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sábado, 2 de mayo de 2015

El segundo relato más corto de Amélie Nothomb: "Simon Wolff".

Otro de los pequeños relatos aparecidos en revistas o libros colectivos que raramente se traducen.


Amélie Nothomb, como ya escribí en las entradas que sirvieron para contar su vida y, al tiempo, hablar sobre su obra -en realidad, vida y obra se entrecruzan y mezclan sin saber exactamente donde empieza una y acaba otra, o viceversa-, aparte de sus novelas, que en ocasiones son más bien relatos largos, existen también algunos relatos o cuentos muy cortos, que acostumbran a aparecer en revistas o en libros colectivos, de una sola edición y tirada no demasiado larga -en Francia y Bélgica, al menos; en España, serían, seguramente, tiradas más que aceptables, por no decir grandes-, que se crean a partir de diversos relatos escritos para la ocasión por autores, en general, conocidos y respetados -o no-, y que acostumbran a tener en común el tema del que todos ellos tratan, o intentan tratar.
Hace tiempo publiqué el más corto de ellos, "Aspirina", que se dice que tiene la extensión de dos simples páginas, pero que a mí me pareció todavía más corto. Tal vez fueran dos páginas de un libro de formato pequeño y letra grande. En este caso, en teoría, ocupa seis, aunque con gran abundancia de espacios en blanco después de cada punto y aparte. Y son unos cuantos. Pensé, quizá, en eliminar dichos espacios, aunque como lo encontré así, en un foro -no blog- dedicado a la autora y su obra, que como ya se dijo también, tiene una especial alergia a las nuevas tecnologías, y no tiene web oficial, ni página en facebook, ni cuenta de twiter, ni cualquier otra cosa en la red. O sea, que el foro, como en realidad es habitual cuando tratan de literatura o cine, no tiene relación directa con ella, sino que ha sido creado por sus fans. Y de ahí que algunos cuelguen allá sus relatos más cortos en su versión original en francés, pues francófonos son los que lo crearon.
Pues aquí cuelgo una traducción, imagino que no del todo fiel, pero al no ser profesional, se hizo lo que se pudo, aunque creo que no está demasiado lejos -espero- de lo que la autora escribió en francés.


Simon Wolff.

Hay dos tipos de investigadores: los que tienen la suerte de llamarse Simon Wolff, y los otros. 


Mi nombre es Simon Wolff: la banalidad del nombre me permite respaldar la autoría de innumerables artículos. Ciertamente, no sé su contenido; en ocasiones, ni su misma existencia. Para nutrir un currículum, sólo cuenta la longitud de la lista de obras. 



Así que busqué  las referencias del "Índice de Orígenes de Citas Científicas" de todos los artículos firmados por S. Wolff. Y las he anexado a lo que los americanos llaman su "Resumen". Con tal ampliación, en lo sucesivo, su densidad y variedad propiciaron que se me abrieran las puertas más elitistas. 


Ya habrán comprendido: mi verdadero nombre no es Simon Wolff. He leído con pasión revistas científicas inexplicables. Pero en 1992, con pocos meses de intervalo, vi dos artículos (uno en el "New Scientist", el otro en "Para la Ciencia") que habían sido realizados por varios sabios bienhechores que tenían el nombre de Simon Wolff. Pensé que si había ya tantos homónimos, no habría objeción para alargar la lista. 


No hay justicia en el nacimiento. Mi nombre es Venantius Xatamer. Hay pocas probabilidades de que me encuentre un homónimo, y mucho menos en el mundo de la investigación. Esta singularidad no me habría disgustado si tuviera una sombra de espíritu de invención: pero no hay rastro de ella en mí. Mi cerebro no es idiota, sobre todo cuando procede a estimar al prójimo: sólo es incapaz de crear algo nuevo. Este es también el caso de la mayoría de las inteligencias. El sistema universitario es absurdo, forzando a cerebros ingeniosos pero estériles a disfrazar lo viejo como si fuera nuevo, es decir, escribir una tesis. 


Bajo el nombre de Venantius Xatamer, escribí una sola tesis, debido a la cual sufrí un dolor de perros. Todavía puedo oír el juicio del profesor: "Señor Xatamer, en su estudio, hay mucho de bueno y mucho de nuevo. Desgraciadamente, lo que es bueno no es nuevo, y lo que es nuevo, no es bueno". No obtuve la beca que esperaba.


Ese fue el día en que decidí cambiar de nombre. En menos de un segundo, Venantius Xatamer, filósofo mediocre a quien la CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica) nunca hubiera querido, se convirtió Simon Wolff, poseedor de prestigiosos diplomas de las más célebres universidades estadounidenses, británicas y alemanas. 

En este momento, me encuentro en el interior de un tren. A través de la ventana, el paisaje no resulta interesante: es el de la típica provincia francesa que no creo que le interese a nadie. El revisor pasa y pica los billetes de cada compartimento  sin mirar siquiera a su dueño. Que sea Simon Wolff o Venantius Xatamer, nada significa para él. Por otra parte, fuera del mundo de la investigación, no significa nada para nadie.

Cuando uno lleva un nombre falso, solo hay una regla básica a seguir: huir de la capital y las principales ciudades. El robo de identidad es más propenso a ser descubierto  allí. 


Otra regla es la de no instalarse en ningún sitio. Eso no me cayó muy bien, nunca lo había envidiado. Si uno posee dinero -y yo lo tenía, gracias al CNRS- nada semejante a viajar.

