martes, 17 de junio de 2014

La mujer de negro de las letras francesas: Amélie Nothomb ( I ).

La que es considerada una de las autoras contemporáneas más representativas de la literatura en francés, con una vida de lo más novelesca.


Bien, después de enredarme con entradas de poco texto, he decidido hacer una un poco más larga, aunque eso signifique, por tanto, que tarde más en finalizarla. Al fin y al cabo, una vez que has aprendido a hacerlo, copiar vídeos no es algo que te exija demasiado tiempo, la verdad.
He decidido dedicar este post, para variar, a una escritora actual, contemporánea, y por tanto, todavía viva, y además, bastante joven. Ya estaba empezando a resultarme un poco raro, esta afición un tanto fúnebre y tanatofílica por los ya fallecidos. Se trata de la escritora belga Amélie Nothomb, autora de una obra más que considerable en número de títulos, aún teniendo en cuenta que sus novelas, en general, son poco extensas, de entre 90 y 150 páginas cada una. Pero estaríamos hablando de una veintena, más o menos, además de teatro, relatos, y, por lo que ella misma ha contado en más de una ocasión, una auténtica "obra secreta" que ni ha publicado, ni se sabe bien que hará con ella cuanto tenga cierta edad o, simplemente, ya no esté en este mundo. No se sabe gran cosa de todo ello, excepto, según cuenta, que no es bien distinta a su obra pública y a la venta, pero que, simplemente, por la razón que sea, prefiere, al menos por el momento, ocultarla al público. Bueno, mientras no se le ocurra destruirla cuando se vea sin fuerzas, o le pida a un amigo que la destruya llegado el momento... pero bueno, también hizo lo mismo Kafka, y, por suerte, la persona que debía destruir "El castillo" y "El proceso" pensó, y con razón, que no le hacía ningún favor, ni al fallecido ni a los lectores de todo el mundo, destruyendo aquellas obras. No es que esté comparando a Nothomb con Kafka -en realidad, sobre gustos, colores-, pero creo que se me entiende.

La autora en una de sus poses más famosas, cuando empezaba a ser famosa.


Una vida de novela, que en novelas acabó reflejada.

Creo que, a la hora de relatar, aún sucintamente, la vida de Amélie -la llamaré así, al menos en ocasiones, aunque parezca, erróneamente, que me estoy refiriendo a la protagonista de la película del mismo nombre-, resulta difícil no hacer referencia directa a algunas de sus novelas, que son claramente autobiográficas. En realidad, en ocasiones lo son tanto, que es ella misma, con su nombre  apellidos, su familia y sus experiencias, la protagonista principal. Resulta, por tanto, difícil el hacer un listado cronológico de sus obras, pues tendría que saltar en el tiempo para hablar de la mayoría de ellas -autobiográficas, o no, aunque algunas la tengan también como protagonista secundario, y no por casualidad, ni de forma en absoluto arbitraria-. Así que dejémonos ya de explicaciones, y empecemos por el principio. 
Amélie es belga, y además una belga particular, poco común, porque cuando se le pregunta por su identidad, su nacionalidad, dice eso mismo: "soy belga". Lo que, al contrario de lo que podría pensarse, es algo bastante raro, pues un belga te dirá casi siempre: "soy valón", o "francófono"; "soy flamenco", o "soy de Bruselas", sea lo que sea, lo que eso pueda significar. Pero belga, así, a secas y con toda seguridad, pues como que no. Algún día quizá hable algo más de los belgas; por ahora, sólo decir que es un país donde casi nadie parece estar de acuerdo con compartir estado con el otro pueblo con el que se coexiste -de espaldas al vecino, pero eso sí, muy cortes y civilizadamente-, pero nadie se atreve a decir "hasta aquí hemos llegado", y cada uno se busca la vida por su cuenta. Otra cosa que la hace especial: Amélie no no nació en esa Bélgica que reclama y hace suya, sino que vino al mundo en Japón. Si el país europeo ya tiene cosas que lo hacen especial, Japón es el ejemplo no sólo de "nación archipiélago", sino también de "civilización isla", fascinante, único, pero también desconcertante, a veces de forma fascinante y en otras, simplemente desquiciante. 
Amélie era hija de una familia poco común, pues era mezcla de flamencos y valones, algo realmente raro, aunque la lengua y la cultura francesa eran las propias de todos sus miembros -en mayor o menor medida, al menos-. Su padre, de una familia acomodada y culta, y con algún ultraderechista simpatizante de los nazis durante la guerra mundial entre ellos, optó por la carrera diplomática, y siendo todavía joven y con dos hijos, fue enviado junto a su familia a ejercer de cónsul en Osaka, aunque sería en Kobe, donde nacería su hija pequeña, que vivió casi como una "japonesa de raza blanca" -dentro de lo que la cerrada sociedad nipona permite a un extranjero el integrarse, por mucho que éste lo desee; y en Japón, el término extranjero incluye a los hijos y nietos de inmigrantes nacidos en su suelo. El libro que habla de su nacimiento -que más bien parece la decisión de un espíritu con personalidad propia de instalarse en la Tierra, eligiendo, incluso, en qué momento y familia habría de nacer-, en "Metafísica de los tubos" (2000), donde cuenta sus primeros años, su odio a las carpas, esos feos peces tan queridos por los japoneses, protagonistas de no pocas de sus fiestas y relatos populares, sus relaciones con sus hermanos -el cierto desapego con su hermano, y el amor incondicional por su hermana-, sus días en la guardería, el deseo de su padre de integrarse más en la sociedad nipona aprendiendo canto para participar en el teatro no -un tipo de teatro que puede resultar un tanto difícil de seguir a un occidental cuando lo llevan a cabo, correctamente, japoneses; pero si se trata de otro occidental que, por mucho que lo intente, es un completo desastre... ya es de imaginar lo que pasa-. El fin de la novela nos da a entender que tiene continuación. En realidad, "Metafísica..." es posterior a otras historias autobiográficas. Es como si Nothomb nos fuera contando su vida de forma desordenada, pero comprensible, para, así, ir completando el puzzle de su existencia, que acaba absorbiendo de forma que también parece algo nuestro.

Una vista general de la ciudad de Kobe, donde nació Amélie, si bien su padre ejercía de cónsul en Osaka.

