realmente, el autor apenas entra en ello. Destaca si alguna tiene una semblanza al animal del que proviene pero la mayoría, da la impresión, de que básicamente parecen humanos, y tal vez sólo la cola o las orejas animales les distingan de los auténticos humanos. Cuando algunos ilustradores ha querido retratarlos -como a G'Mell, por ejemplo-, lo han hecho cada uno a su manera, porque Smith no explica cómo son. Dicho de otra forma, que lo deja todo a nuestra imaginación.

G'mell ilustrada por Pierre Lacombe
La mujer-gato -y más humana que muchos humanos- G'Mell, por Pierre Lacombe.

Se podría hablar de muchos otros personajes y situaciones: de cómo el capitán Suzdal consiguió enfrentarse a una especie humana degenerada formada por hermafroditas mediante gatos -"El crimen y la gloria del capitán Suzdal"-; de naves inmensas y al tiempo inofensivas pero terribles -"Dorada era la nave"; de cómo la religión es considerada un peligro, lo que hace que un gurú desquiciado transforme la antigua fe del legendario faraón Akhenatón en un poder destructivo -"Bajo la vieja Tierra"-; sobre el descubrimiento de un mundo habitado por enormes aves inteligentes que sólo piensan en comer y comer -"Del planeta Gustible", habitado por unos seres conocidos como "Apicios", igual que Apicio, el célebre cocinero romano-, y así, relatos y más relatos, que, aunque sepamos de que existen diferencias de estilo, y saltos temporales enormes, corresponden a un mismo universo, un puzzle cuyas piezas intentamos, en alguna ocasión con dificultad, que concuerden.

"Los mininos de mamá Hitton", una historia ambientada en Norstrilia, bien defendida de ladrones e intrusos.

Los últimos relatos que escribió -y también de los que aparentan suceder en un futuro más lejano-, tienen a un sólo personaje de protagonista: Cashier O'Neill. Hay que tener en cuenta, primero, que los siempre lejanos pero presentes Señores de la Instrumentalidad se dieron cuenta de que la humanidad, sin nada que hacer ni temer, dejaron de tener hijos, de colonizar mundos, de inventar nada, y que se comportaban casi como zombies. Así que decidieron que tuvieran que trabajar y preocuparse de enfermedades y penalidades, mientras resucitaban culturas, idiomas y formas de vida antiguas, pero adaptadas a la tecnología del futuro, lo que hace que vuelva a haber nuevos franceses, alemanes, árabes, chinos, etc, aunque las culturas resucitadas no correspondan a las razas de las que formaban parte. Uno de esos mundos será algo parecido a Egipto, pero sin religión aparente, pues el islam no existe, y el cristianismo es algo casi desconocido, y lo siguen más las sub-personas -cada vez más respetadas e influyentes- que los humanos. En ese mundo, Mizzer -de Misr, el nombre de Egipto en árabe de ese país- es expulsado el rey de la casa O'Neill, vicioso e indolente -casi un retrato del también destronado rey Faruk-, y con él, su sobrino, que deja mujer e hija en su mundo. Él sólo piensa en vengarse y volver a reinar, y por eso viaja por los mundos buscando ayuda económica, política o militar, llevándole a tres mundos, que son tres relatos diferentes: uno cubierto de gemas, pero sin apenas territorio cultivable -"El planeta de las gemas"-, donde consigue una nave espacial; otro con un clima enloquecido, gobernado, en teoría, por un hombre con siglos de vida -gracias al stroon, la sustancia de Norstrilia que tanto alarga la vida-, pero que se la pasa en gran parte durmiendo, cuidado de una mujer-tortuga: T'ruth -T de tortuga; su nombre en inglés, se ve claramente, significa verdad, truth, porque nunca miente-, que hace del héroe una persona nueva, con grandes poderes psíquicos para enfrentarse a quién sea, herencia de una mujer -bruja, maga, ser todopoderoso y extraordinario- de la que, tras morir, recibió su alma y parte de sus poderes, aunque no su personalidad; este sería "El planeta de las tormentas". El tercer relato, "El planeta de arena", sería el retorno de Casher a su mundo patria, donde finalmente, decide no matar al general que lo gobierna, sino cambiar de vida -aunque mejor no explicar más-.
Sus últimas historias serían, entre otras, "Tres a una estrella", en que tres máquinas de matar interplanetarias y de extraordinario poder, capaces de pensar, hablar y sentir, y cuyo pasado ¿humano? acabaremos sabiendo, se dirigen, en un viaje tan lejano en el espacio como en el tiempo, a un mundo que Casher y su mujer consiguen intuir gracias a sus poderes mentales: un planeta poblado por una especie al tiempo inteligente y brutal y que, aparentemente, sólo piensa en devorar a la humanidad. Los tres viajeros pretenden, por tanto, actuar atacando antes de ser la Tierra y otros mundos atacados.


