domingo, 4 de noviembre de 2012

La ciencia-ficción francesa ( III ) El cine actual, primera parte.

Algunas de las películas más importantes del género de las dos últimas décadas.


En esta tercera parte sobre el cine CF francés, añadiré una película de los 80 que se me había pasado, y concentrándome en otras obras de los años 90 y la década del 2000. Para más adelante, si no resulta posible hablar de ello en esta entrada, hablaré -aunque sea demasiado por encima, y no en profundidad- sobre la influencia de algún autor de cómic, como Moebius, en el cine, tanto francés como norteamericano, así como del autor de animación Laloux, de cuya obra ya hablé en la entrada anterior, dedicada a los 70 y 80. Por ahora, comentar algo sobre unas cuantas pelis:


KAMIKAZE (1986).

Esta es la película de los 80 que me había dejado, en parte también porque la entrada anterior se me hizo un poco larga. Se trata de una obra con dirección y, en parte, guión de Didier Grousset, un profesional de la televisión que, sin embargo, empezó su carrera -y así llamó la atención de los medios televisivos- con esta película. El guión también había sido en parte pergeñado por uno de los productores, el que sería el auténtico hombre-orquesta -director, guionista, productor... y no siempre al mismo tiempo, pues, con el paso de los años, ha formado alrededor suyo a un equipo de eficaces colaboradores- del cine de acción y CF francés: Luc Besson, que por sí solo, ya merece que se le trata en un aparte, y cuya imaginación e idea del medio audiovisual, y de la comunicación cinematográfica, que entre otras cosas, incluía el mirar cara a cara al cine norteamericano de acción, persecuciones, tiros y tortas -y también al de terror, CF, fantasía, negro... en fin, cualquier tipo de cine de género- acabaría siendo tan importante como revolucionario, a pesar de que no muchos se lo quieren reconocer. En resumidas cuentas: no será el mejor, ni el más culto, original -al menos, en parte de sus siguientes trabajos- ni el más fino, pero a partir de él, muchos directores y guionistas franceses -y europeos, incluidos muchos españoles- se dieron cuenta de que, si el cine europeo, además de arte y ensayo, y supuestas -y no siempre auténticas- obras maestras, o películas sesudas, no realizaba cine comercial, no tenía futuro. Y que, en ese aspecto, el cine ideado para mayorías o, al menos, para importantes minorías, también deja espacio, y mucho, para la calidad, la crítica social, y el interés; y que resulta tan simple como injusto considerarlo como "pelis de palomitas" sin más interés que el disfrute pasajero -¡como si eso no tuviera importancia!-.

El cartel de la película.

¿Y de qué va la película? De un extraño fenómeno que tiene espantados y sorprendidos no sólo al gobierno y los medios de comunicación, sino a todo el país: de repente, un presentador de televisión, estalla en pedazos sin explicación alguna, y no en una ocasión, sino en varias. No hay proyectiles, ni explosivos, ni nada de nada. Pero el espectador de la película sabe que el responsable de aquello es Albert, una especie de tipo solitario y antisocial, que vive con su sobrina y el marido de ésta, que se pasa el día viendo televisión,y que tiene un odio patológico por los presentadores y periodistas televisivos, a los que considera propagadores y propagandistas de una cultura mediocre, mentirosa, superficial e hiperconsumista. Pero, como además de loco, es un inventor genial -el famoso "evil doctor" de tantas y tantas películas-, inventa un aparato de ondas que, disparándolo contra el televisor -es una especie de pistola- hace que una energía destructiva de naturaleza poco clara -Besson, que es co-guionista, sabrá inventar situaciones iniciales que dan para una película de hora y media como esta, pero tampoco es cuestión que le pidamos una base científica sólida; ni falta que aquí hace-, acaba viajando del televisor a la antena receptora, de allí a la de transmisión del canal y, finalmente, a la cámara y, de allá, al presentador que salta en pedazos.
Algo así pone en alarma al estado -se trata de un arma de la que, en principio, resulta imposible defenderse, al no saber nada sobre su auténtica naturaleza, ni sobre su origen-, pero sólo el anónimo inspector Pascot, que no llega a tiempo de detener a un Albert ya totalmente enloquecido -llegando a matar a su sobrina y a su marido- y fuera de control y que, finalmente, es eliminado por las fuerzas del estado, que lo considera un enemigo del sistema.