Aquí, un par de consideraciones. En primer lugar, como ya se ha dicho, sus obras son normalmente cortas, muy cortas. No hablo de sus cuentos -que por fuerza, tienen escasa extensión-, o de sus novelas cortas propiamente dichas, sino de la base de sus obras. Yo las he leído, normalmente, en dos o tres días -si el trabajo, estudios o lo que sea lo permiten, evidentemente-. Y si se trata de alguna obra más corta todavía, como "Cosmética del enemigo", que es de unas 80, la puedes leer de una sola vez, de una sentada, una tarde o una noche que no sepas que hacer. En el caso de la noche, eso sí, mejor no empezar demasiado tarde, porque una cosa es cierta, si la obra de Nothomb no te entra a la primera, ni insistiendo una segunda vez, difícilmente querrás entrar en su mundo, y pasarás de ella. Pero como te conquiste, se vuelve, como es mi caso, extremadamente adictiva. Cuando empiezas una de sus novelas, no paras hasta comértela, literalmente, sin importar a qué hora la acabes. La otra: los títulos. A veces, un título dice mucho de la obra a la que da nombre. Aquí, lo que indica es que la autora no es una persona ni vulgar, ni común. Resultan un tanto extraños, pero casi siempre redondos -y lo mismo cabe decir de alguna traducción, como la de "Ordeno y mando", que sería, en el original, algo así como "El cómo se hizo el príncipe, o cómo llegó a serlo": "Le fait du prince"-. Tal vez no los entendamos al empezar a leer, pero casi siempre les encontraremos un sentido cuando hayamos acabado.
Bien, volvamos a la historia principal, libres ya de digresiones. La familia Nothomb abandona Japón, y marcha a China, donde los nuevos aires pro-capitalistas -eso sí, capitalismo de partido único- todavía estaban por llegar. Allá, con seis o siete años, irá al colegio, con los hijos de otros embajadores o diplomáticos varios, y donde estallará una especie de "guerra fría en caliente infantil", donde los niños con padres originarios del bloque soviético, y comunista en general, se verán enfrentados -en el sentido de hacerse la puñeta, todo muy infantil, pero también con bastante mala leche- a los occidentales, intentando convencer a latinoamericanos y africanos para que se unan a uno u otro bando -en resumidas cuentas, una copia en miniatura de la política mundial adulta-. Pero Amélie estará más atenta a una distante y un tanto despreciativa, pero bellísima compañera suya, mientras disfruta del chocolate, de su hermana, y observa, un tanto confusa, los problemas de comunicación de sus padres con las autoridades y funcionarios chinos. Falta de comunicación que se debe mucho más a la política, que a razones puramente culturales. Esta etapa de su vida se vería reflejada en "El sabotaje amoroso" (1993), la segunda de sus obras, y que resulta un tanto difícil de comprender si se lee antes que la otra obra ya nombrada. 
Más tarde, visitarían otros países asiáticos, como Bangla-desh -donde la miseria y el hambre que sufría gran parte de la población hizo, extrañamente, que ambas hermanas se acercaran peligrosamente a la anorexia,aunque no supiera en qué consistía, realmente, dicha enfermedad-, y a la todavía más siniestra, por su gobierno -que no por su gente, ni su fascinante cultura- Birmania -actualmente, Myanmar, y donde la tiranía militar-budista parece, por fin, que está permitiendo una apertura democrática de verdad-. Finalmente, llegarían a Estados Unidos, donde los hijos Nothomb ya son adolescentes -o casi-, y donde Amélie acaba teniendo problemas tanto alimenticios, como con el alcohol, llegando al borde de una autodestrucción que parecía ver más con un bello final -que no tenía por qué llegar- que con el peligro que representaba su nueva vida. Allá, también, empezaría a leer todo tipo de libros, a conocer la música culta y el teatro. Todavía no había pensado en ser escritora, pero el gusanillo, el vicio no sólo de leer, sino también de escribir, de desear ser leída -aunque fuera por su hermana o alguna otra persona especial-, muy probablemente, empezó allá. De ahí saldrá el material de "Biografía del hambre" (2004), considerada una de sus obras más flojas, pero donde la autora se atreve a conversar, literalmente, con el lector, a principio del texto, para ir contándole poco a poco cosas de su vida: su hambre de cultura, de comer si parar -bulimia- después, precisamente, del hambre que se autoinfligió ella misma poco antes.
Finalmente, una Amelíe adolescente llegó a Bélgica, el país de su familia. Y allá, aún conociendo perfectamente la lengua francesa -que es la que siempre oyó en casa- tuvo problemas de integración en el instituto -los liceos del mundo francófono-, pues Bruselas le pareció una ciudad, hasta cierto punto, aburrida y llena de burócratas y funcionarios -esto es cierto, pues no sólo es la capital del país, sino también de la Unión Europea, y cuartel general de la OTAN-, y la Universidad Libre de Bruselas era un lugar donde la mayoría de estudiantes y profesores eran de idean liberales y progresistas, por no decir revolucionarias, y bastante politizados, y una joven miembro de una familia de origen alto-burgués, católica y conservadora, y que no parecía saber -ni le interesaba- qué es lo que pasaba en Bélgica y Europa no fue, lo que se dice, muy bien recibida. Al menos, al principio. De estos problemas de integración, y, probablemente, de alguna amistad femenina que resultó mucho menos fascinante y generosa de lo que podría pensarse -por no decir algo peor. La traición, o la suposición de que ésta ha existido, duele más cuando proviene de alguien que representa la única persona en la que creías que podías confiar sin reservas- hizo que pasara malos momentos que acabaron más o menos reflejados en una novela que, sin ser realmente autobiográfica, pues la protagonista no es ella, y su familia es bien distinta a la de Nothomb, sí que parece tener muchos puntos en común con su realidad: "Antichrista" (2003; una época bastante posterior a sus años de instituto, por lo que se supone que tardó en decidir ponerla por escrito), donde el nombre es un juego de palabras con el de la amiga de la protagonista, que se llama Christa -se supone que proviene de Cristina, pero no sabría decir-.
Acabada la carrera de filología románica, y sintiéndose extranjera en su propio país, y conociendo como conocía el japonés -hablado y escrito, que ya era decir- decide, por tanto, marchar a Tokio a trabajar, pues en el fondo, ella se sentía antes que nada japonesa, y ya no tenía su otra patria, la infancia, para refugiarse. Era hora, pues, ya adulta, con algo de dinero, estudios acabados y voluntad de buscar su destino lejos de aquella Bélgica que no acababa de sentir como suya, de cambiar de aires y marchar al País del Sol Naciente.

