martes, 26 de noviembre de 2013

Los macchiaioli, la alternativa italiana al impresionismo francés.


Un pequeño descubrimiento hojeando la prensa.

Normalmente -bueno, más bien nunca- acostumbro a hablar de pintura. No es que sea un tema que no me interese o agrade, pero aparte de no ser experto en ello, tampoco es de los que más me apasione. Sin embargo, de vez en cuando, no sólo leo -o repaso- sobre dicho arte, sino que me agrada descubrir cosas nuevas; estilos, autores, corrientes o influencias de las que sabía poco o, simplemente, desconocía por completo.
Leyendo el periódico -para ser más exacto, "El periódico de Cataluña"- de hace ya días -tengo el blog muy dejado, así que el pedazo de hoja que guardo tiene ya un tiempo-, descubrí a los macchiaioli -la verdad es que, al principio, me costó bastante aprenderme el nombre; y eso que, en general, los nombres o expresiones en italiano, por la razón que sea, se me quedan en la memoria con bastante facilidad-, una corriente o escuela pictórica de la segunda mitad del siglo XIX, que, aunque no fueran ni imitadores ni rivales de los impresionistas franceses o belgas, contemporáneos suyos, sí se les puede considerar, hasta cierto punto, como una especie de alternativa o versión italiana de éstos. Por lo que dice el artículo, al haber sido un poco anteriores a sus correligionarios galos, y no conseguir demasiada fama fuera de sus fronteras, hizo que, hoy en día, hayan quedado casi totalmente olvidados, aunque en Madrid se realiza una exposición de parte de su obra hasta el 5 de enero del año que viene.

Quienes eran esta gente, y qué les gustaba pintar.

El nombre de "macchiaioli" vendría a significar "manchadores", "los que pintan a base de manchas", y se utilizó -por primera vez, en 1862-, al menos en un principio, de forma un tanto despectiva, por al menos un crítico -quizá más- de arte de provincias que consideraba que aquellos jóvenes pintores que deseaban renovar la pintura italiana no es que fueran unos revolucionarios geniales pero incomprendidos, sino, simplemente, unos mediocres y unos chapuceros. Como ocurre en no pocas ocasiones, lo que en principio fue un apodo despectivo, acabó transformándose en un nombre colectivo adoptado no sin cierto orgullo.
Diez años antes de que los impresionistas empezaran a ser conocidos como tales, en Florencia, y en general en la Toscana -en Italia, el arte tenía una base regional, o alrededor de una ciudad en particular; en Francia y Bélgica, sin embargo, el arte tenía como escaparate, base y refugio sólo a Parías, y allá llegaban, también, artistas de todo el mundo, desde checos hasta mexicanos, pasando por españoles o alemanes-, un grupo de artistas decidieron dar la vuelta a la pintura patria, que consideraban que iba demasiado a remolque de la de otros países, sin reflejar como debía ni los paisajes ni la gente de Italia en aquella época, en proceso todavía de unificación, lo que también significaba, en cierto modo, un apoyo a la formación de un espíritu nacional-, y romper tanto con el romanticismo -sobretodo francés: Delacroix, Géricault- como con el academicismo. Con el "Caffè Michelangiolo" como punto de encuentro -¡que importancia tuvieron los cafés de toda Europa en la historia del arte y la cultura, y mucho más que ello!-, y con el crítico Diego Martelli como mecenas y apoyo moral -y no sólo moral; siendo crítico de arte, podía hacer oír su voz donde resultaba bien difícil, por no decir imposible, a sus jóvenes protegidos-, empezó esta corriente modernizadora y alternativa. Todavía estamos hablando de mediados de la década de los 50 del siglo XIX. Faltaba al menos otra para que éstos se dieran realmente a conocer.

Los macchiaioli, reunidos en el "Caffè Michelangiolo".

El café, por cierto, fue tan famoso, y tuvo tanta importancia, tanto desde un punto de vista artístico como cultural y social, que aunque desapareció como tal -ya no se le encuentra, en la calle Cavour de Florencia-, sí que tiene su propia  página web.
Entre los principales autores, se podrían enumerar a Giovanni Fattori, Telemaco Signorini, Giuseppe Abbati, Silvestro Lega o Giovanni Boldini. Al contrario que con los impresionistas -y los post-impresionistas-, y más o menos como los pre-rafaelitas británicos, son más conocidos como grupo que como individuos, cada uno con su propia personalidad, técnica y gustos e influencias propios, lo cual, evidentemente, no es ni junto ni exacto, pues aunque tenían vidas e ideas en común, cada uno era un artista por sí mismo.
Todos y cada uno de ellos, a su forma, tenían cosas en común: su -en un primer momento- juventud; el deseo de reflejar a las gentes y paisajes de su región de una forma original, mucho más colorida -nada de "tenebrismos", a lo Caravaggio y el gótico-, dando más importancia al color en sí, que a la forma exacta y a la silueta bien recortada; el compartir ideas sobre la necesidad de cambios sociales y políticos, y fomentar no sólo la unión política, física, sino también cultural y humana entre las distintas partes del nuevo estado italiano, que había estado dividido en multitud de entidades políticas desde  tiempos de Justiniano -nada menos-.

Telemaco Signorini.La sirga, en Le Cascine de Florencia, 1864.Óleo sobre lienzo.54x173cm.Colección particular.Cortesía de Jean Luc Baroni Ltd. Asperas imágenes de una adhesión momentánea al tormento de los vencidos, a la vida de sacrificios y privaciones.
"La sirga", de Telemaco Signorini. Retrato de la Italia rural de la época: el "señor" y los todavía siervos.

Lo que tenían en común, o no, con los impresionistas. Las distintas etapas.

Unos y otros tenían la costumbre, poco habitual hasta aquel momento, de pintar al aire libre: en la calle, en los caminos, en los campos; así como su interés por la vida rural -eran pintores de este origen, o de pequeñas ciudades, mientras que los impresionistas, aunque nacieran en distintos puntos de Francia, vivían y trabajaban en París, y eran muy urbanos-, por los campesinos y pastores, los animales, la forma de vida de la población del campo, que en la Italia de aquellos tiempos, incluso en el norte, representaban la gran mayoría de sus habitantes -algunas ciudades, como Génova o Venecia, o la misma Florencia, arrastraban una larga decadencia, y su población no había aumentado apenas, incluso como el caso de Siena o Pisa, habían disminuido con respecto al Renacimiento-. Jugaron con los colores, cuantos más mejor, y con las sombras, que pasaron a ser secundarias, pero bien utilizadas para destacar los contrastes. Una de las diferencias, sin embargo, sería que los macchiaioli intentaban reflejar la realidad de la forma más realista posible -sobretodo en los retratos, en las figuras de mayor tamaño, que ocuparan gran parte del cuadro, como "El canto de una copla", de Lega-, mientras que los impresionistas buscaban el instante mismo, sin dar una importancia tan capital a la realidad en sí misma. Si a determinada hora, con determinada luz, un impresionista veía una catedral como si ésta estuviera brillando -como si fuera de cristal- o ardiendo, la pintaba tal como le parecía, aunque no fuera, ciertamente, algo demasiado realista.

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"El campo de batalla italiano en la batalla de Magenta", de Fattori (1859), durante la guerra contra los austriacos por Lombardía.

Habría, al menos, tres etapas en que los distintos temas irían cambiando, aunque no de forma radical. En la primera, y un poco como los románticos franceses a los que querían "superar" -no en técnica, sino más bien, en cuestiones de visión artística o "ideológica"; los impresionistas, en general, eran bastante apolíticos, o tirando a conservadores, si no en la teoría, en la práctica de su vida y trabajo-, optaron por temas históricos, aunque sin interesarse en la mitología o las leyendas, como los prerrafaelitas británicos. En la segunda, salen completamente al exterior, y retratan los paisajes y habitantes de la Toscana, una de las regiones de Italia, por lo demás, más retratables y atractivas -al menos, en una especie de idea colectiva de europeos y norteamericanos que, quizá por influencias literarias y cinematográficas, vemos a la Toscana, igual que a la Provenza, o tal vez a Andalucía, como una especie de paraísos rurales y antropológicos por donde no ha pasado el tiempo, la gente no cambia, no existen los problemas diarios (como si allá la gente no tuviera que trabajar, o enfrentarse a cuestiones económicas o personales, como todo el mundo), y, en definitiva, nos encontráramos en una especie de "Edén europeo mediterráneo", donde no existen ni problemas ni cargas- de Italia. Añadir a la "pintura de paisajes y paisanajes", la de guerra, debido al compromiso político, a la lucha de la Italia en unificación contra el Imperio Austro-húngaro -primero, por Milán y la Lombardía; más adelante, aprovechando que el Imperio estaba enfrentado a la Prusia que unificaba Alemania, y con la que había cierta connivencia política y comprensión por los deseos de unión nacional, por Venecia y el Véneto-; o contra el Reino de Nápoles, gobernado por una rama de los Borbones, o, finalmente, contra unos desfallecientes Estados Pontificios, reducidos a Roma y el Lacio, que pudieron ocupar los italianos cuando sus antiguos aliados franceses sacaron de allá sus últimas tropas, para usarlas en la lucha contra la ya unificada Alemania imperial.

"El canto de una copla", de Silvestro Lega (1867).

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"La pérgola", también de Lega (1866), retratando, también, la pequeña burguesía rural de la Toscana.

Por último, ya veteranos de la pintura, con más edad y menos ardor juvenil, se dedicaron a pintar a la nueva, o no tan nueva, burguesía toscana. Una burguesía, la florentina, por lo demás, ni tan rica ni tan influyente como la lombarda, así que tuvieron que pintar bastantes obras para ganarse bien la vida. Como sus antecesores -Medici y compañía-, aquellos florentinos con dinero -no tanto como se podría creer- y cultura y estudios -tampoco tanto, en muchos casos- quisieron tener obras de arte en sus casas, mientras que ejercían -o jugaban a ejercer- de nuevos mecenas. Cierto que aquellos pintores no eran un Leonardo, o un Rafael, pero ellos tampoco se podían permitir demasiados dispendios. Aún así, con su dinero, fomentaron que los macchiaioli  pudieran dejar para la posteridad un número mayor de obras, representándolos a ellos, o no.

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"La diligencia a Sesto", de Fattori (1873), con un color -en los fondos- más desdibujado.

Entre 1880 y 1930 -ya bajo el fascismo de Mussolini- existió lo que se llamó la corriente de los neo-macchiaioli, también de origen toscano y que, aún pintando gentes y lugares distintos -o que, al menos, habían cambiado con el paso de las décadas- no dejaban de tener un estilo y un punto de vista parecido a los que consideraban sus maestros. En general, la pintura realistas posterior, incluida la de ideología obrerista o revolucionaria -o de denuncia social, que quizá sería una denominación más apropiada- les debería mucho, y, en ocasiones, a algunos macchiaioli, como Lega, son considerados como auténticos "pre-realistas".