Una sola persona está al tanto de todo: se trata de un profesor de matemáticas de la universidad de... Se entenderá que calle su ciudad y su nombre. Lo voy a llamar por sus iniciales: DN. Le telefoneo regularmente para saber como está cambiando mi situación. Resulta explícito: no evoluciona en absoluto. "Las personas no se preocupan por su identidad, Venantius. Tanto peor para tu orgullo,  tanto mejor para tus finanzas." 

Al principio, pensé que tendría menos suerte con las mujeres: Simon seduciría menos que Venantius. ¡Qué error! Las jóvenes tienen un oído  poco sensible. Sin embargo, detalles como el total de la cuenta del restaurante, o la categoría del hotel, son para ellas de suma importancia. 

Me quedé demasiado tiempo en M. No es que me llamara mi atención, más bien estaba empezando a fastidiarme. No resultaba extraño que me estuviera aburriendo: no estaba trabajando en nada. Cuando llego a un nuevo lugar, ya veo lo que hay que ver, observo a las mujeres que valen la pena, llamo por teléfono DN, y le doy una dirección temporal a la que puede enviarme las revistas científicas. Las leo en profundidad, acostado en la cama de la habitación del hotel. Me cuesta gastar mi dinero, porque no siento deseo de nada. 

Para ser más preciso, no siento deseo por nada que pueda comprarse. De lo que siento envidia, es de tantas cosas que no tienen precio. Mi mayor sueño sería encontrar una idea: por desgracia, como ya he dicho, mi cerebro no tiene los medios. Al menos eso prueba que no he usurpado mi título como investigador: yo investigo. Apenas tengo posibilidad alguna de encontrar lo que sea, a pesar de que investigue. Parece estar en mi naturaleza el buscar para no encontrar. 

¿Y qué es lo que busco? No tengo ni idea, desde luego. Cuando a Newton se le preguntó cómo había descubierto las leyes de la atracción universal (la gravedad), respondió: "Pensando cada día" ¿Qué sentido debe atribuirse a dicha frase? ¿Qué sentido tiene el hecho de pensar algo que no ves? Canguilhem dijo: "No hay invención sin la conciencia de un vacío lógico." De vacíos lógicos, yo los siento en todas partes, pero son demasiado vagos para que su tensión me revele la mínima luz.

Cuando no se encuentra nada, se roba. He robado el nombre de un puñado de gente más inteligente que yo. ¿Qué es un nombre? Nada. Llamarme Simon Wolff no permite ser el marido de las mujeres casadas con los otros Simon Wolff, ni vivir en sus casas, ni poseer su dinero (después de todo). Simplemente, es como si estuviera usando un código informático que me da acceso a un estatus  ventajoso.

Pero eso no me sirve para gran cosa, pues el mundo no es un ordenador. Pero hay que reconocer que existen similitudes. Llegamos a algún lugar donde rostros y puertas están cerrados. Entonces, pronuncias las pocas sílabas clave: "Mi nombre es Simon Wolff",  y la informática de las relaciones humanas se ejecuta al momento: los rostros y las puertas se abren ante ti. 

Llamarse Simon Wolff es como llamarse Sésamo.
En el mercado de valores, hay dos que son  muy populares: la verdad y la  justicia. No  es que sean muy respetadas, ni mucho menos, sino porque nadie pone su nobleza en cuestión. Un hombre que se bate por ellas está desde el principio en el lado adecuado.

Una cosa me sorprende: la profunda incompatibilidad entre estos dos ideales. Tomemos la verdad más banal: la identidad que recibimos al nacer. El nombre y "aquello que va con": estatus social, nacionalidad, o incluso los defectos psíquicos. No podemos imaginar algo más injusto. Pero contra esta iniquidad original, ¿Existe otra forma de proceder que no sea la mentira? 

Puedo escuchar una cortejo de gente respetable protestando: "No, uno puede elevarse por medio de sus obras, su virtud, etc." Suponiendo que esto sea cierto, cosa que dudo, ¿cual sería la cura para esas mismas personas, cuando se descubre en ellas la insipidez de sus propios rostros, la falta de encanto de un nombre, la ausencia de genio de un espíritu? 

Sí, ya sé: se puede vivir con esos obstáculos tan benignos. No merecen ni que se hable de ellos. No se trata de auténticos problemas -siempre y cuando, claro está,  de no tener ambición alguna en ningún campo-. Que es el caso de la mayoría de seres humanos. 

Pero ese no es mi caso. Durante años, he vivido en la obsesión de que la verdad se comportó de forma inapropiada conmigo, así que tuve que tomar venganza contra ella.

El día que cambié de identidad, no experimenté la menor vergüenza. Sentí una viva impresión de justicia. No me volví más hermoso, ni  más inteligente, pero me concedí un don privado que me permite consolarme para siempre de mi falta de belleza e inteligencia. 


Entre la verdad y la justicia, he optado por centrarme en la segunda. Lo que resulta extraño es que, a partir de mi mentira, me sentí más cerca de mí otra verdad  -una verdad mucho más real-. El brillante investigador lleno de diplomas se parecía mucho más a mi yo interior que el estudiante de un estéril doctorado. ¿Vanidad? Puede Ser. 



Pero cuando la vanidad es merecida, se le puede llamar orgullo. Después de todo, usurpar la identidad de otro no está al alcance de cualquiera. La prueba es que el procedimiento no es algo corriente. Decenas de Simon Wolff nacieron con este nombre providencial sin haber hecho nada para ello. Sin embargo, yo había  luchado para llegar allí. Si viviéramos en la meritocracia, yo sería el único en poder llamarme Simon Wolff.





domingo, 6 de julio de 2014

El relato más corto de Amèlie Nothomb:

 "Aspirina".