Japón, los japoneses, las japonesas, y "la nipona blanca". "No insistas, eres una gaijin, querida".

En Japón, gaijin significa, literalmente, "persona de fuera", mientras que extranjero, en el sentido de "nacido o llegado de otro país, de fuera del país", se llamaría gaikokujin. Realmente, no importa qué palabra se use. El hecho es que un japonés, por educación, ni te exigirá que te asimiles a tu cultura -"no intentes ser japonés si no has nacido japonés, sólo intenta integrarte y no fastidiar", en resumidas cuentas-, ni tampoco te verá, nunca -excepto excepciones, porque es ridículo pensar que en un país todo el mundo es igual- como un compatriota de adopción. Siempre serás extranjero, un extraño, aún habiendo nacido en el país. Es el caso de casi toda la población coreana, que es japonesa de nacimiento, y en la mayoría de los casos, también lo son -o lo fueron- sus padres y abuelos. Pero no tienen la sangre nipona, no están unidos a la tierra ancestral donde nació la nación, la cultura japonesa, así que, sin esa "unión telúrica", eres hasta cierto punto un extraño, sin los mismos derechos que un autóctono, y santas pascuas. ¿Cuándo se te tratará especialmente bien, o con cierto "cuidado", por ser un gaijin, cuando puedes resultar molesto, o hasta un poco ofensivo? ¿Qué se supone que debes hacer, o no hacer, para integrarte lo máximo posible, para que te vean, hasta cierto punto, como "uno de los suyos? Eso, tal vez, ni los mismos japoneses lo sabrían expresar con exactitud. Nuestra Amélie hablaba el japonés como pocos occidentales sin sangre japonesa, amaba aquella cultura, que consideraba más suya que la abúlica y dividida Bélgica -¡qué pesadez de peleas entre flamencos y valones, si, en el fondo, unos y otros son europeos del norte, si parecen, prácticamente, la misma gente!-. Así pues, resultaba lógico que pudiera integrarse entre "su gente", la del país donde nació y pasó sus mejores años. Pero no todo es tan fácil. Y enseguida se daría cuenta de ello.

La autora frente al espejo, el reflejo de unas memorias donde probablemente, ni ella misma es capaz de distinguir realidad o fantasía. O qué se podría entender por una cosa u otra.

Acabados sus estudios, marcha a Japón para trabajar en una gran compañía con central en Tokio, donde, parece, querían a alguna occidental para conocer la forma de trabajar de los europeos. Pero, a pesar de sus conocimientos de japonés, y de considerarse -o más bien, quererse considerar- como una más, lo que parecía el trabajo de su vida acabó en un estruendoso trabajo, donde era considerada no sólo una extraña, sino también un "ente desastibilizador", y en donde, de semana en semana, iba bajando puestos en la escala laboral hasta -según ella, pues al fin y al cabo, es Amélie quien cuenta la historia, aunque ella insista en que no es una novela completamente autobiográfica; eso sí, el personaje principal hasta tiene su propio nombre y nacionalidad, y su vida es muy parecida a la de la autora- acabar fregando suelos. No cuento más, porque, creo, es una de sus obras más redondas -aunque a veces, la inoperancia nipona parezca exagerada; ¿en serio esta gente, que tan mal trabaja, ha acabado haciendo de su país la, hasta hace bien poco, segunda economía mundial? Pues menos mal que no hacen bien las cosas, porque entonces, fijo que habrían acabado gobernando el mundo-, y no es cuestión de destripar demasiado la historia. Entre tanto malentendido cultural, ni tan siquiera el conocer a una compañera aparentemente ideal -bella, elegante, distante, pero también, como verá, fría, brutal y ajena a su comprensión, como si la misma diosa Amaterasu se tratara, llegada a la Tierra, vestida con traje de falda y chaqueta y unos buenos tacones, para hacer saber a la insolente "ojos redondos" que con los hijos de Nihon (日本; así, en kanji, que se recuerde bien) no se juega.

La bella pero fría y distante compañera de Amélie, la "diosa de mármol blanco", que tantos malos momentos, y tantas fantasías le produce a la protagonista.

De toda esta historia, nacería "Estupor y temblores" (1999), considerada en ocasiones, equivocadamente, como su primera obra, aunque ya llevaba siete años publicando. Esta novelita trajo cola, y aún recuerdo, leyendo hace muchos años el diario "El país", cómo se prohibió su publicación en Japón, e incluso en los periódicos de ambos países hubo cierta tensión por las "mentiras" -lo pongo entre comillas, porque imagino que algo de fantasía o exageración habría, pero tampoco tanto; realmente, nadie puede estar seguro, excepto la misma autora- de aquella joven francesa -¿belga?; ¿qué es eso de "una belga"? ¿No os gusta decir a los franceses que quién escribe en vuestra lengua es como si fuera francés? ¿No sois vosotros quienes publicáis sus historias? Pues ahora a tragar, listillos-, que no es que sufriera el racismo oriental, es que, simplemente, era una inútil trabajando. En 2003, Alain Corneau dirigió una película inspirada, bastante fielmente, en la novela, con Sylvie Testud como protagonista, y que, imagino, tampoco se estrenaría en Japón, aunque la cosa ya estuviera bastante olvidada -aunque, curiosamente, al menos en una pequeña parte, también era una producción japonesa-.

Una imagen de la versión cinematográfica de "Estupor y temblores", donde la protagonista, alter ego de Nothomb, acaba de mujer de la limpieza, en el pulcro y ordenado Imperio del Sol Naciente -aunque, todo hay que decirlo, fuera de las grandes empresas y las zonas turísticas, en Japón también se pueden encontrar lavabos públicos de los que echan para atrás-.