Vittorio Matteo Corcos, Sueños.  1896 Galería Nacional de Arte Moderno de Roma
"Sueños", de Vittorio Matteo Corcos, (1896), considerado uno de los más improtantes de los "neo-macchiaioli", pero, al tiempo, representante del realismo en la pintura italiana, en una época posterior a sus maestros.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Renée Dunan, la -casi- olvidada y rupturista dama de la literatura popular francesa de principios del siglo XX.

Otro nuevo personaje de la literatura europea fantástica, sepultado por el tiempo.


¿Y quién era, esta señora?

Aunque, normalmente, acostumbro a leer a autores -o sobre autores, que no es exactamente lo mismo- del mundo anglosajón -entiéndase: Estados Unidos, Gran Bretaña, pero también algún irlandés, canadiense o australiano-, y en menor medida, españoles, siempre me he interesado por cualquier escritor que me llame la atención, sin importarme ni su nacionalidad, ni la época en que vivió y creó su obra -que no es lo mismo que "publicó", pues hay no pocas obras que han visto la luz bastante, incluso mucho después de que su creador muriera; para un ejemplo paradigmático, Kafka-. Por decirlo de alguna forma, nunca he tenido prejuicios en el tema de "nacionalidad", "temática", u "época". Otra costumbre mía es pensar -acertada o equivocadamente, da igual- que un autor no sólo es su obra, sino también su vida, y el país y la época en que le tocó vivir. Y hay ocasiones en que la vida de algunos escritores resulta tan interesante y novelesca, si no más, que sus propias novelas o relatos. Pero a lo que iba, últimamente, he visto como me siento interesado por obras y autores del siglo XIX, y donde los francófonos -los franceses, pero también incluiría a los belgas-, ocupan un espacio importante, como también, en menor medida pero con importancia, los británicos, incluyendo como tales, a los irlandeses -por mucho que esto pueda molestar a los naturales de la isla esmeralda; por mucho que no se quiera recordar, hasta no hace tanto, toda Irlanda fue británica, y el inglés sigue siendo la lengua materna de casi toda la población-.
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En este caso, me ha venido a la mente una escritora de la que leí hace tiempo un relato, "El metal", y de quién busqué información por internet, lo que me permitió no sólo conocer el nombre de otras de sus obras, principalmente las más extensas -o sea, sus novelas, que también las tuvo-, sino también acercarme más al personaje, y a sus ideales políticos, y artísticos y literarios, y en cómo los defendió, y, cuando consideró necesario -o cuando pudo-, los puso por escrito.
Renée Dunan nació y murió en Aviñón, la antigua capital de los papas expulsados de Roma en la Baja Edad Media, y que, aún hoy en día, disfruta de un ambiente, y nos da una impresión, de grandiosidad, y también de cierta pretenciosidad, que no parece cuadrar a una ciudad, dentro de lo que cabe, relativamente pequeña. Desde muy joven pensó que el hecho de ser mujer no sólo no tenía que ser una rémora para dedicarse a la literatura, sino tampoco, y eso quizá la hacía diferente a otras muchas mujeres escritoras de su época, a escribir lo que ella quisiera. Fue novelista -incluyendo relatos, no sólo novelas-, poeta -o poetisa, como dicen algunos, parece que erróneamente, ¡pero a mí me suena tan bien, dicha errata!-, y crítica literaria, que en ocasiones podría considerarse, más bien, como escritora de panegíricos y artículos literarios, como su presentación y defensa del dadaismo.
Porque esta es otra faceta de su personalidad: además de señora de la pluma, fue firme defensora de los ideales feministas -o, teniendo en cuenta la época, proto-feministas-, dadaistas -un antecedente, básicamente literario, del surrealismo, que sería un estilo principalmente pictórico, gráfico-, anarquistas -en el sentido de la época: socialismo libertario-, pacifistas -que no antipatrióticos; más bien, aunque se sintiera francesa, no por ello se consideraba "anti-nada", y como buena artista abierta de mente y de miras, sentía interés por cualquier manifestación artística o cultural de cualquier otra nación- y nudistas -lo que hace pensar que el  también llamado "naturismo" es más antiguo de lo que parece-.
El dadaismo, aún siendo una ruptura completa con la literatura de la época -y de cualquier época, realmente-, tenía como debilidad, precisamente, su completa falta de reglas. Podía resultar alternativo, divertido, tenía, sin duda su gracia, pero también era difícil de leer. Más, incluso, que de escribir. Al ser casi un juego -aunque pudiera tener, para el creador o creadores, pues a veces eran más de uno-, sus propios secretos, dobles sentidos y sorpresas para los iniciados, para la mayoría de los lectores, una vez que se leían un par de cuentos o poemas, podía resultar un tanto tedioso. Fue más una queja que una revolución, y aunque influyó en escritores posteriores, no pudo dejar una gran huella en la historia de la cultura, aunque nadie puede negarle un puesto en dicha historia. Dunan fue una de las fundadoras del movimiento dada, junto a André Breton -su máximo representante en lengua francesa, o al menos así se le ha considerado siempre-, y Philippe Soupault, el cual describió al dadaismo como "una necesaria tabla rasa". Él sería de los que, una vez apagada la deslumbrante pero breve luz dada, se pasaría al naciente surrealismo, con más peso en la novela y el relato largo. Dunan, realmente, aunque apoyó semejante ruptura con lo establecido, y siendo también ella -y más, como mujer- moderna tanto en la temática como en la escritura de sus obras, tampoco se tomó, por lo que se pudo ver, demasiado en serio el dada, una vez que comprobó que se había transformado en un callejón sin salida. Aún así, algunas de esas obras se han ido reeditando, al menos en Francia y Bélgica, aunque al mundo hispanohablante ha llegado muy poca cosa. Parte de lo que de ella conozco, lo conseguí leer después de traducciones, fueran éstas -además de textos cortos-, tanto "informáticas", como propias, un tanto penosas.

Renée Dunan chez "dada".
Aunque no fue una de sus principales figuras en el mundo francófono, Dunan sintió gran atracción por el dadaismo, y su sucesor el surrealismo. Ejemplos, como el modernismo, de provocación y fantasía.


Las obras principales: "Baal", "Los amantes del Diablo", "El sexo y la daga: la ardiente vida de Julio César".

Renée Dunan, bien fuera con su propio nombre, o con alguno de sus numerosos pseudónimos -John Spaddy, M. Steinthal, Louis Pelea...- tuvo tiempo de escribir, a pesar de su corta vida (1892-1936; o 1938, porque hasta en la fecha de su muerte, hay dudas) una enorme cantidad de obras, incluyendo todo tipo de artículos, libelos y ensayos, y con toda seguridad, de vivir en nuestra época, tendría su sitio entre las webs o blogs, tanto literarios como subversivos. O ambas cosas a la vez. Dunan pensaba que la sexualidad tenía una gran importancia tanto en la sociedad de su época, como, en realidad, en todas las sociedades humanas, y en todas las épocas, pasadas o futuras. No es que fura ni lo único, ni lo más importante, pero consideraba ridículo e hipócrita pintar a los hombres de distintas eras -y más, cuando eran personajes a admirar, hubiera o no razón para ello- como si fuera poco menos que asexuados. Tampoco le gustaba el hecho de que las mujeres, ni en los estudios históricos, ni en el arte o la cultura -pasada o presente-, prácticamente fueran excluidas de antemano, como si nunca hubieran tenido parte activa alguna en la historia y la sociedad humanas. Y lo que era peor, como si las mujeres de su época -o sea, del presente-, no tuvieran derecho a cambiar tan penosa e injusta situación. Por eso, el sexo está presente en no poco de lo que escribió. En ocasiones, porque se trataba de novelas o relatos eróticos, así que toda la historia gira alrededor suyo. En otras porque, simplemente, consideraba la sexualidad, que no tenía por qué estar separada ni del amor, ni de que los personajes que la practicaran no fueran, aún a su modo, tan virtuosos como otros mucho menos creíbles creados por la mayoría de los autores de aquellos años, como una parte más de la vida, y de la personalidad del individuo.
A cierta edad, sin embargo, aparte de erotismo -que nunca abandonó, ni mucho menos-, y sin dejar de lado toda su producción -y militancia- política, artística y social, se decantaría por otros temas: la historia, el terror, y la fantasía, tratando, incluso -y aunque sólo fuera de pasada- el tema prehistórico, que en aquella época, y más en el mundo francófono, puso de moda Rosny Aine.
"Baal, o la maga apasionada; libro de sortilegios" (1924), trata sobre la hechicera -no se le considera una auténtica bruja; al menos, como la visión un tanto infantil de bruja que hoy en día se representa en televisión, cine o cómic-, la bella Palmira, que enseña a su ayudante y aprendiz Renée -curiosamente, esta iniciada en la brujería que desea aprender más de su maestra se llama igual que la autora-. Y eso incluye la capacidad de tener contacto, o de llamar a nuestro mundo, a todo tipo de criaturas de otros mundos -más bien, se diría que de dimensiones alternativas, y no del infierno "religioso"-, incluyendo al innombrable y terrible Baal, el gran demonio, que en su mundo nativo se mueve en unas -aparentemente- imposibles cuatro dimensiones, pero que en nuestro mundo de tres, se representa a sí mismo como una especie de pulpo humanoide. La bruja explicará los problemas o apuros que en ocasiones tuvo por invocar a semejante engendro, usando la autora cierta jerga entre oscura y pseudo-científica -a veces un poco indescifrable, por no decir incomprensible, pero que tiene su gracia-, pero que también, por cierta mezcla de atrevimiento, sensualidad y hasta inocencia, a veces puede ser aburrida, pero también encantadora.

Una edición, bastante reciente -y en versión original, desconozco si existe en español-, de "Baal",  "Los amantes del Diablo".

