miércoles, 3 de octubre de 2012

La ciencia-ficción francesa ( I ): El cine hasta fin de los 60.

Un breve repaso de la ciencia-ficción, más allá del mundo anglosajón.


Para empezar, una explicación sobre el tema en cuestión.

Supongo que ya se habrá podido ver y comprobar que, entre otros géneros, tanto cinematográficos o literarios -y allá también incluiría el cómic-, me ha interesado, desde niño, el de la ciencia-ficción, o CF, para  abreviar. Y como es de imaginar, es el mundo anglosajón, entendiendo como tal, principalmente a los Estados Unidos y Gran Bretaña -pero también a Canadá, Australia, Nueva Zelanda, e incluso a Irlanda, a pesar de ser este un país céltico, pero anglófono- el que más me ha influido. Y es en su cultura popular -comunmente conocida allá como cultura pop- la que me ha dado a conocer más obras y nombres. Sin embargo, sería un tanto parcial, e injusto, pensar que, aunque los anglosajones sean, si no los mejores -que, en la mayoría de las ocasiones, o al menos en muchas, lo son- a la hora de crear obras sobre cualquier tema,  y con puntos de vista distintos e incluso contrarios, no son tampoco, en absoluto, los únicos.
Aunque la CF, en mayor o menor medida, se ha extendido a nivel mundial -sólo hay que ver el relato, dividido por su extensión en dos entradas, que publiqué al principio mismo del blog, que era originario de Bangla-desh-, creo que, después de los dos países ya nombrados, habría otros dos que destacarían sobre todos los demás, si hablamos, al tiempo, de letra impresa y de cinematografía: Francia, y Rusia -entendiendo como Rusia, también a la Unión Soviética en su totalidad geográfica-. Sobre los rusos/soviéticos, espero poder extenderme un poco sobre ellos más adelante, pero sobre los franceses, no tengo pensado esperar a un futuro próximo.


Antes que nada, dejar claro un par de conceptos:
-En primer lugar, incluiré sólo algunas películas, en general, especialmente famosas -aunque fuera en su época, y ahora estén un tanto olvidadas-, sino a nivel internacional; o bien, obras que, si bien nunca fueron lo que ahora llamaríamos "blockbasters" -"películas de palomitas", que sería una buena traducción, o rompetaquillas-, y hoy en día casi nadie las recuerda, por su interés, calidad u originalidad, sí que vale la pena enumerarlas. Pero, lo dejo claro, como no soy crítico de cine, y no he podido verlas todas, tampoco hay que esperar una larguísima lista. Y, evidentemente, más de una habría que echar en falta.
-En segundo, que se incluyen películas que podríamos considerar, por la nacionalidad de su director, guionista, actores, idioma y país en que fue rodada -al menos, en parte-, etc., como auténticamente francesas. Hay no pocos casos de obras estadounidenses que, para ser incluidas como cine europeo comunitario -o, en cada país de Europa, como "nacional"-, cuentan con la participación económica de una pequeña productora del país comunitario en cuestión -a veces, incluso creada, "ex profeso", para hacer pasar dicha película como el cine europeo que no es-. O, en otros, se trata de una co-producción europea que, realmente, se le puede considerar como tal, pues la mezcla de profesionales, e incluso de idiomas en que se ha grabado, es de mezcla tan enrevesada como el origen del dinero invertido. En este caso, sólo colocaré aquí películas del país o, a lo sumo, mitad francesas y mitad -por ejemplo- italianas, pero que se ve la influencia del país galo.
-Y tercero -ya sé que he hablado de un par, pero tampoco es cuestión de ser tan remirados, digo yo-, también incluyo el cine de animación -alias "dibujos animados", para todo el que piensa que éste es sólo cosa de críos-, pues Francia cuenta con filmoteca de animación adulta desde hace ya bastante tiempo.
Bueno, pues ahí queda el preámbulo. Ahora, empecemos con la breve lista:



VIAJE A LA LUNA (1902).

