domingo, 6 de julio de 2014

El relato más corto de Amèlie Nothomb:

 "Aspirina".

Una traducción del francés, como siempre aproximada -o eso espero- del pequeño relato.


Esta traducción la he conseguido hacer a partir de la web literaria francesa Par Ahcene81, que, si bien no permite la copia -pues es de pago, y hay que estar registrado para bajarse el material literario allá contenido-sí permite el leerlo. En general, son relatos bastante más largos, pero en este caso, me limité -bueno, tiene su trabajo-, a escribirlo a mano en un papel en francés, reescribirlo en la misma lengua en un traductor de mi ordenador, y con un diccionario, un libro de gramática, y lo que sé de dicha lengua -que parece que es más de lo que yo habría pensado nunca, la verdad-, he hecho lo que he podido. Al fin y al cabo, se trata de dos páginas de libro -de un libro de la Nothomb, que sería de página pequeña, letra grande, y márgenes generosos-, lo que sería una entrada un poco larga en internet. No había para tanto, y lo pasé bien haciéndolo. Otra cosa es que estas cosas se puedan hacer o no, pero teniendo en cuenta -creo- que no existe el material en castellano a la venta, y siendo para la autora más una diversión que un trabajo propiamente dicho, no creo que fastidie  a nadie.


Aspirina, de Amélie Nothomb.

Cuando era pequeña, pronunciar la palabra "aspirina" equivalía a una blasfemia. En materia de medicina, mi madre tenía una teoría, o más bien una religión: todos fuimos criados en el culto a la homeopatía, o con mayor precisión, a un homeópata del que no puedo dar el nombre. Una fuerza esotérica me lo impide. Le llamaremos Señor X. Él vivía en Bruselas, y nosotros en Beijing, lo que hizo que sus enseñanzas resultaran, por remotas, más sagradas. Y también mucho menos prácticas: en los años sesenta no existía el fax, y cuando teníamos un resfriado, mamá tenía que escribir una carta al Sr. X, y nos prohibía tomar cualquier remedio antes de recibir por correo la respuesta del gurú, acompañada de unas píldoras salvadoras. La mayor parte de las veces, el mensaje llegaba con tanto tiempo de retraso, que  la naturaleza nos había sanado en el ínterin. 

Mi hermano, mi hermana y yo nos dimos cuenta de que los más terribles sufrimientos no tenían relevancia. El único delito sería tomar un remedio alopático, o sea, ajeno a la homeopatía. La aspirina era alopática, y por lo tanto, satánica. Yo estaba en una edad en la que  creía todo lo que mi madre me decía, y cuando tenía fiebre, antes habría muerto que tomar una demoníaca pastilla. ¿Que tenía un dolor de cabeza terrible? Nada dramático. El dolor se iría más pronto que tarde. Pero si aceptaba la religión de tomar ácido acetilsalicílico, el horror del pecado nunca sería borrado de mi conciencia. 

Y así llegué a la edad adulta, sin haber experimentado siquiera una aspirina, o  cualquier otra sustancia alopática. Es entonces cuando dejé a mis padres y me instalé en Bruselas. 

Una de las primeras recomendaciones de mi madre fue tener una cita con el Señor X en persona, lo cual cumplí piadosamente, como un musulmán que va a la Meca. El gurú belga se dignó a recibir a aquella muchacha de diecisiete años, a quién había atendido en la distancia desde su nacimiento. Y descubrí, no sin terror, que el Señor X tenía la apariencia de un zombi sádico. Me preguntó acerca de mis hábitos y descubrió que bebía mucho té: se mostró preocupado y me lo prohibió. No dije nada, pero pensé que entre el té chino y el Señor X, la elección era rápida. No he vuelto a ver al Señor X, pero tampoco caí en la herejía, que consistiría en elegir a otro médico. Acabé por decidir vivir sin ningún tipo de medicina, algo a lo que la lentitud del correo internacional ya me había acostumbrado. 

Mucho más tarde, mientras me encontraba en casa de un amigo, me cogió una de mis muchas dolencias. Mi querido amigo me trajo una aspirina. La miré como se mira al Anticristo, y grité que nunca habría de ingerir la sustancia de Belcebú. Consideró mis abjuraciones consecuencia de la fiebre, e hizo disolver la pastilla en un vaso de agua, que me obligó a beber. Tuve la impresión fascinante de haber absorbido el mal en persona por primera vez, y descubrí sus seducciones, y su sabor ácido y amargo me llenó de alegría. Un sabor que acabó por conquistarme. Poco después, un leve entumecimiento se apoderó de mí, y me hundí en un sueño beneficioso. Cuando me desperté diez horas más tarde, me sentía mejor que nunca. 

Desde entonces, se puede decir que soy una neófita de la aspirina. La amo apasionadamente y de forma revanchista por el tiempo perdido, e incluso actualmente, no puedo conseguir tomarme una sin tener la sensación de estar enferma para poder administrármela. Y tras haber descubierto la etimología de "salicílico", no puedo pensar en un sauce sin ver en él a un aliado del mal, al árbol de la transgresión, y me pregunto si el manzano del jardín del Edén no sería en realidad un sauce llorón,  y colgando de todas sus ramas, el remedio secreto para el dolor impuesto por el eterno.

Lo más simple, como tomarse una aspirina, visto desde otro punto de vista, y con una luz nueva.

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