De aquella misma época vienen otros recuerdos más agradables. Amélie tuvo una relación con un chico. Para ser más exacto, con un chico japonés. Y toda la amargura del trabajo, aquí se vuelven días felices. Al menos, cuando no estaba dentro de la oficina. Todo parecía ir bien, porque Rinri, el nombre del muchacho, que hablaba francés y tenía cierto interés por la cultura occidental -evidentemente, si estaba dispuesto a tener novia extranjera, no podía ser muy xenófobo-, acabó mal, aunque, en este caso, debido a la parte femenina. Quizá Amélie siempre se consideró japonesa hasta que, finalmente, se instaló como adulta en aquel país, y después de su fracaso laboral, decidió salir por patas, y dejar al pobre chaval plantado como un cerezo en flor. En resumidas cuentas, la autora reconoce un miedo al compromiso, y a cambiar su vida. Tal vez su abandono de la empresa japonesa la marcara pero, al fin y al cabo, ¿qué culpa podía tener su novio? De ahí saldrá otra de sus obras autobiográficas, la penúltima de ellas: "Ni de Eva ni de Adán" (2007), aunque no tengo demasiado claro, después de haberla leído, a qué viene el título. ¿Ninguno de los dos miembros de la pareja, en realidad, es culpable de que no funcione lo que, simplemente, no puede funcionar? Quizá, pero leyendo el libro, no se nota que la autora estuviera pasando, precisamente, un mal momento de su vida con Rinri.

Amélie en una de sus sesiones de fotos. Casi todas las portadas de sus libros la tienen a ella de protagonista absoluta -o única-, a saber por qué razones -porque las habrá, sin duda-. EN Francia o Bélgica, es habitual que la gente de la cultura cultive una determinada imagen -y más, un escritor, que no es, ni de lejos, tan conocido por su aspecto como un actor o actriz, o una modelo-,  como los programas o las revistas que tratan total o parcialmente de la cultura y el arte son habituales, también lo son las sesiones de fotos de los protagonistas de éstos.

Al final de la obra la escritora explica que, en una gira para presentar uno de sus libros -no recuerdo cual- vuelve a ver a su antiguo novio, y que éste -pobre tonto, buena persona que es él- no le guarda rencor. Se cuentan su vida y esas cosas, pero por segunda vez, Amélie no es capaz de explicar de una forma clara el por qué un día cogió el avión y se marchó a Europa -a Bruselas, donde vive, o a París, donde tiene despacho y editorial, no sé-, y olvidándose de todo.
Por último, en esta lista de relatos más o menos autobiográficos, comentar el último de ellos, todavía no traducido al español -que yo sepa, la obra más reciente en castellano, al menos en España, es "Barbazul", aunque eso vendrá en otro post-.  Se trata de "La nostalgia feliz" (2013) -así, imagino, es como se llamará una vez que se traduzca-, que sería, más o menos, como se interpretaría la palabra japonesa natsukashi -no sé si, realmente, se transcribe así. La vi escrita de otra forma, pero las sílabas no me cuadraban con los sonidos de la lengua japonesa, que más o menos conozco, cuando la estudiaba en momentos tontos, pero muy agradables, eso sí-. En la que, más que contar una historia en sí misma, la autora habla de un viaje a Japón donde se encuentra con Nishio-san, la mujer que cuidó de ella cuando era niña, y con Rinsi, su antiguo novio. Aprovecha, además, por viajar por Tokio y el resto del país, reconociendo que, ahora sí, se considera allá una extranjera, una extraña en una sociedad que, en su infancia y juventud, pensó que era suya, por encima de Occidente. Hablará de lo ya contado en "Ni de Eva ni de Adán", pero desde cierta lejanía, visitará Fukushima y el área devastada por el tsunami, etc. El libro, quizá el más íntimo de la autora, tiene relación directa -más bien, uno y otro son complementarios- con un reportaje que la TF1 -la televisión pública francesa- le hace a la autora mientras realiza el viaje a partir del cual se hará el relato -no es una novela propiamente dicha-, aunque, por lo visto, los periodistas no tuvieron el detalle ni de dejarle hacer con cierta libertad, ni de intervenir en el guión de éste, lo cual demostró que, aparte de periodistas, como no pocos franceses de ciudad y carrera, debían ir un poco de intelectuales que sabían de la obra y el carácter de la escritora más que ella misma. De todas formas, por lo que he leído en algún blog, como "el-buscalibros.com", no es demasiado difícil de encontrar -en francés, no doblado, y creo que tampoco con subtítulos-, así que, quién sepa francés, puede animarse a buscarlo.

Una imagen reciente, en la presentación de "La nostalgia feliz", su -por ahora- último libro.

Y aquí un enlace con una entrevista sobre su novela "Ni de Eva ni de Adán", en el programa literario de la2 de TVE, hace ya unos años.

Así pues, para el que quiera leer la serie de libros más o menos autobiográficos, el orden sería este:

Metafísica de los tubos - El sabotaje amoroso - Biografía del hambre - Estupor y temblores - Ni de Eva ni de Adán. Y como complementarios: Antichrista (basada más o menos libremente en su etapa de estudiante de instituto) - La nostalgia feliz (descripción de un viaje de re-descubrimiento de su antigua patria).


En la próxima entrada dedicada a ella, sobre su retorno a Bélgica, y el resto de su obra.

viernes, 13 de junio de 2014

Frank R. Paul, el primer genio de la ilustración en el mundo de la ciencia-ficción.

Ilustrador de portadas, contraportadas, relatos y novelas de c.f., fantasía y aventuras, considerado hoy en día como un artista en parte por re-descubrir.


Hacía tiempo que no dedicaba una entrada a algún personaje de la cf más o menos clásico, entiéndase, con una obra básicamente anterior a 1950, o así. Y pensé que, después de hablar de escritores, no estaría de más dedicar un espacio a uno de los hombres que se dedicaron, durante años, con enorme pericia y una capacidad de trabajo increíble, a poner imagen a todo lo que los lectores de la época -y los actuales, en caso de poder disfrutar de su arte-  leían en revistas y, en menor medida, en libros -pues la ciencia-ficción, hasta bien entrados los años 50, normalmente se editaba sólo en revistas, y tardaba mucho, si es que llegaba, a volver a ser publicada en forma de libro, con su tapa dura y todo-.

Un póster moderno -en teoría, de venta en internet, aunque no he llegado a aclarar como comprarlo, porque reconozco que me gustaría hacerlo-, del autor, rodeado de sus creaciones.



El inventor de mundos nuevos: el hombre que abrió la puerta al universo de la ciencia-ficción.