Fue Georges Méliès (1861-1938) el primer auténtico autor cinematográfico de ciencia-ficción, aunque fuera en su forma más primitiva e ingenua. Al fin y al cabo, que fuera un francés el primero que creara auténticas obras de ficción cinematográfica -o, al menos, el primero del que nos ha llegado noticia como creador de no una, sino de numerosas películas-, no resulta extraño, teniendo en cuenta que el invento del cinematógrafo es francés. En principio, como es de sobra sabido, fueron los hermanos Lumière los padres del invento, aunque para ellos, aquello no es que tuviera, lo que se dice, mucho futuro. A lo sumo, una buena forma de ganarse unos francos, mediante exhibiciones de breves -brevísimas, más bien- filmaciones realistas, tipo "Salida de la fábrica", o "El tren" -que ahora parece de risa, pero que llenó de terror a los curiosos que se acercaban a verla. Méliès fue a ver alguna de esas peliculillas, y en seguida se dio cuenta de las posibilidades, tanto artísticas como comerciales, del asunto. Al fin y al cabo, él era un hombre del teatro, conocía de primera mano las posibilidades tanto del vodevil -el teatro popular-, como el de los espectáculos de magia -en su juventud, trabajó en el teatro del célebre mago Robert Houdin, de quién Houdini sería primero gran admirador, luego crítico, y en quién se inspiró para su sobrenombre-, y fue capaz como nadie de, no sólo utilizar los efectos especiales del teatro en el naciente arte fílmico, sino también en crear otros de nuevos.
Gran parte de la obra de Méliès se fue perdiendo, pero su obra maestra, "Viaje a la Luna", todavía es posible de ser admirada, comprobando cómo adaptó al nuevo lenguaje cinematográfico -que él creaba casi día a día, obra a obra, ahora olvidadas, perdidas quizá para siempre- el arte del ilusionismo teatral, cómo llevaba a cabo la llamada "continuidad narrativa cinematográfica", que consistía en algo tan simple como que, entre una imagen y otra, se dé por supuesto que ha pasado el tiempo, o el ver personajes distintos, con acciones propias, en diferentes escenarios. O cómo inventaba el llamado "travelling", o movimiento de cámara, acercándola o alejándola de la acción cuando resultara conveniente. Imágenes como el lancamiento de la nave al espacio -por medio de un cañón, tal como imaginó Jules Verne en su novela del mismo nombre, aunque sin tanta imaginación, o el fantástico cohete yendo a caer en el ojo de un sonriente astro, o el ataque de los extraños selenitas a los sabios investigadores, que no tienen necesidad de escafandras, trajes espaciales, ni demás parafernalia científica; ¡qué importa eso, a la hora de descubrir nuevos mundos en nombre de la ciencia!-.

El estudio de Méliès, en París. De aquí saldrían cientos de producciones.

Si se pudiera observar el progreso de sus primeras obras -prácticamente, cortísimas filmaciones, de pocos minutos, de imágenes realistas, donde no hay realmente guión alguno, sino, simplemente, escenas en movimiento, como su "Partida de naipes", parecidas a las de los hermanos Lumière- a éstas últimas, se puede observar un salto enorme, que sólo un genio, un pionero, es capas de realizar.
Si alguien ha visto la película "La invención de Hugo", basada a su vez, en la obra -novela ilustrada, pues siendo una obra narrativa, de texto, tiene numerosas ilustraciones, aunque no en forma de cómic, sino de página entera, y de acompañamiento de la novela propiamente dicha- "La invención de Hugo Cabret", se hará una idea bastante exacta de cómo fueron sus últimos días. O no tan últimos.
Después de casi quinientas películas, su estrella fue declinando: el empresario Phaté, con un poder económico mayor que él, acabó monopolizando la industria cinematográfica -él no era director o guionista, pero era capaz de contratarlos-, y cuando intentó dar el salto a Estados Unidos, el poderoso Alva Edison, inventor de un cinematógrafo propio, se encargó de ponerle todo tipo de obstáculos, hasta que algunos de sus agentes -o matones, que no dudaba en contratarlos; a Edison, la historia popular americana lo coloca en el altar de los genios empresariales y grandes inventores pero, en muchas ocasiones, se comportó como un auténtico mafioso- hicieron copias que ahora llamaríamos piratas. Su película estrella tuvo en Norteamérica un éxito enorme, pero él no vio un céntimo, ni de dolar, ni de franco. En 1913, decidió desvincularse del mundo del cine, y a partir de la I Guerra Mundial -época en que la población no estaba para cine, y aún menos, para fantasías- todo fue todavía a peor, hasta que, como dice la leyenda -y ahora, el cine- decidió compartir una juguetería con Jeanne d'Alcy, antigua actriz a sus órdenes, pasando al olvido para el gran público, y sólo descubierto y reconocida bastante más tarde, aunque aún en vida, por el periodista -y, quizá, primer historiador cinematográfico- Henri Langlois, en 1938.

Una imagen de "Sueños de un astrónomo", de 1898, una de sus primeras películas.

Otras obras suyas, además de "Viaje a la Luna" (1902), serían -son muchas, pero hay docenas donde elegir- "La tentación de S. Antonio" (1898), "Cenicienta" (1899), "Cleopatra" (1899), "Juana de Arco" (1900), "El mago chino" (1904), "El alquimista Parafaragamus o la retorta infernal" (1906), "El sueño de un fumador de opio" (1908), "Las alucinaciones del barón de Munchausen" (1910), y, sobretodo, "A la conquista del Polo" (1912).

La famosa escena del cohete incrustado en la cara -nunca mejor dicho- visible de la Luna.