Otros relatos. El fin de Linebarguer, y lo que le quedó por decir.

Si se deja aparte su universo personal, Linebarguer escribió apenas seis cuentos que muy difícilmente se les podría incluir en él. Entre ellos, el ya nombrado de "La guerra número 81-Q", publicada de adolescente, y donde imagina que, en un futuro, la lucha entre grandes potencias -aquí, Estados Unidos y un estado asiático que sería China, aunque con un gobierno mongol, que compiten por un descubrimiento tecnológico de gran importancia- en lugar de destruirse en larguísimas y sangrientas guerras, deciden alquilar un territorio despoblado y neutral a un tercer país, y organizar allá un enfrentamiento entre vehículos aéreos armados al máximo, y que son teledirigidos desde larga distancia, permitiendo, incluso, apuestas y espectadores.
Otras historias, entre estas seis, serían "La ciencia occidental es tan maravillosa", sobre un marciano multiforme que llega a la Tierra, simplemente, para aprender ciencia, pero que sólo se encuentra con militares con los que poco tiene que hablar; o "La flauta de Boodidharma", donde un instrumento musical de poderes casi mágicos fabricado durante la legendaria época en que existía la llamada "cultura del Indo", o de Harappa y Mohenjo Daro -la cultura más antigua de la India y Pakistán-, y que pasa de mano en mano, de saqueadores, científicos, y hasta nazis, hasta un técnico espacial, y que tiene el poder de desarrollar los sentimientos, buenos o malos, de la persona que escucha la música que emite.
Respecto a qué es lo que pretendía Smith, es un misterio. Se perdieron parte de sus apuntes y cuadernos. Su mujer rescató otros -le ayudó a escribir, al menos, un par de cuentos, y cuando murió su marido, acabó un par más, aparte de descubrir uno inédito-, pero no se sabe hacia donde iba su universo. Alguna vez habló de una nueva serie, "Los señores de la tarde", donde, quizá, humanos y sub-personas podrían vivir y convivir en plena igualdad.
Respecto a qué fue de su obra tras su muerte, en 1966, está un poco en consonancia con el comportamiento del autor en vida: pasó un tanto desapercibida, hasta que fue re-descubierta en los 90, consiguiendo nuevos y jóvenes adeptos, traduciéndose a varios idiomas -en español en dos ocasiones; la segunda, con toda su obra en sólo cuatro tomos, no había más-, y, en tiempos ya de internet, consiguiendo más posibilidades de ser conocida, e incluso con alguna web dedicada sólo a él y su obra.
Por lo visto, siempre se negó a que se supiera que el tal "Cordwainer Smith" en realidad era el doctor Linebarguer, aunque, en el fondo, le habría gustado atreverse a ser conocido, a asistir a convenciones -tan habituales- de autores, críticos y aficionados a la ciencia-ficción, en diversas ciudades norteamericanas. Un amigo suyo, el también escritor de género Frederik Pohl -autor, de entre otras, de "Mercaderes del espacio"-, consiguió no sólo conocerlo en persona, sino también trabar una buena amistad. Casi consiguió convencerlo para que diera la cara y se presentara en público en la siguiente convención de cf de Estados Unidos, pero, lamentablemente, Linebarguer murió de un repentino ataque al corazón. Así, siguió siendo un desconocido para el gran público, y aunque de vez en cuando se publicaba algún recopilatorio parcial, pasaron los años, y su nombre se disipó de la memoria, incluso de gran parte delos aficionados más acérrimos. Cuando, en no pocos libros, se hacen selecciones de relatos de ciencia-ficción, o de autores de este género, muy raramente nadie llegaba ni a acordarse de él. Gracias a las nuevas tecnologías, como internet, que él nunca imaginó, ha vuelto a resurgir, y no deja de tener un grupo de seguidores en todo el mundo quizá no muy grande, pero sí muy fiel.