Una traducción del francés, como siempre aproximada -o eso espero- del pequeño relato.


Esta traducción la he conseguido hacer a partir de la web literaria francesa Par Ahcene81, que, si bien no permite la copia -pues es de pago, y hay que estar registrado para bajarse el material literario allá contenido-sí permite el leerlo. En general, son relatos bastante más largos, pero en este caso, me limité -bueno, tiene su trabajo-, a escribirlo a mano en un papel en francés, reescribirlo en la misma lengua en un traductor de mi ordenador, y con un diccionario, un libro de gramática, y lo que sé de dicha lengua -que parece que es más de lo que yo habría pensado nunca, la verdad-, he hecho lo que he podido. Al fin y al cabo, se trata de dos páginas de libro -de un libro de la Nothomb, que sería de página pequeña, letra grande, y márgenes generosos-, lo que sería una entrada un poco larga en internet. No había para tanto, y lo pasé bien haciéndolo. Otra cosa es que estas cosas se puedan hacer o no, pero teniendo en cuenta -creo- que no existe el material en castellano a la venta, y siendo para la autora más una diversión que un trabajo propiamente dicho, no creo que fastidie  a nadie.



Aspirina, de Amélie Nothomb.

Cuando era pequeña, pronunciar la palabra "aspirina" equivalía a una blasfemia. En materia de medicina, mi madre tenía una teoría, o más bien una religión: todos fuimos criados en el culto a la homeopatía, o con mayor precisión, a un homeópata del que no puedo dar el nombre. Una fuerza esotérica me lo impide. Le llamaremos Señor X. Él vivía en Bruselas, y nosotros en Beijing, lo que hizo que sus enseñanzas resultaran, por remotas, más sagradas. Y también mucho menos prácticas: en los años sesenta no existía el fax, y cuando teníamos un resfriado, mamá tenía que escribir una carta al Sr. X, y nos prohibía tomar cualquier remedio antes de recibir por correo la respuesta del gurú, acompañada de unas píldoras salvadoras. La mayor parte de las veces, el mensaje llegaba con tanto tiempo de retraso, que  la naturaleza nos había sanado en el ínterin. 

Mi hermano, mi hermana y yo nos dimos cuenta de que los más terribles sufrimientos no tenían relevancia. El único delito sería tomar un remedio alopático, o sea, ajeno a la homeopatía. La aspirina era alopática, y por lo tanto, satánica. Yo estaba en una edad en la que  creía todo lo que mi madre me decía, y cuando tenía fiebre, antes habría muerto que tomar una demoníaca pastilla. ¿Que tenía un dolor de cabeza terrible? Nada dramático. El dolor se iría más pronto que tarde. Pero si aceptaba la religión de tomar ácido acetilsalicílico, el horror del pecado nunca sería borrado de mi conciencia. 

Y así llegué a la edad adulta, sin haber experimentado siquiera una aspirina, o  cualquier otra sustancia alopática. Es entonces cuando dejé a mis padres y me instalé en Bruselas. 

Una de las primeras recomendaciones de mi madre fue tener una cita con el Señor X en persona, lo cual cumplí piadosamente, como un musulmán que va a la Meca. El gurú belga se dignó a recibir a aquella muchacha de diecisiete años, a quién había atendido en la distancia desde su nacimiento. Y descubrí, no sin terror, que el Señor X tenía la apariencia de un zombi sádico. Me preguntó acerca de mis hábitos y descubrió que bebía mucho té: se mostró preocupado y me lo prohibió. No dije nada, pero pensé que entre el té chino y el Señor X, la elección era rápida. No he vuelto a ver al Señor X, pero tampoco caí en la herejía, que consistiría en elegir a otro médico. Acabé por decidir vivir sin ningún tipo de medicina, algo a lo que la lentitud del correo internacional ya me había acostumbrado. 

Mucho más tarde, mientras me encontraba en casa de un amigo, me cogió una de mis muchas dolencias. Mi querido amigo me trajo una aspirina. La miré como se mira al Anticristo, y grité que nunca habría de ingerir la sustancia de Belcebú. Consideró mis abjuraciones consecuencia de la fiebre, e hizo disolver la pastilla en un vaso de agua, que me obligó a beber. Tuve la impresión fascinante de haber absorbido el mal en persona por primera vez, y descubrí sus seducciones, y su sabor ácido y amargo me llenó de alegría. Un sabor que acabó por conquistarme. Poco después, un leve entumecimiento se apoderó de mí, y me hundí en un sueño beneficioso. Cuando me desperté diez horas más tarde, me sentía mejor que nunca. 

Desde entonces, se puede decir que soy una neófita de la aspirina. La amo apasionadamente y de forma revanchista por el tiempo perdido, e incluso actualmente, no puedo conseguir tomarme una sin tener la sensación de estar enferma para poder administrármela. Y tras haber descubierto la etimología de "salicílico", no puedo pensar en un sauce sin ver en él a un aliado del mal, al árbol de la transgresión, y me pregunto si el manzano del jardín del Edén no sería en realidad un sauce llorón,  y colgando de todas sus ramas, el remedio secreto para el dolor impuesto por el eterno.

Lo más simple, como tomarse una aspirina, visto desde otro punto de vista, y con una luz nueva.

viernes, 7 de septiembre de 2012


Un relato de ciencia-ficción y humor: "La supremacía de Uruguay".

O cómo una pequeña nación de América del Sur logra dominar el mundo sin pegar un tiro.