El cañón que lanzaría -como en una novela de Verne- el cohete -más bien, el proyectil- a la Luna.

El monstruo de los hielos, auténtico protagonista de "A la conquista del Polo". Los polos, en aquella época, eran lugares casi legendarios, sobretodo el Polo Sur, en la Antártida. Hacía sólo 1 año que había llegado allá  el noruego Amundsen. 

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Se ha hablado antes de un tal Pathé. Este Charles Pathé, alsaciano, no fue, como ya se ha dicho, director, guionista o actor. Él fue un industrial, un empresario. Prefería contratar a gente que sabía hacer películas mucho mejor que él, organizar agencias que trabajasen de forma más o menos autónoma -no sólo en Francia, también en otros países, como España o Estados Unidos-, y, en este último país, decidió unirse, conociendo con quién se las veía, con el mismo Edison, hasta que finalmente, se separó de él, cuando comprobó que ya muchos pioneros de la cinematografía huían de sus matones al Oeste. A lo que, poco después, sería Hollywood, la meca del cine. Su idea de "mínima inversión, máximo beneficio" provenía de realizar una buena película, hacer muchísimas copias, y explotarlas al máximo. Aún así, aunque la fantasía o la ciencia-ficción no eran su fuerte, sí defendía las películas de una duración más larga que unos pocos minutos, el realismo, y tocar temas históricos.
Además, Pathé llegó a más. No sólo realizaría y exhibiría películas. También fabricaría película virgen, aparatos grabadores, etc. Finalmente, decidió retirarse del negocio vendiendo su empresa a Bernard Natan, pero éste desapareció del negocio del cine en poco tiempo -en parte, por su origen judío; su desgracia le llegó en tiempos del gobierno colaboracionista de Vichi-. Sin embargo, la parte correspondiente a la industria, y a la explotación de cines, teatros y, más adelante, canales temáticos de televisión, ha llegado hasta la actualidad.
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Otro personaje de la época, aunque sólo era francés de adopción, y durante un tiempo nada más: el español Segundo de Chomón (1871-1929). Chomón sería, en resumidas cuentas, el inventor del cine fantástico y de CF propiamente dicho, con una enorme cantidad de nuevos trucajes y efectos; incluyendo, el llamado "paso de manivela", o "stop motion", que fue la base de la animación en tiempo real en el cine, donde hacía que los objetos, aparentemente, se movieran como si tuvieran vida propia. Trabajando en la compañía Pathé, realizó genialidades como "Satán se divierte" (1907) y "El hotel eléctrico" (1908), que se puede considerar la primera película de la historia sobre futuros avances tecnológicos llevados a la vida diaria. Intentó crear una industria cinematográfica española pero, como es de suponer, fracasó, aunque no porque no lo intentara. Finalmente, sería contratado por la productora italiana Itala Films (1912-1923), realizando superproducciones de la época, como "Cabiria", para volver a Francia, donde formó parte de la mayor producción del cine galo de la época: "Napoleón" (1927), de Abel Gance.

Satán se divierte, con trucajes de imágenes de actores reales "empequeñecidos".

"El hotel eléctrico", la primera película sobre tecnología futurista.

Y aquí, la versión completa de "El hotel eléctrico" -que por su estado, no parece haber sido nunca restaurada-:


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Y para poder ver la película completa -de apenas un cuarto de hora de duración, así que tampoco puede hacerse pesada, debido a su antigüedad-, esta es la mejor versión que he encontrado. Está completa           -porque hay alguna otra versión reducida, donde se recortaron seis o siete minutos de metraje-, con música actual, restaurada, y... en color. Sí, en color. Porque Méliès fue, a su manera, y de forma evidentemente primitiva, el inventor del cine a color: pintaba, fotograma a fotograma, la película con pintura especial. O, al menos, parte del fondo -verde si era selva, marrón si era un edificio de piedra...- y la ropa o sombreros de los personajes. Difícil era hacer algo más. Eso sí, al contrario de lo que se podría pensar -tal vez también, por tener una duración tan corta-, no se hace pesada. En principio, se ve como una especie de arqueología cultural, como si pudiéramos vislumbrar, descubrir, no el padre, sino el bisabuelo del cine actual. Pero lejos de parecernos ridículo, nos aparece aquí la extraordinaria imaginación de unos pioneros que, en principio, o se les tomó por locos, o por inventores de una mera distracción de feria con los días contados, y que pasaría de moda en cuestión de pocos años, para ser relegada al más completo olvido. El cine actual, el que se ha realizado durante todo este último siglo y pico, es un ejemplo de lo equivocados que esos profetas de vía estrecha estaban.



LA JETÉE (1962).