Este sería un enlace para una de las webs dedicadas a él. 

martes, 31 de diciembre de 2013

El cuento original de "La vida secreta de Walter Mitty".

El pequeño relato en que se basaron las dos adaptaciones cinematográficas: la de Danny Kaye (1947), y la de Ben Stiller (2013).


Esta reseña la creo un poco por casualidad. Hace poco se anunció una nueva versión de "La vida secreta de Walter Mitty", basada en un cuento corto popular norteamericano -de 1939, pero que todavía mucha gente conoce, y que han leído en algún momento-. Hace años, muchos, pude ver la primera versión cinematográfica, la de Danny Kaye, de 1947 -ha llovido mucho, desde aquella época; también, aunque no tanto, desde que era relativamente fácil ver por televisión películas clásicas, y que ahora, muchas veces de forma bastante gratuita, son consideradas, simplemente, como antiguallas-. Siendo como era niño, una película musical -en inglés, idioma que no conocía en absoluto, aunque ahora, aunque lo escriba y lea relativamente bien, sigo sin apenas saber hablar o poder comprender oralmente- podía resultarme, quizá, un poco pesada, pero Kaye, que quizá no era un actor extraordinario, pero sí estaba hecho para la comedia, era buen bailarín y cantante -en realidad, un auténtico showman, fue uno de los primero "conductores" de un programa de televisión propio, "La hora de Danny Kaye", que tantos imitadores o reinventonres tendría con el paso de los años-, y era capaz de llevar por sí mismo el protagonismo de historias que, de otra forma, y en manos de otros actores, podrían resultar, incluso para la época, demasiado poco creíbles, o, por decirlo de otra forma, no tendrían por donde aguantarse. Algo parecido podría decirse de Ben Stiller -conocido en Europa, pero de enorme fama en su país-, aunque no puedo decir mucho de la nueva versión, que todavía no he visto -aunque quizá aproveche estas navidades para hacerlo; la cosa está mal, pero no creo que me arruine por ir al cine un par de veces, y más, cuando no acostumbro a hacerlo en días festivos, que es más caro-. No me extenderé, sin embargo, en las películas, sino en el relato que sirvió de base para ellas.

El cartel de la primera versión, de 1947, de Danny Kaye.

El cuento original, del mismo título, fue obra del escritor, periodista y caricaturista James Thurber, al que podría considerarse como un "artista popular"; en el sentido de que no escribió o realizó ninguna obra de arte tal como la considerarían los críticos y expertos -sea lo que sea, lo que se pueda entender como "expertos"-, pero sus pequeños relatos, publicados casi todos en la revista "The New Yorker" -este, en 1939-. Más adelante, estos relatos se recogerían en diversas antologías -las más recientes, serían conocidas simplemente como "James Thurber: escritos y dibujos", que serían las ediciones que le harían conocido a posteriores generaciones, transformándolo en parte de la cultura popular anglosajona-, y no se ha dejado de vender, aunque sean en tiradas más modestas, hasta hoy en día. 
El cuento original apenas serían, en un libro de formato más o menos mediano, dos o tres páginas, o poco más, si se añadía alguna de sus ilustraciones. El personaje, además, no es exactamente el que vemos en las dos películas: es un hombre casado -no un solterón en busca de un amor supuestamente imposible-, que acompaña a su esposa a sus compras semanales en la ciudad, y deja volar su imaginación para olvidarse un poco de ella, de sus obligaciones, y de su aburrida vida. Nuestro hombre lo mismo se ve pilotando un hidroavión en medio de una tormenta, como yendo a una misión casi suicida de bombardeo a un polvorín enemigo, pero en la vida real, no deja de ser un anodino e inofensivo Don Nadie. El nombre del protagonista, incluso, llegó a formar parte del habla popular. Un "Walter Mitty", para muchos norteamericanos -aunque algunos no conozcan el cuento más que de oídas, o ni eso- es, no un personaje fantasioso por sí, sino alguien que parece vivir en las nubes, en la luna, y que, aparentemente, no sabe ni donde está, ni lo que tiene que hacer, porque tiene una enorme facilidad para abstraerse de la realidad, que poco o nada le interesa. Gente, tal vez, poco dada a la acción, porque ésta la encuentra, la crea, en su propia cabeza, sin necesidad de buscarla en la realidad. Gente, por tanto, cómodamente soñadora, un tanto abúlica, pero inofensiva.