Frank Rudolph Paul no era americano de nacimiento, sino de adopción. Nació en Viena, en 1884, aunque emigró joven, después de haber estudiado en Austria, de donde emigró siendo muy joven, pero que no me pregunte a qué edad, porque lo desconozco. Lo que sí es cierto, es que con 30 años no sólo vivía en Estados Unidos, sino que ya se ganaba más o menos bien la vida trabajando para un pequeño periódico rural, donde realizaba ilustraciones de edificios y maquinaria, pues sus estudios de dibujo en Europa fueron de ese tipo: técnicos. Y, al contrario de lo que podría creerse, la ilustración fantástica, si bien le dio fama y legiones de seguidores y admiradores, no le hizo rico, y parte importante -en según qué épocas, casi todo- de sus ingresos provenían de ese tipo de encargos más "aburridos", principalmente relacionados con la arquitectura y el urbanismos -aunque lo de "aburrido" lo pongo entre comillas; a mí, el urbanismo y la edificación no me parecen temas en absoluto pesados, si se tienen interés por conocer y comprender-.

Un astronauta humano, que ha sido capaz de algo tan aparentemente -y en la realidad, si así sucediera- de tener no sólo un contacto exitoso con un ser de otro mundo -en este caso, el clásico marciano-, sino que además, ha entablado una buena amistad con él. Muy probablemente, se trata de un dibujo contemporáneo, o inmediatamente anterior, a la II Guerra Mundial. Lamentablemente, los humanos reales, que querían la paz con los marcianos, no fueron capaces de mantenerla entre ellos.

4 Frank R. Paul life-on-mercury
Otro ejemplo de ilustración que imagina vidas alienígenas. En este caso, en el relativamente cercano Mercurio. Paul tiene en cuenta las altas temperaturas del pequeño planeta, que en aquella época, tal vez, se suponían, aún así, muy inferiores a las que realmente sufre este mundo, y "según la ciencia" -y tal vez fuera cierto-, imagina la posibilidad de una vida basada en gigantescos insectos -o algo así- inteligentes y poco amigables.

Hugo Gernsback, que aparte de tener un apellido germánico de lo más complicado, y de ser, probablemente, el único luxemburgués -un inmigrante centroeuropeo y germanoparlante, como él- que haya destacado claramente en algo, se le puede considerar como el padre de la ciencia-ficción como una rama separada tanto de la fantasía, como de los relatos de aventuras -por mucho peso que pudieran tener en ellos las nuevas tecnologías; eso no los hacía parte del nuevo género, sólo demostraba que los autores conocían los avances científicos y técnicos de la época-, lo descubrió y lo fichó, para ponerlo a trabajar en su revista científica, donde se hablaban tanto de avances en los diversos campos de la ciencia, como se publicaban relatos de autores ya consagrados del nuevo género -caso de Wells o Verne, aunque muchos otros autores europeos, sobretodo franceses, apenas tenían espacio-, como otros nuevos, descubiertos o no por él -o sea, norteamericanos, de nacimiento o adopción, como él mismo-. Esta revista, Electrical Experimenter, -o "El experimentador eléctrico", cuando la electricidad era casi magia para no poca gente-, acabó desapareciendo cuando Gernsback decidió dejar la ciencia en segundo plano, y dedicarse a la ciencia-ficción pura y dura -o, en no pocos casos, auténtica "fanta-ciencia", donde la parte científica era mínima-, creando una revista nueva, cuyo nombre, con el paso de los años, se haría legendario: Amazing Stories. Fue Paul el autor de su primera portada, y crearía no menos de 220 en diversas revistas, fueran en esta pionera, o en sus ediciones especiales -más precio, más páginas, novelas completas, y no en capítulos-, o en posteriores, como Wonder Stories, revista que nació cuando Gernsback -que tenía fama de ser un genio descubriendo nuevos valores, y consiguiendo nuevos seguidores para la legión de amantes de "la nueva ciencia", pero que también era, como mínimo, bastante tacaño y peor pagador, y que acabó expulsado de su propia publicación. Eso, además de contraportadas -en ocasiones, tan excelentes como las portadas en sí mismas, y que eran poco menos que ilustraciones con algún texto que lo mismo era humorístico, como reflexivo-, ilustraciones interiores, además de dibujos y portadas realizadas para novelas publicadas como libros independientes -algo muy raro hasta los años 50-, como es la obra de anticipación científica de su propio jefe "Ralph 124C 41+", donde Gernsback sorprende hablando, con décadas de anticipación, de la televisión, la video-conferencia, el aire acondicionado, el hilo musical, etc., pero que, en cuestiones de contar una historia, demuestra, aquí sí, ser bastante incapaz. Hoy en día, este "Ralph..." resultaría pesado de leer, si no se tuvieran en cuenta -que, para ser justos, habría que hacerlo- la capacidad de anticipar inventos de su creador. Aún así, aunque sea un clásico a su manera, ha envejecido muy mal, y se le podría considerar algo así como "arqueología literaria".

"Ciencia y mecánica", otra revista de Gernsback, donde aparece una máquina de guerra capaz de destruir de golpe toda una pequeña población, mezcla de tanque y acorazado -y portaaviones, un tipo de barco que, en los años 20, todavía no existía-. Paul también participó en ella, como en esta ilustración.

"Ciudad dorada de Titán", otra contraportada de Paul, sin letras o títulos. Una de las mejores series de ilustraciones fue sobre supuestas ciudades en planetas y grandes satélites de Júpiter o Saturno, donde sus habitantes son pequeñas figuras moviéndose entre una extraordinaria arquitectura -en ocasiones, por lo demás, bastante "art-déco"-.

Otra civilización imaginaria, una especie de cálida Venecia en Calisto, uno de los satélites de Júpiter -y, por lo visto, un lugar con un clima de lo más apacible y templado-.

Aquí, los humanos han creado unas esferas que lo mismo sirven para trasladarse por el mar -barcos-, como rodando -sólo las tiras metálicas, parecidas a orugas de tanque- sobre el hielo perpetuo de un mundo que parece un mundo congelado-.

Hasta su muerte, en 1963, en su casa de un pueblo cercano a Nueva York, seguiría, aunque en menor ritmo, ilustrando libros y nuevas revistas, como el primer número de Marvel, donde se daban a conocer los personajes de Namor -el príncipe de la Atlántida, y que hace ya mucho que dejó de tener continuación, aunque no sería extraño que, un día de estos, la Marvel, más preocupada hoy en día en el cine que en la historieta, decidiera sorprendernos, para bien o para mal, con una película sobre él-, y la Antorcha Humana, antecesora de uno de los Cuatro Fantásticos, del mismo nombre e idéntico poder, pero que, en aquella época, iba por libre. 