Esta película, en realidad un cortometraje que no llega a la media hora, es una auténtica rareza. El hecho de tener una duración tan corta pero que, al tiempo, sucedan no pocas cosas, consigue que la forma en que se nos cuenta la historia no se nos haga pesada o aburrida -no la historia en sí, que es interesante y, teniendo en cuenta la época, original-, pues realmente, no es exactamente una película, pues no hay animación, acción, actores en movimiento. Es una especie de fotonovela. Salvando las distancias, sería como ver un relato creado con un programa informático para presentaciones, aunque, más que el PowerPoint, nos parecería realizado con uno como el Prezi. Dicho de otra forma, vemos imagen tras imagen, fijas, sin movimiento        -excepto, en alguna ocasión, como al principio, con un zoom que se aleja o acerca-, como si leyéramos un cómic, viñeta por viñeta, pero sustituyendo dibujos por fotos reales, mientras oímos una voz en off, que nos va explicando la historia, entre una musiquilla un tanto cargante.
Su autor, Chris Marker -pseudónimo de Christian François Bouche-Villeneuve, fallecido en este mismo 2012, fue, realmente, documentalista -básicamente, con trasfondo político y sociológico-, siempre ha sido un rara avis en el mundo fílmico, documental incluido. En todo momento se ha negado a dar entrevistas, dejarse fotografiar -cuando en algún medio se le ha pedido una foto, mandaba una de su gato- o contar prácticamente nada sobre su vida anterior a cuando empezó a interesarse profesionalmente por el documental, o estrictamente personal. "La jetée" fue, realmente, su único trabajo de ficción.

El cartel de la película.

Debido a que es una obra corta, no querría extenderme sobre la historia en sí, pues tal vez sería más interesante poder verla entera -subtitulada, pues, que yo sepa, no se ha traducido nunca al castellano; Marker es, incluso en Francia, un auténtico desconocido-. En pocas palabras: un hombre queda marcado en la niñez al ver morir a otro en un aeropuerto. Años después, sabemos que una III Guerra Mundial, atómica, ha destruido medio planeta, y arrasado París. La gente vive bajo tierra, y él -aparentemente, prisionero de guerra- es enviado al pasado, donde conoce a una mujer de la que se enamora. Después, vendrán sucesivos viajes al futuro -en realidad, el presente donde es prisionero de guerra-, y de allá, otra vez al pasado. Consigue llegar a un futuro más lejano -lo es también, futuro, para la gente de su época de adulto- donde la humanidad de aquella época le ayuda entregándole un tipo de energía limpia e infitnita, para que los humanos de su devastado tiempo puedan salir de la ruina, y reconstruir la sociedad-. Acabada su misión, esos mismos hombres pacíficos del lejano futuro -que parecen ser capaces de viajar al pasado y, si llega el caso, cambiarlo para llegar a su realidad, un poco como en el "Regreso a la eternidad" de Asimov, aunque no nos queda muy claro qué tipo de gente y sociedad son- le permiten vivir con ellos. Pero nuestro sufrido héroe prefiere volver al pasado, con la mujer de la que se enamoró, hasta que finalmente... descubre que el hombre que muere en el aeropuerto, y que lo traumatizó para siempre, era él mismo.

Mosaico con imágenes de tan curiosa obra -y de tan corta duración-.

Está claro que esta obra, en cierto modo, inspiro a Terry Gilliam para escribir el guión de "Doce monos". Pero, aún así, no hay que negarle al director y cómico británico su mérito: la idea de Marker era buena, pero su forma de contarla resulta un tanto dura y difícil para el gran público, y sólo realizó un cortometraje que no llega a la media hora -por un par de minutos, eso sí- que, evidentemente, poca vida comercial tenía. Gilliam, en cambio, logró hacer un largometraje que, sin dejar de ser comercial, y con estrellas de Hollywood como Bruce Willys, tenía un buen guión, tirón entre el público, y, para el aficionado a la CF, un interés mayor de lo normal entre la producción de dicho género en estos últimos años -y cuando digo "últimos", realmente, no me refiero a bastantes años, pues la película tiene ya los suyos-, que, en general, son más que otra cosa, películas de acción -o de soft-terror- ambientados en el futuro, o en escenarios tecno-fantásticos.

Aquí, un enlace con el cortometraje entero -que, en este caso, no dura ni 28 ni 29 minutos, como se indica en muchas webs, sino 26 y medio, cosa que no se acaba de entender; pero eso es lo de menos-. Ya sé que es una peliculita un poco difícil de ver, al menos, para algunos. Pero, no hay duda, es algo original:

La jetée, con subtítulos en español, completa.


ALPHAVILLE / LENNY CONTRA ALPHAVILLE (1965).