Un cartel publicitario de la nueva versión, de este año, poco antes de su estreno.

Así pues, como tenía interés por leer el cuento, y al no haberlo encontrado en castellano -aunque imagino que existe, aunque no lo encontré, tal vez más por falta de interés que tiempo-, decidí traducir el original en inglés. El problema, como en "El sueño de Sultana", que fue lo primero que "publiqué" en el blog, es que mi inglés es modesto -tan modesto, que en no pocas ocasiones, ni se deja ver-, así que me hice ayudar por el traductor del Chrome, por un diccionario y un libro de gramática, y una pequeña ayuda -humana- externa. Y por mi propio inglés, claro, que tampoco es tan malo. Una parte del trabajo de "corrección" -largo y arduo, aunque no lo parezca- es el lío que se hace cualquier máquina con las formas verbales, artículos determinados, género y número de las palabras, o por los diversos pronombres. Pero ahí está. No es la mejor traducción -penoso sería, encontrarme ahora en la red con una mejor, aunque traducirla, aunque sea artificialmente, sea más divertido-, pero al menos se entiende.
Bueno, pues aquí está la historia. Modesta, pero con dos películas a sus espaldas:

La vida secreta de Walter Mitty.

"Estamos pasando". La voz del comandante era como romper el fino hielo. Llevaba su uniforme de gala, con la gorra blanca fuertemente enroscada, ladeada desenfadadamente sobre un ojo frío y gris. "No podemos hacer eso, señor. Está corriendo un gran riesgo por un huracán, si desea saber mi opinión." "No se la estoy pidiendo, teniente Berg", dijo el Comandante. "¡Encienda los indicadores luminosos! ¡Acelere hasta 8500! ¡Estamos pasando!" El golpeteo de los cilindros aumentó: ta-pocketa-pocketa-pocketa-pocketa-pocketa. El comandante se estrelló contra el cristal de la cabina del piloto, donde se estaba formando hielo. Se acercó y revisó una hilera de complicadas esferas y diales. “¡Encender auxiliar número 8!”, gritó. "¡Encended auxiliar número 8!", repitió el teniente Berg. "¡Potencia completa en la torreta número 3!", gritó el comandante. "¡Potencia completa en la torreta número 3!" La tripulación, observando desde sus puestos el enorme destrozo del “motor de ocho” del hidroavión de la marina, se miraron unos a otros sonriendo. “El “Hombre Viejo”  está con nosotros”, se dijeron unos a otros. “¡El “Viejo” no tiene miedo del infierno!”. . .
"¡No tan rápido! ¡Estás conduciendo demasiado deprisa!", dijo la señora Mitty. "¿Por qué estás conduciendo tan rápido?"
"¿Hmm?", dijo Walter Mitty. Miró a su esposa, en el asiento de al lado, asombrosamente escandalizada. Le pareció de lo más extraña, como una mujer desconocida que hubiera gritado en una multitud. "Ibas a cincuenta y cinco", dijo. "Tú sabes que no me gusta ir a más de cuarenta. Estabas yendo a cincuenta y cinco." Walter Mitty siguió conduciendo hacia Waterbury en silencio, el rugido del SN202 a través de la peor tormenta en veinte años de la  aviación de la marina de guerra desvaneciéndose en la distancia, las líneas aéreas  producto de su mente. "Estás tenso de nuevo", dijo la señora Mitty. "Uno de estos días, me gustaría que permitieras al dr. Renshaw que te hiciera una revisión médica.