Ilustración para "La guerra de los mundos", de Wells, publicada en 1927 por Amazing Stories, y que se transformaría en clásica. Las películas o cómics posteriores deberían mucho a esta visión del ataque marciano, que ya poco cambiaría.

Desconozco donde se publicó esta imagen -no había información, y no la he visto en otro lugar-, pero es un ejemplo de mundo imaginario, cálido, de fantástica y terrible fauna -una especie de elefantes acuáticos-, mezcla de tecnología -la nave- y de cultura antigua, si no en la forma, sí en el estilo y la edad de dicha civilización -la ciudad, o fortaleza, del fondo-.

La importancia de autor fue mayúscula, y más, en aquella época. Fue él quien introdujo en la cf a millones de personas en Norteamérica, y no pocos autores posteriores -Ray Bradbury, por ejemplo, o Arthur C. Clarke- reconocieron que las primeras imágenes que hacían referencia al género fue en Amazing Stories y Wonder Stories, y que el autor de casi todas ellas fue Frank R. Paul. Es cierto, según he leído en la Wikipedia, que es donde he conseguido gran parte de la información sobre él -en español, a no ser que se busque con ganas, hay poco, y ya he hablado más de una vez de mi falta de tiempo-, que fue el primero en dibujar, con colores chillones y llamativos, naves espaciales, robots, máquinas de enorme tamaño -y en no pocos casos, de misteriosa naturaleza y uso- y, cosa que quizá no se tenga tan en cuenta, ciudades del futuro o de civilizaciones extraterrestres. Al fin y al cabo, sus estudios y conocimientos de dibujo técnico se tenían que ver por alguna parte. Otra cosa eran los seres humanos -o monstruosos, o extraterrestres, aunque aquí, claro está, la fantasía podía encubrir ciertos problemas a la hora de dibujar la anatomía de éstos-, sobretodo las mujeres, y más todavía, los rostros. Pero estos, en no pocas ocasiones, ocupaban un espacio muy secundario en sus ilustraciones, y tanto en su época como en años posteriores, poco o nada importó a sus numerosísimos admiradores, entre los que me cuento. Con el paso de los años, aparecieron nuevos ilustradores y dibujantes de cómic, pero su huella nunca llegó a desaparecer, sobretodo en el mundo anglosajón. En realidad, si se mirara con atención el arte de no pocos de ellos, se vería cierta influencia, aunque fuera involuntaria. Se cuenta, y puede ser verdad, que fue el primero en dibujar lo que se podría considerar un auténtico platillo volante, años antes de los primeros "avistamientos" -entre comillas, y con todas las reservas posibles; el tema OVNI, aunque ya nos parece de otra época, no deja de levantar ampollas, suspicacias, tanto entre defensores como negacionistas-. ¿Cómo podría ser eso posible? Más o menos, de la misma forma en que muchos de los supuestos extraterrestres que han sido vistos por tantos y tantos testigos -también, como los platillos, sólo en según que épocas- se parecen a seres dibujados o imaginados por dibujantes, novelistas, creadores para películas y series de televisión, etc.: el subconsciente humano. No es raro que algo que creemos realmente ver -o queremos ver, casi forzándonos a nosotros mismos a creer haberlo visto- se base en objetos, lugares o personajes más o menos ocultos en partes subconscientes de nuestra memoria. En 2009, mucho después de su muerte, fue incluido en el Salón de la Fama de la Ciencia-Ficción, donde, anualmente, se incluyen a cuatro -en alguna ocasión, cinco- figuras de la cf, sea en el campo de la literatura, en el cine, la televisión, etc.

Uno de los primeros trabajos "fantásticos" de Paul, ilustrando la edición en libro de la obra "Ralph 124C 41+", de su, durante mucho tiempo, jefe -y descubridor-, Hugo Gernsback. En esta imagen, lo que sería un imaginario -pero perfectamente real- antecesor de la video-conferencia -la imagen es de una chica que, realmente, se encuentra a cientos de kilómetros-. Gernsback tal vez no inventara historias emocionantes, pero sí hacía auténtica ciencia-ficción, imaginando inventos que serían realidad décadas después. ¿De dónde viene, pues, el nombre de "Premios Hugo"? De él, por ser el padre de todo este tinglado que a tanta gente gusta y hace soñar.

Una ilustración interior de un relato de John C. Campbell, otro personaje principal de la historia y desarrollo de la cf, pues transformó Wonder Stories en una cantera de nuevos autores. Él también escribió algunas obras, aunque han sido un tanto injustamente olvidadas, pues no era mal escritor.

Se han escrito libros sobre Paul, o más bien, se han publicado con poco texto -no hay demasiado que contar sobre su vida, que fue en general tranquila, aunque recibiera en vida no pocos premios y reconocimientos, como las famosas convenciones de cf que se han ido celebrando en diversas ciudades norteamericanas desde los años 30, hasta hoy-, pero sí con muchas ilustraciones. Aunque no por abundantes, nos parecen suficientes. No son pocos los que han ido conociendo su extensísima obra navegando por la red, copiando, grabando, guardando sus dibujos por decenas, buscando alguno nuevo, como si de coleccionistas de arte se tratara. Es algo de lo más recomendable, y todo lo que pueda copiar y pegar aquí, es poco, comparado con lo que se puede encontrar en internet, incluyendo dibujos en revistas menores u olvidades, y que, con razón o sin ella, se le atribuyen.

Una contraportada en Amazing Stories, de 1940, donde Paul volvió, cuando su director era Ray Palmer, y donde unos supuestos marcianos -con un aspecto biológicamente imposible, algo habitual en la época- crean una estatua que, en teoría, reproducen el aspecto que debería tener un terrícola: con manos y pies palmeados -por vivir en un planeta con una superficie en gran parte formada por agua-, y orondos y felices, por pensar que la Tierra está sobrada de alimento.

lunes, 9 de junio de 2014

El planeta de los simios: fotos de cómo se hizo la película original, e ilustraciones y carteles basados en ella y la novela. Monos a mogollón.

A falta de tiempo para algo más largo, una entrada corta, sobre la novela y la película de los 70.