Empecé este blog con una traducción, realizada en parte con la ayuda del traductor de google, y en parte por mí mismo -ya iba siendo hora que le diera cierta utilidad a mis aceptables conocimientos del idioma anglosajón- de un relato de ciencia-ficción indio -en realidad, de Bangla-desh- escrito a finales, nada menos, del siglo XIX. 
Bien, pues este segundo relato no propio -mejor no publicar demasiado de esos, la verdad, aunque tampoco tengo demasiados- del mismo género. Algo más corto, por lo que está incluido en su totalidad en una sola entrada, y, en lugar de tener una temática feminista -y un tanto exótica-, este se basa en un absurdo de cómo una pequeña nación puede apoderarse del poder mundial sin utilizar fuerza militar alguna. Porque, al fin y al cabo ¿habría sido más creíble, que Uruguay gobernara el planeta entero por medio de grandes ejércitos?
El autor, Elwyn B. White, realmente, no fue nunca escritor de ciencia-ficción, sino de relatos infantiles. El más conocido, el de Stuart Little -sí, el ratoncito que habla, del que no hace tantos años se hicieron dos películas para niños-, además de un libro para escritores amateurs, que se lanzaban al difícil mundo de la escritura profesional -"Los elementos del estilo"-, que todavía es utilizado por estudiantes y aficionados en el mundo anglosajón, pues White, a pesar de ser escritor de literatura infantil -no menos difícil que la literatura para adultos-, no dejaba de ser un magnífico compositor de obras, lo que le hizo ganar, entre otros, el primeo Pulitzer, pues también ejerció de periodista y ensayista.

La supremacía de Uruguay.

Por Elwyn B. White (1899 - 1985), con traducción de Martín Otheguy.