El protagonista, una vez que ha perdido completamente el oremus.

Cada uno, claro está, puede considerar la película de una forma distinta: una simple distracción, una idea fantástica llevada con mayor o menor tino a la pantalla, el individuo contra el estado, etc. -incluyendo la oscura idea de ¿no nos habría gustado a nosotros poder hacer algo parecido?-. Lo que es cierto, es que no se hace demasiado larga -tampoco tiene un gran metraje- y no intenta pontificar, ni peca de demasiado intelectual, que es algo que, en no pocas ocasiones, lastra no pocas películas francesas o europeas que, de haberse tomado a sí mismas un poco menos en serio, habrían acabado resultando más interesantes o, al menos, "digeribles".


DELICATESSEN (1991).

Aquí estamos hablando, nos guste o no, de todo un clásico del cine francés moderno, dejando aparte los géneros. Más que CF, podríamos considerarla película de humor negro. Muy negro. Pero la parte de anticipación viene no por la tecnología futurista que nos puedan presentar los autores, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro -los creadores, entro otras, de la ya mítica "Amelie", posterior a ésta-, sino por la visión oscura, pesimista y decadente, de un futuro donde la alimentación es algo que resulta cada vez más difícil para gran parte de la población, donde la moneda como tal  ha desaparecido -en su lugar, se usa el grano-, y en que gran parte de lo que queda de la población parisina, para no sucumbir al hambre, acaba practicando, de forma directa o indirecta, el canibalismo -por indirecta, se entiende, que no son ellos los que cazan a los desventurados que acaban formando parte de su dieta, sino que se hacen servir de otros, los carniceros, que mediante ese tráfico se acaban haciendo rico.
A un edificio, donde el carnicero-asesino de turno, Clapet, tiene entre dominados, fascinados y aterrorizados a los vecinos, llega, por medio de un engañoso anuncio en el diario "Tiempos difíciles", el ex-payaso Louison, pensando que allá podrá ganarse la vida haciendo de encargado de mantenimiento, en sustitución de su antecesor, desaparecido en "extrañas circunstancias". Pero como las cosas no son tan fáciles ni tan simples como podrían parecer en un principio, Louison se enamora de Julie que es, curiosamente, la hija del carnicero. Julie intenta salvar de la muerte a su ahora amante, aunque sea enfrentándose a su padre, que, finalmente, acabará teniendo de su lado a un vecindario cobarde y moralmente degenerado hasta que, con la ayuda de los llamados "trogloditas" -una especie de anarquistas vegetarianos que viven en las alcantarillas, alejados de la sociedad carnívora de la superficie-, y tras un pago, como no, en grano, conseguirán que los enamorados puedan enfrentarse a tan terrible padre y su horda de acobardados seguidores. Claro está, poca gracia tendría aquí explicar la película hasta su final, aunque ya es de suponer que será, en cierto modo, un final feliz, a pesar de la pesimista visión que se da de nuestra sociedad.

Luison y su novia, en los tejados del bloque, pequeño reino del carnicero Clapet.

El cartel que, además, se transformó no sólo en el símbolo e imagen de la película, sino de los autores, y de su estilo de narración y ambientación.

La película tiene una atmósfera, ambientación, y toda una serie de detalles, que dan, al tiempo, verosimilitud y un cierto aire de onírico, como si fuera una fantasía. Eso sí, una fantasía muy realista. Tal vez, siendo como es humor francés, para un extranjero ciertas cosas no tengan la misma gracia, o se piense que, aunque los personajes están muy logrados, resultan un tanto "extremos", pero, en general, se podría decir que, tanto "Delicatessen", como "Amelie" (2001) -aunque esta última sería una comedia romántica con toques fantásticos, pero no, en absoluto, una producción de CF; aparte de que la dirección correspondería sólo a Jeunet, que no hizo el guión con Caro, sino con Guillaume Laurant- trazarían un nuevo camino para el cine galo posterior. Y no sólo al cine del país de Caro y Jeunet, sino al del resto del mundo. Y lo mismo cabe decir, en mayor o menor medida, del cómic, la televisión, etc.