Damos un gran salto en el tiempo, y llegamos a los años sesenta, la famosa década prodigiosa -por lo menos, en los llamados "países libres", porque lo que es en España, a pesar de la explosión y calidad de su música, poco tenía de prodigiosa, con el gobierno de cierto individuo del que mejor ni hablar-. Es en esta década de cambios, renovación y deseos de experimentar, cuando en Francia, un grupo de jóvenes directores y guionistas de cine, -François Truffaut, Éric Rhomer, Claude Chabrol, y el que aquí nos ocupa, Jean-Luc Godard-, deciden llevar a cabo lo que consideran una revolución en la cinematografía francesa. La "nouvelle vague", o "nueva ola", que es como llaman a su movimiento, hunde sus raíces en la década anterior, bajo la influencia de su iniciador, Jean Pierre Melville, y alrededor de la revista de cine "Cahiers du cinema" -que se podría traducir como "cuadernos de cine", pero la expresión "cahiers", en forma más moderna, el equivalente a una revista monotemática-, y cambió el cine francés, y europeo, para siempre. Claro está, siempre podrá haber defensores y detractores. Se podrá decir que, por un lado, era una renovación, aire fresco, intelecto, jóvenes aperturistas y rompedores haciendo cosas nuevas. También se podrá argumentar, con la misma razón -o falta de ella, que en cuestión de gustos y opiniones, habría mucho que decir- que no dejaban de ser, en no pocas ocasiones, un tanto crípticos, fríos, sin demasiadas concesiones al espectador que no tuviera -o presumiera- de ciertas ínfulas intelectuales que, en ocasiones, resultaban un tanto pesadas. La cuestión es que, cualquier tema que tocaran, no dejaba de tener, a partir de ese momento, una nueva forma de ser visto y tratado. Y he aquí que Godard decidió hacer, nada menos, que una película de ciencia-ficción. Sí, en un país donde dicho género tenía hondas raíces literarias, pero que, no pocos intelectuales, la menospreciaban -y siguen haciéndolo, todo hay que decirlo, y no sólo en Francia-, al considerarlo un género menor, para niños y jóvenes, o adultos que nunca, intelectual o literariamente, han llegado a ser esto último. En resumidas cuentas, el cine de ciencia-ficción, básicamente, eran películas de marcianos y platillos volantes, y para de contar.
Godard, en este caso, demostraría todo lo contrario. Así nació Alphaville, que en francés añadía "...una extraña aventura de Lemmy Caution", y que en España fue conocida también como "Lemmy contra Alphaville".

El cartel original en francés...

La película en cuestión, contaría con él como director y guionista, y con Eddie Constantine como Lemmy Caution, el agente secreto -o detective, según se mire- que intenta introducirse en la ciudad de Alphaville en busca de otro agente desaparecido -Akim Tamiroff- poco antes, y que acaba enamorándose de la hija del inventor -Anna Karina- y hombre-fuerte de la urbe, el doctor von Braun -no es casualidad que se llame igual que el científico alemán que trabajó en la V2, las armas teledirigidas con las que el régimen nazi quería cambiar el curso de la guerra, y que, más adelante, fue uno de los padres del programa aeroespacial estadounidense; en resumidas cuentas, un científico que se debe a la ciencia por encima de todo, incluyendo la ética o los principios morales de cualquier tipo-. Este "profesor loco", o "evil doctor", tan típico en la ciencia-ficción -y también en ciertas formas del folletín francés-, es el padre del Alpha 60, el superordenador que da nombre a la ciudad, y que gobierna a todos sus habitantes como si fueran auténticos autómatas sin identidad ni capacidad de tomar decisiones propias. En resumidas cuentas, transformar una sociedad humana en un hormiguero, o un panel de avejas, donde el ordenador centras actuaría como reina y único cerebro pensante.

Alpha 60 es representado como los "super-ordenadores" de la época: una máquina inmensa, de toneladas de peso, que ocupa una gigantesca habitación. La miniaturización, la reducción de tamaño, no pasaba por la imaginación de ningún creador de ciencia-ficción de la época, ni de otras anteriores.