Quince años después de establecida la paz en Versalles, Uruguay entró en posesión de un fino secreto militar. Era un invento tan simple en sus efectos, tan barato en su construcción, que no cabía la menor duda que permitiría a Uruguay sojuzgar a todas las demás naciones de la Tierra. Naturalmente los dos o tres hombres de estado que sabían de él tuvieron visiones de grandeza; y aunque no había nada en la historia que indicara que un país grande fuera algo más feliz que uno pequeño, estaban muy ansiosos por llevarlo a cabo.
El inventor del dispositivo era un recepcionista de un hotel de Montevideo llamado Martín Casablanca. Había tenido la idea en cuestión durante la campaña de mayorazgo de 1933 en la ciudad de Nueva York, donde se encontraba atendiendo una convención realizada en un hotel.
Un atardecer de noviembre, poco antes de la elección, vagando por el distrito de Broadway llegó a toparse con un evento público. Una plataforma había sido erigida en la marquesina de uno de los teatros, y en un intervalo entre discursos un joven frío, envuelto en un abrigo, cantaba frente a un micrófono. "Gracias", cantaba sentimentalmente, "por todas las bellas delicias que he encontrado en tu abrazo..." La inflexión de las palabras de amor era la de una voz que murmura, pero el volumen del sonido amplificado era enorme; se transmitía por cuadras, en lo profundo de las filas del electorado.
El uruguayo hizo una pausa. No le eran desconocidas las delicias de un abrazo amoroso, pero en su experiencia habían sido de una intensidad menor, más íntima, concentrada. Este sonido relajado, público, tuvo un curioso efecto en él. "Y gracias por las inolvidables noches que nunca podré reemplazar..." El público se balanceaba junto a él.
En el resplandeciente rincón de la apiñada prensa de cuerpos, el retumbar dominante del cantante melódico lo chocó repentinamente y se tornó por unos segundos, como luego se diera cuenta, en un hombre loco. Las caras, las máscaras, el aire frío, las luces de los anuncios publicitarios, el ascendente vapor de la colosal taza de café A & P sobre la Calle 47, todo se agregaba a su encantamiento y su desequilibrio.
De todos modos, al partir y alejarse de Times Square y de los viscosos sonidos de ese gran abrazo de amor, éste era el pensamiento que habitaba su cabeza: ''Si me sacó de mis cabales oír un canturreo suave apenas amplificado, ¿qué no me podría hacer, escuchar un sonido mucho más alto y amplificado?''
El Sr. Casablanca se detuvo. "¡Buen Cristo!", se susurró a sí mismo; y su propio susurro lo aterrorizó, como si también hubiera sido amplificado.
Abandonando su convención, partió hacia Uruguay a la tarde siguiente. Diez meses después había perfeccionado y entregado a su gobierno una máquina de guerra única en la historia: un avión radio-controlado llevando un fonógrafo eléctrico con una bocina aerodinámica retractable.
Casablanca había encontrado al tenor más potente de Uruguay y grabado la estrofa que había oído en Times Square. "Gracias", gritaba el tenor, "por inolvidables noches que nunca podré reemplazar...". Casablanca se encargó de aumentarlo ciento cincuenta veces y manipuló la grabación de tal manera que repitiera la frase eternamente. Su teoría era que un escuadrón de aviones sin pilotar, esparciendo estos sonidos interminables sobre territorios extranjeros reduciría inmediatamente a la población a la locura. Luego Uruguay, sin prisa, podía enviar su armada, dominar a los idiotizados y anexionar las tierras. Era una perspectiva más que atractiva.
El mundo estaba siendo arrastrado en esos momentos a una fase nacionalista. Los increíbles cánceres de la Guerra Mundial habían sido olvidados, los armamentos eran reconstruídos, el odio y el miedo se asentaban en cada ciudadela. La Convención de Ginebra había sido prolongada, pero sólo a fuerza de mudar el centro del desarme a una ciudad amurallada en una isla neutral y separar a los delegados en los destructores preparados de sus respectivos países. El Congreso de los Estados Unidos se había apropiado otro ciento de millones de dólares para su programa naval; Alemania había expulsado a los judíos y remoldeado el acero de sus cascos en forma más firme; el mundo volvía a vivir el prólogo de 1914.
Uruguay aguardó hasta que creyó que el momento era justo, luego atacó. Sobre los plácidos hemisferios, a la noche, se apresuraron veloces y fulgurantes aeroplanos, y así cayó sobre todo el planeta, excepto Uruguay, un sonido cuyo igual no había sido oído jamás en tierra o mar.
El efecto fue tal cual había sido predicho por Casablanca. En cuarenta y ocho horas los pueblos estaban perdidamente locos, destrozados por un ruido inerradicable, oídos deshechos, mentes errantes. Ninguna defensa había sido posible, ya que al minuto en que alguien se ponía al alcance del sonido, perdía su cordura y, al estar ido, demostraba ser inútil militarmente.
Luego de haber pasado los aviones, la vida continuó en gran parte como antes, excepto por el hecho de que era más segura al haber desaparecido la cordura. Nadie podía oír nada, salvo el ruido en su propia cabeza.
En el momento preciso en que la población había sido alcanzada por el ruido, se habían sucedido algunos incidentes bastante divertidos. Una señora de West Philadelphia resultó estar hablando con su carnicero por teléfono. "Gracias", acababa de decir, "por aceptar la devolución de ese filete en mal estado ayer. Y gracias", agregó mientras el avión sobrevolaba, "por inolvidables noches que nunca podré reemplazar". Operadores de linotipo en sus talleres cortaron en medio de las oraciones, como el que se hallaba armando una historia sobre un almirante en San Pedro:
"Estoy tremendamente agradecido a todas las damas de San Pedro por la maravillosa hospitalidad que demostraron con los hombres de la flota durante nuestras recientes maniobras, y gracias por inolvidables noches que nunca podré reemplazar y gracias por inolvidables noches que nun..."
A toda apariencia la conquista de la Tierra por Uruguay era completa. Aún restaba, por supuesto, la ocupación formal por sus fuerzas armadas. Que sus tropas, en completa posesión de sus facultades, podían establecer su supremacía entre idiotas no se dudó ni un instante. Presumían que al no haber nada sino locura por combatir, la ocupación sería confortablemente estimulante y disfrutable. Suponían que sus locos enemigos harían algunas cosas bastante divertidas y pintorescas con sus acorazados y tanques, y luego se rendirían. Lo que fallaron en anticipar fue que sus enemigos, estando idos, no tenían intención de hacer la guerra en absoluto.
La ocupación resultó ser singularmente incruenta y poco vistosa. Por ejemplo, un destacamento de sus tropas aterrizó en Nueva York y se estableció en el edificio RKO, que se hallaba bastante vacío entonces, y no fueron más notorios en el pueblo que los Caballeros de Pythias (1). Uno de sus acorazados avanzó hacia Inglaterra y el oficial a cargo se enfureció tanto cuando ningún barco hostil salió a enfrentarlo que envió un radio-mensaje (que por supuesto nadie en Inglaterra escuchó): "¡Salgan, ratas cobardes!"
Fue la misma historia en todos lados. La supremacía de Uruguay nunca fue desafiada por sus tontos súbditos, y no fue casi advertida. Territorialmente su conquista fue magnífica; políticamente fue un fiasco. Los pueblos del mundo prestaron muy poca atención a los uruguayos y los uruguayos, por su parte, se hastiaron con muchos de sus dominados, en especial con los lituanos, a quienes no podían soportar. En todos lados seres locos vivían felizmente como niños, en sus cabezas el viejo refrán: "Y gracias por inolvidables noches...". Billones vivían satisfechos en un paraíso de tontos. La Tierra era generosa y había paz y plenitud. Uruguay contemplaba sus vastos dominios y veía como el suceso entero perdía autenticidad.
No fue hasta años después, cuando los descendientes de algunos de los primeros americanos idiotizados crecieron y recuperaron sus sentidos, que hubo un retorno generalizado de la cordura en el mundo; las fuerzas aéreas y terrestres restablecieron su poderío bélico, y se dio inicio a la vengativa lucha que con el tiempo involucró a todas las razas de la Tierra, arrasó Uruguay y destruyó la humanidad sin dejar rastros.



Un arma inconcebible.

(1) - Orden fundada en 1864 para promover la amistad y la benevolencia entre los hombres (N. De T.)

viernes, 6 de julio de 2012

Un relato de ciencia-ficción indio... de hace más de un siglo:"El sueño de Sultana".