Los "trogloditas"; habitantes de las alcantarillas, las nuevas catacumbas.

Sin embargo, el camino de ambos autores no tardaré demasiado en separarse. Después de "La ciudad de los niños perdidos" (1995), que se podría considerar, plenamente, una película de fantasía, ambos decidieron llevar su propia carrera en solitario, Jeunet, realizaría la ya nombrada y clásica "Amelie", y, ya en el 2004, y también con Audey Tautou, "Largo domingo de noviazgo", ambientada en la I Guerra Mundial, aunque con menos éxito de taquilla y crítica que su obra cumbre. Antes de ambas producciones patrias, realizó en Estados Unidos "Alien resurección", en 1997.
Mientras, Caro ha estado algo más inactivo, aunque sí realizó la estimable, y original, "Dante 01", en 2008, y de la que ya se hablará más adelante. Porque ésta, sí, es una película de CF pura y dura.


EL QUINTO ELEMENTO (1997).

¿Es esta una película realmente francesa? Ateniéndonos a que sus protagonistas, Bruce Willis y Gary Oldman, son anglosajones, y que una tercera, Milla Jovovich, es ucraniana pero ha trabajado básicamente en los Estados Unidos, diríamos que no. Y más, teniendo en cuenta que se rodó, originalmente, en inglés. Pero, económicamente, es una co-producción entre Francia y Estados Unidos -por tanto, también, aunque no sólo, es estadounidense-. Pero también hay que contar, dinero francos franceses aparte -todavía no existía el euro- que el director, y uno de los guionistas -y el que llevaba la voz cantante- era Luc Besson. Sí, el que estaba detrás de "Kamikaze", y que se haría un nombre con "León, el profesional" (1994). Ahora sí que tenía entre manos una superproducción. Muy probablemente, el mayor presupuesto -para su época; ahora, esta película resultaría bastante más cara- que haya tenido entre manos en su vida.
Extenderse sobre la historia puede resultar difícil, por ser una película larga, sinuosa, que empieza con una fantasía bien contada y que promete mucho pero que, pasando el tiempo, llega el momento en que uno se pregunta qué demonios es lo que nos están contando, y llega a un final un tanto confuso. Eso sí, efectos especiales, fantasía, originalidad, detalles de todo tipo, y una visión de ciudad del futuro realmente sugerente -y que debe, y no poco, a Moebius, y a su guionista, el norteamericano Dan O'Bannon, que también lo fue de cine, sobretodo en la saga de Alien-, a punta pala. Él no se está de nada, así que, si llegado el momento, nos perdemos con el guión, siempre nos quedan las frases ocurrentes, el tiroteo, las extrañas criaturas, y demás inventos, básicamente, de la fértil mente de Besson.


La ciudad aérea del futuro de "El quinto elemento", con clara influencia de "The long tomorrow", de Moebius y Dan O'Bannon.

La historia transcurre tan deprisa que a veces es fácil perderse, así que tampoco se puede hablar, de todas formas, que aburra por lenta. El protagonista, Korben Dallas, un ex-militar y ahora taxista, acaba buscando el famoso quinto elemento junto a un reconstruido ser -los mondoshawan- que ha sido reconstruido a partir de una mano que queda tras el accidente de una nave en la que viajaba junto a sus compañeros. Se supone que estos seres -que se descubre que tienen aspecto humano, pues el que vuelve a la vida, Leeloo, es la bella, y aquí jovencísima, Jovovich, que acabaría casándose con Besson-, para cerrar un portal que se habre cada 5000 años, y que permitiría que El Maligno -una especie de planeta vivo e inteligente- acabe destruyendo la Tierra. Mientras, un industrial -o millonario, poco importa qué sea el tipo en cuestión-, Zorg, intentará también hacerse con él -aparentemente, porque es una especie de vasallo del Maligno, pero más bien, para sacar beneficio de poseer lo único que puede salvar a la humanidad-, y para eso, no duda en aliarse -y traicionar, si hace falta- con los mangalores, una especie rebelde y casi exterminada, que lucha contra los humanos como si fueran, salvando las distancias, como un grupo terrorista étnico y nacionalista.
Prefiero no alargarme, pues vi la película hace tiempo, y aunque me gustó bastante, es difícil acordarse de todo lo visto pasados unos años. Para el que la conozca de oídas, mejor que leer sobre ella, vale la pena verla, porque en cuestiones, por lo menos gráficas, visuales y de efectos, fue, al menos en su momento, si no una revolución -no llegó a tanto-, sí un pequeño hito europeo. O no tan pequeño, pues no pocas producciones posteriores han bebido de ella. Aún así, el batiburillo del director echa un poco a perder algo que podría haber sido mucho mejor.