"Los amantes del Diablo" (1929), es una historia algo más corta, y muy moderna para la época. Ambientada en la Francia del siglo XVI, con sus guerras de religión o contra España y Alemania -el Sacro Imperio, donde también gobernaba Carlos de Habsburgo; realmente, la autora no se molesta demasiado en explicar dichas guerras de la Francia del Renacimiento, incluso deja caer comentarios sobre los cátaros, aunque éstos fueron aplastados por los cruzados del norte de Francia casi tres siglos antes- es un relato de aventuras, satanismo y brujería protagonizado por un cazador y su aguerrida esposa. Como en el caso de "Baal...", la autora considera que una de las bases de la brujería es la sexualidad, y, a la vez,  la  represión      -sobretodo en las mujeres- de su práctica y visión como algo natural. Aparte de una atracción del individuo hacia lo prohibido u oscuro; y aquí el sexo vuelve a aparecer: cuanto más prohibido y reprimido está algo, más fascina al subconsciente.
"El sexo y la daga: la ardiente vida de Julio César" (1928). Aquí, Dunan considerar a César, más que héroe histórico -que supo jugar bien las cartas que le tocaron en la vida-, un hombre de carne y hueso. A veces reconoce en él a un individuo extraordinario y noble; en otras, desorientado y derrotado -aunque siempre sabe recuperarse de sus malos momentos-. Como ella misma dice en la introducción a la novela: "Esta vida de César está llena de escenas brutales, escandalosas, lascivas y melancólicas." Ni que decir tiene, que esas escenas, sobretodo las escandalosas y lascivas, están muy presentes, lo que de alguna forma, humaniza más a César, Pompeyo, el rey Nicomedes de Bitinia -un reino helénico, pero de población autóctona, en el noroeste de Anatolia-, y compañía, pero que en ocasiones, desvirtúa un poco la figura del César político, militar y reformador, que también lo fue, y en grado sumo.
Una cosa hay que aclarar: se podría buscar aquí una especie de versión francesa de las historias de Lovecraft -sobretodo, con ese Baal con aspecto de pulpo-humanoide, pero con un deseo sexual inencontrable en la obra del legendario escritor de Providence-, pero Dunan prefiere cargar las tintas, más que en el satanismo -que conocía de forma más bien sucinta y superficial-, en las cuestiones más escabrosas y lascivas, que en aquella época, eran mucho más escandalosas y llamativas que hoy en día. En ocasiones, los diálogos -la novela está dividida en cuatro capítulos más o menos autónomos- entre la amoral y carismática bruja parisina Palmira, y su aprendiz y prendida seguidora Renée pueden resultar un poco aburridos. Aún así, la obra no deja de tener, cuanto menos, un interés mayor que el de simple "arqueología literaria". La segunda novela, donde Babet, esposa de Jean, intenta salvar a su marido de la horca mediante un pacto con el diablo, tampoco es que espante demasiado: más que invocaciones, se podría considerar que, a cambio de salvar a su amado, la aguerrida y atrevida esposa de él decide tener una repentina relación -evidentemente sexual- con un extraño y oscuro caballero que ya imaginamos cual es su auténtica naturaleza; ¿o no?


Otras obras. ¡Qué divertido resulta escribir sobre sexo, en tiempos en que casi nadie se atrevía! La Reneé propagandista política y literaria.

Poco añadí sobre los datos biográficos de la autora, porque, realmente, no es que se recuerden mucho. Curiosamente, al poco de morir, hasta se dudó de su misma existencia, pensando que, realmente, podría ser un hombre -o más de uno-, pero que resultaba más revolucionario y provocador el decir que los relatos eróticos por ella escritos -muchos de ellos con seudónimo, de allá el que resultara más fácil esparcir el bulo de su no-existencia como creadora de ellos-. Se sabe -o se supone- que participó en revistas y periódicos diversos, como el literario "Rojo y negro" -imagino que el nombre vendría por la obra de Stendhal-, defendiendo sus ideas anarquistas, feministas y dadaistas, pero parece que algunos de sus contemporáneos consideraron extraño que alguien -y más, una mujer- opinara sobre tantos temas, y dejara tanta constancia escrita de sus ideas sobre ellos.
¿Cuáles serían sus obras de género erótico más conocidas o leídas en su momento? Digamos que, en aquella época, no es que hubiera un listado de "grandes éxitos", sino autores o revistas -o editoriales- capaces de sacar a la luz gran número de novelas o relatos. Los títulos dan a entender, o a insinuar, de qué pueden ir las distintas historias -no es que fueran el colmo de la profundidad, pero vamos a ver, es que tampoco, ni ella ni autores contemporáneos, quisieran usar el sexo para escribir la novela del siglo; ni falta que hacía-: "El último orgasmo" (1925), "Noches voluptuosas" (1926), "Los caprichos del sexo, o la audacia erótica de la señorita Louise B..." (1928), y así podríamos seguir, en ocasiones escritas con su propio nombre, y en otras, con sobrenombres como John Spaddy -hay quién cree que, o bien ella no era el tal Spaddy, o compartió seudónimo con algún otro autor, hasta ahora anónimo; o conocido, pero que no quiso que se supiera a qué más se dedicaba-, o Louis Dormienne.

"Desvergonzadas", una de las obras de Dunan, con el seudónimo de Spaddy.

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Otra de las novelas cortas -novelettes- de Dunan, sobre el tema de la sexualidad con ojos de mujer, que tantos hombres -y seguramente mujeres, aunque conste menos-, leyeron con interés.

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Y otra más, por si no había suficiente -que no, no lo había-. Hablando de "damas de Lesbos", está claro la temática lesbiana, ¿no?

También se podría nombrar "El metal" (probablemente 1920, aunque no he logrado encontrar la fecha exacta de cuando lo escribió), un relato corto "prehistórico", como los de Rosny Aine, o como "Antes de Adán", de Jack London, por poner dos ejemplos, donde la prehistoria es retratada de una forma un tanto fantástica, pero también evocadora -y más, teniendo en cuenta que, si la fecha de su escritura es real, la paleontología, aunque no era ya una ciencia nueva, en cuestión del estudio del hombre prehistórico, todavía estaba en sus principios-, con atlantes y amazonas incluidas. En español lo publicó la revista literaria "Delirio", pero se puede encontrar en la red -ilustrado, además-, aunque en francés, en este enlace.
Sobre sus artículos, que publicó allá donde le dejaron, se puede destacar uno sobre el dadaismo, en la revista literaria "La vie nouvelle", que se puede leer aquíEstá en francés, pero con la ayuda de algunos buscadores, se puede traducir al español bastante bien. O eso, o practicar esa lengua, que es lo que yo hice, aunque no sólo por cuestiones simplemente literarias, sino porque, en un futuro próximo, tal vez necesite un nivel aceptable de la lengua gala para trabajar, allende los Pirineos.
En cuestiones históricas, su novela sobre Julio César, centrándose en su vida íntima tanto o más que en sus facetas política y militar, o bien, "Los amantes del Diablo", donde resalta el poco interés en crear un marco histórico trabajado de la Francia del siglo XVI, o -en general- su novela "La extraordinaria aventura de la papisa Juana", de 1929, son ejemplos claros de cuando la leyenda se superpone a la historia verdadera. Pero en este último caso, resulta lógico: Juana, la mujer papa, al contrario de César, no fue un personaje real, y la época en la que vivió -se podría considerar la Alta Edad Media, al ser anterior al siglo X, es poco conocida por los historiadores, incluso actualmente.


Y algo más, para aumentar el misterio del personaje:

El escritor Jean-Pierre Weber insiste que, después de 1936 (o 1938), Renée Dunan "sobrevive" como Georges Dunan hasta 1944, como "autor de 30 libros y ¡1200! artículos en periódicos y revistas". El misterio, que Weber -y tras él, la investigadora literaria Claudine Brécourt-Villars- no han sido capaces de aclarar del todo -otra cosa es lo que ellos piensen y crean como cierto-, es si Renée y Georges fueron una o dos personas, o sea, si Georges tomó el sobrenombre de Renée -y algunos otros que, en principio, corresponderían a ella-, o si ambos usaron el mismo nombre -para ella- o sobrenombre -él-. O bien, teniendo en cuenta que Renée parece un auténtico "fantasma literario", si no fue George quién eligió el apodo de ella, sino si fue Renée la que, muriendo años más tarde de lo que todos pensaron -y piensan todavía-, siguió con su carrera literaria haciéndose pasar por un hombre -además, uno real, de carne y hueso, no ficticio-. Incluso, se cree que obras como "El giro oscuro" ("Le tournant obscur.", sin traducción al español, que yo sepa), "Pasión y maleficio", o "La misión de Herve Hanchy", escritos bajo el seudónimo de Annie de Mytho", también podría corresponder a uno de los Dunan. O al único, o única. Quizá, algún amante de la literatura olvidada llegue a saber la verdad. Mientras tanto, para el que sepa francés, no dudo que le resultará, cuanto menos curioso, el conseguir -más en mercadillos o webs que de algún otra forma más cómoda- alguna de las casi olvidadas obras de una tan curiosa autora, sepultada por el paso del tiempo.

Una primeriza edición de "Mimí Joconde, o la bella sin camisa", de época indeterminada, pero, seguramente, de los felices años 20.

Y para quién quiera leer -en francés también, pero es que en español no hay apenas nada-, algo más sobre ella, un tercer enlace.

viernes, 18 de octubre de 2013

El continente y el contenido.

O como, en esta época en que vivimos, resulta más importante y llamativo un museo como edificio en sí mismo, que por lo que contiene.

Como hace ya tiempo que no escribo nada aquí, tenía ganas de escribir algo, aunque fuera una entradilla corta, con algún comentario de algo que me hubiera llamado la atención o, simplemente, alguna ocurrencia que me haya venido a la mente.

Sin saber explicar el por qué, hace días que pensé en algo que me llamó algo la atención, y que vino a raíz de una segunda visita que hice a Bilbao, y en general al Norte -la primera fue hace años, a Euskadi; hace tres años, recorrí Asturias y Cantabria; en esta ocasión, otra vez a Cantabria, y a Bilbao y San Sebastián de nuevo-.  Es simple, y tiene que ver, directamente, con el museo Guggenheim: nadie niega que, como edificio y símbolo de Bilbao, es una maravilla. Yo mismo lo he visto de cerca en dos ocasiones, y en la segunda, he comprobado que se le han ido añadiendo esculturas nuevas, lo que hace de él un lugar más atractivo y fascinante, si cabe. Y tampoco se negará la originalidad del edificio en sí mismo, en forma de barco, creado con cientos de piezas de titanio, con aleación de cinc, -alguno se preguntará como, si el titanio es un metal tan caro y raro de encontrar, por qué no se ha robado pieza alguna: es simple, hace años, al poco de acabarse, se robaron un par, que cualquiera sabe donde andan, pero se trata de un elemento que tiene pocos usos, y siempre industriales o científicos; dicho de otra manera, si robaras una pieza, no sabrías qué hacer con ella, o a quién poder venderla o intercambiarla. Resultaría algo inútil, a la par de fácil de rastrear, así que mejor concentrarse en el cobre, y metales más fáciles de vender en el mercado negro-, que se asemejan a escamas, y que resulta ideal para soportar el húmedo clima del norte. Una edificación llena de curvas y formas aparentemente anárquicas, pero que, visto en perspectiva, no deja de ser armoniosas. 
Al edificio en sí mismo, añadir la que ya es la mascota de Bilbao, el perro Puppy, el can florido, porque son flores vivas las que lo recubren, y que hay que ir cambiando cada pocos meses, según la estación, y que hace que, en ocasiones, el perro en cuestión parezca estar haciendo sus necesidades, debido al que "pierde agua", en su parte inferior, lo que no impide que resulte casi obligatorio el acercársele, el tocarlo -¿están vivas, estas flores? Pues sí, sí que lo están-. Y junto al "mega-perro" -claro, es de Bilbao-, y el museo, también conocido como "La caseta del perro" -otra "bilbainada"-, contar las esculturas que se han ido añadiendo poco a poco: la araña, "Mamá", - con sus huevos -de mármol, y que todo el mundo intenta encontrar-, obra de Louise Bourgeois; "Tulipanes", una escultura en forma de siete tulipanes de vibrantes colores, y que pocos se resisten a no fotografiar; y ese par de ejemplos de "esculturas no corpóreas", por decirlo de alguna forma: "Fuente de fuego", de Yves Klein, consistente en cinco artilugios que mandan al espacio otras tantas columnas ígneas a determinadas horas del día; y la obra del japonés Fujiko Nakaya, consistente en un banco de niebla artificial, que provoca que el edificio aparente un barco que intenta navegar por un mar cubierto por dicho elemento atmosférico.