Bien, a la vista está que, debido a estudios, entrevistas y búsquedas más o menos infructuosas de trabajo, y asuntos personales varios, no he tenido, lo que se dice, todo el tiempo del mundo para dedicarme al blog. Y el hecho de que realmente, tampoco sea un bloguer muy activo que digamos, ha hecho que, en los últimos días -últimos y bastantes, por lo demás- sólo haya hecho una entrada, dedicada a otro de esos pintores lamentablemente poco conocidos que ha dado mi ciudad al mundo: el señor Llovera. Así pues, aprovechando un rato libre, y teniendo en cuenta las dificultades de un ordenador que no da más que problemas, opto por una entrada rápida de hacer. Aprovecho que, por fin, leí la novela original de "El planeta de los simios", para ir buscando por internet -si uno se mete es facebook, y se pasa un buen rato mirando, a partir de títulos de películas o novelas, autores varios, o palabras clave, te puedes encontrar casi de todo- ilustraciones, fotos, o carteles de los distintos largometrajes, sobretodo, los dos primeros: "El planeta de los simios" (1968), y "Regreso al planeta de los simios" (1970), ambos protagonizados por Charlton "rifle" Heston, que sería un poco facha y todo lo demás, pero que, la verdad, era un actor de los que imponía. Todo masculinidad y pelotas -y eso lo dice un hombre heterosexual, pero lo que es, pues eso, es-. En otra ocasión, con más tiempo, quizá me dedique a hablar un poco más en profundidad de las distintas películas, tanto de las antiguas (años 60 y 70), como de las actuales (la de Tim Burton, y la última, "El origen del planeta de los simios", de 2013 -en mi opinión, bastante mejor que la de Burton, aunque éste consiguiera una ambientación de la sociedad simio realmente interesante), y la próxima, todavía por estrenar, y que, por lo visto, promete bastante.
Ahora, unas cuantas de esas fotos, con alguna que otra explicación, en caso de tenerla, claro:


Un cartel de la primera película (1968). No sería el cartel principal -en grandes estrenos, se hacen varios-, pero presenta a los personajes principales.


Cartel "reinventado" de "El planeta de los simios", y otro ideal para gorilas militaristas.


Uno de los muchos carteles que se han ido realizando mucho después por artistas seguidores incondicionales de "mundo simio". El "Alamo Drafthouse", sería, para entendernos, la oficina de reclutamiento de dicha ciudad tejana, porque, después de ver las pelis, nos convencemos de que no hay soldados como estos gorilas -más o menos- inteligentes.
Más abajo, carteles de la tienda "Momo", especializada en todo tipo de carteles de toda película de fans imaginable, realizados por los mejores artistas, especialmente para dicha tienda, y que es un auténtico santuario para los cinéfilos y fanáticos de la ciencia-ficción, el terror, la fantasía, la aventura, y lo que haga falta. Lo más original, es que no son, realmente, carteles de dichas películas, sino que los ilustradores los crean a su gusto, y según su estilo normalmente -tratándose de películas con sus años-, más moderno y rompedor que el original.


Otra reinvención, de "Retorno al planeta de los simios" (derecha). Y una batalla inter-simios (izq.).

Dos carteles alternativos de "la conquista...", y "Huida del planeta de los simios".


Y aquí, un par de carteles para el mercado japonés, donde las letras, en horizontal y vertical, en hirayana, katakana -los dos alfabetos básicos japoneses- o con kanjis -ideogramas que, por sí mismos, son una palabra, o parte de ella- están por todas partes. No deja de ser curioso que, en un país donde la ilustración tiene tanta importancia, en un cartel basado lo mismo en fotos como en dibujos, el texto tenga tanta preponderancia.



Durante el rodaje de la primera película, que fue un hito de la ciencia-ficción por su originalidad y, aunque a veces no se tenga en cuenta, su trasfondo político, religioso y filosófico -que se ha ido perdiendo en películas de género posteriores, donde se dejaba de lado lo de hacer reflexionar al espectador, para dar paso al espectáculo puro y duro, que está muy bien, pero siempre que no sea el estilo preponderante casi sin alternativa-, grandes fotógrafos de la agencia Magnum hicieron todo tipo de fotografías para revistas, de cine o generalistas, que estuvieron casi olvidadas durante décadas, hasta su "rescate" -así se podría llamar, más que "recuerdo"- por parte de internet. Ver a aquellos terribles simios, moviéndose a sus anchas por el mundo humano -donde son tomados, como se ve, no como amenaza, sino más bien como curiosidad, o, algo tan norteamericano, como novedad y moda-, no deja de tener su gracia. Aparte, claro, el ver cómo se  movían los actores transformados en monos detrás de las cámaras. Dennis Stock sería el fotógrafo responsable de la mayoría de ellas -parece que hubo alguno más, pero no encontré el nombre-:



Un simio interesado en fotografiar a un miembro de la "especie inferior humana".


Un humano trabajando delante de unos simios de pega -no son sus señores, hay que aclararlo-.


Otra foto Magnum, de Dennis Stock, "la bella y la bestia -bestia culta, eso sí", juntos frente al mar.


Peinando al niño mono que, como todos los niños, no parece muy amigo del peine.


"Me siento raro, entre esta gente sin pelo".


Investigando sobre los artilugios humanos.

Una ilustración moderna -en su momento puse que no conocía al autor, y es el alemán Bastian Kupfer; gracias a Drax, lector del blog, que me informó sobre ello- sobre una de las últimas ediciones de la novela.


Varios de los muñecos inspirados en la película, como se hizo también, hasta la saciedad, con "La guerra de las galaxias".



Cartel rumano de la película. Pero vamos a ver, ¿es que no estaba bien el original? ¿Qué clase de delirante estilo comunista-carpático al gusto del conducator Ceaucescu es esto?


Y aquí, un cartel -claramente setentero, y un tanto psicotrópico- de la extinta Checoslovaquia.


Un cartel de una versión -realmente, no existente- animada de la película, por Ive Bastrash, que ha hecho el mismo trabajo con otras muchas.

El origen del planeta de los simios Wallpaper 3
Un cartel moderno, donde el hombre es un "eslabón perdido", porque, realmente, perdido se encuentra, frente a simios inteligentes.


Bueno, pues la próxima vez, más, y en más cantidad. O eso creo, que no soy adivino.

miércoles, 4 de junio de 2014

Gente de mi ciudad ( V ): Josep Llovera, un pintor que es mucho más que quién da nombre a una calle.