Walter Mitty detuvo el coche delante del edificio donde su esposa tenía pensado arreglarse el cabello. "Acuérdate de conseguir esas botas de agua mientras me peinan el cabello", dijo. "No necesito zapatos de goma", comentó Mitty. Ella guardó su espejo en el bolso. “Ya hemos hablado sobre eso", dijo ella, saliendo del coche. "Hace tiempo que ya no eres un hombre joven." Volvió a poner en marcha el motor. "¿Por qué no te pones los guantes? ¿Has perdido tus guantes?" Walter Mitty buscó en un bolsillo y sacó los guantes. Se los puso, pero después de que ella se hubiera vuelto y entrara en el edificio, y en cuanto se paró delante de un semáforo en rojo, se los quitó de nuevo. "¡Muévase, hermano!" Espetó un policía cuando la luz cambió, y Mitty, apresuradamente, se volvió a poner los guantes los guantes mientras sentía cómo se tambaleaba hacia delante. Condujo por las calles sin rumbo durante un tiempo, para después pasar por delante del hospital en su camino al área de estacionamiento.
. . . "Es el banquero millonario, Wellington McMillan”, exclamó la bonita enfermera. "¿Sí?", dijo Walter Mitty , mientras se quitaba lentamente los guantes." ¿Quién es el responsable de su operación?" "El doctor Renshaw, y el doctor Benbow, pero se harán cargo otros dos especialistas: el doctor Remington de Nueva York, y el doctor Pritchard-Mitford de Londres. Ellos se han hecho cargo." Se abrió una puerta en un largo y fresco pasillo, y de ella salió el doctor Renshaw. Se le veía angustiado y demacrado. "Hola, Mitty", dijo. "Lo estamos pasando endemoniadamente mal con McMillan, el banquero millonario y amigo personal de Roosevelt. Obstreosis del tracto ductal. Terciario. Me gustaría que le echaras un vistazo a." "Con mucho gusto", dijo Mitty .
En el quirófano se hicieron las presentaciones entre susurros: "Doctor Remington, el doctor Mitty. Doctor Pritchard-Mitford, el doctor Mitty." "He leído su libro sobre estreptotricosis -dijo Pritchard-Mitford, estrechándole la mano-. Una obra brillante, señor.” “Gracias”, dijo Walter Mitty. "No sabía que estuviese en los Estados Unidos, Mitty", refunfuñó Remington. "Mil gracias, por enseñar a Mitford como tratar un terciario." "Es usted muy amable", dijo Mitty. Una enorme y complicada máquina, conectada a la mesa de operaciones, con muchos tubos y cables, comenzó en ese momento a sonar –pocketa-pocketa-pocketa-. "¡El nuevo aparato anestesista está poniéndose en marcha!" -gritó un ayudante- ¡Y no hay nadie en la Costa Este que sepa realmente como funciona!" "¡Tranquilo, hombre!", dijo Mitty, en voz baja y manteniendo la calma. Se acercó a  la máquina, que ahora estaba sonando pocketa-pocketa- queep-pocketa-queep. Comenzó a manipular delicadamente una hilera de brillantes botones. "¡Denme una pluma!", espetó. Alguien le entregó una pluma estilográfica. Sacó un pistón defectuoso de la máquina e insertó la estilográfica en su lugar. "Eso va a mantener en buen funcionamiento durante diez minutos" –dijo-. Adelante con la operación." Una enfermera se acercó y le susurró a Renshaw, y Mitty vio al hombre palidecer. "Me temo que es una coreopsis", dijo Renshaw nerviosamente-. ¿Quiere tomar el control, Mitty?" Mitty miró la atemorizada figura de Benbow, y los graves y confusos rostros de los dos grandes especialistas. "Si así lo quiere", dijo. Se colocó por encima de su ropa un vestido blanco, se ajustó una máscara y se  puso los delgados guantes; las enfermeras le entregaron su brillante. . .
"¡Retrocede, Mac! ¡Cuidado con el Buick detrás tuyo!" Walter Mitty pisó el freno. "Carril equivocado, Mac", dijo el encargado del aparcamiento, mirando a Mitty de cerca. "Gee-Yeh", murmuró Mitty. Comenzó a retirarse con cautela del carril marcado "Sólo Salir." "Puede dejarlo ahí", dijo el empleado. "Me encargaré de aparcarlo". Mitty se bajó del coche. "Hey, deje mejor la llave puesta". "Oh", dijo Mitty, mientras entregaba al hombre la llave de contacto. El encargado se dejó caer en el interior del coche, dio marcha atras con insolente habilidad, y lo aparcó en su plaza correspondiente.