Bien, ya va siendo hora de realizar una entrada propiamente dicha. Y en esta ocasión, quizá deban ser dos. Se trata de un relato de un género que a mí siempre me ha interesado: la ciencia-ficción. Pero es bien distinto a lo que se acostumbra a leer, pues está escrito por una mujer, y en una época tan temprana como 1905. Sin embargo, esto tampoco resultaría tan extremadamente raro si se tratara de una escritora occidental, y más aún, anglosajona -aunque, realmente, el relato original se escribió en lengua inglesa-.
La autora era, en realidad, originaria de la India Británica. Para ser más exactos, del actual Bangla-desh, y es considerado parte de la literatura bengalí -a uno y otro lado de la artificial frontera entre este pequeño y superpoblado país y la India-. Se trata de Rokeya Sakhawat -según pude leer, pues no era capaz de aprenderme el nombre de memoria-, y teniendo en cuenta su origen noble, y su condición de mujer musulmana de un país tan conservador y, aparentemente, tan alejado de la cultura occidental, no deja de llamar la atención. Sobretodo, porque, aunque se habla de tecnología en aquella época impensable, como vehículos voladores -más bien, helicópteros-, energía solar y control del clima, es la visión de un estado asiático donde las mujeres han sufrido la más terrible de las discriminaciones y en el que, aprovechando un conflicto bélico, deciden dar un vuelco radical a su situación, lo que más llama la atención. Y más, teniendo en cuenta que en países de la zona, como Afganistán y Pakistán, la situación de la población femenina, al igual que la de las minorías religiosas o los intelectuales o demócratas, no ha dejado de empeorar de década en década, hasta llegar a unos límites que se podrían calificar de auténtica barbarie.
El original era en inglés, y no encontré traducción al castellano. Así que opté por utilizar -cuestión de rapidez, y que no soy traductor profesional- la herramienta de traducción de google, pero al encontrarme con un texto lleno de errores gramaticales y semánticos, numerosas formas verbales inapropiadas, y frases sencillamente ininteligibles, opté por ayudarme del texto en inglés, mi conocimiento de la lengua anglosajona, y un diccionario -no informático, sino de los originales, en libro- y me pasé mis dos o tres horas hasta que logré darle una forma un poco en condiciones, aunque en algún caso, reconozco que casi improvisé una traducción.
Aquí va. No es que sea un relato con una calidad literaria extraordinaria -la autora tampoco lo pretendía, pues no era novelista profesional-, y la traducción, como ya he dicho antes, es propia, y tendrá sus errores y meteduras de pata, pero se entiende bastante bien, que es lo más importante.



El sueño de Sultana

Una noche estaba recostada en un sillón de mi cuarto y pensando perezosamente en la condición de la mujer indígena. No estoy segura si estaba dormida o no. Pero, hasta donde yo recuerdo, estaba completamente despierta. Vi la luz de la luna brillar, con miles de diamantinas estrellas alrededor, muy claramente.
Repentinamente, una dama se puso delante de mí. Cómo llegó, no lo sé. La confundí con  mi amiga, a la que llamo Hermana Sara.
“Buenos días”, dijo Hermana Sara. Sonreí para mis adentros, pues yo sabía que no era por la mañana, sino noche estrellada. Sin embargo, le respondí, diciendo: “¿Qué tal estás?”

-Muy bien, gracias. ¿Me harías el favor de echar un vistazo a nuestro jardín?
Volví a mirar la luna por la ventana abierta, y pensé que no había nada de malo en salir en ese momento. En el exterior, los criados dormían en ese momento, así que podría tener un agradable paseo con Hermana Sara.
Yo ya tuve mis paseos con Hermana Sara, cuando estábamos en Darjeeling. Muchas veces caminábamos de la mano, mientras hablábamos alegremente, en sus jardines botánicos. Supuse que, probablemente,  Hermana Sara había venido para llevarme a pasear por alguno, y,  dispuesta a aceptar su oferta, me marché con ella.
Al salir a caminar, me encontré sorpresivamente con una hermosa mañana. La ciudad estaba completamente despierta, y las calles llenas de vida, debido a la bulliciosa multitud. Me sentí atemorizada, pensando que estaba caminando por la calle a plena luz del día, pero no había un solo hombre visible.
Algunas de las transeúntes hacían bromas sobre mi persona. A pesar de que no podía entender su lenguaje, estaba segura de que  estaban bromeando. Le pregunté a mi amiga: “¿Qué están diciendo?”.

-Las mujeres dicen que te ves muy varonil.
-¿Varonil? -respondí- ¿Qué quieren decir con eso?
-Quieren decir que eres tímida y temerosa, como son los hombres.

¿Tímida y temerosa como los hombres? Aquello tenía que ser una broma. Me puse muy nerviosa, cuando me di cuenta de que mi compañera no era Hermana Sara, sino una extraña. ¡Oh, qué tonta había sido  al confundir aquella dama con mi querida y vieja amiga, Hermana Sara!
Ella sintió que mis dedos temblaban en su mano, mientras caminábamos unidas una de la otra.