Claro está, esta es una crítica a cualquier tipo de régimen autoritario. Aquí, no se trata de retratar el equivalente al fascismo, o al comunismo, ni a una dictadura tecnológico-tecnócrata. Eso ya se podía ver en "1984" de Orwell; en su predecesora "Nosotros", de Zamiatin; o en "Un mundo feliz" de Huxley, o en Farenheit 451 de Bradbury. En este caso, se da por supuesto que el ser humano no es capaz de gobernarse por sí mismo. Ni tan siquiera se da la oportunidad a una minoría -ilustrada, revolucionaria, patriótica, o simplemente belicosa- de gobernar a la mayoría. Simplemente, se acaban transformando en células de un cuerpo sano y fuerte, dirigido por un cerebro omnisciente e infalible. Algo parecido acabaría imaginando Asimov en las secuelas de la Fundación, cuando inventó el planeta Gaia, donde dicho astro y todos sus habitantes, aún teniendo cierta individualidad, no dejan de pensar y sentir al tiempo, usando el pronombre yo-nosotros-Gaia, para referirse a uno mismo, a toda la población del planeta, y al planeta mismo.
El Lemmy Caution en cuestión -el personaje no es invento del Godard, sino del escritor Peter Cheney, y en más de una ocasión se hace pasar, para ocultar su condición de espía-detective, por periodista del diario imaginario París Pravda -¿se da por supuesto un triunfo de la revolución comunista en Francia? Hubo, en aquella época, no pocos políticos, y también intelectuales, que así lo pensaron; y más, al inicio del Mayo del 68-, y aunque no logra rescatar al compañero perdido, sí consigue "recuperar para la Humanidad", llamémoslo así, a la hija del von Braun en cuestión -que, al no querer acompañar a Lemmy al mundo exterior, acaba siendo eliminado por éste-, al enseñarle palabras, -como amor, llorar y, creo recordar, pues la vi hace ya muchos años y yo era todavía niño, primavera y golondrina-. De alguna forma, el cerebro de la joven Natascha acaba escapando de las garras del ordenador, que, como no, no sólo intenta reconquistarla a ella, sino también con hacerse con la mente, y el alma, de Lemmy. Pero éste consigue enloquecer a la máquina con pensamientos -palabras, poesía, humor...- que el ordenador no consigue comprender. En resumidas cuentas, acaba fundiéndose, enloqueciendo. Ciertas palabras, expresiones, valores, son como un virus que acaba destruyéndolo. A él, y al resto de la población, que no es capaz de vivir independientes del, para ellos, beneficioso -aunque terrorífico, pues es el miedo hasta a pensar o soñar indebidamente, lo que los esclaviza- dominio cibernético.

... y el de su versión anglosajona.

Anna Karina, ex-modelo danesa y esposa de Godard, además de su musa y protagonista de no pocas de sus películas.

Godard no pierde el tiempo, no desea -tal vez, tampoco, económicamente, se lo podía permitir; o no sabía como plantearlo en la película- distraernos con efectos especiales, robots, o tecnología futurista. La ciudad de Alphaville no es más que el París de los 60. Pero un París filmado con un conjunto de encuadres, ángulos y sombras, de una forma tal, que no sabemos ni qué ciudad es realmente, ni en qué época transcurre la acción. Por saber, ni tan siquiera nos queda demasiado claro si Alphaville es algo parecido a una ciudad-estado, a la capital de un mundo exterior deshumanizado, o incluso una colonia en otro planeta. Si fuera así, no deja de ser curioso que Lemmy y Natascha escaparan de otro mundo en coche; pero, al fin y al cabo, tampoco ha de ser tan imposible: lo hacen en un Ford "Galaxie". Sobre lo que el espectador puede sentir, quizá no logra trasladarnos a ningún mundo mágico, pero sí consigue desasosegar, en esa sociedad donde se asiente para decir que no, y se niega para decir que sí. Donde la lógica no parece existir, o estar demasiado por encima para las modestas posibilidades intelectuales humanas, donde el amor y lo bello consiguen, finalmente, la pequeña victoria de arrancar a Natascha de un mundo tecnificado, terrorífico, de androides de carne y hueso, pero que, aunque consigue finalmente vencer al monstruo, no logra salvar al resto de los habitantes, que ya están demasiado deshumanizados.
 La película consiguió el Oso de Oro a la mejor película, en el Festival de Berlín, así cómo el premio, también al mejor film, en el Festival de Cine Fantástico y de C.F. de Trieste, en Italia, y no deja de ser, aún pasado tanto tiempo, todo un clásico.

Los dos protagonistas, en ese futuro confuso.

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Añado a la ficha -por llamarla de algún modo-, una breve reseña a otra película, no francesa, sino británica, pero con un director francés, François Truffaut, que también fue uno de los que escribieron el guión adaptado -no original, como se verá- de una de las novelas de ciencia-ficción más conocidas e importantes de la historia: "Farenheit 451", del norteamericano Ray Bradbury, que, por lo que más adelante declaró, no quedó demasiado convencido del resultado final.

El cartel original -en inglés, pues se trata de un film británico- de la película de Truffaut.