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El Guggenheim, como un barco recién llegado a la ría bilbaína.

El primer Guggenheim, en Nueva York.

Bueno, ¿y a qué viene esto? Como ya se ha visto, no me he extendido contando la historia del museo. Hay en la red muchas páginas que lo contarían mucho mejor que yo. El tema es otro. Simplemente es: ¿alguien sabe, realmente, qué es lo que se expone en el Guggenheim? Sí, vale, se conoce la costumbre de haber gran número de exposiciones temporales, principalmente de arte vanguardista, moderno -o sea, básicamente, abstracto-. Pero pocos son los que, en un viaje organizado por agencia, lo han visitado por dentro, aún teniendo tiempo para ello. Pero no son muchos más los que, visitando Euskadi y otras zonas del norte de España, se les ha ocurrido pasarse una mañana visitándolo por dentro. Yo lo hice la primera vez, y sólo me llamó la atención -quizá, por su novedad- una exposición dedicada a autores africanos. Pero apenas recuerdo nada más. Se han intentado hacer, también, exposiciones de arte "clásico", inteligible para el gran público, poco proclive a que le expliquen, culturicen, y en no pocas ocasiones, que les tomen el pelo, con lo más granado de la vanguardia artístico-cultural. Ha habido exposiciones -para algunos, demasiado pocas, y no muy duraderas en ocasiones- de grabados de Durero, de dibujos de Miguel Ángel, o de obras llegadas del museo Ermitage de San Petersburgo, pero no mucho más. Básicamente, porque el museo atrae a la ciudad mucha gente, y los bilbaínos lo notan y agradecen, pero la institución propiamente dicha -con una autonomía bastante grande, tanto del ayuntamiento, como de cualquier otra administración, lo que significa más independencia y personalidad propia, pero también, a veces, cierta falta de coordinación- necesita de visitantes, de los que pagan entrada y compran recuerdos, para mantenerse. Porque el edificio, sí, es una maravilla, pero las placas, como las cristaleras y todo lo demás, hay que, no sólo limpiarlos, sino también mantenerlos.

Un perro de Bilbao, crecidito. Y al lado, un ejemplo arquitectónico del color "azul Bilbao", muy de la ciudad, pero que no pega ni con cola con el resto del edificio.

En resumidas cuentas, en una época entre la modernidad y la post-modernidad -o como se quiera llamar a estos oscuros días en que estamos viviendo todos; o malviviendo, y cada vez más-, parece más importante en algo como un museo, que siempre ha sido una institución que destaca por sus exposiciones y fondos en propiedad, que el edificio sea llamativo y rompedor, un símbolo de la ciudad y el país, que lo que contiene y expone. Vendría a ser lo mismo que una universidad destaque más por sus instalaciones que por la calidad de sus profesores, y la preparación con la que salen de ella sus alumnos. O que lo más importante de un libro sean las tapas, y no el texto. Aunque esto, en ocasiones, es muy real. ¿O quién no ha oído hablar de algún nuevo rico, o no tan rico, que quiere presumir de cultura comprando los libros por metros, y pidiendo por favor, que los lomos y las tapas sean lo más llamativos posibles?

Un ejemplo radical de "libros por metros". No adornes tus paredes con ellos: mejor utilízalos para levantarlas.

martes, 1 de octubre de 2013

El monte Athos, el país de los monjes.

Una república monástica en un confín de Grecia.


Desde hace unos días, he podido leer alguna noticia que hacía referencia a un lugar que se podría considerar único en el continente europeo, pues, aún formando parte de la República griega, no deja de ser un auténtico estado dentro del estado heleno: una república monástica con una soberanía casi plena, y con un gobierno y una sociedad formados enteramente por monjes varones. Una rareza histórica y social, y un anacronismo, sin duda, pero también un mundo que parecía perdido, aparentemente olvidado, pero muy interconectado con la Grecia moderna.
Sin embargo, para comprenderlo un poco, mejor empezar por una breve descripción física del lugar, de quienes viven allá, de cómo lo hacen, y cómo son los numerosos monasterios en los que moran, para seguir con un resumen de su historia, y una breve explicación de su situación actual, en que la división teológica, y los escándalos de corrupción -algo tan común, por lo demás, también en el resto de Grecia-, que en la actualidad lo sacuden.

Un mapa de la república monástica de Athos, con el monte del mismo nombre en el sur-este de ésta.

El monte Athos visto desde el mar Egeo.

El territorio, en su totalidad, sería de unos 335 kilómetros cuadrados -parece poco, pero hay estados independientes más pequeños; de no ser un estado religioso, bien podría ser una pequeña nación que viviera del turismo y, con toda seguridad, de disfrutar de su condición de paraíso financiero-, y sería, para entendernos, dentro de la pequeña península de la Calcídica, al nordeste de Grecia, y con la forma de una mano de tres dedos, la tercera de las tres pequeñas sub-penínsulas -los dedos en cuestión-. O dicho de otra forma -con una precisión más geográfica-, más a oriente. O a la derecha, que viene a ser lo mismo. En este "país", que forma parte de Grecia, pero con una soberanía casi plena -aunque, por su misma naturaleza, no puede funcionar a nivel internacional como un auténtico estado-, formaría parte, en teoría, de la Unión Europea, incluido el uso del euro como moneda propia, pero está exento de diversas leyes, entre ellas, el de libre circulación de personas. Y eso es porque aquí, en este país de hombres, la entrada de mujeres está, simplemente, prohibida. La prohibición es tan radical, tan absoluta -que sería escandalosa, si  no fuera, también, una rareza histórica que no deja indiferente a nadie, pero que no deja de ser hasta cierto punto inofensiva-, que ni tan siquiera pueden haber allá  animales de sexo femenino. Razón por la cual, los monjes que deseen comer huevos o beber leche, deben importar dichos alimentos, pues no hay -al menos, en teoría-, ni gallinas, ni vacas, cabras u ovejas que puedan proveerlos de ellos. Y teniendo en cuenta que no es que cuenten con mucho espacio para el cultivo, ni que exploten el turismo de forma seria, no deja de ser una forma más de complicarse la vida. Pero se considera que toda la región es un gran momasterio masculino, dividido, a su vez, en veinte, todos ortodoxos -la mayoría griegos, pero también rumanos; las iglesias rusa, serbia, búlgara y georgiana también cuentan, cada una, con uno propio-, con su propia autonomía y personalidad, sus líderes y sus puntos de vista -que en no pocas ocasiones han provocado peleas y discusiones, nunca mejor dicho, bizantinas, e incluso violencia, como en el último año, entre conservadores y ultraconservadores o cismáticos-. En total, viven aquí más de 2.200 monjes -todos hombres, y la mayoría griegos, pero las otros iglesias pueden contar con monjes llegados de los países que representan, u otros que cuenten con comunidades de dichas nacionalidades-. Aunque el griego sea, además de oficial, la lingua franca de todas las comunidades, el resto de idiomas de los distintos monasterios "extranjeros" también lo son porque la República Monástica -que en realidad es una monarquía electiva, pues su jefe de gobierno, y en la práctica de estado, sería el llamado Patriarca Ecuménico de Constantinopla, heredero de la perdida grandeza del extinto Imperio Bizantino- tiene sus propias leyes -fueros de la Montaña Sagrada de Athos-, y se le deja hacer en casi cualquier cosa que no se entrometa en el -mal- funcionamiento del Estado Griego propiamente dicho.

Uno de los monasterios al borde de un acantilado, y que suben todo lo que necesitan con poleas y cuerdas, desde barcas que lo traen desde el exterior.

Los orígenes de tan extraña sociedad monástica.

Evidentemente, un estado de facto de este tipo, tuvo que aparecer, que crearse, en tiempos del Imperio Bizantino, o Imperio Romano de Oriente, que cuando su hermano occidental cayó, sucumbiendo a los ataques continuos de los bárbaros -o de los germanos, pues no todos eran tan bárbaros como se les ha pintado-, se quedó en Imperio Romano, sin más. El nombre de "Imperio Bizantino", en realidad, se empezó a usar cuando dicho estado ya había dejado de existir, y no fueron los griegos, ni tampoco los habitantes del sur de Europa -los que tuvieron más contacto con él- los que empezaron a usarlo, sin alemanes, flamencos y futuros holandeses, que lo consideraban algo tan alejado en lo geográfico, como en lo temporal y lo ideológico.
Fue el emperador -basileus- Basilio II, el que decidió en 963 permitir la construcción, en aquella zona casi inhabitable y olvidada, del monasterio de la Gran Laura, que, desde ese momento, tendría la primacía sobre todos los otros que allá se instalaran. Basilio estaba demasiado ocupado siempre con sus luchas contra los búlgaros, que con su khan, su rey-guerrero Samuel, había logrado crear un gran estado no sólo sobre la actual Bulgaria, sino también por una parte importante del norte de Grecia y Albania. El basileus tardó años en aplastar al pequeño pero aguerrido ejército de Samuel, exterminando a combatientes y civiles, y llegando a llevar -muy orgullosamente, por cierto- el sobrenombre de bulgaroctonos, "matabúlgaros". En la práctica, a medida que crecían los monasterios, la población de monjes, y el área que estos dominaban, todo aquello pasó a ser una pequeña provincia más, que siempre disfrutó de la protección del Imperio Bizantino. Sin embargo, la decadencia de dicho estado hizo que se acogieran a la protección del papado -algo que les resultaba odioso, después de que católicos occidentales y ortodoxos orientales se separaran en iglesias distintas, pero que no les quedó más remedio, ante la amenaza de los guerreros occidentales de la IV Cruzada, que, apoyados por Venecia, estaban mucho más interesados en destruir el estado bizantino, y saquear sus territorios, que en combatir a los musulmanes-, y, más adelante, sufrir el saqueo de los almogávares catalanes y aragoneses, en el siglo XIV, cuando el Imperio era poco más que retazos inconexos, más allá de la capital y alrededores.
Finalmente, los turcos sometieron Constantinopla, los monjes se rindieron -en vista de que no podían esperar ayuda de nadie-, y tuvieron que soportar fuertes tributos -como todos los cristianos, en mayor o menor medida-, lo que hizo que el interés por vivir allá disminuyera, y toda la antigua provincia monacal cayera en decadencia. Sólo a partir de 1912, durante la I Guerra Balcánica, en que el Imperio Otomano casi desapareció de los Balcanes -no conservó más que la Tracia turca, la actual Turquía europea-, el pequeño y atrasado reino de Grecia consiguió anexionarse el norte del país, que incluía Athos. Y en ese momento, su rey y sus consejeros se debieron preguntar qué hacer, y cómo administrar, tan curioso lugar. Un territorio con ideas arcaicas -algunos viajeros, tanto franceses y británicos como rusos, lo habían visitado durante el dominio turco, y sus opiniones van desde la admiración, el encuentro con la paz espiritual, o cierto desdén por lo que consideraban un poder demasiado grande de una iglesia tan pobre, en aquella época, como la griega, y la incapacidad de aquellos monjes de vivir sin fastidiar a nadie a la hora de reclamar ayudas-, pero que también, quizá por eso mismo, por tratarse de un pedazo de Edad Media que había perdurado hasta  pleno siglo XX, una especie de símbolo, tanto religioso como cultural y nacional, de la renaciente Grecia.