Son tan groseramente arrogantes -pensó Walter Mitty, caminando por Main Street-. Creen que lo saben todo. Una vez intentó quitar sus cadenas para la nieve, en las afueras de New Milford, y acabó provocando una avería alrededor de los ejes. Un hombre tuvo que ir a recogerlo con un camión-grúa. Un joven empleado del taller, con una sonrisa burlona. Desde entonces, la señora Mitty siempre le hacía conducir a un garaje para que le sacaran allá las cadenas. La próxima vez, pensó, llevaré mi brazo derecho en cabestrillo; entonces si que no sonreirán delante mío. Tendré mi brazo derecho en cabestrillo y se darán cuenta de que me resultaría imposible retirar las cadenas por mí mismo. Dio una patada en el fango de la acera. "Botas de agua", se dijo, y comenzó a buscar una zapatería.
Cuando salió a la calle de nuevo, con las botas de agua en una caja bajo el brazo, Walter Mitty comenzó a preguntarse qué otra cosa que otra cosa que le había dicho su mujer que debía conseguir. Se lo había dicho en dos ocasiones, antes de salir de su casa de Waterbury. La verdad es que odiaba aquellos viajes semanales a la ciudad, en los que siempre debía salir algo mal. ¿Pañuelos de papel, pensó, Squibb’s –polvos de talco-, hojas de afeitar? No. ¿Pasta y cepillo de dientes, bicarbonato, carborundum? ¿Iniciativa y referéndum? Acabó dándose por vencido. Pero ella lo recordaría. "¿Dónde está el-cómo-se-diga?" Lo que pidiese. "No me digas que has olvidado el-cómo-se-diga." Un vendedor de periódicos pasó gritando algo sobre el juicio de Waterbury.
. . . "Tal vez esto le refresque la memoria." El Fiscal de Distrito sacó repentinamente una pesada automática que puso a la vista de la tranquila figura sentada en el estrado de los testigos. "¿Alguna vez ha visto esto antes?" Walter Mitty tomó el arma y la examinó con pericia. "Este es mi Webley-Vickers 50.80", dijo con calma. Un rumor creciente corrió alrededor de la sala de audiencias. El juez llamó al orden. "Tú eres un as con cualquier tipo de arma de fuego, ¿verdad?", dijo el fiscal del distrito, insinuante.  "¡Protesto!", gritó el abogado de Mitty. "Hemos demostrado que el acusado no podría haber hecho el disparo. Hemos demostrado también que llevaba el brazo derecho en cabestrillo en la noche del catorce de julio." Walter Mitty levantó la mano brevemente, y los abogados que discutían se calmaron. "Podría haber matado a Gregory Fitzhurst con cualquier marca conocida de armas -dijo sin alterarse- a trescientos pies y con la mano izquierda." En la sala del tribunal se desató un pandemónium. El grito de una mujer se hizo oír por encima del caos, y de repente, una hermosa joven de cabello oscuro apareció en brazos de Walter Mitty. El fiscal de distrito la golpeó salvajemente. Sin levantarse de su silla, Mitty golpeó al hombre en la punta de la barbilla. "¡Miserable canalla!". . .
"Galletas para cachorros", dijo Walter Mitty. Dejó de caminar y los edificios de Waterbury, saliendo de la sala de audiencias de niebla y lo rodeó de nuevo. Una mujer que pasaba se echó a reír." Dijo “galletas para cachorros”, comentó al hombre que la acompañaba." Ese hombre se dijo a sí mismo “galletas para cachorros." Walter Mitty  se apresuró. Entró en una tienda de animales, no la primera que encontró, sino una más pequeña situada más arriba de la calle. "Quiero unas  galletas para perros pequeños, jóvenes". El dependiente preguntó: "¿Alguna marca en especial, señor?" El mayor disparo de pistola  del mundo resonó durante un momento. "Dice 'Los cachorros ladran por él' en la caja ", dijo Walter Mitty .