-¿Cuál es el problema, querida? - dijo cariñosamente-. 
-Me siento un poco incómoda -le dije en un tono más bien para pedir disculpas-. Por ser una mujer sujeta a la purdah[1], no estoy acostumbrada a caminar entre desconocidos.
-No deberías tener miedo de encontrarte con un hombre aquí. Esto es Ladyland –el país de las mujeres-, libre del pecado y el daño. La virtud misma reina aquí.
Poco a poco empecé a disfrutar del paisaje. Aquel lugar era muy grande.  Acabé confundiendo un espacio de hierba verde de un cojín de terciopelo. Sentir como si estuviera caminando sobre una alfombra suave, miré hacia abajo y encontré el camino cubierto de musgo y flores.
-¡Es precioso! -dije yo.
-¿Te gusta? -pregunté a Hermana de Sara. (Yo seguía llamándola “Hermana Sara”, y ella no dejaba de llamarme por mi nombre).
-Sí, mucho, pero no me gusta pisar  las flores, tan dulces y tiernas.
-No te preocupes, querida Sultana. El pisarlas no les hará daño, sólo son las flores que crecen en la calle.
-Todo el lugar parece un jardín, -le dije con admiración-. Se ha elegido cada planta con tanta habilidad…
-Vuestra Calcuta podría convertirse en un jardín más bonito que esto sólo con que tus compatriotas quisieran  que así fuera.
-Deben pensar que resulta inútil darle tanta atención a la jardinería, mientras  tienen tantas otras cosas por hacer.
-No habrían podido encontrar una excusa mejor -dijo con una sonrisa.
Me entró una gran curiosidad por saber dónde estaban los hombres. Conocí a más de un centenar de mujeres, mientras paseaba por allí, pero ni un solo hombre.
-¿Dónde están los hombres?  -le pregunté.
-En los lugares adecuados, donde deben estar.
-Por favor, desearía saber lo que quieres decir con “lugares adecuados”.
-Oh,  ya veo mi error. No puedes conocer nuestras costumbres, pues nunca estuviste aquí antes. Tenemos encerrados a nuestros hombres.
-¿Cómo si estuvieran en una zenana[2]?
-Exactamente.
-¡Qué divertido! –no puede evitar estallar en una carcajada. Hermana Sara también se echó a reír.
-Pero querida Sultana, lo injusto sería encerrar a las inofensivas mujeres y dejar sueltos a los hombres.
-¿Por qué? No resulta seguro para nosotras salir de la zenana, ya que somos de naturaleza débil.
-Sí, no es seguro siempre y cuando haya hombres por las calles, como es así cuando un animal salvaje entra en un mercado.
-Por supuesto que no.
-Supongamos, que algunos lunáticos escapasen de un manicomio, y empezaran a hacer todo tipo de maldades a hombres, caballos y otros animales. En ese caso. ¿Qué es lo que harían tus compatriotas?
-Tratarían de capturarlos y retornarlos a las instituciones donde estaban encerrados.
-¡Gracias! ¿O piensas que resulta prudente mantener a la gente sana dentro de un manicomio y dejar libres a los locos?
-¡Por supuesto que no! –dije, riendo a la ligera.
-¡Pues de hecho, en tu país es eso mismo  lo que se hace! ¡Los hombres, que hacen, o por lo menos son capaces de hacer un sinfín de maldades, están libres; y las mujeres inocentes, encerradas en la zenana! ¿Cómo se puede confiar en esos hombres sin educación, dejándolos libres y a su aire?
-No tenemos voz ni mando en el manejo de nuestros asuntos sociales. En la India, el hombre es el amo y señor, que ha tomado para sí todos los poderes y privilegios, y  el que encierra a las mujeres en la zenana.
-¿Por qué permitís que os encierren?
-Eso es algo que no se puede evitar, ya que son más fuertes que las mujeres.
-Un león es más fuerte que un hombre, pero no le permite dominar a la raza humana. Habéis omitido el deber que tenéis hacia vosotras mismas, y así habéis perdido vuestros derechos naturales, por cerrar los ojos a vuestros propios intereses.
-Pero, mi querida Hermana Sara, si lo hiciéramos todo nosotras mismas, ¿qué es lo que harían, entonces, los hombres?
-No deberían hacer nada, con perdón, pues para nada son aptos. Sólo atrapadlos y encerradlos en la zenana.
-Pero, ¿resultaría tan sencillo agarrarlos y ponerlos entre cuatro paredes? -dije yo-. E incluso, si esto se hiciera, todos sus conocimientos -políticos y comerciales- también se irían con ellos al interior de la zenana.

Hermana Sara no respondió. Sólo sonrió con dulzura. Tal vez pensaba que era inútil discutir con alguien que no era mejor que una rana en un pozo.
En ese momento llegamos a casa de Hermana Sara. Estaba situada en medio de un hermoso jardín con forma de corazón. Era un bungalow con techo de hierro corrugado. Resultó ser más fresco y bonito que cualquiera de nuestros edificios más lujosos. No puedo describir su forma ordenada, ni lo bien amueblada y decorada con tan buen gusto como era.
Nos sentamos una al lado de la otra. Ella sacó una pieza de bordado y comenzó a puntearlo sobre un nuevo diseño.

-¿Sabrás coser, realizar el trabajo de aguja e hilo?
-Sí, no tenemos nada más que hacer en nuestra zenana.
-¡Aquí no confiamos en los miembros de nuestra zenana para hacer bordados! -dijo riendo-, ¡Un hombre no tiene todavía la paciencia suficiente para pasar un hilo por el ojo de una aguja!
-¿Has hecho todo este trabajo tú sola? -le pregunté, señalando  las distintas piezas de tela bordada.
-Sí.
-¿Cómo se puede encontrar tiempo para hacer todo esto? Porque también deberás hacer tu trabajo de oficina,  ¿no es así?
-Sí. Aunque yo no pe paso en el laboratorio todo el día. Termino mi trabajo en dos horas.
-¡En dos horas! ¿Cómo te las arreglas? En nuestra tierra,  los funcionarios, como los magistrados, - por ejemplo- trabajan  siete horas diarias.
-He visto algunos de ellos haciendo su trabajo. ¿Crees que trabajan durante las siete horas al completo?
-¡Desde luego que sí!
-No, querida Sultana, no lo hacen. Ellos malgastan gran parte de ese tiempo en el hábito de fumar. Un poco de tabaco, de dos a tres choroots[3] durante el horario de oficina. Se habla mucho acerca de su trabajo, pero hacen poco. Supongamos que uno choroot tarda media hora en ser fumado, y un hombre fuma doce choroots diarios. Entenderás, pues, que gasta seis horas diarias en el hábito de fumar puros.
Hablamos sobre varios temas, y me enteré de que no estaban sujetos a ningún tipo de epidemia, ni tampoco sufren de picaduras de mosquitos como lo hacemos nosotros. Yo estaba muy sorprendida al oír que en Ladyland nadie fallece durante la juventud, si no es por rara casualidad.
-¿Me acompañas a ver nuestra cocina?, -me preguntó.
-Con mucho gusto -le dije, y nos fuimos a verla.
 Por supuesto, a los hombres se les había invitado a marcharse en cuanto entramos allá. La cocina estaba situada en una hermosa huerta. Cada enredadera, cada planta de tomate en sí era un adorno. La encontré sin humo, ni chimenea.  La cocina -que estaba limpia y brillante-, tenía ventanas  decoradas con jardines de flores. No había ni rastro de carbón o fuego.
-¿Cómo se cocina? -le pregunté.
-Con el calor del sol -dijo ella. Al mismo tiempo, me mostró la tubería, a través del cual pasan la luz solar concentrada y el calor. Decidió cocinar algo, para mostrarme el proceso.
-¿Cómo te las has arreglado para recoger y almacenar el calor solar? -le pregunté con asombro.
-Déjame que te cuente un poco de nuestra historia pasada a continuación. Hace treinta años, cuando nuestra actual reina tenía trece,  heredó el trono. Ella era  reina sólo nominalmente, pues era el primer ministro quien realmente gobernaba el país.
A nuestra buena Reina le gustaba mucho la ciencia. Se hizo circular una orden de que todas las mujeres de su país debían ser educadas. En consecuencia, una serie de escuelas de niñas se fundaron con el apoyo del gobierno. La educación se extendió a lo largo y ancho entre las mujeres. Y el matrimonio precoz también fue prohibido. A ninguna mujer se le permitió casarse antes de cumplir los veintiún años. Debo decirte que antes de este cambio que se había mantenido en estricta purdah.
-¿Cómo se cambiaron las tornas?