Cuando uno de los monjes muere, sus huesos son lavados con vino, y depositados en un osario común. No hay cementerios propiamente dichos.

En general, los monjes viven de forma modesta, y muy centrados en el rezo y la meditación, rodeados de cirios, lámparas de aceite, e iconos de la Virgen (la Santa Madonna), Cristo y los santos ortodoxos, que no son siempre los mismos que los católicos -por ejemplo, la emperatriz consorte Teodora, esposa de Justiniano, es santa para ellos, a pesar de haber sido en su juventud artista de circo, actriz de segunda y prostituta, o al menos dama de compañía. Pero el hecho de que acabara siendo, se supone, una buena cristiana, y el impulso que intentó darle al imperio como una auténtica soberana no reconocida, debieron contar mucho para subir a los altares ortodoxos-.

Los problemas de una república monástica en los tiempos que corren.

Está bastante claro que, en primer lugar, los 20 conventos y sus monjes no dejan de ser, en cierto modo, pequeños pueblos que, al menos en principio, deberían ser parcialmente autosuficientes en cuestión de agricultura y ganadería. Pero muchos de ellos no están muy dispuestos a tomarse en serio la explotación agro-pecuaria de su tierra. Además, al no haber animales hembras, no se pueden conseguir leche -aunque sí que aprovechan la que compran para hacer queso o yogur- o huevos frescos. Respecto al turismo, en principio existe, pero sólo se puede acudir en calidad de peregrino -o, al menos, eso es lo que los turistas deben contestar cuando se les pregunta qué han ido a hacer allá; se hace necesario, incluso, conseguir una autorización legal, llamada diamonitirion-, y no hay otra forma para entrar allá que no sea por ferry, que atraca en el único puerto de la "república", el de Dafni, donde se encuentra el también único bar, y se controla cada mochila de los que salen de su territorio, no sea que se lleve algún recuerdo que no debiera. Además, está prohibida la entrada a mujeres, niños y adolescentes -en estos dos casos, de ambos sexos-, y raramente se permite que más de un 10% de los "extraños" -o "exteriores", que también es como se les podría llamar- sean extranjeros -o sea, de fuera de Grecia, o no perteneciente a uno comunidad griega del exterior, como los chipriotas, o los griegos de Líbano, o de Norteamérica o Australia-. Todo esto hace que, en un lugar, donde en ocasiones -cuevas o pequeñas ermitas más o menos dependientes pero separadas de los monasterios mayores, pero también en algunos de los más pequeños- para enviar alimentos o medicinas, o cualquier otra cosa, se tengan que usar cestas atadas con cuerdas y tiradas por poleas, y que previamente se han traído en barca o lancha, el turismo, y en general todo lo que sea movimiento de personas o mercancías con el exterior, se haga difícil y problemático.

Una de las ermitas, probablemente habitada por un ermitaño, dependiente, pero separada de cualquiera de los monasterios comunales.

Si no hay comunicación por tierra -no hay carreteras, ni caminos que merezcan dicho nombre; se podría entrar, pero más como un aventurero o caminante de zonas montañosas, que como un viajero al uso-, cuando hay incendios forestales, y en Grecia son penosamente habituales -además, Athos es zona muy boscosa-, se podría decir que, si no se combate el fuego desde el aire, tienen que ser los mismos monjes los que impidan el avance de los fuegos. O eso, o esperar que se extingan por sí mismos, porque no parece que los habitantes del monte estén muy por la labor de construir -o permitir que lo hagan otros- cortafuegos, puntos de vigilancia, o, al menos, poseer material moderno anti-incendio.
En lo que sí parecen poder ganarse la vida, es en la restauración de libros y obras de arte antiguas. Algunos monjes son gente instruida y con estudios, e incluso carrera, y eso hace que administraciones, iglesias y particulares les manden sus preciados, pero un tanto maltratados por el tiempo, tesoros religiosos.
Pero Grecia, además de problemas económicos y sociales gravísimos, lleva sufriendo desde hace ya demasiado tiempo e flagelo de la corrupción, y la iglesia ortodoxa, que formalmente está separada del estado, pero que tiene una influencia todavía muy fuerte -y que, hasta hace poco, y por presión popular, no demostraba demasiada atención por la legión de los menos desfavorecidos, cuyo número no para de crecer, en los oscuros tiempos que corren para la nación helena-, no ha escapado a semejante lacra. El abad del monasterio de Vatopedi, acabó en una cárcel ateniense por haber intercambiado bienes rústicos de su comunidad monástica, sin apenas valor real, por propiedades del estado griego -por un valor de casi 100 millones de euros, y que fue una de las causas del gobierno conservador del momento- , que en principio, pertenecía a toda la ciudadanía, pero que no supieron de todo ello hasta que lo denunció la prensa. El hecho de que el causante de semejante desaguisado, el abad Efraim, cuente con seguidores incondicionales hasta por internet -que le vitorearon en una visita a una feria de turismo de Moscú, donde la iglesia ortodoxa griega fue como una invitada más- no impidió que acabara en la penitenciaría de Korydallos.

Los incendios en el monte hicieron que fuese imposible evitar que, aunque poco, no intervinieran bomberos del exterior, pero no era lo más común.

Los más jóvenes, además, aparte de sus necesidades, digámoslo así, más íntimas -que les "forzó" a hacer visitas a mujeres que les consolaran de ciertas "debilidades", lo que también hizo, para sorpresa de todos, que el SIDA llegara a un lugar donde, supuestamente, no podía llegar de ninguna de las maneras-, en ocasiones, quizá por un exceso de testosterona, acabaran rebelándose contra la iglesia oficial, concentrándose en el semi-ruinoso monasterio de Esfigmenu, para protestar por la apertura del líder de la iglesia, y su disposición al acercamiento al Vaticano y los católicos. Allá, unos 50 -en principio, llegaron a 100- monjes de lo más recalcitrante, que excomulgaron a los que, previamente, les habían excomulgado a ellos, resisten como pueden -cócteles Molotov incluidos-  no sólo a un pequeño ejército de monjes que han intentado sacarlos de allá por la fuerza, la misma que ellos están dispuestos a usar para resistir -con palos, piedras, y lo que haga falta-, sino también a la policía grieta. A los líderes religiosos no les hizo demasiada gracia ver allá a los uniformados, pero, realmente, poco más podían hacer, aparte de llamar a los profesionales. Y la policía griega, de enfrentamientos con manifestantes, saben bastante. Que se sepa, aunque los rebeldes se han ido debilitando, todavía están allá a palos. Como quién dice, lo de "paz en la Tierra" no van con tan santos varones.

Un "Monasterio de Meteora", como llaman en Grecia a los monasterios construidos en altas simas, tanto en Athos, como en otras zonas del norte, o en islas del Egeo, y casi inaccesibles, incluso por aire.

El cómo, en los tiempos que corren, podrá seguir existiendo algo tan curioso como una república monástica, no está demasiado claro, a no ser que sus miembros decidan abrirse al mundo y a la modernidad. También existe el peligro, para ellos, de que dicha modernidad, a veces demasiado reñida con la homogeneidad, no acabe engulléndolos, pues no dejan de ser un anacronismo viviente. Pero, en ocasiones, si dichos anacronismos son inofensivos -y no salen demasiado caros- no dejan de tener su atractivo e interés. Demasiado fuertes son las fuerzas -llámense cultura dominante, tecnología, capitalismo o, viniendo de otras partes del mundo, el islam o la cultura china- que tienden a homogeneizar a la humanidad y las naciones, así que, las pequeñas pero llamativas diferencias que todavía existen entre masas enormes de gentes tan parecidas unas a otras, por suerte o por desgracia -más lo segundo que lo primero- tienden a desaparecer irremisiblemente. O no.

domingo, 4 de agosto de 2013

El hombre que desentrañó los misterios de París.

Eugene Sue, padre -aunque no único- del género del folletín, y su viaje a los bajos fondos parisinos.


Conocer al hombre, para comprender la obra.