Una ¿última? entrada sobre los pintores reusenses, tan poco conocidos -y reconocidos- incluso en su propia ciudad.


Bien, después de haber tenido el blog desatendido -casi se podría decir, olvidado- debido a mi falta de tiempo libre debido a cuestiones varias -y, la verdad sea dicha, también por un poco de pereza para meterme en escrituras del ciberespacio en cuanto lo tenía-, no he hecho en bastantes días aportación alguna. Así pues, realizaré aquí una en principio corta, tratando al, tal vez, último pintor reusense de importancia que me quedaba y que, como tanta otra gente, lo reconozco, sólo conocía porque una de las principales calles del centro de la ciudad, auténtica arteria comercial -a pesar de que no es lo que se diga, demasiado larga o espectacular- lleva su nombre: la Calle Llovera, así, sin nombre nada, apellido y en paz.
Así pues, una pequeña reseña sobre el señor Llovera, para así darlo a conocer al público, incluyéndome a mí mismo, que apenas sabía de él (y una cosa aparte: lo de "gran público", que he estado a punto de escribir, teniendo en cuenta las visitas de este blog, me sonaba un poco a cachondeo, así que "público" a secas. Muy respetuosamente, aún siendo escaso, eso sí):


La vida y la obra de Josep Llovera.

Josep Llovera i Bufill nació en Reus en 1846, ciudad donde vivió gran parte de su vida, y donde murió a finales de 1896, así que el buen hombre no llegó a los cincuenta y un años. Aún así, tuvo tiempo de tener una obra, cuanto menos, bastante grande. Al contrario que otros coetáneos, no estudió bellas artes, ni tuvo un maestro que le enseñara con tiempo y dedicación, sino que tuvo que estudiar, por fuerza e influencia paterna, la carrera de farmacia, llegando a abrir botica en su ciudad en cuanto la acabó. Pero, mientras estudiaba medicina, tanto en Madrid como en Barcelona, consiguió publicar caricaturas e ilustraciones, tanto en periódicos satíricos o políticos de una ciudad -Gil Blas-, como en otra -Lo tros de paper (El trozo de papel, en catalán de la época); L'Ase (el asno), La Ilustració Catalana (ésta no era un diario, sino una revista artística)-. En 1865, con el seudónimo de Señor Petrequín, publicaría "Álbum humorístico", donde hacía recopilación de dichos primeros dibujos.  Pero en determinado momento, se cruzó en su camino el genial Fortuny -sí, como se ve, casi todos estos pintores no sólo fueron contemporáneos, sino que en algún momento, unos y otros se conocieron y entendieron sin problemas-, y le aconsejó que se dedicara a la pintura, y se dejara de medicinas, pócimas y atender enfermos, reales o imaginarios. Optó por las acuarelas, como Tapiró, aunque también probó, y con éxito, el aguafuerte. Fueron algunas de estas primeras acuarelas, como "Cacería de pollos en Jauja", o "El Prado en el día del Juicio Final". Animado por ello, viajó en 1887 a París, y tras conocer las maravillas de la Ciudad de la Luz, se estableció en Barcelona, a vivir de su arte. 
Por lo que se puede leer en varias webs y libros, parece que no tuvo problema es pintar sobre cualquier tópico de la época, y, más que buscar temas alternativos, exóticos o rupturistas, le dio al pueblo -y a sus compradores, que no eran, evidentemente, de un origen tan "popular", entiéndase, socialmente- lo que esperaba de un pintor cercano y, a la vez, técnico, buen retratista y, al tiempo, paisajista. Aunque, en su caso, el paisaje era algo secundario, un fondo sobre el que se mueven los personajes.
Obras suyas conocidas, aparte de las ya nombradas, serían "Esperando una procesión", "Damiselas en el balcón", "Volviendo de un bautizo" -pues eso, costumbrismo, pero con gracia-, y "El baile de la linterna", que en aquella época, más que un baile propiamente dicho, era un juego con búsqueda de emparejamientos de por medio.

Una obra pintada, especialmente, para una exposicion sobre la Avenida del Paralelo -el Paral.lel, en catalán, como se le conoce también-, en su momento, la gran arteria de la vida teatral y musical de la Barcelona del siglo XIX, y hasta el estallido de la Guerra Civil. Aunque durante el franquismo abrieron algunos teatros, y en la actualidad, también más de un cine -aunque los cines barceloneses, como en todas partes, han ido cerrando uno tras otro-, ya no sería lo mismo tras el fin del conflicto.

      Josep Llovera Bofill - En El Parque             Josep Llovera Bofill - Untitled
Dos "obras menores" de los años 70 del XIX (el primero, "En el parque", de 1877, es una acuarela; el segundo, sin título o año conocidos, es un grabado).

Archivo: José Llovera Bofill - El bautizo - Google Art Project.jpg
"El retorno del bautizo", con toda la familia presente.

José Llovera Bofill (Reus, 1846-1896) Jóvenes en
"Jóvenes en un coche de caballos": "Chicas-bien" pasando el rato.

José Llovera Bofill Reus 1846 - 1896 Escena familiar Dibujo al carboncillo y gouache sobre papel
"Escena familiar", se supone que de 1881. Dibujo en papel y al carboncillo.

José Llovera Bofill (Reus, 1846-1896) Jóvenes con
"Jóvenes con cisnes", de fecha poco clara. Pintura al óleo.


La información, un tanto escueta, la encontré en un artículo de la wikipedia en catalán -no sabría decir si existe uno en castellano; tal vez sí, pero no dejaría de ser, muy probablemente, una simple traducción-. Las fotos de sus obras, curiosamente, las he encontrado, principalmente, en webs de venta y subastas de arte, normalmente en inglés. Llovera, como Tapiró y Güell, todavía tienen mucha salida en el mercado del arte, más de lo que podría suponerse. Recuerdo como, no hace mucho -no más de un par de años- hubo en Reus una subasta de pinturas, dibujos y grabados, y, como gancho, había no pocas obras de artistas locales de renombre. No sé cómo iría, porque por razones evidentes, no tenía dinero para aspirar a pujar por casi nada, pero si lo llego a saber, aunque sólo hubiera sido por curiosidad, me habría gustado asistir.

Dentro de poco, espero que más pronto que tarde, más.