 Me interrumpió con una risa.

-Pero el aislamiento era el mismo –prosiguió-. En pocos años hemos ido teniendo distintas universidades, donde los hombres no han sido admitidos. En la capital, donde vive nuestra Reina, hay dos de ellas. En una se inventó un globo maravilloso, al que se conectan una serie de tubos. Por medio de este globo cautivo que se las arreglaron para mantenerlo a flote por encima de las nubes más bajas, y pudieron sacar agua  de la atmósfera a su antojo. A medida que el agua se estuvo elaborando sin cesar gracias a la gente de la universidad, ninguna nube volvió a aparecer y la ingeniosa Señora Directora detuvo la lluvia y las tormentas de ese modo.
-¡En serio! ¡Ahora entiendo por qué no hay barro aquí! -dije yo, pero no podía entender cómo era posible que se acumulara agua en las tuberías. Ella me explicó cómo era posible, pero yo fui incapaz de comprenderlo, ya que mi conocimiento científico era muy limitado. Sin embargo, ella continuó:
-Cuando la otra universidad llegó a saber de esto, se sintieron sumamente celosos y trataron de hacer algo más extraordinario aún. Se inventó un instrumento por el cual podían recoger la cantidad de luz solar y calor que ellos deseasen. Y consiguieron almacenar ese calor, para ser distribuido  según fuera necesario.
Mientras las mujeres se dedicaban a la investigación científica, los hombres de este país estaban ocupados en aumentar su poderío militar. Cuando llegaron a saber que en las universidades las mujeres eran capaces de sacar agua de la atmósfera y recoger el calor del sol, ¡sólo fueron capaces de reírse  de los miembros de las universidades y llamó a todo el asunto “una pesadilla sentimental”!
-¡Vuestros logros son,  verdaderamente, algo maravilloso! Pero dime, ¿cómo os las arreglasteis para poner a los hombres de vuestro país en la zenana?  ¿Los atrapasteis esa primera vez?
-No.
-No es probable que estuvieran dispuestos a renunciar a su vida al aire libre y a su propia voluntad, y se dejaran encerrar entre las cuatro paredes de la zenana! Debieron de haber sido vencidos.
-¡Sí, lo fueron!
-¿Por quién? Por medio de unas damas guerreras, ¿no?
-No, no fue por medio de las armas.
-Sí, no podría haber sido así. Los brazos de los hombres son más fuertes que los de las mujeres. ¿Entonces?
-Con el cerebro.
-Incluso sus cerebros son más grandes y más pesados que los de las mujeres, ¿no es así? 
-Sí, pero ¿y qué? Un elefante también tiene un cerebro más grande y más pesado que un hombre. Sin embargo, el hombre puede encadenar a los elefantes y las emplean, de acuerdo con sus propios deseos.
-Es cierto, pero dime, por favor, cómo sucedió todo realmente. ¡Me muero por saberlo!


[1] Purdah: Código social con base religiosa impuesto a las mujeres en Pakistán, Bangla-Desh, y los musulmanes indios. La palabra es de origen persa.
[2] Zenana: En el Indostán, entre musulmanes, y en menor medida hindúes y sikhs, parte reservada a las mujeres –y su servicio, si lo había-, equivalente al serrallo de los árabes, y de donde raramente podían salir.
[3] Cigarro-puro popular en Bangla-desh, la India orientas, y Birmania.

Como creo que esta entrada puede resultar un poco larga, transcribo aquí solamente la primera parte del relato, dejando la segunda para más adelante.
He colocado lo mejor que he podido algunas aclaraciones a pie de página, pues hay palabras del bengalí, normalmente de origen persa -considerado en la época, sobretodo por los pueblos musulmanes indostaneses, como una lengua culta, de la que el urdu y el bengalí han tomado numerosas palabras y expresiones-, que de otra forma, podrían dar resultado a ciertas dudas.