Hay que reconocer que, al contrario de lo que en principio deseé, y aquí escribí, no he tenido mucho tiempo, ni, la verdad, tampoco me he tomado demasiado en serio, el hacer más entradas. Pero debido a que no deseo dejar el blog medio abandonado cuando todavía tengo tan pocas en su haber, y porque, sencillamente, le he cogido gusto a esto de escribir, he decidido añadir, siempre que pueda, y me vea con ganas y algo que decir, alguna entrada más. Eso sí, precisamente, por la falta de tiempo, y mi costumbre de, en no pocas ocasiones, hacerlas muy, muy largas, no podrán ser, evidentemente, demasiado numerosas.
Pero a lo que iba, ¿cuál es, en este caso, el tema a tratar? en no pocas ocasiones, han sido mis intereses o gustos literarios -o de otro tipo- la excusa para escribir sobre tal o cual autor, o sobre algún género determinado. Ya se ha visto bien claro que me interesa la cultura popular -y no tan popular- francesa y, de rebote, belga francófona -o sean, de Bruselas y Valonia-, y en este caso, me gustaría escribir un poco sobre un curioso personaje del cual he podido leer su obra más conocida -o más bien, una "adaptación", o más bien, tremenda reducción de la obra original-. Se trata, en este caso, de Eugene Sue, uno de los padres del folletín francés -y europeo en general-, y de su, al tiempo que genial, también excesiva -empezando por su extensión original- "Los misterios de París".
En no pocos casos, la vida y personalidad del autor de una obra literaria -o, incluso, de toda una carrera- resulta más interesante que esta misma. Además, no podemos entender las segundas, si no conocemos las primeras, aparte de la posibilidad de comprender la época en la que vivió y trabajó el escritor en cuestión; y coso suele ser habitual, incluso tratándose en no pocas ocasiones de un personaje un tanto fuera de lo común, adelantado a su tiempo -o, al contrario, un auténtico anacronismo viviente-, o un auténtico outsider, personaje maldito o llamativo por su singularidad, éste no podrá nunca ser un hijo de su tiempo. En no pocas ocasiones, se dice -y con razón- que para conocer en profundidad una época, y la gente que la vivió, no hay nada mejor que acudir a la literatura de género, o como también se le llama -de forma, en no pocas ocasiones, tan despectiva como injusta-, "popular", en contraposición a lo que sería la cultura elitista o "alta cultura".
Eugene Sue es ambas cosas a la vez: alguien que fue tan llamativo como, a sabiendas y con mucho gusto, escandaloso, pero, al tiempo, personaje que nos permite saber más sobre el París y la Francia de la primera mitad del siglo XIX, la época correspondiente, más o menos, entre el fin del gobierno de Napoleón I, el conquistador de Europa, y los primeros años del reinado de su sobrino, el también emperador Napoleón III.
Sue sería, hoy en día, un hombre de clase media-alta, nacido en París, hijo de un cirujano de renombre, y, se cuenta, apadrinado por la misma emperatriz Josefina. Él también estaba llamado a estudiar y ejercer de cirujano, y realmente así lo hizo, en lo que en Francia llaman "la campaña de España de 1823", pero que los españoles conocemos mejor como la intervención de "los cien mil hijos de San Luis". Para entendernos, cuando los liberales consiguieron, por fin -y tras demasiado tiempo de persecución y cárcel, y de enfrentamientos bélicos- que el tiránico Fernando VII aceptara una constitución liberal, que parece que espantó en la Francia donde los Borbones habían vuelto a hacer de las suyas tras la caída de Napoleón, se decidió mandar desde este último país un ejército de intervención que ayudara al autoritario monarca hispano a imponer el poder de la monarquía absoluta. Y, aunque no fueron tantos como cien mil, ni todos eran franceses -también había, amén de algunos voluntarios y mercenarios de aquí y allá, miles de absolutistas y tradicionalistas españoles, sí fueron más que suficientes para acabar con el llamado "trienio liberal", al que siguió "la década ominosa", donde Fernando VII, en otra época llamado "el deseado" -que ya tiene tela, la historia...- volvió por sus fueros, a machacar a todo lo que oliera a liberal o laico.
Siglo XIXBien, fin de la entradilla de historia ibérica. Sue también participó, como cirujano, en la batalla naval de Navarino, donde las potencias occidentales -sobretodo, Gran Bretaña y Francia, que después del bonapartismo, empezaban a hacerse cada vez más amigas, aunque más adelante tuvieran sus más y sus menos- machacaban a la flota del cada vez más decadente Imperio Otomano, y así aseguraban la independencia de Grecia. Muertos sus padres, recibió una buena herencia, pero Sue debió pensar que, teniendo como tenía tanto dinero en sus manos -bastante, sí, pero tampoco una enorme fortuna- era mejor dárselas de bon vivant, dar ejemplo de etiqueta y del arte de vivir, y disfrutar de lo que, en aquellos tiempos en que se estaba gestando lo que se empezaba a llamar romanticismo, se llamaría "la bohemia rosa" -en contraposición de "la bohemia negra", llena de estrecheces, hambre y enfermedades-. Pero claro está, el dinero se acaba, así que decidió empezar a ganarse la vida, pero no con la medicina, que siempre odió, y que pensaba abandonar en cuanto pudiera -dicha profesión la ejerció por exigencia de su padre, harto de la pereza y despilfarro de su hijo, que lo hizo marchar a España y a la marina, como ya se ha contado, sino con algo que, sin duda, pocos habrían esperado de él: la literatura.  
Sue, al contrario de lo que podría pensarse en alguien de su fortuna y origen social, no era especialmente culto. Aunque de origen provenzal, siempre se sintió como pez en el agua en París, donde frecuentaba a gentes de toda clase y condición -no era especialmente clasista, hay que reconocérselo-, y en no pocas ocasiones, también individuos poco recomendables y de mala catadura. Sin embargo, tampoco rehuía, como muchos de su clase, a gentes de orígenes sociales mucho más modestos. A la hora de escribir, no tenía como base a los clásicos -fueran estos franceses, greco-latinos, británicos, o de cualquier otro tipo-, pues sólo gustaba de leer a autores contemporáneos suyos -y así lo hizo toda la vida-. Parece que uno de sus autores preferidos fue el británico Walter Scott. Respecto al carácter y aspecto que ofrecía, era hombre aficionado a los caballos -los criaba, y fue uno de los fundadores del Jockey Club de París-, al teatro y la música, vestido siempre de forma elegante y llamativa, con una barba sin bigote que parecía un collarín, muy a la moda, y con modales un tanto engreídos y pagado de sí mismo, notándose su condición de nuevo rico, que con el paso del tiempo, ni fue tan nuevo, ni tan rico.
Sus primeras obras se basaban en sus experiencias en el mar, pues al haber sido cirujano, por fuerza tuvo, al tiempo, que convivir tanto con oficiales, como con marineros y soldados. Es el caso de "Kernock el pirata" (1830), "Atar-Gull" (1831; no confundir con un cómic francés sobre la esclavitud de 2012, de Nury y Brüno) o "La salamandra" (1832, en dos volúmenes). Más tarde trataría el tema de las rebeliones -después de sufrir  masacres y persecuciones, aunque esto no se deja tan claro en la obra- de los protestantes franceses, en la región de Cevennes, muy a principios del siglo XVIII: "Jean Cavalier, y los fanáticos de los Cevennes" (1840). Pero sería en 1842, cuando escribiría su mejor obra, y la más conocida, Los misterios de París.
Sobre la razón de por qué escribió esta obra, no está del todo claro, excepto que, simplemente, le apeteció. Sue era habitual en todos los ambientes sociales, y gustaba de juntarse con todo tipo de gente. Y por muy vividor y engreído que fuese, parece que también tenía una cierta conciencia social. Él vivió en la primera época del romanticismo, que se empezó a desarrollar al poco de acabar las guerras napoleónicas, y el retorno del llamado antiguo régimen: monarquía absoluta, burguesía con poder político limitado, escasa posibilidad de progreso social entre obreros y campesinos -que sufrían una miseria y explotación espantosa que, no muchos años antes, estalló en forma de Revolución Francesa-, etc. En dicha época, el siglo de las luces, de la razón -el siglo XVIII- dio paso a un movimiento no sólo artístico -tanto literario, como pictórico- sino también social e intelectual. O más bien, emocional, porque no era el intelecto, en lo que se apoyaba con más fuerza el romanticismo. Este movimiento, que defendía el dejarse llevar por sentimientos, impulsos y deseos -aunque esta sea una forma muy simple de describirlo-, no hacía referencia sólo a individuos o pequeños grupos, sino a las naciones. Y sobretodo, defendía dos ideales: la unificación o independencia de las que no tenían estado propio y único -Alemania, Italia, Polonia, o Grecia, que a corto plazo, sería la única que, en aquella época, conseguiría conformarse en estado independiente-, y el fin de las monarquías autoritarias, las costumbres reaccionarias, las formas encorsetadas y frías, y el poder excesivo de la iglesia. O iglesias, pues no sólo hacía referencia a la católica, sino también a la anglicana, la luterana, etc.
También en aquella época, empezó a circular la idea de una forma de sociedad más justa, donde la situación de obreros y campesinos -la enorme mayoría de la población, en cualquier país que se quisiera observar de cerca- fuer mucho más digna, tuvieran mayores derechos, y una participación real en el gobierno, el parlamento y la justicia. Aquellas ideas, que más adelante se llamarían socialismo científico -más adelante, dividido en socialismo democrático o socialdemocracia, y comunismo o "socialismo real"-, o socialismo libertario -después conocido como anarquismo-, todavía no tenían un nombre o un contenido ideológico o intelectual demasiado claro, y tiempo después, a la hora de explicar la historia de las ideologías, se le conoció como "socialismo utópico". Este primer socialismo, todavía sin principios homogéneos, y que parecía más una corriente filosófica que una ideología política propiamente dicha, y con nombres como el inglés Owen, o los franceses Fourier o Saint-Simon, soñaban con un mundo perfecto y ordenado, donde desaparecieran la explotación y la miseria. Pero como cambiar naciones enteras era demasiado difícil, optaron, en su momento, en crear "colonias laborales", como los falansterios -una especie de ciudades-estado independientes y que se abastecían a sí mismas de todo- o las granjas cooperativas; normalmente, dichos experimentos sociales y económicos no tenían mucha salida en Europa -no sólo por la falta de espacio a "colonizar", sin importar demasiado la forma, sino también por la negativa de casi cualquier gobierno a permitirlo- pero sí en el Nuevo Mundo -Estados Unidos, Argentina, Canadá...- y en las colonias, como Argelia. En "Los misterios...", los personajes que deseaban empezar una nueva vida fuera de la miseria que les había abrumado en París, optaban siempre por marchar -o así lo podrían haber hecho, en caso de querer- a la naciente colonia de Argelia, que Francia había arrebatado a un decadente Imperio Otomano en 1830, si bien en aquella época, el territorio dominado por los franceses no iba mucho más allá de las ciudades de la costa, y algunas zonas agrícolas unos kilómetros al interior -la conquista de las zonas montañosas y desérticas necesitaría muchos años de luchas contra los bereberes y los tuaregs, aunque esto ya sea otra historia-.
Teniendo en cuenta que su primitivo socialismo, mezcla de filosofía, cristianismo primitivo -al contrario de lo que se dijera, Sue no era ni ateo ni realmente anticatólico, sino anticlerical y, sobre todo, contrario a los jesuitas-, revolución pacífica y colonización de espacios abiertos, no tenía bases sólidas -y en un futuro se vería, pocos éxitos prácticos, aparte de llamar tealmente la atención de la situación de gran parte de la población europea-, y que Sue tampoco es que fuera un intelectual, su visión de redención de los pobres resulta un tanto ingenua y poco creíble. Pero de todas formas, no dejaba de ser, antes que nada, un principio. Él no sería el mejor a la hora de denunciar la explotación de los oprimidos -realmente, sus protagonistas pobres son, básicamente, delincuentes o sub-proletariado, más que trabajadores propiamente dichos-, pero sí el primero que lo haría, además, con gran éxito de público y ventas.