Korben Dallas, en manos de los mangalores.

Por lo visto, y según se cuenta, su filmación no debió agradar demasiado al bueno de Bruce Willis, que reconoció que no se acabó de enterar de qué iba todo aquello y que, en la cena que celebró todo el equipo de la película una vez finalizada, cogió una trompa de las que hacen época, y dijo que estaba cansado de hacer trabajos en los que sólo repartía tortas, y que le apetecería hacer cosas nuevas, y demostrar que, aunque en el cine fuera, básicamente, un tipo duro, su habilidad interpretativa daba para algo más. Y no dejaba de tener razón. Hacía poco que había participado en "Pulp fiction", de Tarantino, dejando ver un sentido de reírse de sí mismo, y de encarnar un personaje con cierta profundidad y, sólo un par de años después, sería el protagonista de "El sexto sentido", y después, de "El protegido". Y así, hasta ahora.


CHRYSALIS (2007).

Ahora, damos un salto hasta la década siguiente. En todo este tiempo, el cine francés ha ido desarrollando su industria en u sentido más comercial -que no tiene que significar, obligatoriamente, ni falta de calidad, ni de identidad-, pero más en las ramas o géneros del terror, el thriller o la acción -incluyendo la histórica-, que en la ciencia-ficción propiamente dicha. Obras como las dos partes de "Los ríos de color púrpura", o "El pacto de los lobos", o "Vidocq", que ya nombré en otra entrada, se transforman no sólo en éxitos de taquilla en el país galo, sino también en gran parte de Europa -en Norteamérica no tanto, excepto el francófono Quebec; pero eso, todos lo sabemos, es ya otro mundo-. Aquí, un ejemplo de cine del género que nos ocupa. No se trata de una obra maestra, ni tan siquiera de una originalidad extrema, pero sí trata, por lo menos, un tema nuevo, como son las nuevas posibilidades de la medicina moderna. En este caso, en cuestiones que tienen que ver con nuestro propio ordenador orgánico, superior a cualquier creación cibernética: nuestro propio cerebro.
En el París del año 2020 -por tanto, en un futuro cercano, sólo a trece años del en que se estrenó la película, y sólo a ocho del actual-, el teniente de la policia europea David Hoffmann se reincorpora a su puesto después de un tiempo de baja psicológica, para enfrentarse a un trabajo tan duro -aunque no por ello, menos deseado- como perseguir y atrapar al presunto asesino de su esposa. Tras una laboriosa investigación, sus pasos le llevan a una prestigiosa clínica privada, donde los que se lo pueden permitir, pueden, lo mismo borrar de sus mentes recuerdos no deseados, como implantar otros nuevos de hechos que nunca le han ocurrido al paciente, o sobre lugares o individuos que nunca  ha podido conocer en persona. Lo que, entre otras cosas, le podría ayudar, por ejemplo, a pasar sin problemas por un detector de mentiras, por fiable que este pueda ser. Al fin y al cabo, aunque declarara hechos en principio falsos, no dejarían de ser, para el receptor de implantes, su propia verdad.

El París de un futuro bien cercano, más gris y melancólico que nunca.