Supongo que no es necesario dar demasiadas explicaciones de lo que que cuenta en la novela: trata de una sociedad futurista, distópica, donde los libros están prohibidos, y se queman los que se encuentran. Todos los que conservan o leen libros son detenidos, por ser considerados enemigos. No se desea, por tanto, que la gente tenga la posibilidad de leer, por temor a que piensen por sí mismos, y puedan resultar demasiado difíciles de dominar y engañar. El hecho de que dicha sociedad -inculta, hedonista, acrítica, superficial y fácil de manipular- esté dominada por la televisió, no deja de ser relevante, casi profético. En realidad -al menos, en la novela-, no hay una, sino muchas televisiones. O su equivalente, a grandes pantallas, como espejos, que ocupan paredes enteras. La gente -la esposa de Montag, el bombero protagonista-, hasta cree que la gente que ve, y que oye hablar y decir nada más que naderías todo el día, son su familia y amigos, más que las personas que la rodean. Una mezcla de reality-show e internet audiovisual. Montag conoce a una joven, que le hace ver en parte la verdad. La chica acaba muerta, atropellada, pues en esta sociedad el riesgo y el desprecio por la vida y seguridad propias son tan grandes como los que se sienten por las de los demás, pero, tras guardar para sí un libro que consigue en una de las "cacerías" de su compañia, acaba él también pensando por sí mismo, y decide, finalmente, con ayuda de otros disidentes, aprender el libro de memoria, llegando a cambiar su propio nombre por el título de éste, y escapar a las montañas junto a otros "hombres-libro".

Fahrenheit-451, de François Truffaut
Una versión -moderna, aunque no lo parezca- de la película, de artista ruso Andrej Kuznetsov, en forma de antiguo grabado ruso. Distopía en forma arcaizante

Truffaut, junto al también francés Jean-Louis Richard, adabtaron la novela de Bradbury, contando con un presupuesto holgado, y realizando, en general, un buen trabajo -no he visto la película completa, pero, en general, el que, como en mi caso, haya leído la obra original, no piensa que se la haya "traicionado", ni destrozado, como en no pocas ocasiones se ha realizado-, aunque no llega a la profundidad del relato original. No ha llegado a ser, por tanto, la obra clásica de Godard aunque, como acostumbra a pasar, Truffaut, al partir de un libro ya en aquella época conocido y querido, siempre tuvo que tener en contra el acostumbrado "sí, puede estar bien, pero el libro es mejor". Además, él y Richard decidieron hacer un pequeño cambio en la historia; Clarisse, la joven que conoce Montag, no muere, sino que escapa de una redada en la que cae toda su rebelde familia, y se une a un Mongag que huye de su casa, al ser traicionado por su mujer. Tampoco queda claro -al contrario que en la novela- que la ciudad -y por extensión, la nación- de la que formaba parte, acaba tomando parte de una guerra que la mayoría de la población, en su estulticia y estupidez, toma poco menos que por un juego.

En busca del "enemigo de la sociedad".

No es una obra de arte, ya digo, pero de todas formas, es interesante y hace reflexionar. Y teniendo en cuenta el nivel de gran parte -que no todo, aclaro- del cine de CF actual, no es poco decir.


BARBARELLA (1968).

Seguimos en los 60, en el 68 -sí, como el famoso Mayo, tan idealizado y donde, según cuentan en sus memorias tantos políticos, intelectuales, o gente anónima, parece que participó todo el mundo; de ser así, ¡a saber dónde habrían llegado las barricadas! ¿Hasta Estocolmo, por lo menos?-. Aquí, en plena época de efervescencia de cambios y revoluciones políticas, sociales y estéticas, nos encontramos con una versión de un cómic de lo que se ha llamado "heroínas fantaeróticas" -el nombre no es mío, lo aclaro-. Los franceses ya hacía cierto tiempo que habían pasado de realizar cómics sólo de aventuras -en cualquier época o lugar- para mezclar aventura y CF o, directamente, ciencia-ficción adulta, sin más. Y en este caso, también sería adulto, sí, pero en otro sentido. Su creador original, Jean-Claude Forest, la había creado en 1962, para la revista V-Magazine, como una vuelta de tuerca al paso de la mujer en la historieta de sujeto pasivo, a personaje principal y con personalidad propia, y, en en no pocos casos, con especial interés.
Realmente, Forest, aunque era buen dibujante, no dejaba de ser un tanto "académico", o clásico. Lo cual no tiene nada de malo, pero digamos que su rupturismo, más que en la forma -como la Valentina de Guido Crepax, por poner un ejemplo, que es puro surrealismo-, es en el fondo. El personaje principal, femenino, goza de fuerte carga erótica, aunque menos de lo que, en estos tiempos, podríamos esperar. Sus historias no dejaban de ser de aventura fantástica -pues, más que ciencia-ficción propiamente dicha, se podría llamar de lo que los italianos entienden como "fantaciencia", o fantasía ambientada, bien en un lejano futuro, en otros mundos, o ambas cosas a la vez, pero donde la ciencia propiamente dicha, realmente, brilla por su escasez o simplificación-. De ahí a pasar al cine un personaje tan exitoso, y que fue traducido a tantas lenguas, sólo había un paso.

Barbarella después de haber conseguido hacer "una nueva amistad". Como se puede ver, a la hora de hacer disfrutar de sus encantos al prójimo, no entiende de discriminación, androides incluidos.