"Los misterios de París".

Y ahora, entrando en materia, ¿qué es lo que cuenta Sue, en su obra más paradigmática y conocida? Y sin duda, también la mejor, dentro de lo que cabe, o la que mejor ha resistido el tiempo.
En general, en aquella época, era muy normal que muchos autores publicaran sus obras, fueran novelas, relatos más o menos cortos, o poesía, bien en revistas literarias -cuya formato sería, realmente, parecido al de un periódico- o en diarios, en los que noticias, opiniones y editoriales, y relatos o capítulos de novelas se entremezclaban. Como en muchas ocasiones la calidad de los periódicos en cuestión dejaba un tanto que desear, y los periodistas cambiaban de cabecera de diario con facilidad, y en no pocas ocasiones escribían, más que lo que ocurría, lo que mejor les parecía, había que buscar, entre una miríada de diarios de la competencia -pues al lado de un pequeño número de periódicos "respetables", dedicados sobretodo a política interna y exterior y a economía, había una enorme cantidad de libelos de toda ideología o temática-, alguna forma de destacar y de atraer nuevos lectores. Aunque fueran lectores temporales. Eso sí, si la temporada que les daba por comprar el periódico eran, no semanas -lo que significaba que quisieran seguir, por ejemplo, la forma en que se investigaba y se llegaba a solucionar un crimen misterioso, o algún caso de corrupción demasiado descarado- sino meses o años, mejor. Y nada mejor, que conseguir un escritor barato, con enorme inventiva, y capaz de escribir, aunque sólo fueran unas pocas páginas diarias, que pudiera conectar con el gran público -o sea, la clase media o media-baja, que pudiera permitirse comprar diarios, aunque fueran baratos, pero que no quería complicarse la vida con artículos sobre finanzas o trifulcas políticas-, dispuesto a comprarlo -o aunque fuera, leerlo de prestado, pero que lo adquiriera, al menos, de vez en cuando- a diario.
En 1842, uno de esos diarios capitalinos, Le Courrier Française, decidió confiar en Eugene, conocido ya en la capital, más que por sus primeras obras, por su personalidad y su facilidad para dejarse ver y escuchar y, al tiempo, interesarse por la variedad de gentes que poblaban su ciudad. Aquello fue, más de lo que el editor de dicha publicación pudiera suponer, un éxito y un acierto enormes por su parte, pues las ventas crecieron en poco tiempo como nunca imaginaron, no pararon de crecer hasta el año siguiente, en que acabó de publicar la historia de tan curioso personaje.
Sue quiso describir los bajos fondos de París, a los delincuentes, los miserables, la clase obrera explotada, el cómo se ganaban la vida, se destruían, o eran aplastados por la sociedad. Pero claro está, aunque él conociera miembros de todas las clases sociales, y no tuviera demasiados miramientos clasistas a la hora de hablar, aunque fuera un poco, con algunos de ellos, no significaba que los conociera en profundidad. Escribía, por tanto, un poco de oídas, de lo que había observado superficialmente, pero sin llegar a profundizar. Su obra es un ejemplo claro, pues él fue uno de los iniciadores del género, de lo que se llama "folletín" en que los franceses -también otros, como británicos o españoles- destacaron durante décadas. Sería contemporaneo de, por ejemplo, Alexandre Dumas, el padre de "Los tres mosqueteros", aunque este último ha envejecido mucho mejor; tal vez, porque también era mucho mejor escritor, y sería ejemplo de otros nombres posteriores, como du Terrail o Féval. El nombre de folletín -en francés feuilleton, diminutivo de feuillet, "hoja", pues no dejaba de ser eso, unos hojas en una publicación más generalista, o a lo sumo, unos cuadernillos aparte- indica ya su origen, y si bien se trataba de un tipo de narrativa muy poco exigente ni en la forma ni en el contenido, sensacionalista, dramático y un tanto simplista, que mezclaba amor -o no; el folletín amoroso era muy común- con terror, acción, y más adelante, proto-ciencia-ficción, relato detectivesco o criminal, etc. en no pocas ocasiones, de una forma tan poco creíble como forzada, significó también el llevar la literatura a multitud de hogares, y que millones de personas que, en principio, raramente leían libros -no había apenas bibliotecas públicas, y los libros resultaban muy caros-, se acostumbraran a la lectura como una afición más. Y algo más: que no pocos futuros escritores descubrieran, gracias a dicho género, su auténtica vocación.

Desde las alturas, París parece albergar tantos misterios como recorriendo sus calles.

De todas formas, pensar que el folletín, en el sentido de "novela por entregas", era utilizado como forma de presentar una obra nada más que por autores "populares", o de calidad discutible, es un error. Autores como Balzac, Victor Hugo,  Flaubert o, en Gran Bretaña, Charles Dickens o Robert Louis Stevenson.
La obra, que no siempre se encuentra completa -ha sido "podada" en muchas ocasiones-, ronda casi las 600 páginas. En mi caso, leí una edición de unas 400, por lo que el encargado de eliminar lo supuestamente sobrante -porque Sue repite y se repite, dando vueltas y vueltas a las cosas, eso sí-, pues un tal Françoise Fosca (?) decidió "podar" la "hojarasca literaria" que impedía, si no disfrutar, sí apreciar mejor la obra original. Pero teniendo en cuenta lo eliminado, debió realizar su trabajo, más que con tijeras, con auténtica motosierra, razón por la cual, cuando leí en internet algunos párrafos para compararlos con mi libro, que conseguí -a precio ridículo, uno o dos euros, no recuerdo bien- en esos lugares fantásticos para los que queremos comprar sin arruinarnos como son los mercadillos de segunda mano, no me sonaban de nada. Simplemente, el  misterioso señor Fosca, los había eliminado al completo.

Aunque la fotografía sea posterior a la época de Sue -finales del siglo XIX- es posible que sus personajes vivieran y se movieran por lugares del viejo París como el que se puede ver en ella.

Sue crea el personaje de Rodolfo, noble alemán que, después de perder a su hija -que cree muerta- decide averiguar qué es lo que realmente pasó, mientras se entremezcla con la clase baja del centro de París, y va haciendo el bien allá donde puede, lo que también significa poder ir conociendo a todo tipo de personajes, algunos virtuosos a pesar de todo el vicio y pecado que les rodea -como la joven Flor de María-, otros, capaces de regenerarse con ayuda -el superviviente Puñales, que malvive de lo que puede, pero que evita robar, a pesar de haber pasado por la cárcel, tras matar por accidente a su sargento en el ejército, y que acaba siendo gran amigo del protagonista-, y los hay, como la Lechuza o el Profesor, malos de solemnidad, que pasan el tiempo pensando como dañar a los protagonistas "positivos", o en planear nuevos golpes. Y estos últimos, los malvados, como el Cojuelo o el Esqueleto, o secundarios como la Loba o la familia Marcial, más que la nobleza -que a veces es retratada como gente dominada por el egoismo, la molicie, y el despilfarro de grandes fortunas ganadas con poco o nulo esfuerzo; como el caso del mismo autor, aunque éste fura burgués y no tan rico, todo hay que decirlo-, son los que más interés tienen, y, aún no siendo siempre demasiado realistas -de todas formas, hay que tener en cuenta que son personajes que habrían vivido en los años 30 del siglo XIX, y su forma de pensar y actuar deberían diferir bastante de las nuestras-, sí que son interesantes y atractivos. Porque eso sí, de personajes, el autor iba sobrado. El problema, en no pocas ocasiones, es recordarlos todos, o encontrar el sentido de la existencia de parte de ellos. Di todas formas, si se daba el caso de que alguno de ellos empezaba a sobrar, o se le eliminaba, o se le dejaba en un apuro para, varios capítulos después, y sin venir a cuento, sacarlo de él y no acordarse de su destino hasta casi acabar la obra. Son las reglas de la falta de reglas.
Aquí, los malos son muy malos, y los buenos muy buenos. Siempre puede haber algún malvado que, después de sufrir y arrepentirse de sus crímenes, acaba, de alguna forma, redimidos, si no para la sociedad, que no recuerda sus anteriores malvadas, sí para Dios -porque, como ya se ha dicho, Sue no es ateo, sino simplemente anticlerical; o sea un hijo de la revolución, más que del bonapartismo, como fue su padre-.
La estructura de la novela es simple: no la hay, realmente. Sue creaba, imaginaba, personajes y situaciones, líos y enredos -algo típico del folletín; y más adelante, en el teatro, del vodevil o la opereta-. Y lo hacía de tal manera que, en determinado momento, no salía salir del lío en que había metido a sus personajes, no tenía idea de como acabar el capítulo, o bien, cómo seguir al día siguiente. Un amigo suyo, escritor y periodista, Ernest Legouvé, escribió en sus memorias que Sue no escribió nunca una obra de teatro -aunque la idea le agradaba- porque, simplemente, habría tenido que estructurarla con lógica y orden. Algo que en él, en su personalidad y su obra, era casi imposible. En no pocas ocasiones, Sue acudió a casa de su amigo pidiendo ayuda, y Legouvé, con paciencia, le invitaba a tomar algo, y se sentaban, en ocasiones hasta bien entrada la noche, para saber cómo sacar a Rodolfo de un sótano cerrado por fuera que se estaba llenando rápidamente de agua, y que amenazaba con ahogarlo; o cómo salvar a Flor de María de morir ahogada en medio del Sena, y sin nadie a la vista que le echara una mano. Como el folletín, incluso el más supuestamente realista, no deja también de tener su parte fantástica, su "deux es machina", sus soluciones cogidas por los pelos, y sus salvadores llegados de la nada, aquello no dejaba de ser parte del juego. Muchos lectores pensaron, evidentemente, que todo salió de la mente del autor como si nada, y no imaginaron que, realmente, los visos de inverosimilitud de parte de la historia no eran para maravillarlos, sino para salir de un apuro narrativo.
Prefiero no contar más de la historia, porque resulta realmente difícil sin escribir hojas y hojas. Y ahora dos preguntas: ¿influyó Sue, aparte de en sus lectores, en autores posteriores? Mucho o poco, sí. Porque el folletín, dividido más adelante en novela o relato más puramente románticos -sobretodo en Alemania; sí, Alemania, en su momento, resultó, al menos literariamente, el país más romántico de Europa-, y en novela realista -y más adelante, "naturalista", de realismo exacerbado- tuvo que influir por fuerza en "Los miserables" de Victor Hugo, o en la obra del naturalista Zola -"Germinal", para empezar-, del que provendría, más adelante la "novela social", o proletaria. Igualmente, también, aquellos personajes a veces poco creíbles pero poderosos, debieron influir en novelas de detectives, misterio, etc., como las que escribió a mansalva y casi en cadena, entre otros, Gustave le Rouge, del que ya se habló algo al tratar la CF en francés.