Al tiempo que vamos conociendo la historia del teniente Hoffmann, y su persecución hasta la clínica del culpable de la muerte de su mujer y compañera de la policía -un traficante de inmigrantes ilegales-, debido al extraño aspecto en que van apareciendo las víctimas de su tráfico, misteriosamente asesinadas, y con inexplicables heridas y daños en el cerebro, conoceremos una historia, aparentemente paralela, de Manon, una joven cuyo rostro fue desfigurado en un accidente, y que sigue una larga recuperación, poco menos que encerrada en la clínica donde trabaja su madre.


David Hoffman, encontrándose con una víctima de Nicolov, el traficante de personas.

La película explota lo mejor que puede la ambientación -un tanto barroca, y tal vez no demasiado creíble, teniendo en cuenta que está ambientada en un futuro demasiado cercano como para que el mundo haya cambiado en exceso-, que no deja de ser efectista, aunque quizá un tanto vacía. Otra cosa serían los diálogos, demasiado pretenciosos y, a la larga, un tanto pesados por, en ocasiones, innecesariamente largos. Aún así, la acción no se hace demasiado lenta, y la película se sigue con bastante facilidad, al menos la primera mitad, en que la parte policíaca prima sobre la científica; más adelante el cientifismo se acaba cargando un poco la historia, realmente. Pero tampoco estaría tan mal, ni las críticas deberían ser demasiado duras, teniendo en cuenta que era la primera película de su director, Julien Leclercq, en el tema de la CF, aunque ya tenía experiencia en dirección con "El asalto", del 2001, sobre el secuestro de un avión francés en Argel, a manos de los terroristas del GIA, en su momento, el grupo armado más sanguinario y fanático de Argelia, antes de que los salafistas, que en aquella época eran pocos y dispersos, acabaran por montar la sucursal argelina de Al-Qaeda. Aunque esa, creo yo, es otra historia.

"Telecirugía", o medicina del futuro -o no tanto-.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL MUNDO (2008).

Aquí, para variar, tendríamos una comedia, o una película de anécdotas. En un futuro cercano, el fin del mundo está cerca. Pero a Robinson Laborde (Mathieu Amalric, que en los últimos años ha llegado a ser uno de los actores franceses más ocupados y conocidos) le importan más otras cosas, como volver a conquistar a la que fue su amante, por la que dejó a su mujer -sí, ya sé que parece algo ridículo, pero hay gente para todo; además ¡a quién, si no a un francés que va de cínico y de romántico, se le ocurriría semejante majadería?-, así que, si tiene que recorrer parte de Francia y España -se rodó en Pamplona, Zaragoza, y las montañas de Montserrat- para conseguir lo que se ha propuesto, no tiene problema en hacer la maleta y patear mundo. Al fin y al cabo, ese mundo, en muy poco tiempo, se irá al garete, así que ¿para qué tomarse las cosas demasiado en serio?

En la película, como en el cartel, los personajes se ven libres de ataduras y tabúes. Y de ropa también.

Más bien, es eso lo que la película nos quiere hacer ver. La dirección y el guión, son de los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu,  que ya habían trabajado juntos en "Pintar y hacer el amor", en el 2004. Y aunque ciertas cosas, no está demasiado claro que funcionen cuando se hacen en familia, en este caso, no salió demasiado mal. Al menos, para el gusto francés-. Dicho de otra forma: no es que sea mala película, ni que no tenga cierta originalidad -el fin del mundo siempre se ha plasmado, en el cine o la literatura, de una forma bastante o muy melodramática; ¡aunque no había para menos!-, porque no resulta muy común que semejante tema sea retratado de una forma tan "ligera". Además, es una ocasión para ver al más francés de los actores españoles, en este caso haciendo de cantante de ópera -tan "afrancesado", que por estos lares resulta un casi desconocido, a pesar de haber recibido en Francia todo tipo de premios y buenas críticas-: Sergi López.
En resumidas cuentas: fin del mundo, y amor libre. Total, para unos pocos días que nos quedan...

Sergi López, presentando la película en el festival de Sitges.


Y hasta aquí, la tercera parte de la CF francesa en el cine. La próxima, además de la cuarta parte, será también la última. Espero.




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