El encargado de todo aquello fue Roger Vadim -francés de origen ruso, pero parisino-, que a pesar de estar casado con Brigitte Bardot, y del evidente parecido entre la actriz y el personaje de cómic -Forest nunca negó que se dejara influir por su imagen a la hora de crear a Barbarella-, decidió -o le hicieron decidir, en caso de que esto sea posible- a la norteamericana Jane Fonda para el papel. Lo cual, realmente, no dejaba de tener cierta lógica profunda: Barbarella era una mujer del futura liberada, independiente, dueña de su cuerpo; y Fonda era -y es- una ferviente activista en general, y por el feminismo en particular. Eso, y el pequeño detalle de que, por aquella época, el conquistador Vadim ya había cambiado a la rubia francesa por la casi tan rubia estadounidense.
La peli, co-producida con Italia -Dino de Laurentiis estaba de por medio-, se le puede considerar francesa -al menos, en parte- no sólo por cuestiones económicas -importantes, las cosas como son, pero el dinero no siempre logra "nacionalizar" un film que, en la práctica, está realizado por gente de nacionalidad distinta a la pasta en cuestión-, sino también por su director, porque el mismo Forest interviene -con otros muchos- en el guión, y porque está rodada en francés. El periodista francés Rémi-Maure llegó a escribir sobre Barbarella que "... representa la tumultuosa irrupción de la ciencia-ficción en el dominio público". Se podría decir, entonces, que fue una de las primeras películas de este género -sin duda, la primera europea- que consigue que el genero de CF no sea especialmente minoritario, sino que lo transforma como parte de la cultura popular mayoritaria. Lo que, hoy en día, se llama "meanstream".

El poster original de la película.

En la película, que es una historia independiente de los cómics, Barbarella es enviado por el líder de la Tierra del año 40.000 -una cifra temporal tan exagerada, que daba lo mismo que fuera el 80.000- para eliminar a un sabio loco, un tal Durand-Durand -y en el que el grupo de los 80 Duran Duran se inspiraría a la hora de buscarse un nombre original-, habitante del planeta Lithion. Pero como, a pesar de los milenios transcurridos, o las naves y sus ordenadores-pilotos no son demasiado buenos, o Barbarella no es que esté por la labor de dirigirla como es debido, se estrella en él -y no una vez, precisamente- y es rescatada por un ermitaño que le enseña lo que es el sexo físico, pues, en ese hipotético futuro, los coitos se consiguen por medio de pastillas -algo parecido a las máquinas de orgasmos de "Demolition man", por ejemplo-, y, como quién dice, su vida ya no será la misma, pues es gracias a su atractivo, y a su generosidad a la hora de repartir placer sexual, como consigue nuevas amistades -llamémoslo así-, hasta que conoce -después de otro accidente aerio- a un ángel ciego, Pygar, que la lleva volando hasta el palacio de la Gran Tirana -con ese nombre, se entiende que la señora del plantea Lithion, y de su capital, SoGo, no sea precisamente alguien con quién resulte fácil entenderse-, donde se encuentra el sabio loco en cuestión, inventor de una máquina que mata a base de placer sexual demasiado profundo para ser soportado por un ser humano. Aunque, como es de imaginar, nuestra heroína saldrá de esta aventura, y acabará con ambos enemigos.

Barbarella, vestida por Paco Rabanne (la moda francesa, al cine de mano de un español).

El ángel Pygar, llevando a Barbarlla al palacio de la Gran Tirana

En resumidas cuentas, un mundo más fantástico que de anticipación, con estética sesentera y bastante ingenuidad pero que, no por ello, deja de, al menos, hacer reír, o pasar un buen rato. No hay que tomársela muy en serio -realmente, hasta el cómic es, dentro de lo que cabe, más profundo-. Si uno se lo toma como una historia lúdica y nostálgica, incluso para los que son demasiado jóvenes como para haberla visto en su momento -en el caso español, más tardíamente; por mucho que el régimen franquista quisiera presumir de apertura, ciertas cosas eran inadmisibles a gentes tan pacatas y reaccionarias-.

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Y hasta aquí, la lista. Un tanto corta, ya sé. He evitado más de una co-producción que, de francesa, sólo tenía la aportación económica -como la víctima número 10, que es prácticamente en todo, italiana-. Pero como la entrada ha resultado más larga de lo que pensaba, en lugar de incluir toda la parte cinematográfica del tema, sólo incluye hasta la década de los 60 -incluida ésta-.
Dentro de unos días, más.

2 comentarios:

  1. WOW!!! Que espectacular, revivir esta epoca tan genial!! Muchas gracias!

    Éxitos con el blog!

    Saludos!

    Patricia.
    headhunting

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    1. Gracias por el comentario. La verdad es que ultimamente estoy un poco ocupado, pero al menos todo lo correspondiente a la CF francesa debería ir completándolo. Si lo que escribo, dentro de mi modestia, puede agradar a alguien, o descubrirle cosas nuevas, para mí ya es mucho.

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