El éxito de "Los misterios..." hizo que, ya en el siglo XIX, tuviera una versión impresa ilustrada. En esta página se puede ver el encuentro entre Flor de María y el Puñales -un chulo, sí, pero con buen fondo, que la obliga a invitarle a vino. El valiente que le calienta, y del que se hace después amigo, es el protagonista, el príncipe alemán Rodolfo-.

La otra: ¿vale la pena leerlo? Bueno, aquí, la respuesta se hace difícil, y se podría decir, al tiempo, sí y no. Para quién no tenga interés en un texto escrito hace más de siglo y medio, y con un estilo que claramente ha quedado anticuado -dependiendo también de las traducciones; he podido observar que son las más antiguas, con un estilo algo pasado de moda, las que mejor le van-, puede ser casi perder el tiempo. Pero para guste de leer un poco de todo, y tenga curiosidad por saber cómo era un folletín, precisamente, con uno de sus máximos exponentes, quiera saber qué es lo que pasaba por la cabeza de un personaje tan curioso como Sue, y le agraden las letras de otras épocas -y entre los que leen autores francófonos, como los que gustan de los británicos o los rusos, hay muchos auténticos exploradores y buscadores de antigüedades-, está bastante bien. No es una obra de gran calidad, en no pocas ocasiones uno se da cuenta de las limitaciones del autor, y aunque existen versiones "reducidas" -como la que yo leí- que pueden inducir a pensar que se nos ha privado de leer, quizá, parte de lo más interesante, no deja de ser lectura agradable y llamativa, que, a pesar de no ser muy realista, habla bastante a las claras de una época ya pasada, pero no muerta. Aunque sólo sea, porque todavía hay gente interesada en redescubrirla, en este caso, por medio de su cultura popular escrita. Así pues, prefiero no recomendar ni una cosa ni la otra. Mejor, dejarlo en manos de cada cual.


Obras posteriores, y últimos días de la vida de nuestro hombre.

Como es lógico, Sue intentó aprovechar el éxito de su obra, que intentó alargar todo lo posible en el periódico -lo que, lógicamente, acabó afectando a la novela, con la dificultad de dar fin a tantas líneas argumentales, y personajes principales y secundarios que aparecían y desaparecían, y que en ocasiones, el mismo autor no sabía bien cómo alargar sus aventuras, o que convergieran en las de Rodolfo, el Puñales, el Profesor y demás protagonistas más o menos principales-. Así pues, en cuanto pudo, empezó una segunda obra que aumentaría su fama, y de la que se habló durante bastante tiempo, aunque, con el paso de las décadas, su recuerdo ha ido diluyéndose más que el de "Los Misterios...": "El judío errante".
En este caso, no es la burguesía egoísta, o la nobleza perezosa y acaparadora -aunque también en la obra se pueden observar nobles con mejores sentimientos y elevados ideales; pero tampoco son el prototipo- los que reciben del proto-socialista Sue, sino los jesuitas. Aquí, son representados como una secta dentro de la iglesia católica, con un poder económico y político tan oculto como extraordinario, lleno de auténticos genios del mal que no saben que inventar para eliminar a todos y cada uno de los protagonistas, excepto a uno, y eso, porque es misionero. Dentro de lo que cabe -no he leído la obra entera, pero sí algún capítulo, y retazos varios, que pueden ayudar a hacerse a la idea de lo que trata, y como lo trata-, estos jesuitas te acaban medio cayendo bien. Quizá, porque uno recuerda a los jesuitas actuales, que son bastante distintos a los de, digamos, cincuenta años -y ya no digamos, de hace más de siglo y medio-, o porque, esta orden siempre ha sido no sólo influyente y rica -según momentos, más o menos, pero siempre con cierto poder económico-, sino que agrupa a gran parte de los mayores cerebros de la iglesia católica. Sue los consideraba, como muchos de sus contemporáneos de cualquier país además del suyo, como una secta siniestra dentro de dicha iglesia, así que, más que al cristianismo en general, les atacó a ellos. Pero estos jesuitas, la verdad, más que miedo, hacen cierta gracia, y hasta acaban cayendo bien, como cualquier malvado de pacotilla que parezca sacado, precisamente, de un folletín.
Enfrentados a los jesuitas, los siete descendientes de una familia de hugonotes franceses, que deciden -o más bien se ven obligados- a huir de la Francia del siglo XVI, con sus persecuciones de los protestantes, incluida la terrible noche de San Bartolomé, donde se asesinó a miles de ellos por todo el país. Esta gran familia se dispersa por todo el mundo occidental -Alemania, Polonia, América en general...- y, en la actualidad -para el autor, se entiende; o sea, mediados del XIX-, se reúnen los únicos siete supervivientes en París -dos gemelas hijas de un ex-oficial bonapartista, una condesa, un príncipe hindú que da un poco el cante, un industrial, un artesano del cuero, y un misionero católico-, cada uno con una medalla de bronce -se supone que para reconocerse-, para recibir una cuantiosa herencia que, las cosas como son, no se tiene demasiado claro de donde viene y por qué ha de recibirse en ese lugar y fecha. Los jesuitas, obsesionados con las riquezas, claro está, desean hacerse con ella, y no pararán hasta conseguirlo, aunque tengan que contar con los servicios de un muy poco católico asesino de la secta hindú de los Tug, que cree que la religión y la determinación de los miembros de la orden son más terribles que su propia gente, a pesar de su venenrción por el asesinato ritual. Respecto al judío errante del título -personaje de la mitología popular en la Edad Media, pero cuyo recuerdo ha ido perviviendo hasta hace bien poco-, no sale más que, a lo sumo, en el 10% de la obra, y poco podemos saber de él -en resumidas cuentas, el personaje, el más interesante de todos, no está suficientemente explotado, y un poco más de fantasía no habría ido mal; porque, al querer ser más realista, Sue consigue lo contrario; con una criatura irreal, la lectura habría sido mejor-.

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Los jesuitas de "El judío errante", según una ilustración de la obra de Sue.

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El judío errante -más joven de como que normalmente se le retrata-.

Aparte de ello, Sue, que hace ganar enteros a la historia cuando habla, de nuevo, de la pésima situación social de sus compatriotas -en este caso, de los obreros, más que de gente que ha acabado cayendo en la delincuencia o en la cárcel-, al tener que entregar cada poco un capítulo nuevo, no es que se esmere demasiado, sino que en no pocas ocasiones, soluciona el final de uno -donde los protagonistas se enfrentan a un peligro mortal y de difícil salida-, contando en el siguiente, en breve y poco creíble resumen, cómo han conseguido salvarse, y han llegado a un país distinto a donde estaban en el anterior.
Aparte, mientras que los jesuitas son tipos, dentro de lo que cabe, imaginativos y hasta simpáticos -se les supone malvados, pero se les describe de forma un tanto ridícula-, los "buenos" de la historia pueden parecer, cosas de la época, un tanto estomagantes, ñoños y demasiado bondadosos e ingenuos.
Aún así, el bueno de Eugene siguió con su éxito, y sus ingresos económicos -que no aprendió demasiado a conservar, todo hay que decirlo-. Siguieron "Los siete pecados capitales" (1847-52; aquí se tomó su tiempo, saliendo a la luz cada capítulo cuando mejor le pareció, teniendo en cuenta que cada pecado era una historia diferente), que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo considerada una serie de "novelas de costumbres", como se les llamaba en su época, que muy probablemente llegan más hondo que historias suyas anteriores.
Su última obra de importancia -aparte de "El comendador de Malta", de 1846, y "La marquesa Cornelia Alfi", su última obra, de 1852-, sería "Los misterios del pueblo", donde se cuenta la historia de la familia Lebrehn, desde la conquista romana de la Galia por César -que ya es decir-, hasta la actualidad, pasando por el dominio de los invasores francos y, más tarde, de la iglesia católica. En este caso, sí que se comprueba, en un Sue más maduro y, tal vez, más cansado del poder eclesiástico en la patria de la Revolución con mayúsculas -él era republicano y rupturista con el viejo régimen-, lo que le provocó sufrir la censura, y que su libro acabara en la lista de libros prohibidos por la iglesia católica.  Es curioso que parte del texto de esta novela sufrió plagio tras plagio -un plagiador copiando a otro-, y donde él atacaba, de nuevo, a los jesuitas, los oscuros personajes que pergeñaron "Los protocolos de los sabios de Sión", los sustituyeron por judíos, cuando él nunca demostró antisemitismo. Y desde luego, nunca supo de ello, pues este mal uso de tercera mano, se realizó años después de que hubiera fallecido.

El pueblo saliendo a las calles en la revolución de 1848, que dio paso a la efímera II República francesa.

Comparado con Dumas, ideológicamente su contrario, pero que reconoció sentir cierta simpatía e interés por su obra -se les intentó enfrentar sin éxito; Sue también sentía agrado por la obra de su rival, que ha envejecido mucho mejor que la suya-; en 1848 consiguió, por fin, entrar en política. Este año fue el de las segundas revoluciones románticas. Si en 1830 Francia se libra, por fin, de los desastrosos borbones -de Carlos X, hermano y sucesor del igualmente mediocre y autoritario Luís XVIII-, en 1848 es Luis Felipe I de Orleans, llamado "el rey ciudadano", el que salta del trono, instaurándose la II República. En 1850 llegó, incluso, a ocupar un puesto en la nueva asamblea del pueblo, pero cuando el sobrino de Napoleón consigue llegar al poder, primero como presidente y, después de un golpe de estado -al que Sue se opone firmemente-, como emperador, cae en desgracia, y decide marchar en 1851 -o se le obliga a marcharse- al exilio interior a la población de Annecy -en aquella época, una pequeña ciudad de provincias de unos 8000 habitantes-, en Saboya -la Saboya histórica, no la actual; más bien, estaba muy cerca de Suiza, en la antigua Borgoña-, donde sólo tendría fuerzas para escribir "La marquesa Cornelia Alfi", muriendo en 1857.

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Napoleón III, creador del Segundo Imperio, y responsable de truncar la breve carrera política de Sue.

En resumidas cuentas, hasta hace poco, me sonaba el título de su obra principal, y tal vez había oído el nombre del autor, pero no sabía, realmente, de qué trataba -más bien, me parecía una obra de fantasía, o sucesos y personajes paranormales-. Después de leerlo, y aunque no es que sea una obra de arte, no puedo decir que haya sido perder el tiempo, más bien el contrario.