Su esposa estaría de vuelta de la peluquería en quince minutos - Mitty pensó, tras mirar su reloj-, a menos que se retrasaran por el secado. A veces tenían problemas para secarle el cabello. No le gustaba llegar al hotel la primera;  quería que él estuviera allí esperando por ella, como de costumbre. Encontró una gran silla de cuero en el vestíbulo, frente a una ventana, y se puso las botas de agua y la caja de galletas para cachorros en el suelo, junto a él. Cogió un viejo ejemplar de “Liberty” y se dejó caer en la silla. "¿Puede Alemania conquistar al mundo desde el aire?" Walter Mitty miraba las fotos de bombarderos, y de calles en ruinas.
. . . "Los proyectiles de artillería alcanzaron al joven Raleigh, señor", dijo el sargento. El capitán Mitty lo miró a través de su pelo enmarañado. "Llévalo a la cama -dijo con cansancio-, con los otros. Voy a volar solo." "Pero eso es imposible, señor -dijo el sargento con ansiedad-. Se necesitan dos hombres para manejar ese bombardero y los Archies han desatado el infierno en el aire. El circo de Von Richtman está entre nosotros y el pueblo de Saulier." "Alguien tiene que conseguir alcanzar ese depósito de municiones -dijo Mitty-. Voy a ir. ¿Un poco de coñac?" Se sirvió una copa para el sargento y otra para él. La guerra tronó y gimió alrededor del refugio golpeando en la puerta. Destrozaron  la madera y las astillas volaron a través de la habitación. "Un poco demasiado cerca", dijo el capitán Mitty descuidadamente. "Las andanadas de fuego antiaéreo para bloquearnos están cada vez más cerca", dijo el sargento. "Sólo se vive una vez, sargento", dijo Mitty, con una sonrisa tenue y fugaz. "¿O no?" Se sirvió otro coñac, y lo sacudió haciendo que cayera fuera. "Nunca he visto un hombre capaz de sostener su brandy como usted lo hace, señor", dijo el sargento. "Disculpe señor." El capitán Mitty se puso de pie, con su enorme Webley-Vickers automático al cinto. "Son cuarenta kilómetros a través del infierno, señor", dijo el sargento. Mitty terminó una última copa de brandy. "Después de todo -dijo en voz baja- ¿Qué no lo es?" El temblor producido por los cañones aumentó, pero no se oía el rata-tat-tatteo de ametralladoras, y de alguna parte llegó el amenazante  pocketa-pocketa-pocketa de los lanzadores New Flame. Walter Mitty se acercó a la puerta de la caseta tarareando "Auprès de Ma Blonde." Se dio vuelta y se despidió del sargento. "¡Hasta luego!", dijo. . . .
Algo golpeó su hombro. "He estado buscándote por todas partes en el hotel", dijo la señora Mitty. "¿Qué haces tumbado en esa vieja silla? ¿Cómo esperas que te encuentre?"  "Las cosas se acaban, "dijo Walter Mitty vagamente. "¿Qué? -dijo la señora Mitty- ¿Conseguiste el-cómo-se-diga? ¿Las galletas para cachorros? ¿Qué hay en esa caja?"  "Botas de agua" -dijo Mitty- "¿Y cómo es que no te las has puesto en la tienda?" "Yo estaba pensando -dijo Walter Mitty-, ¿se te ha ocurrido pensar que a veces estoy pensando?" Ella lo miró. "Cuando llegue a casa, tendré que tomarle la temperatura", se dijo.
Salieron por la puerta giratoria, que hizo un silbido débilmente burlón cuando les empujó. Fue dos manzanas de la plaza de estacionamiento. En la farmacia de la esquina le dijo: “Espérame aquí. Me olvidé de algo. No será más de un minuto.” Ella era más que un minuto. Walter Mitty encendió un cigarrillo. Comenzó a llover, lluvia con aguanieve. Se puso de pie contra la pared de la farmacia, fumando. . .  Colocó sus hombros hacia atrás y juntó los talones. "Al diablo con el pañuelo", dijo Walter Mitty con desprecio. Echó una última calada al cigarrillo y lo tiró a la basura. Luego, con esa sonrisa débil y fugaz jugando en sus labios, frente al pelotón de fusilamiento; erguido e inmóvil, orgulloso y desdeñoso, Walter Mitty el invicto, inescrutable hasta el final.